Silent Hill: Room 302 A Brand New Fear Is Coming.
End ~ Gates to the Garden.
"And leave the dead beneath the ground so cold, for God is in this hand that I hold, as we open up the gates of the garden"*
— ¿Ma-Mami?
Cerré los ojos y sobre la misma acción volví a abrirlos con la boca llena de sangre y saliva, mis reflejos me obligaron a girar sobre mi eje para vomitar todo el contenido sobre el suelo de rejas, el cual poco a poco comenzaba a volver a la normalidad, el cemento aparecía desde las esquinas de la azotea en medio de las llamas. Tosí para aclarar mi garganta, clavando los ojos sobre el líquido negro que había salido de mi boca, respiré profundamente antes de ponerme de pie.
El mundo de pronto era inestable, todo a mi alrededor se movía y sólo podía ver la puerta de la azotea, lentamente como quien le pide permiso a alguien, moví mis pies tan lenta e inseguramente sobre el asfalto que parecieron milenios cuando pude tocar el pomo de la puerta otra vez. Miré sobre mi hombro, la bestia sangrienta que había sido mi padre yacía en el suelo inmóvil, lentamente consumido por las llamas cercanas, no se inmutó, no cabía lugar a dudas de que estaba muerto, capté aire suficiente para abrir la puerta y dejarme caer sobre el suelo de cemento del otro lado, levanté los ojos esperando ver a Josh, pero sólo me encontré con el descansillo de una escalera descendente.
— ¿Josh? —Llamé al aire sin obtener ninguna respuesta, sólo el susurro de las cañerías de gas tapiadas por las paredes y el aislante, usé el pasamano de la escalera para lograr ponerme de pie nuevamente. Con cuidado de no tropezar comencé a bajar cada escalón y esa simple acción me dejó agotada «¿Dónde demonios se ha metido Josh?».
Seguí bajando hasta la primera planta donde el humo estaba por todas partes, divisé una sombra a lo lejos, un hombre corpulento con una máscara de gas sobre la cara, ganó nitidez a medida que avanzaba más cerca de mí. Creí por momentos que se trataba de uno de esos múltiples soldados de la orden, pero el logo encima del grueso traje que portaba me devolvió el alma al cuerpo. El hombre era un bombero que rápidamente me atrapó, obligándome a correr en dirección al pasillo, el extraño habló por su radio informando que había encontrado a otro sobreviviente.
Los recuerdos a partir de allí fueron confusos, como si alguien hubiese batido mi cabeza a una gran velocidad. Me encontré sentada en la escalinata de una ambulancia con un paramédico limpiando la herida de mi cuello, haciendo preguntas y alabando mi suerte al notar que la herida no era tan profunda para dañar ningún vaso importante que hubiese causado mi muerte por desangramiento en un par de minutos. No escuché la mayor parte de lo que dijo, mis ojos estaban enfocados en observar cada persona viviente en el lugar, incluso las camillas con personas inmóviles que pasaban delante de mí. Ninguno de ellos era Josh. Los servicios de emergencia seguían llegando, otro paramédico acudió a la ambulancia donde yo estaba, urgiendo al hombre que me atendía para socorrer a una mujer con graves quemaduras. Me dejaron sola.
Usé los minutos de soledad para lograr captar algún ruido que no fuese el constante llamado de los hombres y mujeres pidiendo ayuda para trasladar cuerpos, apagar llamas o salvar vidas. Las luces intermitentes azules y rojas ululaban sobre mis ojos, vi una patrulla policial acercándose a gran velocidad, estacionándose cerca del carro de bomberos al fondo, el logotipo en la puerta del coche no era más que la policía de Ashfield, los recuerdos de mi gran escape en el apartamento aparecieron como flashes en mi mente, gritándome que era mejor ocultarme. Aferrándome a la manta gris que el paramédico había colocado sobre mis hombros me puse de pie, conservando el poco equilibrio caminé en medio de las personas que corrían de un lado a otro, en medio de las sombras de los vehículos y edificios me escabullí hasta que noté algo diferente, algo aterrador.
Mis ojos se elevaron hacia el gran edificio que tenía en frente, las ventanas sucias, pero con las luces encendidas, podía ver gente en las ventanas observando el fuego y el logo de la policía de Ashfield me quedó rebotando en la cabeza. Un frío pétreo me recorrió la espina dorsal cuando giré sobre mis talones hacia el lugar del incendio, encontrándome nada más que con el edificio de apartamento South Ashfield en llamas «¡Qué demonios!». Instintivamente mis pies dieron un paso al frente para correr hacia el lugar de la catástrofe, cuando alguien o algo me agarró del cabello con tanta violencia que solté un gruñido fuerte para luego encontrarme de lleno con una superficie metálica negra estampándose en mi cara.
