Advertencia: El siguiente oneshot contiene uso de lenguaje altisonante y altamente procaz, que no debería ser leído por nadie con buenos modales. A menos claro que seas una pillina del Helsa a la que le encanta romper las reglas.

Disclaimer: Si Frozen me perteneciera estaría viviendo en medio de Disneyland, conduciendo naves de utilería de Star Wars, peleando con espadas láser y embriagándome con Mickey Mouse dentro del castillo de la Cenicienta, o algo así. Pero no, entonces, solo utilizo los personajes de Frozen para entretenerme un rato. Todos los derechos van para la empresa del ratón.


Cuando llegue el otoño


El ruido estruendoso de alguien golpeando a su puerta arrancó a Hans de las entrañas de aquel sueño profundo, en el que todavía seguía de fiesta en algún club nocturno de la ciudad. Su estilo de vida había quedado definido a tal punto por las noches de juerga, que a veces era imposible distinguir entre si estaba celebrando realmente o todo era producto de su imaginación.

Aturdido por la resaca, abrió los ojos y se descubrió despatarrado sobre su sofá. La cabeza le pulsaba desagradablemente, tenía la boca seca y el apartamento estaba vuelto un desastre. Más allá vio los pies de alguien tumbado sobre el suelo sin pantalones.

Y luego estaba esa persona que no dejaba de tocar como si fuese a tirar la puerta.

Exhalando un suspiro malhumorado, el pelirrojo se puso de pie y se dirigió a abrir arrastrando los pies, teniendo que evadir el puño de la personita que estaba en el pasillo. Unos furiosos ojos verdes lo fulminaron con la mirada.

—¡¿Dónde está?!

—¿Eh? —el colorado parpadeó y frunció el ceño, confundido.

La borrachera de anoche sí que había sido épica.

—¡¿Dónde está, Eugene?! ¡No te atrevas a ocultarlo de nuevo, idiota! ¡Sé que está aquí! —sin parsimonia, la muchacha de largo cabello dorado lo hizo a un lado y entró en el lugar, blandiendo una peligrosa sartén de la mano.

Ya iba a empezar de nuevo.

—¡No te di permiso para entrar, zorra! —le espetó Hans.

—¡Ya estoy adentro, perra! —respondió Rapunzel con una mano en la cintura, desafiantemente— ¡Así que creo que entraré y buscaré a mi novio, sin importarme una mierda lo que tengas que decir! ¡Porque eres una perra! ¡¿Qué vas a hacer al respecto?!

—¡Vete a la mierda, bruja estúpida!

La joven le hizo una señal obscena que le hizo bullir la sangre de indignación, antes de darse la vuelta y recorrer el lugar llamando a gritos a su amigo. Pasó por encima del sujeto musculoso en el piso, el cual se despertó abruptamente al ser pateado en un costado y miró hacia todas partes, tratando de reconocer en donde se encontraba.

Otro muchacho de cabello ondulado y tez morena salió de una habitación adyacente, afectado por la resaca y con una estola de plumas rosadas enredada alrededor del cuello.

—¡Eugene! ¡Sal de donde estés, pedazo de cretino!

Los chicos siguieron en tropel a la rubia hasta el baño, donde el aludido yacía profundamente dormido dentro de la bañera. Eugene se despertó sobresaltado y agitó los brazos al sentir el golpe de sartén que fue a parar a su cabeza.

—¡Woah! ¡¿Qué demonios?!

—¡No puedo creer que tenga que encontrarte metido aquí! ¡Otra vez! ¡¿Sabes las veces que te llamé anoche?! ¡Prometiste que estarías en mi casa a las siete! ¡En nuestro aniversario! —chilló Rapunzel histéricamente— ¡Me pasé sola toda la noche! ¡Creí que algo te había sucedido! ¡Pero creo que lo único que te ocurrió fue la intoxicación alcohólica que tuviste con estas perras!

—¡¿Qué?! ¡No! ¡¿Era ayer?! —el castaño se incorporó de un salto, tambaleándose y mirando a su novia sumamente pálido— ¡Mierda! ¡Preciosa, déjame explicarte!

—¡Estoy harta de esto! ¡Pasas más tiempo con estos inútiles que conmigo! ¡Ya no vamos a contemplar el atardecer con Pascal ni a fumar hierba juntos, porque siempre estás alcoholizándote con estos tipos! ¡Siento que ya no me amas!

—¡Cariño, lo siento!

—¡Deberías casarte con estos idiotas y dejar que ellos te amarren a la cabecera de la cama en las noches! ¡Supongo que eso te gustaría, ya que pasas tanto tiempo con ellos! ¡¿Sabes qué?! ¡Ellos serán tu nueva pareja ahora! —prosiguió la blonda, ignorante de las miradas perturbadas que intercambiaban los jóvenes a sus espaldas— ¡Debería terminar con esta relación!

—¡No! ¡Punzie, por favor…! —Eugene le tomó una mano y la miró desesperado— ¡Te juro que no sabía nada! ¡Trataré de compensarlo!

—¡No me toques, maldito desgraciado! —la muchacha lo golpeó con la sartén haciendo que se cubriera con las manos y se arrinconara en una esquina del baño, mientras los otros estallaban en risas.

—¡En la cara no! ¡No destroces mi bello rostro!

—¡Mira como tiembla ese marica!

—¡Sí! ¡Dale en las bolas, Punzie! —exclamaron los amigos de Hans socarronamente, sin mover un dedo por ayudar a su colega.

Incluso el cobrizo admitía que presenciar la tortura de Eugene era una manera muy aceptable de soportar la resaca.

—¡Es la última vez que vuelves a hacerme esto! ¡Te advertí que traería la sartén si osabas decepcionarme de nuevo! ¡¿Lo hice o no?!

—Joder, que pesadilla. Tú nunca maduras, ¿no, Rapunzel? —señaló Hans cizañeramente—. Cualquiera que te mirara, no pensaría que eres hija de una de las mejores familias de la ciudad. Con esa pinta y esas actitudes tan primitivas.

—Oh, ¿así que el señorito piensa que soy primitiva? ¿En serio crees que necesito de esta cosa para resolver todos mis problemas? —Rapunzel se volvió hacia él con una expresión peligrosa en los ojos—. Quizá a ti también te haga falta un escarmiento para darte cuenta de que esto no es un juego.

—¿Qué vas a hacer? ¿Vas a golpearme con tu sartén? Patético.

—Oh no, sé que eso no funciona contigo. Jamás me rebajaría a pelear con alguien como tú —la chica lo miró con desdén y luego esbozó una sonrisa petulante—. Me parece que te estás olvidando de algo muy importante. Te conozco desde que eras un pequeño hijo de puta en preescolar que bebía su leche en biberones de marca y cagaba en sus pañales de diseñador —entrecerró los ojos—. Sé tu debilidad.

—¿Estás fumada de nuevo?

—Un poco, pero eso no es lo importante. Ayer por la noche, mientras andabas de parranda con estos tipos y Eugene, me tomé la libertad de navegar un poco por tu perfil de Instagram. Tuve mucho tiempo libre ya que alguien no se presentó para celebrar nuestro aniversario.

—Punzie, lo siento mucho, de verdad, yo no…

—¡Shhhhh! —Rapunzel calló a su novio ruidosamente y él se volvió a retirar a su rincón, rascándose la nuca con bochorno— ¿Sabes, Hans? Últimamente has subido muchas fotos interesantes. Fotos interesantes que era una pena no compartir con tu apreciada familia. Menos mal que tengo a casi todos tus hermanos agregados en mis redes sociales, donde todo el mundo se puede enterar de lo que todo el mundo hace. ¿No te parece maravillosa la época en la que vivimos?

La expresión arrogante de Hans decayó en un ceño fruncido y muy consternado.

—¿Qué? No lo harías.

—Ay, pero sí lo hice. Estaba observando esa fotografía en la que estabas bebiendo con unas mujerzuelas y, ¡ups! Creo que etiqueté a tus hermanos —Rapunzel fingió hacer un puchero de vergüenza—. ¡Fue tan inoportuno! ¿Y adivina quién me llamó de inmediato para comprobar los pasos que estaba dando su hermanito? Así es. Caleb y yo tuvimos una larga conversación llena de deliciosos detalles. Y no se escuchaba contento, Hans. ¿Qué fue lo que dijo antes de despedirse? Ah sí, "me encargaré de meter a ese muchacho en cintura antes de que siga poniendo el ridículo el apellido Westergaard". Oh cielos, creo que estás en problemas.

Hans palideció.

—Mierda, Hans.

—Ahora sí te jodió, viejo.

La joven se adelantó hasta él y lo señaló, picándolo dolorosamente con su dedo índice en el pecho.

—Te advertí que no te metieras conmigo, perra —le espetó—. Ahora lamentarás haber interferido con mi relación. ¡Mírame! ¡Mírame a los ojos! Quiero que pienses en mí cuando tu hermano te dé la noticia. Quiero que recuerdes mi expresión cuando estés trabajando en ese horrible lugar. Yo pensaré en la tuya cuando estés ahí y me regodearé con tu sufrimiento.

—Espera, ¡¿a qué te refieres?!

—¡La venganza es dulce, hijo de perra!

Rapunzel elevó la cabeza y rompió a reír maniáticamente, como uno de esos villanos estereotipados de las películas de Disney. Su maléfica risa hizo eco en las paredes del baño y no se detuvo ni siquiera cuando Eugene la tomó de la cintura y la cargó para salir del apartamento.

—Esa chica necesita dejar los porros —el muchacho moreno se mesó el cabello y miró su costoso Rolex, abriendo los ojos como platos—. ¡Maldición! Debo irme o llegaré tarde al almuerzo con mis padres y los LaBouff. Odio esas cosas, pero al menos en esta ocasión eligieron un buen restaurante. Dicen que la chef está muy buena.

—Sí, yo debo regresar a ejercitarme. Esto debe repetirse el próximo sábado, inútiles.

Cada fin de semana, la juerga se repetía como si sus cuerpos no se cansaran de estar al límite. El grupo de amigos de Hans era pequeño pero variado: Naveen, hijo de unos diplomáticos maldoneses que estaban cansados de lidiar con el mal ejemplo de su primogénito, Eugene, el youtuber de moda que por alguna razón se había fijado en esa desquiciada que tenía por novia y por último Gastón, un vago de gimnasio que cuando no salía a embriagarse, estaba comiendo huevos crudos y levantando pesas.

—¿Estás bien, Hans?

—Viejo, quita esa cara de marica, por Dios. Esa zorra es patética, solo quiere meterte miedo. Todos sabemos que no sería capaz de matar una mosca, mucho menos delatarte.

En el bolsillo de sus jeans, su iPhone sonó tenebrosamente, emitiendo una fúnebre melodía que solo tenía reservada para la persona con la que casi nunca hablaba: su hermano mayor.

Con mano temblorosa, Hans tomó el aparato y apretó el botón de contestar. Ni siquiera tuvo que hablar al acercarlo a su oído.

Te espero en una hora en mi despacho. Sin excusas —Caleb colgó.

El temblor nervioso de Hans se incrementó junto con un tic en el ojo. Esa maldita perra chismosa.

—Eso no se escuchó nada bien.

—Estás jodido, hijo de puta.

Sus amigos abandonaron el apartamento y el pelirrojo se dispuso a ponerse presentable para ver a su hermano. Se dio una ducha rápida y lavó sus dientes, empeñado en borrar todo rastro de alcohol o tabaco que pudiesen seguir delatando lo evidente. Preparó una taza de café negro con tal ímpetu en el temblor que se había apoderado de sus manos, que casi derrama la bebida.

Luego, como un condenado de camino a su ejecución, tomó sus llaves y salió lentamente de casa, barajeando toda una sarta de excusas en su cabeza.


