Y(la historia no pertenecees propiedad de Sarah J. Maas, la traducciónpersonaje no me pertenece, le pertenece a traducciones Independientes y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi) (Y las antiguos libros publicados en esta página son de Cellita G)

Capitulo 23

En la última semana, no mucho había cambiado para Manon y las Blackbeaks. Ellas aún volaban diariamente para dominar los dragones y se las arreglaban para evitar una guerra abierta en el comedor dos veces al día. La heredera de las Yellowlegs intentaba molestar a Manon siempre que podía, pero ella no le prestaba más atención que a una mosca zumbando sobre su cabeza.

Todo eso cambió el día de la selección, cuando los herederos y sus aquelarres elegían sus montajes. Con tres aquelarres y tres Matronas había cuarenta y dos brujas reunidas alrededor de la fosa de entrenamiento en la montaña del norte. Los entrenadores se pre- cipitaron debajo de la plataforma de observación, alistándose. Los dragones heráldicos serían traídos uno por uno y, utilizando las bestias de cebo, mostrarían sus habilidades. Como las otras brujas, Manon había estado mirando a escondidas en las jaulas todos los días. Ella todavía quería a Titus.

Quería era una palabra mortal. Titus era suyo. Y si no quedaba otra opción, ella destri- paría a cualquier bruja que la desa ara. Habiendo anticipado esto, había a lado sus uñas esa mañana. Todas las integrantes de Las Trece lo habían hecho.

De todos modos, los reclamos serían planteados de una manera civilizada. Las tres Matronas utilizarían varas si más de un reclamo era hecho por un montaje. En lo refe- rente a Titus, Manon sabía exactamente con quien competiría por él: Iskra y Petrah, las herederas de las Yellowlegs y las Blueblood. Ella las había visto a ambas mirarlo con ojos hambrientos. Manon se había salido con la suya, tendrían que pelear por él en el anillo de combate. Ella incluso se lo había sugerido a su abuela, pero esta le dijo que no necesitaban pelear entre sí más de lo necesario. Eso sería obra del destino escrito.

Eso no le sentó bien a Manon, quien estaba ubicada junto al lado abierto de la plata- forma, con Asterin anqueándola. Su nerviosismo solo aumentó mientras la pesada reja se elevaba en la parte posterior de la fosa. La bestia que sería utilizada como cebo ya estaba encadenada a la pared manchada de sangre, un dragon herido y con cicatrices, de la mitad del tamaño de los animales que serían exhibidos ese día, con sus alas anu- dadas en su espalda. Desde la plataforma, ella podía ver que las espinas venenosas en su cola habían sido cortadas para evitar que se defendiera a sí mismo de los invaluables montajes.

La bestia de cebo bajó su cabeza mientras la reja crujía al abrirse y el primer dragón heráldico era exhibido, atado con ajustadas cadenas llevadas por un hombre pálido. Ellos se precipitaron hacia atrás tan pronto como la bestia se movió, logrando esquivar su cola mortal, y luego la reja se cerró detrás de ellos.

Manon soltó un suspiro de alivio. No era Titus, era uno de los dragones heráldicos de tamaño mediano.

Tres centinelas avanzaron para reclamarlo, pero la matrona de las Blueblood, Cressei- da, levantó una de sus manos — Déjanos verlo en acción primero.

Uno de los hombres silbó fuertemente y el dragón se volvió hacia la bestia de cebo. Dientes, escamas y garras, tan rápidos y viciosos, que incluso Manon contuvo la respira- ción. Encadenado como estaba, la bestia de cebo no tuvo oportunidad y quedo atrapado al cabo de unos segundos, con enormes mandíbulas agarradas a su cuello. Una orden, un silbido y el dragón heráldico se las clavaría.

Pero el hombre dejo escapar un silbido de menor intensidad, y el animal retrocedió. Silbó otra vez y éste se sentó sobre sus patas traseras. Dos centinelas más avanzaron, cinco en total corriendo. Cresseida tendió un puñado de ramitas a los contendientes.

Fue hacia el centinela Blueblood, que sonrió a los demás, y luego a su dragón mientras era conducido devuelta al túnel. La bestia de cebo, sangrando, retrocedió hacia las som- bras de la pared, esperando el siguiente asalto.

