Disclaimer: Saint Seiya no me pertenece de ninguna manera, aunque amaría ser dueña de Isaak de Kraken como mínimo, los derechos pertenecen a Masami Kurumada. Crossroads está escrita con propósitos de entretenimiento, y como ejercicio de escritura; Aimée y Eva sí son personajes de mi propiedad, y son una parte de mi propio ser.

Feliz lectura :3

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Capítulo 25: Upside Down

Camus daba vueltas de aquí para allá dentro de la enorme biblioteca que tenía la Casa de Acuario, buscaba en uno y luego en otro y para ese entonces ya tenía una pila de libros sobre el escritorio que estaba por caerse bajo su propio peso. Aldebarán lo miraba exasperado, apretándose los brazos con las muñecas como para contener las ganas de inundarlo de preguntas y apoyado contra la pared. En una de las sillas estaba sentada yo, e Isaak estaba apoyado de espaldas contra la mesa buscando en un libro lo que Camus llevaba horas buscando por toda la biblioteca.

Cuando Camus cambió de estante por enésima vez, rodé los ojos y apoyé el mentón sobre mis brazos en la mesa.

"¿No podría decirnos algo por lo menos?, llevamos dos horas viéndole andar por este lugar refunfuñando por lo bajo."

"No seas impaciente." – Amonestó Isaak mientras quitaba la vista del libro para mirarme a mí, sacarme luego la lengua, y continuar con su lectura. Me reí por lo bajo y volví a mirar con detalle la sección de libros por la que se paseaba Camus; algunos ejemplares estaban en francés –que nunca había leído muy bien a pesar de saber hablarlo- pero lograba entender un poco, en los lomos de algunos había títulos como: "Problemática del Congelamiento de Cuerpos Vivos y Muertos", "Criónica" y "Medicina Forense", giré la cabeza para otro lado antes de que me diera una baja en la presión del estremecimiento, ya había visualizado mi mano morada y a Camus con un hacha o una motosierra cortándola mientras yo miraba, atada y dando alaridos. Pasado el susto, caí en cuenta de lo raros que se veían, en un mundo como el nuestro, esos tres ejemplares -si no eran más- de medicina moderna, lo normal en otros tiempos hubiera sido, simplemente, encender una fogata y compresas de agua caliente nada más.

- ¿Y bien?- preguntó un muy exasperado Aldebarán cuando Camus se bajó de la escalera de la biblioteca sin un solo libro en la mano. Juraría que el Santo de Acuario estaba conteniendo las ganas de rodar los ojos, como si fuera obvio lo que sea que estuviera pensando. Isaak continuó hojeando el libro que tenía en la mano, sin molestarse en voltear a mirar a su maestro cuando se acercó a nosotros.

- No lo sé- dijo sinceramente- no encuentro un solo registro de un caso así antes entre alguno de los Caballeros de los Hielos.

- ¿Y hay algo que se pueda hacer?- Insistió mi maestro antes de que yo pudiera si quiera abrir la boca para hacer, más o menos, la misma pregunta. Isaak cerró el libro y levantó la cabeza, esperando la respuesta de su maestro.

- Lo que había recomendado años atrás. – Dijo mirando a Aldebarán, y luego desviando la mirada hacia mí – Aimée, tú no tienes el entrenamiento necesario para manejar el aire frío, según veo, a largo plazo. Lo que hicimos antes sólo fue un acondicionamiento para que no te lastimaras, pero si tu propio cuerpo rechaza ese uso del Cosmo, preferiría que no volvieras a utilizarlo en mucho tiempo.

- Maestro, ¿no cree que debería agotarse el recurso de, por así decirlo, un entrenamiento bajo las mismas condiciones en las que entrenamos Hyoga y yo años atrás?

Camus, Aldebarán y yo miramos a Isaak como si nos hubiera acabado de insultar y no lo creyéramos, ¿hablaba en serio? ¿Entrenar otra vez… y en Siberia? Yo no me oponía del todo a la idea siempre y cuando no fuera Camus quién viajara conmigo, él no me aguantaba ni yo a él; Isaak quedaba descartado por obvias razones y quedaban Hyoga y Crystal para hacerse cargo de tamaño encargo; pero, ante todo, estaban mis compromisos con Atlantis y Asgard, donde estaba a punto de cerrarse el acuerdo, y tal vez muy pronto se reunirían representantes de todos los Santuarios para celebrarlo… me mordí el labio, en parte exasperada por lo que me estaba pasando, todavía me dolían el brazo y las manos de vez en cuando, por lo que tenía que estar atenta para hacerme compresas calientes y estabilizar el flujo de energía con mi Cosmo de Tierra para que no se saliera de control.

- Eso habría que consultarlo con el Patriarca.

- Eso no es una opción en éstos momentos- todos me miraron con severidad -, el tratado con Poseidón, ¿recuerdan?

La cara de Isaak era todo un poema, parecía como si por unos segundos hubiese olvidado a quién debía su lealtad y la importancia de aquel tratado, pero luego se encogió de hombros y asintió en silencio.

- Aun así, esto hay que informárselo al Patriarca, tal vez él pueda darnos otra solución.- concluyó Aldebarán. Luego de eso, salí de Acuario como alma que lleva el diablo en compañía de Aldebarán, Isaak se quedó con la excusa de que tenía unos asuntos que consultar con Camus. Nos despedimos con señas, probablemente lo vería más tarde en mi cabaña, así que daba igual que se quedara un rato o el resto del día con su maestro.

En Capricornio nos encontramos a Shura y Eva entrenando, supuestamente. Se pusieron rojos hasta las orejas cuando Aldebarán se aclaró sonoramente la garganta, yo lo miré con reprobación fingida antes de soltar la carcajada, la cara de Eva, que hasta antes de ese momento estaba adornada con una sonrisa de oreja a oreja, se puso pálida y en dos segundos tenía un gesto serio. Shura se lo tomó con más calma y ni siquiera se levantó del suelo de un brinco, tardó el tiempo que consideró necesario antes de acercarse a nosotros y saludar a mi maestro con un apretón en el brazo. En el segundo piso, alcancé a ver a Alina, la vestal, asomarse con una ceja levantada y alejarse luego renegando para sí.

