¡Hola!
Siento mucho no haber podido subir capítulo ayer, pero no estuve en casa en todo el día por sesión de fotos con cosplay y, cuando llegué, me dediqué a pasar las fotos. Y cómo estaba tan cansada, no tenía los ojos como para ponerme a revisar el capítulo y poder subirlo. Sorry :(
De todas formas, mil gracias por los reviews :) Me hace muchísima ilusión.
También, os pido que os paséis por el perfil y votéis en la encuesta que he puesto (si aún no lo habéis hecho) y me ayudéis a elegir la siguiente historia en la que centrarme y subir.
Espero que os guste este capítulo ^^
Un besito muy grande
Ciao~~


Capítulo 25

—Gilbert, ¿vas a decirme que ha pasado o me voy a tener que enterar cuando lleguemos? —preguntó por vigésimo tercera vez en lo que llevaban de hora.

Gilbert la había ignorado completamente, parecía muy nervioso y con muchas ganas de llegar al palacio. Ni siquiera le había dejado despedirse de las niñas, a las que tanto cariño había cogido en aquellos pocos días. Aquellas dos eran como sus hermanitas pequeñas; y le ayudaban a chinchar a Gilbert, lo cual era muy divertido porque las caras del hombre eran dignas de ser retratadas.

Elizabetha se levantó como pudo dentro del carruaje y se sentó junto a Gilbert, el cual permanecía mirando por la ventana, ajeno a todo. Le dio un beso en la mejilla esperando llamar su atención.

—Gilbert, por favor —pidió. Los ojos rojos de él la observaron durante unos segundos antes de que la agarrara de la mano.

—Esto es malo, Eli. Muy malo —respondió, dejando escapar un suspiro de cansancio. No pudo contestarle, puesto que le tendió la carta, la cual no tardó ni un solo segundo en leer.

Estimado hijo:

Espero que tus vacaciones estén yendo correctamente. Un viaje de novios es algo importante para consolidar un matrimonio después de todo. Sin embargo, te pido que vuelvas a palacio. Han llegado unas cuantas noticias desde el otro lado del Canal de la Mancha y del Imperio Austro-húngaro. Al parecer, no están nada contentos al descubrir que la futura reina del Imperio Alemán sea la fugitiva que tanto tiempo llevan buscando.

No quiero asustarte pero, ahora mismo no hay lugar seguro, ni siquiera en casa de mi buen amigo Rómulo. Sé cómo eres y sé que tomarás la decisión correcta. Cuanto antes estéis en territorio alemán, mayor será vuestra seguridad. Solo Dios sabe qué pueden ocultar los caminos de regreso, estando tan cerca del enemigo.

Atentamente,
Tu padre, el rey.

Terminó de leer en silencio. Una congoja se apoderaba de ella, evitándole el respirar. Tragó saliva, en un intento vano de deshacer el nudo que se había formado en su garganta y miró a Gilbert.

—¿Siguen buscándome?

—Eso parece. Pero no les vamos a dejar que te toquen ni un solo pelo.

El silencio se hizo entre ellos. Elizabetha dejó caer la carta sobre su regazo y se llevó la mano a la frente. Tenía unas ganas enormes de echarse a llorar. Gilbert la cogió de la mano.

—Esto es todo por mi culpa. Jamás debí haber dejado que me convencieras para toda esta locura. Y ahora no estáis seguros y…

—Eli, para. Si yo no hubiera querido hacer nada, habrías continuado siendo la institutriz de mi hermano. Pero, lo hecho, hecho está —apretó su mano y le levantó el rostro por el mentón, para que le mirara—. ¿Te arrepientes?

—No.

—Suficiente —le sonrió—. Prometí que te cuidaría y eso pienso hacer. Ya sabes, en lo bueno y en lo malo…

—¿Crees que irán a casa de Rómulo?

Gilbert se encogió de hombros, sin saber exactamente que decirla.

—Hay una probabilidad bastante grande de que así sea pero… Tranquila, yo estaría más preocupado por la integridad física de quién se atreva a meterse con él si las historias que me ha contado mi padre son ciertas —aquello no tranquilizó en lo más mínimo a Elizabetha, quién solo fue capaz de bajar la mirada y apoyarse en el respaldo—. ¿Sabes que no eres nada asombrosa si estás deprimida todo el tiempo?

