Disclaimer: Dragon Ball no me pertenece. La serie y sus personajes son propiedad de Akira Toriyama.


El Legado


Capítulo XXIV

Primera Vez

Parte I


Tiempo después…

Luego de percatarse que no hubiese nadie en los alrededores, el niño levitó para llegar a la parte más alta de los muebles, donde los libreros casi alcanzaban el alto techo de la biblioteca. No sabía de dónde o cómo había adquirido la manía de revisar que todo estuviese limpio e incluso había ordenado que siempre las mismas dos esclavas fuesen la que lo limpiasen para no arruinar nada, y nadie más podía entrar. Este era su lugar, su vía de escape, una suerte de tanque de recuperación para su alma herida. Y si bien no podía dejar de entrenar y cumplir con sus obligaciones, en este lugar también entrenaba su cerebro para intentar entender su situación y encontrar la paz que a tan temprana edad perdió.

Pasó el dedo enguantado por la esquina superior del último mueble y para su gusto, estaba todo reluciente, tal y como le agradaba. Si no podía mantener sus manos limpias de sangre todo el tiempo, al menos su santuario se conservaría impoluto.

Justo en el momento que se disponía a escoger un libro para leer, golpearon una de las ventanas, aquella que se encontraba más apartada de los guardias que resguardaban el exterior de palacio. Tarble no lo pensó y descendió para abrirla y así la joven saiyajin que levitaba desde el exterior, pudiese ingresar.

—No es necesario que hagas esto, Ginn. Tienes permitido transitar libremente por esta área de palacio.

—No quiero que mi padre sepa que estoy aquí. Tiene guardias siguiéndome todo el tiempo. Desde la muerte de mi hermana piensa que voy a cometer los mismos errores que ella —dijo sin emoción alguna, preocupada de acomodarse en el gran sofá rojo junto a la ventana. Subió las botas sucias para recostarse y descansar, pero las retiró en cuanto hicieron contacto con uno de los cojines, recordando justo a tiempo lo mucho que le desagradaba la suciedad al niño que la miraba de pie y en silencio—. Lo siento, lo olvidé. —Se sentó como correspondía y limpio con la mano donde había ensuciado con sus botas, pero no fue de mucha utilidad.

—Está bien. No te preocupes —respondió con calma, sin moverse de su lugar—. Por cierto, no te veía hace tiempo, pero estaba enterado sobre lo que sucedió con tu hermana… Lo siento mucho.

—No importa —Se encogió de hombros e hizo una mueca con la cara—. Eso le pasó por estúpida. Creyó demasiado los halagos de mi padre y terminó con la cara destrozada en una mierda de planeta.

Tarble no comentó aquello, pero sabía que la joven se había puesto muy mal. La cicatriz nueva que se asomaba por su cuello y se perdía bajo la ropa negra de su traje de combate lo evidenciaba. Por lo que escuchó, ella presenció el momento exacto en que la mataron y en un ataque de ira intentó cobrar venganza, por supuesto no lo consiguió, ya que eran muchos contra ella y de milagro regresó en su nave esférica. Luego, cuando despertó en el tanque de recuperación, debió ser controlada por varios hombres.

No le gustaría estar en el lugar de ella. Sabía que pese al discurso aprendido, muchos guerreros sufrían al perder a alguien cercano o un compañero de misiones con los cuales se crean ciertos lazos. Afortunadamente su hermano era uno de los guerreros más poderosos del planeta y sería difícil presenciar algo así, aunque no pudo evitar preguntarse cómo reaccionaría Vegeta si él muriera ante sus ojos.

—¿Tú padre no quiere que vayas a misión? —Le dio la espalda para continuar su búsqueda de un libro para distraerse esta tarde. En unos días partiría nuevamente a combatir y necesitaba distraerse con algo.

—No. Según él estoy inestable y no soy lo suficientemente fuerte para cuidarme sola. —Hizo su abundante y largo cabello hacia atrás, no le gustaba sobre los ojos, por eso cuando combatía lo amarraba con una cinta que guardaba en su muñeca, dentro de su guante, para que no fuese una molestia—. Llevo tres años probándole lo contrario, pero claro, nunca está satisfecho con mi desempeño. Y el inestable es él, que se volvió más loco de lo que es después de la muerte de mi hermana.

—Ha pasado muy poco desde eso, solo un mes, dale tiempo y te dejará en paz. —Finalmente se decidió por un pequeño y antiguo libro. Era de los pocos que no había leído.

—¿Qué tanto haces con eso? Deberías estar entrenando en lugar de perder el tiempo leyendo —Se puso de pie para acercarse.

Desde que comenzó a seguir al príncipe Vegeta para que la aceptara en su escuadrón, comenzó a hablar más y más con Tarble hasta que sin darse cuenta se hicieron cercanos. Vegeta aún no la aceptaba, ni siquiera le había dado una oportunidad de probar si era digna de su escuadrón, pero Ginn no se daba por vencida, admiraba la fuerza y el carácter del heredero al trono y quería ser parte de sus soldados.

A Tarble le simpatizaba, especialmente porque no lo menospreciaba y era agradable tener alguien más con quien conversar, además, aunque ella no quisiera verlo, tenían algo en común. El joven príncipe hace mucho se había dado cuenta que muchos saiyajin tenían algo en común con él, solo que para su desgracia, él lo tenía mucho más desarrollado que el resto, y eso en un lugar como Vegetasei le jugaba sumamente en contra.

—Me gusta entrenar mi cerebro. —Con una sonrisa, le ofreció el libro.

Ginn lo tomó y ojeó sin prestarle demasiada atención.

