CAPITULO 24: Un general con dos almas

Taormina, Sicilia

8 de mayo de 1918

Una montaña de cartas sin abrir permanecía apilada en una esquina sobre el mostrador de la oficina de correos en Taormina cuando Manfred Von Haller extrajo las llaves que le habían sido suministradas por el jefe de dicha estación, y abrió la puerta del abandonado establecimiento. Era la segunda vez, en los tres meses que llevaba establecido en Porta Catania, que pasaba a recoger la correspondencia en busca de alguna pista que delatara la presencia de espías aliados en tierras sicilianas; y aunque no obtuvo resultados a raíz de esa primera investigación, al menos mientras hiciera uso de la oficina podía estar al día con las autoridades alemanas y controlar el flujo de comunicación entre Italia y otras partes del mundo, pero hoy… Con el presentimiento de que esta vez haría un gran hallazgo, salió de Villa Schuler cuando apenas despuntaba el alba, y aquí estaba, a las ocho de la mañana, revisando cada paquete, cada mensaje oculto entre líneas, deseando en el fondo terminar la tarea lo más pronto posible, y de esta manera escribir una larga y emotiva carta a Sonye y las niñas… en verdad las echaba de menos, y no veía la hora en que la guerra terminara, para bien o para mal, para así regresar a su antiguo trabajo y a su familia.

Un sobre rosado llamó su atención, pues casi se salía de la pila de cartas al punto que casi cae sobre el suelo, y Von Haller lo agarró antes que tuviera que agacharse a recogerlo. Para su asombro, el sobre no tenía dirección y remitente; sólo decía 'Para Candice White Andley, en cualquier punto de Sicilia.' ¿Cómo rayos la carta había llegado a su destino? Era muy probable que el destinatario de la carta no estuviera en Taormina, sino en algún otro punto de Sicilia, mas el correo de Taormina era el único en recibir correspondencia con regularidad, aunque la misma no fuera entregada a los habitantes. Temiendo una traición de manos de los aliados, abrió la carta con un pisapapel, y al comenzar a leerla, notó que el contenido estaba escrito en un perfecto idioma inglés:

Apreciada Candy:

Estoy al tanto de lo que tú y mi novio están haciendo en Sicilia. Siento mucho decirte que su felicidad no durará mucho tiempo, pues estoy esperando un hijo, y es obvio que el bebé es de Terry. Y por si las dudas, adjunto una fotografía reciente que Terry y yo nos tomamos juntos antes que lo convencieras de unirse a tu causa. El sólo está jugando contigo, Candy, echando una cana al aire antes de iniciar su nueva vida a mi lado.

Sinceramente,

Susana Marlowe.

En otras circunstancias, Von Haller hubiera hecho caso omiso un mensaje tan infantil, e incluso estuvo a punto de lanzarlo al bote de la basura; en eso, recordó que la señorita Marlowe mencionaba una fotografía incluida, y no aguantó la curiosidad, por lo que extrajo la foto del sobre… y fue entonces cuando dejó caer la carta al suelo. En la imagen, un sujeto idéntico a Hans Oppenheimer sujetaba con formalidad la mano de otra chica que no era Brigitte, y bajo la foto, los nombres de ambos resonaron para siempre en la mente del militar: Susana Marlowe… y Terrence "Terry" Granchester. Debido a que la foto había sido arrancada de un periódico, Von Haller no pudo descifrar si la imagen acompañaba o no un artículo, pero de lo que sí estaba seguro era de que esos nombres eran sin duda de origen norteamericano, aunque la pronunciación de Hans, o mejor dicho Terrence, daba indicios de algún antepasado inglés. Sus sospechas habían sido ciertas: Hans y Brigitte Oppenheimer no eran quienes decían ser… y Sofia los estaba encubriendo. ¿Por qué la recepcionista de Villa Schuler había ocultado el origen de sus dos huéspedes, a sabiendas de que al hacerlo su propia vida estaría en juego? Y Brigitte, si realmente se llamaba así, ¿quién era en verdad? A juzgar por la foto que tenía frente a él, Terry Granchester estaba próximo a casarse con otra joven, entonces, ¿por qué estaban en Sicilia y no en América, lejos de la guerra? Nadie en sus cinco sentidos viajaría al otro lado del mundo sólo para sostener encuentros furtivos, ni siquiera para esconderse de la responsabilidad de un matrimonio con otra persona. ¿Acaso eran espías? La idea no era del todo absurda, tomando en cuenta que "Brigitte", siendo muda, dejaba escapar ruidosos quejidos de dolor cuando tropezaba-muy seguido- contra un muro o una pared, o mientras elaboraba notas de gozo en la privacidad de la suite matrimonial, cuando ella y su alegado esposo pensaban que nadie los escuchaba por tratarse de una habitación aislada… Arrugando la misiva dentro de su bolsillo, Von Haller prosiguió con la búsqueda de más información en otras cartas, mientras dilucidaba cómo confrontar a los impostores, así como a su caritativa recepcionista.

