Los nombres de los personajes son propiedad de Stephenie Meyer, pero la historia me pertenece.


"El amor es el significado último de todo lo que nos rodea.

No es un simple sentimiento, es la verdad, es la alegría que está en el origen de toda creación."

Rabindranath Tagore.


El frío está en tus brazos.

Y el frío crece en tu corazón.

Por más que me acerco, tu te alejas más del amor.

Tu más frío tacto, me enciende mucho más.

Y golpea más rápido mi corazón.

Por favor, cree en mi.

I Love You - HIM.


Punto y aparte.

Dos imperecederas semanas. Habían transcurrido dos semanas. Solamente, dos horribles semanas. Dos semanas, y yo continuaba alojada, no, mejor dicho; encerrada, en la misma suntuosa habitación del hotel, Four Seasons.

Dos semanas. ¿Ya dije que han pasado dos semanas?

Exhalé hondo, intentando no lamentar nada; después de todo, debía terminar de digerir las cosas con la cabeza bien fría. Extenuada, miré sobre mi hombro al mismo tiempo en que hacía una mueca, ya estaba familiarizada con la delicada ola de colores ocres pertenecientes a muros, pisos, alfombras y amueblado. Y es que no había ninguna variación aquí dentro, ningún atisbo azul ni mucho menos rojo, todo era amarillento, pardo, marrón... Cerré los ojos por un pequeño instante, queriendo deshacerme de la sensación de vacío que emanaba desde mi cuerpo para apoderarse del extenso lugar. Ni una sola vez me había atrevido a salir a la terraza, pues el brumoso cielo no se encontraba de ánimo como para recibirme, y la verdad es que tampoco yo me moría de ansias por salir.

Aún me dolía recordarle sonriente, me dañaba pensar en el engaño, en la caída, en el término de nuestra relación; sin embargo, sabía que no podía olvidarlo, que no podía hacer como si nada hubiese sucedido (aunque era lo que más quería). Edward, era una persona valiosa y no aceptaba la idea de perderlo, al menos no en forma definitiva.

Maldije en voz baja y tiré de mi flequillo hacia adelante para eliminar el efecto amodorrado de mis extremidades. No debería quejarme tanto ni mucho menos sentirme tan miserable. Esme me visitaba casi todas las mañanas para acompañarme, aunque sólo fuera un rato; de hecho, hasta Garrett se había atrevido a venir, pese a que no había pronunciado otra palabra más que: perdónale. Pero, a quien yo quería ver, él...

De inmediato, dí un manotazo en la cama, frenando mi absurdo y traicionero pensamiento. - Sé fuerte. - Me dije, con firmeza. El aspecto de las sábanas deshechas me distrajo, haciéndome sorber por la nariz. Era un espectáculo demasiado triste. ¿Qué hacía yo aquí?

Suspiré.

Luego de que el escándalo del embarazo llegara a su máximo apogeo, no había sabido nada de Edward. No tenía las agallas suficientes para mirar los diarios que Esme siempre traía para mí, impulsada por la excusa de mantenerme informada; menos aún me atrevía a husmear en Internet. Sinceramente, cualquier información era buena pero consideraba que todavía no era el momento.

Inhalé y exhalé con dificultad. Últimamente hasta el simple hecho de respirar era excesivamente complicado, hasta el punto de parecerme embarazoso.

Si. Estaba totalmente en blanco, a ciegas, y no sabía si eso era lo correcto, pero seguramente, si era lo que mi corazón soportaría. Todavía no estaba lista para salir, eso era un hecho irrefutable.

Rememorar el día en que había salido de esa casa resultaba más que frustrante. Él no se había dignado a salir para despedirme, y yo era una completa tonta por esperar que lo hiciera. Ciertamente, no quedaba nada por decir en aquél instante. Sin embargo… No éramos unos niños, no podíamos darnos el lujo de valer nuestra eterna existencia, únicamente en odiarnos el resto de vida que nos quedase… Yo esperaba verlo, de verdad esperaba verlo, hablar con él, y seguir. Quizá, conservar la amistad, que a mi muy disparatada forma de pensar, era lo mejor que teníamos.

