Sufrí lo indecible para escribir este capítulo puesto que tiene demasiadas emociones vertidas en él. No fue fácil, porque hay experiencias aquí que son muy fuertes y muy tristes, pero también, muchas que son alegres.
Espero que disfruten este último epílogo de la historia y les agradezco a todos los que estuvieron desde el comienzo, desde la mitad e incluso al final. Todos los que me dejaron un comentario, un mensaje privado, los que me tuvieron en alerta y me agregaron como favorita…Muchísimas gracias, sin ustedes, esta historia no hubiera sido posible.
Ji Hoo estaba feliz de volver a tocar suelo coreano.
Había estado fuera de su país natal casi dos meses debido a un caso en particular en Francia, en el que un atleta que había perdido el brazo había sido voluntario para probar su nueva prótesis.
No es que no existieran ya extraordinarios reemplazos de miembros corporales para diversas pérdidas, pero la prótesis que Ji Hoo había logrado inventar junto con ayuda de otros geniales cerebros de la medicina, permitía que la extremidad biónica se comunicara directamente con el cerebro a través de los nervios que se reconectaban. La diferencia era increíble y luego de tan sólo dos meses, Jean Baptiste podía servirse una taza de café, añadir leche y poner azúcar sin esfuerzo.
Había sido un trabajo en conjunto y hacía unas diez horas se había despedido de otro colega mexicano que había sido parte del grupo médico que supervisó el caso.
"Realmente quiero ver a mis hijos."
Había sido lo último que Iván le dijo a Ji Hoo antes de dirigirse a la puerta de salida de su avión, se dieron un abrazo y prometieron mantenerse en contacto para futuros casos que necesitara especial atención.
Y Ji Hoo también quería ver a su familia: a su abuelo, al secretario Park, a la señora Min, a la señora Shin, incluso al pequeño Jun Su que ahora debería estar preparándose para su último ciclo en la universidad. Pero a quien más tenía ganas de ver, era a la autora de la nota que volvió a sacar de su bolsillo, arrugada de tantas veces haber sido leída.
"Te extraño.
Te esperaré con una sonrisa cuando llegues a casa.
Saranghae.
Tu pequeña nutria, Jan Di"
Una carta había llegado al despacho en el que Ji Hoo trabajaba una semana antes y todo lo que contenía era esa corta nota. Pero eso no le restaba importancia, Jan Di había vuelto a trabajar, a hablar y a sonreír. Ji Hoo llegó a pensar en un punto que jamás recuperaría a la mujer que amaba con tanto ahínco luego de la pérdida de su hijo.
*-*-Dos años antes-*-*
—Apuesto que aún no has comido—llegó una voz desde la puerta de la oficina de Ji Hoo. Éste levantó la vista para encontrarse con una sonriente Jan Di con una bolsa de comida en una mano y una pequeña hinchazón en su vientre que señalaban sus cinco meses de embarazo.
—¿Cómo lo sabías? —preguntó él cerrando el registro que estaba llenando y acercándose a saludar a su esposa.
—Porque cuando empiezas a trabajar te olvidas del mundo exterior, cariño—Jan Di le dio el alcance a la mitad de la oficina y lo saludó con un suave beso. Ji Hoo le correspondió y también saludó al abdomen de su esposa.
—¿Cómo está hoy? —preguntó él.
—Moviéndose mucho, la próxima semana podremos saber el sexo. ¿No es emocionante? ¡Quisiera ir hoy mismo!
—Estamos en un hospital, bien podríamos colarnos en un cuarto y…
—No, gracias. La última vez que me ofreciste colarnos en un cuarto terminamos así—Jan Di señaló su panza—¿No lo recuerdas?
—Claro que lo recuerdo—Para Ji Hoo sería imposible olvidar esos primeros meses en los que Jan Di había llegado a trabajar. Era difícil conseguir un momento juntos y a solas debido a la diferencia de horarios y cargas laborales. Un día, chocaron de casualidad en un pasillo y en un arranque bastante arriesgado terminaron en un cuarto de examinación sin siquiera detenerse a cerrar con seguro y descargaron su pasión contra la puerta.
Él y Jan Di para ese entonces ya habían acordado detener su toma de pastillas y simplemente dejaron que las cosas fluyeran, pero al encontrarse con un test positivo apenas cuatro semanas después, tuvieron que coincidir, riendo, en que el momento decisivo había sido esa escapada.
Dejando de lado el recuerdo, ambos se sentaron a almorzar y a conversar un poco. Ji Hoo era un importante miembro del hospital y en rumbo a ser mundialmente reconocido no sólo por su apellido si no por sus habilidades sin precedente en la rehabilitación de pacientes. Jan Di, por su lado, era una doctora altamente buscada, sus maneras y cuidado en la atención del paciente la volvieron una gran favorita entre las gestantes; además de eso, había probado ser una gran gineco-obstetriz, al día con las últimas técnicas en el campo de la medicina.
Atención a todas las áreas. Código MIA en zona de psiquiatría. Se repite, código MIA en zona de psiquiatría.
—¿Un código MIA? Eso es raro…—comentó Ji Hoo
—Sí, esperemos que no sea alguien con necesidades especiales—le dijo Jan Di sabiendo perfectamente que algunos pacientes de la zona de psiquiatría necesitaban constante vigilancia debido a diversos factores.
—Lo mejor será que vea si puedo ayudar en algo ¿Estás yendo ya a la casa?
—En un rato más. Te llamaré en cuanto llegue—Jan Di se hubiese quedado, pero había estado de guardia esa noche y literalmente estaba en piloto automático.
Y así, ambos se dieron un beso, un te amo y se dirigieron a rumbos distintos.
