Capítulo 25: Las Dunas Gerudo

Era de noche. Una brisa helada recorría las oscuras calles de Villa Kakariko con su triste lamento. En una casa cercana al gran portón estaba el hogar de Impa. Allí, en el salón, un muchacho dormía acurrucado en uno de los pequeños sillones junto a la chimenea con una gruesa manta por encima, resguardándolo del frío. En el sillón a su frente adormitaba Dark Link, con la cabeza apoyada en los nudillos de su mano izquierda. En el sofá de detrás, despierto, estaba Rhein, tumbado, con el sombrero y los guantes puestos y su larga capa roja por encima, tapándolo. Miraba fijamente el techo, donde las sombras proyectadas por el fuego se movían incesantemente. Lo observaba con aquella mirada de agridulce melancolía mientras recordaba el pasado.

- "Las personas cambian..." - murmuraba una y otra vez.

De repente, una corriente de aire gélido entró por el resquicio de la puerta y el fuego se apagó. Lentamente, Rhein, con aire cansado, ladeó la cabeza y observó los restos y cenizas donde antes se encontraba la única fuente de luz en la sala.

- "Las personas cambian..."

- ¡A despertarse! - exclamaba Alana eufórica. - Ya es hora de partir.

- ¿Adónde? - preguntaba Max desperezándose.

- Si mal no recuerdo... - murmuró Dark Link en medio de un bostezo mientras se estiraba. - a Gerudo, ¿verdad?

Mientras veía divertida cómo los dormilones se levantaban, la guerrera afirmó con la cabeza. Al momento dijo algo rápido y salió afuera.

- ¿Qué es Gerudo? - preguntó Max confuso.

- Un lugar donde hace calorcito. - aunque le decía la verdad, en su cara se le dibujó una sonrisa burlona.

- ¡No me mientas!

- No te miente. - dijo otra voz.

Era Rhein. El mago parecía haberse ausentado puesto que acabó de cerrar la puerta. Venía vestido con sus ropajes de siempre, pero se le notaba algo raro.

- ¿No has dormido bien? - Dark Link le miró a los ojos. Cuando el mago se dio cuenta, desvió la mirada y soltó un bufido. Al momento, se fue dando un portazo.

- ¿Qué bicho le ha picado? - exclamó Max y al momento se puso una chaqueta azul turquesa y salió detrás del mago.

Dark Link, tras coger las pocas pertenencias que seguían de una pieza, salió. Antes de cerrar la puerta volvió a echar un vistazo a su espada y a su escudo. Ambos yacían apoyados contra la pared y resquebrajados, salvo la espada, la que se encontraba también rota. Suspiró. Acto seguido cerró la puerta y se encontró con Alana, quién, a parte de sacarlo de sus pensamientos, le sobresaltó.

- ¿Qué haces aquí? - preguntó sorprendido, pero su vista fue atraída por un paquete de gran tamaño que Alana intentaba ocultar tras su espalda. - ¿Qué es eso?

- ¿Que es qué? - preguntó haciéndose la tonta.

- Eso de ahí. - y señaló el paquete.

- ¡Ah! "Eso"... Es para ti. - dijo Alana tendiéndoselo.

- ¿Pa...para mí? - Dark Link estaba cada vez más confuso y sorprendido.

Alana afirmó con la cabeza y, acto seguido, corrió hacia Blacker, su fiel unicornio, que se encontraba al lado del gran roble a las puertas de Kakariko. Dark Link observó el paquete. Era de grandes dimensiones y bastante pesado. Dentro debía chocar algo de acero.

- ¿Deberé abrirlo? ¿Y si es una trampa?...No, Alana no me daría nada malo... creo. - después dirigió su vista hacia la muchacha. Se encontraba acariciando las crines al mimoso podenco. - No.

Entonces abrió el paquete. Una reluciente espada y un empedrado escudo se descubrieron bajo las capas de papel.

- ¡Alana! - Dark Link bajó hasta la muchacha, no sin antes, al acercarse, ser acechado por la fiera mirada del sabio de la sombra. - ¿Qué es esto?

- Una espada y un escudo. - contestó sin apenas darse la vuelta. - ¿Qué pasa? ¿Es que nunca te han hecho un regalo?

Dark Link miró los objetos pensativo y con algo de tristeza. Fue entonces cuando Alana reparó en su error.

- Lo siento mucho, no quería recordarte...

- No te preocupes. - por extraño que fuese, Dark Link veía el regalo de la guerrera como un niño los ve en Navidad. Acto seguido, elevó su vista y continuó: - Gracias.

Se colocó el escudo en la mano derecha y blandió la espada con la izquierda para comprobar cómo cortaba el aire. La espada era plateada, con rubíes en el mango y decorado con inscripciones en hyliano antiguo en la hoja. El escudo era también plateado, con la trifuerza ocupando su centro formado por un relieve con brillantes piedras de color rojo, azul y verde. Después de comprobar cada detalle de las armas, Dark Link le preguntó a Alana de dónde las sacó.

- Me las hizo Darunia. - contestó. - Según él, le debían una a su nueva "hermana". Así que me los hizo.