Efectivamente, nuestra relación había sido un completo fracaso, pero al menos quedaba algo rescatable. La mayor parte del tiempo habíamos sido sinceros respecto a nuestros sentimientos, y nuestras acciones siempre habían sido espontáneas, nobles; no hipócritas ni forzadas. Cualquiera creería que he perdido la razón (hasta, mi yo interno, así lo creía), pero yo, con el tiempo, podría esforzarme incluso cada maldito segundo, por demostrar lo contrario. Edward me había herido, más de lo que podría admitir en voz alta, pero hasta ahí. En definitiva, no me pondría a escalar paredes, ni terminaría cortandome las venas a causa de lo sucedido.

Ya habían pasado los días que tenían que pasar, ya había llorado el duelo, ya había sufrido. Cinco noches y cinco días completos, y cuando las lágrimas se secaron y ya no quedó nada más, me detuve y continué, no como debería, pero por ahora esto era lo indicado.

Esme, continuamente me decía que las cosas se calmarían y que pronto podría salir, no obstante, con el pasar de las horas, yo más dudaba.

¿Qué diría? ¿Qué podría decir?

Inclusive el programa se había cancelado, y por lo que tenía entendido, la mayor parte del país odiaba a Edward Cullen, sin contar al resto del mundo, que también lo odiaba.

Edward, un abusador, un golpeador, un mentiroso, un promiscuo, un ebrio… Eso era lo que todos estaban diciendo, o, eso era lo único que yo había podido escuchar una tarde, al tener la estúpida idea de encender el televisor.

¡Naaa! Él no era nada de eso. Era un tonto con demasiados errores, ¿pero quién no?

La mayoría de las personas hacían lo que él hacía, vivían como él vivía, respiraban de la misma forma en que él lo hacía, y de igual manera, comían como él lo hacía. ¿En dónde es qué radica la diferencia? ¿Golpeador? ¿De dónde diablos sacaban eso?

Hasta donde yo sabía, la única que podía reclamarle algo, era yo. Le reclamaría sus miedos, porque sí, estaba convencida de que todo esto era producto del miedo, y ni siquiera así, podría juzgarlo.

¿Por qué quién no lo ha hecho? ¿Quién no se ha ido de bruces contra el pavimento? ¿Quién no ha sido débil?

El nada breve idilio que había mantenido con Rosalie lo había impresionado de sobremanera. El primer amor siempre marca nuestra vida, y eso yo lo tuve presente desde el momento en que acepté caer rendida en sus brazos. Francamente, no esperaba que la olvidara algún día, porque entonces terminaría siendo una idiota, pero si esperaba que la dejara atrás para continuar conmigo. Para transformarla en un recuerdo, un recuerdo bueno, falto de reproches. Ya que, mientras más detestas a alguien, más te aferras, aún sin darte cuenta de ello.

Negué con la cabeza y me esforcé en sonreír. No lo odiaba en lo absoluto por haberme engañado, por lo contrario, lo comprendía, más no lo aceptaba. Comprender y aceptar, son dos cosas muy distintas.

Levanté la vista, sintiéndome llena de hastío. Aquí, todos los elementos que constituían el paisaje eran demasiado balanceados, no sabía porqué era así, tal vez se trataba de un efecto sutilmente creado con el único fin de dar paz, sin embargo, a mí eso no me convencía.

No me agradaban las cosas delicadas u obvias, pues con facilidad solían caer en la exageración .

Es por eso que había amado a Edward. No es que él haya sido diferente, no. No se trataba de eso. Fue que conocí, al chico fabricado, al artista ; y después, a Edward Cullen, el hombre que ama los comics, la comida, el fútbol, la música y absolutamente todo lo que tenga que ver con aliens. El hombre que tuvo la valentía de mostrarse ante mí como verdaderamente era, con todo y su desorden de personalidad múltiple.

Mordí mi labio inferior.

