veinticuatro

EL SENDERO DE LA GUERRA

Ahora que el mundo tiembla bajo tus pies
y los continentes se quiebran otra vez,
y las estrellas son fugaces y caen,
descubres de golpe la efimeridad.

(…) Y olas gigantes vienen a donde estás,
ciudades enteras hechas polvo se caen,
y las montañas que eran roca hoy son sal,
sientes lo frágil que es ser un mortal.

Gloria Trevi, "En medio de la tempestad"


El Palacio de las Máquinas


Al proyectar el palacio que habría de ser el centro de su reino, Lilith se había asegurado de que los tecnomagos construyeran para ella un salón privado en el cual refugiarse cuando necesitaba estar sola.

A medio camino entre un museo y una sala de estar, sus paredes estaban cubiertas con estanterías llenas de libros antiguos y objetos valiosos, unos pocos espejos antiguos, y retratos de las Siete Sombras que databan de todas las épocas.

Desde un relieve que originalmente había formado parte de un templo sumerio dedicado a las potencias oscuras, hasta un holograma, los ojos de las Sombras estaban fijos en su madre en todo momento, aunque los originales tenían terminantemente prohibido entrar ahí sin invitación.

Aquella madrugada, a pocos días de iniciar el final de otro episodio en su guerra interminable, Lilith estaba acomodada en un sillón, jugando con la esmeralda de los Mayfair y recordando a su padre de esa reencarnación, Adam Mayfair.

En algún momento de sus muchas vidas, Lilith había llegado a la conclusión de que era siempre la misma alma la que reencarnaba en cada generación con el único propósito de permitirle a ella reencarnar a su vez.

A veces era su padre y a veces era su madre, pero siempre empleaba el nombre del primer hombre o la primera mujer de cualquiera de las innumerables mitologías. Y, lo más particular, lo que servía siempre para que Lilith le reconociera sin sombra de duda, rara vez se sorprendía por nada que ella hiciera o dijera.

Su otro progenitor de turno solía horrorizarse al comprender la clase de espíritu sombrío que era Lilith, pero aquella alma antigua aceptaba la verdad sobre su hija como podría haber aceptado la noción de que el sol sale por el este.

Invariablemente, Lilith pasaba su infancia y juventud odiando a aquella alma imperturbable y tratando de hacer algo, cualquier cosa, para sacarle de quicio. En eso fallaba casi siempre.

Y esa madrugada, cuando estaba tan cerca de alcanzar una meta propuesta milenios atrás, Lilith se preguntaba por enésima vez quién habría sido Adam Mayfair en su primera vida.

¿Se había ofrecido como voluntario para esa labor al principio del tiempo, o era la expiación por algún crimen? Nunca había logrado sacarle una palabra al respecto, ni por las buenas ni por las malas, y era, de nuevo, demasiado tarde como para volver a preguntárselo: una de las últimas misiones de Anmael antes de que le ordenara infiltrarse en el Santuario de Atenea y robar la Fuente, había sido asesinar discretamente a su padre.

Según el reporte de Anmael, Adam había recibido la muerte estoicamente, igual que las veces anteriores, con una sola diferencia: un momento antes de expirar, se había despedido de su asesino con una sonrisa.

"Hasta la próxima vez" fueron sus últimas palabras. Lilith no sabía qué la intrigaba más, si la calma de Adam o el que le hubiera sonreído a Anmael. ¿Acaso agradecía verse librado de su trabajo como guardián de Lilith, o trataba de animar a Anmael para que completara pronto su trabajo?

La muerte de Adam producía en Anmael el mismo efecto que solía producir en Zoe: un largo silencio que a veces se prolongaba por semanas, lo cual siempre era preocupante para Lilith, que odiaba la idea de tener que buscar reemplazos para su asesino de planta mientras se le pasaba la melancolía.

Cuando decidió que siete de sus hijos combatirían a los siete ángeles que se empeñaban en estorbarle, tuvo que admitir (con gran disgusto) que los seis varones mataban con demasiada facilidad. La sed de sangre los impulsaba con tanta fuerza que ni sus aliados estaban más a salvo que sus enemigos. Tenía que recurrir a toda su fuerza para lograr refrenarlos y evitar masacres sin ton ni son, pero de todos modos necesitaba al menos un asesino eficiente, porque de vez en cuando matar era el camino más acertado. Ninguno de los seis era capaz de apreciar una vida, y por eso mismo eran incapaces de administrar una muerte adecuada.

No le dio demasiada importancia al principio, y buscó entre sus hijas una que tomara el puesto.

Para su gran sorpresa (y horror), las Lilim, en su gran mayoría, resultaron ser incapaces de matar. Oh, sí, todas y cada una de ellas eran súcubos, y un altísimo porcentaje de sus víctimas moría… por accidente, por descuido o porque la súcubo no sabía medirse. El caso es que muy rara vez tenían la intención de matar. Y cuando quiso conseguir que alguna lo hiciera siguiendo sus órdenes, casi ninguna fue capaz siquiera de intentarlo.

Zoe había sido un gran hallazgo. Cierto, se deprimía luego de matar. Cierto, tenia que dejarla sola una buena temporada después de cada asesinato y había sido precisamente en una de esas temporadas que había empezado a frecuentar a Azrael. Cierto, quizá había terminado por volverse loca y había decidido que Anmael naciera y muriera para probar un punto que a Lilith no podía importarle menos… pero había sido eficiente y rápida, eso sí.

Con un suspiro, Lilith engarzó de nuevo la esmeralda en la diadema de su armadura. De nada servía especular en ese momento. Tendría que esperar hasta su próxima reencarnación para preguntárselo de nuevo.