Un código MIA, era la abreviatura en inglés de Missing in Action, es decir, Perdido En Acción. Lo que había querido decir el perifoneo era que un paciente del área de psiquiatría se había perdido, lo cual era inaceptable.
Ji Hoo llegó al cuarto piso y ofreció su ayuda puesto que no tenía pacientes que atender en ese momento y encontrar a una persona perdida en el hospital era más importante que terminar de llenar los registros.
Diversos enfermeros, estudiantes en internamiento y doctores pusieron manos a la obra, pero nadie encontraba nada. Después de una hora de infructuosa búsqueda pensaron que lo mejor sería tal vez alertar a las autoridades por si la paciente finalmente había salido de las premisas del hospital, pero justo en el instante en el que se estaba marcando el número de la policía, apareció una cansada enfermera con la paciente tras ella.
Le pidieron a Ji Hoo que ayudara a revisarla debido a que parecía que se había doblado la muñeca. Normalmente, un doctor de traumatología lo hubiera hecho, pero Ji Hoo tenía amplio conocimiento en el tema al ser rehabilitador y en ese momento, estaba disponible.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó a la mujer frente a él que parecía molesta de verlo. Ya había revisado la ficha médica pero nunca estaba de más intentar establecer un vínculo con el paciente para calmarlo, y más si era uno como aquella. Ji Hoo leyó que esta era una persona bastante violenta que había golpeado a la nueva pareja de su ex novio llegando a romper su cabeza, pero al parecer ella no podía recordar nada. La corte decretó que estaba mal de la cabeza y así terminó en el hospital para realizar más exámenes acerca de su estado mental.
—Hei Yong—contestó.
—Bien, Hei Yong, soy el doctor Yoon y me gustaría revisar tu muñeca ¿Podrías darme tu mano?
La mujer pareció debatirlo unos segundos y luego le entregó su mano derecha a Ji Hoo. Este vio de inmediato la inflamación allí formada.
—No estoy seguro de si te has roto algún hueso, Hei Yong, lo mejor será sacar placas.
—¡No! —y ella retiró su mano—Ese lugar es oscuro y me dejan sola, lo odio.
—Es por la radiación, pero es necesario que te tomemos una placa ¿Te sentirías mejor si hay alguien contigo?
—Tú.
Ji Hoo suspiró pero accedió a la petición. Minutos después tenían la confirmación de que presentaba una fractura de Smith y eso sólo significaba una dolorosa acomodada y un largo periodo con yeso.
—Doctor Yoon, ¿podría por favor acompañarme? —la doctora de traumatología ya había llegado.
—Sí, ¿sucedió algo?
—Al parecer la paciente está deslumbrada con usted y no se deja hacer nada a menos que usted esté presente. ¿Podría ayudarme un rato más mientras le ponemos el yeso? No quiero sedarla hasta que reacomode el hueso.
—Tengo registros que llenar y un paciente en—revisó su reloj—veinte minutos.
—Por favor, realmente no quiere cooperar y sólo será un momento.
Ji Hoo accedió nuevamente por el bien de la paciente y entró a la habitación. La verdad era que se sentía como una vasija puesto que sólo se quedó sentado mientras que la doctora trabajaba sobre la muñeca de Hei Yong.
—Eres un hombre apuesto—de pronto escuchó que decía Hei Yong, pero al no saber qué responder, sólo asintió con la cabeza—¿Eres casado?
—Sí.
—¿Tu esposa también es doctora?
—Sí, lo es.
—¿Y ya tienen hijos?
—No
—Más te vale no abandonarla si no quiere tenerlos—ambos doctores en la habitación quedaron algo sorprendidos por ese comentario—Mi novio quería hijos ¿sabes? Pero yo no, soy joven, soy linda, ¿por qué querría arruinarme la vida y el cuerpo pensando en mocosos? Pero él parecía no entenderlo y me dejó…
—Hei Yong, ¿recuerdas qué fue lo que pasó? —preguntó sorprendida la doctora, pero la paciente parecía no escucharla, sólo tenía ojos para Ji Hoo.
—Lo dejé ir porque sabía que tarde o temprano regresaría a mí, pero ¿sabes qué pasó? Encontró a otra tipa y la embarazó, así de fácil. No habían pasado ni dos meses de nuestra ruptura y ya tenía a otra con un rollo en el horno. Es un imbécil, todos ustedes –hombres me refiero– son unos imbéciles—Tanto Ji Hoo como la doctora de trauma estaban boquiabiertos por el cambio de actitud de la chica que entonces comenzó a reír—Pero ya no importa ¿saben? Porque le rompí la cabeza a esa pequeña idiota y espero que esté muerta así como la otra a la que empujé.
—¿A-A quién empujaste Hie Yong? —preguntó alarmada la doctora
—A una tipa que simplemente no se callaba acerca de su bebé. ¡Estaba hablando sola en las escaleras de emergencia! Si yo estoy en psiquiatría ¿por qué ella no?
El corazón de Ji Hoo dio un vuelco al escuchar sus palabras. Revisó de inmediato su celular y no vio ni una sola llamada perdida, ni un solo mensaje. Jan Di dijo que llamaría al llegar a casa.
Intentó llamar a su celular pero este sonaba y sonaba hasta dar con la casilla de voz. Tal vez se quedó dormida, ha pasado antes.
—¿Dónde? —le preguntó Ji Hoo tomando fuertemente del brazo a Hie Yong
—¿Dónde qué? —respondió ella algo sorprendida
—¿Dónde empujaste a esa mujer?
—Ah,…no lo recuerdo, después de todo, tengo ataques de pánico que no me permiten recordar las cosas.
—¡Tú me dirás lo que quiero saber, Hie Yong!