Uno por uno, los dragones heráldicos eran conducidos fuera del túnel, atacando con rapidez y una fuerza malévola. Y uno por uno los centinelas los reclamaban. No Titus, no todavía. Ella tenía el presentimiento de que las matronas estaban utilizando esto como algún tipo de prueba, para ver que tan bien los herederos podían controlarse mientras esperaban por los mejores montajes, para ver quién aguantaba más. Manon mantenía un ojo sobre las bestias y otro sobre los otros herederos, quienes la miraban en respuesta mientras cada dragón era exhibido.

Sin embargo, la primera enorme hembra pertenecía a Petrah, la heredera de las Blue- blood, quien avanzaba hacia adelante. La hembra era aproximadamente del tamaño de Titus, y tomó un pedazo del costado de la bestia de cebo antes de que los entrenadores pudieran detenerla. Salvaje, impredecible y letal. Magnífica.

Nadie desa ó a la heredera de las Blueblood. La madre de Petrah asintió, como si siempre hubiese sabido qué montaje deseaba.

Asterin eligió al dragón heráldico más feroz y sigiloso, una hembra de ojos astutos. Su prima siempre había sido la mejor explorando y, luego de una charla con Manon y los otros centinelas que habían venido entrada la noche, se había decidido que Asterin con- tinuaría ese rol en las nuevas funciones de Las Trece.

Cuando la hembra azul pálido fue presentada, Asterin la reclamó, con sus ojos prome- tiendo tal brutalidad a cualquiera que se interpusiera en su camino que prácticamente brillaban. Nadie se atrevió a desa arla.

Manon estaba observando la entrada del túnel cuando percibió el olor a mirra y esencia de romero de la heredera de las Blueblood detrás de ella. Asterin gruñó una leve adver- tencia.

— ¿Esperando por Titus, no es así?— Petrah murmuró, con sus ojos en el túnel tam- bién.

— ¿Y qué si lo estoy?— preguntó Manon

— Es mejor que tú lo tengas y no Iskra.

La cara serena de la bruja era ilegible. — Entonces yo también—. Ella no estaba segu- ra de que, exactamente, pero la conversación signi caba algo.

Claramente, verlas hablando tranquilamente signi caba algo para los demás también. Especialmente Iskra, quien caminó al otro lado de Manon. — ¿Ya están tramando algo?

La heredera de las Blueblood levantó su mentón. — Yo creo que Titus sería un buen montaje para Manon.

Una línea en la arena, Manon pensó. ¿Qué le había dicho la Matrona de las Blueblood a Petrah sobre ella? ¿Qué planes estaba tramando?

La boca de Iskra se torció en una media sonrisa. — Veremos lo que La Madre de Las Tres Caras tiene para decir.

Manon estaba a punto de responder, pero entonces Titus tronó fuera del túnel.

Como cualquier otra vez, ella exhaló al ver su enorme tamaño y su ferocidad. Los hom- bres apenas habían logrado ingresar a través de la puerta antes de que Titus se diera vuelta, golpeándolos.

Le habían dicho que solo habían hecho unas pocas carreras exitosas con él. Sin em- bargo, bajo el jinete correcto, él se rompería totalmente.

Titus no esperó por el silbido para avanzar hacia la bestia de cebo, golpeando con su cola provista de espinas. La bestia encadenada esquivó el golpe con sorprendente rapi- dez, como si hubiese estado esperando el ataque del animal, y la cola de Titus se incrustó en la piedra.

Escombros cayeron sobre la bestia de cebo, y mientras se encogía, Titus lo atacó, y luego lo volvió a atacar.

Encadenado a la pared, la bestia de cebo no podía hacer nada. El hombre silbó, pero Titus continuó atacándolo. Él se movía con la uida gracia del salvajismo indomable.

La bestia de cebo aulló, y Manon podría haber jurado que la heredara de las Blueblood se estremeció. Ella nunca había escuchado un grito de dolor de cualquiera de los drago- nes, sin embargo, cuando Titus se dejó caer sobre sus patas traseras vio que lo había golpeado justo encima de la herida que le había hecho anteriormente.

