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Capitulo 23
Neall tenía muy presentes las palabras de su madre de esa misma mañana. De hecho, no había parado de pensar en ellas, hasta el punto de que Albert tuvo que llamarle la atención por su exceso de celo mientras luchaba contra uno de los veteranos. Por eso, en cuanto vio a Rob asomar por la esquina del patio, pidió permiso a Albert para ausentarse unos minutos. Este creyó que tenía necesidad de usar las letrinas y no puso ningún impedimento.
Neall corrió en dirección a Rob, rogando porque no tomara otra dirección y Albert se perdiera su disculpa. Vio cómo el chico, alertado por su brusca aproximación, daba un paso atrás. Temió que fuera a echar a correr, lo que daría al traste con su plan. A pocas yardas del joven, se detuvo. Comprobó que su rostro aún presentaba las marcas de sus puños. Sintió un vuelco en el estómago. Los dos jóvenes se observaron un instante, y Neall vio recelo en los ojos de Rob.
—Lo siento —farfulló.
—¿Qué?
—¿También te hice daño en el oído? —preguntó, sin rastro de malicia en la voz.
—No, es que... ¿te has disculpado?
—Sí, yo... me hiciste perder los nervios.
—Lo sé. —Candy bajó la cabeza, avergonzada a su vez—. Mi comportamiento fue totalmente inadecuado.
—Me humillaste en público.
—Y tú me diste una paliza —repuso ella, molesta por el tono algo más rencoroso en la voz de Neall.
—No fue para tanto.
—¿Tres contra uno no te parece para tanto? —Candy sintió de nuevo la sangre arder. Descubrió que había temido ese enfrentamiento durante días, y que supuso que, después de lo ocurrido, sufriría algún tipo de temor al encontrarse de nuevo frente a quien la había golpeado y abandonado bajo la nieve. Le satisfizo comprobar que no era así.
—Eh, sí, eso sí.
—Disculpas aceptadas —dijo ella, al fin. No quería alargar aquello más de lo necesario y, por poca que fuese la simpatía que despertaba Neall en ella, era un miembro más de la escasa familia que le quedaba.
Neall le alargó la mano y ella la miró un instante, dubitativa, antes de estrechársela. Tuvo que reprimir un gemido de dolor ante el fuerte apretón de aquel muchacho y se mordió los carrillos para no masajeársela en cuanto la tuvo libre de nuevo. Sin añadir nada más, Neall se dio la vuelta y volvió al grupo. Fue entonces cuando vio que Albert la observaba, intuyó que con cierta preocupación. Se limitó a asentir para indicarle que todo estaba bien y siguió su camino. Bordeó el campo hasta la zona este, donde estaba situado el terreno para el tiro con arco.
Vio a Jimmy y a Alec, y les hizo un gesto con la mano. Ellos respondieron del mismo modo, visiblemente ilusionados con la perspectiva de comenzar al fin la instrucción en cuanto acabaran con sus ejercicios.
Candy llegó a la zona delimitada y comprobó las dianas, que no eran más que sacos rellenos de paja y con varios círculos pintados en la superficie. Luego se ocupó de los arcos, y le disgustó descubrir que no recibían el cuidado necesario. Para empezar, no estaban debidamente protegidos, y la humedad resultaba fatal para la madera y las cuerdas, trenzadas con materiales diversos, entre ellos, posiblemente, tendones de ciervo.
—No te veo muy entusiasmado, muchacho —dijo una voz a su espalda.
Apoyado en el tronco que sujetaba la techumbre del cobertizo, Rodrick le sonreía con sorna.
—Celebro ver que te encuentras mejor —continuó—. Aunque tu cara aún parece un mapa antiguo.
Candy se llevó una mano a la cara y palpó la zona.
—Aunque yo diría que esa marca de tu barbilla parece más un puñetazo que una caída —siguió Rodrick.
—No, no, me di con el borde de un escalón, es todo —dijo ella, que sintió alivio al comprobar que Albert, tras haberle explicado su conversación con Anthony, había contado la misma historia.
—Casi te perdemos, chico.
—Ya estoy bien.
—¿Vas a comenzar a ayudar a los muchachos con el arco?
—Así es, aunque estos no están en muy buen estado.
—Lo sé. Son solo para entrenar. Cada uno tiene el suyo en casa, a buen recaudo.
—Me alegra saberlo —dijo ella, aliviada de repente—. Pero estos también deberían estar en perfectas condiciones.
