Mis ojos se habituaron a la luz muy lentamente, para ver el techo de la pequeña habitación de hospital en la que me encontraba. A mi lado, mi querida Lara se levantó inmediatamente para darme un abrazo que, al principio, casi me estruja, pero enseguida fue suave y delicado, tratando de no empeorar mis heridas. Mi cuerpo se sentía débil cuando movía los brazos, y mi pierna estaba escayolada. El subinspector Rodríguez nos miraba al lado de la puerta, casi como si vigilase que nadie entrase. Hundí mi cara en el hombro de mi novia, sin tener la necesidad de decirle nada.
-Siempre son tus amigos los que tienen que llamarme por ti. –Dijo, Rodríguez, sin sonreír, pero dejando ir un cierto tono sarcástico. Lara se escapó de mis brazos, sujetando aún mi mano con las suyas.
-¿Óscar…? –Fue lo primero que pronuncié. Los tres sabíamos la respuesta, pero necesitaba confirmación. No podía ignorar lo que había ocurrido. Lara fue la primera en tratar de distraer la atención.
-Llevas aquí más de treinta horas. –Me dijo, con tal de situarme mejor en el presente. Ya no podía sorprenderme nada de lo que pudieran decirme.
-Durante ese tiempo… –Continuó Rafael Rodríguez– Hemos podido interrogar a Víctor Clavero. –Se acercó a la camilla para apoyar los brazos– Nos contó todo lo que sabía. Por lo visto, el plan fue propuesto por Óscar Martínez a principios de otoño. Juntos elaboraron una fórmula para fabricar la escopolamina que fue hallada en los cuerpos. –Moví las cejas al oír aquello– Oh, cierto… Con el fallecimiento de Mario Narváez, me han ascendido a inspector de policía. Me dieron todos sus archivos, y… Había estado escondiendo todo tipo de datos sobre los cuerpos y sobre el propio asesino. –Suspiró– Creo que lo estaban amenazando. Si vas a preguntar quién, seré directo, no lo sé.
-No iba a preguntarlo. –Terminé. Supe que no servía de nada pensar en Narváez después de lo que vi bajo los ojos de Jeff– Solo quiero descansar… Y pensar. –Lara tomó mi mano un poco más fuerte, afirmando que no se movería de allí.
-Ya me gustaría a mí dejarte descansar. –Contestó, separando las manos de la camilla– Pero ese no es mi trabajo. Ahora mismo, mi trabajo es decirles algo a los periodistas que esperan ahí abajo. Para ellos eres el protagonista. "El chico que mató a Jeff". –Dejé ir una pequeña risa cansada– Además, hay rumores de que alguien quiere tapar todo esto. El comisario Blanc quiere cerrar el caso lo más rápido posible, y no revelar nada a los medios. Lo mismo una y otra vez… –Soltó con un suspiro algo enfadado. Deduje rápido que las piezas aún no habían terminado de encajar.
-Entonces no hay nada que yo pueda declarar. –Le contesté. Tanto Lara como el inspector levantaron las miradas para verme, atentos– Jeff es un constructo social, creado por esos periodistas que ahora vienen morbosos a que les cuente mi historia. No va a pasar. Y menos si alguien no quiere que esa historia sea pública. –Miré al inspector a los ojos, en aquel momento– Dígales lo que quiera.
-De acuerdo. –Suspiró. Comenzó a dar firmes pasos hacia la puerta– A tu amigo lo sacarán mañana de la comisaría. Ya nos ha dicho lo que podía, y no hay motivos para retenerlo.
-No es Iker quien más me preocupa ahora. –Le contesté, viendo como llegaba hasta la puerta y se marchaba. Lara se sentó a mi lado, aun sujetando mi mano. Nos miramos a los ojos por varios segundos, sin decir nada. Quise leer su expresión, pero lo cierto es que era tan enigmática como fue la de Óscar durante años.
-Tenía mucho miedo… –Me dijo, con un hilo de voz que partió mi corazón.
-Es normal. –Le contesté, acercando su mano para palparla con mis labios– ¿Qué hora es? –Pregunté, por pura curiosidad.
-Las tres pasadas. –Contestó, recuperando poco a poco la voz.
-¿Has comido? –Le dije, de inmediato.