Quizá, el mundo entero podía odiarlo, pero yo jamás lo haría, ya que a pesar del desastre que por mente tenía, Edward no me parecía un ser monstruoso o maligno. Edward era humano, y yo era lo bastante inteligente como para poder comprender eso.

Siempre fue brusco, tosco, risueño, dormilón, gracioso, comelón, y había días en que parecía tener una coraza a prueba de balas a su alrededor, construida con la finalidad de proteger corazón y cerebro. Tenía muy marcado su alto nivel de hombría, lo utilizaba en casi todo. Cualquier persona podría notarlo, simplemente observando el esfuerzo que ponía en cada cosa que hacía. Era maravilloso y...

Todos los que se atreviesen a llamarle loco o malvado, no tenían ni idea de lo que esas palabras significaban, y que sin duda, él no merecía.

¿Qué por qué hablo así de alguien que me ha hecho daño?

No sé, tal vez porque no me parece gran cosa. Aún así, no estaba dispuesta a volver, y no porque no fuera capaz de perdonar y dar una segunda oportunidad, sino porque él no estaba listo. Le faltaba seguridad, amor propio y fuerza, sobre todo fuerza. Los seres humanos no son nada sin fuerza. Es por eso que hay guerras; nadie es capaz de aceptar sus fallos, nadie es capaz de reflejarse en el otro. Tan sólo juzgan y condenan, creyendo que al hacer eso, sus propios errores se vuelven insignificantes, e incluso creyendo que estos errores llegan a desaparecer. Pero...

Yo acepté mi error; lo dí todo, confié demasiado pronto y sufrí, pagué por ello. Lloré, parte de mí quedó dolida, y después me levanté. Sin embargo, me temo que en Edward no será así. Yo tuve mucho tiempo para pensar, muchas experiencias... Sucede que, cuando te levantas del fango, ya no hay vuelta atrás. Yo nací allí, en el fondo, no obstante, él siempre estuvo enmedio y de ahí, escaló hasta llegar al último pico del monte. El clima cambió de un momento a otro, haciéndolo resbalar, haciéndolo llegar a un lugar en donde nunca ha estado, más allá de la ladera... queda ver si al estar abajo, logra ascender de nuevo.

Las equivocaciones suelen pesar, unas más que otras, y cuando te das cuenta de que no tenías ningún tipo de venda en los ojos más que tu inane cobardía, es allí cuando te percatas que las cartas ya están sobre la mesa, esperando por ti, como siempre lo han estado. Por lo tanto, sólo queda decidir, si te arriesgas a abrir la partida o si renuncias sin apostar a nada.

Me muerdo la lengua para no maldecir a Rosalie y a sus ancestros.

¿Qué es lo que él hará?

No tengo ni idea, pero sea lo que sea, espero estar allí, en primera fila para verlo, y quién sabe, quizá formar parte de la partida.

El sonido del celular me saca de mi ensoñación, de mi pequeño delirio de grandeza. Creo que he estado leyendo demasiado. Pero no había otra cosa que hacer en este lugar.

- ¿Sí?

Respondo sin verificar el número. Me arden tanto los ojos, que no he querido esforzarme en mirar la pantalla. Nada puede destruirte tan rápida y eficazmente como el insomnio.

- Iré a verte. Si todo sale bien, tengo una oferta para ti. - Murmuró, como quien lee un guión.

Fue lo único que me dijo, antes de colgar.

Si yo fuera otra y no lo conociera, hubiera sido sencillo convencerme de que todo había sido una alucinación. Un simple síntoma obra de mi endeblez. Pero no era una tonta a la que le gustaba engañarse, así que más pronto que tarde, lo dí por hecho. Era él.

Su voz había sido fría, no había tenido ningún tipo de titubeo al pronunciar palabra. No había preguntado nada, no había querido saber nada, únicamente había dicho lo que quería decir, había sido distante y conciso. ¡Joder! Con la mano derecha rasqué mi nuca, contrayéndome a causa del repentino dolor. Habían sido muchos días de descuido, y mis uñas estaban más largas de lo que deberían estarlo.

