24. El Fantasma de la Ópera
Bufaba, furioso.
Unos ardientes celos comenzaban a cubrir sus ojos con un velo escarlata.
Se movía pegado a las paredes, donde las luces de los tenues focos no podían delatarle.
¿Quién era ese apuesto fantasma que iba con ella, cogía su mano y le daba un beso en el dorso?
Él era el fantasma, no podía haber dos.
Y Christine Daaé le pertenecía.
Esperó, paciente hasta que se acercase el momento de hacérselo saber a ella.
- Toma, sujétame esto. – Rachel le puso la copa en la mano a Quinn e intentó recolocarse las ligas de las medias palpándolas sobre el vestido, pero no lo consiguió. Dieciséis capas de hinchado tul se lo impedían. Las finas medias blancas se escurrían por sus piernas, las ligas iban ya por encima de las rodillas.
- Ven, te ayudaré. – Se ofreció Sierra amablemente. Se tiró al suelo, a pesar de las dificultades que planteaba el enorme miriñaque del vestido de la Carlotta y, asomando la cabeza por los bajos de la pieza de tul trató de alargar las manos para ponerle de nuevo las medias, mientras Rachel se agarraba a Quinn para no perder el equilibrio. – Es inútil. El liguero está roto.
- Bueno, voy a intentar arreglármelas, no vamos a dejar que unas insignificantes medias nos arruinen la noche. – Sonriendo, dio a Quinn un pico rápido y negó con la cabeza cuando ésta le preguntó si quería que la acompañase.
Tal vez, si hubiese dicho que sí, la historia habría seguido otro curso diferente.
Pero no lo hizo.
Y atravesó sola el salón para dirigirse a los reservados, que habían montado en el aula de baile contemporáneo. Habían creado una especie de túnel del terror que había que cruzar para llegar a la zona donde estaban, así que, lamentando no haberle pedido a Quinn que fuese con ella, tragó saliva y pasó bajo el arco de cartón piedra cubierto de telarañas.
Allí dentro no había música. Alguien había grabado sonidos terroríficos para contribuir al ambiente, y, a parte del ruido infernal de tormenta, cada pocos segundos se oían gritos, graznidos de cuervo o aullidos de lobo. Las paredes (en realidad, una precaria estructura de metal recubierta de tela) estaban plagadas de falsas telarañas con insectos de goma. La única luz provenía de las velas eléctricas que había cada pocos pasos.
Un crujido hizo que Rachel, que avanzaba lentamente intentando no tropezar con los miembros de silicona, amputados y ensangrentados que había en el suelo, se sobresaltase. Miró hacia atrás, pero estaba sola.
No sabía por qué se asustaba, estaban en la NYADA, y era una tontería que a ella le había parecido muy graciosa cuando se lo comentaron. Incluso sabía que algunos de sus compañeros habían accedido a colaborar, así que era muy probable que en breves los encontrase disfrazados de zombies de la Revolución Francesa o algo por el estilo.
Sin embargo, a medida que avanzaba, se daba cuenta de que allí no había nadie.
O al menos, nadie que ella pudiese ver.
Otro ruido provocó que diese un saltito. Sus tacones bajos impactaron en el suelo alfombrado con un golpe sordo.
Habían sido pasos.
No estaba sola.
Tragó saliva de nuevo justo antes de llegar al final del túnel. Todavía no podía creerse lo que estaba pasando por ir a arreglarse unas malditas medias. Si hubiese ido al baño, ya estaría de vuelta con sus amigos y su novia.
Y se asustó. Creyó que gritaría tan fuerte que toda la NYADA saldría a buscarla, pero de sus labios sólo salió un patético ruido asfixiado.
El Fantasma de la Ópera estaba ante ella, extendiendo los brazos con su capa, mirándola con una mezcla de odio y admiración. Durante un efímero momento creyó que Quinn le estaba gastando una broma pesada, pero no tardó en darse cuenta de que se trataba de un hombre. Un hombre de pelo negro, repeinado hacia atrás, ojos negros y rostro magistralmente deformado por el maquillaje.
- ¿Quién…? – Comenzó la chica, con voz temblorosa, cuando recuperó la noción de la realidad. No pudo decir más.
- Yo soy tu ángel de música, Christine. – Dijo el desconocido, con voz profunda, melodiosa, hermosísima. Emitió una risa tan cruel y despiadada que Rachel pudo sentir cómo la sangre se le helaba en las venas. – Ven conmigo.