Hacía un par de años que ya no se pasaba por la casa principal para visitar a Caleb. La mayoría de sus hermanos, no bien cumplieron la mayoría de edad y recibieron su parte de la fortuna familiar, se habían ido a vivir por su cuenta al igual que él. Con veintiún años recién cumplidos, Hans había estado feliz de poder perder de vista ese lugar en el que atesoraba más malos recuerdos que buenos.

Su moderno apartamento no era nada a comparación de la mansión de tres pisos con estilo clásico, pero sin duda era más acogedor.

Tan pronto como puso un pie adentro, una criada lo recibió y lo condujo hasta la enorme oficina con muebles caoba que ocupara su padre cuando era niño, antes de morir a causa de un infarto que nadie se esperaba.

Parecía algo cruel, pero Hans no lo echaba de menos. Y tampoco había echado de menos a su primogénito, quien ahora lo miraba con severidad detrás del escritorio.

Caleb le indicó que se sentara y él se sintió ridículo por sentirse tan intimidado; como el chiquillo de seis años al que todavía podían regañar por jugar con sus barquitos en la tina y terminar inundando el baño.

—Supongo que sabes ya porque te he citado aquí. Tuve una conversación muy interesante con la señorita Corona ayer por la noche.

—Que desafortunado, ¿sabías que consume drogas? Deberíamos informar de ello a sus padres, estoy seguro de que no tienen idea.

—Hans…

—De hecho, estaba esperando esta conversación por lo mismo. Estaba a punto de comunicarme contigo, hermano. Mira, esa chica no está bien. Fumar tanta hierba sin duda debe hacerla imaginar cosas, tú sabes cómo son los drogadictos, exageran todo a niveles imposibles. Deberían internarla en una clínica de rehabilitación.

—Hans…

—Puedo buscar una si avisas a sus padres. Ellos te lo agradecerán. Yo lo haría si mi hija fuese una asquerosa drogadicta que inventa rumores. Y ya que tú y sus padres son amigos y socios comerciales, considero pertinente que…

—Me importa una mierda lo que haga esa zorra —lo interrumpió Caleb con autoridad, interrumpiendo su perorata—. Y a ti también. ¿Qué demonios pretendes al venir y tratar de desviar mi atención con esa basura? Creíste que ibas a librarte de una buena, ¿no? No olvides que te conozco bien desde que eras un chiquillo mentiroso y manipulador.

—¿Qué? Yo no…

—Si al menos usases tu lengua para algo más productivo que justificar tus parrandas, quizá padre te hubiera confiado un porcentaje mayor de nuestras acciones. Pero lo cierto es Hans, que no eres más que un mocoso mimado que se ha conformado con tener dinero y manchar su reputación adonde quiera que va. Cosa que honestamente, no me importaría en lo absoluto de no ser porque compartimos el mismo apellido. Y no dejaré que lo sigas enlodando con tus actitudes infantiles.

—Oh, ahora te preocupas por nuestro apellido —el pelirrojo abandonó su semblante inofensivo y lo miró con desdén—, ¿desde cuándo te interesa algo de lo que yo haga?

—Desde que los inversores extranjeros mostraron más interés que nunca en invertir en nuestra cadena de hoteles —Caleb sacó un cigarrillo de una cigarrera de plata que descansaba sobre el escritorio y procedió a encenderlo con serenidad—. Isles Company ha vuelto a captar el interés de los medios de comunicación gracias a sus innovaciones en la industria turística, de las que por cierto, tú nunca has formado parte. No puedo permitir que pongas en ridículo al resto de la familia, exhibiéndote en las redes sociales de esta manera —sacó su teléfono y le mostró una de las vergonzosas imágenes que abundaban en su cuenta de Instagram, en la cual podía apreciársele medio desnudo sobre una mesa llena de licor, al lado de sus amigos—. ¿Crees que este es un comportamiento digno de un Westergaard?

—Insisto en que es muy inusual toda esta actitud con respecto al valor de la familia. ¿Desde cuándo somos una?

—¡Deja de jugar conmigo, imbécil! —Caleb golpeó la mesa con su puño sobresaltándolo e intercambiando con él una mirada de profunda animadversión— ¡Sabes bien que no estoy bromeando, Hans! ¡Nos pones en vergüenza con estas estupideces!

—¡¿Y qué se supone que haga al respecto?! ¡Llevas dos años sin hablarme y ahora de la nada pretendes que te dé explicaciones sobre mi vida! ¡¿Qué demonios?!

—Lo que espero es que aprendas a comportarte como un digno representante de esta familia —Caleb fumó de su cigarrillo para tranquilizarse, volviendo a adoptar una actitud fría hacia él—. Nos conviene mantener una reputación intachable ante los inversores y el público en general. A ti te conviene. Los escándalos no van a incrementar nuestros ingresos. ¿Por qué es tan difícil de comprender eso, Hans?

—Bien, se trata de dinero. Por ahí hubieras empezado. Dejaré de poner en ridículo a tu preciosa cadena de hoteles —el muchacho se levantó de la silla, indignado—. Ahora si me disculpas…

—No he dicho que podías levantarte. He decidido cancelar todas tus tarjetas de crédito.

—¡¿Qué?! ¡¿Estás jodiéndome?!

—No podrás disponer de un solo centavo más de la fortuna familiar, hasta que aprendas a manejarte como es debido. Tu nivel de gastos es obscenamente descomunal, incluso para un joven de tu nivel. No puedo permitir que sigas despilfarrando la fortuna que tanto le costó amasar a nuestro padre.

—¡Ese dinero es mío, imbécil! ¡No puedes quitármelo! ¡Soy mayor de edad, Caleb, por Dios!

—Puedo y lo hice —dijo su hermano desafiantemente—, mejor cuida la manera en que me hablas, Hans. Por algo padre me nombró como el administrador principal de todos sus bienes y me autorizó a tomar las decisiones pertinentes sobre tu parte de la herencia, o la de cualquiera de nuestros hermanos.

—No puedes desheredarme así como así.

—No, pero puedo restringir tu asignación mensual si así lo creo conveniente. Y he decidido que no te vendrá mal pasar por una temporada de austeridad. Se acabaron las juergas y los gastos superficiales. A partir de hoy tendrás que ganarte cada euro.

—¡¿Y qué se supone que voy a hacer ahora?! ¡Tengo cuentas que pagar, Caleb! ¡Mi apartamento no se mantiene solo!

—Descuida, no tendrás que preocuparte por ese lugar. Te he conseguido un trabajo que te mantendrá lo suficientemente ocupado como reconsiderar tu estilo de vida.

—¿De qué estás hablando? —Hans lo observó con los ojos muy abiertos— ¿Trabajo? ¡Yo no trabajo! ¿Qué… qué clase de broma de mal gusto es esta?

—Ninguna clase de broma, hermanito. ¿Tú crees que todo lo que te doy será gratis para siempre? Es hora de que empieces a contribuir con esta familia. Todos ponen de su parte para mantener el nivel de productividad de la cadena. Es justo que hagas lo mismo.

—Creí que me querías lo más lejos posible de tus amados hoteles —dijo Hans irónicamente.

—Ah, pero eso no ha cambiado en lo absoluto. Ya tenemos el departamento de publicidad cubierto, pero un amigo de la familia te empleará en un sitio donde podrás comenzar desde abajo. Adgar Sorensen era uno de los colaboradores más apreciados por nuestro padre y el principal distribuidor de Aquavit para nuestros hoteles y restaurantes. Necesita a alguien que le ayude con las tareas pesadas en su rancho de Oslo y le dije que estarías encantado de asistirlo.

—Esto en serio tiene que ser una broma.

—Mejor que comiences a aceptarlo cuanto antes. Tienes dos opciones, muchacho: o aceptas el trabajo con Sorensen o comienzas a buscar un empleo por tu cuenta. Y dado que no cuentas con experiencia previa, no esperes encontrar alguno que te permita mantener ese apartamento tan caro y el coche que tienes. Tendrías que vender ambos para vivir acorde a tus nuevas posibilidades.

—Eres un idiota, Caleb —le espetó Hans.

—Pero, si pasas una temporada en Oslo, yo mismo me encargaré de cubrir todos tus gastos en Copenhague hasta que regreses. Confío en que para entonces tus ideas se habrán aclarado lo suficiente y dejarás de comportarte como un mocoso inmaduro.

—No tengo otra alternativa, ¿no? Lo tenías todo arreglado desde que esa zorra habló contigo —repuso Hans con amargura—. Iré a ese maldito lugar y cuando vuelva, espero que todas mis cosas estén en orden, ¡y eso incluye mi cuenta bancaria! ¿Algo más que deba saber, idiota?

—Pasarás dos meses en Noruega. Partirás de inmediato.

—¡¿Qué?!

—Te recomendaría que vayas a hacer tus maletas en este instante. Voy a reservar tu boleto de avión para esta noche.

Con la sangre bulléndole de rabia, Hans se levantó de su asiento y se dispuso a salir del despacho. ¿Quién carajo se creía que era Caleb para mandar sobre él, después de años de desinterés? Ni siquiera se dignaba a mirarlo cuando era niño, el muy hipócrita. Tenía ganas de gritar y golpear a su hermano mayor, decirle los improperios que siempre se callaba por creer tener el derecho a meterse en su vida.

Pero no le daría esa satisfacción.

Iría a ese rancho de mala muerte en Noruega para darle gusto, no tenía otra opción. Caleb creía que no era más que un muchacho mimado que no podía buscarse la vida por sí mismo, pero ya le demostraría.

Ya les demostraría a todos.


El aeropuerto como de costumbre, era un completo desastre y más teniendo en cuenta que estaban a punto de comenzar el período veraniego. El vuelo había sido aburrido y apacible. Malhumorado, Hans comprobó que no tenía datos en su teléfono y suspiró, sabiendo que le esperaba un largo día por delante.

Fue recogido en la terminal por un hombre de cabellos pelirrojos y sonrisa serena, que lucía un bigote no muy prominente sobre su labio superior. Adgar Sorensen parecía un hombre amable y alegre; todo lo opuesto a su difunto padre quien había sido un ogro en vida. Se preguntó en silencio como era posible que ambos hubiesen sido amigos en el pasado.

—Bienvenido, es un gusto tenerte aquí —le dijo cálidamente—, ¿qué tal estuvo el viaje?

El muchacho le respondió con desgano.

—Será mejor que vayamos saliendo, nos espera un largo camino hasta la finca. Tan pronto como lleguemos podremos comer algo.

Hans arrastró su equipaje hasta la parte trasera de una camioneta de trabajo, grande y lujosa. Al parecer al sujeto ese no le iba nada mal. Mientras conducía le fue hablando acerca del rancho y del paisaje que recorrían en el vehículo. Tenía que admitir que los fiordos noruegos eran hermosos en esa época del año.

Se detuvieron ante la barda que delimitaba una enorme propiedad, internándose en un campo repleto de plantíos que parecía extenderse por kilómetros.

—Bienvenido al Rancho Arendelle —le dijo animadamente—, aquí es donde estarás trabajando los próximos meses. La casa se encuentra a unos pocos minutos de aquí, te hemos preparado una habitación especial.

—No puedo esperar —murmuró el joven con sarcasmo.

Adgar rió por lo bajo, sin dar muestras de ofenderse en lo más mínimo por su actitud. Sabía bien que no estaba ahí por gusto pero un poco trabajo duro no le venía mal a nadie. Estaba seguro de que al terminar la temporada, su forma de ver las cosas habría cambiado radicalmente.

La camioneta se detuvo y entró en un enorme granero, en el que había un par de coches más y varias herramientas. Unos metros más allá podía vislumbrarse la residencia familiar, una enorme construcción de paredes blancas y dos pisos, con un balcón que bordeaba el nivel superior y un pórtico rústico pero elegante. Definitivamente era mucho mejor de lo que se había imaginado.