—No sé leer muy bien. Es una pérdida de tiempo.

—Tengo entendido que tu hermana sí sabía. —No quiso mencionarle todo lo que sabía sobre ella, ya que parecía tener muchos temas pendientes y no era su intención tocar heridas que claramente no estaban cerradas.

—Sí, mi madre le enseñó, era muy lista, también quiso enseñarme a mí, pero era muy pequeña cuando murió. Luego mi hermana intentó, pero a mi padre no le gustó, dijo que debíamos concentrarnos en entrenar y no perder el tiempo.

—Ya veo. Si gustas yo podría enseñarte. —Intentó ocultar la emoción que le causaba poder poner en práctica todo lo que sabía. Tal y como su madre hizo con él.

Al oír eso, Ginn dejó el libro sobre la mesa y lo miró como si hubiera dicho algo para asustarla.

—No, lo que yo quiero es salir de este planeta y luchar. —Miró el libro de reojo, como pensando en la propuesta del niño.

—Si quieres formar parte del escuadrón de mi hermano, sería bueno que aprendieras a leer y te instruyeras un poco. Mi madre nos enseñó desde pequeños a leer. Fue una parte importante de nuestro entrenamiento.

—¿La reina hizo eso? —preguntó sorprendida.

—Claro. Las batallas no solo se ganan con músculos y fuerza bruta. También se necesita el cerebro si quieres ser una buena estratega.

—La reina, es diferente, ¿verdad? —Le fui imposible bajar un poco la voz, como si estuviera hablando algo delicado y nadie más pudiese escuchar.

—Un poco —Tarble hizo lo mismo inconscientemente.

—… ¿Ella?... ¿Ella es afectuosa contigo?

Tarble tardó en responder, eso no era algo que pudiese comentar con todo el mundo, especialmente al tratarse de la reina.

Ginn se sentó en una silla junto a la mesa para mirar al niño frente a frente.

—Mi madre lo era, por eso mi padre se enojaba, y también por solo haberle dado mujeres —dijo casi como un secreto.

—¿A ti te agradaba que demostrara afecto? —No quiso comentar sobre su madre. Debía cuidar la reputación de la reina, y aunque tenía el fuerte presentimiento que Ginn no diría nada a nadie, no podía arriesgarse, pero sí quiso ahondar en el tema, era un patrón que se venía repitiendo y le llamaba la atención.

—Se sentía diferente, pero sí, me gustaba. Se sentía bien, como pelear, pero sin golpes. Todo era suave.

—Hay muchos saiyajin que mantienen relaciones de ese modo.

—Pero eso está mal. Te vuelve débil. Eso está para los que no saben pelear y deshonran la raza, no para nosotros.

—Hay sentimientos que no se pueden evitar, pero sí ocultar —respondió el niño con una sonrisa. Era agradable poder conversar con alguien. Con Vegeta ni de broma tocaba temas así, de lo contrario terminaría con la mitad de su biblioteca destrozada.

Ginn miró hacia el suelo y guardó silencio. Tenía muchas preguntas y comentarios que hacer, pero se reprimía. Con sus compañeros de escuadrón compartía y conversaban todo el tiempo, pero algo así no podía simplemente hablarlo, de lo contrario la juzgarían tal y como lo hacían con los saiyajin sin poder y eso era algo que no podía permitir. Ella quería ser la mejor.

—Si gustas —dijo Tarble—, te puedo enseñar en secreto, en este mismo lugar. Nadie tiene que saber. Es la única forma para que la reina te acepte.

—¿Para que me acepte?

—Claro. La tradición dicta que la reina es quien escoge a la mujer del futuro rey. —Tenía tantas ganas de hacer algo diferente con su vida, aunque sea por unas horas a la semana, que decidió tocar ese tema. Sabía que ella sentía mucho más que admiración hacia Vegeta, incluso su madre ya había tocado el tema cuando éste se ponía más desagradable de lo acostumbrado y de ese modo dejarlo callado. Pero nadie sabía si había ocurrido algo más entre ellos, ya que por supuesto, su hermano era extremadamente reservado con todo.

Lo que no se explicaba Tarble, era cómo Vegeta que odia el contacto físico, podría acercarse a una mujer. Además de su madre, él era quien más lo conocía y ni siquiera él podía tocarlo. Lo había aprendido desde muy pequeño cuando instintivamente intentaba crear cercanía con su hermano mayor y este lo golpeaba por intentar siquiera tocar su pierna. Pero bueno, por fin había logrado tener una relación con su hermano y aunque seguía sin poder tocarlo, estaba feliz que lo aceptara.

La joven nuevamente guardó silencio. Ella no quería ser reina, solo le interesaba combatir y lograr acercarse más a Vegeta, pero jamás se ha visto como reina, ni siquiera pese al constante acoso de su padre respecto al tema. Le repetía una y otra vez lo conveniente que era acercarse al príncipe, por motivos estratégicos, pero si ella comenzó a hacerlo no fue por la insistencia de su padre, sino porque realmente lo admiraba y sentía atraía por su fuerza y carácter. Esto jamás lo había hablado con nadie, y si ahora Tarble le decía eso era porque su comportamiento estaba siendo demasiado obvio y se odió a sí misma por eso.

Una de las puertas de la biblioteca se abrió. Era Vegeta, que sin entrar del todo habló a su hermano, sin siquiera comprobar que estuviese ahí, pues sabía que lo encontraría en ese lugar.

—Tarble, la misión se adelantó, nos vamos ahora. —El joven de dieciséis años hizo una pausa y detuvo su paso al ver a Ginn con su hermano.