El Santuario


Mientras Lilith meditaba sobre el pasado, la Orden de Atenea intentaba tomar decisiones sobre el futuro. Sin mucho éxito.

Luego de horas de discusión entre los Caballeros Dorados, solo quedaba pedir la opinión de la única amazona que no había abierto la boca hasta ese momento.

-Bueno, ¿y a quién propones? –preguntó Marin, con el aspecto de alguien a quien está terminándosele la paciencia.

Ginsei miró a su alrededor como quien busca la vía más rápida por donde escapar.

La situación era tan extraña que estaba volviéndose ridícula. Era necesario elegir un nuevo Patriarca para el Santuario. Aunque el Santuario estuviera en ruinas. Aunque estuvieran en medio de una crisis y nadie a quien escogieran podrían cambiar el hecho de que el líder en ese momento era Seiya de Sagitario, que habría sido la elección lógica de no ser porque solo había obtenido dos votos (el de Shiryu y el de Marin, las reglas prohibían a los candidatos votar por sí mismos). No habría estado tan mal el tener que recurrir a una elección ilógica, pero eso tampoco estaba funcionando.

De estar la reencarnación de Atenea en el Santuario, ella misma se encargaba de señalar al Patriarca de turno; en ausencia de la diosa, la decisión debían tomarla los Caballeros de Oro, pero para que la elección fuera válida, el candidato ganador debía contar con al menos la mitad más uno de los votos disponibles.

Los ánimos estaban demasiado exaltados en ese momento y ninguno alcanzaba la mayoría requerida. Finalmente, Marin había pedido que Ginsei propusiera un nombre más.

-Un cuarto candidato solo dividirá más la votación –gimió Ginsei.

Después de una larga conversación con Jabu frente a las armaduras de Pegaso y Unicornio, Seiya se había hecho el firme propósito de darle una oportunidad a Ginsei. Después de todo, la pobre niña se encontraba en ese momento tratando de balancear una carga casi tan pesada como la que había llevado Saori luego de la muerte de su abuelo, y sin la ayuda que pudiera darle el ser una diosa.

La Orden podía arreglárselas sin ella, claro. Existía desde la Era del Mito y jamás había habido antes una hija de Atenea, ni necesidad alguna de que la hubiera, pero Ginsei era una Amazona de Oro, y los Caballeros de Oro debían estar unidos en tiempos de crisis. Si la unidad llegaba a construirse alrededor de Ginsei, esa era una manera tan buena como cualquier otra para lograrlo.

Y, además, se trataba de la hija de Saori. Jabu se lo había repetido una y otra vez durante su conversación. La hija de Saori, que durante años había sido la razón de su existencia. Si bien Ginsei era, con toda probabilidad, la más evidente de las muchas razones que los habían distanciado hasta un punto en el que difícilmente podrían llamarse amigos, no por eso dejaba de ser todo lo que quedaba de alguien a quien había amado.

Ofrecerle una muestra de confianza para que pudiera dar sus primeros pasos como parte de la Orden no podría causar ningún mal, y más bien podría ayudar mucho a todos.

-Te propongo algo, Ginsei. Sugiere a alguien, a cualquier persona a quien consideres adecuada para el puesto, y yo le daré mi voto.

La muchacha no podía parecer más sorprendida por las palabras de Seiya.

-¿Votarás a favor de quien yo elija?

-Tal como está la situación, tardaremos mucho en llegar a alguna parte. Es mejor buscar un candidato de consenso.

-Pero…

-Vamos, di un nombre. ¿No tienes a alguien en mente?

-De hecho, sí. Pero no te va a gustar.

Seiya se cruzó de brazos.

-Aunque no me guste, votaré por quien sugieras. No tenemos tiempo para seguir discutiendo y yo… confío en tu criterio.

-…De acuerdo. Propongo a Diana Nemo.

Seiya parpadeó unas cuantas veces.

-¿Sabes qué, Ginsei? Tienes razón.

-¿En serio?

-Sí: no me gusta tu sugerencia –Seiya miró con desesperación a los demás caballeros-. ¿Alguno de ustedes sabe qué edad tiene Diana? ¿Ocho? ¿Diez años?

-Bueno, me imagino que mi candidata no cuenta con tu voto, pero…

-¡Eh, espera! –Seiya reaccionó de inmediato-. Dije que no me gusta, pero yo no retiro la palabra dada: Diana tiene mi voto.

-También el mío –dijo Shun.

Ikki titubeó solo unos instantes luego de que su hermano lo mirara como invitándolo a hablar.

-Está bien, voto por ella.

-Cuatro votos –comentó Seiya.

-¿Puedo preguntar por qué propones a una niñita? –preguntó Marin.

-Ayer le pregunté a Saga quién le parecía la persona más adecuada, él sugirió a Diana y yo… confío en su criterio.

Seiya se volvió hacia los dos fantasmas, que habían asistido en silencio a la votación. Ciertamente, no se le había ocurrido que era una buena idea consultar la opinión de alguien que había dirigido el Santuario durante casi trece años.

-¿Se puede saber por qué no te propusiste a ti mismo?

"¿El estar muerto no te parece motivo suficiente?"

-Bueno, sí, supongo que esa es una buena razón…

-¿Pero por qué una niña? –apuntó Hyoga.

Saga levantó ambas manos, pero no respondió.

Ginsei tomó aire.

-Hay una razón, pero tardaríamos todo el día explicándola. Es una buena razón, en serio. Si pueden confiar en nosotros…

¿Confiar en Saga? A pesar de todo lo que había hecho para redimirse, la mayoría de los Caballeros de Oro preferían mantenerse a distancia del fantasma del antiguo Caballero de Géminis. Y aún así, unidad era lo que necesitaban en ese momento, como había pensado Seiya unos pocos minutos antes…

Nachi, Ban y Geki no parecían muy seguros, pero Marin se dirigió a Afrodita con una sonrisa.

