¿Os acordáis cuando os dije que el Sessho 2.0 estaba en fase Beta y que no veríais la magnitud del daño hasta que volviera a palacio? Pues lo de antes han sido unas ligeras pinceladas de lo que esta por venir. Con este capítulo se verá retratado el Sesshōmaru 2.0 en su modo alfa y en todo su esplendor. Sigue siendo el punto de vista de ella pero es bastante explícito y detallado. La partida para Kagome pasa a "modo dios" (dificultad extrema) y en el capítulo pareja de éste veremos a 2.0 autoretratado. Pero sera "próximamente".
Rated MA
Dos semanas más tarde.
Palacio del Oeste.
KAGOME
Tras ese surrealista reencuentro pase una noche agitada, a la que siguieron muchas más. La excitación que me provocaba ese monumental yōkai sólo era comparable a la incertidumbre que sentía a su lado. Trato de recordar si había tenido esa sensación de estar en la cuerda floja cuando ejercía de acosador en mis noches de hace más de un año, y descubro que en realidad era todo lo contrario. No conseguía dormirme hasta que su presencia me acunaba bajo la promesa de eterna protección. Ni en mi casa del año 2000 me había sentido nunca tan segura…
Entonces, ¿por qué? ¿Por qué ahora era al revés? Tenía la impresión de que su estado de ánimo podía saltar de la alegría desbordante a un odio feroz, pasando por todos los estados intermedios en un abrir y cerrar de ojos.
En cuanto a mí, me contagiaba como una plaga particular. Quería llamar su atención pero cuando me miraba deseaba que me tragase la tierra. Quería que me tocase pero me daba auténtico pavor el que me acabara haciendo daño. No podía evitar provocarle - el cortarme o morderme la lengua estaba en contra de mis principios - pero sabía que igual que podía reírse un día, al día siguiente podría matarme por bocazas.
Los días se sucedían agotadores. En el palacio se alojaban más de 200 yōkai afectados en mayor o menor medida por la enfermedad. Habilité una zona de cuarentena, los dividí por estado de gravedad y prohibí el paso a cualquier yōkai sano a la zona cero.
"Habría hecho una excepción con la madre de Sesshōmaru pero ella no quiso pasarse." Pensaba con malicia.
Los sanadores y enfermeros yōkai eran aspirantes a futuros enfermos y no podía permitir que la plaga se extendiera por el palacio. Antes de mandarlos al carajo estudié con cuidado su yōki en busca de síntomas de envenenamiento y algunos se quedaron conmigo como pacientes. Pero desde la partida de Miroku y Sango no contaba con ningún ayudante y ya había sobrepasado varios límites de lo humanamente posible.
Al décimo día decidí que esto pasaba del castaño oscuro y acudí a Lord "Ruleta Rusa Sama" para pedirle que trajera algunos humanos que me asistieran como enfermeros. La horrible enfermedad en su última fase causaba abundantes sangrados y no podía tratar a nadie si me pasaba el día cambiando vendas y sábanas.
Llamé a su puerta y me dio paso. Tras atravesarla lo encontré en su estado de ánimo habitual: indefinido y volátil.
Me ocupé de resumir al máximo mis argumentos, sabiendo la poca paciencia que gasta con los ruegos de sus sirvientes y fui clara y directa.
No tengo ni idea de qué es lo que hice mal pero ese ser que me atravesaba con su mirada concentrada y afilada como un florete, no contestó absolutamente nada. Se quedó en silencio despellejándome con sus ojos de gato hasta que caí en la cuenta que realmente no me había oído. Su mente debía de estar en algún otro lugar, y esos ojos afilados debían de ser la versión inu de "mirada al vacío".
Agité la palma de la mano arriba y abajo delante de su cara, como la profe me hacía a mi cuando me pillaba distraída en clase y, sorprendentemente a los pocos segundos sus pupilas se dilataron y los ojos amarillos siguieron mis movimientos. ¡Ya era mío! Ahora le picaría un poco como castigo por no prestarme atención.