La guerrera se puso de pie y abrió la boca antes que este se fuera como acostumbraba hacerlo, especialmente luego de lo que pasó entre ellos hace unas semanas, pocos días después que despertó del tanque de recuperación.

—Quiero ir, por favor. —Hizo una pequeña reverencia en señal de respeto.

Era totalmente diferente como se comportaba con un hermano y con el otro. Mientras que con Tarble había mucho más cercanía, a Vegeta continuaba tratándolo con respeto y llamándolo por su título, pese a ya haberlo besado.

Vegeta frunció el ceño. Ya eran demasiadas veces que encontraba a su hermano con ella y no les gustaba. Esa saiyajin lo ponía nervioso, detestaba que se le acercara y especialmente que lo tocara. Detestaba cualquier contacto físico, no estaba acostumbrado a eso, y ella cruzó la raya cuando lo besó y él fue demasiado estúpido para no alejarla de inmediato.

—No —respondió mirándola a los ojos—. Vamos, Tarble.

—¿Por qué se adelantó el viaje? —Odiaba cuando eso pasaba. Necesitaba más tiempo para hacerse a la idea que volvería a matar y no estaba listo.

El joven hizo otra mueca. No encontraba necesario dar explicaciones, si él decía que debían marcharse, así era y punto, pero de todas formas le dijo.

—Se aproxima una tormenta de meteoritos y si no salimos ahora tendremos que esperar un mes. Y no tengo tiempo ni ganas de esperar ¿contento? Ahora vamos. —Tuvo la atención retirarse, pero Tarble volvió a hablar.

—Tengo entendido que faltan hombres, y con la tormenta no podrán unírsenos a tiempo.

—Ese no es mi problema, ahora muévete o esa pared va a terminar con un agujero —le respondió, apuntando con la mano a cierta parte de la biblioteca donde sabía se encontraban los tomos favoritos de su hermano. Ya la había destruido más de una vez y no dudaría en hacerlo nuevamente.

—¡No! ¡No! Está bien, vamos —Corrió para ponerse entre su mano y la pared con muebles llenos de libros—. Pero si vamos, deberíamos ir con más refuerzos, de lo contrario tardaremos más en completar nuestra misión.

Vegeta miró al niño y luego a Ginn, para regresar con su hermano. Supo enseguida qué tramaba.

—Olvídalo. —Esta vez no esperó y caminó rumbo al patio de despegue, con Tarble y Ginn detrás de él.

—Puedo ser útil —dijo la chica—. Si tan solo me diera la oportunidad, yo podría demostrarle que...

—No voy a perder el tiempo con esto. Tengo mucho qué hacer —dijo sin darse la molestia de detenerse o mirarla.

—Pero, Vegeta, necesitamos más gente —insistió Tarble—. Calculaste la misión con cierto número de guerreros, no creo que quieras permanecer más tiempo de lo esperado en un planeta tan desagradable.

El príncipe no respondió, caminó más rápido, pero la chica y el niño continuaron detrás de él.

—Por favor, príncipe, una oportunidad. Le prometo que si fallo o no queda conforme con mi desempeño no volveré a molestarlo, jamás.

—Vegeta, sabes que la necesitamos. Tú no la has visto pelear, pero yo sí y te aseguro que será de mucha utilidad.

—Al primer error tomas la nave y regresas enseguida. No acepto incompetentes trabajando conmigo.

—¡Sí, por supuesto! —exclamó feliz.

—Es tú responsabilidad, Tarble, si falla, tú deberás responder.

—… Está bien… —respondió un poco asustado. Sabía lo buena guerrera que era ella, después de todo era hija de uno de los generales de las tropas de elite y su madre también había sido una guerrera destacada, pero le daba miedo que Vegeta encontrara cualquier excusa para hacerlo pagar.

Ginn miró al niño y le agradeció el gesto con una enorme sonrisa, a lo que el pequeño príncipe respondió con una sonrisa forzada. Esperaba que todo saliera bien.

Una vez en el patio de despegues de palacio, los príncipes y soldados que acompañarían se alistaron para abordar sus naves esféricas. Ginn no tenía la suya, ya que ella no usaba el patio de despegues de palacio, sino que uno más grande y menos exclusivo, pero Tarble le indicó cual podía usar.

—Estas son las modernas —exclamó la saiyajin al mismo tiempo que se inclinaba e introducía la mitad del cuerpo en la nave para apreciarla mejor—. ¿A quién tengo que matar para conseguir una de estas?

—Si la quieres, es tuya —respondió Tarble con amabilidad. En ese momento miró a su hermano que aún no subía a su nave y permanecía de brazos cruzados mirando la parte del cuerpo que la joven dejó al exterior. Al parecer, el rabo, trasero y piernas de la chica eran más interesantes que marcharse a combatir.

Al sentirse descubierto por Tarble, Vegeta hizo una mueca y no tardó en entrar a su nave. El niño continuó con su expresión tranquila, sin juzgar ni burlarse de su hermano y lo imitó. Ginn y el resto de los soldados hicieron lo mismo.

Las naves no tardaron en despegar rumbo a su nueva misión. Debido al imprevisto no aguardarían al resto de la tropa y no tomarían a cualquier soldado para acompañarlos, ya que Vegeta era muy selectivo en cuanto a sus hombres.

Dentro de su nave y ya con la oscuridad del basto universo como única compañía, Ginn perdió la vista en la nada. Jamás había estado tan nerviosa y sentía que no podría soportar tantos días que duraba el viaje. No quería decepcionar al príncipe, quería ser parte de su escuadrón y hacerse más fuerte. Sabía de lo que eras capaz, pero no por eso se confiaría, debía dar lo mejor de sí para deslumbrar.

