ElisabethRoseBlackGoldSnow: ¡definitivamente, afirmativo! Sé que tardo lo mío en actualizar, pero es que voy muy ocupada. No te preocupes, de todas formas, que aunque tarde no dejo ninguna historia colgada. ¡Espero que te guste!

Mitsuky092: jajaja qué a gusto me he reído leyéndote. ¡Muchas gracias! Bueno, si es por eso, no me importa que me odies. ¿Verdad que sí? Son ellos pero en versión más sofisticada, femenina y divertida, al mismo tiempo. A mí también me llevó un tiempo pararme a pensarlo, ¡lo que hace el subconsciente! Situación un poco cliché, pero ¿qué hacer cuando uno está malito? Pelis y series a saco. Y la pobre Katia se sube por las paredes de lo hiperactiva que es, al verse así. En este capítulo he decidido trabajar un poquito más en Porthos/Christine, porque tal y como se va a desarrollar el episodio, no van a haber muchas más interacciones así bonitas entre ellos en un tiempo, lo que nos da pie a escribir sobre Athos y Katia... en fin, que lo bueno se hace esperar. No me odies, que ya tengo en mente la conversación para cuando vaya a verla a Palacio.

Guest: ¡gracias a ti por seguir leyendo con tantísimo entusiasmo! Apuesto a que ya estás recreando conversaciones para cuando Athos visite a Katia :D Bueno, en este, un poquito más de Porthos y Christie y en el siguiente ya me dices algo, a ver qué te parece. ¡Ojalá no deje de sorprenderte, no sabes qué ilusión me hace leerte decir eso!

DarkDivine131: me toca levantar la mano culpable total, porque yo también reconozco que tendría venazos bipolares, pero con cualquiera de los mosqueteros. Pues ya está todo dicho: ¡SE ABREN APUESTAS, SEÑORES! #SeSabe, absolutamente, que lo que menos van a hacer va a ser trabajar en conjunto. Katia está bien y a Porthos le viene una buena encima, por lo que hay que priorizar. Los Guardias Rojos van a moverse más buscando culpables (cabeza de turcos) que los mosqueteros (tratando de limpiar el honor de su amigo). Mujeres, las grandes mentes piensan igual. #DarkDivineCreeYAcierta ¡Me encanta hacerte reír! Este capítulo no va a ser tan cómico, pero tiene algún que otro puntazo sutil. ¡La escena del melón también es de mis favoritas! :D A ver, a ver... si todo el montes fuera orégano para nuestros chicos me quedaría sin inspiración para escribir, mujer. Hay que verle el lado bueno (sabemos que no le va a ir tan mal a Porthos... a Flea, cuando Christie/Chuchoteur tenga venazos celosos no puedo decir lo mismo xD). ¡Que disfrutes!

Y sé que lo esperábais como agua de mayo, así que aquí lo tenéis. Espero poder ponerme pronto con el siguiente capítulo. ¡Un besito!

OoOoO

-¿Qué trae a alguien como vos a esta parte de la ciudad?

-Me crié aquí. Es mi cumpleaños.

-Pues que cumpláis muchos más. ¿Cuántos son?

-Ni idea. Tampoco sé cuándo nací. Este es el día que elegí siendo un crío. Cualquier día es bueno para celebrarlo.

OoOoO

-Tienes que recordar algo- insistió Athos, ya en el Châtelet.

Lo habían colocado un par de celdas más allá de donde él había estado toda una noche temiendo por su vida y donde conoció al Chuchoteur. Pero, al contrario que en su caso, Porthos compartía celda con tres hombres más... y no había ni rastro del misterioso justiciero.

La situación no distaba mucho de lo que lo mantuvo en vilo a él aquella noche: un asesinato. Y le cargaban el muerto (nunca mejor dicho) a otro mosquetero.

-El hombre muerto, ¿sabes quién era? ¿Dónde lo conociste?-se encogió de hombros Aramis, con el sombrero en la mano, tratando de sacar algo en claro.

-No lo mataste- aseguró Athos, con convicción.

