CAPÍTULO XXIV: AMOR DE MADRE
Los guardias que se interpusieron en su camino cayeron fulminantemente al suelo cuando de un movimiento con su espada anillo les cortó por la mitad. El Palacio del Señor Feudal se había convertido en un cementerio. Había tenido que matar a cincuenta guardias. Cincuenta hombres habían perdido la vida. Habría dejado huérfanos a muchos niños. Viudas a muchas mujeres. Solas a muchas amantes. Entristecidas a cincuenta madres. Era un mal menor, se decía la Geisha.
Fuera el viento soplaba con fuerza. Las nubes negras que se habían arremolinado en torno a la capital amenazaban con ensordecedores truenos con empezar a llover.
Abrió las puertas y llegó a la Sala del Trono del Palacio del Señor Feudal del País del Fuego. Era llamado el Trono del Sol. Se decía que el País del Fuego era la monarquía más antigua de todo el mundo, aunque nunca había recibido el nombre de rey o emperador debido al régimen feudal que siempre había marcado la organización social del país.
El Trono del Sol era una gran construcción de madera, situada al fondo de una gran sala de suelo blanco y columnas rojas y negras. La sala estaba oscuramente iluminada, sólo con unas lámparas de brea encendidas en el techo. Las ventanas estaban custodiadas por unas celosías de madera negra y además del techo colgaban pesadas cortinas negras con el emblema del Señor Feudal.
Mikono empezó a andar hasta el Trono en el que se sentaba el Señor Feudal. Era una construcción de ébano, negra ricamente adornada. Era una especie de templete. Estaba elevado sobre una plataforma de un metro de altura a la cual se subía por dos escaleras laterales. En sus bajos había retratadas escenas del pasado. El templete era una construcción típica de todo santuario antiguo con adornos de aves, peces, tigres y fabulosas criaturas y plantas todas ellas de oro. Las columnas del santuario eran de madera negra y había cortinas azules recogidas a modo de paredes. En el centro había un gran sillón. Sentado en él estaba el Señor Feudal.
- Por fin vienes. Tal y como temía, nos has traicionado – dijo mientras escondía su rostro detrás del abanico con el símbolo del fuego que siempre portaba – Me parecía extraño que colaborases tanto.
La Geisha le estudió con cuidado. No podía fiarse de él. "Recuerda, sólo es una fachada". No había ningún guardia más en la Sala del Trono. No sería fácil perpetrar su asesinato.
- He conseguido alejarte de Naruto. Mientras que él busca la forma de detener a Shuha, yo acabaré contigo.
- Así que esas eran tus intenciones… Matarme para tomar tú el mando… Lamento comunicarte que si me matas, la Princesa Shion tomará el mando. Ella está preparada.
- Veo que mantienes toda esta farsa hasta el final.
- ¿Farsa? ¿Es una farsa que gracias a Naruto hayamos logrado unir a todos los Kages? ¿Es una farsa que pronto empiece una nueva era de paz y que todo ello sea gracias a Naruto? Siento oír que nuestra paz no te resulte beneficiosa. Ahora ya no podrás vender nuestros secretos ni creerte la más poderosa.
"Es inútil mantener cualquier conversación" Había llegado el momento. Mikono, la Geisha, extrajo la máscara de Kami y la contempló. "Perdonadme, antepasados".
Se la puso. Realizó los sellos en el orden correspondiente: serpiente, pájaro, mono, tigre y dragón. La máscara comenzó a pegarse a su rostro. Notó cómo la máscara se clavó en su rostro hasta que el objeto y su portadora se volvieron una. Toda su visión se concentró a las dos aperturas mínimas de los ojos. Era el precio que había que pagar por el gran poder que empezaba a fluir por su cuerpo.
- ¡A mí la guardia! – llamó alarmado el Señor del País del Fuego.
La Geisha comenzó a hacer girar su gigantesco anillo metálico con el que había dado muerte a toda la guardia y se lo lanzó al Señor Feudal. Silbando con la velocidad del rayo. Nunca llegó a darle.
De la nada apareció Shion portando un báculo de plata. No llevaba las ropas de la Corte, sino una cómoda y ligera armadura de shinobi cedida por los ninjas de Konoha. Se interpuso en medio y frenó el ataque.