—No, no lo haré—contestó sonriendo, había pasado tiempo desde que había tenido la atención de un hombre guapo. Tal vez reteniendo información lograría quedarse con él un tiempo más.
Ji Hoo la soltó intentando calmar el miedo que comenzó a alojarse en su pecho.
Puede haber sido cualquier persona, Jan Di no es la única que pasea por las escaleras de emergencia ¿cierto?
—Doctora Lee, necesito que el personal realice una búsqueda en todas las escaleras de emergencia del hospital y en los armarios de limpieza fuera de cada puerta de acceso también. Si realmente empujó a alguien necesitamos encontrar a esa persona.
—¡Sí, por supuesto!
—Además de eso, llame a seguridad para que vengan a vigilar a esta mujer hasta que llegue la policía.
—¡Ja! ¿La policía? —espetó Hie Young—Estoy protegida por la confidencialidad paciente-doctor. No pueden usar nada de lo que he dicho contra mí.
—Sólo para que lo sepas, la confidencialidad prevalece sobre los diagnósticos y tratamientos. Debido a que la doctora Lee o yo no somos psiquiatras o psicólogos y, además, no somos tus doctores, estamos en el libre albedrío de repetir todo los que se nos venga en gana.
En ese momento la chica palideció considerablemente.
—¡Mientes! —le gritó.
—Pruébame—Ji Hoo se puso a centímetros de su rostro con una mueca de furia—¿Sientes ganas de hablar ahora? —La doctora Lee estaba segura de que jamás en su vida imaginó ver al tranquilo doctor Yoon con esa expresión en su rostro. ¿Aburrido? Siempre ¿Atento y amable? Cada vez que estaba con conocidos o pacientes ¿Con una sonrisa de oreja a oreja? Sólo con su esposa. Pero ahora veía a un hombre que francamente, le daba miedo.
—Está en el séptimo nivel—finalmente respondió Hie Yong.
Ji Hoo salió corriendo sin escuchar qué fue lo que gritó tras él la doctora Lee. Tenía que hallar a esa mujer. No es Jan Di. Tenía que darle primeros auxilios lo más pronto posible. No es Jan Di. Habría que comunicarse con la familia en caso hubiese sido una caída grave. No es Jan Di.
Llegó con un encabritado latir y sin aire al séptimo piso porque, francamente, no tuvo la paciencia para esperar al ascensor y fue corriendo. Giró su cabeza a un lado para encontrar lo que buscaba y aun cuando su cuerpo luchaba por aire, su corazón se detuvo.
Su esposa, Yoon Jan Di, se hallaba desparramada en el descanso de las escaleras de emergencia que conectaba con las del sexto nivel.
En su desesperación Ji Hoo no pudo moverse, desde esa distancia no podía ver si el pecho de Jan Di se movía y el acercarse para ver si era o no cierto lo aterrorizaba.
Pronto se dio cuenta de que detrás de él entraron varias personas con una estación de resucitación y bajaron inmediatamente a examinar a la desmayada. Ji Hoo no pudo moverse, no se movió cuando afirmaron que estaba inconsciente, ni cuando la estabilizaron, ni cuando mandaron llamar a una camilla, ni cuando la vio desaparecer por la puerta del sexto piso. Francamente, no recordaba cómo era que había llegado a una habitación, en su estómago sentía plomo al igual que en los pies, y su privilegiado cerebro no conseguía asimilar los hechos.
—Doctor Yoon, ¿Doctor Yoon?
—¿Eh? —Ji Hoo vio a la ginecóloga que había estado atendiendo a Jan Di durante su embarazo.
—Me informaron de lo sucedido y quiero conducir un ultrasonido en su esposa para ver que todo esté bien con el bebé.
—Sí…
La mujer no dijo más puesto que sabía que en ese momento frente a ella no estaba el reconocido doctor de rehabilitación, si no un hombre aterrorizado de lo que fuera que pudiese ocurrirle a su esposa y a su bebé.
Jan Di aún no despertaba, pero eso no impedía que se realizara el examen. La doctora levantó su camiseta, aplicó el gel y empezó a buscar el latido del bebé.
Pero no encontró uno.
Azorada, le pidió a Ji Hoo que le dejara buscar a un colega para traer un monitor mejor pero él ya sabía la verdad.
Su bebé había muerto.
Jan Di despertó después de que el colega de la ginecóloga confirmara la peor pesadilla de Ji Hoo. Entre tres personas, tuvieron que darle la horrible noticia a la madre y luego de hacerlo, los doctores se retiraron para darles un poco de privacidad antes de llevar a cabo "el parto".
—De-Debe de haber o-otra manera, Ji Hoo, yo…yo no…no pu-puedo…no puedo hacer esto—Jan Di le decía entre lágrimas. Ji Hoo estaba seguro de que jamás había observado una expresión de como esa en la cara de su esposa: Furia y derrota total.
—Mi amor, mientras más esperemos, corremos más riesgo de que contraigas una infección y de que sufras daños permanentes en tu-
—¡Ya lo sé! ¿¡Crees que no lo sé!? ¡Pero lo que me piden es imposible!
Ji Hoo había contenido las lágrimas y ya había enviado un mensaje a los amigos cercanos para tener un sistema de apoyo puesto que solo jamás lograría superar ese día.
Los doctores le habían dicho que la solución más simple y rápida era inducir a Jan Di al parto puesto que la caída había provocado el desprendimiento de la bolsa y sería más seguro no realizar una operación de cesárea para evitar complicaciones de hemorragia y/o derramamiento. El método sonaba brutal e inhumano, pero si esperaban, un sinfín de posibilidades negativas se abalanzaría sobre ellos.