-Me he quedado aquí todo el rato, esperando que despertaras.
-Ve a comer algo. –Debí decirle. Odiaba pensar que Lara hubiese estado malgastando su tiempo conmigo.
-No hace falta. –Dijo, por supuesto– Me quedaré aquí, a tu lado…
-Necesitas descansar. –La interrumpí– Y yo también. Quiero pensar en todo lo que ha sucedido… Y, cuando lo haya hecho, te necesitaré conmigo.
Me miró a los ojos, comprendiendo perfectamente qué buscaba de ella en aquel momento. Me hizo caso y se fue de la sala, no sin antes darme un suave beso en los labios de despedida. En cuanto volví a estar solo, esta vez con rayos de sol entrando a través de la ventana, pude comenzar a rememorar todos y cada uno de aquellos días nublados cubiertos de lluvia. Por un momento, pude sentir lo mismo que debió sentir Óscar durante los mencionados días, aquella inseguridad y nostalgia agonizantes, la sensación de que nadie era capaz de comprender tu dolor, a tu alrededor. Necesitaba que Lara se fuese de la sala, debía ser capaz de comprender qué sintió él al no tener a nadie como ella a su lado.
Largas horas medité, en silencio, recobrando poco a poco la sensación de control sobre mi cuerpo. No tardé en notar la escayola que cubría mi pierna, justo cuando recordé la bala que la había penetrado. También me percaté de que llevaba ropa de hospital, algo que siempre resultaba extraño la primera vez que uno se daba cuenta. Cuando me vi atrapado entre las cuatro limpias paredes, sabiendo que los días venideros no serían para nada igual de tranquilos, suspiré. Tenía mucho miedo. Pero, al menos, ahora lo sabía, y lo aceptaba. Aproveché el poco tiempo que los médicos me habían dado para asimilar la traición que me había devorado. Sonaron un par de golpes en la puerta, justo cuando una figura familiar entró para saludarme.
-Hola. –Dijo, sin más, con una sonrisa inocente. Reconocí a Luís de inmediato, y me sorprendió muchísimo verle en aquel lugar. Antes de que me diese tiempo a reaccionar con sorpresa, se explicó– Leí el periódico de ayer y me enteré un poco de lo que ocurrió…
-¿Cómo me has encontrado? –Le pregunté, incorporándome ligeramente.
-No fue difícil, solo había que buscar el hospital con más reporteros esperando en la puerta. –Fue directo a tomar asiento, colocándose a mi lado. Al seguirle con la mirada, vi que Lara había dejado todas mis pertenencias encima de la mesita. Entre ellas, mi móvil, una pequeña libreta, y la vieja navaja de color terciopelo.
-No tenías porqué venir. –Le dije, con la voz ligeramente ronca.
-No tenía nada mejor que hacer –respondió, de inmediato– Los periódicos dicen que han atrapado a Jeff. –No pude mirarle a los ojos, mientras lo decía. Se percató, y preguntó inmediatamente. –Tuviste algo que ver, ¿verdad?
-¿Te acuerdas del chico que me acompañaba el otro día? –Asintió. Tomé fuerzas para pronunciar las palabras de aceptación– Pues bien, él era Jeff. –La expresión en su rostro cambió gradualmente, deslizándose entre la sorpresa, la duda y la incredulidad, hasta el miedo y la pena– Al menos uno de ellos…
-¿Había más de uno? –El tono con el que preguntó fue el más sincero y genuino que había oído nunca. No supe demasiado bien cómo contestarle.
-Jeff… era producido por una droga. Había dos personas que la usaron para asesinar. Pero el nombre y su identidad fueron dados por los medios. –Un pensamiento escondido y aceptado, pero no aflorado. Tomé la navaja que había sobre la mesa y me la miré con algo de nostalgia, jugueteando con ella entre mis dedos.
-Joder… –Dejó ir, asimilando lo que ocurría– Todo esto debe haber sido muy duro. Quiero decir… ¡conocer a un asesino! –Luís no tenía pelos en la lengua para decir las cosas, cosa que me alegraba bastante. Lo último que necesitaba era gente tratando de esquivar el tema y que permitiese que se escondiese como el miedo que los cubría a ellos. Luís no tenía miedo, se podía ver en sus ojos azabache– Pero… No sé qué decir.