-¿Tú estás de acuerdo con ellos?

"Sí."

-¿Y si no tuvieras que seguirle la corriente a Saga?

Afrodita sonrió ampliamente, al tiempo que Saga enarcaba las cejas.

"¿Seguirme la corriente?"

"Solo la mitad del tiempo. Sabes a qué me refiero."

"Hn"

-¿Y bien? –insistió Marin.

"Sí."

-Entonces, tienen mi voto.

-Cinco –dijo Ginsei-. ¿Alguien más?

Shiryu se encogió de hombros.

-De acuerdo, que sean seis votos.

-Siete –añadió Hyoga.

Todos miraron expectantes a Ban, Nachi y Geki.

-Bueno, que sea oficial entonces, aunque nos falta el voto de Kirkelen y sigo pensando que deberíamos haber llamado a Jabu para que votara, por mucho que diga que ha renunciado –gruñó Geki-. Ocho votos, pues.

-Nueve, con el mío –añadió Nachi.

-Y con el mío, diez –concluyó Ban.

-Bien –Seiya se dirigió hacia la puerta-. Supongo que podremos iniciar la misión tan pronto como la nueva Matriarca haya tomado posesión de su cargo. Eso, si sus padres le dan permiso, claro.

"No estuvo tan mal" comentó Saga cuando los demás salieron y Ginsei se quedó a solas con los dos fantasmas.

-¿Tú crees? –preguntó ella-. A mí me pareció horrible.

"Ah, todo saldrá bien" sonrió Afrodita. "Ya lo verás."

-¿Te han dicho alguna vez que eres un optimista?

"No tengo más opción que serlo, de otro modo no habría sobrevivido en este manicomio."


El Palacio de las Máquinas


-Deberías comer algo.

En las semanas transcurridas desde la captura (finalmente) de Fénix y Mircea, junto con el añadido extra de un Caballero de Oro que había llegado con ellos, engañado por un fantasma que ocupaba el cuerpo equivocado, Cristina había visto decaer lenta pero progresivamente a Kiki. La falta de apetito era solo el síntoma más reciente.

-En realidad, no tengo hambre –respondió el Caballero de Aries con desgano.

Cristina se alejó de las celdas y buscó a Máscara de Muerte. Lo encontró en el laboratorio, hojeando uno de sus viejos libros de química básica.

-Tu discípulo está bastante mal, ¿sabías?

-No es mío, es el discípulo de Mu.

-Como sea, el pobre chico cree que eres su Maestro, está aquí por eso, y se está enfermando. Su Maestro, o supuesto Maestro, debería preocuparse un poco por él.

-No necesito sermones de alguien que ha realizado experimentos genéticos con una docena de niños –gruñó MM.

Cristina le arrebató el libro, que cerró con brusquedad y dejó caer sobre la mesa.

-Escúchame, amigo. Todo lo que quería era llegar a ser una gran científica. Ese era mi sueño cuando empecé a trabajar en la Fundación Graude, y ahí tomaron mi sueño, lo retorcieron y lo convirtieron en una monstruosidad de la que no puedo declararme inocente porque nunca me di cuenta de en qué momento crucé la línea entre ser la siguiente gran genetista y ser la sucesora del Dr. Frankenstein, pero nunca, ¿me oyes?, nunca le he mentido a uno solo de esa docena de niños de los que me estás hablando. A diferencia de otros tecnomagos, yo jamás uso máscara y no necesito respuestas sarcásticas de alguien que ni siquiera está usando se verdadera cara.
MM la miró con fijeza por un largo instante.

-De acuerdo. Aparte de que se encuentra en un lugar que no le agrada, ¿qué puede estar mal con él?

-Me parece que es muy sensible a la contaminación. Y toda esta monstruosidad de edificio genera mucha contaminación, por algo estamos respirando aire purificado.

-…Bueno, eso es consistente con lo poco que recuerdo de su verdadero Maestro. Si le dabas agua sin hervir, se enfermaba; y si se la dabas clorada, se enfermaba también.

-Eh…

-Misma raza. Recuerdo haber escuchado que los llamaban "elfos" en alguna ocasión.

-¿Cómo los de Tolkien?

-¿Quién?

-Olvídalo. Espera un momento. ¿Tú, cómo te sientes?

-¿Yo?

-Si el demonio que te ayudó a revivir te puso en una réplica exacta del cuerpo de tu amigo Mu…

-No era mi amigo.

-Como sea, si estás en un cuerpo igual al suyo, ¿no debería afectarte la contaminación?


El Santuario


Leonel sintió que se le oprimía el pecho al contemplar de nuevo la entrada a su antiguo hogar. En los últimos veces había viajado más que en toda su vida anterior al Gran Eclipse. Contempló a su hija y apretó los labios para no decir algo de lo que pudiera arrepentirse más tarde.

Diana llevaba puesto ese día un vestido violeta y parecía estar a sus anchas en el salón principal de la Casa de Sagitario, donde alguien había instalado el trono de Atenea, rescatado (sorprendentemente, casi intacto) de las ruinas del palacio. Casi toda la Orden estaba ahí. Y los que simplemente no habían cabido en el salón, esperaban afuera.

Leonel intercambió una mirada con Alex, su hijo mayor le sonrió, justo como si estuviera tratando de tranquilizarlo, pero él no podía dejar de sentirse incómodo. Sus recuerdos del Santuario, fragmentados e incompletos como estaban, eran suficiente como para mantenerlo tenso. Demasiadas cosas malas habían ocurrido ahí, no le gustaba estar ese sitio, no le gustaba haber llevado a sus hijos, y no le gustaba la manera en la que el Caballero de Sagitario explicaba a su hija la situación de la Orden.