- Pero entonces... no puedo aceptarlas.

- ¡Idiota! ¡Yo no las voy a usar! - le reprimió con los brazos en jarras. - ¿¡Sabes cómo se pondría Maestra si la sustituyo!? - al momento, ambos se echaron a reír. Cuando pararon, siguió con un aire triste: - Y ahora con seriedad. No puedo y no voy a utilizarlas. Y créeme cuando digo que la Espada Maestra tiene un alma.

Alana, al decir esto, se quedó un buen rato observando el mango de Maestra, que se encontraba ahora presa, en la vaina a su espalda.

Era de noche. La luna llena acechaba por las calles de Villa Kakariko con su luz. Un viento frío retumbaba en cada esquina: ya era la hora.

Un joven muchacho andaba a paso ligero por las calles de Kakariko. Su capa rojiza ondeaba a la más mera brisa y su gran sombrero impedía que la luna le viese la cara. A cada paso que daba, levantaba un poco de arena y polvo de las calles.

Caminando y caminando llegó al tétrico cementerio, donde paró en la puerta. Miró las lápidas con precaución al escuchar los aullidos lastimeros de los espíritus vagabundos. Después de unos segundos, se decidió por entrar. A paso ligero, atravesó las tumbas hasta llegar a una gran losa de piedra azul en la que, grabada en ella, estaba la trifuerza. Extendió la mano hacia ella, pero pronto la encogió y se volvió.

- ¿Quién anda ahí? - preguntó asustado. Pero no obtuvo respuesta. Finalmente creyó que sería una ilusión.

Volvió entonces a extender su mano hacia la lápida y a concentrarse. La trifuerza de la tumba brilló de manera extraña y emitió una luz contra la pared al frente del muchacho. Allí, una puerta invisible se abrió, descubriendo una sala. Se dirigió a la puerta, pero antes de entrar, volvió a ver. Todo seguía tranquilo... de momento.

Entró en la habitación. Era un lugar amplio... era una iglesia. Los pocos bancos que había estaban bien cuidados y, en las paredes de la sala, grandes vidrieras con imágenes de las tres Diosas reflejaban su luz hasta el interior. Aún así, la sala estaba en penumbras. Cruzando la hilera de bancos por el camino central, llegó al altar, donde una mesa con un candelabro aguardaba. Detrás, una escultura de a trifuerza en grande y, apoyado en ella, las tres Diosas.

- Empecemos - pensó.

En cuanto miró a la vela, ésta se prendió, ofreciéndole la luz. El muchacho se postró, se quitó su sombrero, lo dejó a su lado y se puso a rezar. Buen rato después, dejó sus rezos y se irguió, recogiendo su sombrero del suelo y colocándoselo. Sin apenas moverse de su sitio, miró fijamente a suelo.

- ¿Acaso mis rezos os han despertado... Alana? - preguntó al aire, pero como respuesta, ella salió de su escondite, tras una columna.

- Vos me diréis, Rhein, o... ¿Arzallus? - preguntó de modo coqueto, mientras se acercaba al último banco.

- Nunca pronunciéis ese nombre en mi presencia. - su tono de voz parecía cansado e irritado.

- ¿Por qué? - Alana vio que el mago rehusaba a la pregunta, así que cambió de tema. - ¿Qué hacéis aquí, en este lugar tan sombrío?

- Enfrentarme a las sombras que cada luna llena intentan atormentar a Kakariko.

- No lo entiendo.

Rhein, por unos momentos, meditó en otra manera de responderle.

- No os interesa. - murmuró sin inmutarse.

- ¡¡Exijo respuestas!! - gritó Alana frunciendo el ceño. Al momento, procuró serenarse. - Se me han ocultado muchas cosas desde que llegué aquí, y la mayoría por parte de los sabios.

Rhein esbozó una pequeña sonrisa por la persistencia de la guerrera.

- Tienes razón. La tienes. No lo negaré. - meditó un momento y continuó en un tono más serio: - El día en el que te conocí, Impa desapareció cuando vino a hacer sus rezos. Por eso los muertos te atacaron.

- Sigo sin entender por qué lo hicieron.

- Por envidia. Algo tan simple como eso: envidia. - al terminar con esto, empezó a caminar hacia la puerta, pero muy despacio, aún así, eludiendo la fija mirada de la guerrera. - Los muertos envidian a los vivos porque muchos querían seguir con ellos. Los fantasmas que podías ver eran los niños muertos de Kakariko. ¿Sabes cómo odio... tener que impedirles... ver a sus familias... por que están muertos? - se paraba mucho en las frases, parecía asustado y apenado, como si dentro de poco, fuera a derrumbarse. - Muchos niños de apenas tres años murieron. Y cada noche de luna llena quieren volver a la villa y ver, aunque sea por unos segundos, a sus familias. - al acabar de decir esto, estuvo casi a punto de llorar y, para impedir que se le notara, frunció el ceño. - Yo sé lo que es perder a tus padres joven. Hasta que no lo tuve que hacer yo, no entendía por qué Impa se encontraba tan deprimida estas noches.