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Y a medida que Von Haller continuaba abriendo la correspondencia, en la suite de Villa Schuler, Candy se restregaba los ojos con la palma de la mano para despertar por completo de una larga y memorable noche de amor con Terry. Dos días antes habían ayudado el día entero en la clínica del padre Enrico debido a una emergencia suscitada en el hospital donde trabajaban Gianmarco y Fiorella, por lo cual se le había hecho imposible a ambos profesionales asistir a los pacientes refugiados con el padre, por lo que correspondió a Candy quedar a cargo del lugar, y eso conllevó un doble esfuerzo de Terry al servir de entretenimiento a los enfermos y fungir como enfermero al mismo tiempo. Gianmarco y Fiorella, por su parte, habían dado su palabra de que al día siguiente, fecha en que se conmemoraba el vigésimo cumpleaños de Candy, ella y Terry podían tener el día libre para hacer todo cuanto quisieran. En el transcurso de ese día, el padre Enrico había bajado para preparar la comida mientras ellos continuaban corriendo con sus labores en el hogar. Al final, y luego de la locura de mantener todo bajo control, el padre Enrico les había anunciado que serían dos, y no uno, los días en que ellos podían celebrar el onomástico de Candy, pues Guido le había llevado un mensaje de Gianmarco y Fiorella desde el hospital de la ciudad indicando que al joven médico y su esposa le habían otorgado unos días libres en dicha facilidad, por lo que contarían con más tiempo para ver a los pacientes del padre. Y aquí estaba, como Dios la trajo al mundo, robándole unas horas a la vida... Con dificultad, se levantó de la cama, y no pudo evitar sonrojarse al ver sábanas y piezas de ropa revueltas por toda la habitación, destacándose una entre las demás: un blanco y satinado corsé, el cual ella había comprado a escondidas de Terry días antes en la tienda de Antonella. Nunca antes había llevado puesta semejante prenda, ni siquiera cuando era mandatorio el uso de la misma, pero deseaba que el día de su cumpleaños fuera una ocasión en la cual fuera ella quien ofreciera un obsequio de amor a su esposo, y no él como se hubiera esperado. Después de todo, el día del reencuentro entre ambos ella no contaba con dinero para comprar un presente para él, a lo que su novio siempre decía que no importaba, que ella era el mejor regalo que había obtenido… pero Candy no se conformaba con haberle brindado un regalo intangible, y por eso adquirió el exquisito corsé que hacía juego con su blanca piel, gracias a la recomendación de una eufórica Antonella, quien a duras penas había descifrado los mensajes en señas sobre lo que necesitaba la señora Oppenheimer; y su esfuerzo rindió frutos, pues cuando Terry la vio, la miró embelesado, como si estuviera contemplando la más cara de las joyas, y durante toda la noche la había colmado de grandes alegrías y placeres, como sólo un hombre enamorado podía hacer. Levantó la pieza del suelo, asombrada de lo que había sido capaz de hacer con tal de agradar a Terry. En ciertos aspectos, ella se sentía tan libre como antes, haciendo bromas a costa de él, molestándolo, compartiendo con sus nuevos amigos, admirándolo en sus improvisaciones artísticas; pero por otro lado, ambos habían encontrado algo más que disfrutar en común: la pasión de amar. Nunca hubiera imaginado que la faceta del amor físico habría de moldear su personalidad de tal manera que mantendría sus creencias tan firmes como siempre, pero ahora era consciente de que era una mujer con responsabilidades, y como tal debía actuar y pensar con responsabilidad, en especial en Villa Schuler, donde un solo paso en falso acabaría con la existencia de ella y la de Terry. Entre la lucha por la sobrevivencia, y las maravillas del amor que descubrían día a día, Candy y Terry habían madurado, convirtiéndose en adultos, aunque a sus edades otros jóvenes aún estarían estudiando o viviendo bajo las faldas de sus padres.

Caminó en dirección al cuarto de baño, pues de seguro Terry estaría tomando una ducha caliente, mas se detuvo frente al espejo, y contemplando su figura, comenzó a tocar, una por una, las formas de su cuerpo. Tres meses antes, le había tenido sin cuidado su apariencia, pero ahora le era preciso llenar las ansias y deseos de amar de Terry, en todos los aspectos. Se volteó de espaldas, examinando cada parte de su relieve, sin apenas creer que ya no había rincón alguno de su cuerpo que no hubiera sido explorado y descubierto por su amado, ya fuera por sus manos, su boca, sus dedos… Las expresiones de amor de Terry eran un instrumento más afinado y armonioso que cualquier armónica que ella le hubiera podido obsequiar, y a cambio ella reciprocaba todo cuanto él le ofrecía, y cada sonido o gesto que él emitía hacía que su corazón rebosara de felicidad, más aún cuando ella, como obediente aprendiz, había estado dispuesta a asumir todas las formas de amor, conocidas y desconocidas… aunque ahora habría de poner un alto a su vida en intimidad puesto que pronto llegaría la hora de su flujo. Debido a que su sangrado ocurría cada tres meses, ella y Terry se habían amado a sus anchas, en los jardines de Villa Schuler, bajo la luz del sol en Isola Bella, contra las ruinas del Anfiteatro… pero en unos días habrían de detenerse, pues aunque la idea de tener un hijo de Terry le producía una gran alegría, el ambiente en que se encontraban no era propicio para pensar en formar una familia, mucho menos si ellos no estaban casados… al menos no de manera certificada. Además, el destino de ambos era incierto, y no podían descartar que en cualquier momento Von Haller los pusiera en evidencia frente a otras autoridades alemanas.