-No tienes por qué decir nada. Has venido aquí porque has querido, eso ya es mucho. –Volví a contemplar la hoja entre mis manos, y alargué mi brazo para ofrecérsela. –Ten. Entiéndelo como un agradecimiento.
-¿Por… qué? –Pronunció, confuso. Tomó la navaja, de igual forma, y se la miró con detenimiento.
-Por ayudarme en este caso, y por venir aquí. –Volví a mirármela, casi arrepintiéndome de permitir dejar atrás un recuerdo tan importante de la lluvia– Esa hoja lo comenzó todo y lo ha terminado. Ya no me sirve de nada tenerla. –Mi mirada se clavó entonces en sus ojos, deseando que entendiese lo que estaba a punto de decirle– Pero no pienso olvidarla. Tienes que entenderlo como un símbolo de unión. Si te la doy, es para que la guardes bien, y, cuando necesite recordar, iré a ti. ¿Estás bien con eso?
Tras compartir mi mirada por varios segundos, asintió, sonriendo. Y lo entendió, desde luego. Aquella tarde en el hospital no fue la última vez que le vi, ni mucho menos. Curioso fue el destino que, al permitirme acabar de narrar mi historia, encontró una nueva vivida bajo sus ojos. Ahora, mientras escribo las últimas páginas de mis memorias de Jeff, estoy comenzando nuevas mientras él me las narra, en la seguridad de mi apartamento. Sus vivencias, aunque muy distintas, serán terminadas pronto, y no dejarían a nadie indiferente, desde luego. Mientras Luís me explica cada detalle de su macabra historia, mi mente regresa al pasado, a los últimos días de cielo nublado, en aquel triste otoño de 2006.
En una de las noches en las que me obligué a dormir en la incómoda camilla de hospital, uní las últimas piezas del macabro rompecabezas de Jeff el asesino. ¿Cómo llegó aquella misteriosa sangre a manos de Clavero? ¿Quién amenazó a Narváez para que no revelase los datos forenses? Poco a poco, teorías cada vez más acertadas, gracias a tristes experiencias, fueron capaces de ser oídas por el Inspector Rodríguez, cuando lo llamé a primera hora de la mañana. Se alegró de que, por una vez, no fuesen mis amigos lo que llamasen por mí. Me quedaban dos visitas más hasta que pudiese abandonar el hospital y poder ir al entierro de dos acólitos de Jeff. El primero fue Iker, quien, por fin, fue libre. Lara nos acompañó durante toda la visita, y estuvo cubierta de perdones y arrepentimientos. Iker, igual que las últimas veces que lo había visto, no había logrado recuperar su tono jovial y sociable que siempre decoraba su rostro. Trató de evitar hablar de lo ocurrido con Óscar, temeroso de empeorarlo, y no paró de hablar de sí mismo y de lo mucho que podría haber ayudado. Yo simplemente me alegré de verlo fuera de un coche patrulla o una celda. Comimos juntos y nos tomamos una cerveza, como en los viejos tiempos. Y, cuando tocaban las seis en punto, recibí una última visita en el hospital.
-Buenas tardes. –Pronunció, tan educado como siempre, Antonio Jiménez.
-Gracias por venir. –Me encontró de pie, frente la ventana, con una pierna vendada y una muleta para ayudarme a caminar.
-Ningún problema. –Se colocó a mi lado, y noté de inmediato lo alto que era. Siempre ocurría cuando se acercaba a mí. Llevaba una americana y unos tejanos marrones y elegantes. Sus patillas eran ahora algo más largas y abundantes– Faltaría más, después de todo lo que ha ocurrido. –Asentí, en silencio– Querías hablarme de algo, ¿no?
-Así es. –Continué, mirando ahora a la ventana– Verá, como sabe, estuve siguiendo el caso de Jeff desde principios de otoño– Comencé, con el tono más educado y correcto que pude pronunciar. –Y lo cierto es que, me temo, todavía no he acabado. Aún me quedan dudas sobre algunos detalles de este caso, y necesito a alguien que me ayude a unir las piezas. –Le dije, esta vez sonriéndole y mirándole por unos segundos a los ojos. Su expresión cambió, contemplativa y serena.