— Y bien, Lord Sesshōmaru Sama, ¿cuál es su respuesta?
Él enfoca los ojos en mí una vez más, sus pupilas verticales se estrechan y recuperan el frío brillo metálico.
— Acércate, miko… — La profundidad de la voz con la que me habla está dos tonos por debajo de lo habitual. Su textura ardiente y rota hace que se me corte la respiración. Y camino hechizada ignorando las atronadoras alarmas con las que mi mente trata de detener mis piernas. Al estar tan cerca nuestras auras se acarician y enredan. No logro despegar la mirada de los pozos de oro líquido y casi deseo que me toque… Casi.
Pero cuando realmente siento el roce de su cálida mano en el muslo, cuando con sus garras aprieta mi trasero, el pánico y la inseguridad vuelven cargando con mi orgullo a cuestas. Le doy lo que considero un bofetón indignado y espero resignada a la muerte, rezando porque sea rápida e indolora. Al no llegar el sueño eterno abro un ojo con precaución para después sumar a su compañero al estupor: mi ataque no sólo no le había enfadado sino que le puso todavía más cachondo. Definitivamente no había forma de prever sus reacciones. Al final no sé cómo se recompuso, tal vez volvió a cambiar de idea, pero me echó de ahí sin más contemplaciones.
La próxima vez, las peticiones se las haría por escrito.
…
Con el paso de los días me doy cuenta de que Sesshōmaru es igual de inestable con todo el mundo, la diferencia está en que la personalidad juguetona y la cachonda las guarda solo para mí. El resto de su abanico de peligrosos estados de ánimo, desde el cínico al sociópata, eran el día a día para los amedrentados yōkai del palacio. Allí todo el mundo tenía pavor a "Esquizofrénico Paranoide Sama" y yo en el fondo entendía por qué. Él procuraba no hacer gala de su sadismo en mi presencia, pero era obvio lo ocurrido por la noche cuando los criados secaban charcos de sangre del suelo por la mañana. Nadie le llevaba la contraria pero él mismo era constantemente contradictorio. Así que era imposible que pudieran seguirle la corriente y tarde o temprano alguien quedaba horriblemente mutilado o directamente muerto. Tras la carnicería, la cosa se calmaba por unos días, o por unas horas (según la cantidad de sangre) pero su sed y sadismo, o (mi escusa favorita) "su incapacidad para controlar sus impulsos", volvían a convertirle en una espada sin empuñadura. La cogieses como la cogieses siempre te acabaría cortando.
¿Y yo? ¿Estaba justificando los imperdonables actos de un psicópata? Lo cierto es que su modo de actuar no producía en mi el rechazo que debería. Yo pensaba que había algo enfermizo en todo este asunto. Algo artificial.
Si durante la vigilia "Trastorno Bipolar Sama" era el verdugo, cuando dormía se transformaba en la víctima, sufriendo terribles pesadillas. Dormía un día de cada tres o cuatro y cuando lo hacía, a las pocas horas se despertaba empapado de sudor, temblando y levantando al castillo entero con sus gritos. Entre nuestros aposentos sólo había una gruesa pared, pero su volumen y anchura no eran suficientes para ahogar los alaridos de un ser aterrorizado hasta lo más profundo de sus huesos.
La primera noche que lo escuché, pensé que el mundo se acababa. Me levanté de un salto y salí al pasillo para ver como un corrillo de criados y nobles hacían guardia alrededor de su puerta.
— ¿Es que nadie va a entrar a preguntar qué le ocurre? — Las caras de los guardianes se convulsionan de puro pánico.
— Es que…, verá Miko Sama… No podemos… El Señor ha asesinado a todo el que se ha atrevido a molestarle en momentos así.
— ¿Es que esto pasa a menudo?
— Pues…, lo cierto es que pasa siempre que el Señor duerme…
Normal que estuviera desquiciado. La privación de sueño es uno de los causantes de locura más comunes y no en vano es considerada como tortura por Amnistía Internacional. Con una mirada decidida dejo a la camarilla de cobardes retorciéndose las manos y entro en su cuarto.