-¿Necesitas algo?-preguntó D'Artagnan

-¿Un abogado?-respondió, abatido.

-Ha habido un malentendido-aseguró Athos-. Nosotros lo arreglaremos.

-Y nunca se sabe- sonrió Aramis, con optimismo-, quizá tengamos suerte con el juez.

Unos minutos después, entró una figura femenina, envuelta en una capa de seda azul oscura. La capucha le tapaba el rostro, pero ella caminó con decisión y sin detenerse hasta su celda.

Silbidos y comentarios groseros la acompañaron durante todo el recorrido. La reconoció al instante.

-¿Christine?

Ella se había acercado hasta los barrotes, mirándolo con preocupación, mientras apoyaba una mano nívea y delgada en el hierro.

¿Qué hacía ella allí? Caminó hasta situarse frente ella, con cuidado tratando de no espantarla.

-Christine, ¿qué hacéis aquí?

Ella se retiró la parte de arriba de la capa, desvelando sus rasgos. Llevaba el pelo semi recogido, las ondas le caían en cascada por los hombros y la espalda. Enseguida recordó que no estaban solos y que ella era noble y soltera. Y muy guapa. Bueno, eso no hacía falta recordarlo, estaba a la vista.

-No respondáis, no importa.

Uno de sus compañeros de celda, al que le faltaban dos de los incisivos superiores y un par de dedos, se acercó riéndose y dedicándole una mirada lasciva.

-¿Qué hay, bonita?

-Volved por donde habéis venido si queréis conservar los dientes que os restan- amenazó ella, antes siquiera de darle tiempo a Porthos de volverse a golpear al preso.

El hombre alzó las cejas interesado; Porthos, también. No solo hablaba frente a más gente, sino que amenazaba para poder hablar con él a solas. Aquello lo enterneció sobremanera.

-Uuh-sonrió bravucón, mostrando los dientes que le quedaban, amarillos-, ¿qué tenemos aq...?

No llegó a saber qué iba a decirle, porque Porthos lo estampó contra la verja, logrando sacarle un grito ahogado a él y un saltito hacia detrás a Christie, de la sorpresa.

-Pídele disculpas a la señorita-le susurró, con un tono que no daba lugar a réplica.

-Y haced el favor de dejarnos un momento de privacidad-añadió, alzando la barbilla al techo, sin poder evitar una mueca.

El preso se alejó, quejándose entre asentimientos, y Porthos volvió a mirarla, con sorpresa todavía dibujada.

-¿Qué hacéis aquí?

-Eso mismo podría preguntar yo-frunció el entrecejo, con disgusto-. ¿Tanto te costaba quedarte en tu habitación del cuartel, Porthos?

No se había dado cuenta de que había empezado a tutearlo, fruto de la preocupación y el enfado, pero Porthos sí y sonrió. Aquello era nuevo: podía percibir celos entre el desasosiego y la molestia de su voz.

Ella suspiró, negando con la cabeza y apartándose el pelo de la cara, sin darse cuenta, todavía:

-No lo mataste- lo miró con convicción. A Porthos se le hizo un nudo en la garganta. Athos también le había demostrado la misma confianza y lealtad, pero él no estaba tan seguro. Aunque el hecho de que se lo dijera con tanta seguridad le parecía el mejor regalo de cumpleaños que había recibido nunca.

-No recuerdo nada, Christie.

Ella se mordió el labio inferior, nerviosa, atrapando su mano a través de la reja. Él había apoyado su cabeza en la celosía de metal que los separaba, completamente desanimado. Parecía como si necesitara sujetarse para no caer en la oscuridad.

La había llamado Christie. La había llamado Christie.

El hombre que tenía delante no podía haber asesinado a un inocente. No cuando pronunciaba así su nombre.

-Pero yo lo sé, Porthos. Tengo fe en ti y sé que no lo has matado- le apretó cariñosamente mostrándole su apoyo-. He enviado a Constance a hablar con la Reina ahora mismo. Sé que va a hacer todo cuanto esté en su mano. Anne... -ladeó la cabeza, evitando su mirada y bajando la voz, para que no la escucharan- es una buena amiga. Intercederá ante el Rey. Solo tenemos que conseguirte un poco más de tiempo.

