Nota de la autora: Todos los personajes pertenecen a JRR Tolkien. Y a nadie más que él. Salvo Anne, of course, que es mía, mía, mía. My precious… My precious.
Perdón por tardar tanto en actualizar… ahora tengo toda la historia hecha y en máximo una semana estará subida.
De Amor en tiempos de paz y pipa:
Capítulo .25.
Sin decirle absolutamente nada sobre sus hipótesis a su compañera continuó largo rato junto a ella en silencio. Anne lo miraba de reojo cada pocos pasos y se inquietaba a cada momento que pasaba sin que él le dijera nada.
― ¿Se habría dado cuenta de lo que quise decirle? ― pensaba inquietamente mientras marchaba a paso acompasado a su lado ―. Soy un desastre para las cosas de este estilo… está totalmente comprobado ― concluyó, rato después, cuando le quitaba la vista de encima por enésima vez en pocos minutos.
Tosió aclarándose la voz, haciendo alusión a las tácticas de Frodo para llamar su atención la noche anterior. Al ver que ni así lograba sacarlo de sus cavilaciones le palmeó el hombro inquieto y lo hizo volver a prestarle atención.
― ¿Acaso te han comido la lengua los orcos? ― le preguntó escuetamente mientras lo observaba.
Pippin le respondió nerviosamente al instante.
― No, no, no es eso ― negó repetidamente ―. Sólo estaba pensando… en algo… ― aclaró no del todo seguro.
― ¿Pensando? ― le preguntó ella mientras especulaba en lo cercana que estaba su presunción al creer que la había descubierto ―. ¿En qué? ― agregó luego intentando despejar sus dudas.
― Estaba pensando en quién… ― comenzó a responderle abiertamente hasta que un gritito sorpresivo de Anne lo interrumpió. La miró asustando y comprendió lo que le había sucedido a ella cuando una gota de agua endemoniadamente fría se posó sorpresivamente en el medio de su nariz. ¡Había comenzado a llover!
El camino que les quedaba recorrer hasta llegar a Bolsón Cerrado era largo, no menos de quince minutos, y si el panorama continuaba como hasta ahora acabarían completamente empapados y con un hermoso resfriado en puerta antes de llegar a Delagua.
― ¿Y ahora qué hacemos? ― preguntó Anne, en el instante en el que cuatro gotas nuevas acababan de posarse en sus brazos y pelo.
Pippin la contempló, estaba netamente desesperada por no mojarse, así tanto como él. Miró a su alrededor, buscando un lugar para poder cobijarse, cuando de pronto recordó que la solución a aquel altercado estaba más cerca de lo previsto.
― Si te animas a correr un par de minutos a todo pulmón ― le dijo a su amiga rápidamente ―, llegaremos a la Piedra de las Tres Cuadernas antes de que nos empapemos siquiera.
Anne afirmó la proposición de Pippin tan rápido que apenas se dio cuenta de que echaba a andar, tomada de su mano y corriendo tan veloz como sus piernas se lo permitían. Rato después, ya habiéndose convertido las gotas esporádicas en grandes y repetitivas, y éstas, a su vez, en una lluvia copiosa y fuerte, ambos llegaron a destino.
La Piedra que daba nombre al lugar estaba firmemente ubicada en el que los hobbits llamaban el cruce entre las tres cuadernas principales de la Comarca. A su lado se extendían sendos árboles frondosos y piedras más pequeñas por debajo de ellos. Muchos hobbits utilizaban aquel sitio para descansar luego de grandes caminatas, o para protegerse de las adversidades del clima, tal era el caso de Pippin y Anne.
Ambos se ubicaron en una de las piedras más grandes de allí, protegida por dos árboles a cada costado que impedían el paso del agua a través de ellos.
Ninguno de los dos soltó la mano del otro a pesar de haberse encontrado ya en resguardo por un largo rato, en el que tampoco se dijeron palabra alguna. No hacía falta en ese momento. Imprevistamente, minutos después, Pippin soltó cuidadosamente su mano y le tocó el pelo. Anne se estremeció por dentro, pero Pippin, que no había notado aquello, rió dulcemente.
― Estás completamente mojada ― le dijo, y Anne suspiró. Miró el pelo de él cariñosamente y le palmeó el cabello con gracia.
― Pues también tú… ― concluyó, haciendo que ambos estallaran en una carcajada abierta mientras la lluvia seguía cayendo.
El silencio se apoderó del ambiente nuevamente y Pippin resopló.
― ¡Qué pena el no poder haber llegado hasta Bolsón Cerrado! ― dijo y Anne lo contempló con atención ―. Tenía ganas de darte tu regalo de cumpleaños temprano por la mañana, pero en vistas de la situación ― dijo, señalando el alo de agua que estaba cubriendo todo, excepto a ellos ― es imposible. Te diré algo ― le confesó luego de unos segundos de silencio y contemplarse sin hablar ―: tenía muchas ganas de ser el primero en entregártelo, pero… bueno… ya has recibido un regalo antes… alguien me ha ganado de mano.