- ¿Y a ella que bicho le picó?- le dije a Eva, con las cejas contraídas.

- Le caigo mal, pero no sé por qué, no importa, ¿tú cómo vas, tía?

Le mostré a Eva las vendas de mis brazos y manos como respuesta y luego un pedacito de piel que todavía estaba enrojecido por el frío e intento de congelamiento del día anterior. Su boca se contrajo en una "O" enorme y luego me miró, preocupada. Le resté importancia con las manos y le conté mejor lo que había dicho Isaak y lo que había sugerido Camus, que en esencia era lo mismo, eso significaba que tendría que fortalecer todavía más el resto de mis técnicas en mis entrenamientos y para ello ya había pedido la ayuda de Aldebarán, a lo que accedió gustoso una vez me recuperara por completo.

- ¿Y tú, todavía tienes problemas con Sagitta?- Se encogió de hombros.

- A veces, molesta mucho cuando paso por la Casa de Géminis, es horrible, pero se ha ido controlando.

Conversamos otro rato y traté de sacarle información acerca de las condiciones de Apolo y la petición de Poseidón y lo que habían dicho Atenea y el Patriarca del asunto, pero su única respuesta había sido que desde que tenía un puesto en la Orden, sus contactos había decidido olvidar que le debían favores en sus años de vestal y no volvieron a confiarle nada, los muy cobardes, de modo que era poco lo que lograba saber por esos días, sabíamos que el Patriarca tendría que llamar a Marah un día u otro para contarle de manera oficial; y que yo sería llamada también en algún momento para recibir instrucciones sobre cómo hablar del asunto en Atlantis.

Me despedí de Eva cuando Aldebarán emprendió el descenso hasta Tauro, y brevemente de Shura también, desde que estaba con mi amiga se había vuelto más amigable. En Scorpio, un escalofrío me barrió la espalda, de entre las columnas, Milo salió para preguntar por el estado de mis brazos, Aldebarán y yo nos miramos extrañados, pero le contamos brevemente que estaba mejor, sin darle muchos detalles. Nos dejó pasar mientras emprendía el camino hacia las Casas superiores, probablemente hacia Acuario.

- ¿Por qué será que siempre se fijan en ti los tipos que menos te convienen?- dijo Aldebarán, mirando al cielo como lanzando una plegaria y alzando los brazos antes de tomarse la cabeza con la manos. Lo miré con una ceja levantada, ¿ese uso tan inesperado del plural incluía a Isaak? Porque si era así, íbamos a estar toda la vida en desacuerdo.

- Qué sé yo… - me encogí de hombros y lancé una mirada discreta hacia la Casa de Escorpio. – No sé qué cables se han cruzado en la cabeza de Milo, maestro, pero yo no he hecho nada.

- Eres tan inocente, debe ser eso…- habló, más para sí mismo que conmigo. Me reí, Aldebarán todavía pensaba que yo era una chiquilla ingenua que podía ser engañada fácilmente, pero me las había tenido que ver por más de un año con Julián y su cara de póker para los negocios, y otras tantas situaciones en Atlantis con los Generales Marinos, además de con Santos tan molestos como Shaina y el nuevo Perseo, que muy poco me quedaba de inocente, pero él seguía comportándose como un papá sobreprotector y por eso Camille iba de tanto en tanto a chequearme a mi cabaña, se volvía hasta molesto cuando quería algo de privacidad para mí, pero ella no tenía la culpa, muchas veces en venganza, la raptaba por horas para que charlara conmigo y me contara las novedades de Tauro que Aldebarán no decidía contarme; hasta me había soltado que Aioria y Marin planeaban casarse, fue una gran sorpresa, pero eran la pareja más bonita del Santuario y se merecían felicidad por montones.

- No sé, maestro…

- Ten cuidado, no sea que…

- Maestro, estoy felizmente emparejada, ¿recuerda?- Aldebarán volvió a poner cara de tragedia, se tapó el rostro del todo y después me brindó una sonrisa amplia, al tiempo que me revolvía el cabello cariñosamente.

- Cierto, creo que ese alacrán debe irse con cuidado entonces…

Nos reímos a costa de Milo todo el camino hasta Tauro, donde Camille nos recibió con abrazos y besos para ambos, era la primera vez que la veía besar a mi maestro delante de mí y casi me da un infarto de la impresión. Luego, se perdió por entre los pasillos mientras mi maestro y yo comenzábamos mi nueva rutina de entrenamientos, o al menos, comenzábamos a discutir cómo íbamos a lograr que mi flujo cósmico no se desestabilizara nuevamente y me dejara en K.O.

…..

Al fondo, varias voces daban a entender que un grupo de personas estaban en medio de una fiesta: gritos, risas y botellas que chocaban contra otras, además de una canción que cantaban una y otra vez "minä kaiken juon minä elämäni juon". Estaba recostada en un sofá, tapada con una cobija mullida, guantes y calcetines calentadores, días atrás había caído enferma de neumonía y apenas comenzaba a recuperarme. El invierno había llegado por fin, la noche anterior había caído una gran tormenta que había acelerado todo: la nieve cubría los caminos y era tanta que harto había costado despejar las vías en Heinavesi.

A mí lado, contra el mueble, Villi estaba tratando de leer algo, pero no podía concentrarse, se movía y daba vueltas en el espacio que ocupaba en el suelo junto a mí, también cubierto de pies a cabeza con prendas calentadoras. Los adultos estaban en la otra habitación bebiendo y celebrando la llegada del Año Nuevo mientras quemaban una herradura hasta derretirla y luego jugaban a adivinar qué deparaba para el año la figura que se reflejaba dentro de un recipiente con agua. Me removí en el mueble, Villi se dio la vuelta y apoyó la cabeza junto a la mía.