Manoteé al aire y me reprendí. Aunque fuera por sólo un segundo, tenía que dejar de pensar en él.

Hum... ¿Debería tomar una ducha?

Negué con rapidez.

La noche anterior había tomado un baño, quizá eran cerca de las tres de la mañana, o las cuatro, no podía recordarlo. Humm. ¿Qué hora sería en este momento? ¡Baa! ¿Qué importa? Ni siquiera sé qué día es. Ahora podía darme este lujo.

Me obligué a no mirar el reloj y me refugié de nuevo en el edredón, frotando el rostro contra las sábanas. ¿Qué tela sería ésta?

- Sumamente suave. - Dije, en un susurro.

Así lo esperaría; recostada, adoptando posición fetal, pacientemente hasta que él llegara. Por supuesto que la hora que pasó, se hizo más larga de lo que era. Tal vez era el tenue sirimiri que repiqueteaba contra el cristal lo único que lo hacía pasadero.

Con desgana, me arrastré hasta el balcón, y por primera vez en días, el álgido viento me caló los huesos.

Desde aquí, podían mirarse varios edificios, de los cuales no reconocí ninguno, y al acercarme a la barda de mármol perlado, me quedé asombrada. La fina llovizna caía directo hacia mi rostro, empapándome las pestañas. Era una sensación gratificante. El mundo parecía tan grande desde aquí arriba, al igual que los distraídos transeúntes que caminaban presurosos a través de la acera, ajenos a mi escrutinio. Los miré con detenimiento, hasta que uno de ellos, logró captar mi atención, se trataba de una mujer. Llevaba un abrigo negro y zapatos altos. Se deslizaba soberbia entre el gentío con gracilidad, poseía una elegancia digna de envidiar. La mayoría, se giraba para verla, algunos con descaro y otros tantos, únicamente reunían el valor suficiente para mirarla con discreción sobre el hombro. Pero la mujer, nunca les correspondió, era como si no existiesen, como si no fueran dignos de ella.

Sonreí, y levanté la vista para recuperarme del intenso mareo que se había apoderado de mí. El piso en el que yo estaba alojada, era más alto de lo que había imaginado al cruzar la puerta de la habitación.

Retrocedí dos pasos y choqué con una pequeña mesita en forma cuadrangular de cristal, que se situaba justo enfrente de una silla baja acolchada color verde oliva oscuro. El horizonte se vislumbraba grisáceo y el momento era tan vacío, tan sonoro y funesto, que me conmovió hasta las lágrimas. Me sentía demasiado sensible, como si estuviera hecha a base de pura espuma. Pese a toda mi fuerza interior, me resultaría complicado volver a ser la misma. Lo amaba de sobre manera, y la idea de volver a verle, me daba náuseas.

No me emocionaba ni me provocaba fastidio alguno, sólo sentía náuseas a causa de la consternación.

- ¡Hey!

Me llamó en voz baja.

Giré mi cuerpo con violencia. ¿Cuánto tiempo llevaba mirándome? ¿Cómo es qué había entrado?

- ¿Cómo...

- Esme, facilitó que me dejarán entrar.

Asentí. ¡Claro!

Sus ojos, casi siempre brillantes y oscuros ahora parecían distintos, le daban un aspecto enfermo, como el que normalmente suele tener alguien que padece de alguna enfermedad terminal. Su atuendo era simple: una playera casual color azul rey, jeans de corte recto, y zapatillas deportivas. Aunque, al mirarlo mejor, no me pasó inadvertido el hecho de que llevaba dos anillos en la mano derecha; uno en el dedo meñique y otro en el índice. Tomé aire, me contuve y no pregunté.

Enarqué una ceja.

- Entremos, hace frío aquí.

Le dije con naturalidad insospechada.

No sabía lo que sentiría cuando volviera a verlo. Una cosa es la que se espera hacer y otra la que en verdad se hace, pero en este momento no me sentía tan mal (no como había creído).