—Bien, Hans. Será mejor que te presente a la familia y luego…

—¡Señor Adgar! —un hombre robusto entró en ese momento al granero con prisa, sin reparar en el visitante.

—¿Qué sucede, Kai?

—Los proveedores de barriles están aquí, pero me temo que ha habido un inconveniente con el… eh, con el pedido. Al parecer el transporte tuvo un problema al venir hacia acá, así que no pude firmar la entrega. Ahora ellos quieren hablar con usted.

—Demonios —masculló el hombre, llevándose las manos a la cintura y resoplando—. Será mejor que vaya. ¿Por qué no das una vuelta por ahí, Hans? Trataré de no demorarme mucho. Pero no te alejes demasiado de aquí.

Sin esperar su respuesta, ambos hombres salieron apresuradamente y el colorado levantó una ceja. Mejor disfrutar de sus últimos minutos de relativa libertad antes de comenzar con toda esa mierda del trabajo.

El terreno del señor Sorensen estaba compuesto por varias plantaciones de patatas y cereales, además de dar hacia un pequeño bosquecillo escondido tras un fiordo, al cual como le había dicho, a su familia le gustaba ir de vez en cuando para hacer comidas campestres. Decidió explorar un poco por allí y disfrutar del hermoso paisaje.

Los pastos estaban verdes y las aguas del lago se veían más cristalinas que nunca, perfectas para echarse un chapuzón y refrescarse del molesto calor de principios de verano. Lástima que nadar era lo último para lo que había hecho ese fastidioso viaje.

Un movimiento bajo el agua captó su atención y Hans dirigió su mirada hacia allí, quedándose estupefacto al divisar la silueta femenina que nadaba bajo la superficie. Una silueta blanca como el alabastro, esbelta y torneada, de cintura pequeña y las piernas más largas y bellas que había visto. Sin nada de ropa.

El pelirrojo sintió subir su temperatura corporal de improviso y cuando la ninfa del fiordo emergió y clavó sus ojos azules en él con sorpresa, se quedó paralizado.

Se miraron por un segundo con pasmo mutuo y entonces el colorado dio media vuelta y se alejó por donde había venido. Su corazón estaba latiendo de manera acelerada y sentía las mejillas ardiéndole como si fuese un niño que veía la anatomía femenina por primera vez.

Pero es que sí era la primera vez que veía un cuerpo femenino como ese.

Cada forma en él parecía esculpida por los mismos dioses, desde sus lindas pantorrillas hasta las curvas sugerentes de sus pechos, ocultos primorosamente por los mechones de su melena mojada y platinada, que parecía resplandecer con el sol. Eso por no mencionar su rostro, tan terso y precioso. Dios bendito…

—¡Hans, ahí estás! —Adgar le habló a lo lejos tan pronto como hubo vuelto a aparecer en las inmediaciones de su casa— Entra. Te quiero presentar a la familia.

Intentando disimular el furioso rubor en sus mejillas, el joven se metió las manos en los bolsillos y se adelantó hacia él, dejando que lo guiara a la puerta de entrada.

—Hace bastante calor, ¿eh?

—Sí, bastante.

—Gerda preparó unas bebidas, es nuestra ama de llaves —entraron en el vestíbulo, que era muy luminoso y estaba decorado en tonos blancos y beige, con muebles de madera.

Más allá divisó una enorme sala de estar y el acceso a un comedor de roble. Unas escaleras amplias conducían al segundo piso transcurriendo paralelas a un enorme ventanal. Se veía que la vida allí era sencilla pero para nada precaria. Aquella casa bien habría podido pasar como una de las residencias campestres que tenía su padre en las costas de Dinamarca.

—Hans, esta es Idun, mi esposa —su anfitrión le presentó a una mujer joven y de cabello castaño recogido en un moño descuidado, cuyos hermosos rasgos y ojos cerúleos le parecieron muy familiares—. Cualquier cosa que necesites en casa se la puedes pedir a ella o a Gerda.

—Encantada de conocerte, cariño. Siéntete como en casa —le dijo ella sonriéndole con dulzura tras estrechar su mano.

—Se lo agradezco.

En la cocina, la puerta trasera se abrió dejando entrar a dos personas que salieron al vestíbulo con estrépito: un joven rubio y de anchos hombros, vestido con camiseta y vaqueros, y una chica pelirroja que usaba un atuendo similar, con el cabello recogido en dos trenzas iguales y una enorme sonrisa en la cara. Se parecía mucho a Adgar. Tanto ella como su acompañante tenían pinta de haber pasado la mañana entera afuera, a juzgar por su piel ligeramente bronceada y el cansancio en sus rostros.

—Ah, aquí llegan los muchachos. Hans, esta es Anna, mi hija menor. Suele ayudarnos un poco con el trabajo pesado.

—¡Hola! —la pecosa lo saludó con entusiasmo mientras él se preguntaba como era posible que una chica tan delgada y pequeña, hiciera "trabajo pesado". El fuerte apretón que le propinó en la mano lo hizo reconsiderar su postura— ¡Mucho gusto! Vaya, cuando papá mencionó que recibiríamos a un nuevo ayudante en casa, me imaginaba que sería alguien más viejo. ¡Esta es una grata sorpresa!

—Y él es mi ahijado, Kristoff —el blondo permaneció serio y le hizo un asentimiento que Hans correspondió con la misma actitud—. Ya te enseñarán como se manejan las cosas por aquí. Trabajan más que nadie.

—Gerda preparó una comida especial para celebrar tu llegada —dijo Idún sin dejar de sonreír—. Espero que tu estancia aquí sea cómoda.

—Gracias, no debió molestarse.

La puerta detrás de ellos volvió a abrirse y a Adgar se le iluminaron los ojos al ver a la persona que acababa de entrar.

—Y aquí llega el orgullo de esta familia. Hans, quiero presentarte a mi hija mayor —el aludido se dio la vuelta y se quedó de piedra—. Elsa es la mujercita más responsable de esta familia. Ella es quien me ayuda con la administración del rancho, que no te extrañe si llega a darte órdenes en el futuro. Presiento que vas a recibir muchas por su parte este verano. Pero descuida, ya todos estamos acostumbrados —bromeó su padre.

El aludido contempló lívido a la rubia, quien con el pelo todavía húmedo y enfundada en un vestido blanco de encajes con botas vaqueras, le dirigió una mirada llena de frialdad.

—Hija, saluda a Hans. Va a estar con nosotros una buena temporada, así que es mejor que todos se vayan conociendo, ¿eh?

—Es un placer —pronunció ella con fría cordialidad, extendiéndole una delgada mano y mirándolo de manera helada.

Cuando él se la estrechó, prefirió ignorar la descarga eléctrica que le recorrió el cuerpo.


Fue extraño asimilar la dinámica que esa alegre familia tenía durante el resto del día. Hans no estaba acostumbrado a que sus hermanos se interesaran por él, mucho menos comer todos juntos desde que eran niños que vivían bajo el mismo techo. Fue por eso que la cena de aquella noche le resultó desconcertante.

Entre el animado parloteo de Anna y las risas del resto de los integrantes de la familia, no podía hallarse más fuera de lugar.

Ni siquiera fue capaz de concentrarse en las preguntas que le hacían o en la deliciosa comida que había preparado el ama de llaves, todo por sentir la fría mirada del par de ojos azules que lo analizaban recelosamente en el asiento de enfrente. Elsa Sorensen había resultado ser una muchacha de pocas palabras a diferencia de su hermanita, que se contentaba con observar y emitir juicios silenciosos sobre lo que veía.

Y a juzgar por su expresión glacial, Hans estaba seguro de que en su caso la conclusión no era favorable.

¿Por qué había tenido que dar ese estúpido paseo horas atrás? No podía sacarse de la cabeza la hermosa silueta de la blonda y por más que lo intentara, atreverse a echar un vistazo en su dirección hacía inevitable imaginarla sin ropa de nuevo.

Ella lo sabía y por eso ya lo detestaba. Podía leerlo en su mirada.

La habitación de invitados que le designaron resultó ser bastante más agradable de lo que esperaba. Había una enorme cama matrimonial que hacía juego con la cómoda y el par de mesas de noche que reposaban a cada lado. No le costó mucho acomodar sus pertenencias en el vestidor adjunto con su propio baño.

Miró su teléfono y suspiró. Cuanto echaba de menos tener Internet.

Era más de medianoche cuando por fin logró conciliar el sueño, tras dar vueltas en la cama pensando en lo mucho que odiaba a Caleb, lo que estarían haciendo sus amigos en Copenhague o con cuanta frecuencia iría cierta jovencita rubia a nadar en las aguas del riachuelo.

Le costó trabajo despertarse al escuchar como tocaban a la puerta y la voz de Adgar que le instaba a levantarse desde el otro lado.

Refunfuñó y se cubrió la cabeza con la almohada.

Cinco minutos después de darse una rápida ducha, bajaba las escaleras con pereza, aun malhumorado por la hora. ¿Quién en su sano juicio se levantaba a las seis de la mañana? No iba a durar un solo día allí.

—Buenos días, cariño —Idun le sonrió maternalmente cuando entró en la amplia cocina, donde tanto el ama de llaves como el resto de los miembros de la familia preparaban las cosas del desayuno. Elsa ni siquiera se dignó a mirarlo mientras colocaba los cubiertos en el antecomedor con ademanes exageradamente cuidadosos y medidos—. ¿Dormiste bien?

—Algo así.

—En un momento todo estará listo para comer, tienes que alimentarte bien para tu primer día de trabajo —dijo la castaña jovialmente—. Anna, ve al gallinero por los huevos —le indicó a su hija menor.

—¡Será un desayuno delicioso! —afirmó la colorada con entusiasmo, antes de tomar una cesta y salir rápidamente por la puerta trasera.

¿Es que todos ahí siempre eran tan patéticamente felices?

—¿Vas a trabajar vestido así? —Hans dejó de bostezar y observó como el ahijado de Adgar lo miraba con una ceja arqueada.

—¿Qué? —miró su atuendo sin entender. Portaba una camisa y unos pantalones de marca, junto a un par de tenis costosos y su reloj de oro.

Era la ropa más casual y sencilla que tenía, y no comprendía que tenía de malo.

—Vamos a hacer trabajo pesado allá afuera principito, no a un desfile de modas —le advirtió Kristoff—. No querrás que tus prendas se ensucien.

—Es lo único que tengo, ¿sí?

Delante de él, Elsa dibujó una sonrisa burlona en sus rosados labios que lo molestó de sobremanera.

—Tú mismo —replicó el blondo encogiéndose de hombros y volviendo a su tarea de preparar café.

Hans se sentó con una expresión sombría en el rostro.

Cinco minutos después la mesa se encontraba a rebosar de comida y la familia Sorensen volvía a hablar alegremente, ignorando el estado de ánimo de su invitado, quien no se veía capaz de terminar con su desayuno. En Copenhague, lo más que hacía al levantarse por las mañanas era tomar una taza de café con un par de tostadas, antes de salir por ahí a perder el tiempo.

Miró con desgana su ración de fruta, la avena y el plato de huevos con arenques que seguían casi intactos ante él.

—Mejor come, necesitarás mucha energía para esta mañana —le advirtió Anna con simpatía, quien asombrosamente ya había dado cuenta de su propia ración al igual que su padre y Kristoff y ahora bebía una taza de café con leche—. Aquí nos tomamos el trabajo muy en serio.

El bermejo frunció la boca con desagrado.