Un silencio incómodo se formó en la sala. Alana se arrepentía de haberle hecho tal pregunta, pues ahora lo veía muy mal.

- Aquella noche... mientras yo planeaba todo, te escuché contarle tu historia a Dark Link y... - desvió la mirada. No aguantaba ni tan siquiera elevar la vista unos centímetros. - Yo de pequeña perdí a mis padres. Al menos, no sentía a mi madre como verdadera. Era muy buena conmigo, pero no era ella. Yo no conocí a mi padre. Murió en la guerra, según me dijeron, pero... - miró durante unos segundo al mago, que se encontraba a su lado, cabizbajo. - tengo la sensación de que aquí encontraré la identidad de mi verdadero padre, junto a las respuestas a todas mis preguntas.

Alana, al acabar esto, se dirigió a la puerta. "¿Vienes? Mañana partiremos temprano", le preguntó ya más animada, pero el mago, sin verla, negó con la cabeza. Alana, entonces, cruzó sola el desamparado cementerio.

- ¿¡No vamos a ir por el camino rápido!? - exclamaron Raphael y Dark Link.

- No. - respondía Alana. - Por cierto... ¿y Rhein? - Alana lo buscaba desde que salieron para alimentar a los caballos.

- No me cambies de tema... - repuso Raphael.

- Normalmente está raro. - afirmó Dark Link. - Desaparece sin más ¡No me extrañaría nada que te dejara tirada!

- Pues a mí si que me extrañaría... - dijo Alana preocupada. Semejante respuesta llamó la atención a Raphael y Dark Link.

- ¿¡Te...!? - exclamaron a la vez los guerreros sorprendidos y con sonrisas pícaras.

- ¡¡Tch...!! - mandó callar Alana con cierta molestia.

- ¿¡Qué comentáis sobre mí!? - Rhein apareció por detrás de Alana, sobresaltándola. Parecía de buen humor. Por primera vez en tiempo, se le veía risueño y contento.

- ¡Pues es que a Alana le...! - pero a Raphael no le dio tiempo a seguir. Al momento de entender las intenciones del espadachín, Alana se colocó el escudo y le arremetió con él en la cara, lanzándolo hacia atrás.

- ¿Decías algo? - preguntó irónica.

- Na... nada de importancia. - contestó Raphael abatido.

Dark Link, después de ver cómo quedó Raphael, se le cambió la cara y prefirió callarse. Sin embargo, su curiosidad le hizo volver a hablar.

- ¿Por qué no vamos a Gerudo por el camino más corto?

- La zona no es segura. - contestó Alana más seria. - El camino más corto es pasando al lado de la ciudadela, pero mejor no arriesgarse. Creo que han puesto guardias, y no es bueno ir cuatro contra un ejército. Iremos dando un rodeo al Rancho Lon-Lon, es la ruta más fiable.

- ¿Y los Kokiris? ¿No pueden ayudarnos todos esos a los que pediste ayuda?

- Si, pero se retrasan. Ganondorf debe de haberse enterado de algo. Ver a tanta gente moviéndose a la par a un punto en concreto le habrá hecho sospechar.

- ¿Pero entonces por qué vamos a Gerudo?

- Haces demasiadas preguntas y te estás volviendo cansino... - la guerrera bufó y puso los brazos en jarras. - Necesitamos su colaboración, sean las que sean.

Alana no dejó que Dark Link le hiciera más preguntas. Se fue hacia casa de Impa de mal humor. Al llegar, como siempre, se serenó y fue a despertar a Max, quien se encontraba tumbado, durmiendo en el sofá.

- Max. Max. Despierta, Max. ¿Max...? - cuando la guerrera fue a tocarlo notó que apenas se movía. Entonces le tocó la frente: está hirviendo.

Corrió afuera a llamar a Rhein, quien vino acompañado de Raphael y Dark Link. Al llegar, Rhein le tocó la frente y se entristeció.

- Vale, tiene fiebre... ¿y qué quieres que le haga?

- No sé, tú eres mago ¡Haz algo! - exigió Alana un poco desesperada.

- ¡Pero yo no soy curandero! ¡Nunca estudié esa rama de la magia! - gritó Rhein.

Al momento, guerrera y mago estaban peleados, pero Rhein se rindió.

- Quizá... - susurró arrepentido sin mirar a la guerrera. - Impa tenga algún libro de pociones. Buscaré en el Templo de la Sombra.

- Gracias. - dijo Alana sin dirigirle la mirada. A continuación siguió: - Entonces... ¿te quieres quedar aquí?

- Si. Pensaba hacerlo igual. Era lo que quería deciros. Aborrezco el sol, ello implica el desierto.

- Como... como tú veas. - hablaban a susurros. Después de estar un rato gritando, a Raphael y a Dark Link, que presenciaban la escena, se les hacía extraño. - Vámonos. - ordenó ella rudamente.

- ¿Pe...pero no quieres quedarte con Max para que se...? - interrumpió confuso Dark Link.

- ¡No! ¡He dicho que nos vamos! - gritó, esta vez, con furia en su voz.