La pareja se quedó abrazada, ella sollozando en su hombro y él dejando caer silenciosas lágrimas mientras gritaba por dentro su dolor. Ji Hoo no estaba seguro de cuánto tiempo habría pasado, pero pronto los interrumpieron diciéndoles que no podían esperar más.
Fue entonces que comenzó el peor recuerdo que Ji Hoo podría tener desde la muerte de sus padres: Jan Di, aferrada con todas sus fuerzas a su mano, con los ojos rojos de tanto llorar, rechinando los dientes por el esfuerzo y gritando su dolor físico y emocional al pujar y finalmente dar a luz a una niña que jamás abriría los ojos.
Cuando por fin todo acabó, Jan Di sostuvo entre sus manos a una pequeña criatura que apenas si era más grande que la palma de la mano de su esposo; y aunque parecía que había llorado todo un río, su cuerpo halló la forma de llorar un océano.
Ji Hoo no podía soportarlo más.
Tomó a la que fuera su hija de las manos de Jan Di y la entregó a la doctora a quien no tuvo que darle instrucciones, se encargarían de todos los detalles después. Jan Di estaba empezando a tener dificultad para respirar entre sus sollozos y decidieron sedarla para darle un merecido descanso.
Cuando Ji Hoo salió de la sala, se encontró con Ga Eul y Yi Jung. Ella corrió a abrazarlo y se notaba que había llorado, pero que se estaba manteniendo fuerte por su amiga.
—¿Puedo verla? —preguntó Ga Eul
—Está dormida, la sedamos porque…Sí…Sí,puedes pasar, le gustará verte al despertar. ¿Dónde está-?
—Woo Bin fue con la policía a asegurarse que a esa perra no se le dé ninguna comodidad—Y esas fueron sus últimas palabras antes de entrar a la habitación.
Ni él ni Yi Jung se sorprendieron de su agresividad, Ji Hoo sentiría cólera si pudiera, pero sólo podría sentir tristeza. Sin notarlo, su amigo lo había llevado a una oficina en un piso que estaba aislado por reparaciones, normalmente no se debería entrar, pero a Ji Hoo poco le importaba eso.
Una vez dentro, Woo Bin lo recibió con los brazos abiertos y fue entonces que Ji Hoo pudo quebrarse. Cayó al suelo golpeando el suelo con todas sus fuerzas y por más que sus amigos vieron que sus puños estaban empezando a sufrir, ninguno lo detuvo.
—Era…Era una niña…Y c-cabía en mi mano, era…tan…pequeña. Y Jan Di ¿Qué se supone qué le diga? Qué es lo que yo puedo hacer…después de eso…para hacerla sentir…para hacerla…¡No sé qué hacer!
Fue un negro y amargo día para todos. No tenían la misma sangre pero todos eran familia. Jun Pyo voló inmediatamente a Corea para dar su apoyo y aunque Jae Kyung se moría por estar allí, tenía que pensar en su pequeño de apenas un año y estaba segura que en ese momento no sería lo mejor tener a Jan Di cerca de niños.
Jan Di no habló durante días. Su madre y la señora Min eran las encargadas de bañarla y vestirla porque ella sola no parecía tener voluntad de hacerlo. El secretario Park parecía confundido al no saber qué hacer para ayudar y su abuelo fue una roca en la que pudo apoyarse durante semanas, pero una roca que también estaba demolida con lo ocurrido.
El padre y hermano de Jan Di también estaban devastados con la noticia, pero al ver que no podían ser de mucha ayuda para una hija y hermana que no parecía conectarse con la realidad, decidieron dejarlo en manos de la madre y de Ji Hoo, aunque ni uno ni otro estuvieran teniendo demasiado éxito.
Ga Eul probó su lealtad hacia su amiga y ni un solo día dejo de hablarle acerca de todo y nada para intentar obtener una respuesta de ella. Después de la primera semana se mudó a casa de Ji Hoo y al cuarto de huéspedes que ahora habitaba Jan Di. Desde su vuelta de la clínica no había querido compartir la cama con Ji Hoo y esto a él, le dolía profundamente.
Pasaron casi dos semanas antes que Jan Di le respondiera el saludo de buenos días a Ga Eul y eso fue una razón de alivio para todos los que estaban a su alrededor, su madre regresó tranquila a su casa y la señora Min lloró de felicidad. Francamente, si eso hubiera seguido una semana más estaban planeando en llamar a un psiquiatra.
Al mes y medio Ga Eul regresó a su casa al ver que Jan Di ya se atendía sola, pero igual visitó a diario por lo menos una hora cada vez. Ji Hoo volvió a respirar cuando su esposa regresó a dormir a su cuarto a los dos meses; sólo a dormir, el sexo era un tema que ella no estaba dispuesta a tocar y él respetó eso pues ella estaba de vuelta y eso era todo lo que le importaba. Sin embargo, si bien podía volver a besarla, abrazarla y sentirla, a prometerle que la amaba y que todo estaría bien, la sentía distante y además había días en los que Jan Di explotaba sin ninguna razón con un genio que nadie podía soportar, pero trataban de hacerlo sabiendo la horrible experiencia que había sobrevivido.
Una tarde en particular, tal vez unos cuatro meses después del incidente Ji Hoo tocó límite al discutir fuertemente acerca cómo Jan Di quería regresar a trabajar inmediatamente y prefirió tomar su motocicleta y salir de su casa para evitar una catástrofe mayor.
Jan Di se quedó en medio de la sala, con la cara encendida de tanto gritar. Ji Hoo nunca había vuelto a gritarle luego de la vez que secuestraron a Ga Eul, pero ese día descubrió que su esposo tenía una voz atemorizante. Eso, sin embargo, no sirvió para amedrentarla y se mantuvo caprichosa en su decisión de regresar a trabajar.