—Gilbert, eso no ha…

La acercó a su cuerpo, abrazándola y acariciando su cabeza. La mandó callar con un chistido suave y largo, al tiempo que notaba como apoyaba su mejilla sobre su cabeza. Elizabetha lo envolvió también con los brazos y cerró los ojos. Si aquello era todo lo que podría llegar a recibir de él, se conformaría con ello, aunque tuviera que tragarse todos sus sentimientos.

Habían cruzado la frontera suiza cuando se detuvieron en una de las posadas del camino. Gilbert era reacio a parar, pero tampoco podía exigirle al cochero que continuara el camino sin descanso. Necesitaba cuantos ojos y manos hubiera disponibles por si alguien intentaba hacerles algún tipo de daño. Y Elizabetha no contaba como opción porque no la dejaría poner su integridad física en peligro, por mucho que ella pataleara o se enfadara.

Entró en la habitación que les habían dado –no quedaba demasiado sitio en aquella posada, pero mejor eso que nada–, y buscó a Elizabetha con la mirada. Permanecía sentada en el borde de la cama, cepillándose el pelo, con la mirada totalmente ausente. Cerrando la puerta tras de sí con sumo cuidado, se acercó hasta la castaña, sentándose junto a ella.

—Eli…

No le dio tiempo a decir nada más, la castaña se levantó y, dejando el cepillo sobre la maleta, suspiró.

—Lo siento —murmuró.

—¿Por qué lo sientes? —el silencio se hizo entre ellos nuevamente, cayendo sobre sus cabezas como un pesado bloque de hierro—. Espero que no sea por lo que creo que es.

Se giró y le miró a la cara. Tenía los ojos rojos y vidriosos, a punto de llorar. Sus manos temblaban y su respiración estaba alterada.

—Si no me hubiera empeñado en vivir, si hubiera aceptado mi destino, nada de esto habría pasado. ¡Nadie estaría en peligro por mi culpa y tú no tendrías que cargar conmigo! ¡Soy un lastre! —gimoteó—. A veces pienso que ni siquiera tenía que haber aceptado a Roderich como esposo, después de todo, ¿quién puede querer a una mujer que tiene comportamientos más propios de un hombre que de una señorita? Debería estar muerta, así…

—¡Cállate! —bramó Gilbert, levantándose de la cama y caminando hacia ella. Los ojos verdes se abrieron por la sorpresa. Gilbert jamás le había alzado la voz—. Deja de decir estupideces. Y, ni se te ocurra terminar esa frase.

—Pero…

—¡Pero nada! —acortó la distancia entre ambos cuerpos y le puso las manos sobre los hombros—. ¿Habrías preferido morir por algo de lo que no eres culpable? ¿Quién puede culparte por querer vivir? ¿Por querer ser feliz? Elizabetha, todo esto no son más que estupideces, ideas que se han instalado en tu cabeza porque tienes miedo. ¿Crees que yo no lo tengo? Pero si nos dejamos llevar por ello, estamos muertos.

Elizabetha enmudeció. Todo lo que había dicho el albino habían sido verdades como puños. Jamás le había visto tan serio, fulminándola con la mirada, soltando cosas coherentes, sin alabarse a sí mismo, con una templanza que inspiraba respeto.

Un gran sollozo la recorrió como una convulsión y se echó a llorar. Lloró por su padre, por su tía, por sus primos y su futuro hijo. Lloró por Ludwig, por el rey, por Rómulo, por sus nietas. Por la gente del servicio que tan bien la había tratado siempre. Lloró por Francesca y su marido Scott, por Antonio y Francis. Lloró por el miedo, la frustración, la ira, el dolor. Lloró por Roderich, por lo que había podido ser y no fue. Y lloró por el amor no correspondido que sufría en aquel mismo instante, por aquel matrimonio extraño en el que se había sumido ella misma por voluntad propia.

Derramó todas las lágrimas que creía haber gastado cuando estaba en la cárcel, las que había derramado tras salir de la cárcel y vivir en la incertidumbre de no saber qué ocurriría al día siguiente.

Se vio envuelta entre los brazos de Gilbert, con la frente apoyada sobre su pecho, mientras escuchaba los sonidos ininteligibles de consuelo, apoyo y afecto que murmuraba. Con una mano le acariciaba el pelo suelto suavemente, con la otra le frotaba de arriba abajo la espalda en un relajante movimiento, produciendo una ligera fricción cálida entre la piel de la castaña y el camisón.

—Tranquilízate, por favor —le pidió—. Respira. No pasa nada. No va a pasar nada malo.