Ninguno de los dos guerreros se atrevió a contradecir a Alana tal y como estaban las cosas. Montaron en sus caballos y antes de mediodía partieron hacia el desierto.

Después de unas horas cabalgando, el trío de guerreros llegó al Rancho Lon-Lon. Pero no pararon allí.

- ¿Por qué no descansamos en el Rancho Lon-Lon? Seguro que Malón está deseando una compañía más interesante que la de unas gallinas alborotadoras. - comentó Raphael.

- Para alborotadores yo ya os tengo a vosotros. ¡No paráis de cuchichear! ¡Y no, no pararemos para molestar a Malón! Y por cierto, de todos es sabido, ¡que le gustan sus animales! - a Alana se le agotó la paciencia y subía el tono de su voz varias veces.

- No grites, te oímos igual. - rogó Dark Link.

Como contestación, la guerrera, que iba encabezando la marcha, azuzó a Blacker y frunció los labios con aire altivo. Cuando ésta dejó de prestarles atención, ambos acercaron sus caballos y se pusieron a murmurar.

- Oye, Dark Link, ¿tú sabes cuantos años tiene esta mandona? - le susurró Raphael.

- No lo sé con seguridad. Creo que trece. - le contestó en el mismo tono de voz.

- ¿¡No!? ¿Y una mocosa va a pretender manejar un ejército? ¡Por encima de mi cadáver!

- Pero ella se lo ha ganado. A convencido a tres razas y va a por la cuarta para que ayuden...

- ¿Y tú crees que las gerudo, con lo astutas que son, van a dejarse mandar por una niña con una espada? Ella no intimida a nadie.

- ¿Te recuerdo que te ganó en combate? - murmuró Dark Link con un aire sabio.

Raphael gruñó.

- ¿Cómo te enteras tú de esas cosas? Además, ya fue hace mucho.

- Ya, y ella en ese tiempo entrenó y tu le diste a la bota.

- ¡Más respeto a tus mayores! - murmuró Raphael ofendido. - Además, ¿de qué bando estás?

- Realmente, yo con Ganondorf, pero ahora con Alana, no contigo, Raph.

- Pero ¿no me dirás que no es de locos que una cría esté al mando de un ejército?

- No, sigo diciendo que ella llegará lejos... - pero ahí, Dark Link se interrumpió.

- ¡Eh! Los de atrás. - interrumpía Alana, que había acelerado un poco el paso de Blacker y ahora les esperaba sobre la cima de un pequeño monte. - ¡Dejad de hablar o os perderéis!

Siguieron bordeando el rancho hasta que cayó la noche. Entonces, decidieron acampar. Encendieron un fuego con unas ramas cercanas y situaron unas mantas cerca de él. Alana no esperó a que los guerreros prepararan las mantas, se durmió enseguida, de espaldas a ambos.

- ¡Bah! ¿Y esa egoísta va a dirigir un ejército? ¡Ja! - exclamaba Raphael cuando Alana entró en un sueño profundo.

De noche, Rhein atravesaba Kakariko con agilidad con una pila de libros bajo el brazo. El viento levantaba un poco de polvo que le molestaba a veces al rozar sus ojos, pero poco le importaba. El frío era terrible. Podía ver su aliento al resoplar.

Llegó rápido a casa de Impa, su hogar. Allí, Max estaba tumbado en el sofá, tapado con una manta. La chimenea se hallaba encendida caldeaba el ambiente con su rojiza luz. Rhein, con gestó pesado, soltó los libros sobre la mesa que había detrás del sofá.

- Vamos a ver... - murmuraba para sí mientras abría y rebuscaba en el primero de los tomos, el más grueso, en cuyo lomo ponía con letras doradas "Pociones". - Aquí está. - y señaló con el dedo, siempre cubierto por el grueso guante de cuero, un párrafo en el cuál venía información. - Bien, entonces...

Pero algo llamó la atención a Rhein. Max comenzó a dar gemidos y a retorcerse como si estuviese atrapado en un mal sueño. Cuando el mago se acercó, observó que la fiebre iba en aumento, pero no era lo único extraño: en la mano del chico brillaba con fuerza una luz dorada. Esa luz fue dando forma a un símbolo que él conocía bien: la Trifuerza. Pero seguía brillando, cada vez más. Rhein retrocedió asustado, con los ojos muy abiertos, como si hubiera visto un fantasma.

- No... - dijo finalmente. - ¡Márchate! ¡Fuera! ¡Sé que estás aquí!

- Vaya, entonces ya te has dado cuenta de mí presencia... - dijo una voz tenebrosa y grave. - ¿Y te acuerdas de mí todavía, Arzallus?

- ¿¡Cómo olvidarte!? ¡Mataste a mis padres, Ganondorf!

En ese momento, en un rincón oscuro donde la luz de la cálida chimenea no llegaba, apareció Ganondorf. Piel verduzca, ojos tan rojos como su mismo cabello, el poco que había, que rodeaba a una calva impecable. Llevaba una armadura negra que tan solo dejaba al descubierto unas botas del mismo color y sus manos de dedos grandes en un guantelete oscuro.