No supe nada de mí en lo que fueron horas o días, el ruido de la estática de una radio cercana llenó mis oídos con eco que se acercaban y alejaban de manera paulatina hasta que pude levantar la cabeza y enfocarme en el lugar. Me encontré acostada en una cama desecha en un cuarto cerrado y sin ninguna puerta, en un rincón había un escritorio cubierto de papeles y otros pegados tapizando la pared, los recortes de periódicos con el alcalde y accidentes. Reconocí de inmediato el lugar donde estaba, era el cuarto oculto en la casa del conserje en el cementerio luterano de Silent Hill.
Sin ese extraño mareo apoderándose de mis miembros me senté en el borde de la cama, llevaba una ropa diferente y el pequeño espejo demostró que también lucía diferente, el cabello negro como el alquitrán y los ojos del mismo tono, sin brillo, pero seguían siendo mi rostro y mi cuerpo «¿Pero qué carajos está pasando aquí?». Cerré los ojos para abrirlos y comprobar que no estaba en una pesadilla, toqué mi rostro creyendo que se trataba de una careta, incluso olí mi cabello para saber si había rastros de amoniaco, el aditivo de las tinturas de cabello, pero no había nada de eso. Un ruido sobre la madera captó mi atención, observé a mi alrededor para encontrar algo con que defenderme de ser necesario. Hallé un abrecartas en el cajón de la mesa de noche el cual alcé sin titubear cuando la puerta falsa se abrió suavemente dejándome ver a Zeth y su gran altura parado en el umbral, cubriendo casi toda la salida.
—Vaya, mírate si estás completamente recuperado —Sonrió con sorna. Levanté una ceja intrigada sin dejar de señalar con el abrecartas filoso hacia el hombre que acababa de llegar, apreté los dientes ordenando las palabras de Zeth en mi cabeza—. Baja esa cosa, puedes lastimarte y no queremos eso ¿Verdad?
— ¿Qué está pasando? ¿Por qué estoy aquí? —Pregunté siguiendo la figura de Zeth con el arma. Él le restó importancia, sólo sonrió hasta luego caminar hasta el escritorio y sentarse sobre la mesa—. ¡Responde, maldita sea!
—Guarda silencio —Ordenó mirando hacia el exterior—. La vas a despertar.
— ¿A quién? —Gruñí suavemente. Zeth hizo un gesto con la mano hacia afuera, claramente no creía que yo podría escaparme, sobre todo después de deducir que él había sido mi atacante anteriormente, sin quitarle los ojos al hombre me moví a través del cuarto para ver por la puerta. En el otro lado de la pequeña casita del conserje, sentada sobre una silla mientras que el resto de su cuerpo reposaba sobre la mesa estaba la figura de Laura, completamente dormida—. ¿Laura? ¿Qué está haciendo ella aquí? ¿Qué estoy haciendo yo aquí? ¿Qué está pasando?
—Calma, las respuestas vendrán una por una, Carer.
Me congelé sobre el suelo ante tal nombre. Zeth sonrió con malicia, aprovechando mi evidente estado de estupefacción para acercarse suavemente, sentí su mano fría tocando la mía en busca del abrecartas, el cual solté sin mucha reticencia, parpadeé antes de que el hombre se alejara.
—No sé cómo decirte esto para no dañarte más de lo que ya estás —Comenzó, era obvio que usaba el sarcasmo en cada palabra—. Dicen que las verdades duelen más que los golpes y tú sabes recibir esta clase de verdades como todo un hombre. Josh está muerto.
Sentí una clavada dentro de mi cuerpo, una clavada que no podría quitar en toda mi vida, una que jamás se iría por más que lo intentara.
—Pero eso es algo que le dolería a Hayley —Zeth jugó por con el afilado cuchillo antes de levantarlo y clavarlo sobre la mesa—. Custos está muerto también.
La clavada del puñal imaginario que creí jamás quitar del interior de mi cuerpo desapareció para ser reemplazado por un tipo de dolor diferente, como acero caliente quemando cada zona del cuerpo sin piedad. Caí sobre el suelo con todo el peso del mundo encima de mis hombros, vi a Zeth acercándose de inmediato, vi sus labios moverse y su cara ligeramente teñida de pánico mal disimulado, pero no podía escuchar lo que decía, mis oídos se habían quedado en silencio de forma inesperada e increíblemente acertada. Recuerdo los días pasar uno tras otro, mientras miraba el techo de madera, de vez en cuando Zeth aparecía en mi campo de visión y comprobaba que seguía con vida.