Su rostro es un retrato de la palabra desesperación. Todo su hermoso cuerpo tiembla y el sudor empapa las sábanas enredadas en sus tobillos. Al darse cuenta de que no está solo me lanza su mirada más peligrosa, esa que promete una dolorosa muerte a quien la vislumbra, pero el patético estado que acabo de ver no se me quita de la cabeza y me acerco a él ignorando la alerta de "alta tensión". Él parece recordar quién soy y suaviza un poco el rechazo pasando de la barrera de hormigón a la valla metálica. Pero sigue insistiendo en que me marche.
— Sal de aquí ahora mismo, miko. Haz caso, mujer estúpida. No me mires, te mataré lo juro…
Me siento en el suelo a tres metros de la cama con la intención de convertirme en un nabo Daikon (tipo de rábano gigante) y echar raíces en ese sitio. Él sigue mascullando maldiciones y amenazas de muerte pero no hace ningún amago por moverse de la cama. Al rato se cansa y nos observamos en silencio hasta que no aguanto más y acabo durmiéndome. A la mañana siguiente me despierto sola y con dolor de espalda por dormir en el suelo. Los criados me miran como si vieran un fantasma y me comunican que Sesshōmaru ha partido al frente y que no saben cuándo volverá.
Mi mente trata de conectar los pedazos de información a la desesperada.
No es que le conociera en profundidad con nuestros escasos encuentros en el pasado, pero los relatos que escuche sobre él de Myoga Jiji, me permiten asegurar que esa montaña rusa de emociones no ha sido siempre así. Yo le recuerdo impasible, contenido y estoico. Midiendo cada palabra y siempre con una máscara inexpresiva ocultando sus intenciones. La única explicación a sus problemas de control de la ira era el dichoso sello que mencionó su horrible madre.
"Aunque le dijera que nos conocimos hace más de 1 año, es poco probable que se volviese más loco de lo que ya estaba"
Con esa deprimente constatación decidí que ese yōkai estaba sufriendo. Eso le convertía en un paciente más a mi cargo y justificaba hasta cierto punto la benevolencia de mis juicios a sus acciones. No era él mismo y yo haría lo que estuviera en mis manos para ayudarle a recuperar el equilibrio.
Haciendo de tripas corazón me dirigí a esa madre tan poco maternal que me vigilaba como un halcón y traté de sonsacarle algo más de información.
No soltó ni prenda, incluso ante la amenaza de decir a su hijo que ya nos conocíamos, simplemente dijo:
— Haz lo que quieras. Si quieres que mi hijo quede impedido y roto, díselo.
¡Maldita arpía! Ella no tenía conciencia pero sabía que yo sí y contaba con ello.
Sin más pistas decidí evaluar al enfermo directamente, pero para ello el enfermo tendría que volver. Ya faltaban sólo cinco días para las festividades del cambio de ciclo. Numerosos nobles yōkai estaban llegando ya a palacio para los festejos que acompañarían el paso del gallo al perro…; pero el perro dueño del palacio seguía sin volver.
Esta noche volví a escuchar gritos al otro lado de la pared. Me levanté de un salto con la intención de analizar el estado de mi recién recuperado paciente cuando descubrí que se trataba de gritos de mujer.
Algo se rompió en mi interior.
Fue tal la furia que me embriagó que salí a los jardines y corrí hasta quedarme sin aliento. Al borde del estanque de carpas estaba la pequeña y acogedora casita del té*. Me apropié de ese espacio abandonado y lo convertí en mi dormitorio.
Al día siguiente observé como los criados salían de las habitaciones del Señor cargando numerosos cubos y sacos. Una sabana roja por la sangre, que asomaba de uno de ellos era pista suficiente para que supiera el desenlace de la noche de pasión de Lord Sesshōmaru. Por primera vez no sentí lástima ni pronuncié un rezo por el alma de su pobre víctima. Incluso me sentí ligeramente aliviada porque esa mujer hubiera abandonado este mundo. Me estaba volviendo tan depravada como él.