Elizabetha le apretó con fuerza, juntando aún más sus cuerpos y buscando consuelo en ello. Su respiración se le redujo hasta alcanzar algo cercano a la normalidad al tiempo que las lágrimas acabaron. Moqueó y sorbió por la nariz con la cabeza todavía enterrada en su pecho, no sintiéndose todavía preparada para salir del refugio acogedor que le ofrecía su abrazo.

—Perdóname —dijo. La voz sonaba ahogada en su pecho. Era un hilo de voz entrecortado. La mano de él se le había enredado en el pelo y, aunque aquello le impedía levantar la cabeza, no sentía ningún deseo de que dejara de hacer tal cosa—. Perdóname por comportarme como una niña pequeña.

—Eres humana, Eli. No tienes que disculparte.

—No. Sí que tengo. Yo…

Gilbert volvió a callarla besándola en la cabeza y con un suave chistido. La llevó hasta la cama y se tumbó en ella, llevando a la castaña con ella y arrullándola, dejando que la calma la poseyera, hasta llevarla al sueño.

La respiración de Elizabetha no tardó en ser calmada y sosegada. Se había quedado dormida agarrándole con fuerza de la chaqueta, con la cabeza apoyada en su pecho y una de sus piernas sobre la de él. Así, tranquila, era como una muñeca. La sombra de las pestañas caían sobre sus mejillas, hasta hace unos momentos sonrojadas y mojadas por los rastros de las lágrimas. Y sus labios, permanecían ligeramente entreabiertos, dejando que su respiración escapara a modo de suspiros. Era como un ángel. No pudo evitar el pasar una mano por su cabello, por la frente apartando el flequillo, bajar por la sien, delinear la mejilla y llegar hasta sus labios. Tragó saliva y se obligó a apartar la vista.

Unos gritos y unos ruidos bastante fuertes venían de la planta baja de la posada. Gilbert frunció el ceño. Como continuaran así, acabarían despertándola. Se levantó de la cama lo más delicadamente que pudo, intentando no despertarla, y salió de la habitación.

Bajó las escaleras y encontró al posadero, de un lado a otro, con el rostro compungido por el horror, mientras sacaba a cuantas personas encontraba.

—¿Se puede saber qué está pasando? —preguntó pero pronto un olor rancio y conocido llegó a sus fosas nasales—. ¿No huele a humo?

—¡Salga inmediatamente señor! —exclamó empujándole hacia fuera. Gilbert no se esperó semejante acto de brutalidad y, antes de que pudiera darse cuenta, se encontró fuera, observando como la posada comenzaba a ser consumida por las llamas.

El corazón se le paró en el acto. No, no podía ser. Miró a su alrededor; la gente que se hospedaba junto a ellos estaba fuera, tosiendo y protegiéndose del fuego. Pero ella no estaba. Elizabetha.

Inspiró profundamente y se dispuso a entrar hacia dentro. El posadero se lo impidió.

—No señor, no puede entrar dentro. ¡Es un suicidio!

—¡Mi esposa está dentro! —le gritó agarrándole del cuello—. ¡No voy a dejarla allí!

—¡Pero es muy peligroso! —repitió el hombre—. ¡Por favor, señor!

Hicieron falta tres hombres para impedir que Gilbert entrara dentro. Lo habían alejado lo suficiente como para ponerlo a una distancia considerable; pero era una distancia desde la que podía contemplar, a la perfección, cómo las llamas consumían el resto de la posada. Intentaban apagar el fuego, pero todo parecía en vano.

Gilbert sintió como las piernas le temblaban y terminó por caer de rodillas al suelo, sin poder apartar la mirada del edificio. No. No. Elizabetha. La historia no podía repetirse. Gritó, desgañitándose, desgarrándose la garganta, y agachando la cabeza. Algunos de los huéspedes le miraban con algo de lástima, otros, como si se hubiera vuelto completamente loco. Y, así era. Acababa de perder a la única persona con la que se había planteado el compartir la vida; a la única persona por la que sentía… ¿Qué sentía?

Apretó con rabia los dientes, endureciendo la mandíbula. Daba igual, se había marchado.

—¿Gil? ¿Gilbert? —llamó una voz, repetidas veces.

—Ahora tengo alucinaciones —se dijo amargamente, esbozando una media sonrisa sin ganas.

Unas manos se posicionaron sobre sus hombros, con suavidad, intentando hacer que así la atención que ahora recibía el suelo se centrara en esa persona. Lo movió ligeramente provocando que, en un movimiento brusco, le agarrara de las muñecas y le fulminara con la mirada.