A veces, cuando no sabemos a qué nos enfrentamos, creemos que es un sueño, una alucinación, creada de nuestro subconsciente, de las cosas que vemos, de lo que oímos, de lo que vivimos, pero en algunos casos, esos simples viajes a ningún lugar pueden ser más reales que muchas de las cosas que hacemos diariamente, pero existe un pequeñísimo problema; Qué sucede cuando la realidad y lo que deseamos parecen alejarse el uno del otro como imanes con polos iguales; Cómo comprobamos que aquello que vivimos realmente es lo que realmente sucede; Cómo sabemos que las cosas que hacemos y decimos, las que vivimos, son reales.
Las pruebas gráficas las entrega el tiempo, las entrega la resignación.
Tres semanas después de que la terrible realidad me golpeara, como Hayley o como Carer un fuerte dolor de cabeza, como una insoportable jaqueca después de una noche de juerga, me despertó y hacía frío. La manta sobre mi cuerpo no ayudaba mucho para capearlo. Me recogí sobre la cama tomándome el estómago, a pesar de tener todavía los ojos cerrados me sentí mareada. Pensaba que tal vez era producto de las medicinas que Zeth insistía en poner en mi cuerpo para mantenerme con vida. Perdida en los días del calendario, perdida en la noción espacio-tiempo. Me sabía en la casita del conserje, sobre la cama, con el ruido del ajetreo en el cuarto subsiguiente, opacado por la pared de madera.
Me di vuelta con violencia hacia la molesta luz de la vela en el candelabro, entre mi ceguera temporal por abrir de pronto los ojos, divisé, muy borrosamente, un vaso con agua y los frascos con líquidos, así como el espejo mostrando mi reflejo. A los pies del pequeño soporte del ornamento había un teléfono celular que Zeth había dejado como cosa perdida al momento de salir del cuarto. Entumida a causa de la temperatura de la habitación que, según mi percepción, descendía cada vez más, estiré mi mano para tomar el aparato, mi mente se llenó de los recuerdos, de las conversaciones y de las imágenes. Recordé las esporádicas conversaciones con Frank Sunderland sobre el trabajo de Josh y recordé también el teléfono del cartel que anunciaba el bar de Southfield.
555-3750
Rápidamente marqué los números deseados y coloqué el auricular sobre mi oído libre, pude escuchar el tono de marcado. Sólo tuve que esperar a que alguien me contestara del otro lado.
—Gippy-Gippy-Jo estás llamando a Southfield el bar del legendario Black Russian que dejó en coma por una semana al famoso radio locutor Troy Nespola. Habla y serás escuchado —Saludó alegremente la mujer del otro lado de la línea, aguardó a que yo respondiera, escuché la música con estilo grunge, las voces y las risas detrás de la respiración de la mujer—. ¿Hola? ¿Hay alguien allí?
— ¿Josh Sunderland? —Pregunté.
—Oh… oh… bueno… —La mujer pareció caer en una profunda pena, la alegría inicial con la cual había contestado el teléfono estaba desapareciendo lentamente, la escuché suspirar sonoramente antes de volver a contestar—. Lamento decirle esto, pero Josh falleció hace un mes, en el incendio del edificio South Ashfield. Fue una gran tragedia, la mayoría de las personas no lograron escapar y el-
Corté la llamada dejando el aparato sobre la almohada. Sentí una opresión en el pecho que me llevó a la alucinación, sentí que las paredes se cerraban. Un miedo me recorrió de hito en hito, tenía que salir de allí como diera lugar, pero el miedo me carcomía por dentro, me paralizaba, el sentimiento de alivio que la casa del conserje me había dado por largas y tortuosas semanas se estaba esfumando como humo en una fogata. Percibí aquel aire denso, cargado y viciado, el mismo que sentí al entrar al trescientos dos por primera vez, rodeándome, aplastándome. La falta de oxígeno me estaba matando aunque supiera que realmente estaba respirando. Estaba hiperventilando y si no salía de allí podía morir.
Esperé que fuera posible.
Y sin embargo me obligué a luchar contra la desprotección y la vulnerabilidad de la cual me sentía parte, la sensación horrible de tener alguien a mi espalda observando, logrando que los vellos de mi nuca se erizasen como un gato engrifado. Las paredes del cuarto parecían infestarse con una maraña de hilos de sangre, como arañas gigantescas que amenazan con picarme si no huía de allí rápido.
Un grito ensordecedor provino del cuarto siguiente «¿Qué está sucediendo allí fuera?». La sangre y el óxido me rememoraban la horrenda vivencia de la pesadilla en Silent Hill, de no ser porque seguía en ese pueblo de mierda me hubiese aterrado de doble manera, pero se suponía que eso había acabado.
Acabado con la vida de personas inocentes e historias increíbles.
Como pude me arrojé al suelo y casi increíblemente, me puse de pie usando como apoyo las paredes y mobiliario del lugar, los cuales se llenaban de telas de araña en los rincones y polvo en las superficies, entremedio de quejidos y el vaivén de mis pies logré llegar hasta la puerta corredera oculta en la pared. Mis manos buscaron la forma de asirse con la ranura de la apertura y tiré de ella. Fue como mover el monte Fuji con un solo dedo, de inmediato el aire frío chocó contra mi rostro obligándome a caer sobre el suelo y esperé por breves segundos hasta que la realidad fue completamente distinta a la que mis ojos habían visto en el cuarto anterior.