Le di esquinazo durante todo el día y por la noche volví a la caseta del té. No quería estar cerca de ese monstruo traidor.
Repetí el esquema al día siguiente pero empezaba a temer que me convocase en cualquier momento a su presencia. Por la noche me encontraba tiritando en la caseta cuando volví a escuchar los gritos. Eran sin duda los de Sesshōmaru y estaban cerca, muy cerca. Bajo la luz de la luna seguí el lastimero sonido que había bajado en volumen pero aumentado en intensidad, hasta encontrar al Daiyōkai al lado del arroyo, justo en la base del puentecillo de madera. Gemía y sollozaba, su cuerpo convulsionaba y su piel brillaba empapada en sudor a pesar de las temperaturas bajo cero. Pero estaba dormido, profundamente. Quizá despertara en cualquier momento gritando de pavor, pero de momento seguía atrapado en su pesadilla.
Noto cómo una caliente lágrima se escapa y baja rodando por mi mejilla. Me resulta tan abrumadoramente triste que un animal hermoso, poderoso y noble como el que tenía delante fuera degradado a vivir prisionero de sus impulsos. Sin un momento de paz.
Ya no queda rastro del enfado y rencor que, hace minutos Sesshōmaru evocaba en mí. Me siento a su lado y con cuidado de no despertarle, coloco su cabeza en mi regazo. Tal es el calor que desprende que no me afectan ni la escarcha ni la húmeda tierra bajo mis rodillas.
Paso mi mano por su plateado cabello con inmensa ternura tratando de hacerle llegar mi energía a través de las puntas de los dedos.
— ¡No te vayas! — La petición inútil, dentro de su pesadilla le hace convulsionar. Como una estúpida me agencio la petición tanto tiempo infructuosa y la hago mía.
— No me iré, Sesshōmaru. Jamás me iré.
Su cara parece relajarse momentáneamente ante mi respuesta pero su cuerpo sigue temblando. Entonces, al igual que esa primera noche a la sombra del Goshinboku, entono la única canción de cuna que me sé.
Y una vez más la Nana de Takeda obra su milagro y el yōkai se acaba relajando poco a poco. Al acabar de cantar ya no tiembla y ha atrapado una de mis manos entre las suyas, apretándola con fuerza.
Está sonriendo...
Por los dioses, es la sonrisa más dulce que he visto jamás. Y creo que soy el único ser de este mundo que ha llegado a verla.
*Para los que no estén muy familiarizados con ciertos aspectos de la cultura japonesa, lo de la "casita de té" es posible que les evoque escenas victorianas de niñas con vestidos de ganchillo obsequiando a sus muñecas con diminutas tacitas.
Nada más lejos del profundo simbolismo que rodea tales construcciones. Paso a describirlas con detalle ya que es una ubicación que aparecerá recurrentemente como lugar de refugio e intimidad frente a lo pomposo y estresante del Palacio.
- Chashitsu: lit. "habitación de té": destinada para la práctica del sadō (Ceremonia del Té) está situada en el exterior. Los invitados esperan en el jardín y caminan a través de un sendero llamado roji, que ha sido rociado con agua. Esto significa la limpieza de todos los embrollos mentales. Es una pequeña cabaña construida con materiales naturales, tiene una entrada a través de la cual los invitados entran de rodillas, lo que significa que cualquier tipo de arrogancia es dejada fuera. Se acercan al tokonoma, una alcoba con un rollo suspendido en la pared. Hay dos tipos de rollos: de caligrafía o de pintura. El rollo representa el espíritu de su creador, también se elige en función de la persona invitada, y ésta se inclina ante él. Además hay un adorno de flores siempre naturales que tiene relación con la estación del año, y se llama chabana. El anfitrión alimenta el fogón, cuyos cinco elementos representan el mundo material del taoísmo: el metal de la tetera, la madera del carbón, la tierra de la cerámica, el fuego y el agua.