—¡Gilbert! —exclamó Elizabetha, sin entender ni un solo momento la actitud del hombre. Volvió a decir algo, esta vez sorprendida, cuando el albino la atrapó entre sus brazos, pegándola a su cuerpo y murmurando cosas ininteligibles.

Sintió el aliento del hombre sobre la curvatura de su cuello, cálido y agitado; después, algo acuoso y la amplitud del abrazo que le otorgaba. Elizabetha le abrazó, también, pasando sus manos por su espalda, intentando calmar los espasmos que consumían su cuerpo.

—Gilbert —le llamó, una vez que se había calmado lo suficiente. La gente se había alejado de ellos y, tras haber conseguido apagar el fuego, comenzaban a sacar sus pertenencias –las pocas que se habían salvado– del edificio, el cual amenazaba con derrumbarse de un momento a otro. Un asentimiento breve contra su hombro la hizo entender que la escuchaba—. ¿Estás mejor? —preguntó con voz suave y calmada. El hombre solo asintió nuevamente y se separó. Tenía los ojos rojos por el llanto, al igual que la piel.

Se puso de pie y, tras ayudar a la castaña a levantarse, le puso por encima de los hombros su chaqueta, de modo que así tapara el camisón que llevaba encima.

El cochero se había internado dentro del edificio y había conseguido sacar una sola maleta, donde Elizabetha guardaba algún que otro vestido. Se cambió en las caballerizas, con la vigilancia continua de Gilbert, y ambos volvieron a meterse dentro del carruaje, dando por comenzada la búsqueda de otra posada.

Un trayecto completamente en silencio, en el que ninguno de los dos hablaba. Tan solo pequeños gestos como el tomarse de las manos o el estrechar un cuerpo con el otro, bastaban para hacer entender que aquello no era ningún sueño.

—Gil…

—Creí que te había perdido —murmuró en voz queda y ronca. No había hablado desde uno de los muchos gritos que había pegado fuera, al ver la posada ardiendo—. Cuando vi que la posada estaba ardiendo y que no me dejaban entrar bajo ningún concepto…

—Pero no ha pasado nada y…

—¡Es que no lo entiendes! —gritó. Se pasó una mano por el cabello y bufó molesto—. No entiendes nada.

—Pues explícamelo. Estoy un poco cansada de este juego de misterios y secretos —le agarró de la mano y se la apretó con delicadeza—. Gilbert, sinceridad, ¿recuerdas? —el silencio les cubrió nuevamente—. ¿Tiene que ver con tu madre? Porque es la única que me queda por conocer a través de tus palabras.

—Ni me la menciones.

Elizabetha se acercó más y le pasó la mano por el cabello, acariciando su frente con delicadeza.

—Sea lo que sea que pasara entre vosotros…

—¿Serviría de algo el que te lo contara? No, porque…

—Sí, serviría, porque al menos así podría llegar a comprenderte y a ayudarte —se acercó y le besó en los labios, un pequeño roce cargado de sentimientos—. Por favor —pidió.

Gilbert se deshizo de su agarre y se apartó mirando hacia la ventana. Aquel acto fue como una puñalada en el corazón de la castaña, quien inspiró profundamente y se mordió el labio, intentando que las lágrimas no cayeran de sus ojos. Se giró y le dio la espalda, mirando al exterior con el corazón en un puño.

El peor error que había cometido había sido enamorarse de él aun a sabiendas de que no le correspondería nunca. Eso era lo más doloroso. Compartiría con él todo; lecho, casa, comidas… Pariría a sus hijos y le acompañaría en cualquier momento pero, a lo único a lo que podría aspirar, sería a tener una amistad. Ningún tipo de complicidad silenciosa como Nadya y Andrei, una armonía como la de Francesca y Scott, ni siquiera una extrema felicidad como la que habían tenido sus padres.

Tragó saliva y, arrugando el ceño ligeramente, sorbió por la nariz casi imperceptiblemente, con la esperanza de que él no la escuchara.

—¿Sabes por qué te dije que nunca me abriría de nuevo a alguien? —comenzó Gilbert; no se había girado, continuaba mirando por la ventana, pero había decidido romper el silencio—. Fue por algo que ocurrió hace unos meses, cuando fuimos a pasar unos días con la reina en una de las casas de campo.

Elizabetha se giró, parpadeando.

—¿Tiene que ver con ese incidente?