- Teníais razón en que ella andaba detrás de Shuha e intentaría mataros – le reconoció al Señor Feudal - ¡Guardias, a mí!
A su llamada aparecieron cincuenta guardias más portando las armaduras clásicas de la guardia del Palacio. Parecía que su enemigo la esperaba. Aquello no sería suficiente para impedirle lograr su objetivo.
A una orden de la antigua sacerdotisa los centinelas se lanzaron contra ella. La Geisha esquivó el ataque de los primeros con gracia y elegancia. Para una kunoichi como ella aquello sólo era un mero entrenamiento. Saltó a uno para luego rodar por el suelo hasta dónde se encontraba su arma.
Observó a su alrededor. Se vio rodeada. Cogió su espada anillo y se la colocó en la cintura. A continuación preparó sus kunais.
Un par de soldados se lanzaron contra ella cargando con sus katanas. Pudo adivinar hacia dónde pensaban dirigir sus ataques y de nuevo le resultó fácil esquivarlos. Clavó el empeine en el suelo y con una sensual y aristocrática elegancia comenzó a girar sobre sí misma haciendo que el anillo gigante de metal que llevaba en su cadera danzara un baile de muerte. Los incautos que se acercaron a ella perdieron sus armas y la batalla. Uno murió y otro cayó mutilado al suelo.
Recogió una katana mientras que arrojaba dos kunais más que certeramente dieron en el cuello de un guardia matándolo al instante. La inercia que había cogido el anillo y que mantenía gracias a su chackra era su mejor defensa. No llevaba armadura ninguna, sólo su túnica y vestiduras que siempre portaba como maestra de las prostitutas.
El Señor Feudal estaba protegido por más de cuarenta hombres y por la Heredera. Era una rata cobarde pero astuta que no se arriesgaría a ponerse en peligro. Pero sólo era una fachada. No le tenía miedo a Mikono. De hecho aunque su rostro diera a entender que estaba asustado sus ojos no mentían, contemplaba la escena con curiosidad y soberbia. "Eso acabará con tu reinado, maldito"
Cogió aire y con el poder de la máscara de kami no requirió de sello alguno para liberar su chakra en forma de una potente guadaña de viento. Acto seguido extrajo ocho shuriken de su mochila y los hizo girar mientras les daba fuerza con su fuuton. Los lanzó. Los guardias no estaban preparados para dicho ataque y perecieron. El fuuton era un poderoso elemento. Acabó con varios de ellos y a otros muchos los dejó malheridos, desangrándose y mutilados en el suelo.
Un par de ellos intentó atacarle por la espalda. Ella sólo realizó un sello y dejó que el anillo giratorio que llevaba en torno a su cintura se convirtiera en otros tres, en torno al pecho y entorno a las caderas. Estos la defendieron frente a las espadas mientras que la Geisha saltaba y extraía otros dos kunais para lanzárselos a la cabeza. El casco que llevaban no sirvió de mucho.
Otros diez más se lanzaron contra ella. Mikono cerró los ojos y dejó que su chakra y el poder de la máscara de Kami hiciera el resto. Su energía espiritual bullía en su interior. Únicamente realizó tres sellos y cuando abrió sus ojos un fulgor azul petrificó a siete guardias. Extendió su mano y un rayo de luz plateada salió hacia otro. No provocó sangre ni amputó miembros. Sólo le apagó toda la vida que hubiera en su interior.
Los otros dos lanzaron un ataque mortal con sus alabardas aprovechando sus flancos descubiertos que la Geisha esquivó con una velocidad propia del Rayo Amarillo de Konoha. Con aquella máscara el tiempo apenas avanzaba. Podía andar todo lo lento que quisiera, pues sus rivales tardarían una eternidad en moverse un milímetro. Degolló a uno con un kunai y avanzó hacia los siguientes. Uno de los poderes de aquella máscara era controlar el paso del tiempo. Era exactamente la misma técnica que el Yondaime Hokage había utilziado en sus kunais y en su técnica del Hiraishin.
El precio de utilizar aquella máscara es que acelerar el tiempo para ella (o retrasarlo para otros) era vivir más rápidamente. En una cuestión así unos segundos menos de vida no importaban nada. Si se abusaba del poder de la máscara de Kami el precio era la propia vida.