Laura se puso de pie de inmediato, el pequeño sofá con tela cuadrille color rojo sangre crujió cuando elevó su poco peso para socorrerme, sus manos huesudas se apoderaron de mis brazos.
—Por Dios ¿Estás bien? —Interrogó alcanzando mi rostro, mis ojos enfocaron su cara de la mejor manera que podían—. Estás pálida y sudando mucho.
—Josh… —Llamé y mis memorias se mezclaron con los ojos azules y el cabello cobrizo del otro hombre, uno más sumergido en mis memorias y en las memorias de Carer—. Custos…
—Hayley… —Ella acarició mi cabello antes de ayudarme a ponerme de pie, obligándome a caminar hasta el sofá donde dejé caer mi cuerpo como un saco de patatas inerte, por primera vez estaba fuera del cuarto, observando de lleno la otra habitación. Parecía que alguien se había esforzado por hacer de esta pequeña sección de la casa un lugar acogedor, como un pequeño hogar, muebles para una pequeña sala, cocina y comedor con sillas para dos, a pesar de ello todo parecía estéril. Muerto—. Ten.
Laura me acercó un vaso con agua el cual tomé, la mano me temblaba. Acuné el pedazo de cristal contra mi pecho sin beber el contenido. Las ventanas mostraban el exterior totalmente oscuro.
—Josh se ha ido —Dijo Laura como si completase en voz alta un pensamiento o un discurso ensayado y asumido. Ella parecía resuelta con esa realidad.
— ¿Escuchas? —Hice una señal contra mi oído, Laura levantó los ojos y aguardó, ambas en silencio mortal llenando todos los rincones de la casita y del mundo entero—. ¿Lo oyes?
— ¿Qué cosa?
—Exacto —Asentí—. No sólo Josh se ha ido, todos lo han hecho.
Laura bajó los ojos hacia el suelo, de pronto se movió en busca de una silla cerca de la mesa para traerla y colocarla cerca del sillón. Tomó asiento antes de agarrar mi mano y apretarla.
—Zeth dijo que tú… bueno… que Custos no lo había logrado, entonces las almas vuelven donde pertenecen. Como Delores y Seawi ya no están, Carer volvió a su último reservorio conocido que eres tú —Se reclinó sobre la silla.
— ¿Y Custos? —Ese había sido Carer preguntando desde el fondo de mi alma por la persona que más amaba en el mundo y en el otro. Laura levantó los ojos, pero esquivó la mirada hacia la ventana—. Laura…
—Él está aquí —Laura movió su mano sobre su vientre—. No había almas vivas en Silent Hill en el momento en que Custos dejó de existir. La oscuridad le trajo conmigo antes de que muriese. También fue un regalo de Josh.
Retiré mi mano de la suya como si me hubiese quemado y antes de decir algo bebí el agua, la boca se me había secado de tal forma que parecía alguien que llevaba días perdida en el desierto sin acceso a ningún tipo de líquido. El agua me supo a barro y cloro o como un veneno no conocido hasta el momento.
—Hayley, yo lo lamento mucho, sólo… sólo sucedió. Estoy segura que para Josh no significó nada, sin embar-
—No me interesa, Laura —Interrumpí y esa era la verdadera yo, Hayley, la de siempre, desplazando a Carer fuera del alcance de cualquier persona, fuera de mi cabeza por unos breves, pero tranquilizadores segundos—. ¿Te das cuenta de lo que esto significa?
Ella negó, por supuesto.
—Estoy atascada contigo y con tu hijo el resto de mi vida —Contesté a mi propia pregunta, los ojos de Laura se elevaron, la mirada azul me penetró hasta lo más profundo de mis huesos y aun así me negué a mover un músculo. Ella parecía dolida y confundida, no la culpaba por eso, la culpaba por dejar que ese niño se formara dentro de ella y culpaba a Josh por dejarla en ese estado, por dejarme a mí en este estado. Bajé los ojos para ver el suelo bajo mis pies, el instinto de Carer estaba luchando por salir, por tomar posesión completa de mi cuerpo y sabía que si lo hacía no volvería a ser Hayley nunca más, dejaría que Carer se encargase del pequeño para que formaran una relación enfermiza en el futuro y la historia se repetiría una vez más.
