Capítulo 24.

―Se tomaron su tiempo.

Así nos recibió en su departamento Terry Granchester, el actual y algo molesto hermano menor de Albert.

Extrañamente no sentí ni el más mínimo asomo de vergüenza al verlo, aunque era perfectamente consciente de que la primera vez que me vio no fue de la forma adecuada, pero ¡al demonio las primeras impresiones!

―¿Hiciste té? ―Albert como siempre al rescate, evitando situaciones incómodas.

―Como lo haría todo caballero inglés que sabe atender a sus visitas ―su tono dramático y ligeramente burlón, dejaba bien claro que su pasión estaba centrada en el arte histriónico―. Pensé hacer también un poco de café, pero supongo que ya no les hace
falta el golpe de cafeína para terminar de despertar ― y que disfrutaba fastidiando a Albert, pero el rubio se mantuvo impasible, y su estoicismo me permitió estudiar un poco más a fondo a su hermano pequeño.

Sus facciones lo hacían perfecto para un mundo que tiende a engrandecer a las personas físicamente bellas: con un sedoso cabello oscuro que enmarcaba a la perfección a un hermoso rostro de piel blanca y ojos azules, sonrisa pícara y un aire de autosuficiencia;
además de un cuerpo sumamente cuidado que con un arreglo pulcro y elegante, dejaban en claro que Terry debía ser el motivo de miles de suspiros adolescentes y no tan adolescentes a lo largo y ancho del mundo, porque ahora que lo veía, reconocí su
rostro de las portadas de las revistas de espectáculos y el rumor de Terry Graham se hizo real.

―¿Y mis galletas? ―preguntó analizándonos a ambos desde el sillón en el que estaba sentado, tan ufano, tan él, sin mostrar siquiera un poquito de reserva.

―Están en la alacena. Donde siempre.

La actitud de Terry a mí me pareció un poco chocante y ligeramente engreída, pero Albert sonreía de oreja a oreja y respondía a la forma de ser de su hermano con paciencia y cariño. Como si de verdad fueran familiares que se conocen de toda la vida, o
como un par de amigos que han vivido demasiadas historias juntos.

―Permítanme ir por ellas y servir el té.

Aunque no estaba avergonzada sí me sentía ligeramente incómoda y generalmente, aunque haya intentado bloquear esa parte de mi cerebro, cuando me siento un poco fuera de lugar o rodeada por desconocidos, regresó al rol social del que siempre he intentado
alejarme: la mujer que sabe servir el té de forma adecuada.

―¡Por supuesto que no! ―dijeron ambos al mismo tiempo, Albert tomando mi mano para detenerme porque ya me estaba encaminando a la cocina, y Terry poniéndose de pie con aire ofendido.

―¿Dónde están tus modales Andrew? ―reprobó Terry con una sonrisa irónica mirando a Albert―. Recuerda que eres un caballero inglés, hijo de un noble y te tienes que comportar a la altura ―el príncipe río.

―Candy, este insolente muchachito es Terry, el hijo de Richard y será él quien nos sirva el té ―el aludido sonrió―. Terry, ella es Candy ―«así nomás» pensé, «Candy a secas», y Terry se dio cuenta.

―Terruce Graham, señorita. A sus pies.

Haciendo gala de sus dotes dramáticas se inclinó a besar mi mano, yo volteé a ver a Albert sin saber qué hacer, y el rubio, suspirando, se limitó a voltear los ojos y reír.

―Ahm, Candice Brigton ―titubeé―, un gusto…, señor Granchester. Pero mis amigos me dicen Candy.

―Entonces, Candy, llámame Terry. Creo que después de lo que vi está mañana podemos ya considerarnos amigos ―y los colores se me subieron al rostro.

―Déjate ya de payasada, Terry y ve por el té ―interrumpió Albert dándole un empujón a su hermano y murmuró una disculpa en su nombre.

―¡Ah, el mundo moderno! Todos están tan acostumbrados a la descortesía, que no logran apreciar lafineza de la galantería y sinceridad inglesa ―recitó el muchacho entre sonrisas mientras se dirigía a la cocina.