En unos instantes remató a toda la guardia. Veinte hombres casi murieron al mismo tiempo. La Geisha apareció delante del último y entonces una afilada cuchilla de plata atravesó su pecho. "Maldición", pensó enfadada.
Shion la había visto. Los ojos violáceos de la joven, del mismo color que toda la estirpe de sacerdotisas a la que pertenecían brillaba con una luz mágica, casi sobrenatural. Su pupila estaba compuesta por un calidoscopio de bellas y geométricas formas. Era el poder de su clan y de su orden, un poderoso doujutsu no comparable al mítico Rinnegan o al poderoso Sharingan de los Uchiha. Tenía que haberlo tenido en contra. Ella defendería al Señor Feudal hasta la muerte.
Para su suerte, el poder de la máscara de Kami seguía activo. Sólo tuvo que realizar los sellos correspondientes y empezó a desandar el camino que había recorrido. La lanza de Shion salió de su pecho. La sangre volvió a su interior. El corazón volvió a latir aunque en sentido inverso. Shion desapareció y pudo ver el camino que había seguido para atacarla. La sangre del último guardia volvió a su cuerpo. Éste se irguió de una manera convulsa, justo al contrario de cómo había caído al suelo. Mikono sintió cómo ella subía su brazo con el kunai y recorrió a la inversa el corte que había matado al guardia. El tiempo había retrocedido.
- ¡Kai! – gritó para detener el poder de la máscara.
Volvió a matar el guardia y supo esquivar el ataque por la espalda que le lanzó Shion. Se agachó y giró sobre el suelo dando una fuerte patada en las espinillas a la princesa heredera mientras la tiraba al suelo.
- ¿Cómo es posible? – Preguntó Shion totalmente pillada por sorpresa – Mis ojos nunca fallan. Puedo predecir el futuro… ¿Cómo?
- Es el poder del Kamiton – respondió una fría voz que Mikono reconoció al instante.
La Geisha se dio la vuelta y adoptó una postura ofensiva. Nanaitsumi había acudido. "He perdido demasiado tiempo, más del que tenía previsto" Otra vez se había equivocado.
- El Kamiton es el poder de controlar el tiempo y el espacio. Es el poder de la luz y de la virtud. Es el opuesto del poder del Baketon – explicó.- Dame esa máscara, madre.
- ¿Madre? – Exclamaron Shion y el Señor Feudal.
La Geisha miró al Señor Feudal del País del Fuego. "¿Cómo puedes ser tan…?
- Dame esa máscara - repitió
- No me llames así – le pidió Mikono. "Ya no eres mi niño" - Yo te he causado todo este dolor y yo me encargaré de remendar mi error. Acabaré con la fuente de todo mal.
- ¿Y por eso querías matar al Señor Feudal? ¿Crees que sin él me hubiera detenido? ¿Cuál es la relación? ¿Has perdido el norte? ¿O querías dominar la Alianza y echar a Shuha la culpa de tu intento de dominar el mundo?
- ¿Cómo puedes estar tan ciego?
- Madre, dame la máscara y no te mataré.
- Si ésa es tu voluntad, mucho me temo que tendré que detenerte. Espero que los antepasados me perdonen.
- Será interesante. Kamiton y Baketon enfrentándose de nuevo tras mucho tiempo, pero aquí, no. Además, no creo que me haga falta. Todavía no ha llegado el momento de que esta ciudad vea el horror del que soy capaz.
Chasqueó los dedos. Unas marcas aparecieron en su espada anillo. "Mierda, esas son las marcas de Minato "Dejaron la sala del Trono del Sol. Mikono se sintió arrastrada. Aparecieron en el interior de un lugar que Mikono hacía varios años que no visitaba, aunque sabía bien por qué lo había escogido.
- Debí haber supuesto que dejarías las marcas del Hiraishin en mis armas.
- Debiste haberlo hecho – coincidió.
Era un lugar oscuro. A penas se podía ver nada. La máscara de Kami, no obstante, le permitía ver la red de chackra de Nanaitsumi e imaginaba que la máscara de los siete rostros que llevaba también le permitiría lo mismo a su rival. En el fondo, desde el momento en el que se dispuso a intentar asesinar al Señor del País del Fuego sabía que tendría que enfrentarse a Nanaitsumi.