Él asintió, agradeciéndolo. Había tenido la decencia de no llamar a la Reina "mujer", como él mismo le negó a Aramis cuando los llamaron a Palacio por salvarla en esa misma prisión donde ahora estaba encerrado. ¡Cómo cambian las cosas...!

-Esta vez voy a ayudar a Athos a limpiar tu nombre-se inclinó, apoyando la frente en los barrotes, a la altura de la suya, alzando una ceja- y espero por vuestro propio bien que avises a Aramis de que no tengo intención de salvarle el trasero a él también.

Porthos sonrió divertido, deslizando la mirada con poco disimulo desde sus labios al escote adornado por un colgante que tapaba la capa.

-Estoy deseando ver con qué vestido vas a noquear al juez.

-No seas insolente –le avisó sin apartarse, sonriendo de vuelta- o te dejaré con menos dientes que a él-miró de reojo al preso de antes-, aunque luego lo lamente.

Porthos rió para el cuello de su chaqueta. Notó cómo Christie, con una sonrisa dulce, rozaba la palma de su mano - apoyada en la celosía de hierro que los separaba- con las yemas de sus dedos.

Se permitió entrelazar los dedos de ambos con suavidad, sin dejar de mirarla fijamente, bebiendo de sus rasgos.

Ella pasó parte de su brazo por entre los huecos y le acarició el antebrazo, consolándolo. Lo miró por entre sus largas pestañas y susurró:

-Acércate un poco más.

Porthos frunció el ceño, sin entender, pero la obedeció. Completamente pegado a la reja, sintió recorrer las uñas de Christie desde el codo hasta su muñeca para volver a tocar de nuevo el frío y oxidado metal que los separaba. También soltó la otra mano, aunque Porthos seguía reticente a dejarla marchar.

Pero lo que hizo lo sorprendió sobremanera. Metió la mano en su capa y sacó algo que encerraba en el puño y ocultaba a la vista con la amplia manga, arrodillándose frente a él y abrazando sus botas con devoción como pudo a través de las rejas. A Porthos se le descolgó la mandíbula de la impresión al verla agacharse y abrió los ojos como platos.

-Christine, ¿qué…?

Fue entonces cuando lo notó. Había dejado caer algo dentro de su bota derecha, por el lado del talón. Algo frío y pesado, para ser tan pequeño.

Ella se quedó arrodillada en el suelo un poco más, cabizbaja y Porthos la imitó.

-¿Christie?

La mirada preocupada. Ella alzó los ojos y se obligó a sonreír, con lágrimas en los ojos. Estaba asustada, tenía miedo por él, se dio cuenta.

Se apartó el cabello y sacó una especie de camafeo del tamaño de una aceituna de su escote, cuidándose de que el cuerpo de Porthos cubriera sus acciones. Lo último que necesitaba era que intentaran robarle los otros tres presos antes del juicio.

-Va a sonar cliché, pero… todo va a ir bien, Porthos. Te lo prometo. Sé que va a ir bien.

Y le entregó el colgante de plata con el fino cordón de cuero negro, cerrándole la mano con la suya propia. Él recorrió con la vista sus ojos, su pecho, sus manos entrelazadas y lo abrió con suavidad.

Había un pequeño mechón de pelo dentro, guardado en forma de media luna... como la inicial de su nombre, C. Sintió un nudo en la garganta. No le hizo falta alzar la mirada para saber que la mujer de enfrente compartía el mismo color de cabello que aquel rizo.

Porthos aseguró el agarre del colgante y tomó la mano de Christine para apoyar sus labios en su dorso, a la altura de los nudillos. Era tan pequeñita en comparación con la suya que le daba miedo romperla.

Ella sonrió ante el gesto y atrajo sus manos hasta el otro lado de la celda, para besarle la palma. A Porthos lo recorrió un escalofrío.