Cogí aire, el cual quemó en mi interior, abandoné el vaso vacío en el reposabrazos del sillón antes de ponerme de pie como una vieja artrítica y sin fuerzas. Laura me siguió con la mirada hasta la ventana, el exterior estaba oscuro, sólo la pequeña luz en el farol apostado en la entrada de la casita. Vislumbré un par de lapidas de piedra cerca del corredor principal del cementerio, apoyé mi cabeza contra el cristal, éste se empañó de inmediato. Mi mano vagó sobre la ventana, dibujando un par de letras en él.
NO SALGAS.
Era la forma de decirle a Carer que no se hiciera esto y por cierto tiempo funcionó.
Pero una fuerza sólo puede acumularse durante un tiempo y se necesita de otra fuerza igual para anularla, fuerza que yo estaba perdiendo. El día que Carer regresó yo estaba caminando por uno de los pasillos del cementerio con una pala en la mano y un nombre escrito en un papel.
El nuevo deán de la capilla luterana era un nombre alto, tez blanca como la nata y los ojos de un color azul penetrante, su nombre era Jon y todos en el pueblo le querían, pero tenía un genio terrible y un sentido de la puntualidad estricto.
De alguna forma u otra dejó que Laura y yo nos quedáramos en la casa del jardinero mientras nos encargásemos de cuidar las tumbas, básicamente hacer el trabajo de un sepulturero. Laura debía cuidar de su hijo, un mocoso de ahora seis años, rubio de ojos azules, como la madre, pero de rasgos parecidos al padre, así que yo era la encargada de cuidar el cementerio, un trabajo que nunca imaginé terminaría haciendo.
Ese día era especial, se cumplían siete años de aquel fatídico día, el peor día, ese que me había arrebatado todo de manera cruel y despiadada. Mis ojos se posaron en la tumba de la izquierda, la que debía preparar, mis pies se hundieron en la tierra suelta y la pala se metió con facilidad en el suelo. Rocé la pequeña radio enganchada en mi bolsillo, necesitaba escuchar mi recordatorio anual sobre lo sucedido.
—Las muestras de afecto siguen acumulándose en el frontis del siniestrado edificio de South Ashfield, como todos los años desde la tragedia, los familiares y amigos de las víctimas se han reunido a las afueras para conmemorar un año más desde aquel trágico día, recordándoles a los radioescuchas que el edificio sufrió un gran incendio cuyas causas jamás fueron esclarecidas, en el incendio murieron veintiún personas incluyendo el superintendente del lugar y su nieto Josh, quienes fueron alcanzados por las llamas mientras trataban de evacuar a los residentes. Se dice que las llamas fueron, probablemente, intencionales y se generaron en el departamento trescientos dos, cuyo residente jamás fue encontrado hasta el día de hoy, muchos especulan que se trató de un pirómano en potencia, pero la teoría fue descartada posteriormente —El locutor hizo una pausa—. En otras noticias, la escuela elemental de Ashfield ha reabierto sus puertas esta mañana después de ser reparada gracias el donativo millonario y anónimo de una persona altruista que lo único que pidió es que la escuela fuese refundada en honor al fallecido Josh Sunderland, víctima del incendio del edificio South Ashfield. El señor Tyson Kegan Northrop, abogado responsable de entregar el donativo ha declarado que no está autorizado para desvelar al misterioso donador, abogando, irónicamente, al resguardo del secreto cliente-abogado. Nada de eso fue causal de pena esta mañana en la escuela, donde los niños podrán retomar sus clases nuevamente ¿Vamos con la música? Esto es Gates to the Garden.
La música comenzó a sonar suave y melodiosa a veces interrumpida por la estática.
— ¿Estuvo allí? —Alguien preguntó detrás de mí, dándome un susto. Miré sobre mi hombro para encontrar la figura del deán a mi espalda, sus manos entrelazadas y esos ojos azules ligeramente empañados por un principio de cataratas. Negué con la cabeza y un gemido, volviendo a palear, arrojando la tierra sobre el montículo a un lado—. Lo pregunto porque este es el séptimo año consecutivo que se detiene a escuchar la misma noticia y ahora sonrió cuando informaron sobre la escuela. Teniendo en cuenta que el señor Northrop vino hace seis meses a visitarla he decidido sacar mis propias conclusiones. Espero no le moleste.
Suspiré, el anciano también poseía una agudeza mental para conseguir información envidiable.
—Josh era especial para mí como un amor platónico, era el padre de Desmond, el hijo de Laura —Solté sin cuidado, concentrándome nuevamente en mi tarea—. Y el señor Northrop estaba equivocado conmigo, yo no era a quien buscaba.
—Interesante —Comentó suavemente moviéndose hasta la lápida plantada a un costado del agujero que yo estaba cavando—. Desde que dirijo la iglesia me he dedicado ver la influencia que tiene las mentiras de las personas sobre sus propias acciones. Polly, por ejemplo, le es infiel a su esposo con su terapeuta. Glen es un mirón, él se dedi-
— ¿No se supone que esas cosas son secretos de confesión? No debería estar diciéndomelas.