Sólo podía escuchar el ruido de una lejana cascada. Sabía de aquel lugar. Había estado de joven, poco antes de quedarse embarazada. Se encontraban más allá del océano del este del continente. Se trataba de una gran caverna debajo de una colina, en lo profundo de un sistema de cuevas.
- Así que estamos aquí.
- El lugar donde todo empezó.
- Tenshikamigakure… - completó la Geisha.
- No me gusta repetirme y con ésta ya irán cuatro veces: dame la máscara de Kami y este lugar no será tu tumba.
- Si te la doy, si no llevo a cabo mis planes, Naruto morirá. No pienso dejar que le hagas daño y menos por la influencia de Shin. Naruto está destinado a salvar el mundo.
- No vuelvas a hablar de Naruto en mi presencia – sonó frío.
- Nanaitsumi, qué bajo has caído. Ya no eres el niño al que amaba como un hijo. Shin te ha corrompido y yo os detendré.
- Sea pues así.
La máscara no impidió que la Geisha comenzara a llorar. Aunque aquello no medró su voluntad. Había matado a uno, podría matar a otro. Se lo debía a ella. "Te quiero, hijo mío."
Mikono extendió su mano y otro rayo de luz salió dirigido hacia Nanaitsumi iluminando con un resplandor lunar toda la gigantesca caverna en la que se encontraba. Su hijo esquivó el ataque retrocediendo mientras que realizó los sellos propios del katon y escupió cientos de pequeñas bolas de fuego.
La madre ralentizó el tiempo. Éste languideció entre sus dedos, como si los granos de arena del reloj cayeran mucho más despacio. Esquivó cada una de ellas. Aunque pudo ver cómo Nanaitsumi también controlaba el tiempo y no era afectado por su técnica. Los dos se movían en una dimensión paralela que sólo ellos controlaban. Eso no quería decir que estuvieran a salvo de los ataques del otro.
Mikono preparó sus kunais y los lanzó reforzándolos con el elemento viento. Mientras volvió de nuevo a la realidad cogió su espada anillo y la multiplicó. Llegó a tener cinco: tres como armadura y dos como armas (una en cada brazo).
Tal y como esperaba Nanaitsumi apareció detrás de ella con su puño de trueno… "Chidori, hasta qué punto te han convertido en quien no eres" Mikono desvió sin problemas el golpe mientras que el poder de la máscara de Kami hacía girar todas y cada una de sus espadas anillo. Tres en torno a su cuerpo. Las otras dos las movía ella misma con sus brazos con una rapidez inhumana.
Se lanzó en un desesperado toma y daca moviendo su cuerpo en una danza de muerte. Agilidad y rapidez antes que fuerza. El chakra que iba liberando era emitido en pequeños fulgores azules por sus ojos. La oscuridad se veía interrumpida por el fulgor azulado de sus ojos y por el sanguinolento carmesí de los ojos de Nanaitsumi.
Todo aquello era contrarrestado por los siete rostros de Nanaitsumi. El líder de Shuha era rápido y despiadado. No portaba ninguna otra arma. Sólo esperaba el momento idóneo. Ni siquiera empleaba la máscara de Bakemono. El Sharingan predecía todos sus ataques. Mikono le lanzó una de las espadas anillo mientras que saltaba hacia atrás.
Detrás de ella pudo percibir, gracias a la máscara, la presencia de Nanaitsumi. Se había teletransportando aprovechando los sellos que había colocado en las espadas de la Geisha. Mikono le golpeó con todas sus fuerzas un puntapié. Giró en el aire y cayó al suelo quedando cara a cara contra Nanaitsumi.
Se lanzó contra él y en los segundos que duró el salto pudo revivir todos y cada uno de sus recuerdos. A cada golpe que le intentaba propinar seguían dos ataques de él uno físico y otro emocional. El amor de una madre era un amor infinito. Enfrentarse a un hijo para darle muerte y salvar el mundo era algo que ninguna madre podría hacer. Pero ella era una shinobi. Ella vivía en las sombras y debía hacer sacrificios por el futuro, por Naruto. Sólo haberlo conocido hacía que valiese la pena aquel acto antinatural que rasgaba su alma como si de cien puñales se tratara.