Ambos tenían el día "libre", si se podía llamar así, pues lo que ambos realizaban en la clínica del padre Enrico no era un trabajo, sino una forma de esparcir su tiempo en Taormina a la vez que ayudaban a muchas personas. Pero a pesar de que el día era muy prometedor, y que contarían con mucho tiempo para dar un paseo por la ciudad y conocer más de Porta Catania, tenía que verlo… ahora. Abrió la puerta del baño, y enseguida un caliente vapor la bañó de pies a cabeza. No comprendía cómo a él le gustaba tanto bañarse con agua demasiado caliente, contrario a ella, quien se había acostumbrado a las frías aguas del hogar de Pony. Terry… tan distinto a ella, y tan afín en otras cosas…

El estaba bajo la regadera, eliminando el exceso de jabón de su cuerpo, y exprimiendo el agua de su cabello, el cual se había vuelto a cortar el día anterior. Hasta entonces, le había crecido al punto de llevarlo tan largo como en sus tiempos de estudiante, pero ella había insistido en que le quedaba mejor la mediana longitud con que lo había visto a su llegada a Sicilia, y él, para complacerla en su cumpleaños, adoptó dicha imagen, como también había rasurado los inicios de una barba y bigote en su rostro, no sin antes haber advertido a ella, "Extrañarás ese roce facial en las noches…"

Sintiendo la presencia de su pecosa, él apartó la restante espuma de sus ojos, y sus facciones se transformaron en una cautivadora y agradable sonrisa. "¡Hola!", exclamó, y al verlo, Candy se estremeció de amor y orgullo por este noble actor que se había adueñado de sus días y de sus noches, y que al igual que ella, se había entregado en cuerpo y alma al objeto de su afecto, permitiendo que ella tomara posesión de su piel como mucho antes lo había hecho con su corazón. En su inexperiencia, Candy había aprendido a tocarlo con alas de mariposa, con caricias provenientes de lo más profundo de su ser, haciendo que ambos alcanzaran la misma constelación de estrellas. Sin haber sido la más experta de las amantes, se había encargado de hacerlo sentir en la cúspide mientras estaban juntos, llegando incluso a aceptar su propia desnudez en señal de confianza hacia él… como ahora, cuando la mirada de su amado no abandonaba los encantos femeninos. "Hola", respondió al fin devolviendo la sonrisa; y de repente, se sintió intimidada ante la altura de él, como si hubiera crecido tres pulgadas por cada mes que llevaban viviendo juntos. En realidad no estaba más alto, pero aún así… era como si por vez primera estuviera consciente del cuerpo que ahora conocía mejor que el suyo, admirándolo como una espectadora, y no como la amante y compañera con quien él realizaba sus sueños. ¿En qué momento había desarrollado tantos músculos, y sus piernas se habían tornado tan firmes?

Terry formó una bola de espuma con el jabón y lo lanzó al cuello de la rubia. "¿Te comieron la lengua los ratones, o ya te acostumbraste a estar muda?"

Entre enfadada y divertida, ella retiró el jabón que ahora caía sobre su pecho. "¡Muy gracioso!"

Pero lejos de tornarse serio, el chico comenzó a reír. "¡De haber sabido que amanecerías tan malhumorada luego de una larga noche de amor, no te hubiera puesto un solo dedo encima!"

Con una carta de colores en el rostro, ella agarró una toalla, y la tiró hacia él, quien rápido esquivó la pieza, haciendo que cayera dentro de la tina. "Era la única que quedaba…", murmuró ella.

"Aún nos queda la bata", recordó él con una sonrisa burlona, y extendió la mano hacia ella diciendo: "¿Vienes?"

Ella se cruzó de brazos. "¡Pero ya has terminado tu baño! Si sigues bajo el agua, terminarás tan arrugado como una uva pasa."

"Más arrugado me dejarás tú si permito que continúes reventando mis granitos", replicó él, recordando las ocasiones en que ella había limpiado su espalda de los nuevos brotes. "Además, aún debe quedar arena bajo tus orejas."

"¡No es cierto!" Candy pensó en la tarde anterior en que ella y Terry llegaron a Isola Bella con una canasta de emparedados, corriendo uno detrás del otro por toda la playa, y alardeando de los bañadores que habían comprado a Antonella. "Sabes que tomé un buen baño al regresar a Villa Schuler…"

"Cómo olvidarlo, pues fui yo quien preparó ese baño… para ambos", aclaró él, señalando la decena de velas apagadas que aún estaban sobre el suelo, así como un frasco de aceite que reposaba en la bañera, todos como recordatorio de los juegos de amor que él había iniciado como regalo a su mujer, luego que ella lo tomara por sorpresa revelando con inocencia el ajustado corsé. Para Terry, colmar a Candy de dicha se había convertido en su meta principal, y también en su mayor gratificación, pues qué mejor recompensa que la de participar de sus actividades y diario vivir. Contrario a lo que solía suceder con otras parejas, la cotidianidad del trabajo, lejos de haber impartido monotonía a la relación, había estrechado más los lazos entre ellos, valorando más el tiempo libre y aprovechándolo al máximo. Por otro lado, su ambiente de trabajo en común, pues ambos servían en el mismo salón, lo había hecho admirarla aún más, ya que atender pacientes y mantenerse de buen ánimo a la vez no era tarea fácil. Con una mirada risueña añadió, a modo de provocación: "Tal vez te hayas sumergido en el agua anoche, pero eso no significa que te hayas lavado bien."