Como si Titus supiera dónde golpear para in igir mayor dolor. Ella sabía que los drago- nes heráldicos eran inteligentes, ¿Pero tan inteligentes?. El hombre volvió a silbar, y un látigo sonó. Sin embargo, Titus siguió paseándose delante de la bestia de cebo, contem- plando cómo lo iba a golpear. No por estrategia. No, él quería deleitarse con su victoria. Lo hacía para burlarse.

Un escalofrío de placer sacudió la columna vertebral de Manon. Se imaginó como sería montar una bestia como Titus, desgarrar a sus enemigos con él...

— Si lo quieres tanto— Susurró Iskra, y Manon se dio cuenta de que estaba todavía parada a su lado, ahora a solo un paso de ella, — ¿Por qué no vas por él?

Antes de que se pudiera mover, antes de que cualquiera se pudiera mover, al estar cautivados por la gloriosa bestia, garras de hierro se clavaron en su espalda.

El grito de Asterin resonó en forma de eco, pero Manon ya estaba cayendo desde una altura de catorce metros, directo hacia el fondo de la fosa de piedra.

Se retorció, chocando con una pequeña saliente en ruinas que sobresalía de la pared. Ésta frenó considerablemente su caída y salvó su vida, pero su cuerpo no se detuvo y continuó cayendo.

Ella se estrelló contra el suelo, lastimándose el tobillo. Gritos vinieron desde arriba, pero Manon no levantó la mirada. Si lo hubiera hecho habría visto a Asterin taclear a Iskra, con sus garras y dientes fuera. Ella habría visto a su abuela dar la orden de que nadie saltara a la fosa.

Pero Manon no les estaba prestando atención.

Titus se giró hacia ella.

El dragón heráldico se interponía entre ella y la reja, donde los hombres corrían de un lado a otro, como si trataran de decidir si debían arriesgarse a salvarla o esperar hasta que ella fuera carroña.

La cola de Titus se movió de un lado a otro, y sus ojos oscuros estaban jos en ella. Manon sacó La Cuchilla del Viento. Era una daga comparada con la enorme masa de él.

Tenía que llegar a esa reja.

Ella lo miró jamente. Titus se acomodó en cuclillas, preparándose para atacar. Sabía dónde estaba la reja, también, y lo que signi caba para ella. Su presa.

No su jinete o su jefa, sino su presa.

Las brujas se habían quedado en silencio. Los hombres detrás de la reja y en las pla- taformas de arriba se habían quedado en silencio. Manon giró su espada. Titus se lanzó hacia ella.

Tuvo que rodar para evitar su boca, pero estuvo parada de vuelta en un segundo, co- rriendo lo más rápido que podía hacia a esa puerta.

Le palpitaba el tobillo, cojeaba, y estaba luchando por reprimir un grito de dolor. Titus se dio vuelta, rápido como un arroyo de primavera cayendo por ladera de la montaña, y tan pronto como ella se precipitó hacia la puerta, él la atacó con su cola.

Manon tenía su ciente sentido común para esquivar las púas venenosas, pero fue golpeada por uno de los bordes en su costado y salió volando, la Cuchilla del Viento desprendiéndose de su agarre. Ella golpeó la pared de enfrente y se deslizó, con su cara raspándose en las rocas. Sus costillas dolían mientras se sentaba y medía la distancia entre ella, la espada y Titus.

Pero Titus estaba dudando sobre qué hacer, y sus ojos se posaron detrás de ella, sobre su cabeza, hacia...

Que la oscuridad la ampare. Se había olvidado de la bestia de cebo. La criatura enca- denada estaba detrás de ella, tan cerca que podía oler la carroña en su aliento.

La mirada de Titus era una advertencia para que la bestia se rinda. Para que lo deje comerse a Manon.

Ella se atrevió a dar un vistazo por encima de su hombro, a la espada en las sombras, tan cerca de donde estaba encadenada la bestia de cebo. Ella se podría haber arriesga- do a agarrarla si la bestia no estuviera allí, si no la estuviera mirando, mirándola como si ella fuera...

No como a una presa.

Titus gruñó una advertencia territorial a la bestia de nuevo, tan fuerte que pudo sentirlo en cada uno de sus huesos. En cambio, la bestia, a pesar de su pequeño tamaño, la es- taba mirando con ira y determinación. Emoción, se podría decir. Hambre, pero no de ella.

