Capítulo 24.

"Port Angeles"

Charlie conducía su Mercury blanco aún más a prisa que Rick, por lo que llegamos a Port Angeles alrededor de las cuatro. Casi no recordaba haber tenido nunca una salida como esta, con mis tres amigos más cercanos.
En el camino, íbamos escuchando música de un disco mezclado de canciones contemporáneas de Charlie. Los cuatro comenzamos a cantar como locos, con el estéreo a todo volumen, mientras se reproducía "Windows Down" de Big Time Rush. Era bastante divertido estar con ese trío, después de todo. Y casi podía considerar a Trent mi mejor amigo, y a Mercedes, la mejor confidente.

Después de eso, Charlie nos platicó sobre su cena con Wes. Estaba realmente emocionada al respecto. Parecía haber salido bien. Ella esperaba que para el sábado por la noche, lo suyo ya hubiera progresado hasta conseguir su primer beso – si es que de verdad había algo, claro. Quizás Wes hubiera comenzado a interesarse en Charlie a raíz de mi rechazo, pero era algo que sinceramente dudaba, por lo que él me había dicho, y por la manera en la que aún me miraba.

Trent, por su parte, estaba feliz de asistir al baile con Richard. Charlie intentó hacerle confesar desde cuándo estaba tan interesado en ese castaño claro y qué tanto había dado fruto su relación. El sonrojo en el rostro del ojiverde era evidente, por lo que saqué el tema de los vestidos y esas tonterías del baile, para distraerla un poco. Trent me miró con una sonrisa agradecida, a la cual yo respondí.

Port Angeles era una hermosa trampa turística, mucho más elegante y encantadora que Forks. Pero al parecer, los chicos ya conocían bastante bien el lugar, por lo que no se molestaron en perder el tiempo admirando el pintoresco paseo marítimo de la bahía – lo que yo, por mi parte, sí hice, consiguiendo retrasarme un poco del grupo.
Charlie se dirigía directamente a las grandes tiendas de la ciudad, que quedaban cerca de la bahía.

Se había anunciado que el baile sería de media etiqueta, y ninguno de nosotros sabíamos qué rayos significaba eso. Las chicas parecieron sorprendidas ante el hecho de que yo jamás había asistido a ningún baile con anterioridad.

- ¿Jamás, en la vida? – insistía la pelirroja, incrédula.

- No, nunca. No iba a muchos eventos en Phoenix. – me encogí de hombros, con naturalidad.

- ¿Tampoco tuviste un novio ni nada por el estilo?

- Para nada. – negué rápidamente, casi sorprendiéndome de que me hiciera tal pregunta. ¿Hablaba en serio? ¿Acaso no me conocía?

- ¿Por qué no? – esta vez fue 'Cedes quien quiso saber.

- No es como si alguien me lo hubiese pedido. – respondí, con franqueza.

Charlie parecía escéptica, como si no pudiera concebir la idea de que tuviera tan escasa vida social, a diferencia de ella.

- Pero, aquí te han invitado al baile, – recordó, arqueando una ceja. – y te negaste.

- Bueno, excepto con Adam. – murmuró Mercedes, que ya veía algunos vestidos de gala colgados en las perchas de una tienda de ropa juvenil a la que habíamos entrado.

- ¿Perdón? – la miré, arqueando las cejas, con un bufido incrédulo. Era broma, ¿cierto?

- Adam Crawford le ha dicho a todo el mundo que te llevará al baile de primavera. – asintió la morena, mirándome con suspicacia.

- ¡¿QUÉ ÉL HIZO QUÉ?! – me quedé boquiabierto.

Parecía que me estaba ahogando, estaba tan atónito y aturdido que no conseguía respirar con normalidad. Habría jurado que incluso palidecí. Por una bendita fortuna, había unos pequeños sillones frente a la sección donde estábamos, junto a los probadores; de otro modo, me habría caído de sentón al suelo.

- ¡Les dije que no era cierto! – alegó Trent, en mi defensa.

Permanecí sin decir nada más, apenas sopesando la situación. Mi sorpresa se convirtió rápidamente en coraje e irritación. ¡Maldito británico estúpido! ¡¿Por qué diablos había hecho eso?! ¿Acaso no le había dicho que no asistiría al baile? ¿Acaso no me había dicho él mismo que ya había invitado a Chandler Kiehl? ¿Seguía sintiéndose culpable por lo del accidente? ¡Cuál era su maldito problema!

- Por eso no le caes nada bien a Chandler. – comentó Charlie, con una risita divertida.

Rechiné los dientes, cruzándome de brazos, frustrado. Trent se sentó a mi lado, rodeándome los brazos y dándome un ligero apretón en una amistosa forma de consuelo.

- ¿Creen que Adam dejaría de insistir si lo arrollara con mi auto? Así estaríamos a mano, y no tendría que sentir culpa de nada. – mascullé, para mis adentros, pero lo suficientemente alto como para que los tres escucharan.

- Posiblemente, – rió la morena, dirigiéndose al probador con un bonito vestido color plata. – si es que lo hace por tal motivo… Lo cual dudo mucho. – agregó, con un guiño pícaro, antes de adentrarse en los probadores.

La elección de vestidos no fue muy larga, afortunadamente. Mercedes quedó encantada con el vestido plateado que se probó, el cual se le veía de maravilla. Charlie, en cambio, estaba indecisa en llevar un vestido de color turquesa, de corte sencillo, largo y sin tirantes; o uno de color lila con tirantes finos que le llegaba a la rodilla. Al final, se decidió por el primero, ya que resaltaba el verde de sus ojos.