-…Y creo que eso es todo –concluyó Seiya-. Quedas a cargo, nosotros nos vamos de inmediato.

Con eso, Seiya dio media vuelta y se encaminó hacia la salida. Diana se quedó donde estaba, de pie a la derecha del trono de Atenea, su sonrisa había desaparecido y parecía un tanto desconcertada.

-Un momento, por favor –la voz de Diana se escuchó con demasiada fuerza y claridad como para que perteneciera a una niña tan pequeña-. Esta no es la forma de despedirse de la Matriarca que dictan la tradición y la costumbre, Caballero de Sagitario.

Seiya la miró por encima del hombro, sorprendido, como alguien que lleva demasiado tiempo enfocado en una sola idea como para prestar atención a lo que ocurre a su alrededor, volteó hacia ella y le habló con calma.

-Atacaremos el Palacio de las Máquinas. Toda la Orden al mismo tiempo. Esperamos poder detener lo que sea que planea Lilith. Quizá, con algo de suerte, podamos incluso recuperar la Fuente del Santuario. Si la Matriarca lo autoriza, es hora de partir.

-Supongo que es algo que tendrá que hacerse tarde o temprano –respondió Diana-. Pero estoy en desacuerdo con una parte de ese plan.

-¿Sí?

-Si toda la Orden va a partir en esta misión, el Santuario quedará desprotegido.

-No hay mucho que quede por proteger.

-La Matriarca no puede salir del Santuario en tiempo de guerra –intervino Leonel-, lo que acabas de decir puede interpretarse como un insulto.

Seiya no pudo evitar un gesto de sorpresa y Leonel no tuvo más remedio que recordarlo como el jovencito que había sido cuando todavía entrenaba por la armadura de Pegaso. No, no había existido una mala intención, solo esa amargura que parecía formar parte de él desde la muerte de Saori.

En ese mismo instante, Seiya cayó en la cuenta de por qué solo había obtenido dos votos: si los demás Caballeros lo hubieran elegido Patriarca en ese momento, no habría podido acompañarlos durante el ataque al Palacio de las Máquinas.

-No será interpretado como un insulto –dijo Diana con suavidad-. Y me propongo interferir lo menos posible con la estrategia que hayan planeado los Caballeros de Oro. Es solo que me gustaría que los aprendices permanezcan aquí, junto con algunos adultos. Mi padre ya está aquí y podría hacerse cargo, pero no creo que pueda con todos nosotros.

-… Supongo que tienes razón. ¿Alguien en particular que quieres que se quede?

Diana miró de inmediato a Misha, que palideció un poco, pero le sostuvo la mirada.

-Me parece que Jabu de Escorpión… o de Unicornio… es una elección apropiada. Tradicionalmente, los caballeros de Unicornio se han encargado de proveer lo que ellos mismos llaman "la última línea de defensa". Y me parece que la Amazona de Río Eridano está por aquí también. Y el segundo Caballero de Géminis.

La respuesta de Diana sorprendió a todos en la misma medida. Seiya, que hasta ese momento había estado convencido de que la niña trataría de apartar a su amigo Misha de la batalla, tardó unos segundos en asimilar la noticia de que la pequeña Matriarca sabía acerca de la Amazona de Río Eridano… ¿y a qué podría referirse con eso de "el segundo Caballero de Géminis"?

Miró de soslayo a Daga, que, con su costumbre de quedarse callada en cualquier rincón, probablemente había pasado inadvertida para casi todos. La amazona se encogió de hombros.

-La armadura de Río Eridano sigue siendo casi completamente inútil en batalla, si voy con ustedes, solo les estorbaría. Pero en caso de que lleguen a necesitar un escape rápido, que es para lo único que he logrado hacerla servir, puedo alcanzarlos de inmediato. Kanon también, si llega a hacer falta.

-¡¿Kanon?

-Sí, yo –respondió Kanon, que había estado junto a Daga todo el rato.

-Creí que eras Saga…

-A diferencia de mi hermano, estoy vivo. ¿No basta eso para distinguirnos?

-¡Renunciaste a la Orden! ¿Qué se supone que estás haciendo aquí?

-Es largo de contar, pero tendrás un informe detallado esperándote en tu escritorio cuando regreses de China –prometió Kanon, con aire ligeramente burlón.

-Pensándolo bien, no estoy seguro de si quiero enterarme -murmuró Seiya, empezando a sentirse como todos ahí estuvieran burlándose de él-. ¿Qué significa eso de "segundo Caballero de Géminis"?

-Una manera un tanto diplomática de hablar por parte de la Matriarca –Kanon le guiñó un ojo a Ginsei, que no parecía menos intrigada que los demás, y continuó hablándole a Seiya-. Como parte de la Orden de Némesis, me corresponde la armadura negra de Géminis. O Beta Geminorum, si prefieres, que, casualmente, es también el nombre de mi estrella guardiana en la constelación. Pero eso es otra historia y ya te la contaremos con más calma cuando haya tiempo.

-¿Por qué tengo la impresión de que todos aquí sabían eso, menos yo? –protestó Seiya.

-No es precisamente un secreto… Oh, bueno, sí lo era, pero Lilith ya no está aquí, así que no tiene por qué seguir siéndolo.

-¿Qué tiene que ver Lilith con…?

-Mientras fue la persona de confianza de Atenea, no me pareció prudente acercarme demasiado.

-¿Tú sabías? ¿Sabías que Lilith planeaba robar la Fuente?

-Sabía que planeaba algo, pero no qué era.

-Y ahora me dirás que sospechabas de ella porque un experto manipulador reconoce a otro desde lejos.