"¡Mentiroso!"

"¿Vienes o no?" El continuaba con el brazo extendido. "¿O prefieres que vaya por ti?"

"No te atreverías", lo retó ella, pero sus ojos indicaban lo contrario: deseaba entrar con él a la bañera y quedar atrapada entre sus brazos. "No te atreverías a salir y dejar el suelo todo mojado…"

El no necesitó más instigación que ésa. De un solo golpe, sacó los pies del incómodo hueco de aseo, a lo que ella corrió a la puerta con la intención de salir, pero él fue más rápido y en sólo dos pasos la tomó de la cintura y la levantó en brazos, ante la fingida protesta de ella. "Eres una pésima actriz, Tarzán pecosa", puntualizó él, y ella finalmente comenzó a reír, lo que alegró aún más la mañana de Terry, quien entró de nuevo a la bañera. No obstante, en lugar de colocar los pies en el suelo, su Candy permanecía con las piernas abrazadas a su cintura. "¿Y esto?", preguntó con curiosidad.

Ella miró hacia abajo, como si estuviera contemplando la ciudad desde un rascacielos neoyorquino. "¡Eres tan alto! Tengo miedo de caer cuando me sueltes…"

"No soy un gigante", sostuvo él mientras trataba de deshacerse de las extremidades de la chica, pero ella apretaba demasiado fuerte al grado que comenzaban a dolerle las caderas, hasta que se dio por vencido, y con ella aún colgando de su cuerpo, la apoyó contra una pared, no sin antes haberla mojado de pies a cabeza. "¿Satisfecha?"

La familiaridad con la que ellos se trataban le hicieron olvidar que había colocado sus manos sobre el amplio pecho, y cuando al fin se dio cuenta de la proximidad de Terry, él le alzó la barbilla con el dedo índice, y sin previo aviso la besó en los labios, reclamando lo que le había sido otorgado por amor y derecho. 'Candy', pensó, 'cada momento que estamos juntos es mejor que el anterior…' Manteniendo los pies de ella alrededor de su cintura, continuó besándola y acariciando su cuerpo húmedo con las manos, mientras ella correspondía a los besos con el mismo afán; y cuando sintió el contacto de las manos de ella sobre sus hombros, y el roce de sus uñas-¡Dios, esas uñas!- en la base de la nuca, decidió ser suyo, llenarse de ella…y ella lo sabía. Su temeraria enfermera, al sentir en la base del estómago cómo se tensaba el cuerpo de su esposo, comenzó a trazar círculos en una de sus orejas usando las uñas, y él sintió que iba a enloquecer de amor por ella, pero primero quería llevarla a tocar el infinito. El sabía que a ella le encantaba que la tocara en la parte posterior del muslo, y cuando lo hizo, percibió una tibieza proveniente de su diminuta y fantástica sirena a quien preguntó: "¿Quieres volar?"

Ella lo miró con ojos transformados de amor y deseo, y sonriendo como nunca antes lo había hecho respondió: "Sólo si es contigo." Debería estar rendida por el intercambio amoroso de la pasada noche, y a estas horas estaría aún reponiéndose del mismo; pero con Terry, cada segundo, cada momento, cada palabra era de vital importancia para mantener vivo el cariño entre ellos, y bien que valía la pena la inversión de tiempo, pues al final sus energías se renovaban, quedando atrás el cansancio y otras emociones vividas. Y allí, contra la pared del baño, ambos se entregaron al amor, tal y como ella quería desde un principio, y tal y como él había deseado desde que despertara minutos antes… ¡No podía creer que le aún le quedaban fuerzas para hacer el amor de nuevo, al igual que a su pecosa! Conforme fueron alinéandose en un mismo ritmo y pensamiento, cada uno sintió que llegaba el momento de perderse en el otro, hasta que juntos cerraron los ojos y echaron la cabeza hacia atrás disfrutando del cénit, alcanzando la más remota configuración de estrellas.

Al terminar, ambos permanecieron fuertemente abrazados a medida que recuperaban el aliento, y cuando al fin respiraron con normalidad, él le acarició la mejilla diciendo: "Espero que con esto se te haya quitado el mal humor."

"Eres imposible, pero te amo", fue todo lo que ella pudo decir, y con dulzura depositó un beso en el cuello de él.

"Yo también te amo", repitió Terry, mientras la bajaba al suelo y comenzaba a frotar el jabón sobre los rosados pechos. "¿Por qué crees que aguanto tu enojo y tus caras largas?"

"Mira quién habla", ripostó ella mientras bañaba a su enamorado. "Eres tú quien cambia de claro a oscuro en un abrir y cerrar de ojos… así son ustedes los actores, impredecibles", agregó, lavando el torso sudoroso de él.

"Eres una bruja hechicera… por tu culpa ahora tengo que bañarme de nuevo."