Justo cuando estaba por ir a la cocina por un poco de agua, Jan Di escuchó una voz.
—¿Alguien en casa? —Era Jun Pyo que había ido a visitar de nuevo de regreso de un viaje a Nueva York antes de ir a Macao.
—Ji Hoo no está. —fue la corta respuesta de Jan Di.
A Jun Pyo le bastó una mirada para saber que algo había pasado y cualquier otra persona se hubiera sentado a hablar con Jan Di, le hubiera intentado consolar diciéndole que todo estaría bien y que todo lo que necesitaba para sanar era tiempo. Él mismo se lo había dicho en un par de ocasiones…pero no ese día.
—¿Qué hiciste ahora? —le preguntó Jun Pyo mientras pasaba a servirse un trago.
—¿Que qué hice ahora? ¿Qué te hace pensar que yo he hecho algo? Y por favor, sírvete lo que desees, siéntete como en tu casa—terminó con un tono sarcástico.
—Lo haré, gracias. Y sé que tú has hecho algo por mi amigo no ha hecho más que darte amor y apoyo a través de todos tus berrinches y caprichos.
—Caprichos… ¿¡Caprichos!? ¡Quiero regresar a trabajar! ¡Es algo perfectamente normal! ¿Por qué nadie ve eso?
—¿Por qué no ves tú lo estúpido que sería eso?
—¿¡Disculpa!?
—Eres una brillante gineco-obstetriz, de las mejores. Te dejé tocar a mi esposa Jan Di, creo que eso vale de algo. Pero tu carrera implica ver mujeres embarazadas y bebés... todo. el puto.día. ¿Crees poder con esa presión?
—¡Claro que puedo! ¡Si no pudiese ni siquiera lo sugeriría!
—Oh, vaya, por favor dime qué psicólogo te dio luz verde para regresar a tu ambiente laboral porque me gustaría ser el causante de su despido.
—Ah claro, había olvidado que eres el gran Goo Jun Pyo
—No vuelvas a olvidarlo si sabes lo que te conviene—le respondió guiñándole el ojo. Gesto que sólo sirvió para enfurecerla más.
—¡Yo sé bien lo que me conviene sin que nadie tenga que meter las narices! Al parecer todos tienen una opinión de qué es lo mejor para mí ¡pero ya estoy harta! ¡Ninguno de ustedes sabe por lo que tuve que pasar!
—¡No! ¡Nadie lo sabe! ¡Fuiste tú la que cayó de las escaleras, la que recuperó la consciencia para enterarse que su bebé había muerto, la que pasó seis malditas horas en labor de parto pujando a una niña que jamás abriría los ojos para ver lo maravillosos padres que tendría!
—B-Basta…detente…
—¡Ahora te toca escucharme Jan Di! Ninguno de nosotros sabe lo que pasaste y ruego a Dios que ninguno de nosotros lo sepa, pero tampoco sé qué es lo que pasó Ji Hoo, porque déjame decirte, ese día ¡él también perdió a su hija!
—¡Cállate!
—Todos te tratan como una muñeca de porcelana por miedo a romperte, pero adivina qué, te conozco Geum Jan Di. Estás mujer adulta, hecha y derecha, y casada ahora pero sigues siendo esa adolescente terca y fuerte como la mala hierba a la que tu nombre le hace honor. Si nadie quiere decirte las cosas en la cara pues estás de mala suerte, ¡porque yo sí lo haré!
Jan Di empezó a llorar.
—¿Crees que ha sido fácil para Ji Hoo? Tener a un zombi como esposa es imposible, porque déjame decirte que eso es lo que has sido durante los últimos meses. Me importa un bledo si dejas fuera al resto del mundo, pero a la única persona que deberías dejar compartir tu infierno personal es a tu esposo, puesto que su infierno es igual al tuyo.
Al ver que Jan Di no lograba contenerse, Jun Pyo fue a abrazarla como sólo alguien que la amaba podía, porque enamorado como estaba de su propia esposa y del hijo que tenían, él sabía que Jan Di siempre tendría un lugar importante en su interior.
—Déjalo entrar. Ji Hoo te ama, así que déjate de estupideces y haz caso a lo que decimos los que te queremos. Ve con el psicólogo, habla de lo que sientes y con el tiempo, consigue recuperar la licencia de regresar a trabajar porque eres genial en lo que haces; consigue hacer las paces con lo que te pasó y supera a su lado la mala mano que la vida les dio.
Jan Di lloró contra su pecho, abrazada a él fuertemente y aunque sabía que le estaba arruinando una camisa Armani a Jun Pyo parecía no importarle y sostuvo a su amiga mientras que desahogaba sus penas.
—Gracias Jun Pyo—le dijo luego de un buen rato.
—De nada hierba—le respondió ofreciéndole un pañuelo.
Esa noche Ji Hoo llegó dispuesto a arrodillarse frente a Jan Di si era necesario, pero cuando llegó se dio con la enorme sorpresa de hallarla en la cocina preparando su estofado de pescado favorito.
—Hola ¿tienes hambre? —le dijo con una sonrisa que él parecía ya haber olvidado.
—Mucha—le contestó.
—Siéntate entonces, estará listo en un minuto.
Ji Hoo sintió que estaba viviendo en una realidad alternativa cuando vio frente suyo un plato caliente de comida recién cocinado por lo que parecía ser una Jan Di feliz.
—Jan Di…yo-
—Perdóname, Ji Hoo. Perdóname por todo lo que te hecho soportar estos meses y por mi horrible comportamiento esta tarde.
—No, soy yo quien-
—No. Fue mi culpa. Eres inteligente y lo sabes, no intentes verlo de otra manera sólo porque estoy herida—Jan Di esperó unos segundos claramente dejándolo sopesar sus palabras—Perdóname.