-No, aunque en eso tienes toda la razón –Kanon había dejado de sonreír-. Mi motivo para desconfiar de Lilith es mucho menos intelectual: cuando mi hermano acababa de obtener la armadura de Géminis, las Sombras atacaron el Santuario y trataron de hacernos creer a todos que la reencarnación de Atenea en realidad era la reencarnación de Lilith. Y hace unos años, cuando supe que una aprendiz llamada Lilith había llegado al Santuario, me chocó tanto el nombre que no tuve más remedio que investigar si tenía alguna relación con la Lilith cuyos servidores amargaron tanto las últimas horas de mi madre. Desgraciadamente, así era. Desde entonces he procurado vigilarla a ratos, con la ayuda de unos pocos amigos y parientes.

-¿Por qué nadie me dijo nada?

-Porque te habrías precipitado a hacer algo, sin saber dónde estaba realmente el peligro –interrumpió Shiryu, que ya empezaba a cansarse de la discusión-. Lilith se cubría demasiado bien las espaldas y nunca dio un paso en falso en todos estos años, y créeme que la vigilamos con la esperanza de que se pusiera en evidencia en algún momento, pero nunca pudimos atraparla con las manos en la masa, y Saori no nos habría creído sin pruebas. Si te hubiéramos dicho algo, tú habrías tratado de hablar con Saori y Lilith se habría encargado de alejarte del Santuario, o algo más definitivo sin que ninguno de nosotros pudiera ayudarte. Ahora, ¿quieres hacer el favor de dar la orden de partida? Si no me equivoco, querías que estuviéramos en Rozan antes de que amanezca.

Seiya frunció el ceño y señaló a Kanon.

-Ese informe del que hablaste, más te vale que esté en mi escritorio para cuando regrese.

Kanon parpadeó un par de veces, pero sonrió y asintió.

-Ahí estará.

Sin perder la seriedad, Seiya fue hasta donde estaba Diana y la saludó con una inclinación.

-Si la Matriarca lo autoriza, los Caballeros de Oro, Plata y Bronce, con excepción del Caballero de Unicornio, el… segundo Caballero de Géminis, la Amazona de Río Eridano y la Amazona de Andrómeda, saldremos de inmediato.

-Cumplan con su misión y regresen a salvo –respondió Diana-. No les pido más.

-¡Un momento! –protestó Andy.

-Tu madrastra y tus hermano menor están aquí –replicó Seiya, sin mirarla-. Estando ausentes tu padre y tu hermano Terry, alguien tiene que cuidar a tu familia.

Andy iba a discutir, pero una mirada de Shun la detuvo.

Tan pronto como los Caballeros abandonaron el Santuario, Andy salió de la Casa de Sagitario para dirigirse a la de Virgo, con un gesto de frustración que hizo que todos los demás jóvenes del Santuario se apartaran de ella apresuradamente.

"¿Qué puede haber impulsado a Seiya a dejar atrás a la hija de Shun?" preguntó Saga, que había aparecido junto a Diana a mitad de la discusión "Hay otras familias aquí"

-Las corazonadas de Seiya suelen ser confiables –respondió Jabu-. Pero creo que lo hizo por Shun más que por Andy. El pobre ha estado al borde de una depresión desde que Terry se marchó.


El Palacio de las Máquinas


Era el anochecer de un día glorioso como pocos. Hay ocasiones en que el sol y el cielo parecen querer superarse a sí mismos, por lo que Lilith se tomó el trabajo de acercar un sillón hasta una ventana y pasó los últimos minutos del día contemplando a gusto la puesta del sol.

Exael acertó a pasar cerca del salón en una de sus rondas de vigilancia y no pudo evitar mirar por la puerta abierta.

-Pasa –lo invitó Lilith, al ver que dudaba entre seguir con su ronda y quedarse mirándola desde la entrada.

Él obedeció y se sentó en el suelo, junto a su sillón.

-Es imposible cansarse de las puestas de sol, ¿no crees? Me pregunto si en el Santuario disfrutarán mi regalo tanto como yo estoy disfrutando los colores de la luz.

Exael sonrió, un poco inseguro de lo que su madre trataba de decir.


Los Caballeros de Atenea llegaron al valle en plena noche, o al menos eso afirmaba el reloj de Seiya. En todo caso, la masa de fantasmas que se arremolinaba en el cielo y las nubes negras se habrían encargado de impedir que hubiese luz, aunque fuese medio día.

La tierra alrededor del palacio estaba ennegrecida y agrietada hasta donde alcanzaba la vista, y se estremecía cada pocos minutos. Eso, combinado con el cielo cubierto de nubes y el viento helado, bastaba para indisponer a cualquiera.

Ginsei estaba tiritando y solo le quedaba desear que la armadura de Géminis pudiera disimular eso un poco.

-Bien, ya estamos aquí. ¿Cómo vamos a entrar? –preguntó Ikki.

-Yo diría que por la puerta –respondió Seiya.

Ataviado ya con la armadura de Sagitario, Seiya estaba empezando a sentir de nuevo aquella extraña sensación previa a una batalla realmente importante. Igual que al ver a Casio frente a él en la arena del Coliseo, para decidir cuál de los dos reclamaría la armadura de Pegaso; igual que al empezar a subir los interminables escalones de las Doce Casas o que... Se mordió el labio inferior, puso su mente en blanco por un momento y luchó por controlar su respiración. Habían pasado casi veinte años desde su último combate real y estaba perfectamente conciente de que el tiempo desteñía los recuerdos, pero de todos modos lo sorprendía un poco la mezcla de angustia y de algo cercano al éxtasis que sentía en ese momento. Debía ser la adrenalina.