- ¿Estás mejor, pieni?

- Ei- Villi se levantó y a los pocos minutos regresó de la mano con mi mamá, arrastrándola casi junto a mí. Le dijo que estuviera tranquilo que yo iba a estar bien, y se sentó en uno de los brazos del sofá mientras mi madre, de rodillas en el suelo me tomaba la temperatura con el reverso de la palma en el cuello y la frente.

- ¿Te sientes mejor, hijita?- volví a negar con la cabeza, conteniendo un ataque de tos que me dio en ese momento. Villi tomó el jarabe que había en una mesita y se lo entregó a mi mamá que me dio de beber desde la botella y a dos sorbos. Luego me acomodó otra vez las cobijas. Sus ojos oscuros se veían preocupados, se ató el cabello castaño corto en una pequeña coleta y me alzó en brazos, Villi tras nosotras quién abrió la puerta de la habitación y ayudó a acomodarme sobre la cama.

- Tú también, Isaak, vete a dormir- Villi obedeció y se metió conmigo en la cama, me dio la espalda y se cubrió con otra cobija que le tendió mi madre. Al rato, entraron por la puerta Lumi y Sade, los dos Malamutes de la familia, y que usábamos para empujar el trineo durante el invierno. De un brinco saltaron a la cama y se acomodaron en la parte de abajo, Lumi junto a mí y Sade junto a Villi.

….

Al otro día, mi mamá entró con mi papá y tras ellos, la madre de Villi; nos cargaron a ambos y nos metieron al auto. Hacía mucho frío, enero había llegado con otra tormenta de nieve y estábamos a unos kilómetros de nuestras casas. El motor tardó en encender, mi papá tuvo que atar a Sade y a Lumi para que ayudaran a desatascar las llantas de la nieve mientras la mamá de Villi conducía. Llegamos a tiempo de meternos en nuestra casa todos, mientras la tormenta caía nuevamente y con mayor fuerza que la noche anterior. Vivíamos en una zona apartada de la ciudad, lejos de cualquier rastro de civilización en un lugar escogido especialmente por mis padres para ofrecerme a mí una crianza tranquila y austera.

Pasó una semana completa en la que tuvimos que quedarnos encerrados y sin posibilidades de salir, a veces nos aburríamos mucho porque los adultos hacían sus cosas y nosotros teníamos que buscar entretenernos con algo y jugar con los perros, que nos mantenían calientitos a Villi y a mí. A los pocos días, la despensa se fue vaciando, en algún momento, mi papá y Helli, la mamá de Isaak, fueron a su casa por más víveres, que alcanzaron para que siguiéramos cómodos por varios días más. Cuando todo empezó a escasear sin que hubiera forma de reponerlo, hasta los perros se vieron afectados, Villi y yo les dábamos pedazos de nuestra comida cuando nadie nos miraba, y ellos a cambio nos brindaban calor y besitos con sus enormes lenguas. La primera en caer enferma por el frío, el estrés y el encierro, fue la mamá de Villi, Isaak era muy parecido a ella; estuvo varios días con fiebre, fue muy estresante para todos, por un lado, porque la carga de la casa y de nuestro cuidado recaía en mamá, que a veces no daba abasto, tal vez por eso había enfermado ella al poco tiempo, mientras aunaba esfuerzos con mi papá para proporcionarme a mí y a Villi los mejores cuidados y atenciones con la esperanza de que la tormenta pasara pronto y pudiéramos salir hacia el pueblo, en Heinavesi, en busca de un médico y víveres.

Pasaron varios días y todos comenzamos a enfermar por el frío y la falta de alimento, la sauna se había averiado y llevábamos varios días sin agua caliente. Dormía buena parte del día, al estar tan débiles, ninguno se atrevía a levantarse más que para preparar alguna cosa que a duras penas y alcanzaba para todos, los perros aruñaban de vez en cuando la puerta pero nadie se atrevía a abrirla. Los adultos dejaron de moverse un día, y Lumi se empecinó en aullar y rasguñar la puerta hasta que Villi sacó fuerzas para levantarse y abrir la puerta por fin. Horas después, detrás de Lumi llegaron varias personas que nos sacaron de la casa y nos llevaron al hospital, esa fue la última vez que vi a mi familia y a los perros.

Me levanté sobresaltada al sentir a Isaak moverse en sueños junto a mí, murmuraba cosas en finlandés que no entendía porque hablaba muy bajo, casi para sí. Pensé que estaba soñando con mi familia otra vez cuando sentí leves descargas de su Cosmo, estaba recordando en sueños y me había compartido esas imágenes sin quererlo. Lo sacudí para que se despertara, su primera reacción fue lanzar un manotazo que esquivé con mucha suerte hasta que se despertó del todo con la respiración agitada y desorientado. No me habló, sólo apoyó su cabeza sobre mi hombro y me apretó contra él con tanta fuerza, que tuve que forcejear para que aflojara un poco. Estuvimos en silencio y abrazados por mucho tiempo hasta que por fin me dirigió la palabra.

- ¿Recuerdas que te dije alguna vez que tenía un mal presentimiento?- asentí, él levantó la cabeza y se quitó parte del cabello del rostro, lo tenía muy largo, casi por debajo de los hombros. – Ahora tengo esa sensación siempre, y encima esos sueños…- hizo un ademán molesto y apretó la sábana con los puños. Yo sabía qué clase de carga emocional tenía consigo, yo la sentía también de cuando en cuando, y la forma en la que había sido entrenado no le ayudaba a soportar los recuerdos, siempre le dolían más de la cuenta.

- Debes relajarte, rakkaani, ¿qué es lo peor que puede pasar?- se encogió de hombros. – No te sugestiones, ni traigas malos recuerdos que nos duelen a ambos, están en el pasado.