—Claro que te perdono—dijo él yendo hacia ella y abrazándola.
Con un par de besos y unas cuantas lágrimas, ambos disfrutaron de una cena más que amena en la que Jan Di le pidió que le ayudara a buscar un buen psicólogo y que le acompañara a ciertas sesiones, pues ambos necesitaban sanar; Ji Hoo accedió y le dijo que ya tenía un par en mente.
Ella quiso lavar pero él le prohibió hacerlo y puso manos a la obra, había extrañado la normalidad de sus días y si ese era el principio de regresar o mejorar lo que eran, pues lavaría mil platos.
La noche, sin embargo, no acabó allí. Jan Di lo llevó a la sala y se sentó acurrucada a él para ver una película, Ji Hoo no sabía cuál y no le importaba. Su esposa estaba presente después de meses de haberse recluido en su miseria, no podía explicarlo con seguridad, pero ahora podía sentir a Jan Di; y debido a ello, pudo notar que a medida que la película avanzaba, más nerviosa se ponía. Tal vez ha sido suficiente por un día pensó, pero mientras entretenía la idea de proponerle ir a dormir, ella volvió a sorprenderlo al sentarse sobre él y besarlo.
No dudó en corresponder a sus besos, gratamente sorprendido con el gesto; el problema era que cuatro meses sin tocarla íntimamente estaban haciendo que sus respuestas corporales fueran más fuertes que de costumbre y lo último que quería era asustarla.
—Espera…Jan Di. Yo-
Y antes de que pudiera siquiera intentar empezar la frase, Jan Di se despojó de la camiseta y el corpiño que traía puestos, dejándolo mudo.
—Hazme el amor, Ji Hoo. Te extraño…
No tuvo que repetirlo dos veces y después de besarla ferozmente, lamió sus senos con avidez y arañó su espalda con ternura. La ropa que Ji Hoo traía puesta fue rápidamente sacada, rasgada o arrojada lejos de su cuerpo al igual que la de Jan Di. Ambos necesitaban complementarse en todos los niveles posibles, y sentir piel contra piel luego de tanto tiempo era simplemente exquisito.
Ji Hoo fue posó su mano entre sus piernas y exhaló gustoso al encontrar la ardiente humedad que siempre lo volvió loco. Con la otra mano en su nuca le besó los labios, el cuello, los hombros…maniobró sus cuerpos y la lanzó contra el sofá para probar su único sabor. Sabía que si quería que ambos disfrutaran de aquello tendría que hacer que Jan Di llegara primero puesto que él no duraría absolutamente nada.
—¡Ji Hoo! Ah…mmm….
Sin decir palabra aumentó la presión y la rapidez, y segundos después sintió su orgasmo caer directamente en su boca y bebió todo lo que pudo de él.
Jan Di estaba aún intentado recuperar la respiración cuando vio el cuerpo de Ji Hoo suspendido sobre ella, secando su barbilla con el dorso de su mano para luego pasar a lamerlo con una expresión de placer absoluto. Luego, lo sintió entre sus labios inferiores, rozando la sensible piel…
—¿Estás segura, loto?
Jan Di adoraba ese apodo, lo adoraba, el que Ji Hoo pensara así de ella hacía que sintiese su corazón latir con fuerza con todo el amor que sentía por él y sin contestar se levantó e invirtió sus papeles sentándose y empalándose sobre él con un agonizante gemido.
Desde esa posición podía ver todas las expresiones de su esposo, todo lo que ella lograba hacer que él sintiera, cómo lo volvía loco, cómo estaba luchando por mantenerse duro en ella, pero Jan Di quería otra cosa.
—Tómame Ji Hoo, quiero sentirte dentro mío, cómo llenas mi interior…
Y con un ahogado rugido Ji Hoo empezó a mover sus caderas contra las de ella, advirtiéndole que de seguir así todo eso no duraría mucho, pero a Jan Di no le importaba, necesitaba sentir a Ji Hoo, quería recordar lo excitante que era entregarse a él así que hizo caso omiso de lo dicho y giró sus caderas tal y como a él le gustaba mientras arañaba sus abdominales.
Ji Hoo llegó en ella con tal fuerza que el pie que Jan Di tenía apoyado en el suelo terminó en el aire. Largos y tortuosos segundos de indescriptible placer en los que Ji Hoo sintió su cuerpo vibrar y temblar al reencontrarse con su alma gemela.
Minutos después, ambos regresaron a la realidad, exhaustos pero ni de cerca saciados, y regresaron a su habitación, para amarse como sólo ellos sabían.
*-*-Presente-*-*
—¡Mi bombero ha vuelto a casa! —Jan Di corrió a lanzarse a los brazos de Ji Hoo en cuanto lo vio cruzar el umbral de la puerta.
No había podido ir a recogerlo del aeropuerto debido a una cesárea de emergencia que se había presentado, pero logró manejar bien la situación y ahora estaba colgada de él con las piernas entrelazadas a su cintura, besándolo tiernamente.
—¿Para qué necesita un bombero, señora Yoon? ¿Hay algún fuego que tenga que apagar? —le preguntó el apretando una pompa y haciéndola dar un gritito.
—¡Yoon Ji Hoo! ¿Qué es lo que te ha pasado en estos meses? —le regañó dulcemente mientras se soltaba de su abrazo.
—He extrañado a mi esposa, ¿hay culpa en eso?
—¿Qué tanto me has extrañado? —le preguntó coquetamente y como respuesta recibió un beso húmedo que la dejó temblando de pies a cabeza.
A Dios gracias, el secretario Park sabía qué sucedería al llegar a casa y había hecho que la servidumbre se retirara durante el día, además, el presidente tomó medidas provisorias y se fue a pescar hasta el día siguiente.