Rodrick se limitó a encogerse de hombros. A Candy seguía sorprendiéndole que los Andrew no le dieran mayor importancia al uso del arco. Solo diez años atrás, Eduardo III de Inglaterra había demostrado en Crécy, con un ejército muy inferior en número a los franceses, que un buen equipo de arqueros podía cambiar el curso de una batalla. Si ella conocía esa información, estaba convencida de que los Andrew también. ¿Por qué su abuelo no había hecho algo al respecto entonces? Porque su padre y George, allá en Toledo, se habían empeñado en que los tres hermanos dominaran aquel arte.
Candy abrió entonces un viejo arcón con la madera agrietada y comprobó que estaba lleno de flechas. Casi todas tenían el mismo tamaño, lo que era de agradecer, pero el estado de muchas de ellas era lamentable. Mientras las extraía, comprobó que algunas habían perdido las plumas, y otras las puntas, que variaban de tamaño, forma, grosor y material. Le pareció que, al fondo del arcón, incluso había algunas hechas con hueso o piedra. Debían ser realmente antiguas. El astil de muchas de ellas se había combado con la humedad y eran inservibles, cuando no se había resquebrajado directamente. Las separó en tres montones. En uno colocó las que le parecían útiles, en otro las que lo serían en cuanto recibieran un poco de atención y en el tercero las que quedaban descartadas.
—Creo que estas pueden servir de leña —señaló el último montón a Rodrick, que permanecía en la misma posición y que no había perdido detalle.
—Las puedes necesitar para entrenar.
—No sirven.
—Las hemos usado hasta ahora —repuso el hombre, un tanto molesto.
—Si entrenan con flechas poco apropiadas, adquirirán malos hábitos que luego no sabrán corregir cuando tengan que usar las de verdad. —Candy no hacía sino repetir las mismas palabras que, en otra ocasión, había usado George con ella.
Rodrick se limitó a asentir. El gesto le insufló a Candy algo más de confianza. Ese hombre, que había demostrado conocer el tiro con arco tan bien como ella, aceptaba su opinión. Claro que pensaba que ella era en realidad un chico, y además nieto del laird de su clan, lo que, bien mirado, tampoco era un consuelo.
Unos minutos después, dos muchachos sin aliento se presentaron ante ella. Jimmy y Alec estaban ansiosos por comenzar sus prácticas, y Albert les había dado permiso para iniciarlas cuanto antes. Candy se levantó y se dispuso a trabajar. Tenían mucho que hacer.
A Albert se lo comían los demonios, o al menos así percibía el fuego que ardía en sus entrañas. Por más que se empeñara, era incapaz de olvidar el beso de la noche anterior, que le había puesto la piel del revés. Incluso el viento parecía esa mañana esforzado en acariciarle y en susurrarle al oído el nombre de Candy. ¿Cómo era posible que, en tan pocos días, aquella criatura se hubiera colado de esa forma en su vida? Y, lo más importante, ¿cómo iba a sacarla de ella? Ese pensamiento le atenazaba las tripas. Cuando volviera Malcolm Andrew, pondría todo en su lugar y él continuaría con su vida y se limitaría a observarla de lejos mientras permaneciera en el clan. Luego pensó que, si el abuelo concertaba un matrimonio, era muy probable que ella se instalara en las tierras del nuevo esposo. El sabor de la bilis inundó su boca ante esa idea, y sacudió la cabeza para apartarla.
—¿Qué te pasa? —le preguntó Rodrick, a su lado.
—Nada. Me ha picado una abeja.
—¿En octubre?
—Sí, en octubre. ¿Te supone algún problema? —Le dirigió una mirada que no admitía réplica.
—Ninguno —contestó con sorna el otro, sin dejarse amilanar por su gesto hosco. Eran amigos desde hacía demasiado tiempo—. Si no te conociera, aseguraría que andas despistado.
—Si no te conociera, aseguraría que estás buscando pelea.
—Bueno, un poco de acción no me vendría nada mal. —Rodrick se palmeó la panza, como si en ella hubiera siquiera un gramo de grasa—. Tanta ociosidad me tiene desquiciado.
Fue en ese momento cuando Candy apareció por una esquina, y el cuerpo de Albert se tensó de tal modo que su amigo dirigió también allí la mirada. No vio nada que explicara el extraño comportamiento de su amigo, excepto a aquel chiquillo escuálido. Observó de reojo al jefe de los guerreros y le vio fruncir el ceño al percatarse de que Neall corría en dirección al chico.
—¿Hay algo entre esos dos que te preocupe?
—No más de lo habitual —respondió Albert, aunque sin apartar la mirada de la pareja.
—Las heridas de Rob no tendrán nada que ver con Neall, ¿verdad?
—No es asunto tuyo, Rodrick.
—Cualquier cosa que suceda en este clan es tan cosa mía como tuya, Albert. No pretendas dejarme fuera. —Rodrick abandonó su habitual tono de chanza y Albert supo que le había ofendido.