Caminé a su lado, y capté su aroma, aroma que la mayoría de las veces surtía un efecto sedante sobre mi. Tuve que detener mi andar para recomponerme, tragué saliva y mordí mi labio inferior acallando un gemido de dolor, saliendo a paso raudo de la terraza, cercando el comedor redondo de mármol, para luego, prácticamente correr hasta resguardarme en uno de los dos asientos de piel disponibles. Escuché sus pasos quedos detrás de los míos, y lo seguí con la mirada por el rabillo del ojo. Contemplé con detenimiento la torpeza de sus casi siempre, ágiles movimientos, notando cierta duda en él. No estaba seguro de que sí sentarse en el sofá de junto sería una buena opción, por fortuna al final rehusó la idea, y se acomodó en la esquina izquierda de uno de los dos sillones blancos que completaban la sala, acompañados de una mesita de centro contemporánea hecha en cristal con acabados de caoba.

Después de un largo silencio, él parecía demasiado decidido a hablar, pero enseguida se arrepintió.

- ¿Y bien?

Le animé.

Pestañeó sorprendido, desde el lugar en donde yo me situaba, podía admirar su impecable perfil. Su nariz recta y su piel perfecta, me daban la sensación de querer tocarlo. Percibí un leve hormigueo en la palma de las manos, y continué embebiéndome con su imagen, delineando con fineza cada uno de sus rasgos. De inmediato, me vino a la cabeza la palabra "Bioluminiscencia", sabía acerca del tema debido a un programa de televisión que había visto hace ya varios años mientras trabajaba de mesera en una cafetería en New Jersey. "Luz creada por ciertos organismos vivos." No tenía sentido, a menos que Edward fuera un pez, un hongo o una luciérnaga...

¡¿Pero qué rayos?! Deseché la idea al momento.

- ¿Qué?

Preguntó distraído.

- ¿De qué oferta hablabas?

- Ah, eso.

Asentí, cruzando las piernas, posando las manos en mi regazo, conteniendo las ganas de querer acercarme a él.

Cuadró los hombros y sonrió, más su rostro no se iluminó, de hecho, ese acto le dio un aspecto más lamentable que del que de por sí ya tenía. Muy posiblemente, no se había duchado en días, y aunque el olor a alcohol no era del todo desagradable, si era bastante potente.

- Antes de eso. ¿Podemos hablar?

Me envaré al percibir la tonalidad severa de su voz, pero asentí, forzando una media sonrisa.

- ¿Estás bien?

Me preguntó, con temor. Sus labios temblaban aún cuando no pronunciaba palabra alguna, pero su pecho firme y sus brazos inmóviles, no compaginaban para nada con su expresión. Parecía haberse colocado una gran armadura por encima de ése quebradizo montón de emociones.

- No. Pero… ¿Por qué preguntas eso?

Tomó aire y me miró abatido, hundiendo el rostro entre las manos.

- ¿Te hice mucho daño?

Me cuestionó, ignorando mi pregunta.

- Mucho.

Respondí, franca.

Hizo una mueca ante mi sinceridad.

- ¿Me has perdonado ya?

Suspiré.

- Supongo que si.

Asintió pensativo.

- ¿Hay una posibilidad de que…

- No.

Dije, tajante.

Estaba convencida de que no volvería con él, y mucho menos con tanta facilidad. Había sufrido, él había sido un idiota. Las cosas no se arreglaban así como así, todo conllevaba un proceso, y yo estaba más que dispuesta a pasar por todas y cada una de las fases correspondientes. Allí se vería que era lo que él realmente quería. Mientras tanto, no había caso.

- No quiero dejar de verte. - Sollozó, limpiándose las lágrimas con el antebrazo. - No puedo dejar de verte. - Contuve el aliento, no podía flaquear.

Guardé silencio, esperando que se recuperara. Descansó los puños en sus piernas y sin planearlo, nuestras miradas se encontraron. Me quedé quieta, muy quieta, respirando por la boca, hundiéndome cada vez más en el sillón a causa de la conmoción. Él alzó una de sus manos y la estiró, trazando en el aire una caricia, fue allí cuando me quebré y comencé a gimotear.