Luego de un par de horas, cansada, sudorosa y con una satisfecha sonrisa de oreja a oreja, Jan Di volteó a ver a su esposo que aún parecía estar intentando recordar cómo respirar.
—Sí que me extrañaste…—le dijo mientras intentaba arreglar su cabello.
—No…te imaginas…cuánto…—respondió él, agitado.
Rieron juntos entre arruinadas sábanas que sabían que tendrían que cambiar antes de echarse a dormir esa noche.
Estaban sentados en la mesa del comedor cuando Ji Hoo volvió a sentir el nerviosismo de su esposa.
—¿Te sucede algo? —le preguntó preocupado.
—¿Cómo es que siempre sabes? —le reclamó ella algo ofendida, pensando que había logrado enmascarar bien sus nervios.
—De la misma forma que tú, nutria—Besó su mano y sonrió—¿Es algo en lo que te puedo ayudar?
—Es algo en lo que vas a tener que ayudar.
—Pues dímelo, para así hacerlo.
—Dejé las pastillas.
Ji Hoo se quedó callado durante un momento.
Después la primera noche que estuvieron juntos luego del incidente de su hija, Ji Hoo le compró una pastilla del día siguiente a Jan Di con premura, ambos sabían que no estaban listos para embarcarse en un nuevo bebé tan pronto y el psicólogo los apoyó en su decisión. Jan Di regresó a las pastillas anticonceptivas y siguieron su vida normal.
Luego de tres meses de terapia, a Jan Di le dieron el visto bueno para regresar a trabajar, Ga Eul se embarazó tiempo después y Woo Bin dio la fiesta del siglo. Yi Jung empezó a salir con una nueva chica, todo parecía estar tranquilo hasta que una visita a Jun Pyo y a Jae Kyung para la apertura de un hotel los puso a pensar en formar una familia otra vez al ver a dos de sus mejores amigos felices con su retoño.
En el momento que tú estés lista, deja tus pastillas. Ni siquiera tienes que preguntarme, yo estoy listo para lo que tú quieras. Sea tener o no hijos, yo te apoyaré y te amaré siempre Jan Di.
Eso era lo que Ji Hoo había dicho y había sido cierto, pero saber que acababa de tener sexo repetidas veces con su esposa hacía menos de veinte minutos mientras que ella no había estado protegida, hizo que una burbuja de esperanza naciera en su pecho al pensar que podían volver a intentar tener un bebé.
—¿Estás molesto? —preguntó Jan Di alto temerosa al no recibir respuesta a su declaración anterior.
—¿Molesto? ¡Claro que no!, estoy…emocionado. Para serte franco, no había querido pensar en ello pero ahora que me lo dices es realmente genial Jan Di—Ji Hoo le regaló esa angelical sonrisa que era sólo suya—¿Y tú, loto? ¿Tú estás bien con esto?
—Sí, volví a hablar con el psicólogo antes de hacerlo y pues, estoy lista y lo hice.
Ji Hoo se levantó y la abrazó con mucha fuerza, vertiendo todo su amor en su abrazo, todo lo bueno y lo malo que habían vivido juntos sólo le había enseñado a amarla más.
—¿Ji Hoo?
—¿Sí?
—¿Me sueltas? No puedo…respirar
—Lo siento—le contestó riendo—¿Estás bien?
—Sí, pero debes ser más cuidadoso conmigo.
—Sí claro—contestó con algo de sorna—cuidadoso. ¿Te recuerdo todo lo que acabamos de hacer en la habitación?
—No es necesario, me refería a cuidadoso en el sentido de que ahora no soy sólo yo, también es tu bebé.
Y ante eso Ji Hoo se paralizó. Literalmente parecía que alguien lo había encantado con un hechizo de hielo puesto que nada de él se movió por una fracción de segundo, incluido su corazón.
—¿Qué acabas de-?
—Te estoy diciendo que estoy embarazada—le respondió Jan Di con lágrimas en los ojos y sacando una fotografía de su bolsillo le dijo—Dile hola a tu bebé.
Ji Hoo tomó entre sus manos un sonograma que mostraba una cabeza y un pequeño cuerpo.
—Esto…pero…cómo…
—Dejé de tomar las pastillas hace seis meses. No te dije nada porque es un poco difícil lograr concebir luego haber usado pastillas tanto tiempo. Para cuando te fuiste de viaje no había notado que mi periodo se había retrasado y pues… ¡Sorpresa!
oº°˚˚°ºoº°˚˚°ºoº°˚˚°ºoº°˚˚°ºoº°˚˚°ºoº°˚˚°ºoº°˚˚°ºoº°˚˚°ºoº°˚˚°ºo
—Appa ¿qué hacemos aquí? —preguntó un pequeño de cuatro años con grandes ojos y expresión demasiado madura para su edad.
—Vinimos a visitar el templo—contestó un hombre alto, sonriendo.
—¿Y por qué hasta aquí? ¿Por qué no el que está cerca a la casa?
—Porque quiero presentar mis respetos a alguien.
—Ah…¿A quién?
—Sí Ji Hoo, ¿a quién? —Jan Di estaba a su lado con una niña de un año en brazos.
Ji Hoo sonrió a su esposa, agradeciendo silenciosamente todo lo bueno que la vida le había dado.
El abuelo había fallecido poco antes de que Mee Yon, su hija, naciera. Fue un triste acontecimiento en la casa Yoon... pero Seok Young tuvo la alegría de ver a su primer bisnieto y se había ido en paz, sabiendo que un segundo bebé estaba en camino, él y su nieto habían hecho las paces y durante años había logrado vivir en familia junto con él y su esposa, algo que jamás hubiera pensado lograr.