No, se dio cuenta de esto mientras la bestia le devolvía la mirada a Titus, dejando salir un suave gruñido en respuesta.

El sonido no fue sumiso en lo más mínimo; era una amenaza, una promesa. La bestia de cebo quería herir a Titus.

Eran aliados, por el momento.

Por segunda vez en el día Manon sintió el ujo y re ujo del mundo, esa corriente invi- sible que algunos llamaban Destino y otros el telar de La Diosa de las Tres Caras. Titus rugió una amenaza nal.

Ella se puso de pie y echó a correr.

Con cada paso que realizaba, estrellas parpadean en su visión, y el suelo se estreme- cía mientras Titus la perseguía, dispuesto a desgarrar a la bestia de cebo si eso era lo necesario para matarla.

Manon agarró su espada, se dio vuelta, y la clavó en la gruesa cadena de hierro con todas sus fuerzas restantes.

Había llamado a su espada La Cuchilla del Viento. Ahora debería llamarla La Cuchilla de Hierro. La cadena se rompió luego de que Titus saltara para atraparla.

Titus no lo vio venir, y había shock en sus ojos mientras la bestia se tiraba sobre él y rodaran.

Titus era el doble de grande y estaba ileso, y por eso Manon no esperó para ver el re- sultado de la pelea y echó a correr hacia el túnel, donde los hombres estaban levantando frenéticamente la reja.

Pero entonces un tronido y un murmullo de conmoción resonaron, Manon se atrevió a mirar, a tiempo para ver los dragones separarse y a la bestia de cebo volviendo a atacar.

El golpe de cola inútil y llena de cicatrices fue tan fuerte que la cabeza de Titus se es- trelló contra el suelo.

Tan pronto como Titus se levantó, la bestia amagó con golpearlo con su cola y lo atacó con sus garras dentadas, haciendo que Titus rugiera de dolor.

Manon se quedó inmóvil, a tan solo quince metros de la puerta.

Los dragones heráldicos se rodearon el uno al otro, con sus alas raspando el suelo. Esto tenía que ser una broma.

Y sin embargo, la bestia de cebo no se rendía, a pesar de su cojera, sus cicatrices y sus heridas sangrantes.

Titus fue directo a su garganta, sin soltar ningún gruñido de advertencia.

La cola de la bestia golpeó la cabeza de Titus. Éste se tambaleó hacia atrás, pero después se recuperó y se abalanzo sobre la bestia, con sus mandíbulas y su cola gol- peándolo. Una vez que esas púas se incrustaran dentro de la carne de la bestia de cebo, esto habría terminado. La bestia esquivó el golpe de la cola, estrellando la suya propia sobre la misma, pero no pudo escapar de las mandíbulas del dragón, que se aferraron a su cuello.

Acabado. Esto estaba terminado.

La bestia lo golpeó, pero no se pudo liberar. Manon sabía que debía correr. Los otros estaban gritando. Ella había nacido sin simpatía, piedad o amabilidad. No le importaba cuál de ellos vivía y cual moría, solo escapar. Pero esa corriente seguía uyendo, uyen- do hacia la lucha, no alejándose de ella. Además ella le debía su vida a la bestia de cebo.

Entonces, Manon hizo la cosa más estúpida que había hecho en su larga y miserable vida.

Ella corrió hacia Titus y le clavó La Cuchilla del Viento en la cola. Ella cortó a través de piel y carne, y Titus rugió, liberando a su presa. El muñón restante arremetió contra ella y la golpeó en el estómago, y el aire se escapó de sus pulmones antes de que golpeara el suelo. Cuando se logró parar, pudo ver la estocada nal que terminó con la pelea.

Con la garganta expuesta por su grito de dolor, Titus no tuvo oportunidad de vencer cuando la bestia se abalanzó sobre él y clavó sus mandíbulas en su fuerte cuello.

Titus tenía una última oportunidad, de mover sus piernas y hacer palanca para liberar- se. La bestia lo agarraba rmemente, como si hubiese estado esperando esto por sema- nas, meses o años. Sin embargo, la bestia lo detuvo y le arrancó la cabeza, llevándose la garganta de Titus con él.