"No te veo muy molesto", dijo ella con picardía. "Además, tu esposa puede hacerse cargo…" Y entre risas y besos, ambos quedaron aseados, y luego cerraron la llave del agua y se enfundaron en la única bata que había escapado a sus juegos. "Apuesto que no llegas a la cama sin que primero caigas al suelo por estar abrazado a mí de esta forma", lo retó ella.

"¿Bromeas? No sólo voy a llegar de una sola pieza, sino que será más fácil de lo que crees", insistió él, levantándola en brazos repentinamente, y antes que ella lo acusara de tramposo, ya había salido a toda carrera del baño, y tomando impulso, saltó con ella a la cama, con tal impacto que ambos rebotaron sobre la misma. "¡Estás chiflado!", exclamó ella entre risas. Entonces se levantó en dirección al ropero, y una vez más, reparó en las condiciones en que había quedado la habitación. "¡Hemos hecho un desastre! Pobres de los empleados de limpieza; estamos comportándonos como unos chiquillos…"

Terry se acercó a ella por la espalda, plantándole un tierno beso en el cuello. "A veces es necesario actuar como niños", dijo. "Por lo pronto, me muero por tomar un desayuno."

"¡Yo también! No quiero envejecer en este cuarto."

"Yo tampoco", sonrió él, y al cabo de unos minutos, ambos bajaban a la recepción para saludar a Sofia. "¡Buenos días!", exclamó una jubilosa Candy.

"Buenos días", dijo Sofia con seriedad, y Terry y Candy se miraron el uno al otro, tratando de descifrar lo que se escondía tras el semblante de su amiga. "¿Pasa algo, Sofia?", preguntó Candy, temerosa de que la recepcionista estuviera en aprietos ante Von Haller.

Sofia miró con tristeza a la joven pareja. ¿Cómo hablarles sobre un tema tan… privado? Debía alertarlos, decirles que tuvieran más precaución en las noches, pues por primera vez en la historia de Villa Schuler, habían llegado a sus oídos ruidos provenientes de la apartada suite matrimonial; y si ella los había escuchado, de seguro Von Haller y otros alemanes también. Sólo esperaba que nadie más los hubiera oído a consecuencia de los estragos causados por los tragos que Von Haller y su tropa se dieran durante el festejo de cumpleaños que éstos hicieran en honor a la señora Oppenheimer comenzada la noche, por lo que era posible que el sueño y el cansancio los hubieran vencido lo suficiente como para no escuchar la música amorosa a cargo de la pareja de impostores. Finalmente, puso su mejor cara y respondió: "Les ruego que disculpen mi rudeza; pensaba en la familia Schuler, en cómo la estarían pasando en Alemania…"

"Hemos sido egoístas contigo, Sofia", confesó Terry. "Estás arriesgando tu vida y tu trabajo para salvar la nuestra y-"

"Si no hago nada para mantener vivo el patrimonio de los Schuler, o para hacer que ustedes regresen a sus país de origen, el día de mi muerte me iré con un gran cargo de conciencia por no haber obrado como era debido. Si muero ahora, al menos lo haré con la tranquilidad de que hice las cosas bien."

"Oh, Sofia…", susurró Candy al borde de las lágrimas.

"¡No vaya a llorar, señorita!", rogó la recepcionista. "Con ustedes aquí, mis días han sido mejores… sólo tengan mucho cuidado con lo que hacen."

"Seguiremos tu consejo, Sofia", aseguró Terry, "no sólo por nosotros… sino por ti."

"Gracias", dijo Sofia con humildad, y luego sus huéspedes caminaron al restaurante para tomar el desayuno. Al terminar, regresaron al vestíbulo, donde Terry dijo a su esposa: "Voy a la casa de Guido a prepararle la máscara que le prometí, y regreso rápido para que descansemos y luego vamos a Isola Bella, ¿de acuerdo?"

"Deberíamos pagar a Carlo por todas las veces que nos ha prestado su bote", sonrió ella.

"No es una mala idea… mientras él esté de acuerdo", opinó él; y cuando fue a despedirse de Candy con un beso, su pecosa había comenzado a llorar. "¿Qué te pasa, mi alma?", preguntó Terry, refugiándola en sus brazos.

Ella movió la cabeza de un lado a otro. "No lo sé… creo que estoy tan feliz de tenerte a mi lado, o tan habituada a tenerte cerca y a estar juntos todo el tiempo, que un solo minuto sin ti se me hace una eternidad."

"Oh, querida…" Usando las palmas de ambas manos, enjugó el desenfrenado llanto del rostro de su mujer. "Sabes que Guido vive cerca de aquí. Vamos… serán sólo unos minutos, te lo prometo."

"Deja que te acompañe", imploró ella haciendo un puchero.

"Quiero que duermas un poco", indicó él a modo de deseo y mandato al mismo tiempo. "Apenas has descansado de una hermosa, pero larga noche."

"Tú tampoco, mi amor", debatió ella acariciándole la mejilla.

El besó la palma de la mano con que lo había tocado. "En cuanto llegue, me subo a la cama contigo, reposamos un rato, y luego vamos a Isola Bella, o a cualquier lugar que se te plazca, ¿entendido?"

Por alguna razón desconocida, Candy no estaba tranquila, y asumió que el estar demasiado tiempo al lado de Terry había desarrollado cierto grado de excesiva dependencia entre ellos, pero no quería enviar señales equivocadas a su novio. ¡Debía mostrarse como una mujer enamorada, no insegura! "Está bien", dijo con resignación. "Pero sólo unos minutos, ¡o diré a Von Haller que Hans Oppenheimer no atiende a su mujer!"