Un rato después, los cuatro jóvenes salían de casa tras haber recibido instrucciones de Adgar. Aquel día, su ahijado y sus hijas se encargarían de poner al tanto a su nuevo invitado sobre como funcionaban las cosas por allí. Al parecer estarían trabajando un poco en los establos, antes de ir a ayudar al cabeza de familia con la cosecha.

—¡Olaf! ¡Sven!

Dos perros acudieron presurosos al llamado de la más joven de la familia, quien los recibió con su habitual entusiasmo. El primero era un simpático perro de agua de largo pelaje blanco, cuyos mechones quebrados ocultaban sus pequeños ojos oscuros. El animal brincaba entusiasmado con la rosada lengua de fuera ante la voz de Anna.

El segundo can resultó ser más imponente. Se trataba de un enorme Terranova de pelaje pardo que debía pesar por lo menos sesenta kilos. Hans se tensó cuando la criatura reparó en él y emitió un gruñido.

—¡Sven! —el perro se tranquilizó ante el tono severo de Kristoff y acudió a lamer su mano con la cabeza baja.

Olaf mientras tanto, se entretuvo olfateando sus zapatos y a continuación orinó en uno de ellos.

"Genial", pensó con desanimo.

—No te preocupes, nuestros perros no son bravos, ¡estoy segura de que cuando te conozcan bien, serás como su mejor amigo! —lo animó la colorada.

—No puedo esperar —murmuró él con sarcasmo, desviando la mirada hacia su hermana, que avanzaba con desenvoltura hacia un enorme granero.

Incluso en un lugar como aquel, Elsa parecía la personificación de la elegancia. Cada movimiento en su persona estaba dotado de gracia y estilo. Aquella mañana se había vestido con las mismas botas vaqueras que le había visto el día anterior, unos jeans ajustados que realzaban deliciosamente su pequeño pero bien formado trasero y una camisa azul que llevaba anudada bajo el pecho, exponiendo su vientre plano y esbelto. Completaba el conjunto un sombrero de ala ancha para proteger su delicado cutis del sol.

Ni siquiera las chicas de su círculo en Copenhague, con todo su dinero, sus joyas y sus prendas de marca, podían lograr una apariencia tan etérea. La muchacha bien podría hacerse pasar por alguien de la realeza y le habría creído, aún con aquella sencilla indumentaria.

—¡Rápido, que no tenemos todo el día! —exclamó autoritariamente.

Sin ánimo, Hans entró en un enorme cobertizo arrastrando los pies. Dentro había un intenso olor a paja y animales, y él no pudo evitar hacer una mueca de asco.

—Hoy nos ocuparemos de darle mantenimiento a los caballos —dijo Elsa con autoritaria frialdad—, Kristoff, saca las herramientas y dáselas a Hans. Hay que empezar por limpiar sus caballerizas.

—No esperarás en serio que yo me ponga a recoger la mierda de estos animales, ¿o sí? —pronunció el bermejo con desagrado.

Los tres chicos se volvieron a mirarlo con las cejas alzadas.

—Eso es justo lo que espero que hagas —repuso la rubia ásperamente—. Toma una pala.

—Olvídalo, no pienso acercarme a ninguno de estos caballos. Debe haber otra especie de trabajo que no implique trabajar con la suciedad de un establo como este. Esto no.

Elsa entrecerró los ojos amenazadoramente y caminó hacia él hasta quedar a solo a un palmo de distancia, mientras su hermana dejaba escapar un silbido de suspenso por lo bajo.

—¿Quién te crees que eres? Te recuerdo que estás aquí para trabajar duro y obedecer órdenes, no para hacer lo que se te dé la gana. Ahora vas a coger esa pala y harás lo que yo te diga. No tolero a los holgazanes.

Hans liberó una risa condescendiente. Estando tan cerca, podía percibir el embriagador perfume de la muchacha y contar las pequeñas pecas que surcaban el puente de su nariz de botón. Demonios, estar tan lejos de casa y tan cerca de esa diablilla blanca sí que le estaba afectando.

—¿Qué pasa, reina de hielo? ¿No estás acostumbrada a que te reten? —pronunció temerariamente— Te ves bonita cuando estás molesta, ¿sabes? La frustración resalta tus ojos.

Elsa se ruborizó furiosamente y él se regodeó al ver como lo asesinaba con la mirada. Por fin mostraba una emoción.

—¡Oye, idiota! —Kristoff le llamó la atención, dirigiéndose hacia él para intimidarlo— ¡No le hables así!

—Déjalo —le dijo la blonda, con una voz increíblemente tranquila para la rabia que se la estaba comiendo por dentro. Ya le enseñaría a ese arrogante a respetarla como era debido—. Hay que mostrarle cómo hacemos las cosas en el rancho. Cuando trabajamos en los establos no nos importa ensuciarnos.

Antes de que pudiera reaccionar, el pelirrojo fue empujado dentro de una de las caballerizas, en la cual se encontró frente a frente con un imponente caballo marrón de crines negras y blancas. El animal relinchó fuertemente ante su intrusión y Hans retrocedió, nervioso.

—¡¿Qué demonios…?!

—¡Oh, solo es Sitron! Tranquilo, tiene mal carácter pero no es malo —le advirtió Anna desde afuera— ¡Sitron! Tranquilo muchacho, tranquilo.

—Vaya mierda —el bermejo se encogió en una esquina sin despegar los ojos del animal, quien definitivamente no parecía contento con su presencia.

Una pala fue arrojada a sus pies.

—¡Ahora recógela! Vas a aprender a usarla —le dijo Elsa con altivez al tiempo que entraba en la cuadra de al lado, ocupada por un hermoso caballo blanco que la recibió con gentileza—. Comienza por moderar tu lenguaje y mejorar esa actitud. Los animales son sensibles a nuestro ánimo, si no te calmas, lo vas a asustar.

—¿Yo asustarlo a él?

—Sitron es un caballo difícil, no te conviene enfadarlo.

—¡Estás loca!

La muchacha esbozó una sonrisa de autosuficiencia y se dispuso a usar su propia pala para empezar a limpiar el espacio de su caballo.

—Fíjate en como lo hago con Marshmallow. Quiero que esa cuadra esté muy limpia antes de que salgamos de aquí.

De mala gana, Hans tomó la pala sin prestar realmente atención a lo que hacían la joven o sus acompañantes. Torpemente hizo ademán de empezar con la limpieza, sobresaltándose al escuchar otro relinchido del animal y resbalando sobre algo espeso. Miró hacia abajo y palideció.

—¡Argh! ¡¿Es en serio?! —bramó al reconocer las heces del caballo.

Una serie de risas resonó en los establos, haciendo que le hirviera la sangre. Malditos fueran todos ahí.

Maldito fuera Caleb por enviarlo a ese puñetero rancho.


Al finalizar el día, Hans se encontraba exhausto y abatido por el dolor. No recordaba la última vez que había tenido que hacer un esfuerzo físico tan grande. Tras arreglárselas con la limpieza de los establos, había tenido que ayudar a dar de comer a los caballos, (Sitron definitivamente no había hecho buenas migas con él), recoger las patatas que ya estaban listas en los plantíos, transportarlas al granero y volver al sembrado para trabajar en la tierra con los otros.

Lo peor era que, a pesar de haberse dado una ducha rápida a mediodía, aquel repugnante olor a estiércol se había quedado impregnado en sus fosas nasales. No sabía cómo iba a soportar entrar de nuevo con todos esos caballos.

Miró su camiseta con desagrado. Había trabajado tanto que estaba prácticamente empapado en sudor; esa vida de campiranos no era para él.

Suspiró y escuchó como alguien tocaba a la puerta. Idun entró tras escuchar su autorización y le sonrió con dulzura.

—Cariño, Gerda hará la colada hoy. Vine a buscar tu ropa para que pueda lavarla.

—Se lo agradezco. Estaba a punto de darme otra ducha.

—Terminaste cansado, ¿eh? No te preocupes, cielo, estoy segura de que terminarás acostumbrándote. Adgar dice que lo hiciste muy bien hoy.

Hans se obligó a devolverle la sonrisa, mientras se desprendía de la camiseta. Era difícil mostrarse sarcástico o desagradable con esa mujer tan amable y maternal; tanto como ignorar el enorme parecido que guardaba con Elsa. Idun Sorensen seguía siendo una belleza, su afable sonrisa y su tierna personalidad explicaban porque su esposo la miraba como si aún fuese un adolescente enamorado. Algunos tipos tenían suerte.

Lástima que su hijita no hubiera heredado esa apacible personalidad, de lo contrario, probablemente ya hubiera logrado encandilarla.

Solo pensar en estar con ella para probar esos labios rojos y descubrir si su piel era tan suave como aparentaba, hacía que experimentara un cosquilleo en la parte más recóndita de su anatomía, definitivamente sería una forma más idónea de pasar esas vacaciones…

—Ahora ve y date prisa con ese baño —la voz de Idun lo sacó repentinamente de sus fantasías—, cenaremos en un rato, ¿de acuerdo?

En la planta baja de la residencia, Elsa soltó un respingo y subió con las ropas que su padre le había entregado para dárselas a su invitado. Se trataba de un par de vaqueros y algunas camisetas sencillas, que aunque viejos, serían mucho más apropiados que su guardarropa para hacer trabajos pesados.

Ni siquiera sabía porque su papá tenía tantas consideraciones con él, no era más que un desagradable y engreído niño mimado que necesitaba una buena dosis de realidad.

—Tenemos que ser pacientes con él, Elsa —le había dicho Adgar con seriedad—. El trabajo puede hacer mejor a la gente, pero todos tenemos que poner de nuestra parte. Espero que no me decepciones.

"Mejor, sí claro. Ese tipo es un caso perdido", se dijo a sí misma, llegando hasta su habitación y tocando la puerta.

Al no escuchar respuesta optó por entrar, pensando que no debía encontrarse ahí. Avanzó hasta la cama y colocó la ropa sobre el edredón. Justo en ese instante, la puerta del baño se abrió mostrando al pelirrojo portando solamente una toalla alrededor de su cintura. Los curiosos ojos de la jovencita se dirigieron como por inercia hacia los fuertes bíceps, la zona esculpida de sus abdominales y el punto oculto tras la toalla.

Elsa tragó saliva. Sabía que el joven debía tener un cuerpo estupendo, a juzgar por lo que dejaban ver sus camisetas de marca. Pero demonios, aquello… aquello era como tener al propio David de Miguel Ángel enfrente de ella.

Un David con la debida censura, gracias a Dios.

—¿Qué es esto? ¿Qué estás haciendo aquí? —Hans clavó sus ojos en ella, consternado y enfadado. Luego reparó en su expresión avergonzada y en lo rojas que estaban sus mejillas, y sonrió descaradamente.

Al parecer la chiquilla también sabía reconocer a un Adonis cuando lo veía, como culparla.

—¿Te quedaste sin palabras, reinita? —se aproximó a ella, sin importarle invadir su espacio personal— No me digas que es la primera vez que ves a un hombre así.

—Por favor, eres tan básico —Elsa bufó y se cruzó de brazos, alejándose de él lo más que le fue posible señalando la ropa sobre la cama—. Papá te consiguió algo de ropa para que puedas usar aquí. No vamos a avanzar nada si sigues vistiéndote como la versión masculina de Paris Hilton —el bermejo frunció el entrecejo—, ¿en dónde creías que ibas a estar? ¿En un desfile de Milán o algo por el estilo?

—Matarías por estar en los lugares que frecuento. A decir verdad, nunca sospeché que iría a terminar en un sitio tan vulgar como este, las cosas que uno tiene que hacer por conservar un poco de estatus. Mi hermano puede tener el peor gusto al pensar en sus escarmientos.

