¡Hola! Aquí les traigo un fic a petición, es la continuación del pasado, espero que sea del agrado del que la pidió. Y gracias a los que leen, a los que me dejan Reviews y a los que marcan la historia como Follow o Favoritos.


Disclaimer: Ni Bleach ni sus personajes me pertenecen, pertenecen a Tite Kubo. Yo solo los uso para satisfacer mi imaginación. Disfruten.


One-Shot: Dolor…

Kurosaki Ichigo, Kuchiki Rukia / Horror


Dolor. No blanco ni negro ni carmín, no era un color definido ni siquiera semejante a alguno, era solo agonía de momentos que regresaban una y otra vez, que le recordaban al cuerpo en donde estaba, que le recordaban al cuerpo que era lo que había pasado. Agonía.

El blanco del hueso se había esfumado, el carmín del momento se había ocultado entre las alas negras que los envolvían como si fuese seda y que los perdía en la agonía.

Todo había sido tan rápido, así como inició así terminó. Los habían encontrado momentos después, cuando las alas negras de la noche los ocultaba de todo, estaban tirados en el piso, inconscientes, aparentemente sanos.

El hombre de las sandalias junto con la mujer gato los tomaron y los sacaron del lugar. Habían sentido algo diferente, algo anormal y temieron; cuando llegaron al lugar solo estaban ellos, cubiertos de sangre, con la ropa rota en lugares que nada le dejaban a la imaginación. Los dejaron en un cuarto, les cambiaron de ropa, los revisaron, los metieron en sus cuerpos y esperaron. Era lo único que podían hacer, esperar.

Pero el dolor no espera, estaba ahí, presente, haciendo lo que mejor sabía hacer.

Él seguía aprisionado en su mundo interno, las bandas negras lo sujetaban al edificio y le impedían moverse. Su copia lo veía desde una posición superior y se burlaba, le mostraba esa sonrisa tan sínica que poseía, le restregaba en la cara lo que ambos sabían que había pasado, le recordaba lo que ambos sabían que sucedería. Agonía.

- Podría matarte – Le decía.

Podría matarlo, era seguro, podría abrirlo de parte a parte sin siquiera derramar una mísera gota de sudor, podría desintegrarlo, podría decapitarlo. Podría… y…

El blanco frio del infierno se arremolinaba alrededor de ella, le cortaba la piel, la hacía sangrar, la hacía castañear los dientes, la hacía tener miedo. El lugar había sido como siempre y sin embargo había cambiado.

El sonido de metal contra metal chocando la alertó, la hizo apurarse hacia éste y las vio. Era ella y alguien más. Peleaban a muerte, era notable por los cortes sangrantes de ella, por la sonrisa de satisfacción de ese alguien más, por la cara de determinación que ambas tenían pero, ese alguien más estaba ganando.

Ella gritó su nombre en un momento de estupidez y fue justo lo que ese alguien más necesitó, ese segundo en donde ella la volteó a ver por reflejo a la mujer que la llamaba, ese solo segundo hizo la diferencia, la hizo perder todo y la guadaña cortó algo más que el aire frio del infierno.

La cabeza, aun con la expresión estupefacta por lo que acababa de ocurrir, con los ojos completamente abiertos, con una hilera carmín escapando por su boca que hacía juego con la gargantilla carmín en su cuello, rodó por el suelo nevado hasta los pies de la causante de su muerte y la ventisca se detuvo.

Y fue como si le clavaran un puñal en el pecho, cayó de rodillas sujetándose fuertemente con los brazos, ignorando los hilos de sangre y el dolor que la ventisca había provocado en ella. Levantó la vista, la vio, un hollow igual a ella y entonces volvió a sentir miedo.

- Y lo haré – dijo con su voz de hollow y con una sonrisa de completa satisfacción.

Estaban a su merced, completamente solos, con el miedo pesándoles en las venas, con la sensación de que el infierno se acercaba una vez más y de que no venía solo. Cada uno dentro de sí mismo, cada uno viendo el filo del arma que su copia sujetaba, cada uno viendo el rostro del…

Abrieron los ojos al mismo tiempo, como si hubiesen estados sincronizados. Sorprendieron a sus cuidadores que los habían encerrado dentro de una barrera por la enorme cantidad de presión espiritual que empezaron a emanar.

Los miraban con cautela, como si esperaran a que una bestia salvaje los atacara pero lo que vieron en los ojos de cada uno fue miedo. Un miedo del que nadie podría desconfiar.