Se quitó el guante para sacar el lazo que mantenía alrededor de su muñeca y amarró su cabello en una cola un tanto desordenada. Se calmó y concentró como siempre lo hacía cuando salía del planeta y se tomaba unos minutos para ordenar su cabeza antes de activar el dispositivo de inducción al sueño.

A varios metros de distancia, y jugando de forma descuidada con su scouter rojo, Vegeta repasaba mentalmente la estrategia para cuando llegasen a destino. Era una costumbre adquirida desde pequeño y que perfeccionó con el paso del tiempo, especialmente desde que comenzó a dirigir su propio escuadrón. Su madre siempre le comentaba lo maniático y estructurado que era para todo, pero él no se molestaba por esos calificativos. Le gustaba que todo saliese a la perfección, tal y como debiese ser, considerando que él no era cualquier guerrero. Jamás permitiría que pusiesen en duda sus habilidades como estratega y futuro rey de Vegetasei.

Continuó repasando su plan mientras su mano movía el scouter sobre su pierna ya casi de manera inconsciente. En un momento se comunicaría con uno de sus soldados para las últimas instrucciones o cambio de planes, y luego activaría el aparato del sueño. Siempre lo programaba para despertarlo un día antes de llegar y así estar en óptimas condiciones para actuar.

En otra nave, Tarble se quitó los guantes y limpió el sudor de sus manos. Pese a llevar un año en misiones, no era capaz de acostumbrarse. Solo había salido un par de veces del planeta desde que comenzaron a comentar de forma positiva su desempeño. Para él era demasiado, para otros guerreros muy poco, considerando quien se trataba, pero el niño de mente prodigiosa consideró que era lo suficiente para poder ser aceptado por su gente. Solo dos o tres misiones importantes al año y el resto del tiempo podía disfrutar de sus libros, la soledad de la biblioteca e intentar ahuyentar los fantasmas que lo atormentaban día y noche.

Se puso los guantes y miró las brillantes estrellas lejanas. Había mucho que no conocía del universo y jamás llegaría a recorrer más que una pequeñísima parte de este, pero no podía evitar preguntarse si había algo ahí afuera para él, algo que lo esperase y no solo se tratase de sangre, muerte y destrucción. Cada vez que abandonaba Vegetasei esas preguntas lo acompañaban, y pese a ser muy inteligente, nunca había podido hallar una respuesta, por eso hacía lo único a su alcance: se acomodaba en su asiento, activaba el dispositivo de sueño y olvidaba su destino el tiempo que durase el viaje. Era lo que más disfrutaba porque era como estar muerto, aunque lo triste era, que al abrir los ojos, despertaba en un nuevo infierno creado por él, su hermano y guerreros que compartían su misma sangre.


(…)


Planeta Tierra

La moto rugió cuando el joven aceleró para llegar más pronto a su destino. Pese a ser de día y encontrarse a mitad del verano, el sol no lograba divisarse entre las nubes negras que un día se agolparon sobre el cielo y jamás se movieron de ahí. Hace unos meses la fuerza del viento había aumentado, haciendo que las tormentas de arena —nada frecuentes en esa área—, se volvieran pan de cada día. Por ese mismo motivo, cada vez que salía de su refugio, Yamcha envolvía su rostro y largo cabello con un pañuelo y sus ojos con gafas gruesas, de lo contrario, sería imposible respirar y tener visión alguna de lo que pasaba a su alrededor.

Iba armado con un fusil de asalto y un par de cuchillos ocultos en su ropa. Afortunadamente no había tenido la necesidad de usarlos hace unos meses, pero no podía bajar la guardia bajo ningún motivo. Había aprendido la lección de la peor manera posible y por eso pasaba la mayor parte del día entrenando para ser más fuerte. El resto del tiempo se preocupaba de ayudar a quienes más lo necesitaban y por supuesto, a pensar en ella.

Luego de más de dos horas de viaje llegó al refugio. Como siempre, fue recibido con alegría y afecto, ya que en momentos de desesperación, no son muchos los que dedican su vida en ayudar. La Tierra estaba podrida y junto con ella sus habitantes.

Entregó las cápsulas con víveres, remedios y alguno que otro juguete a los encargados. Un par de niños se acercaron para agradecer una vez más la muñeca y el camión que había traído en su visita anterior. Atesoraban los obsequios como el tesoro más grande que podrían tener y lo llevaban a todos lados.

El joven de quince años que aparentaba más por su altura y estado físico, conversó un poco con algunos de los refugiados para saber qué hacía falta y encargarse de buscarlo para la próxima visita. Le ofrecieron un plato de comida, pero con amabilidad lo rechazó. Había tanta gente en peores condiciones que él, que no importaba si por un día se quedaba con el estómago vacío.

Cuando finalmente pudo recorrer el lugar sin que lo detuvieran para hacerle pedidos, o darle las gracias, debió detenerse al encontrar con un rostro familiar. Una joven de su edad, o un par de años mayor que él que ayudó hace unos meses y ahora residía en este refugio, ayudando a la gente con lo mejor que tenía, su inteligencia.

—Buenos días, Mai —saludó el adolescente con una sonrisa sincera—. ¿Mucho trabajo? —preguntó al verla con la ropa sucia, al igual que las manos y el rostro.

—Sí, mucho —respondió un poco tímida. Sus mejillas blancas no tardaron en tornarse rosadas por la vergüenza de ser vista en tales condiciones—. Llevamos más varios días trabajando sin parar, he aprendido mucho de mecánica y electrónica, creo que pronto podré terminar mi máquina. —Si bien era muy vergonzosa, cambiaba totalmente cuando se trataba de crear. Jamás había pensado que tenía una habilidad tan natural para trabajar con aparatos electrónicos y eso le encantaba. Adoraba poder ayudar a la gente y ser parte de la solución.