Dejó la mano tal cual, acunando su mejilla y acariciando con el pulgar sus labios, incapaz de hacer o pensar en nada más.

-Mademoiselle…-se desvaneció la voz del guardia de la prisión, llamándola.

El momento se había roto. Ella se irguió del suelo, con la entereza de una reina y compuso una expresión neutra, sacudiéndose el polvo de las faldas al levantarse.

Porthos se alzó también, apretando el camafeo como si fuera lo único que lo mantenía cuerdo.

-Hasta pronto, Porthos.

Y cubriéndose de nuevo con la capucha, salió ondeando, sin atreverse a mirarlo de nuevo, del Chatelet.

Al menos, no había dicho "adiós".

OoOoO

No habían pasado ni unos minutos desde que Christie salió de allí cuando los otros presos de la celda empezaron a comentar:

-Una verdadera preciosidad.

Porthos alzó la cabeza y volteó a verlo, con una mirada matadora. Era el hombre de antes; no le tenía mucho aprecio a su vida, estaba claro.

-Os sugiero que cuidéis vuestras próximas palabras.

De nuevo, con esa sonrisa desdentada, el preso alzó las manos excusándose:

-Yo también me pondría así por una belleza semejante, amigo.

-No soy vuestro amigo. Y no habléis de ella.

-Está bien, está bien.

Hubo unos segundos de silencio, hasta que al parecer, llegó la hora de las confesiones:

-... un guardia rojo. Creo que sobrevivirá, pero no volverá a andar...

-Inquisición.

-Ese puto Chuchoteur.

Aquello llamó la atención de Porthos.

-¿El Chuchoteur? ¿Qué habéis hecho?

El hombre sonrió con bravuconería, apoyándose en la pared.

-Así que ahora sí que queréis hablar... ¿Por qué estáis vos aquí?

Porthos pareció pensárselo, pero quería saber.

-Os lo diré si contestáis primero.

Le hizo una reverencia burlona, sin levantarse ni cambiar la posición.

-Era muy guapa, pero ya mayor. Su padre no la habría logrado casar, de todas formas, así que la arrinconé en la calle-a esas alturas, Porthos ya tenía ganas de vomitar de imaginárselo-. Entonces, llegó el Chuchoteur y nos peleamos. Me dejó sin dientes... pero yo también le di lo suyo y gimió como una perra. Me redujo su sombra por la espalda; sin magia, le hubiera vencido- se detuvo un instante, pasándose la lengua por las encías, esperando la respuesta de Porthos.

-Creen que le volé la cabeza a un hombre y, aunque no lo recuerdo, no me importaría hacerlo ahora.

No volvió a hablar hasta que dos guardias rojos fueron a buscarlo para llevarle ante el juez.

OoOoO

-Y bien, ¿qué decís en vuestra defensa?

-Era mi cumpleaños. La fiesta había terminado y salí a pasear.

Maniatado, como un vulgar ladrón... o asesino. Nada más ver al juez, pensó que Aramis era un bocazas.

-Y ¿qué hicisteis durante ese... paseo?

-Pues... -pareció pensárselo, hasta levantar la cabeza y contestar con el descaro made in Porthos- admirar la belleza y la serenidad de París al anochecer.

Tecnicismos aparte (por la cantidad de alcohol que llevaba en la sangre, que no le permitía apreciarlo propiamente), era verdad.

La sala rompió en carcajadas por su insolencia. Al juez, en cambio, no pareció hacerle tanta gracia.

-¿Qué ocurrió luego?

-No lo recuerdo con exactitud. Debí de quedarme dormido.

-¿Para luego despertaros junto a un muerto con una bala en la cabeza?

Ese tono. Respondió con un seco "sí", sabiendo lo que le venía.

-¿Y alegáis que no sabéis quién fue el que cometió el crimen?

Se esperaba escepticismo... pero no de ese calibre. Se estaba erigiendo un muro. Y él estaba atado de pies y manos por la ignorancia, no podía saltarlo ni derribarlo. Negó con la cabeza, tratando de verdad no recordar, solo por si acaso.