- Lo sé.

- Entonces duérmete que es de madrugada- Lo empujé de vuelta a la cama y me acomodé sobre su hombro, tardó mucho tiempo en relajarse y volverse a dormir, y cuando lo hizo, me quedé largo rato mirando el techo pensando en si hubiera existido alguna forma de salvar a nuestra familia, a los perros y seguir juntos, pero era demasiado tarde; tal vez sí estábamos destinados a estar en el lugar en el que nos encontrábamos después de todo.

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Mi cabaña estaba junto a la de Marah y muy cerca de la Shaina, para infinita desgracia de ambas. Todos los días Ofiuco salía a reparar algún daño, real o ficticio, en su techo; aunque a mí me olía que la cosa iba por otro lado, ya que desde el techo la visual daba directamente al Coliseo y buena parte de sus alrededores, de ahí que la víbora estuviera siempre tan bien informada de los avances de los aprendices de sus colegas y que los suyos molieran a golpes al resto. Marah la detestaba hasta la médula y Aimée también, a mí sólo me exasperaba su deseo incontenible de tocarle las pelotas a todo el mundo con cosas que no eran de su incumbencia, nunca había tenido problemas reales con ella, un eventual intercambio de malas palabras cada que me llamaba cagna siempre que Shura pasaba la noche conmigo, lo que no sumaba de tres veces, si mucho.

La mudanza había sido relativamente sencilla, las cabañas estaban amobladas y mi maleta de ropa no era muy grande, resentí unos días la dureza del colchón de paja pero estaba feliz, nunca había tenido esa clase de independencia en el Santuario desde que había llegado, y el tener un lugar que llamar "mi casa" se sentía poderoso. Sagitta seguía dándome problemas, en parte porque sentía cierta aversión hacia el Santo de Géminis y siempre trataba de salirse de control cuando cruzaba por la Tercera Casa, tuve que pedirle que confiara en mí para no meternos en problemas a ambas, y siempre recibía insultos hacia el Santo de Géminis como respuesta. Cuando Aioros había dicho el primer día que era una armadura temperamental, no lo había dicho a la ligera, Sagitta estaba empeñada en darme órdenes todo el tiempo y a veces me exasperaba que tratara de decirme todo el tiempo qué hacer y cómo, una de esas "órdenes" que vociferaba a mi Cosmo de vez en cuando era que aprendiera a ejecutar la Flecha Fantasma.

Ahí era cuando comenzaban a ser de utilidad las lecciones de tiro que Aioros me había dado antes de las pruebas, además de mejorar mi concentración, precisión y confianza. Pero aprender la técnica que Sagitta quería no era sencillo, requería que yo usara con un solo puño el mismo principio que usaba con ambas manos, las primeras flechas siempre salían disparadas para todo lado y hasta Aioros y Shura tuvieron que asistirme con sus armaduras puestas, no fuera que en uno de mis intentos quedara viuda y sin maestro.

- No puedo creer que tengamos que hacer esto así- Se quejó Aioros, mientras Shura estaba a nada de echarse a rodar por el suelo mientras esquivaban una flecha que voló entre sus cabezas.

- ¡Ya lo sé, maestro!- Protesté, dejando colgar los brazos en derrota y volviéndome a levantar para lanzar el puño, y con él una flecha, hacia una de las columnas detrás del Coliseo. Otra flecha salió disparada y ésta vez rebotó en la columna y salió hacia el brazo de Aioros que la esquivó por unos milímetros y un salto de varios metros antes de lanzar su propia flecha para desviar la mía hacia el suelo. – Estoy tentada a rendirme, pero Sagitta no me deja.

- No tienes porqué rendirte, sólo pídele que te dé tiempo, y ya está- Contestó Shura, jugando con la flecha que casi los mata unos segundos atrás, luego me la lanzó para que la atrapara. – Quédate con eso, y hazte a la idea.

Me dejaron entrenando sola pues tenían que reunirse con el Patriarca, al parecer seguían llegando noticias de Asgard y Atlantis. Me aburrí de entrenar a solas y sin nadie que me ayudara a contrarrestar los rebotes de las Flechas Fantasma que apenas y empezaba a usar. Llegando a mi cabaña, decidí hacerle una visita sorpresa a Marah, la vez pasada había quedado muy preocupada con las noticias que había recibido de Aimée, y no era para menos, Apolo estaba metiendo las narices en las negociaciones del Santuario con Atlantis, y el fin último de evitar nuevas y sucesivas Guerras Santas.

La puerta estaba entreabierta, la empujé con cuidado hasta que se abrió completa. La encontré sentada en una de las sillas del comedor mientras Aimée le hacía una trenza de las suyas, con cuatro y cinco hebras de cabello; ambas tenían el cabello larguísimo, esas trenzas les quedaban siempre muy bien y les eran útiles para entrar y combatir porque evitaban que un contrincante tomara ventaja de la longitud de sus cabellos.

- Hola, rapunzel número uno y dos, ¿me he perdido de algo?- Ambas me miraron feo en un esfuerzo vano por hacerse las ofendidas, pero les pudo la risa. Aimée tenía un peine en la boca y ambas manos ocupadas con los largos mechones de cabello de Marah, y la leona estaba sentadita muy derecha y con ambas manos sobre la mesa como toda una damita que era, para molestarla me senté sobre la mesa, la cara de horror que puso era de fotografiarse, Aimée abrió mucho los ojos y luego trató de contener la risa pero terminó tosiendo y botando el peine al suelo.

- Eva, Darling, please get off the table!- Chilló Marah con las uñas casi enterradas en la madera de la mesa.

- Nah, estoy cómoda, relájate.- La vi hipar un par de veces y forcejear con Aimée, que la tenía bien agarrada por el pelo.

- ¡No te muevas, Kitty, o nunca vamos a terminar!