Dio un par de pasos para acercarse al mago. Cuando estuvo a su altura, Rhein no parecía más que un niño pequeño, puesto que la estatura de Ganondorf se la denomina por gigante.

- Cuánto tiempo sin verte, querido aprendiz. - dijo con una sonrisa llena de malicia.

- Yo ya no soy tu aprendiz. Renuncié a ello hace años, cuando descubrí que no eras más que un loco. - le espetó Rhein retrocediendo cuando él se acercaba. - Ahora es Impa mi maestra.

- Arzallus, ¿acaso no recuerdas qué le hice a tú padre cuando se negó a darme lo que quería? - ahí, Ganondorf cogió con su enorme mano a Rhein por el cuello y lo levanto unos metros del suelo. El mago, en el aire, se retorcía por librarse de la cárcel que lo tenía preso y no le dejaba respirar. - ¿no recordabas que le maté? ¿que le cogí igual que a ti ahora y que, con una de mis espadas, lo clavé a la pared? No tengo inconveniente en volverlo a hacer.

Rhein no habló puesto que apenas ya tenía aire para respirar. Todavía sujeto por Ganondorf intentaba liberarse, pero por más que forcejeaba, más fuerza ejercía contra él. Cuando lo dio todo por perdido y estaba a punto de morir asfixiado, Ganondorf, con toda su fuerza, lanzó al mago contra la pared, donde quedó inconsciente.

Ganondorf, ya contento por haberse deshecho del último peldaño hasta su premio, se acercó a Max, quién, a cada paso que el asesino daba, más gritaba, pero seguía dormido.

- Ahora serás tú, hijo de la Familia Real, quién me dé a mí esa Trifuerza. - y extendió su mano hacia el muchacho, hacia su corazón.

De su pecho comenzó a salir una luz azulada que tomó la forma de uno de los triángulos de la Trifuerza. Pero, cuando Ganondorf abrió su mano para cogerlo, una extraña fuerza se lo impidió.

- No lo cogerás. - dijo una voz de mujer. Sonaba melodiosa y distante. - Hoy no.

En el instante en que esa voz calló, el trozo de Trifuerza se disipó en el aire. Una barrera de azul transparente rodeó a Max. Con un gesto de ira reprimida por su intento fallido, volvió a la esquina y sin voltearse dijo:

- Tienes suerte, principito, hoy Nayru ha sido grácil contigo. Pero la próxima vez, me haré con esa Trifuerza.

En cuanto Ganondorf se hubo ido, Max dejó de gritar y de retorcerse. La fiebre le bajó, pero aunque se podría haber despertado, se sentía demasiado cansado como para hacerlo. Sin embargo, Rhein no despertaba. Seguía en el suelo, desmayado por el golpe.

Allí, lo único que demostraba estar vivo y moviéndose era el fuego, que con su incesante lamer, mantenía el frío de la noche a raya, fuera de la casa.

- Venga dormilones, no hay tiempo. - dijo Alana mientras derramaba un poco de agua de un bote que traía consigo sobre la hoguera. - Tenemos que llegar a Gerudo y si vamos a vuestro paso, no llegaremos ni al atardecer.

Alana colocó sus mantas ya dobladas en la gran mochila que transportaba Blacker. Dark Link y Raphael todavía estaban dormidos cuando lo hicieron.

- ¿Sabes? - comentó Dark Link a Raphael. - Me estoy empezando a cansar de que ella sea el que nos levante. ¡Ni el gallo de Malón a salido!

- ¡Venga! - les decía Alana subida al unicornio. - ¿Es que acaso vais a hablar todo el día?

Cuando Dark Link y Raphael hubieron recogido, subieron a sus correspondientes caballos y siguieron a Alana, quién junto con Blacker, galopaba veloz.

- Tiene prisa, ¿eh? - le comentaba Raphael.

- ¡Qué va! Eso es que ha visto a un conejito. ¡No! Si te parece...

Al galope, llegaron a Gerudo antes del mediodía. Cuando llegaron, todo estaba desértico. "¡Qué bien!" exclamó Raphael "Se las tragó el desierto". Pero al momento se vieron rodeados por numerosas mujeres con lanzas en mano que les apuntaban. Cada uno iba a sacar sus armas, pero subieron las lanzas hasta los cuellos de los jinetes y les obligaron a bajar.

-¡Autch!

Unas gerudo arrojaron al interior de una torre a Dark Link y Raphael. Dark Link, quién cayó de primero, fue quién se quejó. Ambos, al levantarse, miraron como cerraban la gruesa puerta de madera que les tendría presos.

Era una torre muy alta y bastante estrecha. Arriba de todo, había una pequeña rendija por la que entraba el sol. Podría caber cualquiera de ellos por ahí para salir, pero estaba demasiado alto y se encontraban desarmados. El suelo era arenoso y, rodeando el perímetro interior de la base de la torre, había una especie de banco de piedra, seguramente para poder dormir sobre algo más "mullido".

- Bueno, cariño, es mi turno. - dijo Raphael con sorna apartando un esqueleto del banco para tumbarse.

- Ya sé como se sintió Link cuando lo encerraron aquí... - comentaba desanimado Dark Link.