OoOoO

-Porthos DuVallon es un hombre de buena reputación-enunció Treville con orgullo-. Un gran soldado y un mosquetero de larga trayectoria.

-¿DuVallon?-se burló la morsa jurada, con la papada balanceándose peligrosamente al esconder la risa- ¿Otro de esos individuos que adoptan un apellido noble para presumir de caballero?

-Conozco a muchos caballeros que no le llegan a Porthos a la suela de la bota.

Ambigüedad, Treville. Di que sí. Algo bueno se te tenía que haber pegado de pasar tanto tiempo junto al Cardenal.

-Permitid que os cuente lo que la vida me ha enseñado, Capitán-compuso una mueca-: aunque la mona se vista de seda, mona se queda. O quién nace sirviente nunca será caballero-ouch, aquello dolió-. Un hombre yace muerto, ¡asesinado! Por ello, la ley debe dar ejemplo-se le oscurecieron los ojos, como si lo disfrutara-: Porthos DuVallon, os declaro culpable y os condeno a muerte, sentencia que se ejecutará de inmediato.

Todos se quedaron patidifusos con el veredicto. ¿Sin buscar pruebas, así sin más? ¿Tan mal le había caído? ¡Pero qué poco sentido del humor...!

Si tuviera ese martillo a mano, le abriría con él la cabeza. Espera, no podía pensar eso. Acababan de condenarlo por confundir una cabeza con un melón, supuestamente.

-Esto es muy irregular, Señoría-se quejó Treville con indignación-. Presentaré una apelación al Rey.

-Estáis en vuestro derecho, Capitán-y se regodeó, ordenando-. ¡Lleváoslo a la horca!

Se sintió perdido, vacío de repente, cuando dos guardias lo apresaron para arrebatarle su hombrera de Mosquetero y llevárselo por la fuerza.

Su superior no iba a ser menos, dando órdenes a los suyos. ¡Faltaba!

-¡Retrasadlos!

Ninguno de sus amigos tardó en salir corriendo, a obedecer.

OoOoO

Se resistió como pudo, tratando de frenar a los guardias y haciendo tiempo para que sus amigos consiguieran salir de entre la marea de gente del lugar a ayudarlo.

-¡Atadlo al carro!

La gente se aglomeraba a la salida, esperando por lo que iba a ser un espectáculo. Trató de librarse de las ataduras, hasta que escuchó un par de disparos.

Un grupo de enmascarados se había encargado de reducir el número de guardias, dos de ellos en el suelo fulminados a mosquete sin contemplaciones.

-¡Salgamos de aquí!

-¡Corred, corred! ¡Por aquí!

Fue entonces cuando se desató el descontrol. Los civiles gritaban y corrían huyendo de los tiros. De pronto, el carro en el que lo habían atado se quedó sin guardias y uno de los enmascarados obligó a punta de pistola a bajar al cochero. Miró espantado en todas direcciones dando gracias a Dios porque Christine no estaba cerca ni había tenido que presenciar aquello.

-¡Baja!

No conseguía identificar la voz (que obivamente trataba de no sonar con su timbre original) aunque le era tremendamente familiar. Parpadeó perplejo, tratando de situarlo, sin éxito.

-¿Athos?-preguntó.

Y el individuo le golpeó en la cabeza, con un palo, dejándolo inconsciente.

OoOoO

Cuando Christie consiguió salir a la calle, casi a la par que los mosqueteros, vio que el carro se alejaba con Porthos de cualquier manera en él, seguramente inconsciente.

D'Artagnan le acertó de pleno a uno de los encapuchados y fueron corriendo hacia él una vez se detuvo de rodar.

-¡Porthos...!

Corrió como alma que lleva el diablo (condenados tacones), sujetándose las faltas del vestido en alto. Athos llegó corriendo a su lado y la detuvo de un brazo, abrazándola para mantenerla en el sitio cuando trató de soltarse para seguir corriendo tras el transporte.