-Ningún problema –Dijo, en tono optimista, poniendo sus manos en los bolsillos de los tejanos– ¿Qué es lo que no te cuadra?
-Como bien habrán explicado los periódicos, los asesinos resultaron ser el profesor de química, Víctor Clavero, y su alumno predilecto, Óscar Martínez. –Mis palabras temblaron ligeramente al decir su nombre.
-Una auténtica pena… –Comenzó, bajando la cabeza y negando, a lo que tosí para darle a entender que no era el punto al que trataba de llegar.
-Lograron esto gracias a que elaboraron un producto químico compuesto por escopolamina, un potente narcótico, y una hemoglobina alterada para mejorar sus efectos. Dicha hemoglobina es de origen desconocido, muy posiblemente incluso por ambos… "Jeff". –Odié tener que decirlo así. Vi a Jiménez, quien se llevó los dedos a la barbilla, pensativo.
-¿Crees que el origen de esa hemoglobina puede resolver algo? –Preguntó, falsamente.
-No exactamente. Hay algo más… Que no se encontrasen restos de dicha droga en las víctimas no fue casualidad, ya que el inspector al caso, Mario Narváez, había estado escondiendo datos forenses por algún motivo. Y, durante los días en los que Jeff alcanzó gran impacto mediático, Narváez recibió ciertas visitas de un misterioso hombre trajeado, que llevaba siempre un maletín consigo.
-Oh, parece evidente que están conectados. –Saltó– Tal vez tenía algún tipo de negocio con él. Puede que, tal vez, la sangre alterada de la que hablas, estuviese unida a ese hombre de negocios. –En cuanto oí sus palabras, debí evitar sonreír, pues no debía dejar que notase, en aquel momento, que lo había acorralado.
-Sí, es lo que supuse… –Le contesté– ¿Sabía que me hablaron de usted, en la comisaría? –Se sorprendió al oírlo– El señor Rodríguez le mencionó cuando nos conocimos.
-Puede ser, sí. –Asintió– Estudiamos juntos en bachillerato.
-Siempre es bueno tener amigos en todas partes, ¿eh? –Volví a sonreírle. Miré a la ventana una vez más, buscando meticulosamente las siguientes palabras– Pero… Seguro que también le pasa a usted. ¿No hay algo que no le cuadra? –Torció ligeramente la cabeza, confuso– Quiero decir, usted lo ha dicho… ¿Y si la sangre y ese hombre están conectados? ¿Cómo acabó en manos de Clavero?
-Bueno… Un hombre con unas ambiciones como las suyas… Probablemente tenía métodos.
-Eso supuse. –Pronuncié, alegre, como si hubiésemos hallado el punto clave– Y eso me llevó a pensar… ¿Qué conecta a Clavero con Narváez? Así que me hice otra pregunta aún mejor: ¿Qué conecta la universidad con la comisaría? –Volví mi mirada para mirarle a los ojos. Noté el miedo camuflado bajo su sonrisa– Y, entonces, recordé sus charlas acerca de los experimentos sociales, de buscar nuevas ideas e investigar lo que sucede a tu alrededor.
-Vaya, me alegra ver que… –Sus palabras temblaron– Sirven de algo esas charlas, al menos.
-¿Cómo supuso que era sangre? –Fui directo al grano– La hemoglobina es solo uno de sus componentes. Y usted no solo dedujo que se trataba de sangre, sino que lo conectó directamente con Narváez sin siquiera pensárselo dos veces. No era una deducción.
-Bueno, yo deduzco así, a base de…
-No es nada bueno mintiendo. –Borró su sonrisa al interrumpirlo– Lo cierto es que usted tiene buenos contactos en la comisaría, y es lo único que la conecta con la facultad. Además, ¿debo recordarle que trabaja para La Vanguardia, el único periódico que revelaba información real sobre el asesino? –Poco a poco, una sonrisa se fue revelando en su amigable rostro. Una sonrisa siniestra y temblorosa– Tal vez uno de sus experimentos sociales. Tal vez sabía de la rivalidad entre los dos profesores, y pensó que sería buena idea enviarle a uno de ellos un producto químico que nadie más conocía, y cuyas características lo hacían perfecto para potenciar cualquier droga. Tal vez quería saber qué pasaría si acababa en manos de alguien tan talentoso. Y, tras eso, escribiría sobre los resultados para que todo el mundo pudiese leerlo en el periódico.