- Pero Aimée… ¡tiene el trasero en mi mesa!- Aimée le haló el cabello tan fuerte que se llevó las manos hasta la cabeza, buscando las manos de la finlandesa para agarrarlas y hasta enterrarle las uñas si se descuidaba, Marah tenía unos arranques de agresividad que todavía nos asustaban a Aimée y a mí, porque entre otras cosas, su fuerza y velocidad se duplicaban.

- Está bien, está bien- concedí, bajándome de la mesa de un salto y yendo a la cocina por un trapo mojado para limpiarla, no fuera que me considerara persona non grata por una bromita. – Mi lindo trasero puede buscar un lugar más adecuado para sentarse.

….

No cabíamos en la cocina las tres al tiempo pero siempre nos las ingeniábamos para meternos ahí como salchichas y conversar mientras hacíamos la cena, con Marah y yo como Santas de Plata, eran más frecuentes las ocasiones en las que podíamos reunirnos y cofradear un rato, aunque Kanon, Shura e Isaak, respectivamente, hubieran protestado al ver reducidos sus momentos a solas con cada una de nosotras. Casi siempre terminábamos haciendo una mezcla muy extraña de comida árabe, española y finlandesa, la última siempre con el toque extraño, pues la cocina de mi país y la árabe tenían mucho en común.

- Oigan, ¿quieren sopa?- preguntó Aimée con una amplia y malvada sonrisa.

- ¡NO!- Gritamos al tiempo Marah y yo, ni muertas íbamos a volver a recibir una cosa semejante como la dichosa sopa de frutas que nos había "cocinado" Kraken esa vez en casa de Aimée.

- Eso me recuerda que ese pulpo nos debe una.- dije, apuntando a Aimée acusadoramente con una cuchara de palo.

- Es un calamar, Eva- respondió Aimée entre dientes.

- Lo que sea, Isaak, tu novio, él, nos debe una.

- Apoyo la moción- dijo Marah contrayendo el rostro en un gesto serio que se desvaneció pronto de su rostro. – Me dan escalofríos de sólo recordar esa sopa.

- Suerte con eso, ¿eh?- advirtió la nórdica, Marah y yo nos miramos y sonreímos, como diciéndonos entre nosotras "reto aceptado".

Terminamos la cena y lavamos la cocina, nos echamos en la cama de Marah a conversar un rato hasta que salió el tema que no podíamos seguir evitando más: Apolo.

- Kitty, ¿te ha dicho algo el Patriarca?- Marah negó y agachó la cabeza en derrota, automáticamente Aimée y yo le tomamos la mano y el cabello, cada una tratando a su manera de darle ánimos.

- Pero no entiendo, ¿por qué Poseidón se metió en ésto?- Pregunté, Aimée se encogió de hombros. Era obvio que no sabía nada, todo nos lo había dicho la vez anterior y ya sabíamos que Kraken no le soltaba ni media palabra de lo que se estuviera cocinando en Atlantis a menos que fuera información que no pusiera en riesgo el reino submarino, la razón tenía que ser de peso, de lo contrario el Patriarca no se hubiera puesto en el plan de convocar a los caballeros Dorados una y otra vez para conversar sobre temas de seguridad y demases con los Santos más poderosos de toda la Orden, algo tenía que estar pasando.

- Han pasado un par de días desde que nos contaste, tal vez en un día o dos el Patriarca te cuente qué está pasando, ¿no crees?

- No lo sé, no quiero irme.

- A ver, chavala, dudo mucho que Atenea permita que te lleven- Aimée asintió junto al hombro de Marah, mirándola con sus ojos azules y sonriéndole, tratando de contagiarla de buena energía, pero no era fácil, las tres sabíamos que en el fondo el asunto era muy grave, que el que las conversaciones con Poseidón tambalearan podrían desencadenar tragedias mayores que un distanciamiento entre ambos Santuarios.

Como la vez anterior, Marah nos pidió que la dejáramos sola, tal vez para rumiar sus ideas en paz, o sólo estaba cansada. Aimée y yo la dejamos, pero nos quedamos viendo buena parte de la tarde-noche junto a un árbol cercano a mi cabaña.

- Tengo mucho miedo Eva, sólo espero que Poseidón no enloquezca, eso sería terrible.

- A ti ese asunto te preocupa por algo más que las conversaciones, ¿qué está pasando?- Aimée se removió en su lugar, pensando sus palabras, tal vez, y jugando con la larga trenza en un gesto nervioso, luego tomó una bocanada de aire y me miró directo a los ojos.

- Isaak lleva varios días diciéndome que tiene un mal presentimiento, yo también lo siento. Algo me dice que todo esto no va terminar bien y me da miedo, no quiero que Marah se vaya, pero tampoco quiero perder a Isaak, no sé qué hacer.- Los ojos se le aguaron un poco, estiré mis manos para limpiarle una lagrimilla que se le escapaba por el rabillo del ojo izquierdo y la abracé, no tenía respuesta a su pregunta pero ahí estaba, clara y expuesta, la razón por la que Aimée ponía cara de acontecimiento de vez en cuando.

- Ya se lo has dicho a Marah, tía, Atenea no va a dejar que nada malo pase, ¿a qué no? No te preocupes.

Esa conversación con Aimée me había puesto sensible, tenía la pésima habilidad de sentir como propios los sentimientos de los demás, sobre todo si eran importantes para mí. Me puse en los zapatos de Aimée y sentí deseos de salir corriendo a Capricornio. Cerré mi cabaña después de amarrarme un par de cosas en la correa y colgarme mi armadura a la espalda. Ya había caído un poco la noche, pero el día seguía claro, volví a comunicarle a Sagitta que pasaría por Géminis y que necesitaba de toda su cooperación para no meternos las dos en problemas, volvió a chistar pero ésta vez me respondió, cuando ya estaba en los linderos de las Doce Casa, con un escueto "está bien, me quedaré quieta".

Sentí una presencia a mis espaldas, de inmediato supe de quién se trataba por el Cosmo agresivo que provenía de la armadura de Perseo y de su nuevo portador: Denes.