El lugar quedó en silencio. Como si el mundo se hubiese parado cuando el cuerpo del enorme dragón heráldico golpeó el suelo, y la sangre se desparramó por doquier.

Manon se quedó completamente inmóvil. Poco a poco, la bestia levantó la vista del cadáver, con sangre de Titus goteando de sus fauces. Sus ojos se encontraron.

La gente le gritaba que corra, y se escuchó el chirrido de la reja al abrirse, pero Manon miraba jamente hacia esos ojos negros, uno de ellos con una horrible cicatriz pero intac- to. Él dio un paso y luego otro, en su dirección.

Manon se quedó quieta. Era imposible. Totalmente imposible. Titus era el doble de grande, de dos veces su peso y tenía años de entrenamiento.

La bestia de cebo no lo había derrotado por ser más grande o más fuerte, sino porque lo deseaba más. Titus había sido un bruto y un asesino, sin embargo, este dragón parado ante ella... era un guerrero.

Los hombres entraban con lanzas y espadas y látigos, y la bestia gruñó.

Manon levantó una mano. Y de nuevo, el mundo se detuvo.

Ella, con los ojos aún en la bestia, dijo: — Él es mío.

Había salvado su vida. No por coincidencia, lo había hecho por elección. Él podía sentir la corriente uir entre ellos también.

— ¿Qué?—Gritó su abuela desde arriba.

Manon se encontró a si misma caminando hacia el dragón heráldico, y no se detuvo hasta que quedaron solo cinco pies separándolos.

— Él es mío—dijo, hablando con las cicatrices, la cojera y el fuego crepitante en esos ojos.

La bruja y el dragón heráldico se miraron por un momento que duró solo el latido de un corazón, pero que se sintió como una eternidad. — Eres mío— le dijo Manon.

El dragón parpadeó, con la sangre de Titus goteando de entre sus dientes fracturados y rotos.

Manon tenía el presentimiento de que había llegado a la misma decisión. Tal vez lo había sabido mucho tiempo antes de esta noche, y su pelea con Titus no había sido tanto una cuestión de sobrevivir, sino más una manera de reclamarla.

Como su jinete. Como su ama. Como suya.

ooooooooooo

Manon lo nombró Abraxos, como la antigua serpiente que sostuvo el mundo para la Diosa de las Tres Caras. Eso fue lo único agradable que pasó esa noche.

Cuando ella volvió con los otros, Abraxos había sido retirado para ser limpiado y cura- do, y el cadáver de Titus estaba siendo transportado hacia a fuera por treinta hombres. Ella le había devuelto la mirada a todos y cada uno a de las brujas que se atrevía a mi- rarla a los ojos

La heredera de las Yellowlegs estaba siendo retenida por Asterin delante de las ma- tronas. Manon miró a Iskra por un largo tiempo antes de que ella simplemente dijera: Parece que perdí mi equilibrio.

A Iskra le salía vapor por los oídos, pero Manon se encogió de hombros, limpiándose la suciedad y la sangre de la cara antes de salir cojeando de vuelta al Omega. Ella no le daría a Iskra la satisfacción de a rmar que ella por poco la había matado. Y además, Manon no estaba en condiciones de resolver esto con una lucha adecuada.

Ataque o torpeza, Asterin fue castigada por la Madre Blackbeak esa noche por dejar que la heredera cayera en el foso. Manon había pedido que le dispensaran los latigazos, pero su abuela la ignoró. En cambio, la heredera de las Yellowlegs lo haría. Como la falta de Asterin había ocurrido delante de las otras matronas y sus herederos, también así sería su castigo.

Parada en la desordenada sala, Manon observaba cada brutal latigazo, los diez con toda su fuerza, ya que Iskra tenía un moretón en la mandíbula causado por Asterin.

Para su mérito, Asterin no gritó. Ni una sola vez. A Manon le tomó toda su voluntad no quitarle el látigo a Iskra y utilizarlo para estrangularla.

Luego vino la charla con su abuela. No fue una conversación sino una bofetada en la cara, utilizando golpes verbales, que, un día después, todavía resonaban en los oídos de Manon.