—Mai, necesito hablar con Bulma —comentó ansioso. No la había visto hace mucho y estaba seguro que se encontraba en este lugar. Ya había visitado otros refugios buscándola y solo le quedaba este.

—¿Bulma…? —Guardó silencio y miró al suelo.

—Mai, por favor. Tengo algo muy importante que decirle. —Y además quería verla, estaba desesperado, quería comprobar por sus propios ojos que se encontraba bien.

Mai lo miró a los ojos y nuevamente sus mejillas se encendieron. Le debía mucho a Bulma, ya que sin ella jamás hubiera descubierto este don oculto, pero Yamcha le salvó la vida cuando la rescató de esos horribles extraterrestres que querían comerla, y estaría en deuda con él el resto de su vida.

—Acompáñame.

Caminaron por el refugio, recorrieron pasillos donde los sobrevivientes intentaban hacer una vida nueva, pero siempre con el miedo vivo en sus corazones. Continuaron descendiendo hasta que ya no hubo gente, ni risas de niños pequeños que aún no lograban dimensionar la realidad en la que estaban. Llegaron a una puerta blindada que Mai abrió luego de ingresar una clave de tres dígitos. A Yamcha le recordó la puerta que había construido el padre de Bulma para su refugio.

Antes de entrar, debieron afirmarse al muro cuando un remezón más fuerte de lo normal invadió el lugar. Los temblores jamás cesaron, ya eran parte de su diario vivir y cuando no eran muy fuertes ya casi no los notaban, pero este fue más violento, aunque afortunadamente, no duró mucho.

—¿Estás bien? —preguntó Yamcha al sentir la mano de Mai apretar su muñeca.

—Sí, lo siento. —Lo soltó enseguida y evitó hacer contacto visual—. No logro acostumbrarme a los temblores.

Yamcha no le respondió, ni siquiera dijo alguna palabra de buena crianza para hacerla sentir mejor. Se apresuró en entrar al lugar, porque sabía que a Bulma le aterrorizaban los temblores y quería estar ahí para ella.

No fue difícil encontrarla. Solo debió seguir el sonido de su voz. Se notaba enojada e incluso la escuchó decir un par de malas palabras, seguramente presa del miedo y en un intento de no demostrar debilidad, porque esa era su actitud con todos, pero él la conocía mejor que nadie.

—Bulma —susurró su nombre con una enorme sonrisa.

La chica se volteó al oírlo. Dejó su cigarro en el cenicero sobre un escritorio viejo y caminó hacia él. Yamcha hizo lo mismo y se abrazaron con fuerza, en silencio. No la soltó porque la sintió tiritar, seguramente aún asustada por aquel temblor, pero no dijo nada al respecto, no quería hacerla enojar.

—No deberías estar aquí, Yamcha —dijo cuando se soltaron—. Pero me alegra verte.

—Necesitaba saber de ti. —En ese momento se fijó en su alrededor. El lugar parecía un gran taller mecánico. Había humanos y amigos de Morgan trabajando con maquinaria pesada. En una esquina estaban terminado de reparar un par de autos, en otro construían una moto muy parecida a la que manejaba y en el centro del gran salón, construían armas. Ahora entendía por qué Mai no quiso decirle enseguida donde se encontraba. Era algo que sospechaba, pero ahora terminaba por confirmar.

—Ven, vamos a conversar a otro lugar —Bulma lo tomó de la mano y guio hasta un pequeño cuarto que servía como oficina.

Por el desorden del lugar, Yamcha supo que el pequeño cuarto era para ella. Los planos, el cenicero lleno de cigarros a medio fumar, ese desorden que solo ella podía considerar como algo cómodo para vivir. La conocía. La conocía mucho.

—Todo esto que están haciendo… —comenzó Yamcha, pero Bulma lo interrumpió enseguida.

—No voy a detenerme ahora que hemos avanzado tanto.

—Es peligroso.

—Alguien tiene que hacerlo.

—Sí, pero tú deberías estar con nosotros, en nuestro hogar.

—Eso no es un hogar, y este tampoco. —Frunció el ceño, ya habían tenido esta conversación antes y odiaba repetir las cosas—. Y por eso estamos trabajando, para tener de vuelta nuestro hogar, o lo que queda de éste.

—Tu papá te extraña, todos te extrañamos y estamos preocupados por ti.

—Pronto iré a verlo. —De pronto toda su decisión y voz autoritaria se desvanecieron. Siempre sucedía cuando mencionaban a su padre, pero le dolía tanto verlo a la cara luego de lo que pasó. No podía evitar culparse y castigarse a diario, y una forma de hacer algo al respecto era trabajar sin parar.

—Tengo el estanque de la moto a la mitad. Puedo llevarte allá enseguida —dijo el joven con una gran sonrisa, pero ella pronto recuperó su confianza y personalidad.

—Aún no puedo. Estoy muy ocupada.

—Hay algo muy importante que tienes que saber, quería que te enteraras allá, estando los cuatro juntos, pero si…

—¿Le pasó algo a mi papá? —preguntó asustada. Sus grandes y hermosos ojos no pudieron evitar revelar todo el miedo que sintió al imaginar a su padre en mal estado.

—No, no te asustes, él está muy bien, solo extrañándote mucho. Lo que tengo que decirte es una buena noticia.

—Entonces dímelo de una vez y no me asustes —exclamó enojada.