—Sé que no se lo dirás a nadie —Aseguró—. Lo que quiero decir es que las mentiras van a traer una consecuencia grave uno de estos días. Una que no podrás evitar.
— ¿No tiene un sermón que dar? —Levanté los ojos con el ceño fruncido. El deán miró su reloj de pulsera antes de chistar y sonreír. Sin decir nada se puso de pie y se marchó mientras tatareaba la canción que trasmitía la radio.
Fue como si el anciano hubiese vaticinado lo peor.
La tarde cayó suave sobre la ciudad, Laura no estaba y Desmond jugaba con su avión. Creo que me dormí en el sofá, sí, eso debía ser la explicación lógica para los sucesos venideros. Me hallaba tirada sobre el suelo, viendo impotente, como las llamas consumían el lugar. Genial, estaba teniendo otra de esas pesadillas que me habían perseguido como un constante recuerdo de mis errores.
La energía de mi cuerpo poco a poco se desvanecía y faltaba poco para que el oxígeno también se fuera del lugar. El apartamento trescientos dos. Tosí, ya casi no veía la puerta, el humo, aunque negro, me recordaba a aquella etérea neblina del pueblo maldito. No había duda, yo iba a morir en ese lugar. Otra vez.
Viendo la puerta o lo poco que se distinguía de ella, esperaría mi muerte. Que estúpida, mi vida se acabaría pronto y hasta el momento me daba cuenta de lo poco que la había aprovechado, me sentí patética e imbécil por sumirme en la pesadilla como si fuese la realidad, no, la realidad es que estaba destinada a ser parte de una farsa. Después de todo lo que sufrí, ahora me estaba dejando vencer con aquellas furiosas llamas, sumergiéndome en la oscuridad del infierno más próximo. Deteriorándome a cada instante, consumiéndome en aquella pesadilla de la cual sólo quería despertar de una vez por todas y para siempre.
Oh Dios, me estaba destruyendo, mis ideas y sentimientos divagaban por doquier, queriendo salir de este cuarto ¡Que opresión! Tuve miedo, le temía a la muerte. Ya nada se podía hacer, todo se volvió superfluo, pero previsto. Al menos las personas que alguna vez me importaron estaban fuera del alcance de este averno. Ellos fueron arrastrados al abismo interminable por el cual estoy cayendo en este momento mucho tiempo atrás. Henry y Eileen también.
Ellos despertaron, ellos están bien. Eso me alegraba.
Entonces el recuerdo de Josh vino a mi mente para quedarse allí.
Y me aferré a ese recuerdo como un bebé a un oso de felpa por las noches, me aferré a la oportunidad y a la desesperanza y me dejé llevar por aquel rijoso sentimiento impar. Todo acabaría pronto.
Entonces ocurrió algo distinto a las pesadillas anteriores las cuales terminaban en el momento en que me sumergía en ese sentimiento, ahora vi algo diferente, una sombra moviéndose por el pasillo del trescientos dos. Era Carer caminando lentamente, con la cara sucia con tierra, ojeroso, despeinado. Volví a toser, usando mis brazos para alzarme sobre el suelo, las llamas refulgieron con más intensidad y el calor se acumuló hasta el más profundo de los cimientos de mi mente.
—Carer —Logré susurrar, parpadeando para alejar el picor de mis ojos—. Esto no está bien.
—Es mi momento, Hayley, no puedes arrebatármelo de esta forma —Cayó sobre el suelo, el sonido de sus rodillas impactando la dura superficie me sacó un escalofrío—. Este es mi destino, es para lo que fui concebido.
—Te hará daño ¡La historia se repetirá y nada de esto habrá valido la pena! —Sentí las lágrimas recorriendo mis mejillas, Carer encaminó una mano congelada hasta mi cara secándola—. Trato de protegerte…
— ¿Por qué? —No había una respuesta para ello, no que pudiese verbalizar—. La única forma de que esto termine es dejarme salir, Hayley, déjame respirar otra vez. Es turno de que tome tu lugar y tú finalmente desaparezcas.
—Carer…
Se puso de pie dificultosamente, tambaleándose hasta la puerta del trescientos dos, la cual abrió lentamente, esperé que mirase hacia atrás y me dijese adiós, pero no lo hizo, fue cuando desperté, no siendo la misma persona.
Los ojos azules de Desmond me observaban con curiosidad, levanté una mano para rozar su mejilla.
— ¿Estás bien, tía Hayley? —Preguntó con inocencia, parpadeando como los niños buenos suelen hacer.
—Mi nombre no es Hayley —Mi voz se escuchó rara, como de ultratumba—. Mi nombre es Carer y el tuyo no es Desmond, es Custos.