Las decisiones tomadas habían sido espantosamente inseguras, el plan de batalla era, en el mejor de los casos, torpe. Y, a pesar de eso, ninguno de los Caballeros de Oro presentó objeción alguna. ¿Por qué habrían de hacerlo? En el pasado habían ganado guerras con mucho menos, o al menos eso era lo que se decía Seiya a sí mismo con un dejo de amargura. Todo aquello le recordaba demasiado la Batalla de las Doce Casas, cuando cinco adolescentes simplemente corrieron escaleras arriba tratando de llegar hasta el Patriarca sin tener ni la menor idea de qué harían o qué dirían si de casualidad lograban llegar hasta la cima del Santuario.

Pero la mayor parte de los que estaban rodeando en ese momento el Palacio de las Máquinas ya no eran adolescentes y Seiya no podía menos que sorprenderse un poco al descubrirse a sí mismo pensando que había corrido mucho durante toda su vida únicamente para descubrir de pronto que siempre había sido en círculos.

La hija de Saori caminaba a su lado, sus amigos lo rodeaban, y frente a ellos se alzaba la mole oscura y amenazante de un nuevo peligro de proporciones cósmicas.

Ciertamente, entre más cambiaban las cosas, más seguían iguales.

-¿Es que no hay nadie guardando las puertas? –la pregunta de Nachi lo sacó de sus pensamientos. En efecto, las puertas del Palacio de las Máquinas estaban abiertas de par en par y sin nadie (aparentemente) para resguardarlas.

-¿Cómo? ¿Además de todo quieres que nos cierren el paso desde el principio? –preguntó Geki.

-Siempre hay alguien vigilando la entrada. Es lógica elemental. O la tradición, si lo prefieres.

Ikki hablaba con aire despreocupado, pero en voz baja y sin dejar de mirar a su alrededor.

El interior del Palacio de las Máquinas estaba tan oscuro y silencioso como el exterior y los Caballeros de Atenea avanzaron sin encontrar a nadie que les cerrara el paso.

Los Caballeros de Oro iban al frente, seguidos por ocho Caballeros de Plata y seis de Bronce. El resto de la Orden estaba dividida en pequeños grupos, rodeando el palacio y vigilando.

Azael tenía ya algunos minutos de estar observándolos. No los conocía a todos y eso le molestaba bastante.

El que abría la marcha era Seiya de Sagitario, a su derecha estaba Shiryu de Libra y a su izquierda estaba Ikki de Leo. Los seguían Hyoga de Acuario y Shun de Virgo. A continuación marchaban Marin de Piscis y Ginsei de Géminis. Cerraban la marcha Geki de Tauro, Ban de Capricornio y Nachi de Cáncer.

En total, diez de los once caballeros de oro designados. ¿Dónde estaban el de Aries y el de Escorpión?

Quizá estaban afuera, tal vez esperando con refuerzos. De los otros caballeros, los de rangos inferiores, no sabía casi nada.

La Sombra Verde puso en alerta de inmediato a todos los habitantes del palacio.


Erin


Nemain caminaba a paso firme hacia el campamento de Ares. Se había cansado de mirar desde las ventanas de Tara, de modo que decidió acercarse para comprobar si era sólo su imaginación o si realmente el campamento enemigo estaba tan vacío como aparentaba desde la mañana anterior.

Su cuervo mensajero graznó ominosamente luego de posarse en el último árbol antes del inicio del campamento. Algunos de sus perros, que la habían seguido ladrando y jugando por el camino, se detuvieron con el pelo erizado y gruñendo. La diosa no pudo menos que estar de acuerdo con las señales de inquietud de sus animales: había demasiado silencio.

Desenvainó la espada y continuó caminando, esta vez en forma más sigilosa de lo acostumbrado.

Las tiendas ciertamente tenían un aspecto no solo de abandono sino además de deterioro, las telas de las tiendas (resistentes y pesadas telas impermeables, hechas para resistir durante años de intemperie, lluvias ácidas e incluso guerra química) estaban desgarradas y ondeaban en un viento fantasmal... aunque el material de las telas no era apropiado para ondear al viento, ni allí ni en ningún otro universo que ella conociera. ¿Sería alguna clase de broma pesada?

¿Y dónde estaban todos?

Las ordenadas callejuelas formadas por escuadrones de tiendas estaban tan vacías como la entrada, de modo que llegó hasta el centro del campamento, donde estaba el gran círculo de ceniza y leños quemados de la hoguera de los sacrificios y, frente a éste, la tienda de Ares.

Esa, como las otras, también lucía vieja y desgarrada, pero al menos estaba custodiada: Fobos y Deimos permanecían a cada lado de la entrada, como dos estatuas, igual que siempre. Los perros gruñeron más todavía, algunos empezaron a ladrar; Nemain bajó un poco el brazo que sostenía la espada, pero no envainó.

-Anunciad a vuestro Amo que la diosa Nemain está aquí para visitarle.

Ninguna reacción.

Desde un principio la enervaban las máscaras blancas de los dos berserkers, en las que las partes que correspondían a los ojos daban la impresión de ser unas cuencas vacías más que cualquier otra cosa, y el que la ignoraran como si no estuviese allí (o como si ellos no estuvieran) resultaba sumamente irritante.

-A un lado –gruñó-. Me anunciaré yo misma.

No se movieron, de modo que Nemain avanzó para apartarlos por la fuerza y tuvo que dar un salto hacia atrás para esquivarlos cuando atacaron al unísono. Estaban armados, Fobos con una espada ibera corta y un puñal, y Deimos con una maza erizada con púas de hierro. Nemain retrocedió un poco, lamentando mentalmente el no tener consigo al menos un escudo.