—No he pretendido decir eso, pero no quiero más problemas de los que ya tengo.
—¿Es un chico difícil?
—Es peor que un dolor de muelas.
—Estoy hablando de Rob.
—Yo también.
Rodrick soltó una risotada y Albert se relajó en cuanto vio cómo Neall le daba la mano y regresaba a la formación. Candy le hizo un gesto con la cabeza que él supo interpretar a la perfección. Después de todo, parecía que Neall no era tan mal muchacho.
Volvió a sus ejercicios, aunque por el rabillo del ojo la vio rodear el perímetro. Supo enseguida a dónde se dirigía.
—Será mejor que vayas a echar un vistazo —le dijo a Rodrick.
Este se volvió, entendió hacia dónde se dirigía el joven Rob y obedeció la orden de inmediato. Solo entonces Albert pudo relajarse un poco. Sabía que con Rodrick a su lado, Candy no corría ningún peligro.
A los jóvenes Jimmy y Alec se les habían unido otros muchachos, Stear y Archie, y este último era quien más fuerte gritaba durante la discusión que habían iniciado unos minutos antes sobre quién iba a disparar primero. Su larga y lisa melena rubio trigo se balanceaba sobre sus hombros mientras sacudía la cabeza. Candy se quedó hipnotizada con el vaivén de aquel movimiento. Miró al final del campo de tiro, donde seis muñecos con sus respectivas dianas en el pecho aguardaban a los tiradores. De verdad, no entendía qué les sucedía a aquellos muchachos.
Cogió una flecha, tensó el arco, y disparó. Justo en el centro. El silbido del proyectil había logrado acallar los gritos y ella les lanzó una mirada indiferente mientras preparaba otra flecha.
—No veo cuál es el problema —les dijo—. A no ser que queráis disparar todos a la misma diana.
—Menuda tontería —bufó Jimmy.
—En efecto —respondió ella, sin mirarle y soltando la cuerda del arco. Otra diana, a pocos milímetros de la primera.
—Creo que quiere decir que hay dianas para todos —señaló Stear, el más tímido y delgado del grupo.
Jimmy enrojeció hasta la raíz del cabello.
—Ya lo sabía —gruñó. Se separó de sus amigos y escogió el objetivo más alejado de ellos.
Los chicos se pusieron en posición y comenzaron a disparar, algunos con resultados desastrosos. Alec lanzó tres flechas. No solo no dio en la diana, ni siquiera consiguió acertar al muñeco y todas pasaron de largo. Stear lo hizo algo mejor, pero solo una acertó en el círculo exterior. Archie y Jimmy parecían los más dotados, aunque tampoco lograron ninguna diana. Durante el resto de la tarde, Candy se dedicó a corregir sus posturas, el modo de coger la flecha y cómo tensar el arco sin provocar que el disparo saliera desviado.
Apenas tuvo tiempo de pensar en Albert, al menos hasta que el sol comenzó a ocultarse y se vio obligada a interrumpir las prácticas, que habían resultado todo un éxito. Temía encontrarse con él y, al mismo tiempo, deseaba con todas sus fuerzas que sucediese.
Necesitaba volver a sentirle cerca, averiguar si lo de la noche anterior había sido producto de su desbocada imaginación o si realmente aquel hombre hacía temblar todo su universo.
La cabaña estaba vacía, y Candy entró con alivio y decepción, enfadada consigo misma por no ser capaz de aclarar sus ideas. Vio que Wallis les había llevado un conejo guisado con zanahorias y nabos, y lo agradeció. Estaba realmente agotada. Se lavó con premura, puso el perol al fuego y comenzó a preparar la mesa. Estaba removiendo el guiso cuando llegó Albert, y la escena le resultó tan familiar que a punto estuvo de caer sobre las brasas.
Se volvió y lo observó, detenido en el umbral, con una expresión que indicaba que había pensado exactamente lo mismo que ella.
Albert carraspeó, se quitó el tartán y la espada y se dirigió hacia el barril del agua. Se quitó la camisa y comenzó a lavarse.
Candy sintió la boca secarse al contemplar aquella espalda ancha y dorada, aquellos músculos que se contraían con cada uno de sus movimientos. «Necesito sentarme», se dijo, presa de una debilidad que solo podía atribuirle a él. «Así es como me hace sentir este hombre —pensó—, como un trozo de mantequilla cerca del fuego.»
Sin volverse, Albert se secó el cabello y el cuerpo y luego se vistió con una camisa limpia. Cuando se volvió, ella volteó la cabeza, para que no supiera que lo había estado observando. Comprendió de inmediato que había sido demasiado tarde. Sus miradas se habían cruzado un instante, lo bastante largo como para que él lo adivinara. Sin embargo, no dijo nada al respecto.