"¿Cómo piensas decírselo… no se supone que eres muda?", preguntó él a la vez que le daba un beso en los labios; y cuando se dio la vuelta para marcharse oyó la voz de ella que decía: "Te amo, Terrence."

El giró hasta quedar de frente a ella exclamando: "¡No tanto como yo a ti!", y salió corriendo rumbo a la casa de Guido. Mientras más rápido terminara con su tarea con el monaguillo, más pronto estaría de vuelta "en casa" con su señora.

Al cabo de una hora, pues la labor le había tomado más de lo usual, él apareció de nuevo en la entrada, y en cuanto lo vio, Sofia lo llamó, a lo que el joven actor se acercó al mostrador. "Joven Terry, el general Von Haller regresó de sus tareas mañaneras y…"

El corazón de Terry comenzó a latir apresuradamente. "¿Qué sucede, Sofia?"

"El general subió las escaleras a toda prisa, sin siquiera detenerse a saludarme como suele hacer", dijo una agitada Sofia, conteniendo las lágrimas acumuladas en la cuenca de sus ojos. "De inmediato bajó de nuevo… con la señorita Candy."

"¿Y qué pasó entonces?", insistió él, en un esfuerzo por no alzar la voz más de lo debido, pero apenas podía controlarse.

"Salieron casi corriendo del hotel, y aún no han regresado."

Terry comenzó a dar golpes involuntarios contra el mostrador. ¡Algo no andaba bien! El repentino ataque de llanto de Candy al verlo marchar, ¿acaso había sido un mal presagio? "Tal vez él le pidió un favor, y ella no fue quién de negarse por lo que-"

"Es que usted no entiende, señor… ¡Iban conversando!"

Un abismo negro parecía abrirse en plena recepción de Villa Schuler, y Terry sintió un frío recorrer su espina dorsal, como si hubiera sido despojado de su alma… pero aún era muy prematuro llegar a conclusiones. "¿Y de qué hablaban, Sofia?"

"Apenas se entendía lo que decían", respondió la chica, y esta vez permitió que sus lágrimas fluyeran libres por su rostro. "Sólo sé que decían algo entre dientes y-" No pudo terminar la frase, pues su huésped ya estaba subiendo las escaleras de dos en dos, dispuesto a encontrar alguna evidencia que apuntara al paradero de Candy y Von Haller. "Dios mío… que no sea lo que estoy pensando", dijo en voz alta mientras abría la puerta de la suite, y en cuanto entró, vio un sobre abierto tirado sobre la cama, y cerca del mismo, una nota con la inconfundible letra de Tarzán pecosa, y corrió a leer la misma de inmediato:

Mi amadísimo Terrence:

Lamento que mi partida haya ocurrido en forma tan abrupta, pero acabo de enterarme de una noticia que ha cambiado tu vida y la mía para siempre. No estarás solo en Taormina; un buen hombre se encargará de cuidar de ti mientras aguardas la llegada de Albert, pues ése es mi deseo… que esperes a Albert y te asegures que haya llegado bien a Sicilia.

Si tú y Albert salieran ilesos de Taormina o de cualquier otra parte de la isla, lo cual no dudo, no vayas a buscarme a Inglaterra, ni al hogar de Pony, pues de hoy en adelante continuaré mi vida lejos de todos.

Me marcho amándote. Tal vez ahora no lo comprendas, pero esta vez te digo adiós, por el bien de los dos… por el bien de todos.

Siempre tuya,

Candy

Terry arrugó la nota con el propósito de lanzarla al cesto de basura, mas no tuvo siquiera el valor para hacer pedazos las últimas palabras de su enfermera consentida. "No puedes haberte ido así, Candy… ¡no en compañía de Von Haller!" Corrió al ropero, esperando ver colgados los delicados vestidos que habían comprado en la tienda de Antonella. "Cuando una persona secuestra a otra, nadie se detiene a hacer las maletas", se dijo, antes de abrir la puerta del ropero, encontrando sólo vacío… nada de zapatos, ni piezas de ropa pertenecientes a su esposa. "¡Esto es muy extraño!", gritó, y entonces recordó el otro sobre que yacía sobre la cama, y se apresuró a tomar el mismo. De repente, una fotografía de él y Susana estaba a punto de caer del sobre. "No puede ser…" Descartando la foto, se dispuso a leer la carta adjunta. "¡Esto es mentira! Además, ésta no es la letra de Susana…" Al terminar, dejó caer la misiva al suelo. "¡Eliza Legan! ¿Hasta cuándo vas a seguir causando daño a Candy?" Como queriendo deshacerse de una maldición, hizo trizas del papel, y lo arrojó contra una pared. "¿Cómo puedes creer semejante cosa de mí, Candy? ¡Es imposible que Susana esté esperando un hijo mío, y definitivamente ésa no es su letra! ¿Pero cómo vino a parar esta carta a manos de mi ángel?" De súbito, comenzó a exudar desesperación por cada uno de sus poros. ¿Quién, a excepción de Von Haller, podía tener acceso a la llave de la oficina de correos? "¡Oh, por Dios!", exclamó al cielo al abrirse ante sus ojos la horrible realidad: gracias a la carta de Eliza, Von Haller había descubierto toda la verdad, y no quería imaginar qué sería capaz de hacer el general. "¿Dónde estás, Candy?", preguntó, con la esperanza de que todo fuera una broma, y que su novia sugiera de un escondite en algún punto del dormitorio. "¿Dónde te has ido, amor mío?" Abrió la puerta del cuarto con fuerza, y sin detenerse a cerrarla bajó las escaleras a gran velocidad, y sin hacer más preguntas a Sofia, salió a toda carrera de Villa Schuler, y pidió un coche que lo llevara hasta el puerto. En el camino, miró hacia ambos lados a la espera de verla sola, o con Von Haller, caminando por las calles, pero no había rastro de ellos.