—Cuida como hablas del rancho de mi padre, a él le costó todas sus lágrimas y su sudor levantar este lugar. Pero claro, ¡qué vas a saber tú de eso! Lo único que tienes que hacer para conseguir lo que quieres es estirar tu tarjeta de crédito. No podrías ganarte la vida como un verdadero hombre, ni aunque lo intentaras.

—Puedo mostrarte que tan hombre soy sin necesidad de rebajarme a tanto —masculló Hans entre dientes, volviendo a incomodar a la blonda con su cercanía—. Aquí mismo si quieres. Algo me dice que no te vendría mal algo de acción, a juzgar por lo fría que te comportas. ¿Es eso, Elsa? ¿Es qué no tienes a nadie con quién hacer nada interesante fuera de este aburrido sitio? ¿O más bien nadie se atreve a desperdiciar su tiempo con una niñita tan insoportable como tú? Es una lástima que desperdicies ese lindo cuerpecito tuyo…

La fuerte bofetada que Elsa le propinó resonó por toda la habitación. Lo siguiente que supo, fue que la joven salía de ahí azotando la puerta.

Hans se llevó al rostro, hirviendo de rabia por el ardor en su mejilla y el odioso carácter de esa muchachita. Cada minuto que pasaba en ese endemoniado lugar, las cosas se ponían peor. Arrojó la toalla sobre la cama y resopló enojado.

Vivir allí iba a ser más difícil de lo que se había imaginado.


Los días en el rancho transcurrían lentos y llenos de labores. A Hans le sorprendió despertar un día de mediados de verano y darse cuenta de que se había acostumbrado al trabajo pesado, de alguna manera. Había dejado de levantarse sintiendo agujetas por todo el cuerpo y ciertamente, ganado algo de músculo, gracias al esfuerzo que demandaba ese lugar.

No podía esperarse menos si uno se encontraba sometido a la hermosa pero severa mirada de Elsa Sorensen. Su padre no había mentido al hablar sobre su afición a mandar. Aunque incluso si no fuera implacable, el pelirrojo dudaba que existiera una persona que pudiera negarle algo.

Con ese cuerpo de infarto y la cara de ángel… lástima su personalidad tan fría.

Negó con la cabeza mientras salía del baño y secaba su cabello, después de tomar una ducha caliente. Debía dejar de pensar de esa forma en ella, obviamente la falta de compañía femenina adecuada lo estaba afectando.

Sacó una camiseta y unos vaqueros del armario y se dispuso a vestirse, antes de revisar brevemente su teléfono. Como recompensa a su trabajo en los últimos días, por fin habían accedido a darle la clave del wifi. Así de patética era su vida ahora.

El muchacho suspiró al ver la avalancha de notificaciones que había en sus redes sociales. Pulsó la aplicación de Skype y menos de un minuto después tenía una llamada entrante. La pantalla cambió para mostrar una amplia terraza con piscina y frente a él, a un joven vestido con bermudas y gafas de sol que le sonreía socarronamente.

—Hey.

—Eugene.

—Menuda novedad viejo, me preguntaba si algún día volveríamos a tener noticias tuyas —dijo el castaño animadamente—, de un tiempo a acá hay un montón de gente que no deja de preguntar por ti. Punzie, ¡hey Punzie! ¡Es Hans! ¡Saluda, preciosa!

Eugene enfocó a la muchacha, quien tumbada sobre una butaca para tomar el sol y enfundada en un pequeño bikini púrpura, sorbía perezosamente de su mojito, con su camaleón reposando en el estómago. Rapunzel volteó hacia el teléfono sin quitarse sus gafas oscuras y mostró su dedo medio.

—¿Cómo te va todo por Noruega, mi amigo?

—Mal, todo va mal. Este lugar es una mierda, todos los días tengo que levantarme de madrugada y limpiar mierda de caballo.

—Vamos, no puede ser tan malo. Digo mírate, luces fantástico, viejo. ¿Te has bronceado últimamente? Punzie, dile a este desgraciado lo bien que se ve.

La chica se incorporó en la butaca y esta vez extendió la cabeza para mirar hacia el móvil, subiéndose las gafas sobre la cabeza para mirar mejor a Hans.

—Perra, parece que te escapaste de un campo de trabajos forzados —dijo.

—Gracias.

—Ha pasado demasiado por aquí desde que tomaste ese vuelo. ¿Sabías que Gastón está en la cárcel? Al parecer el gimnasio lo demandó por traficar con esteroides entre la clientela —le informó el castaño—. ¡Esteroides! ¿Puedes creerlo? No puedo creer que haya hecho algo así.

—Yo sí.

—Yo también —añadió su novia.

—Sí, yo también. No sé porque dije eso, porque traficar con esteroides suena como algo que definitivamente él haría —Eugene se rascó la nuca—. En fin, no todo son malas noticias. ¿Sabes que Naveen tiene novia? El muy imbécil se enamoró.

El colorado arqueó las cejas con sorpresa, no pudiendo ocultar el pasmo que le provocaba dicha novedad. No era un secreto la fama de mujeriego que el maldonés compartía con él e imaginarlo enamorado sonaba completamente surrealista.

—¿Quién es la desafortunada?

—La hemos visto un par de veces, es la dueña de ese restaurante caro en el centro de la ciudad. Ya la conocerás, es muy guapa. Te juro amigo, hacía tiempo que no había visto a ese idiota tan feliz. A él y a su estómago.

—Sí, al parecer la vida de las personas es mucho mejor cuando Hans no está aquí –acotó Rapunzel, terminando de beber su mojito de un trago.

—¿Y qué me dices tú, amigo mío? ¿Has conocido a alguien especial por allá? Seguro que ya te has llevado a una o dos noruegas a la cama, ¿eh?

Hans echó un vistazo por la ventana, justo a tiempo para mirar como, a la distancia, cierta rubia platinada daba una vuelta sobre el lomo de Marshmallow. Su cabello suelto ondeaba ligeramente con el viento y una sonrisa serena adornaba sus rosados labios. Su corazón latió fuertemente y el apartó los ojos, bufando por lo bajo.

—No, no he tenido tiempo para eso. Me hacen trabajar como un esclavo en este maldito sitio. No veo la hora de regresar a casa.

—Ánimo, viejo. Sé que lograrás sobrevivir a ese lugar, siempre te sales con la tuya —Eugene miró su reloj de muñeca—. Tengo que dejarte, Punzie y yo iremos a ver una película esta tarde y luego contemplaremos el atardecer. Y tal vez en el camino podamos conseguir algo para relajarnos, ¿eh, florecita?

—¿Bromeas? ¡Siempre llevo hierba en mi bolso! Es como un lipstick o un tampón.

—Me encanta cuando eres tan precavida. Adiós, viejo. ¡Resiste!

La llamada concluyó y el bermejo soltó su teléfono para volver a observar por la ventana. Desde el jardín, Elsa sintió su mirada y levantó sus ojos. Sus pupilas cerúleas se clavaron en él por un par de segundos, con expresión indescifrable y luego se dio media vuelta con su caballo para dirigirse al bosque.


Cada día que pasaba en aquel rancho era un infierno. Conforme el tiempo transcurría, Hans se preguntaba cuanto más sería capaz de soportar antes de suplicar por un boleto de avión de regreso a Copenhague. Extrañaba su apartamento, ir a fiestas y no tener que moverse entre establos ni plantíos de patatas.

Las tareas pesadas lo estaban matando y levantarse tan temprano también. Sin mencionar el silencioso desprecio que se había hecho patente entre él y la primogénita de Adgar.

Elsa nunca perdía la oportunidad de darle las tareas más degradantes, mirarlo con desdén o efectuar algún comentario displicente, para el cual él siempre tenía preparada una irónica respuesta. Lo peor es que su padre no parecía darse cuenta de aquello, o si acaso lo hacía, no debía darle importancia.

Para él, su pequeña niña siempre sería un modelo a seguir. Y eso lo enfermaba tanto…

Hans se removió en su cama, sin poder conciliar el sueño. Era ya demasiado tarde y lo único en lo que podía pensar, era en el estúpido rostro de muñeca de Elsa.

Por cierto, ¿dónde se habría metido la muchacha en aquella ocasión? No la había visto en todo el día, puesto que había salido muy temprano hacia Oslo. Y era hora que no regresaba, la muy borde.

¿Dónde estaría?

Su pregunta fue respondida por el familiar sonido del vehículo de la chica, un pequeño auto en el que solía desplazarse hasta la ciudad. En pleno verano no tenía necesidad de ir a sus clases universitarias, pero Idun le había comentado que le gustaba hacer trabajo voluntario.

En aquellos momentos, su hija se encontraba asistiendo a una anciana que se encontraba algo enferma. Al parecer la pobre no tenía familia, por lo cual le complacía recibir las visitas de la jovencita.

Eso era lo que más lo molestaba, parecía que esa endemoniada rubia tenía que ser perfecta en todo lo que hacía.

Pero llegar tan tarde a casa sin duda era un comportamiento inusual y sospechoso.

Un comportamiento que tendría que investigar.

Con este propósito en mente, el muchacho tomó su chaqueta y salió de la casa, guiándose por el ruido de pasos en el exterior.

Linterna en mano y con pasos medidos, Hans entró en el granero divisando la delicada silueta de la blonda, quien al parecer se encontraba en la parte trasera ocultando algo. El muchacho arqueó una ceja, entre intrigado y satisfecho.

¿En qué clase de asunto turbio andaría la perfecta hija de Adgar Sorensen? Iba a disfrutar tanto averiguándolo…

—¡Elsa!

La aludida se sobresaltó y se apresuró a esconder algo detrás de una pila de paja, antes de volverse a verlo desafiantemente.

—¿Qué estás haciendo aquí? Deberías estar durmiendo —le espetó, altiva.

—Podría decirte exactamente lo mismo, ¿sabe tu padre que estabas afuera a estas horas? —las pupilas de zafiro se entornaron y se clavaron en él con expresión asesina— Desde luego que no, ya veo. ¿Dónde demonios te habías metido?

—Eso no te importa.

—¿Qué escondes allí? —Hans dirigió la luz de su linterna hacia el heno detrás de la joven, intentando distinguir lo que había escondido, sin éxito.

Avanzó hacia ella y la blonda se interpuso en su camino, empujándolo ligeramente.

—¡¿Por qué no te metes en tus asuntos, Hans?!

—¡Quiero ver que es lo que escondes!

—¡Basta, cretino!

El pelirrojo la sujetó de las muñecas y ambos estuvieron forcejeando por unos segundos, hasta que el muchacho detectó un movimiento entre la paja. Un gato de pelaje blanco saltó con elegancia, mostrándose ante él y mirándolo atentamente con sus grandes ojos azules. Tenía un collar del mismo color en torno al cuello y al verlo, emitió un maullido dulce y amistoso.

—¿Qué demonios? —Hans soltó a la chica, confundido— ¿Qué carajo es esto?

—¿A ti qué te parece, idiota?

—¿Esto era lo que estabas ocultando? ¿Solo un tonto gato?

—Gata —lo corrigió Elsa mirándolo con frialdad—. Su nombre es Duquesa. Y no la estaba ocultando, simplemente le buscaba un lugar donde pudiera dormir.

—Juro que cada vez te entiendo menos, reinita.

La platinada suspiró cansinamente y fue hacia el rincón entre la paja donde se encontraba antes, revelando un cesto de gran tamaño en el que descansaban tres bolitas de pelo. Una era tan blanca como la madre, las otras dos poseían un pelaje oscuro y rojizo respectivamente, que de lejos se notaba, sería tan abundante como el de la gata.

—La señora Adelaida ha empeorado en su estado de salud, y estando así no puede cuidar de Duquesa y sus bebés. Ellos son lo único que tiene. Me pidió que me hiciera cargo de ellos mientras estaba internada en el hospital —la muchacha hizo una pausa y Hans vio que su mirada se había cristalizado—. Creo que está a punto de morir —musitó, desconsolada.