- ¿Ahora qué quieres?- pregunté en un hilito de voz, asustada y desesperada con sus constantes acosos. Su mirada no era lasciva, cosa que me preocupó todavía más porque no sabía que esperar de él en ese momento, tal vez Medusa lo había poseído y ahora venía a joderme la vida o algo, traté de quedarme en un posición neutral pero apta para pasar de inmediato al ataque si se le ocurría buscarme el lado malo en ese momento, Sagitta me susurraba que Perseo era una armadura indigna también, manchada con sangre de inocentes, luché internamente para que se calamara, su constante murmullo no me dejaba leer con claridad el lenguaje corporal de Dennes.

- De ti, Eva, todo…- su tono de voz seductor y, para mi sorpresa, suave, podría jurar que dulce -, pero entendí por fin qué he perdido mi oportunidad.

- ¿Qué?- casi grité de impresión, mi boca estaba aplastada contra el piso y los ojos fuera de órbita, tenía que estar borracha o drogada para estar escuchando esas palabras de la boca de Denes, ¿qué cojones pasaba en el Santuario por esos días?

- No me mires así, sé que me he portado mal, Eva, te pido que me perdones.

- N-No puedo…- Murmuré, y era la verdad, el daño que me había hecho no podía repararse con un simple "lo siento", para empezar, tenía que dejarme tranquila, y luego, dejar de meterse con cuanta mujer se le atravesaba para joderle la vida. Había algo en él diferente, podía verlo con claridad, pero no lograba identificar el qué.

- Has el intento.- Concedí, asintiendo, sin saber qué más decir. Por fortuna, estaba en modo conversador y me ahorró la molestia de buscar qué decir. La verdad, quería salir corriendo, pero mi cuerpo no obedecía esa sencilla orden de mi cabeza, simplemente no se movía. – Argol…, él me ha enviado un mensaje, quiere que cambie y honre la armadura que me protege, me ha hecho entender mi error, y luego pensé que debí, por lo menos, ofrecerte una disculpa.

- ¿Vas a dejarme en paz, Denes?- Esta vez, fue él quien se encogió de hombros, miró a un costado como resignado.

- No tengo opción, tampoco quiero que me rompan la cara por una causa perdida.- No supe interpretar sus palabras, me crucé de brazos y levanté una ceja, aunque muy en el fondo tenía miedo de que la respuesta fuera justamente lo que estaba pensando y no me equivoqué. – Sabes que no soy tonto, estás con el Santo de Capricornio, Eva, es muy evidente.

Me puse pálida, lo último que quería era que éste hombre supiera de mis asuntos con Shura, en parte porque era una amenaza a mi reciente y, hasta ese momento, lejana felicidad. Enterré mis uñas en los brazos, tratando de no temblar como hoja, me daba terror el hombre que tenía en frente y su mente afilada, además de la sevicia con la que luchaba.

- Eso no es asunto tuyo.

- Lo sé, aunque me hierve la sangre el saber que pasas las noches en su cama y no en la mía…- Di varios pasos hacia atrás, buscando alejarme de él, aunque se estuviera disculpando, seguía siendo la misma persona, nadie cambiaba de la noche a la mañana ni se levantaba pensando diferente y menos porque sí, si Argol le había enviado un mensaje no era de mi interés, yo sólo rogaba porque el día en que éste sujeto me dejara tranquila llegara. Al parecer se dio cuenta de que había perdido la batalla contra su carácter porque puso las manos frente a él, en señal de rendición.

- Quédate donde estás, Denes. Ya te dije que trataré de perdonarte, pero déjame tranquila de una puñetera vez.

Y sin esperar su respuesta, emprendí la subida escaleras arriba hasta Capricornio donde, para colmo, me estrellé de narices contra Alina que llevaba unos aceites en una bandeja que se quebraron al contacto con el suelo. Me miró furiosa, conteniendo las ganas de gritar y pegarme, me agaché para ayudarla a recoger los pedazos de vidrio roto pero me empujó la mano y me corté.

- Alina, lo siento, de verdad.

- Da igual, mi trabajo es mantener presentable éste templo.

- Pero-

- Pero nada, es mi deber. Siga su camino, Santa de Sagitta, el señor Shura debe estar en su recámara.- Escuché cierto reproche en su voz que me hizo sentir mal, como si fuera un crimen que yo buscara la compañía de Shura y que estuviéramos embelesados el uno con el otro. Haciendo caso omiso a su advertencia, tomé varios pedazos de vidrio –casi todos los que había en el suelo- y los puse sobre la bandeja, acto seguido me levanté y fui en busca de Shura quién ya venía por medio pasillo, seguramente a averiguar qué había pasado.

- Estás pálida y temblando, ¿por qué?- Me le fui encima, buscando que me abrazara, cosa que para mí alivio hizo. Me llevó hasta su cuarto, descargó mis cosas en un rincón y me sentó en la cama, tomándome de las manos. No me aguanté más y comencé a sollozar, ahogándome con mi propio llanto porque estaba conteniendo la respiración buscando calmarme aunque con el efecto contrario.

- No te vayas a enojar- advertí, todavía entre lágrimas, mientras Shura no sabía que hacer conmigo: si tomarme de la mano, darme un beso, darme espacio o salir huyendo.

- ¿Por qué habría de enojarme?

Le conté, más o menos, el rollo con Denes y la conversación que habíamos tenido minutos antes, también cómo me sentía, del miedo que me inspiraba contrario a la seguridad que sentía con él en esos momentos. Me asustó que se quedara callado y quieto, alcé la mirada para ver qué cara tenía y seguí el curso de su mirada: el corte que tenía en la mano, y que había comenzado a coagularse y a cerrar por su cuenta.

- ¿Esto te lo hizo él?