Luego de lo que parecía un paseo interminable, el coche al fin se detuvo en el puerto de Naxos, y al bajarse, Terry sintió desfallecer al comprobar, tal y como lo había hecho desde el mirador de Villa Schuler al marcharse, que no había un solo barco a la vista, y que por lo tanto, Candy continuaba en Taormina… si aún estaba viva. Iba a reiniciar su frenética carrera para buscarla cuando se topó con la fría mirada de Manfred Von Haller. "¿Qué hiciste con ella?", preguntó el inglés en su lengua vernácula; en este punto, no tenía caso seguir fingiendo.

Von Haller sacudió la cabeza. "No puedo decirte adónde se fue, excepto que… no la busques en Sicilia, ni en Italia."

"¡Pero no hay barcos alrededor!" Terry contuvo los deseos de estrangular al militar. "No ha pasado mucho tiempo desde que ustedes salieran de Villa Schuler. ¡No pudiste haberla llevado muy lejos!", reiteró.

"Te equivocas, Terrence", aclaró Von Haller con voz helada. "Tu 'esposa' está abandonando Sicilia… desde la bahía de Messina, y a estas horas ya nuestro barco debe de haber desembarcado de allí."

Por primera vez, Terry sintió que había sido injusto con Eliza Legan. "Tú… ¡tú la obligaste a escribir esa carta de despedida!" Esta vez Terry se abalanzó sobre el alemán para golpearlo, cuando de repente una avioneta color gris surcó los cielos, y luego de sobrevolar encima de Terry y Von Haller, inició su descenso a un espacio de terreno frente al muelle. Haciendo a un lado la distracción provocada por el aterrizaje del aeroplano, Terry iba a propinarle un puño a Von Haller cuando el piloto del avión bajó del mismo, y corrió en dirección a ellos. Von Haller, confundido, se limitó a contemplar la escena, y cuando Terry iba a preguntar al piloto qué rayos hacía allí, este último removió la parte superior de su indumentaria de aviador. "¿No me reconoces… hijo?"

Terry no sabía si alegrarse o enfadarse. Candy había desaparecido, o la habían hecho desaparecer, y todo lo que sabía era que ella había quedado fuera de Italia saliendo por otro lado de Sicilia, y ahora estaba nada más y nada menos que frente al duque Richard Granchester. Atrás habían quedado los resentimientos, los años de soledad… inexplicablemente, Richard había volado a la costa de Taormina, y Terry estaba seguro de que no andaba en plan de visita, y mucho menos practicando su pasatiempo. ¿De dónde había sacado ese aeroplano? De repente, tuvo miedo de que Von Haller fuera a atentar contra el autor de sus días, y sin poder ocultar su dolor y su nueva preocupación, corrió al encuentro de su progenitor. "No sé dónde está Candy, papá…", fue todo lo que pudo decir, antes que el duque lo tomara en sus brazos, y sin contenerse por más tiempo, Terry estalló en llanto, liberando su rabia y frustración sobre el hombro de su padre. "¡Te amo, papá! No espero que me ames, ¡pero te amo y no quiero perderte a ti también!"

El duque de Granchester no lloraba… nunca. Sin embargo, se apartó un poco, y tomando el rostro de su primogénito entre sus manos le dijo: "Yo también te amo, hijo, siempre te he amado, a pesar de mis errores y de nuestras diferencias… y te ayudaré a buscarla."

"¿A Candy?" Terry no estaba seguro de haber visto y escuchado bien.

"Como oíste. Quiero que tomes otro rumbo, Terrence… un rumbo distinto al mío."

Sin dejar de llorar, Terry quedó estupefacto ante los acontecimientos. Por un lado, a su esposa se la había tragado la tierra; y por otra parte, su padre, su frío y arbitrario padre, no sólo había volado a través de Europa burlando la vigilancia y ataques militares, sino que además le había confesado que lo amaba. "¿Cómo llegaste hasta aquí… y cómo no te derribaron?", preguntó.

"Obtuve un permiso de los más altos cancilleres de Inglaterra, así que por una vez puedes sentirte orgulloso de mi título y mis influencias", informó Richard bromeando por primera vez en su vida. "Me tomó tres meses vencer a la burocracia británica para volar hasta aquí; y si es cierto lo que me dices sobre tu enamorada, si volamos a Inglaterra llegaremos antes que ella, te lo aseguro."

"Pero ella escribió una carta diciendo que se alejaría de todo, aunque no creo que lo hiciera por voluntad propia."