Consideró que, por muy bien entrenados que estuvieran, no eran verdaderos rivales para una diosa guerrera... pero de todos modos eran más y estaban mejor armados. Pocos minutos después, Nemain estaba replanteándose seriamente las ideas que había tenido hasta ese momento acerca de esos dos: ciertamente estaban logrando mantenerla a raya a ella y a los perros, y no faltaba mucho para que tuviera que empezar a buscar seriamente alguna forma de escapar del campamento lo menos lastimada posible.

Se agachó para esquivar rápidamente la maza y su capa se enredó en las púas del arma, pero la traidora tela no se desgarró y la diosa se encontró a sí misma siendo lanzada hacia el suelo por el impulso del golpe. No le quedó más remedio que soltar la espada para evitar caer sobre su propia arma. Lo peor fue que, al intentar ponerse en pie, descubrió que su capa seguía enredada en la maza.

Permaneció con las rodillas en el suelo mientras buscaba la espada con una mano e intentaba soltar el broche de su capa con la otra. Un tirón de la maza le indicó que Deimos quería obligarla a echar hacia atrás la cabeza, de modo que su cuello quedara más vulnerable.

Fobos estaba frente a ella, levantando la gladium...

Un latigazo certero desvió la mano de Fobos. Nemain aprovechó el instante para terminar de soltar su capa y rodó lejos del alcance de Deimos, luego trataría de enterarse de quién la había ayudado, por el momento era más importante conseguir cualquier cosa que sirviera para reemplazar su espada, que ahora estaba a varios metros de ella.

Con un par de tirones logró desprender una de las estacas que sujetaban la tienda más cercana, e inmediatamente atacó a Fobos con el extremo afilado. El beserker la esquivó, pero no tan rápido como para que ella no pudiera darle un codazo en las costillas, aunque no tan bien dirigido como para poder romper alguna. No importaba, el siguiente golpe sería todavía mejor.

Efectivamente, al segundo intento logró incrustar la estaca a la altura del corazón de Fobos, la gruesa piel de oso con la que se cubría seguramente habría amortiguado el golpe lo suficiente como para que no alcanzara el corazón, pero de todos modos era una herida importante y, con algo de suerte, no tardaría en derrumbarse.

Lo que sucedió, la tomó completamente por sorpresa. El beserker gritó, aunque llamar "grito" a aquel aullido inhumano resultaba una descripción bastante vaga. La piel de oso alrededor del lugar donde estaba clavada la estaca se ennegreció e incluso empezó a humear, pero nada de eso detuvo a Fobos, que seguía gritando y moviéndose, ahora más rápidamente incluso que al principio, lanzando estocadas a diestra y siniestra con sus dos armas.

Nemain no se detuvo a contemplar aquello, se lanzó enseguida hasta donde estaba su espada, la empuñó y volteó a atacar de nuevo a Fobos. Una rápida mirada a su alrededor le permitió descubrir que no conocía a su inesperado ayudante. Tenía una apariencia francamente desagradable y no se parecía a nada que hubiera visto alguna vez en las Islas Afortunadas, pero se las estaba arreglando bien contra Deimos, así que decidió dejar las preguntas para más adelante; la prioridad en ese momento era hacer algo para que Fobos dejara de ser un problema.

Ahora también Deimos estaba aullando, en una forma que habría bastado para congelar de miedo a cualquier mortal, sin duda había sido alcanzado también por su oponente. Nemain, que seguía moviéndose en círculos alrededor de Fobos buscando alguna forma de acercarse a él, recordó sin querer una visita, lejana ya y casi olvidada, a Rumania. Sí, definitivamente aquello sonaba como un vampiro al que acabasen de clavarle una estaca... Y, a la primera oportunidad, soltó la espada y empujó la estaca con ambas manos hasta que tuvo la seguridad de haber atravesado el corazón de Fobos.

Caídos los dos Berserkers, Nemain pudo darse el lujo de mirar con más atención a su repentino aliado.

Era Ares.

El dios de la Guerra Apasionada la miró con aire de cansancio infinito y empezó a darle una explicación sin que se la pidiera.

-Ofrecieron sus vidas como sacrificio para recuperar la vida de alguien a quien estimaban –Ares tosió unas cuantas veces, sin darse cuenta, al parecer, que estaba tosiendo sangre-. Se convirtieron en guerreros inmortales, una forma bastante pasada de moda en que algunos de mis berserkers solían rendirme culto en los viejos tiempos. Deberían alimentarse con sangre derramada en combate, pero como no ha habido combates últimamente…

-Empezaron a alimentarse de ti –completó Nemain.

Ares sonrió de una manera que en casi cualquier otra persona habría parecido triste.

-Se les pasó la mano. Hoy llegamos a un punto en el que eran ellos o yo. Por eso envié lejos a los demás. No quería que nos vieran así.

-Bestias… -murmuró Nemain, con repugnancia.

-No… no digas eso. Ellos confiaron en mí y yo no les proporcioné una guerra en la que pudieran alimentarse ni pude sustentarlos mientras esperaban. Les fallé.

¿Acaso estaba a punto de llorar? Nemain sintió que su sangre hervía, casi como si se aproximara involuntariamente a un éxtasis de batalla. La esencia misma de todo lo que volvía sagrado un combate se rebelaba ante el aspecto de derrota del dios griego, y aquellas emociones ardientes eran tan imposibles de desobedecer como el llamado del Baelrath.

Nemain reconoció el llamado de la Guerra y no se molestó en tratar de resistirse.

-¡Ares! –exclamó, y solo esperó el tiempo indispensable para él le dirigiera una mirada sorprendida antes de atacar, sin cometer el insulto de refrenar su fuerza-. ¡Pelea!

Fue un combate corto. Ares, que no esperaba que Nemain lo atacara, apenas logró defenderse de las tres primeras estocadas y no tuvo el tiempo ni la fuerza suficientes para bloquear la cuarta.