Había humillado a su abuela y cada Blackbeak en la historia escogiendo un, pequeño trozo de carne, a pesar de su victoria. Fue un golpe de suerte que él haya matado a Titus, su abuela despotricó. Abraxos era el más pequeño de los montajes, y encima de eso, a causa de su tamaño, nunca había volado en su vida. Ellos nunca lo habían dejado salir de las madrigueras.

Ellos ni siquiera sabían si podía volar después de que sus alas habían sido golpeadas por tanto tiempo, y los entrenadores creían que si Abraxos intentaba la Travesía, él se estrellaría junto Manon contra el suelo. A rmaron que los otros dragones heráldicos nunca aceptarían su dominio, no como un Líder de Vuelo. Manon había arruinado todos los planes de su abuela.

Le gritó todos estos hechos una y otra vez. De todos modos, sabía que si ella hubiera querido cambiar su montaje su abuela la obligaría a quedarse con Abraxos, solo para que quedara humillada cuando fallara. Incluso si se mataba en el proceso.

Sin embargo, ella no había estado en la fosa. No había contemplado los ojos de Abraxos y visto el corazón de guerrero que latía dentro de él. Ella no se había dado cuenta de que peleaba con más astucia y ferocidad que cualquiera de los otros. Por eso, Manon se mantuvo rme y aceptó la bofetada, y la lectura de sus cargos, y la segunda bofetada, que dejó su mejilla palpitando.

Su cara aún ardía cuando llegó al corral que era ahora la casa de Abraxos. Él estaba acurrucado en la pared del fondo, en silencio y quieto, aun cuando muchas de las criaturas se paseaban, chillaban o gruñían.

Su escolta, el supervisor, miró a través de los barrotes. Asterin se escondía en las sombras. Después de que la azotaran la noche anterior, su acompañante no iba a dejarla fuera de vista pronto.

Manon no se había disculpado por los latigazos. Las reglas eran las reglas, y su prima había fallado. Asterin merecía los azotes, así como ella merecía el moretón en su mejilla.

— ¿Por qué está acurrucado así?—Manon le preguntó al hombre.
— Sospecho que es porque nunca ha tenido un corral para él solo. No tan grande. Manon estudió la caverna — ¿Dónde lo tenían antes?

El hombre señaló el suelo. — Con los otros animales de cebo en las pocilgas. Él es el más viejo, sabes. Sobrevivió al foso y a los orzuelos. Pero eso no signi ca que sea apropiado para ti.

— Si quisiera su opinión sobre si es apropiado o no se la hubiera pedido— dijo Manon, con sus ojos aún en Abraxos, mientras se acercaba a las barras. — ¿Cuánto tiempo pasará hasta que pueda volar?

El hombre se frotó la cabeza. — Podrían ser días, semanas o años. Podría ser que nunca.

— Nosotros empezamos a entrenar con nuestros montajes esta tarde.

— Eso no pasará. — Manon levantó sus cejas. — Éste necesita ser entrenado solo primero. Conseguiré a nuestros mejores entrenadores para ello, y mientras puedes utilizar otro dragón para...

— Primero que todo, humano, no me des órdenes— Lo interrumpió Manon. Sus dientes de hierro sobresalieron y él se estremeció. — Segundo, no entrenaré con otro dragón heráldico. Entrenaré con él.

El hombre estaba pálido como la muerte mientras decía, — Todos los montajes de los centinelas lo atacarán. Su primer vuelo lo asustará tanto que peleará en repuesta. Así que a menos que usted quiera que sus soldados y sus montajes se desgarren los unos a los otros, le sugiero que entrene solo. — Temblando añadió: — Milady.

El dragón los observaba. Esperando. — ¿Pueden entendernos?

— No. Entienden algunas órdenes y silbidos, pero no más que un perro.

Manon no creía esto ni por un momento. Tampoco creía que el guardia estuviese min- tiendo. Él no sabía de lo que estaba hablando. O tal vez Abraxos era diferente.

Ella tendría que utilizar cada momento disponible hasta el día los Juegos de Guerra para entrenarlo. Cuando ella y Las Trece fueran coronados vencedoras, haría todas y cada una de las brujas que habían dudado de ella, su abuela incluida, maldecirse por haber sido tan tontas. Porque ella era Manon Blackbeak, y nunca había fallado en nada. Y nada sería mejor que ver Abraxos vencer a Iskra en el campo de batalla.