Nanaitsumi era un shinobi mucho más poderoso que ella y únicamente quedaban igualados por las antagónicas fuerzas de las dos máscaras. "Si pierdo y consigue la máscara… No. No puedo"
Mikono se echó atrás. Nanaitsumi la imitó. Ella creó numerosos clones de viento y empezó a rodear a Nanaitsumi. Éste las miró una a una. La Geisha y sus réplicas, no se sabía quién era quién, comenzaron a girar en torno a él. Con el poder de la máscara su velocidad había triplicado a la de ser humano normal. Sólo era comparable a la del Yondaime Raikage A. Levantaron una gran corriente de aire que se fue estrechando.
Cuando lo tuvo listo se detuvo y saltó al interior del remolino cogió a Nanaitsumi por los hombros y de su cuerpo brotaron siete cadenas de chackra que los ataron a ella y a Nanaitsumi. Podía sentir la tensión que generaba que ambas máscaras estuvieran tan cercas. Siete rostros del pecado frente a uno de la virtud. Era un poder antiguo que los Uzumaki habían sellado en dos máscaras. Un secreto de la antigua Tenshikamigakure, la ciudad del comienzo. Sólo el líder del clan Uzumaki había portado ambas y tras la destrucción de Uzushiogakure por los Hermanos de Oro y Plata en la Primera Gran Guerra Ninja habían sido escondidas en templo Uzumaki de Konoha. Tras un siglo volvían a reunirse y deseaban ser portadas por una misma persona. Se decían que encarnaban el espíritu de la creación y de la destrucción, del fénix y del juubi y que sólo eran una pequeña parte de su poder. Con ellas, Nanaitsumi y por ende Shin, podrían dominar a las dos sin necesidad de los ojos del Sabio.
Aquel era su mayor poder. El chakra y el poder del kamiton reforzaba la capacidad única que le había costado la vida a Kushina Uzumaki. Se dispuso a dar el golpe final. Iba a arrancarle aquella máscara aunque desollara a su propio hijo. Las cadenas se elevaron y golpearon a los siete rostros, una para cada uno. Éstos parecían haberle tomado cariño a su portador. Parecían tener vida. Empezaron a gritar y a mostrar miedo. Su portador no.
Nanaitsumi no se amedrentó. Uno de sus rostros abrió los ojos y un resplandor rojo iluminó toda la cueva. La temperatura empezó a caldearse. El remolino que la Geisha había levantado fue incinerándose y se convirtió en pocos segundos en un ciclón que ardió con la fuerza de un volcán. "Maldición, fuego contra viento". Los clones fueron abatidos y ella tuvo que saltar para escapar.
Pero no lo logró. Al dirigir una mirada a Nanaitsumi sus ojos se habían quedado atrapados en los dos sharingan de uno de los rostros.
- Kurushimi no dai nana jigoku no jutsu [Siete Infiernos de Sufrimiento]
El fuego comenzó a extenderse por toda la cueva. Ésta empezó a brillar. Era un fuego verde. No era real. Era un gentjutsu, pero no podía escapar. Las llamas verdes iluminaron la cueva con un mortecino resplandor del mismo color.
El fuego cantaba una macabra canción que ella conocía bien. Era la misma que le habían cantado de pequeña y con la que había criado a su hijo. Nanaitsumi era cruel. Estaba empleando la verdad contra ella.
Ante ella había dos niños, no mayores de siete años. Uno tenía el pelo rojo como el fuego y los ojos grises. Lloraba y no hacía más que llamar a su madre. A él había cogido un esqueleto con una máscara de siete rostros. Sólo era un cadáver de rostro aterrador que se agarraba al otro.
Gritó dejándose llevar por su dolor.
Las llamas verdes empezaron a devorarles y a medida que lo hacían el niño fantasmal absorbía las fuerzas del niño de cabello rojo. El rostro de éste se iba descomponiendo. Sus ojos se apagaron hasta desaparecer y quedar dos cuencas vacías. La carne desapareció y sólo quedó la piel encima de los huesos. A cambio, el niño muerto empezó a vivir. El pelo le empezó a crecer dorado como el sol. Sus ojos nacieron azules. Se oyó su corazón latir. La carne y los músculos apareceron y cubrieron los músculos y a continuación los músculos.