—Finalmente ha pasado, Bulma. Morgan logró comunicarse con su planeta.

La joven quedó boquiabierta. Eso era algo que no esperaba.


(…)


Vegetasei

Kakarotto se sintió extraño cuando pisó tierra después de tanto tiempo envuelto en misiones, pero las misiones que le ofrecieron no resultaron interesantes para el niño de diez años, y dado que era tan requerido por los grupos de embarques, podía darse el lujo de aceptar o rechazar. Ya no era el mismo niño ingenuo pequeño que no entendía lo que pasaba a su alrededor. El dolor que experimentó al perder a su madre lo hizo crecer a la fuerza, y el constante desafío físico al que se sometió por meses de misión en misión, moldeó su cuerpo al punto de que ya lucía mucho más mayor de lo que era.

Sus ojos antes redondos y brillantes, ahora se perdían entre la multitud de saiyajin, era uno más del montón, preocupado de lo mismo que la mayoría de los guerreros. Ya no resaltaba, su voz no se distinguía entre las otras, era un guerrero más.

No corrió, ya no tenía apuro de nada. Caminó por la multitud del mercado, en medio de la noche e inconscientemente se alejó de la carnicería de su madre. Observó algunos puestos de ventas si había algo que llamase su atención, escuchó conversaciones, pasó cerca de unos saiyajin a punto de largarse a pelear, pero no se detuvo para esperarlo.

Cuando el hambre lo invadió pasó a una taberna. Compró mucha comida y para beber. No tardó nada en devorar todo y regresó a las calles. Debía encontrar un lugar para dormir, en cuanto al dinero no tenía problema, pero no tenía sueño y se encargaría de eso más tarde. Caminó observando todo como por primera vez, en su bolso, donde llevaba sus pocas pertenencias, llevaba su scouter nuevo, el antiguó lo tiró cuando se aburrió que su hermano le hablara a diario. Él había sido claro, no quería hablar sobre lo que había pasado y no quería ver a su padre, pero Raditz insistía en tocar el tema y eso terminó hartándolo.

Un poco aburrido, decidió ir a la zona negra. Ver un poco de combates de verdad lo distraería antes de buscar donde dormir, y mañana vería alguna misión para abandonar el planeta lo antes posible. Había algo en el aire que lo hacía sentir incómodo, situación que no pasaba cuando estaba concentrado peleando y totalmente concentrado en acabar con el enemigo. Sentía que debía progresar mucho en técnica y estilo, y esa era otra razón para continuar viajando y combatiendo. No iría a pelear esta noche, solo a mirar. Su cuerpo estaba tan cansado que debía darse una noche de paz para recuperarse.

Ya en los límites del mercado, justo donde él y Raditz jugaban, camino a la zona negra, se detuvo. Lo lógico sería volar hasta su destino, ya que no había más que ver, salvo tierra y kilómetros luego, el bosque de árboles gigantes, pero quiso caminar. Se arrodilló para tomar una piedra grande que casi no cabía en su mano, la observó en silencio, reviviendo todo, tal y como era su vida antes que perdiera a su madre, y él y su hermano jugaban a entrenar lanzando y esquivando piedras.

Hizo una mueca al pensar en Raditz y su constante insistencia en retomar desde donde quedaron, pero el niño no quería sentir de la forma que lo hacía, le aterrorizaba volver a experimentar ese estado de vulnerabilidad y un guerrero no podía permitirse algo así. Ya se había dado cuenta lo diferente que era la vida fuera de su hogar y precisamente fue lo que lo ayudó para matar al antiguo niño. Ahora todo lo que importaba era hacerse más y más fuerte.

—¡Qué tenemos aquí!

Distraído y perdido en todo lo que no quería recordar, Kakarotto levantó mirada para ver quien le había hablado. En un comienzo no había sido capaz de reconocer la voz, pero con una sola mirada supo enseguida de quien se trataba.

Turles se acercó mientras sus dos compañeros permanecieron en su lugar observando.

Kakarotto no dijo nada, ni siquiera se movió ni soltó la piedra. Observó al adolescente caminar hacia él, pero a diferencia de antes, no intentó huir ni se puso en posición de ataque, y tampoco esperó que Raditz llegase a rescatarlo. Lo miró a los ojos con calma y desinterés.

—¿Qué pasa? ¿Ahora no hablas porque te crees mejor que nosotros? —comentó Turles con desdén y burla. Trataba de ocultar la envidia que le provocaba que un niño tan pequeño e insignificante fuese tan famoso entre los encargados de misiones. Se consideraba de los mejores y un niño no iba a dañar su reputación, no era justo, se había esforzado demasiado para que alguien que no lo valiera se llevase la atención de todos.

Kakarotto lo analizó en solo un par de segundos, tal y como lo hacía a la hora de combatir. Era algo natural e innato que no sabe cómo desarrollo, ya que simplemente lo hacía. Se sorprendió lo patético que ahora le parecía un imbécil que hasta no hace mucho podía darle una paliza con una mano atada a su espalda.

—Ya veo… —sonrió con ganas y miró a sus compañeros hacia atrás para hablarles—. Sigue siendo el mismo, tiene tanto miedo que está paralizado. —Regresó su atención al niño para humillarlo—. ¿Qué pasa? ¿Esperas a que el debilucho de tu hermano llegue a salvarte? ¡Por favor! No fue capaz de salvar a su madre y va a llegar para ti. —Rio con más fuerza.

Como respuesta, Kakarotto frunció el ceño y trituró la piedra con su mano. Las ganas de descansar por una noche se habían acabado y había encontrado algo más para distraerse.