- No dije que dejaría de verte.

Respondí casi sin voz.

Inmediatamente, dejó caer el brazo y desvió la mirada, queriendo ocultar su desconsuelo.

- No entiendo. - Musitó. Estaba tenso, lo podía notar en su mentón, estaba haciendo uso de todo su autocontrol para no desplomarse frente a mi.

Tomé aire, y lo dije. Tenía que decirlo.

- No me interesa tener una relación amorosa contigo Edward, pero... podemos intentar otra cosa.

- ¿Otra cosa?

Preguntó extrañado, incrédulo. No quería ni imaginarme las ideas absurdas que seguramente estaban sobrevolando en su cabeza.

Relamí mis labios y murmuré:

- Amistad. ¿Eso te suena?

Acongojado y herido, se fue de espaldas al sofá y comenzó a masajearse las sienes.

De verdad esperaba que aceptara, ya que si no lo hacía, perdería cualquier esperanza y posibilidad. Yo, realmente creía que si las relaciones fracasaban era porque carecían de una buena comunicación, y la única forma de tener una comunicación excelente era por esa vía: amistad. De la amistad podían nacer muchas cosas, siempre sin dejar de ser amistad. El único impedimento que yo le encontraba a todo esto, era el miedo, el miedo siempre se interponía. Había escuchado que el miedo podía salvarte de muchas cosas, ya saben, instinto de supervivencia. Pero en lo que a mí respecta, el miedo estorbaba más de lo que ayudaba.

El instinto de supervivencia parte de las decisiones, no del miedo. Y las decisiones, están impulsadas por la capacidad de análisis de la persona, no por los traumas más tarde concebidos como miedo.

- ¿Quieres ser mi amiga?

Preguntó, receloso.

- Si.

- ¿Segura?

Insistió.

- ¿Por qué diría algo de lo que no estoy segura?

El momento del llanto había terminado, ahora se respiraba un ambiente bastante hostil.

- Humm. – Dudó. - ¿Podrás?

Solté una risita amarga.

- Me engañaste con tu ex – novia, Edward. Me hiciste daño, lloré por ti más de lo consideré posible. Mírame, todavía no me recupero del todo. – Se encogió ante mis palabras. – Darte la espalda y subir a ese auto… - Dije, recordando el modo en que me había marchado. – Fue una de las cosas más horribles que he hecho. – Suspiré. – No quiero aborrecerte y maldecirte por toda la eternidad, no quiero recordarte y sentir rencor. Esa sería la manera más sencilla de arruinarme la vida. - Tenía que controlarme, no era bueno hablar en caliente. Se podían decir muchas cosas sin realmente quererlo. - Y yo... Yo quiero ser feliz, muy feliz. No creo que apartarte de mí y detestarte me haga feliz. Me hiciste daño, en verdad me heriste, no creí sentir este dolor jamás.

Allí empezó la lloradera, nuevamente.

- Pero tampoco quiero sufrir eternamente, y mucho menos odiarte. Por eso quiero ser tu amiga. Hay cosas en ti que no he visto en nadie más, cosas buenas. Creo que eres más valiente de lo que tú piensas, hoy en día, no se tiene la suerte de conocer a alguien así. Entonces... - Apenas si podía distinguirlo, las lágrimas escocían, quemaban igual que el ácido. - Es evidente, que una etapa terminó, pero podemos empezar una nueva.

Resopló.

- ¿No te parece cruel?

- ¿Cruel?

- Yo te amo, Bella.

Me encogí.

Lo amaba, pero no podía decirlo, no debía.

- ¿Sabes qué podría debatir eso?

Se alborotó los cabellos con exasperación y apretó los dientes. Él lo sabía. Con una sola frase mía, las razones que sostenían su supuesto amor se vendrían abajo. ¿Si me amaba por qué me había engañado? ¿Eso era amor?