Al fin, terminé mi acusación. Me miró por largos segundos, tratando de ignorar el miedo a lo que él mismo había creado, mientras trataba de leer mis ojos, más decisivos que nunca. Asintió, en modo de aprobación.
-Nada mal, nada mal. –Dijo, manteniendo la compostura, pero hablando mucho más bajo– Has llegado a esa conclusión, en base a… ¿Qué? –Pude notar que se sintió relajado al decírmelo– ¿Pruebas? ¿Acaso hay huellas, en el frasco? ¿O tal vez dije algo en el periódico que me delate? –Rio, negando con la cabeza– Serías muy buen detective, pero te falta lo más esencial. No puedes demostrar nada de lo que acabas de decir.
-Tengo una declaración. –Le sonreí– Ah, y nadie sabe que se envió un frasco, gracias por la información. –Suspiró, mirando al suelo.
-Vale, de acuerdo, me has pillado. –Volvió a mirarme, acercando su cara a la mía– Fue un experimento social. ¿Y qué? Solo tienes una declaración que solo han oído dos personas, tú y yo.
En aquel momento, revelé el móvil encendido en mi mano derecha, escondido con recelo, y entró el Inspector Rodríguez, apagando el suyo, y acercándose con pasos firmes para esposarlo. El rostro de Jiménez al ver lo sucedido fue de película. Sin duda, no era capaz de entender lo que acababa de suceder, y yo me sentí como un verdadero detective. Pero, en cuanto lograron llevárselo fuera de la habitación, y volví a sentirme solo, noté una presión en mi pecho. Nada podía volver a ser lo mismo, después de todas las cosas que habían ocurrido. Lara entró de inmediato para ver cómo estaba. Trató de mostrarse firme y fuerte, pero en cuanto vio mi rostro melancólico, y mi añorada sonrisa, supo que necesitaba un fuerte abrazo. Noté su calidez envolviendo mi cuerpo, y entendí que, una vez más, había demostrado que Jeff no era más que una invención de aquellos incapaces de aceptar el miedo.
"Óscar Martínez"
Se leía en la lápida de piedra. Fue una sensación increíblemente extraña ver el nombre grabado, como un decisivo recuerdo. Mi pierna ya estaba casi sanada por completo, y ya podía andar sin apenas problemas. Lo tomé como un mensaje de mi subconsciente.
"Mario Narváez"
Se leía justo al lado de la primera lápida. El nuevo inspector, Rafael Rodríguez, contemplaba el nombre con su característica dureza y seriedad. Era un día nublado, aunque el sol se entreveía entre las nubes, y los charcos ya casi estaban secos.
Mentiría si dijese que no lloré, aquel día. Pero, en parte, puedo afirmar que fue debido al ambiente que se respiraba en aquel lugar. Iker y Martín habían venido, también. Lara tomaba mi mano, a mi lado. Las únicas personas que faltaban, en aquel momento, eran Clavero y Jiménez, quienes aguardaban en sus celdas al día del juicio, aún lejano, y cierto personaje que no tardaría en aparecer para dejar su toque único y misterioso. No pude ver en qué momento llegó, pero, como aparecido de la nada, un hombre trajeado y con el cabello corto, entre rubio y pelirrojo, se colocó al lado de Rodríguez, ocultando sus ojos bajo unas gafas de sol. Ambos observaban la lápida, como estatuas protectoras.
-Mi pésame. –Pronunció, con un tono grave, frío, pero algo agradable. Hablaba muy bajo, intentando que solo el inspector lo escuchase, tal vez sin notar que yo, de paso, también lo hacía– Supongo que ahora está usted al cargo. –Los tres, en silencio, esperamos a que alguien dijese algo.
-Fuera. –Dijo, Rodríguez, sin más. El misterioso hombre bajó la cabeza, y se escuchó su respiración sonando como un suspiro.
-De verdad que no me gusta tener que ser tan rudo, pero soy un hombre ocupado. –Continuó– No puede dejar escapar la oportunidad de trabajar con nosotros… Ni yo tampoco.