Él se quedó anonadado.

—La pobre se ha sentido tan mal últimamente y a su edad es tan difícil… encima ese horrible mayordomo que tiene no hará nada por estos pequeños, solo le importa su estúpido dinero —refunfuñó Elsa, indignada—. Supe que tenía que traerlos aquí antes de que se le ocurriera echarlos a la calle o algo peor. No tienen adonde ir.

—Lo siento. No sé qué decir.

Al parecer alguien continuaba siendo la perfecta niña de papi después de todo.

—No hay nada que decir. Es que me molesta la gente que no piensa en los animales, ellos no tienen culpa de nada —la joven lo miró con el ceño fruncido—. Ya sé que piensas que es algo estúpido, pero me importa una mierda.

—Hey, yo no pienso eso, maldita sea —respondió él ofendido—. Diablos Elsa, ¿qué clase de imbécil crees que soy?

—¿Necesito contestarte?

—No soy un monstruo con los animales, ¿sí? —resopló Hans y luego volvió a mirar a los gatitos con lástima— Así que, se quedarán aquí, ¿eh?

—Por lo pronto.

Duquesa volvió a maullar y se restregó contra las piernas del cobrizo, cariñosamente. Por fin un animal que lo trataba con decencia, pensó irónicamente.

En un arrebato de gentileza, Hans se desprendió de la chaqueta que se había puesto encima antes de salir de casa y la colocó sobre el cesto a modo de sábana, para sorpresa de la chica.

—Para que no pasen frío. Mañana podemos buscarles algo mejor.

—Al parecer tienes algo de consideración hacia alguien más que no seas tú mismo, ¿quién lo diría, Westergaard?

La gata se introdujo en la canasta para acurrucarse contra sus bebés y los miró con simpatía, con sus enormes ojos que brillaban entre la penumbra como un par de zafiros. Elsa extendió una mano y acarició su cabeza con ternura por un instante. Mientras la miraba, Hans no pudo evitar pensar en lo mucho que seguía siendo un enigma para él.

Fría y reservada, pero con una sensibilidad y dulzura que asomaban a la superficie en los momentos más inesperados. Jamás había conocido a ninguna otra muchacha como ella.

—Será mejor que volvamos a la casa, mañana hay mucho que hacer —dijo ella de repente, irguiéndose y recuperando su conducta altiva—. Nadie molestará aquí a los gatitos.

—Después de usted, Su Majestad —Hans extendió su mano de manera teatral para señalarle el camino y le lanzó una mirada sarcástica, que fue correspondida con el más vehemente fastidio.

¿Qué podía decir? Lo más fácil de vivir en ese lugar, estaba siendo acostumbrarse a como la rubia ponía los ojos en blanco y se enfadaba cada vez que él la molestaba.


—¡Son hermosos! —Anna chilló emocionada al contemplar a los pequeños gatitos— Este de aquí puede llamarse Canela, y esta Nieve porque es muy blanca —apuntó a los dos animalitos que continuaban apretados contra su madre, cuyos grandes ojos celestes la miraban con curiosidad.

—En realidad todos tienen nombre, esos son Toulouse y Marie, y este de aquí es Berlioz —replicó su hermana, quien sentada sobre una pila de paja, jugaba con el gatito negro en su regazo—, la señora Adelaida siempre se ha sentido orgullosa de la cultura francesa y sus artistas.

—Son muy bellos, cariño. Hiciste bien en traerlos, esa pobre mujer debe confiar mucho en ti —dijo Idun, extendiendo su mano para acariciar la barbilla de Duquesa, quien gustosa ronroneó al ser mimada—. No te preocupes, me encargaré de alimentarlos todas las mañanas cuando regreses a la universidad.

—Muchas gracias, mamá. ¿Pueden quedarse con ellos un momento? Debo ir a cepillar a Marshmallow.

Elsa entregó el gatito a Duquesa y se dirigió hacia las caballerizas en la parte trasera del establo, mientras su madre y su hermana seguían mimando a los felinos.

Nada más llegar a las caballerizas, se sorprendió al ver una cabellera pelirroja en la cuadra de Sitron, quien pacientemente se dejaba cepillar por Hans. El joven estaba demasiado concentrado en su tarea como para notar su presencia.

—Imposible —murmuró anonadada.

Hans la miró con sorpresa y se detuvo momentáneamente en su tarea, alzando una de sus cejas cobrizas.

—Primero lo de anoche y ahora te encuentro aquí, sin que este caballo quiera asesinarte, ¿quién diablos eres?

—¿Sorprendida, reina de hielo?

—Vaya que sí.

Elsa entró en la caballeriza adyacente y se dispuso a hacer lo mismo con Marshmallow, quien la recibió con un amable relinchido. Sus grandes pupilas de cielo no se despegaban del muchacho.

—¿Cómo fue que lo conseguiste?

—No fue sencillo, llevo algunas mañanas levantándome más temprano de lo normal para venir y hacerle algo de compañía. No esperaba que me dejase tocarlo tan pronto, pero creo que se acostumbró a mi presencia. Kristoff me dio algunos consejos. Además —la mirada esmeralda se posó en Elsa con cierta ironía— no podía dejar que tuvieras la razón.

—¿Fue para desafiarme?

—En parte, admito que nunca me ha gustado sentirme incapaz de hacer nada. Tarde o temprano consigo lo que quiero.

—Apuesto a que sí.

Elsa continuó acicalando a su caballo de manera distraída, sin dejar de contemplar a Hans. Para sus adentros, debía admitir que estaba gratamente sorprendida por la ternura y gentileza con la que ahora trataba a aquel animal tan difícil. Ya no se parecía tanto al joven prepotente y odioso que se había presentado en el rancho desde un principio.

—Lo estás haciendo muy bien.

—Gracias.

—Supongo que estás listo para la prueba de fuego, no creo que Sitron tenga inconvenientes en que lo montes.

—¿Montarlo? No sé…

—¿Por qué no? ¿Temes hacer el ridículo?

Hans se volvió hacia ella, mosqueado por el tonito socarrón y condescendiente. La muchacha le dirigió una sonrisita de autosuficiencia y tomó una silla de montar.

—Ten, te enseñaré como colocarla. Demos un paseo. Descuida, no es tan difícil.

—¿Acaso tengo opción?

No cabía duda de que nadie era capaz de negarle nada a la pequeña reina.

Momentos después salían de los establos tranquilamente, él aferrando las riendas del caballo con fuerza e intentando mantener un semblante sereno. No quería admitir que era la primera vez que montaba un caballo, pero a juzgar por el destello de diversión en los ojos de Elsa, ni hacía falta mencionarlo.

—Relájate, los caballos perciben cuando tienes miedo —le indicó con paciencia—, debes usar tus talones para marcar el paso. Así.

Dieron un par de vueltas alrededor del establo y una vez que el bermejo hubo ganado la confianza suficiente, se atrevieron a avanzar hasta el bosquecillo colindante a trote ligero.

Elsa era una magnífica amazona. Su pelo rubio y trenzado ondeaba a sus espaldas como el de un hada, mientras sonreía a lomos de Marshmallow. Nunca antes la había visto montando tan de cerca. Se notaba que aquello la hacía muy feliz.

De pronto se encontró deseando presenciar esa felicidad más seguido.

—¿Qué era lo que hacías en Copenhague antes de venir aquí?

—Nada interesante. Probablemente detestarías el estilo de vida que llevaba, no soy de los que se esfuerzan especialmente por algo.

Pararon en medio de un claro y Elsa le indicó que podían disminuir la velocidad.

—Con Sitron te esforzaste.

—Es diferente, ya te dije que no pensaba dejarte un motivo para tener la razón.

—Ya, así que de eso se trata —la rubia elevó una de las comisuras de sus labios con suficiencia—. No había nadie que te desafiara en tu vida aburrida de niñito rico, ¿no?

—Exactamente.

Ahora andaban tranquilamente entre los árboles, disfrutando del remanso de paz que estos les ofrecían con su sombra y el canto lejano de las aves. No se disfrutaba muy a menudo de detalles así viviendo en la agitada capital danesa.

—Aun así debes extrañar la ciudad, apuesto a que echas de menos a tu familia.

Sin poder evitarlo, Hans dejó escapar una risa sarcástica y desdeñosa, que hizo que la jovencita le dirigiera una mirada glacial.

—Echar de menos a mi familia, claro. Ni siquiera me hablo con mis hermanos; con excepción de Caleb, dudo que alguno se haya enterado de que estoy aquí. No es que me importe, a decir verdad.

—¿Tan mal te llevas con ellos? ¿Por qué?

—Cuando eres el menor en una familia con trece hijos, es fácil que te menosprecien y te dejen de lado.

Elsa abrió ligeramente la boca, sin poder ocultar su sorpresa y él volvió a sonreír con ironía. Normalmente no le habría revelado algo así a cualquier persona, pero por alguna razón resultaba fácil abrirse con esa chiquilla.

—Demasiados, lo sé. A papá le gustaban las familias grandes.

—Vaya, lo… lo siento, creo.

—No tienes qué, el distanciamiento, en este caso, ha resultado ser excelente. No he visto a ninguno de mis hermanos en mucho tiempo y no es que los extrañe. Vivir solo era mejor que pasar un minuto más juntos en casa de mi padre. Incluso estar aquí es mejor.

En ese instante, Elsa desvío la mirada, incómoda. Probablemente ahora se sentía culpable por todo lo que le había hecho pasar desde su llegada a Oslo, algo que lo molestó de sobremanera. No era como si necesitara de la lástima de nadie, mucho menos de la de ella para superar ese asunto. Además, bien consciente estaba de que se merecía todo ese trabajo pesado al que lo había sometido.

Claro que nunca lo admitiría en voz alta.

—Perdón, no quise inmiscuirme en tu vida. He estado pensando que llevas mucho tiempo aquí y apenas sé algo sobre ti.

—Podría decirte lo mismo, desde que estoy en este lugar tu hermanita me ha dado santo y seña de su vida sin necesidad de preguntar. Tú en cambio eres una chica de pocas palabras, ¿no Elsa? Te encanta hacerte la misteriosa —Hans le dedicó su más seductora sonrisa, confiado—. Eso me gusta.

La aludida se ruborizó de una manera adorable, haciéndole experimentar una sensación de triunfo. Tal parecía que la princesa de hielo no era tan inalcanzable como aparentaba. Se preguntó que otras reacciones podría provocar en ella, descubriéndose ansioso por averiguarlo.

—Volvamos a la casa, mamá debe estar por servir el almuerzo.

Él asintió con la cabeza, en silencio y fue detrás de Elsa en cuanto ella azuzó un poco el caballo para regresar, disfrutando del trote del caballo. Pero más de la bien formada silueta de la platinada, montando con elegancia delante de él. Tal vez podría acostumbrarse a cabalgar más a menudo.


—¡Cielos, me muero de hambre! No puedo esperar a probar esos emparedados que nos preparó mamá —Anna habló con voz animada mientras se dirigían al prado. Aquel día, los chicos habían planeado hacer una pequeña comida campestre para aprovechar el buen clima y tras terminar sus deberes matinales, se habían puesto de camino con los perros— ¡Olaf está muy animado! ¡Ven aquí muchacho, ven aquí!

Hans escuchó como Kristoff le regañaba por retrasarse con el perrito lanudo y luego sintió un tirón en su camiseta. Elsa le señaló un sendero que discurría entre los árboles.

—Vamos por aquí —le dijo en voz baja—, conozco un buen sitio.

—Pero ellos…

—Ya los alcanzaremos después —la rubia se deslizó hacia dicho camino, con pasos elegantes—. ¿Vienes o qué?