Ahora fue Gilbert quién, sorprendido, giró la cabeza y el cuerpo para contemplarla. Una mueca decoraba sus labios, estupefacto.

—¿Qué sabes de eso?

—Bueno… Digamos que el servicio sabe muchas cosas y… Me contaron que habíais ido a pasar unos días y que se desató un incendio mientras paseabas. No pensaste en nada salvo en entrar y salvar a tu hermano, quien continuaba en el interior de la casa y había perdido el conocimiento. Pero, de la reina no se había encontrado el cuerpo y se la dio por muerta y…

—Pues no estaba muerta —murmuró.

—¿C-cómo?

Gilbert la miró fijamente, adoptando una mueca de seriedad en su rostro, pero parte del dolor se vislumbraba en sus ojos.

—Que no está muerta. Es cierto que fui a pasear, y también es cierto que la casa salió ardiendo, pero no fue ningún tipo de accidente. La reina había montado todo aquel circo para escaparse con su amante —escupió aquella última palabra con desprecio—. Y, para no dejar constancia ni testigos, decidió matarnos a mi hermano y a mi —abrió los ojos, sorprendida—. ¿No te esperabas eso, verdad? Cuando entré por mi hermano, la vi. Permanecía junto a la puerta, observando en silencio el cuerpo inconsciente de Ludwig. No parpadeó, no derramó ni una sola lágrima, ni siquiera un simple amago de tristeza. Me miró, me sonrió y desapareció de la mano de su amante, el mismo que la esperaba a su espalda.

Elizabetha tragó saliva y se obligó a cerrar la boca. ¿Cuánto tiempo habría estado con semejante expresión?

—Saqué a mi hermano de la casa y esperé, viendo como la cabaña se consumía. No había testigos, como te dijeron. Estábamos lo suficientemente apartados como para que la gente, una vez se diera cuenta del incendio, tardara su tiempo en llegar. Y, los criados tenían la tarde libre, todos. ¿Un plan perfecto, no crees? Cuando volvimos de inmediato a palacio, hablé con mi padre. Le dije que había muerto pero no me creyó. Creo que hacía tiempo que sospechaba algo y, con aquel incidente, sus peores deseos se cumplieron.

—Y… ¿qué pasó con ella? —se atrevió a preguntar—. ¿Desapareció sin más?

—Mi padre contrató a un detective para que siguiera su pista; sin embargo, cuando la encontró, estaba muerta en la posada de mala muerte en la que había estado viviendo durante unas pocas semanas. Tenía la garganta cercenada, pero no había ni rastro de su amante, ni de las joyas o el dinero con el que había huido. Supongo que la justicia nos llega siempre a todos, de uno u otro modo —viendo la expresión de estupor de la castaña, se acercó a ella y la agarró de la mano—. ¿Te he asustado? —negó con la cabeza—. ¿Entonces?

—¿Es por eso que te niegas a amar? ¿Por si la persona a la que decides entregarle tu corazón se marcha con otra? —le miró fijamente; Gilbert la contempló en completo silencio—. ¡No todo el mundo es como tu madre!

—No es mi madre. Dejó de serlo en el mismo momento en el que atentó contra la vida de mi hermano.

—Pero, ¿de verdad piensas que yo sería capaz de hacer algo así? —preguntó; sentía el corazón en la garganta, bombeando con fuerza y amenazando con salir corriendo de un momento a otro, esperando la respuesta del hombre. Se sentía ofendida.

—No lo sé. ¿Lo serías?

—No me puedo creer que me estés preguntando esto después de todo cuanto…

—Eli, sabes que no se trata de esto. Contéstame a la pregunta.

—Me he negado de mil y una formas a casarme con una persona a la que no amaba, ¿y aún así me preguntas esto?

Gilbert la miró en silencio, cada uno de los movimientos y gestos que la castaña hacía. Estaba bastante alterada.

—¿Me estás diciendo que estás enamorada de mi? ¿Por eso te casaste?

No contestó, y tampoco habría podido hacerlo puesto que el carruaje se paró.

—Hemos llegado a otra posada y no hay ninguna otra en varios kilómetros.

—Es perfecto. Nos quedaremos aquí —contestó Gilbert abriendo la puerta del coche y saliendo de él, al tiempo que ayudaba a Elizabetha a bajar. Cuando estuvo en el suelo, la junto a su cuerpo y, con un susurro, la hizo estremecer—. Tú y yo vamos a hablar muy seriamente luego.