(…)


Planeta Tierra

La niña de casi diez años despertó agotada. Había estado entrenando hasta muy tarde y durmió más de lo normal. Se extrañó de no encontrar a su padre o su niñera, Akiko, que era más como una hermana mayor para ella. Se levantó y encendió la luz. Observó la hora: casi mediodía y encontró extraño que nadie hubiese ido a despertarla, ya que siempre mantenían una rutina con horarios fijados.

Recorrió los pasillos y habitaciones de su hogar subterráneo, pero no encontró a nadie. Ni su cocinero, ni a su padre, a Akiko o su entrenador de artes marciales. Absolutamente nadie, y eso era muy raro. Por un momento pensó que podrían encontrarse en el exterior, pero no podía salir a comprobarlo, hace más de un año su padre le informó que su alergia a los rayos solares había agravado y por eso ya no podía salir, ni siquiera de noche.

Decidió esperar a que regresaran y para que el día transcurriera más rápido fue a la cocina. Cocinó uno de los mejores platos que había aprendido, era muy buena inventando platillos para deleitar a su padre y el resto de la familia, porque eso era lo que eran, una familia grande y amorosa que la cuidaban. Cuando estuvo todo listo y a vista que aún nadie se aparecía, decidió ir a entrenar. Era una niña bastante pequeña y frágil, pero que aprendió a lanzar golpes desde muy temprana edad y eso, junto con la cocina, eran sus dos pasiones más grandes.

Las horas pasaron, y Milk fue hasta la puerta que la separaba de exterior. Solo tenía que atravesarla, recorrer el largo e interminable pasillo para ver que su familia se encontraba afuera y simplemente habían olvidado avisarle. Pegó su oreja en la puerta, con la esperanza de poder oír algo, pero sabía que era imposible. Le daba mucho miedo salir y exponer su piel, y si se asomaba, no solo tendría quemaduras severas, sino que también la castigarían por desobedecer. Aquella era la única regla que debía respetar.

Se alejó unos centímetros de la puerta, dispuesta a regresar a su cuarto. Seguramente todos debieron salir y no quisieron despertarla porque había entrenado demasiado y estaba muy cansada. Debía ir a su habitación y esperar a que todos volvieran.

Retrocedió unos pasos, sin quitarle la vista de la puerta. Por un momento creyó oír algo desde el otro lado, pero no estuvo segura. Se acercó nuevamente para comprobar que no era nada y antes de poder rozar siquiera la madera, un golpe violento desde el otro lado la hizo dar un salto hacia atrás, asustada.

—¿Papá?

No se escuchó nada.

—¿Akiko?

Al no obtener respuesta, pegó el oído a la puerta, incapaz de escuchar algo por el miedo que se apoderó de ella.

A su derecha aún estaban el perchero antiguo que a su papá se le ocurrió poner para que nadie olvidase llevar abrigo al momento de salir. Estaban todos colgados, nadie había tenido tiempo de sacarlos antes de salir.

Sacó el abrigo de Akiko. Le quedó muy grande, pero era el más pequeño de todos, también tomó un pañuelo para cubrir su rostro. Esperaba que fuese suficiente para protegerla del sol, o al menos encontrar a su papá o alguien para que dijeran que todo estaba bien.

Con sus manos cubiertas por las mangas del abrigo, abrió la pesada puerta y se asomó.


(…)


Vegetasei

Era su última noche en el planeta. Mañana partiría en misión. Raditz ya se había creado una rutina que lo mantenía medianamente ocupado y distraído, pero no por eso se olvidaría de su hermano menor. Como guerrero que se había convertido, sabía que era hora de olvidar lo sucedido, era como todos en Vegetasei debían comportarse respecto a la muerte y es por ese motivo que dejó de mencionar el tema. No quería que se notase que fue criado de forma diferente y blanda, por eso debía estar atento de no delatarse.

Eso no significaba que no estuviese empeñado en ver a Kakarotto. Era el hermano mayor, tenía que protegerlo, no le importaba si era más poderoso que él y pudiera cuidarse solo, debía estar con él, porque así habían sido las cosas siempre. Ambos soñaron con trabajar juntos, tener su propio escuadrón, volverse los mejores y más fuertes, siempre con la compañía del otro. Raditz no entendía por qué no podía suceder; el chico había recuperado su cola, estaba en misiones, podían continuar con su deseo. Sabía que estaba mal, no podía mostrarse débil, pero con su hermano era diferente. Algo en su interior lo empujaba a no abandonar la idea de tenerlo a su lado.

Lo difícil ahora, era contactarse con él, pero no se desanimaba por eso. Mañana averiguaría a qué planeta se había embarcado y si era necesario lo iría a buscar a ese mismo lugar para poder hablar con él.

Pero por el momento no podía hacer nada al respecto. Ocupó su tiempo en compartir con un par de compañeros. Fueron a una taberna a comer y beber, luego caminaron por el mercado con la intención de vender unos aparatos tecnológicos recolectados durante la última purga, luego de eso irían hasta la zona negra para hacer apuestas en las peleas. El adolescente desearía dormir todo el tiempo cuando no estaba trabajando, pero pensaba que estaba bien hacer cosas para mantenerse activo.

A la hora de abandonar el marcado hacia la zona negra, Raditz ya iba solo. Sus compañeros decidieron quedarse cuando las prostitutas del lugar llamaron más su atención que ver un grupo de saiyajin sin rabo matarse entre ellos, también había una más que interesada en ofrecer sus servicios a él, pero el joven aún no estaba interesado en crear tanta cercanía con otro cuerpo.