- Bueno, alégrate, pero... - hizo una pausa y se incorporó. - ¿Dónde está Alana?

Alana seguía fuera, acorralada por las numerosas gerudo. La acompañaron hasta una edificación, una fortaleza de piedra. La condujeron por diversos pasillos hasta llegar a una sala pequeña de piedra. La habitación estaba partida en dos por una reja que situaban a la derecha. Allí arrojaron a Alana.

- ¡Escuchadme! ¡Por favor! Es que no lo entendéis... - murmuraba estirando los brazos entre los barrotes antes de que, de un portazo, cerraran la puerta de la sala. - No lo entendéis... - dijo apesadumbrada para sí.

Al momento, todo se quedó en silencio. Hasta se escuchaba el ruido que hacía el viento al levantar las arenas a través de un ventanuco fuera de la jaula. En ese momento, Alana echó un vistazo al lugar.

Fuera de su jaula no había nada más que una silla y una mesa, ambas de madera. Y dentro de su jaula, para su sorpresa, había el esqueleto de alguien que había muerto allí.

- ¡Ah! - gritó Alana al descubrirlo.

"¿Por qué a mí?" se decía "Con lo que odio los esqueletos...". Y se alejó todo lo que pudo de los restos del cadáver. Se sentó contra la pared abrazando sus rodillas y maldiciendo todo lo que estaba ocurriendo.

- Preciso que me ayudéis... - murmuraba en un tono apenas audible. - por eso he venido... tengo la forma de ayudar a Link, a Zelda y a todos... y...

Pero no siguió. Se interrumpió cuando se abrió la puerta. Entonces, levó la cabeza para ver de quién se trataba.

Era una mujer alta, de piel tostada, ojos verde oscuro y cabello largo y rojizo, recogido en una coleta alta. Un velo rosado cubría su faz, dejando ver tan sólo un rubí que tenía en su frente. Vestía una blusilla de asas a juego con unos bombachos rosados y unos zapatos dorados con una punta retorcida. También llevaba armas, dos espadas curvas colgadas de una faja dorada. Detrás iban dos mujeres armadas con lanzas. La única diferencia era que ellas vestían un blanco amarillento y que en la frente, la piedra que llevaban era verde.

- ¡Tú! - dijo rudamente la que primera entró, dirigiéndose a Alana. - ¿Qué haces aquí?

- Em... yo... - murmuraba Alana. - venía para reclutar guerreras y a por un objeto que conocéis las gerudo.

- A lo primero, no creo, y a lo segundo... ¿qué objeto?

- La Joya del Alma, ¿os suena?

- Es imposible llegar hasta esa piedra. Cientos de veces yo lo he intentado y mis esfuerzos dieron fruto en el fracaso.

- Dejadme intentarlo. La preciso para salvar a unas personas.

- ¿A quién? - preguntó frunciendo el ceño, pero cada vez más interesada.

- A la Princesa Zelda y a Link, el Héroe del Tiempo.

- ¡Ja! A ese par... - al momento se dio la vuelta indignada y se dirigió hacia sus guardas. Les dijo algo en un idioma extraño y señaló a Alana. Después, se fue con la cabeza alta, como si no hubiera escuchado nada.

En cuanto Alana estuvo a solas con las soldados, estas abrieron la jaula y la sacaron, pero no era para liberarla. La arrastraron hasta afuera y allí mandaron a otra soldado, situado al lado de una enorme puerta de madera, que abriese la verja. Allí comenzaba el desierto.

- Órdenes de Nabooru. - dijo con brusquedad una de las guardias que custodiaba a Alana a otra gerudo cerca de la puerta.

Al momento comenzaron a adentrarse en el desierto. Caminaron mucho, durante mucho tiempo, le pareció a Alana. El sol daba de lleno porque estaba en su punto más alto y la guerrera ya no veía para dónde ir. Seguía a las gerudo, a quienes parecía no afectar el calor. De pronto, pararon en seco. Las soldado se hicieron una seña y una se puso detrás de Alana. De nuevo se hicieron una señal y Alana cayó al suelo, con una herida en la cabeza. Ambas guerreras echaron a correr.

El viento arreciaba y el sol producía un calor insoportable en medio de ninguna parte, donde el cuerpo de Alana estaba tirado en el suelo. En media hora no se había movido. Tenía sed, estaba perdida y el golpe en la cabeza le dio un repentino mareo. Tenía los ojos entrecerrados y miraba la estela del sol.

- Alana. - escuchó a alguien a su espalda.

Al momento se incorporó tambaleándose y miró hacia el lugar del que la voz provenía.

- ¡Rhein! - exclamó alegre.

- Vamos, Alana, he venido a buscarte. - dijo mientras abría sus brazos para recibirla con un abrazo.

- ¡Rhein! - Alana corrió hacia el mago, pero este se disolvió en una nube de polvo.

Alana cayó de bruces sobre las ásperas arenas del sofocante desierto.

- ¿Dónde estoy? Diantres. - y golpeó con el puño cerrado las arenas.

- Alana, no desesperes. - le decía Link.