―¡Viviste en Estados Unidos hasta que tuviste doce años, pasaste unos seis años en Inglaterra y después volviste a Nueva York!

―Pero la noble sangre inglesa recorre mis venas desde siempre ―respondió el insolente muchacho riendo.

Verlos sonreír uno al lado del otro me llenó de ternura, después de todo, la sonrisa sincera de Albert pocas veces salía a la superficie y en ese momento pude darme cuenta de que durante diez años, Terry había sido uno de sus pocos amigos, quizá el único
y eso me hizo sentir un cariño inmediato por él.

―Espera ―dije recordando un detalle que casi me pasaba por alto―, ¿por qué te llamó Andrew?

―Porque no tiene cara de Albert ―gritó Terry desde la cocina, y acompañando a su voz, se escuchó el sonido de tazas que entrechocaban.

―¡Ocúpate de no romper el juego de té caro! Al duque le dará un infarto si tiene que atender a sus visitas con tazas despostilladas de nuevo ―Terry rió con ganas―. Llegué a Londres el día de San Andrew, y Terry decidió que si todos me estaban poniendo
nombres, él también podía hacerlo y, honestamente, Andrew me sonó mucho mejor que imbécil, estúpido y malagradecido.

―Frankie, no le sentaba nada bien ―intervino Terry, dejando una charola con té y galletas en la mesita de la sala y nos invitó a sentarnos―; los italianos son muy poco creativos para los nombres, además, los muy idiotas no le pusieron el nombre correcto,
quien estaba lleno de costuras y cosas raras era la criatura ―Albert volteó a verme con una sonrisa cómplice―. Y aunque todos lo llamaban Albert, porque lo único que logró balbucear por días enteros fue: Bert, Bert, Bert; cuando lo conocí, un par
de semanas después de su triunfal llegada a suelo inglés, al escuchar su acento escoses, me pareció que Andrew le sentaba mejor.

―Albert Andrew Granchester ―dije mirándolo y recibiendo una sonrisa como respuesta.

―Albert Frankenstein Andrew Granchester ―suena mejor, completó él y todos reímos.

―Tenemos mucho de qué hablar Andrew, pero antes de pasar a temas más serios, te traje algo ―dijo Terry, se puso en pie, caminó hacia una mesilla que estaba al lado de los libreros, y levantó un libro viejo―. Me hace muy feliz ver que estás recuperándote,
hermano.

―¿Flores para Algernon? ―preguntó Albert―. Se supone que el que tiene problemas de memoria soy yo, esté ya me lo habías dado.

―Claro que sé que ya te lo había dado, tonto, pero éste es una primera edición y me pareció perfecto para la ocasión ―y yo no estaba entendiendo nada.

―¿Puedo preguntar…?

―Cuando nos conocimos, tu Albert, tenía un carácter de los mil demonios, y recibió mi primera visita al hospital de la forma más grosera posible. Me gritó, me corrió e hizo pedazos el regalo que le llevé.

―Estaba confundido y asustado y me llevaste rosas blancas ―intentó disculparse el rubio―. No me gustan las rosas blancas ―explicó viéndome a mí―, tienen la virtud de hacer que mi miedo se vuelva tristeza sin ninguna razón aparente.

―«¡Las rosas son para los enfermos!»,me
gritó el muy desconsiderado ―dijo Terry de nuevo de forma ligeramente más dramática de lo necesario―, «¡Y las flores blancas
son para los funerales!»,continuó, y, así, después de sacarme a empujones de su habitación, las rosas que tan cuidadosamente
había elegido la asistente de mi padre, terminaron magulladas y regadas por el piso.

―Me he disculpado infinidad de veces contigo por eso ―Terry se encogió de hombros restándole importancia.

―La segunda vez que fui a visitarlo, no me atreví a llevarle flores, pero sí le llevé un libro.