Custos parpadeó confundido, me puse de pie suavemente, fui al cuarto donde cogí un bolso, rellenándolo con la ropa del niño, cargué el bolso sobre mi hombro antes de sonreírle al pequeño parado en el umbral de la puerta.
—Haremos un viaje largo, Custos —Dije con una sonrisa, estiré mi mano—. ¿Quieres conocer el mar?
Él asintió, por supuesto que quería, no paraba de hablar sobre ello, volviendo loca a Laura quien se aferraba a este pueblo por temor a abandonar sus propios demonios.
—Tenemos que irnos entonces —El niño agarró mi mano.
Salimos de la pequeña casita del conserje, caminando hasta las puertas del cementerio el cual Desmond se había esforzado por llamar puertas del jardín, un jardín lleno, plantado de muertos. Afuera el auto Ford LTD nos esperaba estacionado con Iudex como conductor. Subí a Custos al asiento trasero, mientras yo me subí al asiento del copiloto. Iudex arrojó las cenizas de su cigarrillo por la ventanilla antes de sonreír.
—Te has tardado en venir esta vez —Sonrió con sorna bajando el volumen de la radio—. Debo inferir que la madre del mocoso no tiene idea de esto ¿Qué ha pasado con Hayley?
—Se ha ido para siempre —Contesté sin ganas, reclinándome sobre el asiento—. Conduce, debemos irnos antes de que regrese la bruja de hielo.
Miré a través de la ventana del coche, parado en la puerta de la capilla estaba el deán Jon con esa mirada inquisitiva, como leyendo mis intenciones desde su punto de vigilancia, entrecerró los ojos antes de cruzarse de brazos. Ciertamente le di la razón, las mentiras repercutían en nuestras acciones a futuro, a veces no de la forma que creemos.
— ¿Hacia dónde? —Preguntó Iudex al instante.
—Lejos, hacia el mar —Abrí la guantera en busca de la caja de anteojos para el sol, cuando los encontré me los puse. Había visto como las personas solían usar estos adminículos como si fuesen una prueba de rebeldía, claro que nunca un par de anteojos harían la diferencia. Jon negó con la cabeza antes de mover sus pies cerca de la puerta del cementerio, sus brazos se desenredaron de su postura para alcanzar los barrotes fríos de la reja antes de que Iudex pusiera en marcha el coche en dirección a la salida del pueblo.
Dejar atrás la neblina de Silent Hill fue como dejar atrás todo lo ocurrido, los recuerdos y las pesadillas. Personas que ya no existirían o que jamás debieron existir, personas que sufrirían y tal vez lo merecían, traté de no pensar en ellos mientras nos dirigíamos hacia el oeste por la carretera vacía y húmeda.
El sol apareció tres horas después.
—Ya regresé ¿Estás en casa? —Custos preguntó al entrar a la pequeña casa de playa, afuera podía ver a la innumerable cantidad de personas paseando por la vereda cerca de la playa, las palmeras y los quitasoles de colores decoraban la arena. La decoración marítima de la casa era algo que Carer había pedido expresamente que no existiera, pero Custos había insistido en que le agradaba. Eso había pasado diecisiete años atrás—. ¿Carer, estás aquí?
Custos se movió a través de la sala y los muebles de mimbre hasta el despacho con el gran ventanal que daba hacia la playa, cerca de él había una mesa móvil donde Carer manejaba la pequeña computadora portátil; hablando del Diablo, Carer descansaba sobre la reposadera a las afueras del ventanal, en la pequeña terraza, con esos malditos anteojos para sol viejos y fuera de moda, también llevaba un sombrero de mimbre sobre la cabeza oscura con pequeños hilos de plata que Carer se esforzaba por llamar hilos de sabiduría en vez de canas.
Custos avanzó lentamente sobre el piso de madera, el ordenador estaba encendido en un archivo procesador de texto, "las memorias de Carer" –él solía llamarle– complejas y de las cuales Custos quería mantenerse alejado. El pasado de Carer, así como el suyo propio era algo que le aturdía y consternaba. Custos sabía lo justo y necesario, de cierta forma logró alejar los recuerdos de su niñez, de la mujer de ojos azules como los suyos, ahora esas imágenes eran borrosas como si estuviesen en medio de una espesa neblina. Aunque le llamó poderosamente la atención el por qué la mujer en la reposadera se hacía llamar Carer cuando era, claramente, un nombre de hombre –Y si es que ese nombre realmente existía en la sociedad–. Custos lo dudaba y él había dejado de dudar sobre ciertas cosas por amor a su cordura. Entendió que había cosas en este mundo de las cuales era mejor no preguntar.
El joven caminó hasta el ventanal, tomando asiento en la reposadera junto a la de Carer, subió los pies y vertió jugo de naranja en el vaso colocado en la pequeña mesita.