- ¿Qué haces aquí? ¿Eres otra ilusión? - preguntó confusa.

- Estoy en tú cabeza, ¿¡qué mas quieres!? Puedo verte y ver lo que tú ves. - le contestaba enojado.

- Eso es muy lioso y no tengo la cabeza para pensar. - murmuró Alana tocándose la sien con el dedo índice.

- Déjame a mí, entonces. Estoy aburrido de no tener acción. - le dijo Link mientras se agachaba a la altura de Alana y le tocaba el hombre. - Déjame a mí, recuerda que te serví de ayuda en la Montaña de la Muerte. Puedes fiarte de mí.

- Tienes razón. - Alana rió de medio lado y miró al muchacho. Si uno no se fijaba, parecería real y todo, pero era un espíritu transparente al que las arenas atravesaban como si no existiera.

Link se incorporó mostrando una sonrisa en su rostro pecoso. Le tendió la mano a Alana y, en el momento en que sus manos rozaron, Link desapareció y a Alana se le encendieron los ojos con un pequeño rojizo.

- Recuerda, ten cuidado. - ahora era Alana la que se veía transparente.

- Tranquila, lo tendré. - respondió Link a través del cuerpo de la guerrera.

Alana desapareció en el aire y su cuerpo, controlado por el pequeño Link, echó a correr.

Pasaron las horas sin llegar a ninguna parte. Link comenzaba a cansarse dar vueltas sin llegar a algún lugar, hasta que llegaron a una especie de edificación. Era circular y estaba derruida. Unas escaleras de piedra avanzaban por su perímetro para subir arriba. Link, sin alternativa, las subió, ¿qué podía perder?

Al llegar arriba del empedrado edificio, observaron que, en el suelo, había una especie de tablilla de piedra donde ponía con letras talladas: "Mira con los ojos de la verdad".

- ¿Los ojos de la verdad? ¡La lupa! ¿La tienes, Alana? - en cuanto Link pronunció su nombre, la guerrera apareció como una ilusión.

- No, se la quedó Rhein, ¿recuerdas? Era suya. Dark Link se la había robado. - dijo con los brazos cruzados.

- ¡Diantres! Tenías que dársela. - Link seguía en el cuerpo de Alana. Con una patada, arremetió con ira una piedra que, tras chocar con la tablilla, rebotó y le propinó un golpe en la frente.

- ¡Eh! Ten cuidado, que el cuerpo sigue siendo mío. - le riñó Alana.

- Je, je, se me olvidaba. - dijo rascándose la cabeza mientras esbozaba una sonrisa de oreja a oreja. - Y... ¿se te ocurre algo?

- No, en definitiva. - Alana, aburrida, desvió la vista de la tabla de piedra y... - ¡Arg!

Link, asustado, desenvainó la espada y colocó rápido el escudo. Y buscó qué había asustado a su amiga. Pero se llevó una decepción.

- Em... Alana... ¿¡No hay nada!?

- Si que lo hay. Está detrás tuya. - y señaló con el dedo índice tembloroso detrás de Link.

- ¿¡Dónde!? - Link se dio la vuelta preparado para atacar o para salir corriendo. - ¿¡Pero si sigue sin haber nada!?

- Si te digo que lo hay, es que lo hay. Míralo tú mismo. - en ese momento, Alana dio la mano a Link y fue entonces cuando Link, como espíritu, lo vio.

- Es cierto, pero no lo veía. - afirmó observando detenidamente al fantasma.

- Tal vez sea porque es un espíritu como tú. - comentó Alana ya desde su cuerpo.

- Seguramente, pero... ¡mira! Hace una seña. ¡Y ahora se va!

- Condúceme para seguirlo que yo no puedo verlo.

Alana echó a correr con la espada en mano persiguiendo al invisible fantasma y guiado por el pequeño Link. De vez en cuando, Alana pedía referencia para saber si iba bien, pero pronto se detuvo.

- Link, ¿por dónde voy? - preguntó la guerrera. A su alrededor lo único que veía era una capa de arena que amenazaba con entrarle en los ojos. Hubo momentos en su alocada carrera en las que la arena, de tan fuerte que soplaba el viento, le hacía daño en la cara, como pequeñas agujas en la piel.

- No lo sé. El fantasma ha desaparecido. - murmuró decepcionado y cabizbajo.

Alana comenzó a andar y para su asombró oteó una piedra de enormes dimensiones en la distancia.

- ¡El Templo del Espíritu! - gritaron los dos contentos al reconocer de qué se trataba.

- Finalmente llegamos. - comentó Alana.

- Si... pero ¿de verdad vas a hacerlo? ¿Y si te ocurre algo? Eres la única persona que me ve y que puede ayudarme. - Link hablaba en susurros y apenado.

- Ganondorf no esperará que muera. Solo espero que puedan recoger a Maestra. Además... ¿quién me va ha echar de menos? - contestó Alana en el mismo tono mirando fijamente el suelo que comenzaba a ser de piedra roja.

De pronto, el rostro de la guerrera se alegró al ver, a pocos pasos del templo, una charca cristalina con agua.

- ¡Genial! Justo lo que necesita una chica sedienta.