-No sé qué clase de negocios tenía con el señor Narváez… Pero se han acabado. –Rodríguez ni se inmutaba, y no tenía miedo de que los demás presentes le escucharan.
-Le ruego que, al menos, escuche lo que le ofrezco y de lo que le aviso…
-Usted no tiene derecho a estar aquí, y créame si le digo que podría detenerlo aquí y ahora. –Pronunció, tajante. Aún como una estatua, poco a poco se deslizó hacia el oído de Rodríguez, mientras yo me acercaba ligeramente para poder oír su susurro.
-Me temo que hay demasiado en juego, Rafael Rodríguez. –El hombre, moviendo los brazos lentamente pero con la misma firmeza que la de un androide, se quitó las gafas para revelar sus ojos grandes y expresivos, de un tono rojizo– ¿Es que no quiere que le digamos dónde está su hermano…? –Los ojos de Rodríguez se abrieron en oír tan extrañas palabras. Procuró mantener la compostura y, lentamente, volvió a recuperar la posición inicial.
-Sígame. –Dijo, sin más. Ambos se giraron y se alejaron de la multitud, dejando atrás las lápidas que solo les traían memorias que preferían olvidadas. Me puse nervioso, temí que nada de todo lo que había pasado hubiese servido de nada, mientras visualizaba a Rodríguez cometiendo los mismos errores que su predecesor. Hice un gesto a Lara para que me siguiese y nos fuimos en la misma dirección en la que se fueron, solo para ver desde una esquina como Rodríguez cogía al hombre de la chaqueta y lo ponía contra la pared amurallada del cementerio– ¡Ni usted ni su gente tienen lugar en esta ciudad, ¿queda claro!? ¡Y si vuelvo a verlos por aquí, le aseguro que me enteraré de lo que saben acerca de mí, o de mi familia, sea como sea!
Inmediatamente, lo soltó, y dio media vuelta para volver al cementerio, solo para que el hombre lo contemplase temeroso y sorprendido a la vez. Rodríguez pasó a nuestro lado y nos miró con la misma seriedad de siempre. Le sonreí.
Lara y yo supimos en aquel preciso momento que no quedaba nada que hacer allí. Dejamos a Óscar y a Helena atrás, atravesando la puerta metálica del panteón, y contemplando la vida que se avecinaba. Supe de inmediato que, de un modo u otro, aún no había aceptado su muerte. La cogí de la mano, esta vez algo más fuerte. Pues supe que, pese a todo, había algo que sí había aceptado.
-¿Cómo lo haces? –Le pregunté, sin pensarlo dos veces.
-¿El qué? –Me preguntó, dubitativa.
-Después de todo lo que me ha pasado, y sigues aquí, a mi lado. No lo entiendo. –La miré a los ojos– Cualquier otra persona no habría soportado esta carga. De hecho, ni siquiera sé si yo puedo… –Nos cogimos de ambas manos, acercando nuestras caras.
-¿No lo recuerdas? Tú mismo lo dijiste. –Me dijo, con voz sincera– Sacrificar es hacer lo correcto, incluso si las consecuencias te superan… Tú lo has sacrificado todo, pero no pienso dejarte solo. No quiero ser parte de esas consecuencias. –No pude evitar emocionarme, después de aquel largo día, y comencé a lagrimar, frente a sus ojos– Ey, ¡pero no hay que tenerle miedo a las consecuencias! –Dijo, tratando de animarme.
-Tengo… mucho miedo. –Le dije, con un hilo de voz.
-Lo sé. –Me contestó.
Me dio un suave beso en los labios, para calmar mi temor, aunque no funcionó. Nos fundimos en un abrazo, contemplando el mar, juntos. No nos soltamos por un largo rato. Jeff no estaba muerto. De hecho, estaba más vivo que nunca. Pero, al menos, ahora no lo enfrentaba solo. En el temblor de sus brazos noté el miedo, pero ella estaba mirando el mismo mar conmigo. Nuestras cabezas se tocaron, en el abrazo, temiendo juntos que, muy posiblemente, jamás podríamos volver a besarnos como nos besamos en aquella playa, bajo la luz del ocaso.
-Tengo miedo. –Me dijo.
-Lo sé. –Le contesté.
Y, en aquellas palabras, prometí no ser jamás parte de las consecuencias de su tan noble sacrificio.