Esas palabras se las dijo a Ji Hoo en su lecho de muerte y, luego del nacimiento de Mee Yon, Ji Hoo recordó las palabras que cierto monje le había dicho años atrás.
—Creo que nunca te lo dije, loto, pero sí recuerdas esa vez que vinimos aquí por primera vez ¿cierto?—le preguntó Ji Hoo a Jan Di.
—Cómo olvidarlo—le contestó mientras acomodaba el gorrito de su hija. La pequeña Mee Yon tenía los ojos de su padre y la personalidad terca de su madre, y ese día había decidido que un gorro no era algo necesario.
—Pues, tú le ofreciste agua a un monje y luego te fuiste. En ese momento él me dijo algo que nunca pensé que podría hacerse realidad.
—¿Qué dijo appa? ¿Qué dijo? —preguntó el pequeño, a quien le encantaban las historias.
Ji Hoo cargó a su hijo y le contestó
—Me dijo: "Ella tiene el rostro limpio. La cara de esa joven, puede aclarar las aguas turbias, igual que una flor de loto. Asegúrese de atesorarla. Esa chica le dará una familia"
—¿Quién era ella?
—Estaba hablando de omma. En ese entonces tu omma y yo éramos sólo amigos, pero al final, todo lo que me dijo se hizo realidad. Omma reunió a appa con su araboji, y luego de casarse conmigo me dio dos regalos más: tú y tu hermana, pequeño Man Young.
El niño parecía algo confundido con la anécdota y no dijo nada, pero Ji Hoo sabía que su esposa habría comprendido todo y lo comprobó cuando al voltear a verla la vio con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Cómo es posible que recién me digas esto Ji Hoo? —le preguntó con una sonrisa
—Porque en ese momento me parecía completamente imposible, pequeña nutria. En ese momento mi corazón dolía por circunstancias que tú y yo conocemos, y jamás imaginé que lo que me dijo ese monje se haría realidad. En un comienzo, cuando nos juntaste a mi abuelo y a mí, pensé que a eso se refería, pero…ya ves, aquí estamos, tú, yo y nuestros hijos. Una familia.
Jan Di se acercó a Ji Hoo y le dio un tierno beso, sólo para ser interrumpida por su hijo.
—Omma, besar es feo.
—¿Ah sí? Veremos qué pensarás cuando tengas una novia y quieras besarla, jovencito.
—¡No! Las niñas dan asco.
—¿Y omma?¿Y tu hermanita? También somos niñas—le preguntó
El pequeño Man Young parecía estar librando un duro debate en su vivaracho cerebro de cuatro años.
—Está bien, tú y mi hermana no dan asco, omma.
—Veremos qué dice de aquí a diez años—dijo Ji Hoo riendo.
—¿Diez? Choon Hee ha estado preparando una boda en el patio trasero de la casa de Woo Bin desde hace semanas—le confió Jan Di a su esposo en un susurro.
Choon Hee era la primera hija de Woo Bin. Apenas el nuevo jefe de la mafia de todo Corea la vio nacer tuvo que andar con un babero, esa niña con horas de nacida ya tenía al padre atrapado en su pequeño puñito. Era la princesa de papá y no había nada que ella quisiera que Woo Bin no le diera. Contrario a lo que todos esperaban, el padre estricto en esa casa era Ga Eul, que tenía que reprender a su esposo cada vez que le cumplía todos sus caprichos a Choon Hee.
Y las cosas no mejorarían ahora que sabían que Ga Eul estaba embarazada y esperando otra vez a una niña.
El karma apesta Woo Bin le había dicho eso a Ji Hoo un día en el que este le bromeó con el hecho de todos los chicos a los que tendría que mantener a raya viendo lo hermosa que era su hija y a Woo Bin casi le dio un síncope y estaba planeando, seriamente, en hacer estudiar a Choon Hee desde su casa.
Ga Eul, por supuesto, había descartado la idea, porque no había padre más celoso y protector que Woo Bin, pero tampoco un esposo más dispuesto a cumplir con lo que pidiera su esposa.
—¿Así que planea casarse con Man Young? —preguntó Ji Hoo
—Eso parece, si tienes en cuenta que es el único niño que ve constantemente y el único a quien Woo Bin aprueba…
—Song Woo Bin padre de dos niñas, jamás pensé que el mundo diera tantas vueltas—dijo Ji Hoo riendo.
La familia siguió conversando y riendo, aun buscando al monje pero sin encontrarlo.
Ji Hoo decidió finalmente dejar de buscar, llenar una teja con su familia, rezar por salud y felicidad, colgarla con fe y agradecer nuevamente con todas sus fuerzas por lo que había obtenido a través de los años.
Jan Di y él visitaban las tumbas de sus padres, que ahora estaba junto a la de su abuelo, regularmente, y además disfrutaban su día a día con el trabajo que hacían y con sus dos hijos. Jun Pyo y Jae Kyung tenían sus manos llenas con un niño de siete años y un par de gemelos que llegaron de sorpresa cuando tan solo estaban esperando un bebé más. Yi Jung finalmente había sentado cabeza hacía un año con una rumana que resultó ser una simple bibliotecaria que le robó el corazón.
Ji Hoo, Jan Di, Man Young y Mee Yong siguieron su recorrido sin saber que tras ellos y a la distancia había un hombre que los observaba con una sabia sonrisa en sus labios.
—Las flores de loto siempre pueden limpiar las aguas más sucias.
Se dijo el monje, antes de verlos desaparecer a la distancia.
Mee Yon: Nombre compuesto por los caracteres "belleza" y "flor de loto"
Man Young: "Diez mil años de prosperidad"
Choon Hee: "Niña primaveral"