— ¿Cómo estuvo tu día? —Preguntó la mujer sin abrir los ojos. Custos hizo una mueca acompañándolo de un pequeño gemido. Carer sonrió y abrió los ojos, el muchacho la observó con detenimiento—. ¿Qué sucede?
—Tuve la misma pesadilla anoche —Confesó el joven recordando las llamas y las hebras de sangre recorriendo las cerámicas de un pasillo en un lugar que no conocía, pero que le era terriblemente familiar—. Y ese nombre en mi cabeza como un disco rayado; Silent Hill, Silent Hill, no me lo puedo quitar de la mente, es como si me estuviese llamando.
—Y te está llamando —Carer le restó importancia, era algo que debía suceder algún día, más temprano o más tarde y con todos estos años Carer se sentía listo y fuerte como para regresar al pueblo que los vio nacer bajo sucesos inverosímiles. Él estaba dispuesto a aceptar esa realidad y volver—. Prepara un bolso, podemos partir esta noche.
— ¿A Silent Hill? —Custos levantó una ceja, consternado. No era para menos, la primera vez que el joven había comentado su viaje por la irrealidad de las pesadillas y nombró Silent Hill vio la cara de Carer palidecer, ella le había advertido que dejara ese tema en paz, que sólo era un sueño sin significado alguno, pero una búsqueda rápida en la web demostró que el pueblo existía y eso desató una pequeña pelea domestica entre la mujer y el chico que culminó con Custos prometiéndole a Carer que jamás preguntaría, ni iría a Silent Hill—. Dijiste que me mantuviese alejado de ese lugar, de hecho, me hiciste prometerlo ¿Y ahora quieres que aliste una mochila para ir al lugar? ¿Por qué? ¿Por qué ahora? ¿Por qué hoy precisamente?
—Detente, Custos, haces demasiadas preguntas para alguien que estaba muy ansioso por ir en primer lugar —La mujer se quitó los anteojos de sol, solo cubierta con la sombra del sombrero de ala ancha sobre su rostro. Custos odiaba esa mirada ensombrecida, como si sus ojos negros no tuviesen vida, desvió la mirada hacia la alegre playa—. Lleva ropa de abrigo, allá no hace calor como aquí. Ese invierno permanente del pueblo es capaz de romperte hasta los huesos.
— ¿Y si digo que ya no quiero ir? ¿Si te digo que me siento a gusto aquí?
—Mientes —Declaró Carer acomodándose en la silla chillona, sus manos jugaron con las patas de los lentes, arrugó los labios acentuando las líneas de expresión de su rostro—. Tú al igual que yo sientes que no perteneces a este lugar. Tratamos de mantener una vida normal, pero siempre existe un vacío dentro de nosotros y la única forma de rellenarlo es ir al lugar donde todo comenzó.
— ¿Y exactamente qué comenzó en Silent Hill? —Preguntó el joven bebiendo el jugo de naranja, el líquido le supo amargo como la hiel.
—Nuestra historia, por supuesto —Ella le guiñó un ojo coquetamente y Custos no pudo más que sentirse incómodo por el gesto—. Tienes que aprender una cosa, Custos, no importa dónde estemos o hacia dónde nos dirijamos, cuáles sean nuestros nombres o nuestras apariencias. Silent Hill es y será siempre parte de nuestra existencia, en esta vida o en la siguiente.
El joven sonrió.
—Suena como el destino —Se burló Custos moviendo las manos y Carer sólo pudo sonreír.
—Puede ser —No dijo nada hasta que el joven se puso de pie con la excusa de ir a preparar el dichoso bolso de la discordia.
Carer mantuvo sus ojos fijos en la línea horizontal entre el cielo y el mar, la radio a pila de Mallory, el anciano que vendía toallas cerca de la avenida se escuchaba fuerte, pero gastada por el tiempo. Ella sonrió.
—Assorted boxes of ordinary bones, in unlucky rows, up to the gates of the garden…
Siguió tatareando hasta que se quedó dormida con el imponente sol de verano sobre su cuerpo, después de todo les esperaba un largo viaje.
FIN.
N/A: ¡El tercer final ha llegado al fin! Fue, el que por lejos, me costó más escribir y puede que por eso no me guste tanto, pero al menos lo he intentado xD. No sé cómo catalogar este final, es como un final medianamente malo como el anterior, aunque fui malvada (?) y maté a Josh y todo el rollo con Laura y Carer, yo… creo que es una relación muy enfermiza, pero nada en Silent Hill es muy sano que digamos así que me fui por las líneas de la enfermedad aunque no es tan explícito como esperé que sería anyway…
Vale, sólo queda un capítulo más para editar y ruego a los dioses del mal que sea más fácil de escribir que este, así aplacamos la tortura XD.
(*) Fragmento de Gates to the Garden de Nick Cave and The Bad Seeds
¡Gracias y nos vemos en el siguiente final!