Una vez en la zona negra, presenció las peleas en silencio, no como la mayoría de los guerreros que vibraban y gritaban al ritmo de cada golpe, cada caída, cada muerte.

Cuando su interés comenzaba a disminuir al máximo y ya sentía que era hora de retirarse, permaneció en el mismo lugar, con los ojos pegados en el nuevo guerrero que ingresó al círculo que llamó la atención de todos ya que llevaba rabo, pero para el joven fue por otro motivo.

—…Papá… —exclamó en un susurro.

(…)

En algún lugar de la galaxia…

Aún quedaban al menos dos días para llegar al planeta, pero el príncipe ya estaba despierto. Jugaba distraído con su scouter, no tenía sueño y estaba más que preparado para la misión que se venía.

El radar de su nave comenzó a emitir un sonido agudo, como de alarma, lo que lo hizo sentarse más erguido y ver lo que sucedía. Apretó uno par de botones, entonces el radar le mostró objetos de gran tamaño dirigiéndose justo a la misma trayectoria que las naves. No podían ser más que los meteoritos de los que les advirtieron y resultaba que ahora llegaban antes de tiempo. Le tomó unos segundos calcular cuánto tardarían en colisionar con las naves, y desafortunadamente solo tenían pocos minutos para cambiar de ruta.

Antes que pudiera tomar una decisión, su scouter comenzó a sonar. No dudó en afirmarlo en su oreja y contestar mientras escribía en la computadora de la nave.

—Cambien inmediatamente de ruta a la siguiente coordenada…

¡Los meteoritos se adelantaron!

Era Ginn con voz alterada y asustada. Quiso reprenderla por su actitud, y darle la coordenada para que cambiara de rumbo de inmediato, pero la chica continuó hablando sin parar.

¡Golpearon la nave de Tarble y se desvió de su rumbo! ¡Intenté comunicarme con él, pero no responde!

Al oír eso, inconscientemente el príncipe se inclinó para mirar por la pequeña ventana circular, pero le fue imposible observar algo. La única visual que tenía era la oscuridad total, y una de las naves de sus soldados varios metros delante de él. De pronto, una roca del doble de tamaño de la nave pasó junto a ésta.

Cortó la llamada con Ginn sin avisarle e intentó establecer comunicación con su hermano, manteniendo la calma todo el tiempo. Al no tener éxito con su scouter, usó su nave para contactar la de su hermano, justo al mismo tiempo que más meteoritos comenzaron a hacerse visible. La alarma de la nave se activó para avisarle que debía cambiar de rumbo, pero él estaba ocupado tratando de comunicarse con Tarble.

Su computadora le avisó sobre la falla total en la nave de su hermano, al parecer el impacto había sido tan violento que dañó su cerebro.

Se tomó unos segundos para pensar, pero su scouter registró otra llamada de Ginn.

La nave se va fuera de control, voy por él antes que la pierda de vista.

—Espera, dame la coordenada —ordenó sin pensarlo.

La pantalla de su scouter rojo proyectó los números enviados por Ginn. Inmediatamente el príncipe cambió el rumbo de la nave, que tembló al pasar por la lluvia de meteoritos. Por la pequeña ventanilla divisó un par de naves más, una de ellas logró esquivar con éxito las rocas espaciales, mientras que la otra se deformó por completo por el impacto.

Cuando la nave se estabilizó, pudo divisar a lo lejos la de Ginn, pero no lograba ver la de su hermano, por lo que decidió seguir a la chica. Debió cambiar a piloto manual cuando los meteoritos casi lo golpearon.

Activó el scouter para hablar con Ginn.

—¿Tienes visión de la nave?

Sí, cada vez está más lejos, pero voy tras él. El meteorito impactó por arriba, aplastó la nave —respondió aún alterada—. Tarble no responde, puede que este muer…

—Si está muerto lo averiguaremos una vez que encontremos la nave, ahora preocúpate de no perderla de vista. Voy detrás de ti.

Sí, señor, lo siento.

—Activa el piloto manual.

Pero no sé cómo funciona en esta nave, jamás la había pilotea…

—¡Activa el piloto manual, de lo contrario terminarás reventada contra los meteoritos! —dijo molesto.

Hubo una pequeña pausa antes de escuchar respuesta de la joven.

Sí, señor.

Ambas naves continuaron en la misma dirección, mientras las otras escapaban por otros rumbos en un intento de evadir la muerte segura.

Mientras esquivaba las rocas, Vegeta intentó establecer contacto con su hermano, sin éxito.


Continuará…


Y como dije, actualicé dos semanas después, bueno, con un par de días de retraso, pero igual lo hice

Este capítulo me salió más largo de lo normal, por eso todo se resolverá en el siguiente. Les cuento que, como comenté en mi Facebook, comenzaría la cuenta regresiva y se pondrá bastante denso, por eso antes que suceda, quise escribir un capítulo con los adolescentes y niños de esta historia como protagonistas, y ahora pasarán a ser dos capítulos.

Quiero agradecer de todo corazón los rws recibidos. A Miochanamine, Esmeralda, Sidny Milash, JLgonzalez, Prl16, Tour, Rosspe, Ina Minina, Lemonale Ouji y en especial a la linda Sophy que me hizo portada para este fic y me encantó.

Sé que por no actualizar en cuatro meses pasa la cuenta y eso se nota en los rws. Me apena haber dejado de lado este fic que es mi favorito y espero que la gente retome el interés por El Legado, ya que me encanta leer sus comentarios y saber que piensan y posibles finales del fic.

¡Nos vemos en el siguiente capítulo! Ya queda poco para mi cumpleaños y talvez actualice en esa fecha.

Cariños,

Dev.

01/11/2016