Un golpe rápido, en el lugar correcto y con solamente la fuerza necesaria para producir una muerte rápida, con el mínimo indispensable de dolor.

Los ojos de Nemain no se apartaron de los de Ares los pocos instantes que pasaron entre que él soltara su espada y el que el arma llegara al suelo, y pudo notar el momento exacto en el que el dios de la guerra comprendió la razón de su ataque.

-Eres generosa, Nemain. Gracias –alcanzó a decir él.

Nemain contempló el cuerpo de su rival y colega disolverse en polvo en cuestión de segundos.

-De nada –respondió suavemente.

Muy lejos de ahí, a un universo de distancia, Albiore, antiguo Caballero de Plata de Cefeo, cuya existencia hasta ese momento había sido sustentada por la de Ares, se convirtió en un montoncito de cenizas en cuestión de segundos y su espíritu, francamente sorprendido, fue absorbido de inmediato por la vorágine de fantasmas que vagaban sin rumbo por el cielo.

Con su propia espada, la diosa cavó un hoyo en el que depositó cuidadosamente aquel polvo que había sido en distintos momentos de cuatro décadas un caballero, un líder y una divinidad, e invocó mentalmente a Ian.

-¿Mi Señora?

-Trae vino, leche y miel –ordenó ella, sin dejar de trabajar.

Cuando Ian regresó, Nemain había depositado sobre el polvo la espada y el látigo de Ares, junto con algunas de las joyas que ella misma portaba, había cubierto todo con tierra y se disponía a formar un pequeño montículo con piedras para señalar la tumba.

Ian aguardó hasta que el montículo estuvo listo para acercarse a la diosa con una bandeja en la que levaba tres copas. No eran las copas de oro y plata reservadas para los banquetes y ceremonias, sino tres copas sencillas, de materiales humildes y resistentes, la clase de copas que usaban los guerreros en campaña.

-Buena elección –aprobó Nemain.

Tomó la primera copa, que contenía leche, bebió un trago y derramó el resto del contenido sobre el montículo para finalmente dejar caer también la copa.

-Que nunca te falte alimento.

Hizo lo mismo con la segunda copa, que contenía miel.

-Que nunca fallen tus fuerzas.

Por fin, repitió sus acciones con la tercera copa, la del vino.

-Que tu copa siempre esté llena a rebosar.

Al momento que la tercera copa tocó el montículo, las tres se desintegraron en diminutos fragmentos que quedaron desperdigados entre las piedras. Para entonces habían llegado Gienath, Macha y Morrigan, que se ubicaron a derecha e izquierda de Nemain, y muchos habitantes de Tir-Na-Og, guerreros al igual que ellas, que formaron un amplio círculo alrededor del montículo.

-¡Salve, Ares, Señor de los Campos de Batalla! ¡Séate la tierra leve! –gritó Nemain.

Sus hermanas y súbditos la secundaron con gritos de guerra.

-¿Habrá un banquete funerario? –preguntó Morrigan.

-Todo el ceremonial –respondió Nemain.

-Me parece demasiado para alguien a quien solo vimos debilitarse y decaer –murmuró Macha.

-Te equivocas. Lo vi luchar hasta el momento mismo de tener mi espada atravesándole el corazón. Además, él no habría hecho menos por mí.


El Santuario


Marijose dejó la taza de café sobre la mesa y miró por la ventana, pensativa.

Toda la situación era demasiado extraña, pero nada había sido muy normal desde que había iniciado los primeros contactos con la Orden de Atenea. Hay un límite al miedo que se puede sentir, y la gente empezaba a acostumbrarse a las miríadas de fantasmas que se arremolinaban en el cielo.

Y, hablando de fantasmas, el que se encontraba ahí, en la cocina de Verena, estaba terminando de explicarle a Leonel lo que había ocurrido con el espíritu de Aioros la última vez que lo había visto.

"No hubo nada que pudiera hacer al respecto. Lo lamento" concluyó Saga.

Leonel suspiró. Deseaba poder sentirse furioso contra el antiguo Patriarca, pero era difícil actuar así con alguien que se esforzaba tanto por tratar de hacerle las cosas menos complicadas.

-Entonces, ¿él estuvo a salvo en las Islas Afortunadas todos estos años?

"Por lo que tengo entendido, las almas que se refugiaron ahí luego del colapso del Hades pudieron llevar vidas normales… como si no hubieran muerto. Hay un chico que anda por aquí, compañero de colegio de algunos aprendices, que, según Afrodita, es hijo de Kamus… y demasiado joven como para que haya nacido antes que Ginsei."

-Increíble… ¿Saga?

"¿Sí?"

-¿Hay alguna manera de rescatar a los espectros?

"No lo sé. Quizá si Seiya y los otros pueden detener lo que está haciendo Lilith, las fronteras entre las realidades volverían a la normalidad y los fantasmas podrán regresar entonces a sus lugares de descanso."

-¿Y si los fantasmas se quedan donde están aunque las fronteras se normalicen?

"Pues…"

-¿Qué es eso? –preguntó Verena de repente.

Todos miraron hacia donde señalaba, precisamente la ventana por la que Marijose había estando viendo sin prestar realmente atención al paisaje: una multitud de puntos negros se aproximaba, subiendo rápidamente por lo poco que quedaba de montaña hacia la meseta.

"¡Oh… diantres!" exclamó Afrodita.

-¿Saga? –preguntó Leonel, alarmado.

"Nos están atacando."

Continuará...


Gladium: así es como llamaban los romanos a un estilo de espada corta propia de los guerreros iberos, que terminó siendo incorporada al arsenal de las legiones romanas.