Casi por inercia, él la siguió, olvidándose por completo de los otros. La posibilidad de pasar un momento a solas con la chica que últimamente monopolizaba todas sus fantasías, era demasiado buena y tentadora como para dejarla ir. En silencio, caminaron hasta un claro que a Hans le resultó conocido, con las cristalinas aguas del fiordo resguardadas por los árboles.

Esas mismas aguas en las que la había visto por primera vez.

—¿Estás de humor para nadar?

—¿Para eso me trajiste? ¿Vas a empujarme al agua para desquitarte por lo de la otra noche?

Elsa esbozó una sonrisa arrogante y se desprendió de su blusa de tirantes, dejando al descubierto su sostén de encaje azul y su torneado abdomen. La sola visión de su piel nívea le quitaba el aliento.

—Solamente quiero hacer algo amable por ti, sé que no la has pasado muy bien desde que llegaste a Oslo. Papá me dijo que podría tratar de hacer algo para divertirte, él valora mucho tu trabajo —la rubia se quitó las botas y empezó a deshacerse de los vaqueros y de sus medias, satisfecha con su reacción—, además, hace calor, ¿no crees?

Hans contempló con admiración su silueta esbelta, ahora expuesta prácticamente en todo su esplendor. Aquel conjunto de ropa interior se ceñía a sus curvas de una manera exquisita. Elsa no era consciente de lo hermosa que era.

O tal vez sí y disfrutaba jugando con su paciencia.

—Qué demonios —él mismo se desprendió de su camiseta, exhibiendo los músculos de su pecho, más fortalecidos que nunca por el trabajo duro.

Vio como las pupilas de hielo de su acompañante lo recorrían con detalle y se satisfizo al comprobar cuanto le gustaba lo que veía. Antes de que pudiera quitarse el resto de su ropa, ella ya había saltado a las aguas del fiordo, perdiéndose por breves instantes bajo la superficie.

Tan pronto como la vio emerger siguió su ejemplo, arrojándose al agua en bóxer. La albina lo miró juguetonamente, para luego nadar en círculos a su alrededor.

—Hay que algo que debo admitir antes de que me arrepienta. No eres tan mimado como creí al principio, pensé que jamás ibas a adaptarte al estilo de vida del rancho —le dijo la chica—. Es obvio que me equivoqué.

—Jamás subestimes a Westergaard —repuso él con presunción—. Yo también me equivoqué sobre ti. Eres más blanda de lo que pareces, reina de hielo.

—Lo dices por lo de los gatitos —Elsa desvío su mirada, abochornada.

—Por eso y otras cosas.

La muchacha lo salpicó con la mano.

—Bueno, al menos ahora dejarás de quejarte por lo mucho que trabajamos. No quisiera que te fueras sin un solo recuerdo alegre, aunque no lo parezca, aquí también sabemos divertirnos.

—Eso me ha quedado claro desde el primer día —inesperadamente, Hans la rodeó con sus brazos y la atrajo hacia él—. No creo que se me olvide nunca el momento en que llegué y te vi en este mismo fiordo.

La sintió revolverse en medio de su agarre y salpicarlo de nuevo. Elsa se alejó nadando con una expresión traviesa en el rostro y no tardó en ir tras ella.

Volvió a atraparla entre sus brazos, disfrutando de la manera en la que trataba de escapar y como sus pieles resbalaban por la humedad. Cuando dejó de resistirse y le devolvió una mirada cargada de excitación, él supo que no podía dejar de tomar el riesgo: tenía que saciar esa necesidad que lo atosigaba desde hace días, de una vez por todas.

Oprimió su boca contra la suya y apresó sus labios, deleitándose con lo suaves que eran. Elsa no se resistió. Le respondió con la misma ansia que ahora corría por sus venas y que lo instaba a acariciar cada centímetro de esa piel maravillosa que, desde el primer instante en que la había visto, lo había cautivado por completo.

Hans se despegó de su boca y bajó a lo largo de su cuello, probando con la lengua y los dientes toda la extensión de su clavícula. Tomó su cintura en el agua e hizo que le rodeara la suya con las piernas, abrazándose ambos con mutua necesidad.

—Esto es una tontería —la rubia se despegó de él, con el aliento entrecortado y los ojos oscurecidos—, estamos jugando con fuego.

—Me importa una mierda quemarme.

Volvió a besarla y cuando la muchacha abrió los labios para recibir la invasión de su lengua, supo que estaba perdido.

A partir de ahora, Elsa sería la única para él.


—Debo confesar que me alegra ver lo mucho que has logrado en estos meses, Hans. Honestamente, tu hermano me confesó que no creía que te adaptaras nunca al tipo de trabajo que hacemos aquí, pero debo decir que me he llevado una grata sorpresa —frente a él, Adgar Sorensen tomó asiento tras el escritorio de roble de su despacho y lo miró de manera paternal—. Estoy seguro de que él estará orgulloso. Tu padre lo estaría también.

—Gracias —contestó el pelirrojo, sin molestarse en contradecir las últimas dos frases.

Ni siquiera valía la pena pensar en su familia con lo bien que habían ido los últimos días. Sus deberes seguían siendo igual de demandantes, pero los furtivos y apasionados encuentros que sostenía con la hermosa hija mayor de aquel hombre, lo compensaban todo con creces.

No había hora en el día en que no estuviera pensando en Elsa. Mientras más transcurría el tiempo más la necesitaba.

—Es una lástima que tu estancia aquí se haya terminado tan pronto, pero estoy seguro de que te mueres por volver a casa. Tu hermano se comunicó conmigo esta misma mañana para confirmarme la reserva de tu boleto a Copenhague. Mañana a primera hora podrás tomar el vuelo.

—¿Qué? —Hans salió de su ensoñación y miró perplejo a Adgar.

¿Acaso había escuchado bien?

—Lo sé, a mí también me pareció algo inesperado, no obstante supongo que tu temporada aquí ya se ha extendido lo suficiente. No hace falta decir que siempre tendrás las puertas abiertas de nuestra casa, por si decides volver. Realmente he apreciado tu esfuerzo, hijo.

Adgar se levantó de su asiento y le palmeó un hombro.

—Esta noche tendremos una cena especial de despedida, Idun y los muchachos querrán hacer algo especial. Será mejor que vayas empacando.

Hans salió de la casa y se dirigió a los establos en silencio. Elsa se encontraba ahí, dando de comer a los caballos como de costumbre. Una expresión indescifrable adornaba su rostro de muñeca.

—Hablé con tu padre.

—Ya te lo dijo, ¿cierto? Es hora que de regreses a Copenhague.

La frialdad con la que la muchacha pronunció aquellas palabras lo sobresaltó.

—¿Tú sabías…?

—Me lo comentó hace un par de horas como quien no quiere la cosa. Estaba un poco nostálgico, realmente te va a extrañar. Creo que todos lo harán.

—¿Y tú? ¿Me echarás de menos, Elsa?

Ella se negó a mirarlo, tomando una zanahoria y dándosela a Marshmallow como si nada estuviera pasando.

—Es algo irrelevante ponernos melancólicos a estas alturas, ¿no crees? Después de todo, ya sabíamos que no ibas a estar en Oslo para siempre.

—Eso no fue lo que te pregunté.

—¿Y qué? ¿Cambiaría en algo las cosas que te respondiera que sí? —repentinamente, la albina se volvió hacia él con el ceño fruncido— Por favor Hans, tú tienes tu vida y yo la mía. Dentro de poco estarás en tu querida ciudad saliendo a fiestas de nuevo. Probablemente ni siquiera te vayas a acordar de mí.

—Hablas como si nada de lo que hemos pasado tuviese significado para mí, ¡y no es así! ¿Qué ya no me conoces? ¡Estoy loco por ti, maldita sea! Tú… tú eres especial, Elsa.

La chica sonrió irónicamente.

—No tienes por qué insistir, ni siquiera te estoy pidiendo nada. Fue un verano divertido, pero al fin y al cabo cada uno tiene su vida, ¿no? Eres libre de hacer lo que quieras, Hans.

—Elsa…

La blonda llegó hasta él, se puso de puntillas y lo besó en la mejilla con dulzura.

—No hagas que esto sea una despedida dramática, no somos unos niños.

Furioso, Hans la tomó en sus brazos y la apretó contra él para besarla, de manera violenta y posesiva. La sintió tensarse pero en ningún momento trató de escapar y aunque lo hiciera no la habría dejado. Eso le enseñaría que no podía ignorar lo que había pasado entre ellos como si se tratase de un juego de chiquillos.

Ni siquiera sabía que era lo que lo molestaba más, el que fuera tan obstinada como para admitir los sentimientos que le provocaba, o que él mismo fuera incapaz de admitir lo mismo en voz alta.

Nunca antes se había enamorado de alguien como lo había hecho de Elsa.

—Puede que tengas razón esta vez —murmuró él sin aliento, tras despegarse unos cuantos milímetros de sus labios— pero no soy parte de tu maldito juego chiquilla, ¿entendiste?

Ella no le respondió, sino que le dio un empujón para apartarse de su cuerpo, antes de limpiarse la boca con el dorso del brazo y alejarse sin decir una palabra.

Esa misma noche fue incapaz de dormir. Durante toda la cena había recibido elogios y calurosas palabras de despedida de la familia Sorensen, (hasta Kristoff parecía lamentar un poco su marcha repentina), pero Elsa apenas y se había dignado a mirarlo. Por la mañana se despertó cansado y sintiendo un vacío inexplicable que no hizo sino empeorar durante al trayecto hasta el aeropuerto.

Hans le dio las gracias a Adgar Sorensen por haberlo recibido aquel verano y se dirigió como un autómata a abordar su avión. Horas después se encontraba de vuelta en Dinamarca, pero volver a contemplar las calles de su ciudad natal no lo hizo sentir bienvenido.


Reincorporarse al estilo de vida de Copenhague no fue complicado, aunque tampoco tan glorioso como lo había imaginado en un principio. Tal y como Caleb lo prometió, su apartamento y su auto estaban intactos, y hasta podía decirse que su hermano lo veía con cierto respeto, ahora que había demostrado ser más que el chico mimado que todos pensaban.

Sin embargo, el recuerdo amargo de la despedida seguía pesándole demasiado. No conseguía apartarlo de su mente, al igual que la sensación de los labios de Elsa bajo los suyos o la bella mirada de sus ojos azules.

Copenhague jamás había sido tan aburrido.

—Me alegro de verte por fin, amigo mío. Cuando supe que estabas de vuelta en la ciudad, supe que teníamos que darte la bienvenida en este lugar, ¿no te parece que es fantástico? —le habló Naveen.

El pelirrojo observó como su amigo rellenaba su copa de vino, distraído. Se había reunido con los chicos en la terraza del elegante restaurante de su novia, una agradable chef de oscuro pelo rizado, cuya mano sujetaba por encima de la mesa.

—¡Todo esto está delicioso, Tiana! Jamás había probado unos raviolis tan buenos —le dijo Rapunzel, quien ahora ostentaba un cabello corto y de color castaño, con las puntas graciosamente curvadas—, ¡no puedo creer que tú hayas preparado tantas cosas! Eres súper talentosa con la comida.

—Muchas gracias —la chica morena sonrió halagada—. Por favor, coman cuanto quieran, todo va por cuenta de la casa.

—Tiana y yo estamos pensando a hacer un viaje hasta México. Vamos a quedarnos una temporada para que ella tome un curso.

—Siempre quise aprender a preparar comida mexicana, es uno de los desafíos más apasionantes de la gastronomía internacional.

—¡Oh, estoy tan feliz por ustedes! —exclamó Rapunzel, mirando a la pareja con entusiasmo— En especial por ti, Naveen. Siempre creí que terminarías casado por accidente con un travesti o algo así.