"La encontrarás, hijo… el amor lo puede todo, y yo te ayudaré."

"¡Oh, papá!" Terry se aferró a los brazos de Richard, y comprendió que su padre tenía razón: viajando a través del aeroplano, ganarían tiempo y de seguro darían con el paradero de Candy.

Von Haller permaneció estático frente a ambos hombres; y al verlo, Richard se dirigió a él en forma desafiante. "¿Piensa matarnos ahora, general?"

Omitiendo la fría recepción por parte del aviador no invitado, el alemán señaló: "Tienen cinco minutos para que abandonen la isla antes que otros soldados los arresten por mí."

"Primero debo despedirme de mis amigos, y de Sofia", dijo Terry, sintiendo un nudo en la garganta al pensar en el vacío que dejaría en la clínica del padre Enrico, y rogó a Dios porque el sacerdote encontrara pronto un reemplazo.

"Eso no será necesario", indicó Von Haller. "Ya nos hemos encargado de Sofia, como también envié un mensajero que hablará con el sacerdote de la iglesia que tú y tu novia frecuentan."

"¿Cómo sabes que-", Terry quedó petrificado ante la posibilidad de que Von Haller hubiera descubierto el refugio de pacientes del padre Enrico, o peor aún, que atentara contra la vida de Sofia, mas no cometería la indiscreción de asumir que el militar estaba al tanto de absolutamente todo. "¿Ordenó que nos siguieran, mi general?"

Con mirada penetrante, Manfred contestó: "Desde el segundo día… pero tú y ese padre pueden sentirse con suerte, pues lo que sea que tú y tu chica estuvieran haciendo todas las mañanas jamás será de mi conocimiento. No tengo como táctica de guerra inmiscuirme con los clérigos, de manera que en ese asunto les daré el beneficio de la duda."

"No puedo creerlo…" Por segunda vez, Terry estuvo al borde de estallar en llanto. "¿Entonces no vas a decirme qué ha sido de Candy?"

Por un instante, un brillo de incertidumbre se cruzó por las verdes pupilas del ario, y Terry percibió la intranquilidad del soldado; sin embargo, Von Haller se mantuvo firme. "Es posible que tengas noticias de ella, pero no será hoy… no a través de mí."

"¡Maldito!" Terry corrió a atacar al alemán, pero Richard fue más rápido e inmovilizó a su hijo por ambos brazos. "¡Déjalo, Terry! Vámonos de aquí; en cuanto lleguemos a Inglaterra ejerceré presión sobre las autoridades para que inicien una búsqueda para encontrar a Candy…"

El joven duque dejó de luchar. ¡Qué fuerte era su padre! Jamás lo hubiera imaginado… "Me dijiste Terry", reconoció, "¡Tú nunca me llamas así!"

"Algunas cosas tendrán que cambiar entre nosotros… sobre todo en lo que concierne a mí." Soltando a su hijo, lo condujo a la avioneta. "Traje un uniforme de aviador para ti; así viajarás más cómodo." Padre e hijo subieron al aeroplano, y minutos más tarde volaban lejos de la costa de Taormina, y mientras Terry contemplaba su anillo de matrimonio, observó a través del cristal del avión la ciudad que dejaba atrás, y no dejaba de preguntarse por qué Von Haller no los había matado, o al menos capturado, a él y a su padre… pero eso no importaba ahora, pues ahora debía destinar sus energías a encontrar a Candy; y con lágrimas en los ojos susurró: "Adiós, Sicilia."

Y en cuanto el avión del duque de Granchester despegó, Manfred Von Haller se puso de rodillas, e inclinando la cabeza al suelo, comenzó a llorar en forma desmedida. Nunca, en sus años al servicio del gobierno alemán, había confrontado tan difícil decisión. "Oh, Sonje", dijo entre lágrimas, en referencia a su amada esposa, "¡cómo quisiera que todo esto terminara!"

/

Luego que se marchara el mensajero alemán, el padre Enrico buscó la hoja de papel por todos lados. ¡Debía entregarla al joven Terry antes que fuera demasiado tarde! En eso, Guido abrió la puerta, pues recién había arribado a la capilla, y sin tiempo que perder el padre preguntó: "¿Sabes por qué el documento del cual te hablé no aparece?"

Guido se encogió de hombros. "Yo no le tocado, padre, aunque acabo de ver a un soldado alemán salir de esta oficina. ¿No sería él quien se lo llevó?"

"Ahora que recuerdo, en un momento fui a prepararle un café… y luego que se marchó, busqué el cofre y la cerradura estaba rota", concluyó con tristeza. "Tal vez forzó la misma para obtener lo que necesitaba."

"Lo lamento mucho, padre", dijo Guido.

"Y yo lamento más la suerte que habrán de correr esos dos muchachos", admitió el padre. "Anda, Guido, ve a hacer tus oraciones."

"Sí, padre…" El niño cerró la puerta tras él, y al hacerlo, el remordimiento cubrió su rostro. "Perdóneme, padre, pero tenía que hallar la manera de encontrar ese papel, y ahora no puedo decirle la verdad…", dijo a solas. De repente, su sentimiento de culpa se transformó en alivio. "Estoy seguro de que algún día el joven Terry descubrirá el lugar donde lo escondí."