Albert permaneció de pie, a pocos pasos de ella. Candy sentía su mirada clavada en su espalda, y no sabía cómo debía actuar.
—Wallis nos ha traído un guiso de conejo —dijo al fin, sin volverse.
—Huele bien.
—Sí.
Ya está. Habían mantenido charlas mucho más largas días atrás. «Eso fue antes del beso», se repitió. Ese beso parecía haberlo cambiado todo, y no para bien. Ahora se sentía incómoda en su presencia, e intuía que a él le pasaba exactamente lo mismo. Pero ella no era ninguna cobarde, no lo había sido nunca y no iba a serlo en ese momento. Se dio media vuelta y se quedó frente a él, tan erguida y altiva como fue capaz.
—Será mejor que olvidemos lo que ocurrió anoche —le dijo, y le sorprendió que su voz sonara tan firme—. No tuvo mayor importancia.
—¿No?
—¡Pues claro que no! Solo fue un beso, Albert.
Él no dijo nada, pero inclinó ligeramente la cabeza hacia un lado. Fue un gesto tan sutil que otra persona que no le conociera tan bien habría pasado por alto. Ella lo interpretó como la pregunta muda que era: «¿Solo un beso? ¿De verdad?».
—Ya me habían besado antes, así es que no te sientas tan especial.
Un relámpago cruzó la mirada de Albert. Candy pudo verlo, casi pudo sentirlo erizando su piel.
—¿Alguien te había besado de ese modo?
—Bueno...
—¿Quién? —la interrumpió, avanzando un paso en su dirección.
—¿Qué?
—Que quién te ha besado. —Albert bajó la voz, pero su tono era tan frío que Candy sintió que se le congelaban las palabras en los labios.
—Fue hace mucho tiempo —balbuceó ella, al fin.
—¿No aquí, en Escocia?
—¡Por supuesto que no!
—Bien. —Albert pareció más relajado de repente.
—Fue en Toledo y...
—No me importa.
—¿Qué? —Candy no entendía nada, pero comenzaba a ponerse furiosa.
—Si no te ha besado un highlander es como si no te hubieran besado, así es que no tiene importancia.
—No me lo puedo creer —siseó ella, con ganas de coger un cuchillo y clavárselo en cualquier parte de su anatomía, a ser posible en medio de esa sonrisa de suficiencia que en ese momento adornaba su rostro—. Eres un engreído y un prepotente, y, y...
—¿Y? —Albert se aproximó otro paso y Candy retrocedió a su vez. Uno más y caería sentada sobre el fuego.
—¡Y no besas tan bien! —le espetó ella, furiosa—. Pero ¿quién te has creído que eres?
—El primer hombre que te ha besado de verdad —le dijo, mientras en zancada y media se colocaba a su altura y con un brazo la agarraba de la cintura para pegarla a su cuerpo. Su voz sonó como un susurro ronco, como una caricia sobre la piel de Candy, que en ese momento ardía de impaciencia y deseo.
—No, no...
—¿No es cierto? —Albert se aproximó unos milímetros, hasta que sus narices casi se tocaron.
—No quiero que vuelvas a hacerlo.
—¿El qué?
—Besarme —respondió, con la voz medio perdida y los ojos hundidos en aquellos lagos de cristal.
Él se limitó a observarla y luego se retiró, primero unos centímetros y luego un paso, dos pasos. De repente, ella se sintió vacía, indefensa y vulnerable, y tuvo ganas de abrazarse el cuerpo para recobrar el calor que él le había robado después de entregárselo.
Albert no era capaz de explicarse por qué había decidido, de repente, olvidar todos sus propósitos, elaborados con esfuerzo a lo largo del día. Todos los motivos por los que era mejor mantenerse alejado de esa mujer, de esa tentación que dormía bajo su mismo techo. Debía reconocer que le gustaba provocarla, le gustaba ver cómo sus ojos brillaban cuando se ofuscaba o cuando se sentía dominada por la pasión. Tampoco podía entender por qué le había enfurecido saber que otro hombre la había besado antes que él, y había disfrazado su debilidad con un comentario jactancioso con el que pretendía enmascarar su repentina vulnerabilidad. No podía permitir que ella supiera cómo le afectaba en realidad, cuánto deseaba ser el único... y el último.
CONTINUARA
"Si no te ha besado un highlander es como si no te hubieran besado, así es que no tiene importancia."
Que hombre tan creido y sobrado, pero tengo que admitir ... Dellicioso, huela como huela, porque solo se da bañitos de gato... jajajajja.
Abrazos .
Aby