—Honestamente yo también —admitió el aludido.

—Awww, es tan bello ver lo enamorados que están. Tienen que enviarnos muchas fotos de su viaje, no quiero perderme nada.

—¡Rapunzel! —la castaña dejó de parlotear y se detuvo con el tenedor a medio camino de su boca, al escuchar como alguien mencionaba su nombre con dureza.

Una pareja de mediana edad y rasgos muy similares a los de ella se hizo presente, con miradas poco amistosas.

—Mamá, papá, ¿qué hacen aquí? ¿Ocurre algo?

—Lo que ocurre señorita, es que has estado exhibiendo un comportamiento sumamente destructivo a nuestras espaldas.

—¿De qué estás hablando, papi?

—¡Deja de fingir, Rapunzel! ¡Sabemos lo de las drogas! —exclamó su madre dramáticamente— Que vergüenza, una Corona, mi propia hija, es increíble… ¿Hace cuánto que eres dependiente?

—¡¿Qué?! ¡Eso no es verdad, lo juro!

—¿No? ¡¿Entonces qué significa esto?! —la mujer tomó su bolso y extrajo lo que parecía ser un lápiz labial, el cual abrió y olfateó cuidadosamente— Lo sabía. Es verdad que estás fumando esa hierba.

—¡No! ¡Eso no es mío!

—Rapunzel, una persona nos envío tus fotografías privadas de Instagram. Sabemos todo —dijo su padre con seriedad.

La muchacha se quedó boquiabierta y miró a todos en la mesa, como buscando una explicación. Entonces reparó en el pelirrojo, que observaba la escena sin expresión alguna.

—¡Un momento! ¡Es una trampa! —señaló a Hans con el dedo— ¡Papá… no…! ¡Yo…! ¡Es que él…!

—Basta ya, hija. Hans es un excelente muchacho, de no ser por él jamás nos habríamos enterado de que tienes problemas. Está muy preocupado Rapunzel, todos lo estamos.

—¡¿Qué mierda?! —la chica miró a Hans indignada.

—Viejo, ¿qué demonios? —Eugene lo miró escandalizado.

Ahora los comensales a su alrededor cuchicheaban y les lanzaban miradas de sorpresa.

—Te hemos buscado lugar en la clínica de los Stabbington, es un excelente sitio. Tendrás dos meses de rehabilitación para desintoxicarte y pensar en lo que hiciste —dijo su madre.

—¡¿Cómo qué rehabilitación?!

—No te preocupes, Rapunzel. Te daremos la ayuda que necesitas —le dijo Hans venenosamente.

—¡No! ¡Esperen! Yo me tengo que ir, no puedo ir a ninguna clínica, que diablos —la joven tomó su bolso apresuradamente y se levantó de la silla, solo para ver como dos hombres corpulentos, de cabello rojo y vestidos como enfermeros, aparecían para cerrarle el paso.

—No lo hagas más difícil, Rapunzel.

—¡Un momento! ¡¿Qué creen que hacen?! ¡Suéltenme! ¡Eugene, auxilio! ¡Eugene!

—¡Esperen! ¡Podemos hablarlo! ¡No se la lleven! ¡Punzie! ¡Punzieeeeee!

Eugene se levantó de la mesa apresuradamente y corrió tras los enfermeros, que ahora se llevaban a la chica a rastras mientras eran seguidos por sus padres.

—Wow, tenías razón, Naveen. Tus amigos sí que son extravagantes.

—Amigo, ¿qué carajo fue todo eso?

—Eso, fue una lección para todos en esta mesa: nunca me jodan —el colorado se levantó con gesto solemne de la mesa y recogió su chaqueta del respaldo de la silla—. Si me disculpan.

La pareja le vio ponerse un par de gafas oscuras y retirarse del lugar con estilo.


Hans retiró la jarra de la cafetera y vertió el humeante líquido en su taza. Miró por la ventana; era una tarde apacible de mediados de otoño y las copas rojizas de los árboles se recortaban contra el entorno gris de la ciudad. Si meses atrás alguien le hubiera dicho que estaría un sábado encerrado en su apartamento, probablemente se habría quedado incrédulo antes de esbozar una sonrisa socarrona.

No obstante no temía admitir que aquel verano le había cambiado la vida. Ahora apreciaba mucho más las cosas que se conseguían con esfuerzo, y las noches interminables de fiesta ya no sonaban tan atractivas. Su hermano incluso había accedido a darle un trabajo como publicista para su cadena hotelera, permitiendo que por primera vez ejerciera la carrera que había estudiado para matar el tiempo. La publicidad no estaba tan mal, pero no podía decirse que tuviera vocación.

Últimamente le llamaban la atención las letras; jamás había querido tomarse en serio la literatura por pasársela de parranda desde la universidad, pero ahora estaba retomando el gusto. Quizá estudiar algo nuevo no era una mala idea, si se las arreglaba para compaginarlo con el trabajo.

Tal vez estaba madurando.

Bebió un sorbo de su café y suspiró al contemplar su piso, percatándose de lo solitario que lucía. Ni siquiera se sentía con ánimos de conocer a chicas; desde que había vuelto a Dinamarca, su mente solo pensaba en una…

El timbre sonó de improviso y acudió a abrir, preguntándose quien sería. Se quedó de piedra.

Una muchacha rubia estaba en el umbral frente a él, vistiendo un par de botas y abrigo oscuros, y con un su adorable cabeza envuelta por una bufanda de cuadros. Tenía las mejillas arreboladas y unos cuantos mechones traviesos que escapaban de su clásica trenza. Su mano aferraba una maleta azul.

—Elsa…

—¿Sorprendido? —inquirió ella, sonriendo tímidamente.

Hans sintió como su corazón se aceleraba dentro de su pecho.

—Pero… ¿q-qué haces aquí? ¿Cómo…?

—¿Puedo pasar? Ha sido un largo viaje.

—¿Eh? Oh, ¡claro! —el cobrizo se hizo a un lado y la ayudó con la maleta, saliendo de su estupor.

No podía creer que ella se encontrara ahí, más hermosa de lo que la recordaba, tan elegante y etérea. Su suave aroma a lilas y vainilla inundaba ahora la estancia. Hans no podía dejar de mirarla.

—Normalmente no soy de las que viajan, pero hace tiempo que me apetecía cambiar de aires. Cuando la universidad me ofreció la oportunidad de estudiar un semestre en Dinamarca, supe que tenía que venir. No fue tan difícil convencer a papá, especialmente cuando le pedí tu dirección. Lo primero que hizo antes de comprar los boletos, fue comunicarse con tu hermano —la muchacha se deshizo de su bufanda y se mesó el cabello con movimientos delicados—. Copenhague es hermoso.

—Debiste habérmelo dicho.

—Eso habría arruinado la sorpresa —Elsa le sonrió de manera pícara.

—Yo… es increíble que estés aquí —Hans se acercó a ella, metiendo las manos en sus bolsillos para contener el impulso de abrazarla. De repente no sabía como comportarse con ella—. Me preguntaba como estarías. Quería contactarte por Facebook o algo así.

—¿Por qué no lo hiciste?

—No sabía si estarías contenta con eso, nuestra despedida… no fue la más cálida.

—Hum —Elsa agachó la cabeza, repentinamente avergonzada—, lamento haberme comportado como una niña. Creo que no estaba preparada para verte partir. Tu visita fue tan inesperada que cuando menos me di cuenta, bueno… me había acostumbrado demasiado a ti.

Hans parpadeó, incrédulo.

—No estaba lista para aceptarlo en ese momento, que lo que tuvimos fue algo especial. No soy buena expresando mis sentimientos, nunca antes había estado enamorada de nadie. Pero la verdad es que no podía hacer nada al respecto, ¿sabes? —la blonda se mordió el labio inferior, dubitativamente—. Así que vine a buscarte.

—¿Acaso la reina de hielo me está declarando sus sentimientos? —inquirió él, sonriendo de lado.

Elsa hizo un puchero con la boca y lo miró con el ceño fruncido.

—Esto es difícil para mí, de acuerdo.

—Lo siento, es que, eres adorable. Deberías verte en este instante.

—Ya. Ni siquiera cuando estoy confesándome puedes dejar de ser un engreído, eso es tan típico de ti.

Hans cerró la distancia que había entre sus cuerpos y se inclinó para besarla intensamente, envolviéndola entre sus brazos. La sintió echarle los suyos al cuello e introdujo suavemente la lengua entre sus labios, deleitándose con la manera en que se estremecía. La besó hasta que le faltó el aire y volvió a apretar su boca contra la de ella, mientras recuperaba el aliento.

La había echado tanto de menos.

—Supongo que eso significa que me puedo quedar aquí, ¿no es cierto? —cuando Elsa dibujó una sonrisa en su rostro, fue como si la habitación entera se iluminara para él.

El pelirrojo volvió a apretarla contra su cuerpo y besó la punta de su nariz.

—Todo el tiempo que quieras.


Nota de autor:

¡Cuánto tiempo sin postear por aquí! Lo sé, lo sé, tenía abandonada esta sección de nuevo pero no se olviden de que les di un mes de Helsa. xD

Realmente necesitaba escribir algo que me devolviera la fe en esta parejita, pues últimamente andaba muy desilusionada y con los ánimos bajos respecto al OTP. :( Así que saqué fuerzas y decidí completar este Modern AU que tenía guardado desde hace semanas en mi Word.

En esta ocasión, Hans fue el chico rico y mimado. x3 Sí, a nuestro pelirrojo no le gusta esforzarse pero como siempre, cierta bella rubia sabe por donde llegar para dominarlo. Además de que en este capítulo tuvimos una aparición gatuna especial. "Los Aristogatos" siempre fue una de mis películas preferidas en la niñez, me encantan los gatitos y me pareció una idea excelente incluirlos en esta pequeña historia. ¿Se acuerdan de estos pequeños felinos de Disney?

¡Es hora de Anonymous & Friends!

VoodooHappy: Yo también las extraño siempre chiquilla y te agradezco tus hermosas palabras. Ustedes siempre me dan ánimos para seguir compartiendo mis locuras, jajaja.

Mishelle: Jajaja, gracias, me alegro que te gustara el capítulo anterior. No cabe duda de que cada quien tiene su estilo al escribir Helsa, el mío es tan romántico como irreverente, pero siempre con todo cariño para ustedes.

Carol: Pues al final Hansy sí que cayó en el juego de copo de nieve, como era de esperarse, pero ella no se queda atrás. ¡Son unos pillos orgullosos! Muchas gracias por el cumplido, ojalá también hayas disfrutado de esta nueva entrega.

Guest: Descuida, a todas nos fascina el lemmon cuando se trata de esta parejita, es inevitable. xD Y ya sé, la apuesta fue algo tan de Wattpad, jajaja, pero todavía no me he trasladado a esa plataforma y no creo que lo haga, con mi escaso tiempo. :S Por cierto, tengo un lemmon en mente, no sé cuanto lo postearé pero será antes de que se acabe el año; en serio voy a intentar que así sea.

Guest: I know, Elsa was really spoiled in the previous oneshot, but of course our sensual redhead could get the best out of her. They both learned a lot from each other. Hahahaha, Rapunzel is a good girl, only as a good spoiled girl sometimes does not know when to stop; also thanks to her the Helsa was given in a certain way. :P

Aprovechando que están aquí quisiera recomendarles el oneshot "True Love" de Belen - La Fanficker, una deliciosa historia Helsa ambientada en el universo de Wifi Ralph que me alegró mi fin de semana y que estoy segura de que les encantará. *w* Si echan un vistazo en mis favoritos podrán encontrarlo. Por favor vayan, léanlo y dejen su comentario. ;)

Sin más que decir, les deseo una provechosa semana. ¡Hasta la siguiente aventura Helsa!