Mikono cayó al suelo abatida y empezó a llorar. El fuego se lanzó contra ella y gritó de dolor cuando la quemó. Era peor que una quemadura. Era el dolor de su corazón. No sólo dañaba su piel sino su mente pues repetía una palabra, el nombre del niño de pelo rojo del que no quedaban más que cenizas. El niño rubio empezó a llorar y a llamar a su madre. La llamaba. Era su hijo. Tenía que protegerle pero el fuego la quemaba… Le devoraba la piel hasta llegar a los huesos.
Sólo repitió un nombre hasta que el genjutsu terminó. Súbitamente volvió a aparecer en la realidad. Se encontraba en el aire y le costaba respirar. Se dio cuenta de que Nanaitsumi había roto su propio genjutsu al cogerla del cuello con esa poderosa fuerza. Con su otra mano le arrancó la máscara de Kami y la Geisha no pudo gritar del dolor y del mareo que sintió. Su chakra se bajó. De su cuerpo seguían colgando las cadenas de chakra. Nanaitsumi se había liberado y le había dado la vuelta a la situación.
El aire empezaba a faltarle. Nanaitsumi apretaba su cuello con fuerza, sin ningún tipo de reparo al saber que estaba a punto de perpetrar el asesinato de su madre. A Mikono ya no le quedaba chackra. Lo había empleado todo tratando de detener al monstruo que Shin había creado. El que una vez corría por los pasillos, el que una vez la llamaba "mamá", el que una vez la abrazaba y le decía que la quería, ahora estaba dándole muerte.
- M… - le había destrozado la garganta. No podía hablar y estaba muriéndose.
Su vida comenzó a pasar ante sus ojos.
Ella era una niña pequeña que no quería ir a Konoha ni que su hermana se fuera. Eran de la misma edad pues habían nacido al mismo tiempo pero su hermana había aceptado ir en su lugar, o mejor dicho, nadie sabría que la auténtica hermana elegida para la misión que siempre había correspondido a su familia desde hacía mucho tiempo se quedaría con Ryu, su protector y que Mikono empezaría a ser llamada por su nombre. Estaba llorando. No quería despedirse de ella. No quería que su familia desapareciera, pero era inevitable. Ellas no tenían casa. Nunca la habían tenido. Habían vivido como nómadas hasta que sus padres perecieron en la guerra y Ryu, su hermano mayor, se había encargado de ellas… Sólo recordaba de su madre el largo cabello rojo, aunque ya apenas podía recordarla y no quería que le pasara eso con Mikono… Aquélla fue su primera decisión y su primer error.
- No llores, tonta, dattebane. Cuando sea Hokage podrás venir a la aldea y viviremos allí. Formaremos una familia y nuestros hijos jugarán juntos- fue su despedida.
Se echó a llorar mientras que la veía irse con el ninja de Konoha. Pensaba que nunca más la volvería a ver. Aquel día empezó a ser Mikono
Pasaron los días, las semanas, los meses y un día apareció él, Orochimaru. Por extraño que pareciera, Ryu se la entregó… Años más tarde averiguaría que sufriría la enfermedad de todos los hombres del Clan Uzumaki que terminaba acortando la vida drásticamente y que por eso se la entregó al legendario Sannin de Konoha.
Los años con Orochimaru no fueron fáciles. La llevó a forzarse a límites insospechados. La utilizó para sus experimentos y para sus misiones, pero ella sabía que era la única forma de no quedarse sola. No quería estar sola. Era una niña que necesitaba una familia y Orochimaru-sama era su familia. Le sería útil en todo momento. Él parecía estar bien con ella. La trataba con diligencia y respeto. Puede que hubiese encontrado una nueva familia, pensó durante mucho tiempo. Hasta que la abandonó. Otro error marcó su vida.
Un día al despertarse, con quince años, se encontraba sola, en mitad de una ciudad perdida. Era una shinobi, había aprendido del mismísimo Orochimaru, pero no tenía aldea. Así comenzó la historia de la Geisha, la kunoichi que con su cuerpo y su astucia puso en jaque a todo el continente. Durante la Tercera Gran Guerra Ninja fue la principal informadora de los combatientes. Le pagaban por sus secretos y por su información y pronto consiguió manejar tal poder que fue llamada la "Dama Que Todo lo Sabe" por los otros kages. Así fue como volvió a saber de su hermana.