- Amigos. – Sopeso la palabra. - ¿En serio? – Una sonrisa burlona curvó sus labios. – ¿Puedes verme salir con otras? ¿Puedes estar cerca de mí sin pensar ni una sola vez en besarme? ¿Puedes soportarlo?

Sonreí. Esta sonrisa era sincera. ¿En serio creía que no había meditado todo eso? ¿Qué creía que había estado haciendo todos estos días? ¿Sólo llorar?

- Sí, Edward. Puedes salir con quien quieras, acostarte con quien quieras, incluso podría conocerlas, puedo verte, estar cerca de ti, puedo hacerlo. ¿Sabes por qué?

Lo reté, removiéndome en el asiento.

- Porque sé quién soy, tú… Tú nunca me hiciste ser alguien. Yo ya era Bella, la chica pobre, la que no tenía ni en dónde caerse muerta... pero era Bella. Siempre lo he sido.

Ahora más fuerte que antes, me faltó agregar.

Rodó los ojos.

- ¡Eres una enferma! – Estalló. - ¡¿Cómo puedes pedirme eso?! ¡¿No tienes corazón?!

- ¿Una enferma? Tú haces lo que te viene en gana, ¿y yo soy la enferma? No, Edward. Simplemente le soy fiel a mi manera de ver las cosas, y me aseguro de que mis acciones y mis ideas vayan a la par. ¿Por qué no podría ser tu amiga? ¿Por qué fuimos novios? Eso es como decir que una oruga no puede ser mariposa, simplemente porque alguna vez fue una oruga. Los seres humanos somos cambiantes, así es como nos mantenemos. No podemos permanecer toda la vida en el mismo lugar. Nos equivocamos, nos movemos, conseguimos la gloria y nos seguimos moviendo. Siempre en constante cambio.

- Si fuera como tú dices no habría estabilidad. Nos perderíamos entre tanta fluctuación.

Me responde, ya más calmado.

- No puedes perder algo así Edward, a menos que... A menos no sepas quién eres.

Abrumado, se queda sin palabras. Dí en el clavo, eso es lo que a Edward le daba miedo aceptar.

Sin pensarlo mucho, por temor a arrepentirse, dice lo primero que le viene a la mente. - Está bien. Intentémoslo, pero si resulta demasiado complicado, debemos decirlo. ¿De acuerdo?

- Tienes que prometer, que esta vez seremos sinceros.

Me mira directo a los ojos y lo promete.

- Lo prometo.

- Lo prometo.

Le aseguré.

Luego de nuestra breve e intensa charla, siento que al fin puedo relajarme. Quizá forzamos demasiado las cosas, quizá debimos empezar por el principio. Ojalá tenga razón, ojalá él pueda enfrentarse consigo mismo, porque esa lucha, yo no podía asumirla y mucho menos salir triunfante de ella.

- Bueno, amiga. – Sonrió sin ganas. – Dejando esto aclarado, tengo algo que ofrecer.

Esperé para que prosiguiera.

- Esme podría venir mañana y grabar lo que sería tu audición. Ya que es algo complicado salir ahora... La prensa lo complicaría. - Es cierto, todos quieren una declaración mía. - Esperemos una semana más, y te prometo que todo esto se irá calmando.

Eso era algo imposible de creer.

- ¿Grabar mi audición?

- Ya que no puedes ir al estudio…

- Oh, no sé.

- ¿Tienes miedo ahora? - Bromeó. ¡Joder! Ya empieza a tener ánimo para fastidiar.

Fruncí el ceño.

- No. Sólo que… Con todo lo que está pasando, una audición no sería demasiado…

- Conveniente.

- ¿De qué hablas?

- El escándalo podría ayudar en tu popularidad. Bueno, eso sería si pasaras, la audición.

- Sí, pero… ¿Y tú?

Se encoge de hombros.

- No puedo hacer nada. Por el momento todos me odian, y mientras mi abogado trata de esclarecer el asunto, sólo me queda ser paciente.

Asiento, absorta.

- Está bien. Haré lo de la audición.

- Saldrá bien, ya verás. No necesitas ensayar, se espontánea como siempre.