"¿Qué era lo que estaba sintiendo de pronto?" fue el pensamiento más próximo del hobbit. ¿Acaso eran celos hacia el emisor de aquella carta? Era ridículo, ni siquiera lo conocía como para ponerse de aquella manera. Podría estar celoso de Frodo, de Merry, de Sam… o de Bilbo o Gandalf, aunque sonara inverosímil. También podría estarlo de Rosita, de Fredegar, de Folco, del Tío… y hasta quizás de él mismo. Esta última opción ni siquiera pasó por su cabeza puesto que ciertamente es imposible que haya sido suya: todas las que había escrito para ella habían sido enviadas mucho antes, y "aquella" en particular él mismo se había ocupado de dejarla en el cesto con los demás trastos, tras enojarse con Ruby y Merry. Notó entonces que era estúpido estar sintiéndose celoso de alguno de sus amigos pero supo que aún pensándolo racionalmente no podía evitarlo. Ya era un hecho que la amaba profundamente, a pesar de su corta edad y cualquier indicio que amenazara con quitarle ese amor lo hacía temblar. ¿Y si acaso era un hobbit que él no conocía pero estaba enamorado de ella y no había sido lo suficientemente cobarde como para negárselo a sí mismo durante años?
"No puedo permitir que algo así pase", se escuchó decir Pippin internamente y tomó de forma instantánea una nueva solución a aquello: con carta o sin ella le diría todo en ese preciso instante y dejaría así completamente sus prejuicios de lado.
Levantó la mirada y pensó con gran velocidad todo lo que debía decirle.
Mientras él cavilaba, Anne también lo hacía. Pensaba sobre la respuesta de Pippin y sobre cómo el destino la había hecho caer allí mientras la lluvia caía, a raudales.
"¿Estará enojado conmigo? ¿Se habrá dado cuenta de qué carta hablo?", se preguntaba inconscientemente. Era imposible esto último, puesto que si no, no le hubiera dado una respuesta tan ajena al hablar del regalo. Ladeó su cara y lo contempló.
Todo había sido muy rápido para ella, apenas hacía horas que sabía de sus sentimientos para con ella, y sin embargo sentía al mirarlo que lo amaba dulcemente desde el mismísimo día en que lo conoció, hacía ya diez grandes y lejanos años. El destino los había reunido de una forma muy pura, quizás un tanto prontamente para el cálculo de amor de los hobbits, pero los había reunido, no importaba nada más.
Frodo se lo había dicho la noche anterior: "A veces algunas personas ayudan a otras haciendo suyos destinos ajenos", y estaba ahora segura de que tanto él quería compartir el suyo, como ella hacer propio el de Pippin.
Apenada y segura de lo que debía hacer, y entendiendo que quizás sus indirectas no habían sido la mejor forma de solucionar las cosas, la hobbit suspiró nerviosamente y se abrió, con susto, a la palabra.
― Hace mucho que debo decirte algo, Anne, pero nunca me he atrevido… ― comenzó él, al mismo tiempo en el que ella le decía algo que lo desestabilizaba por completo.
― Tú has sido el primero en darme un regalo, Pip. La carta es tuya…
Pippin paró de hablar y se enrojeció a más no poder. ¡Era imposible que fuera esa carta! Él mismo la había tirado.
Con muchas cosas en las que pensar, el hobbit tomó la palabra nuevamente.
― Yo ya he enviado todas mis cartas… mucho antes ― le respondió, inseguro.
― No todas ― respondió Anne, resueltamente y sin titubear.
― ¿Qué te dije en ella? ― le preguntó Pippin entonces, temeroso por la respuesta a seguir, previendo un coscorrón en la cabeza de Merry. Él solamente podía ser capaz de fisgonear así.
Anne le respondió con ternura, sonrojada y divertida por partes iguales.
― "…no pretendo nada especial de ti, ni que me correspondas ni que me respondas. Sólo quiero que lo sepas…" ― le respondió la hobbit, citándolo ―. Eso me has dicho casi al final…
Pippin no pudo creer lo que había oído. ¡Sí era aquella carta! De alguna forma extraña Merry se la había quitado sin su consentimiento (¿quién otro más que él?) y se la había entregado a Anabelle, tirando por la borda rápidamente todos sus miedos y tensiones con respecto al tema. Después de tanto pensarlo y repasarlo, luego de tantos cuestionamientos, ella ya lo sabía. Todas las hipótesis se habían terminado.
Sólo atinó a quedarse donde estaba; tímido, sorprendido y descolocado al mismo tiempo. Apenas pudo notar así, como Anne se le acercaba y tomaba con ambas manos sus hombros.
― No me molesta ― le dijo ella, negando con la cabeza de forma repetida y logrando que Pippin volviera a pensar en el resto y no sólo en sus pensamientos ―. No me molesta para nada ― repitió, y se lanzó completamente a abrazarlo.
Pippin no supo dónde estaba. ¿Acaso ella le correspondía? Lo que primero atinó a hacer, e hizo, fue responder a su abrazo, afectuosamente. En consecuencia, ella se aferró más a él, sin decirle nada. El hobbit creía estar en el mismísimo Rivendel. La felicidad no podía ser más grande.
― ¿Qué quieres decir con esto? ― atinó a preguntarle, aún abrazado a ella.
― Que no eres simplemente un amigo para mí, quizás quiera decirte eso ― le respondió ella, con convicción ―. Quizás quiera decirte que te quiero. Quizás que tú también me gustas a mí ― concluyó y apoyó su cabeza en el hombro de su amigo.
Con la lluvia cayendo y ellos abrazados, el tiempo pasó rápido. Tan rápido que ni siquiera lo notaron.