Le tendió una mano enguantada. Berry luchó consigo misma por rechazarla, darse la vuelta y largarse de allí a toda prisa, pero su subconsciente no le permitió hacer lo que deseaba, y en apenas unos instantes se vio a sí misma aceptando la invitación de aquél misterioso fantasma.
El hombre lo guió hasta los reservados, que estaban vacíos. Habían colocado mesitas de madera rodeadas por sillones tapizados en terciopelo negro y plateado, todo acompañado por la tenue luz de velas que ardían suavemente. Una vez allí, su rostro, que había permanecido pétreo hasta el momento, se relajó. Pareció cansado, hastiado. Los hombros se le hundieron.
- Sólo quiero que baile conmigo, señorita Berry. – Le suplicó el personaje, cogiéndola de las manos y atrayéndola hacia sí. – Está muy esquiva esta noche. Y permítame que le diga, que preciosa. Perdóneme si la he asustado.
No contestó, se dejó llevar por él y permitió que le pusiese una mano envuelta en cuero negro en la estrecha cintura embutida dentro del corsé. De fondo había una música triste y melancólica, y el fantasma la hizo bailar a su ritmo.
- Ha venido muy bien acompañada, por lo que parece. – El fantasma la hizo dar un gracioso giro para después volver a atraparla entre sus brazos. Rachel intentó moverse para separarse un poco de él, pero la fuerza con la que la cogía le impedía cualquier tipo de movimiento. – La gente no habla de otra cosa.
Siguió en silencio, no sabía qué decir. Todo aquello la había cogido absolutamente desprevenida. Ella, maldita su inocencia, había ido a arreglarse las medias para después volver a la fiesta como todos sus compañeros. No obstante, había acabado bailando con un desconocido disfrazado del Fantasma de la Ópera, que cada vez que hablaba hacía que se le pusiese el vello de punta.
- ¿No contesta? – Soltó una risita grotesca. – No tenga miedo de mí, señorita Berry. Estamos en una fiesta de Halloween, yo estoy disfrazado y usted también, y estamos compartiendo un baile. No es algo precisamente de ultratumba, ¿No cree?
Había algo extraño en su voz, sonaba familiar y al mismo tiempo, lejana y grave. Y su olor… era indescriptible, tan dulce que empalagaba todos los sentidos. Sabía bailar, Rachel podía notarlo por cómo la llevaba, con autoridad y sin decir una palabra al respecto.
- Me ha… sorprendido. – Dijo Rachel al fin.
Él rió estrepitosamente.
- Por favor, señorita Berry, es Halloween. El interés de esta fiesta reside en asustar a la gente ¿No?
Rachel asintió. Librándose de remilgos y temores, pasó la pierna derecha tras la izquierda del desconocido y echó la cabeza hacia atrás, dejando libre su largo cuello perfumado con Channel.
- Parece conocerme muy bien, señor. – Le estaba siguiendo el juego y él lo sabía. Podía notarle excitado con todo aquello, sonriendo, respirando con irregularidad.
- En efecto, señorita Berry. Mejor de lo que cree.
- Es usted alguien cercano a mí… - Dedujo. Dio medio giro bajo el brazo del personaje hasta que golpeó su pecho con la espalda. Era duro, terso. Y estaba ardiendo. El estómago se le encogió de nerviosismo a la muchacha, cuando notó cómo acercaba la boca a su cuello y su respiración chocaba con su piel delicada. Pero eso no hizo que dejase de interpretar como la curiosidad la estaba obligando a hacerlo. -¿Del instituto, tal vez?
- No, Christine. ¿De verdad no me recuerdas? Fue aquella tarde en Perros-Guirec, cuando ibas con tu padre a la playa para cantar mientras él tocaba el violín. El viento arrastró tu chal al mar y yo fui a recogerlo. Tú reías y reías y yo recibía el enojo de mi institutriz.
Berry se rió. Su actitud presuntuosamente culta estaba empezando a sacarla de sus casillas. Pero ella no iba a ser la débil, y sabía lo que tenía que hacer para participar en aquella partida jugada a los pies del Ángel de la Música.
- "La pequeña Lotte pensaba en todo y en nada… " – Comenzó la chica, distraídamente, dándose la vuelta para quedar de nuevo de frente.
- "Su alma era tan clara, tan azul como su mirada…" – Citó él también, y dejó que Rachel continuase.
- "Cuidaba enormemente su vestido, sus zapatos rojos y su violín…"
Y ambos concluyeron el recital al unísono, diciendo:
- "Pero sobre todas las cosas le gustaba escuchar, adormeciéndose, al Ángel de la Música".