Entorné los ojos.

- No creo que eso sea lo único que cuente.

- Tu voz es buena, pero es más lo que proyectas, concéntrate en eso.

- Bueno.

- Mañana mismo tendrás una respuesta.

Me quedé perpleja.

¿De verdad?

- Si.

- Lo haré lo mejor que pueda.

- Lo sé.

- ¿Y Rosalie?

Me sorprendo ante mí pregunta. ¡ESTÚPIDA! ¡ESTÚPIDA! ¡ESTÚPIDA!

Se queda inmóvil por un momento.

- Me reuní con ella y con su abogado hace un par de días, están queriendo llegar a un acuerdo.

Me observa para ver cómo he tomado su respuesta.

¿Acuerdo?

- No comprendo.

- Económico.

Estoy segura que he puesto ojos de huevo estrellado. No comprendo porque alguien como ella pediría dinero. No tiene sentido. ¿Dinero? Ella nadaba en dinero.

- ¿Y, el bebé? - Sentía la boca seca, pero no me importó. Tomar agua probablemente me haría vomitar.

- Pediré la prueba de paternidad.

Asentí, me parece lo más adecuado.

- Podría casi asegurar que es mío, pero, el abogado dice que debo pedirla. Asuntos legales.

Me explica. Era agotador escuchar todo eso, pero sobreponerme estaba resultando más sencillo de lo que creía. O eso esperaba.

- ¿Estás bien?

Hizo una mueca, se sentía incómodo.

- Si. Es doloroso, no te lo niego, pero estoy bien.

- Es más extraño que doloroso.

Asiento.

- Puede que sí.

- Cuando la gente se entere que somos amigos, creerán que estás loca.

Sonrío a medias.

- No creo estar loca, por lo menos no ahora. En todo caso, estaría loca si volviera contigo en plan de pareja, así como si nada.

- ¿Ser mi amiga no es casi lo mismo? De cualquier forma, significa volver.

- Hay demasiadas razones por la que no es lo mismo.

- ¿Cómo cuales?

Coloqué un mechón de cabello detrás de mi oreja pero al instante me arrepentí y lo regresé a su lugar.

- El sexo no está permitido, y si me fuera a ir mañana de vacaciones a Hawái no tendría porque informarte, digo, lo haría quizá como una atención, pero no sería imprescindible. Quiero decir, en el futuro, ser amigos marca una gran diferencia.

- Ya. No existe el "nosotros"

- No de esa forma.

Asiente.

- Pero si llegara a ser demasiado duro...

- Te lo haré saber.

- Igual, si llegara a ser demasiado duro para mí, te lo diré.

- Bien.

Aparta el cabello de su rostro y me observa cabizbajo.

- Bueno, me voy.

- Claro.

Se pone en pie, y se acerca, pero al darse cuenta de lo que hará, se detiene de inmediato.

- Pues… ¿Hasta luego? - Me pregunta, nervioso.

- Si.

Hace un torpe gesto con la mano a modo de despedida, y abochornado se da la vuelta para irse.

Contuve el aliento hasta que escuché la puerta cerrarse.

¡Diablos!

Igual, rendirse no estaba en mi hoja de vida.

- Ojalá puedas con esto Edward, ojalá me sorprendas al final…

Murmuré.


Hola!

Gracias a todas por sus hermosos Reviews y sus comentarios de facebook.

Yo sé que esta es una historia algo complicada, pero no he querido disfrazar de ninguna manera las acciones y debilidades de los personajes. Están en toda su libertad de dejar de leer, de igual forma, aprecio muchísimo todos sus comentarios.

Nos encontramos en la recta final, apróximadamente nos quedan ocho capítulos o nueve. De verdad espero que los disfruten. Y en cuanto a la confesión del capítulo anterior, no quisiera todavía revelar el nombre del artista que ha inspirado esta historia. (Aunque, si me tienen agregada en facebook, resulta bastante obvio.)

En fin, un abrazo para todas desde México. Se les quiere.

Anabelle.