Me apresuré a explicarle que en mi despiste había atropellado a Alina, y que es ella la que tenía deseos no reprimidos por asesinarme dolorosamente, aunque no sabía por qué. Su rostro se relajó un poco y luego me abrazó, en un gesto sobreprotector de su parte.

- No sé por qué tardaste tanto en confiarme eso, pero espero que te deje en paz, por su propio bien.

- Para el carro, tío, yo no necesito que me defiendas, joer.

- Da igual, Eva, más le vale cumplir su palabra.

Suspiré, molesta y aliviada a partes iguales. Al menos no se había vuelto termonuclear al enterarse de que tenía un ex acosador, porque Shura era celoso hasta con el viento, cosa que me sacaba de quicio muchas veces. En ésta ocasión le daba el beneficio de la duda, al menos sabía que no iba ir a cometer una locura pero que dado el caso, sí iba a mantener Denes a raya, por el bien de mi salud mental y emocional. Me recosté y más tardé en cerrar los ojos que en dormirme.

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En Atlantis algo había cambiado, Fedra no salió por ningún lugar a recibirme, y el habitual ambiente festivo se había convertido en un silencio sepulcral. Isaak me escoltó hasta el Templo Principal donde nos recibió Sorrento con sus bromas, como de costumbre, al menos había una única cosa que seguía en su lugar en el reino submarino; pero él era el Capitán en Jefe luego de Poseidón, podía darse esos lujos.

Entramos al pasillo que daba al Salón Principal y fuimos recibidos por la vestal que nos pidió esperar unos momentos, hasta Sorrento parecía extrañado. Esperamos varios minutos, tras los cuales salió una mujer hermosa, ojos castaños, cabellos rojos, piel blanca y un caminar sinuoso, vestida con un peplo lila con costuras azules y doradas, y muchos adornos en las manos y el cabello; me recordó un poco a Tethys cuando se hacía la coqueta. La mujer hizo una leve inclinación de cabeza a Sorrento e Isaak, los miré preguntando mudamente de quién se trataba, Isaak me hizo señas de que me contaría luego, y entramos al Salón tras Sorrento. Nos recibió Julián, a todas luces de mal humor y mirando con exasperación hacia la puerta, sin prestarnos atención; con el pómulo apoyado sobre una de sus manos y su cuerpo inclinado hacia el frente, era la primera vez que lo veía tan fuera de sí, por decirlo de alguna manera.

Sorrento se aclaró la garganta y Julián pareció captar que no estaba solo, nos sonrió brevemente pero ese gesto no llegó a sus ojos, ni siquiera me saludó, lo que daba a entender que estaba distraído a más no poder.

- ¿Podemos preguntar qué pasa?- Dijo Sorrento la fin, sentándose en el último escalón que llevaba al trono de Poseidón. Julián soltó una risita sarcástica, y sus ojos se llenaron de una luz extraña, hasta que por fin cruzó la mirada conmigo y su humor pareció mejor en dos segundos, como si una idea maravillosa hubiera llegado a su cabeza por iluminación divina.

- Pasa que se me ha ocurrido una idea brillante.- Sorrento e Isaak volvieron a mirarse sin entender absolutamente nada de lo que Julián les hablaba.

- No estamos siguiendo tu línea de pensamiento, Solo- Protestó Isaak, a todas luces desesperado con la mirada insistente de Julián Solo sobre mí, yo también me sentía intimidada para entonces, y automáticamente di un paso atrás para ponerme junto a Isaak.

- Lo siento, tienen razón, me explico.

- ¡Danke!- Dijo Sorrento, alzando lo brazos en ademán de triunfo, pero su voz decía todo lo contrario.

Julián nos dio una breve, densa y nada coherente explicación acerca de las exigencias que recibía de su familia para que se casara, con el fin de continuar le legado de la familia Solo cuánto antes, en parte porque existían disputas por el testamento de su padre con su última esposa, y con la cual había tenido una pequeña niña que, de sucederle algo a Julián y no tener herederos, se convertiría en la dueña de todos los bienes y el legado de Stelios Solo; como era de esperarse, su madre y demás familiares –entre otras cosas, socios de la compañía- se preocupaban por la integridad de Julián e insistían constantemente en el asunto.

- Para rematar,- continuó- María acaba de venir a informarme que ha recibido instrucciones de Poseidón para que busque por todo los mares, y la tierra si es necesario, el ánfora con el alma de Anfítrite, ya entenderán en qué posición me deja eso…

- O sea que los rumores que corren entre las tropas son ciertas.- Sorrento interrumpió exasperado- Las sirenas ya sabían que esto iba a pasar y estaban buscando abrirse espacio entre…- se detuvo abruptamente y me miró de reojo, cayendo en cuenta que estaban discutiendo un asunto que yo no tenía ni debía escuchar, miré a Sorrento de vuelta, y luego a Julián, a quién no parecía importarle ni cinco mi presencia.

- Continúa, Sorrento, no es como que esta información pueda afligir a Saori- respondió Julián con amargura, sentí pena por él, y me llené de compasión, su situación en cualquier caso, no debía ser agradable. Una cosa era querer a alguien y tener obstáculos para hacerlo libremente -miré de reojo a Isaak-, pero otra era que se le impusiera a alguien con quien compartir su vida por el bien del mundo entero, su familia, su empresa, menos el propio. – Ni poner en riesgo al Santuario, Poseidón ha estado casado con Anfítrite desde la Era del Mito, no es una novedad.

- Pero…

- En todo caso, ¿se supone que Anfítrite encarnará en alguien una vez aparezca el ánfora?

- Eso parece… - continuó Julián, que le dio una palmadita en el hombro a Sorrento para que se relajara.- Sea como resulte, María me lo hará saber, al ser ella la cabeza de todas las Oceánides y Nereidas en Atlantis, es su deber encontrar el ánfora y liberar a la reina del mar.