- Ha leído usted a Leroux, veo. – Musitó el fantasma, con tono de complacencia. – Me sorprende gratamente.
- Hasta la saciedad. Y si usted también lo ha hecho sabrá que su fantasma jamás abordaría a una joven actriz en la boca de un túnel y le robaría un baile. – Replicó, con prepotencia.
- Tiene razón, señorita Berry. Su fantasma la habría raptado, se la habría llevado a su casa y la habría colmado de atenciones hasta que la chica se habría rendido a él. – El hombre la obligó a hacer un gracioso giro doble.
- Christine Daaé jamás se rindió al fantasma de la ópera. –Rachel, ofendida por que hablase así de su heroína de teatro, frunció los labios. El hombre, en respuesta, puso la mano en su espalda haciendo que se pegase a él. Le apretó la mano que sujetaba entre la suya con algo de furia.
- ¿Y usted, señorita Berry? ¿Habrá de ser la Christine Daaé que se ponga de rodillas ante el monstruo? – Y volvió a enfrascarse en su singular vals como si nunca hubiese intervenido.
Rache, por su parte, volvía a dejarse invadir por el miedo.
No se dio cuenta de que había empezado a temblar hasta que el fantasma hizo referencia a ello.
- Está temblando… ¿Tiene frío?
- No. – Dijo. No quería ni necesitaba que aquél personaje al que ni siquiera había visto la cara se pusiese en plan protector con ella, aunque la tuviese hechizada con aquella voz suave como el terciopelo y profunda como el mayor de los pozos, aunque su olor la tuviese embriagada, aunque fuese consciente de que Quinn la estaba esperando en el salón de baile y empezaría a preocuparse por ella, y si iba a buscarla y la encontraba allí, bailando con aquél altísimo hombre…
- Tengo que irme, señor. – Anunció, haciendo todo lo posible por zafarse de las manos fuertes que la retenían. Y pensó que ya que había ido allí contra su voluntad (aunque no lo pareciese dado que había actuado en todo momento conforme él se lo había pedido), el misterioso fantasma podría hacer algo para compensarla. – ¿Me dejaría que le quitase la máscara?
El rostro se endureció, y Rachel pudo ver cómo apretaba los puños.
- Si lo hicieses, Christine, no volverías a ver la luz del sol.
Y completó las palabras con una sonrisa ladina. Se inclinó para quedar junto al rostro de Rachel, llevó una helada mano de cuero hasta su mejilla y la acarició.
- Yo soy tu ángel de música, Christine. Pero no olvides que también puedo ser un demonio. Tú eliges.
Y tras decirle aquellas enigmáticas palabras en un susurro a su oído, besó su pulida mejilla con delicadeza y cerró la mano de la joven en torno al tallo de una perfecta rosa roja, decorada con un lazo de terciopelo negro.
Berry salió de allí todo lo rápido que le permitían el vestido, los tacones y las medias enredadas a sus tobillos. Antes de entrar de nuevo al salón de baile se descalzó, se las quitó y las dejó escondidas en uno de los radiadores del pasillo.
Sierra, Alex, Kurt y Quinn charlaban animadamente junto a la barra, bebiendo de sus copas cada poco tiempo. Cuando Rachel apareció, con la cara pálida por el temor y las manos temblándole en torno a la rosa, Quinn soltó su copa.
- ¡Rachel! ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado?
Lo más sensato habría sido que Rachel le contase a su novia que al ir al reservado, un desconocido vestido de fantasma la había abordado para bailar con ella, no dejándole que viese su rostro y despidiéndose con un beso en la mejilla y una rosa. Y sin embargo, había algo dentro de ella que no le permitió hacerlo.
- Un imbécil se ha escondido detrás de una puerta y me ha asustado cuando he pasado. – Se excusó rápidamente, y notando que todavía agarraba la flor con tal fuerza que el tallo se quebraría, la puso rápidamente en la mano de Quinn. – Toma. La he encontrado en el reservado.
Quinn aceptó el regalo extrañada, y apretó a Rachel contra ella.
- Vaya, muchas gracias Christine. Pero creo que es el fantasma el que te tiene que dar las rosas a ti ¿No?
Rachel soltó una risita nerviosa.
- Esta Christine no se rendirá ante los encantos de un desconocido enmascarado tan fácilmente. – Respondió.
Pero no podía estar tan segura de ello en tanto que aún sentía cómo le quemaba la mejilla donde el fantasma del reservado había depositado su amargo beso.