-Christine, nosotros nos encargaremos. ¡Christie!

La sacudió, sujetándola por los hombros, haciéndola volver en sí. Se dio cuenta de que hiperventilaba y que le costaba respirar. Tomó una bocanada de aire por la boca, con un sonido que bien podía ser jadeo por el cansancio que por el llanto.

Aramis la miró con preocupación.

-Christine, si no os tranquilizais tendremos que dividirnos para que asegurarnos de que recibís atención médica y tardaremos más en dar con él.

Asintió, comprendiendo y dirgiendo súbitamente la mirada hacia el cuerpo al que había disparado el más joven.

Athos volteó el cadáver, pero antes de retirarle la máscara que le cubría toda la cabeza, frunció el entrecejo, volviendo a mirarla.

-Tal vez no deberíais ver esto. No va a ser agrad...

Se abstuvo de rodar los ojos porque D'Artagnan soltó una risita por la nariz, como si aquello le pareciera tremendamete gracioso y Aramis puso en palabras lo que al parecer todos menos Athos pensaban.

-Déjalo estar. Ya lo intentamos cuando lo de Dujon y te aseguro que no se va a desmayar.

De hecho, mientras ellos discutían, ya se había arrodillado para retirarle ella misma la tela del rostro. Vio una marca en su cuello y alzó la vista, buscando confirmación de lo que ya sabía, todavía respirando con dificultad.

-La marca del criminal.

-Sé adonde se dirigen-asintió Aramis.

D'Artagnan la ayudó a incorporarse (nota mental: decirle a Constance que estaba haciendo de él un caballero) y paseó la vista por los tres, con impaciencia, arreglándose las faldas.

Athos suspiró.

-Una mujer llama demasiado la atención.

Ella alzó una ceja y, asintiendo, se dispuso a caminar todo lo deprisa pero dignamente que pudo hacia la salida de la calle.

Los tres se quedaron con el cuerpo, viéndola alejarse.

-Sabes que va a robarnos un caballo-se burló Aramis, viéndoselo venir-, ¿verdad?

-Es baronesa, no va a robarnos-negó D'Artagnan, como si aquello fuera impensable.

-Bueno, tomarlo prestado sin pedir permiso-se encogió de hombros, sin molestarse por tener que corregir tecnicismos.

Athos bufó pensando en lo mucho que se parecían las tercas de las hermanas antes de salir corriendo tras ella. No sabía si prefería que Katia no se callara ni bajo el agua o que Christie hiciera lo que le diera la gana sin abrir la boca. Baronesas, ¡Dios las cría...!

OoOoO

Cacerolas, palos, golpes con las manos desnudas contra las estructuras tambaleantes de madera que se erigían, conectando escaleras y chabolas. Esa zona era la más sucia en la que jamás hubiera estado de París, pensó Christine sentada de lado en el caballo, delante de Athos.

El mosquetero la ayudó a desmontar, muy serio y siempre alerta, una vez Aramis se posición detrás de ella, en caso de que hubiera que protegerla al bajar.

-No te retires la capucha-le avisó, en un susurro.

Caminaron por las calles, con aquella talea metálica de fondo. Aramis se retiró el sombrero y Christine se pegó aún más a Athos cuando vio que un encapuchado sostenía un cuchillo en alto.

Ni con tres hombres detrás custodiándola se sentía segura allí.

-¿Por qué lo hacen?-terminó por preguntar D'Artagnan.

-Es un aviso-fue a desenfundar su espada, pero Aramis le quitó la idea de la cabeza enseguida-. No hagas nada, salvo que te ataquen.

-¿Y dónde estamos?

-En la Corte de los Milagros-respondió esta vez Christie.

D'Artagnan parecía no acostumbrarse a su voz, porque la miró como si lo más sorprendente de toda la situación fuera que le hubiera hablado.

-Es demasiado peligroso, debemos volver.

-¿Qué pasa con Porthos?

-Estará seguro- y Aramis sonrió tranquilizándolos a ambos-; tiene amigos aquí.