―Flores para Algernon ―rió Albert―. El muy sínico no me llevó rosas blancas, pero me llevó Flores…, para Algernon, un libro de Daniel Keyes, que narra la historia de un hombre con retraso mental, que es sometido a una operación experimental a la que había
sido ya sometida Algernon, una rata, para poder darle un IQ normal. Pero, aunque las cosas mejoran mucho para él, la novela no tiene un final feliz.

―¿Le regalaste un libro que habla de una persona con problemas mentales y sin final feliz, a un hombre que acababa de perder la memoria? ―pregunté ligeramente escandalizada.

―¡Él destrozó mis rosas! ―se defendió Terry.

―Y tú hiciste que por vez primera me sintiera como una persona normal ―dijo Albert mirando a su hermano con profundo agradecimiento―. Durante mucho tiempo la gente me trató con pinzas, y desconfianza, como si cualquier cosa que me dijeran pudiera ser
contraproducente para mí y para ellos; pero mi hermanito, con un solo gesto, mordaz e insolente, me hizo reír de verdad.

―Tienen un sentido del humor algo retorcido ustedes dos ―ambos rieron.

―Y desde entonces ―continuó Terry―, siempre que vengo de visita, le traigo una flor distinta a mi hermano mayor, esperando su pronta recuperación.

―Pero esta no es una flor distinta ―murmuré.

―Pero sí especial ―respondió Terry―. Además me estoy quedando sin títulos que regalarle.

―¿Qué te trae a Londres en esta ocasión? ―preguntó Albert.

―Quería verte después de lo que platicamos la semana pasada. Quería tener una idea más clara de todo lo que te está pasando, y creo que comienzo a comprender ―dijo mirándome.

―¡Válgame el cielo! ―el drama también se me daba a mí y sentí que Terry iba a comenzar a analizarme así que decidí huir―. ¿Qué hora es?

―Casi las ocho de la mañana.

―Tengo que estar en el trabajo a las nueve y aún debo ir a mi departamento a cambiarme.

―¿Quieres que vaya contigo? ―ese tono dulce y varonil de Albert me hizo dudar un momento.

―No, quédate a charlar con tu hermano. Vino especialmente para verte, tomaré un taxi.

―Thomas está abajo, puedes pedirle que te lleve a donde necesites ―intervino Terry.

―Gracias.

―Te veré más tarde ―dijo Albert, poniéndose en pie para acompañarme.

―Me dio gusto conocerte Terry.

―Igualmente, Candy. Prometo tocar la próxima vez ―respondió con sorna y yo hice como si no lo hubiese escuchado y seguí caminando hasta que Albert abrió la puerta.

―Lamento que Terry…

―No te preocupes ―sonreí.

―Sé que había dicho que me iba a comportar como un caballero, Candy, pero no me arrepiento ni por un segundo de no haberlo sido.

―Yo tampoco ―respondí sonrojándome.

―Te veré más tarde ―dijo acariciando mi rostro.

―Más te vale ―murmuré y poniéndome de puntitas le di un fugaz beso.

―¡Consigan un cuarto! ―gritó Terry desde la sala desternillado de risa.

Albert suspiró profundamente y yo cerré la puerta y al hacerlo lo escuché decir:

―Agradece que no recuerdo ninguno de los métodos de tortura que se supone que debería saber siendo espía, porque de hacerlo en este momento estarías a punto de pasarla pésimo Granchester.

Y aunque debía sentirme avergonzada, me sentí feliz sabiendo que Albert estaba mejorando, que yo era parte de su vida, y que había al menos otra persona que lograba hacer que el hombre taciturno que había conocido hacía algunos meses riera de verdad.

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Bien, actualización lista. Cortita pero lista. Lamento la falta de constancia, pero ando intentando acomodar la vida real y la escritura y a veces, cuando tengo tiempo, el muso parece decir "no reina, si no es cuando tengas tiempo, es cuando yo quiera" así que, nada… lento, pero aquí estamos. Agradezco mucho su paciencia y el hecho de estar recomendando mi historia a más personas. Tengan un lindo fin de semana y como siempre, sus comentarios son mi sueldo.