- ¿Puedo preguntar algo?- todos me miraron al instante con atención, tomé aire y organicé rápidamente mis ideas antes de que, por hablar pronto, metiera la pata. Julián asintió, continué. - ¿Por qué es tan importante para Poseidón encontrar a Anfítrite en éste momento, cuando todavía tiene a Asgard y al Santuario con los ojos puestos sobre él? Es como si se le hubiera ocurrido de repente, sin ofender.

- Se le ha ocurrido de repente… - respondió Julián en un susurro afligido antes de ponerse en pie y volverse a sentar en el trono en un gesto nervioso. Eso me confirmaba una pequeña sospecha, pero no podía afirmar en voz alta, ni abiertamente, que la súbita intervención de Apolo en todo esto tuviera algo que ver, pero tenía sentido: era el dios del oráculo, él lo podía saber todo en cualquier momento, ¿sería esa la razón por la que Poseidón había intervenido y pedido a Atenea que pusiera en orden sus asuntos con el dios Sol? Me mordí el labio, con cada día que pasaba, la soga se cerraba sobre el cuello de Marah, pero Atenea y el Patriarca me habían prometido buscar una solución que no implicara alejar a mi amiga del Santuario. – Y mientras, Aimée, debo pedirte un gran favor.

Isaak miró a Julián con un gesto que indicaba claramente "me explicas ya mismo qué te traes con mi chica o no respondo", Julián sólo se encogió de hombros y se puso en pie del trono, se acercó a mí y extendió la mano para que la tomara. Insegura, miré unos segundos a Julián, luego a Isaak y por último a Sorrento, buscando una salida, y como no me dio ninguna, me resigné, apreté suavemente la mano de Isaak y luego tomé la de Julián que me condujo fuera de ese lugar.

"Tengo curiosidad de saber qué quiere, por favor no enloquezcas, ¿sí?"- le dije mentalmente a Isaak que no me respondió, estaba molesto. Salí de ahí con Julián que me soltó una vez la enorme puerta de nácar y oro se cerró tras nosotros.

- Lo haces a propósito, ¡no lo puedo creer!

- Vale mucho la pena, la cara de Kraken siempre es tan difícil de leer… excepto cuando se trata de ti.

- Eres un abusivo.- dije, cruzándome de brazos, él rio con descaro y muy divertido de meter a Isaak en esa clase de problemas, suspiré resignada, al mal paso darle prisa. Me volteé para encararle. - ¿Y bien?

- Quería que me dijeras, ¿cómo haces?

- ¿Hacer qué?

- Tener una relación tan sólida con Isaak a pesar de las circunstancias en las que están.

- Esa es una pregunta personal, y muy extraña, señor Solo.- Como única respuesta, Julián se encogió de hombros. – No lo sé, sólo… sólo hablamos mucho, y tratamos de entender lo que piensa el otro, pero no es como que exista una receta mágica, ¿por qué no le preguntas a él?

- Porque, muy a su manera, me dijo que no era mi asunto. Y no lo hago por fastidiarlos, la verdad es que los envidio un poco, quisiera algo así para mí, pero ya conoces mis circunstancias, ¿no?

- Sí… pero, ¿y si la chica que contenga el alma de Anfítrite resulta siendo, justamente, lo que estás buscando?

- Vamos, Aimée, seamos realistas…

- Claro, tan realistas como que estamos parados en un templo debajo del mar, es una posibilidad.

- Tal vez, pero podría ser una mujer vieja y anciana, y entonces ya no sería una posibilidad; me considero escéptico.

- Está usted en todo su derecho, señor Solo.- Y lo dejé ahí rumiando la idea que acababa de sugerirle, no estaba mal llenarle la cabeza con un poco de esperanza. Yo dudaba que Poseidón fuera a tratar mal a su huésped y no facilitarle en algo la vida, yo sólo podía hablarle brevemente de mi experiencia con Isaak: aparte del cariño que nos profesábamos, la química y la confianza hacían el resto del trabajo; el caso de Julián era diferente: era rico, vivía aislado y tenía un secreto que sólo podía confiar con sus súbditos. Aunque me había dado muchos dolores de cabeza con sus peros a varias de mis propuestas durante el año y un poco más que llevábamos negociando, me caía bien y le deseaba sólo cosas buenas, ¿por qué no iba poder él, justamente, tener también una posibilidad de ser feliz? Estar en la cima solo debía ser difícil.

Abrí la puerta del Salón Principal de Poseidón y entré tranquilamente, sabía que dentro me esperaba un Isaak salido de casillas, tal vez más de lo que lo había dejado, por obra y gracia de las bromas e hipótesis que Sorrento podría comentarle sólo por fastidiarlo. Me causaba gracia que se enojara tan fácil si ya sabía que los demás Generales iban a molestarlo, pero a mí me pasaba igual cuando Tethys o alguna otra chica se le acercaba demasiado, éramos un par de enamorados sin remedio, y no me pesaba para nada que fuera así, me hacía feliz, punto.

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A/N

La canción que se describe en el sueño de Aimée se llama Juomalaulu, y en utube la pueden encontrar como Finnish Drinking Song, suena muy divertida, para qué; y básicamente dice que se van a beber todo, jajaja. Culturalmente, los finlandeses –y los nórdicos en general- beben demasiado pues, entre otras cosas, el licor es una forma de soportar las bajas temperaturas del invierno, además de ser ya algo más cultural.

Ei: No (finés).

Danke: Gracias (alemán).

Quería agradecerles, una vez más, por sus mensajes, lecturas y tiempo compartido conmigo y Lara Harker en The Lion's Roar y Crossroads. Ya tienen una pequeña idea de lo que pasará con Aimée en un par de capítulos más, pero pronto tendrán su versión de los hechos y más. Aprovecho para invitarlos a ver en cines Saint Seiya: Legend of Sanctuary, la única manera de mantener viva ésta saga que nos llena de dicha y recuerdos, es apoyar el producto original en cines, ya si nos gusta o no, lo podemos discutir en alguna parte, porque las expectativas son altas.