-Porthos era huérfano. Nació y se crió aquí-explicó Athos, una vez fuera del jolgorio de golpetazos amenazantes.

-¿Entre ladrones?-aquello no terminaba de casarle al de Lupiac-No me dijo nada.

-Es un poco susceptible-asintió Aramis, con su característico sentido del humor.

Bueno, era algo perfectamente comprensible.

-¿Por qué lo llaman la Corte de los Milagros?

Ingenuo, qué cosa más adorable. Si es que era el destino, él y Constance estaba hecho el uno para el otro.

Un joven se acercó hasta ella cojeando con burdas muletas, sosteniendo en la mano libre un cuenco hecho con la corteza de un coco viejo con un par de monedas dentro. Christie lo miró muy fijamente, analizándolo.

Athos la apartó de él y respondió, resolviendo sus dudas:

-Porque al entrar se le abren los ojos al ciego-le apartó la venda de la cara, descubriendo los dos ojos perfectamente sanos de una cara sucia- y a los cojos se les concede el uso de las piernas –cortó la cuerda que mantenía atada una de las extremidades, para que esta pareciera amputada-, en milagros como los del Señor.

El joven, viéndose atrapado, se incorporó en toda su estatura. Con un buen baño, podría pasar por alguien completamente diferente. Christie le sonrió con calidez, dejando caer una moneda. Athos la miró con la sorpresa dibujada en sus facciones, antes de dejar caer también la moneda que sostenía entre los dedos.

-Cómprate un instrumento, tienes manos de músico -el muchacho asintió, yéndose de allí con una semi reverencia en su dirección. Christine inclinó la cabeza viéndolo marchar-. Entraré a buscarlo.

-Porthos estaba borracho-dijo D'Artagnan sin saber bien cómo explicarse-, seguro que fue un accidente, pero... ¿y si fuera culpable?

No le dio tiempo a darle el guantazo de su vida por insinuar aquello cuando Aramis lo había estampado contra la pared.

-Hablas de Porthos-musitó angustiado-, ¿lo entiendes?

Cuando asintió (era su Porthos), el mosquetero le dio unas palmaditas tranquilizadoras y condescendientes en el pecho. Al incorporarse, Christie le soltó un puñetazo en el bíceps.

Seguramente se habría hecho ella más daño del que le habría hecho a él, pero la intención estaba clara.

-Lo siento-alzó las manos en alto, disculpándose por haber dudado siquiera. Gruñir no era precisamente algo femenino ni muy noble pero, sinceramente en ese momento, todo le resbalaba.

OoOoO

Los dejó creer que se libraban de ella cuando le dijeron que Athos iba a tardar en salir de la Corte y que ellos debían dirigirse a la escena del crimen, para tratar de recopilar información.

Fue corriendo a donde los Bonacieux y se cambió de ropa. Su amiga acababa de llegar a casa cuando ya se cubría el rostro. Anudarle las vendas a Katia era una cosa, hacérselo a sí misma era cien veces más complicado.

-¿Lo has conseguido?-preguntó críptica, con preocupación.

Constance asintió, retorciéndose las manos de los nervios.

-¿Te ha visto alguien?

-No.

-Esa es mi chica-sonrió-. Ahora debes ir a Palacio y hacerle la vida imposible a Katia. Deja que te ayude a con el plan, pero oblígala a guardar reposo, que la conozco como si la hubiera parido.

-¿Y tú qué harás?-preguntó, con una sonrisa.

Christie suspiró, sin saber realmente qué hacer. Tantos tiempo estudiando planos de la ciudad, merodeando para hacer conexiones...

-Yo... –apretó los labios hasta convertirlos en una línea tensa tras la tela del Chuchoteur- haré que recuerde. Y que vuelva.

OoOoO

N/A: ¡tachán! Se acabó lo que se daba.

Bueno, a la próxima más y mejor. Espero que haya gustado, que no me tengáis en cuenta que tarde tanto en subir capítulos ni que en este no hayan aparecido ni Katia ni Anne. En el siguiente, ansias.

¡Nos leemos!