Y comenzó a beber. Al terminar de beber, mojó sus manos en el agua fría y las pasó por su cabellera rubia para el calor. Después volvió a colocarse el gorro verde.

- Oye, Alana, - le dijo Link cuando ésta, al terminar de beber, se recostó bajo la sombra de una palmera cercana. - tu... em... ¿tú recuerdas a tu padre?

- No, ¿por? - la guerrera vio al espíritu de reojo. Estaba sentado a su lado abrazando las rodillas y con cara de preocupación. Miraba con atención los movimientos que hacía el agua cuando una brisa caliente se levantaba.

- Por nada. - Al darse cuenta que Alana lo miraba con ojos curiosos, desvió la mirada. - Deberías entrar ya. Cuanto antes salgas, antes sales.

- No lo tengo en duda... pero se está muy bien. - la guerrera entrecerró los ojos y se volvió a recostar. Al momento, ya estaba recogiendo las armas que había dejado a su lado.

- Y... ¿no tienes miedo? - le preguntó Link tímidamente. - Si te pasa algo, te echarán de menos...

- ¡Ja! ¿Quién? - contestó Alana con aire susceptible. - A ver... ¿Raphael y Dark Link? Ya... después de lo que dijeron de mí a mis espaldas... ¿Rhein? No lo creo. - Link se fijó en que Alana, al comentar sobre el mago, se la veía dolida. - Y Max, hasta ni hace una semana no sabía que estaba aquí...

Llegaron delante del templo. Alana tuvo que empujar con todas sus fuerzas una de las puertas para entrar. En cuando cruzaron las colosales puertas de piedra se encontraron en una sala cuadrada y bastante amplia iluminada por antorchas. Alana caminó hasta el centro, donde unas escaleras ascendían hasta una puerta de piedra con gravados de serpientes a ambos lados. Sin pensarlo dos veces, la guerrera empujó la nueva puerta.

La sala era muchísimo más amplia que la otra, pero en cambio, estaba más en las penumbras. Había antorchas, pero todas estaban prendidas con una luz verdosa con la que apenas Alana veía a unos metros de sí.

- ¿Tú ves algo? - preguntó Alana.

- No, literalmente, no veo nada. - le respondió disgustado Link, quién apareció a su lado con su forma de ultratumba.

Alana avanzó con precaución y lentamente hasta el centro de esa sala. Al momento, se iluminó todo de forma repentina para volver a quedarse en penumbras, más algo ocurría: alrededor de la guerrera había cuatro antorchas azuladas que brillaron con mucha más fuerza hasta que, de ellas, salieron fantasmas. Salieron cuatro que rodearon a Alana. Ésta, por mero reflejo, desenfundó las armas, pero los fantasmas se rieron y desaparecieron, cada uno por una puerta del templo.

- ¡No! ¡No se van a escapar! - Alana corrió hacia la puerta a su derecha, por la cuál uno de los espíritus se había metido.

Al cruzarla, unas rejas cayeron impidiéndole volver. Fue entonces cuando salió el fantasma a la sala circular.

Alana lo observó con atención. No parecía tener un punto débil, pero lo vio una especie de esfera situada donde debería ir el corazón.

- ¡Allá voy! - pensó y se abalanzó contra la esfera con su espada.

Mas fue un golpe fallido, no llegó a rozarle. Le atravesó como si nada y se golpeó contra la pared de enfrente. Del golpe se había hecho una pequeña herida en la frente de la cual resbalaba sangre hasta sien.

- ¡Diantres! ¿Qué ha ocurrido? Pero si... parecía ese su punto débil. ¿Cómo le derrotaré?

El espectro se dirigía a ella, pero ella ya no tenía su espada. En la colisión, el acero había ido a parar a unos metros de la guerrera. En ese momento, el espíritu había levantado por encima de su cabeza el candelabro que traía con sigo. Pero cuando iba a bajarlo para acabar con la guerrera, el fantasma se detuvo y gritó.

- ¿Pero qué?

Link había clavado su espada en la esfera del fantasma y a este le había afectado. En ese momento, el fantasma se volvió más opaco, fue entonces cuando Alana recogió rápida su espada del suelo y se la clavó en la misma esfera.

Retorciéndose de dolor, el fantasma desapareció, pero le propinó a Link un buen golpe que estrelló al niño contra la pared.

Cuando del espíritu no quedó ni rastro, Alana se levantó y corrió junto a su compañero.

- ¿Estás bien, Link? - le preguntó a su pecoso amigo.

- ¡Ay! Me duele todo... Hacia tiempo que no sentía dolor. - confesó Link irguiéndose y tocándose la cabeza.

- ¿Cómo le has dado? Tú eres un espíritu...

- Y él también. - interrumpió Link. - Los espíritus entre nosotros somos como los humanos. Entre nosotros nos podemos matar. O eso creo.

Alana estaba sorprendida sobre tal información. Guardó su espada y observó que los barrotes había desaparecido y volvió a la sala anterior.

Nota autora: Este fue largo, pero espero que lo disfrutéis. Dejad quejas o comentarios por favor y disfrutad las vacaciones .