Años después de la Guerra, supo de su hermana y de la familia que estaba empezando a formar. Ella no podía presentarse ante su hermana. Las vidas de las dos habían estado marcadas de sufrimiento: la de una por cumplir con su misión, la de otra por no haberla cumplido. Tomó la decisión de protegerla a ella y a su marido. Pero de nuevo falló.
Una noche, tras ocho años, Orochimaru se presentó ante ella con un bulto en los brazos. No supo por qué le recibió. Ahora tenía un hijo, un niño de pecho, de poco más de seis meses. Fuerte, lleno de vida y de cabello rojizo como sus hermanos y su madre. Llovía intensamente cuando Orochimaru le dijo:
- Han muerto los tres: tu hermana, su marido y su hijo.- Entonces le quitó el trapo y pudo ver el cadáver de un bebé.
- ¿Para qué traes esto ante mí? Ya sé lo que ocurrió esa noche. Y te diré que si crees que puedes engañarme, mejor que pierdas el tiempo en otra cosa. El niño sí sobrevivió. Ahora es Hiruzen quien cuida de él...
- No fue el único niño que nació aquella noche. Éste es el hijo de tu hermana. Fue su primogénito. Nació muerto y poco después vino el segundo. Parece que entre los vuestros hay una cierta tendencia a que sea el menor de los gemelos el que soporte la misión.
Era cierto. Podía sentirlo. ¿Le habían fallado sus informadores? Se preguntó en aquel momento. Años más tarde supo que no. El marido de su hermana lo había dispuesto todo para que sólo unos pocos conocieran lo que sucedería la noche del parto, y aún así, el oscuro asesino lo había conseguido averiguar.
- ¿Lo traes para torturarme, o qué? ¿Crees que no ha sido doloroso para mí saber de la muerte de mi hermana sin siquiera haberla vuelto a ver?
- Lo traigo para que cumplas la deuda con tu hermana. Este niño debe volver la vida.
- ¿Por qué?
- Ya lo sabrás. Sólo he venido a entregarte estos dos objetos: un cadáver y una pluma. Deja la pluma junto a tu hijo esta noche y mañana el hijo de tu hermana habrá renacido a cambio de la vida de tu primogénito.
- ¿Qué me quieres decir: que esta pluma… resucita a los muertos a cambio de los vivos? ¿Crees que mataría a mi hijo para tus experimentos? Orochimaru, vete de mi casa antes de que sea yo misma quien te eche.
- Vaya, las agallas que tuvo siempre tu hermana… No hace falta ser tan desagradablemente violento. Ya me iba. Está en tu mano cumplir tu deuda con tu hermana. Si ella no se hubiera ido en tu lugar, ahora estarías tu muerta.
- ¡Mientes! ¡Eso no puedes saberlo!
- Puede ser, pero en el fondo de tu corazón, te sientes culpable. Haz lo que te digo y habrás saldado tu deuda. Seguirás teniendo un hijo y podrás honrar la memoria de tu hermana cuidándolo, protegiéndolo, criándolo… hasta que llegue el momento.
- ¿Momento para qué?
Pero Orochimaru se fue. No supo bien qué fue lo que le hizo pensar así pero aquella noche no durmió. Siguió las instrucciones de Orochimaru y fue testigo de cómo asesinaba a su propio hijo para traer a la vida al de su hermana, porque su hermana había muerto en su lugar, porque ella era la que había sido maldecida para cumplir con su misión, pero fue su hermana la que se sacrificó y lo dejó todo.
No sabía si se arrepentía. No sabía cómo hubiera sido todo. ¿Falló en sus decisiones? En todas y cada una de ellas y aquello, sin duda condicionaría la vida de todo el mundo. Alzó la mano, sin fuerza. La vista se le nublaba por momentos. Se asfixiaba.
Con las fuerzas que le restaban le agarró su máscara de siete rostros. La máscara del diablo creada por los Uzumaki tantos siglos atrás. Él la ayudó y se la quitó. Mikono sólo pudo ver sus ojos y como estos lloraban traicionándole…
"Nos volveremos a ver, Kushina. Espero que me perdones"