Mientras ellas pagaban los vestidos y se dirigían a la sección de zapatos, acompañé a Trent a buscar un traje para él. Fue mucho más agradable esta tarea que estar rodeado por ropa de chicas.

Aproveché que estábamos nosotros dos solos para confiarle a Trent mis dudas, sabía que él me respondería sin tratar de indagar trasfondos como lo haría Charlie.

- ¿Te gusta ésta? – preguntaba el castaño, mirando una corbata de color guinda con líneas diagonales.

- Sí, se te ve bien. Queda perfecta con el traje. – elogié, sonriendo.

- ¡Genial! Supongo que la llevaré, entonces. – dijo él, con una sonrisa radiante.

Me quedé pensando un segundo, titubeando.

- Uh,… ¿Trent? – intervine, mientras él se probaba una corbata distinta.

- ¿Sí? – desvío la mirada hacia mí un segundo.

- ¿Es normal que los Schuester falten tanto a clases?

Fracasé en mi torpe intento por sonar indiferente. Trent me dirigió una mirada amable, sonriendo con suavidad, como comprendiendo a qué se debía mi preocupación.

- Sí, por lo general, cada vez que el sol sale en Forks y el tiempo es bueno, ellos toman las mochilas y salen de excursión en familia. Todos, incluso el doctor los acompaña. – me dijo, en tono casi confidencial. – Parece que les gusta mucho vivir al aire libre.

Me limité a asentir. Después de eso, Trent no preguntó nada más, ni yo tampoco; tal como había sospechado. Esto me hacía reforzar el pensamiento de que podía confiar realmente en Trent. Era un gran chico, y se había vuelto un muy buen amigo en estos días desde mi llegada a Forks.

Al terminar las compras, nos reunimos nuevamente con las chicas. Habíamos acordado ir a cenar a un pequeño restaurante italiano junto al paseo marítimo, pero nos habíamos tardado menos de lo previsto, por lo que tuvimos tiempo de bajar a dar un paseo por la bahía.

Yo estaba realmente interesado en encontrar una librería, como había sido mi plan inicial para ir a Seattle, por lo que les dije a los chicos que los alcanzaría más tarde en el restaurante. Ellos aceptaron, mientras iban a dejar las bolsas de las compras al auto de Charlie y luego darían una pequeña vuelta por la ciudad. Trent parecía deseoso de acompañarme, pero le animé a que se divirtiera con las chicas, ya que solía absorberme completamente cuando me veía rodeado de libros. Era algo que disfrutaba hacer en soledad, y no que me desagradara su compañía, en absoluto.

Se alejaron conversando animadamente y yo me encaminé en la dirección que me había indicado Mercedes. No hubo mucho problema al encontrar la librería, pero no tenían lo que buscaba.

Bueno, tenía que haber otra librería más útil en la ciudad. Así que me aventuré a pie a encontrar un nuevo sitio donde pudiera hallar lo que necesitaba.

Anduve entre las calles, llenas de tráfico propio del final de la jornada laboral, con la esperanza de que mi sentido de orientación no me fallara y me dirigiera al centro, como quería. Caminaba sin saber por dónde iba, producto de que mis pensamientos estaban hundidos en la desesperación de apartar a Sebastian Schuester de mi mente.

Cuando alcé los ojos, intentando ubicarme por las calles, distinguí un Volvo plateado aparcado del otro lado de la acera. Todo se me vino abajo.

"Estúpido vampiro voluble". – pensé, sintiendo que mi corazón latía más fuerte.

Avancé con grandes zancadas hacia el sur, hacia algunas tiendas de escaparates de apariencia prometedora, pero cuando llegué al lugar, solo se trataba de un taller de reparaciones. Maldije por lo bajo, notando que había perdido por completo mi curso. Y el cielo ya pintaba un azul oscuro y profundo. Suspiré, doblando ahora a la esquina.

Iba en la dirección contraria, pero si cortaba camino tornaba a la derecha y cruzaba un par de calles, tenía la esperanza de encontrarme de vuelta en el paseo marítimo. Así que seguí andando, aunque ya casi no había peatones por la acera.

Un grupo de cuatro hombres doblaron la esquina a la que yo me dirigía. Vestían demasiado informal y haraposos como para tratarse de alguien que volvía a casa de la oficina, y yo estaba tan desorientado que era evidente que no era de por aquí. Me percaté, conforme se acercaban, de que no debían tener muchos más años que yo. Iban bromeando entre ellos en voz alta, riéndose estruendosamente y codeándose a ratos.

Caminé rápidamente, alejándome de la acera para dejarles la vía libre, sin hacer otra cosa que mirar mis pies y el asfalto. Me sentía sumamente incómodo y nervioso ante esta situación.

- ¡Hey, tú! – dijo uno al pasar.

Debían estar refiriéndose a mí, ya que no había nadie más alrededor. No sé cómo fui tan estúpido para voltear. La mitad de ellos se habían detenido, los otros dos ya disminuían el paso. El más próximo a mí era un tipo de unos veinte años, por lo que alcanzaba a distinguir bajo la luz de las farolas, que vestía unos jeans deslavados y una camisa de franela vieja. Avanzó medio paso hacia mí, mirándome fijamente. Sentí una corriente de pánico taladrarme la columna.

"Sé un tipo listo, Thad, y camina lo más rápido que puedas". – me aconsejé internamente.

Volví a andar, aumentando ahora la velocidad de mis pasos, presa del miedo. Sentía mi corazón retumbar con violencia contra mis costillas. Solo quería alejarme lo más pronto de ahí.

- ¡Oye, espera! – gritó otro, a mis espaldas.

Opté por ignorarlos y seguir andando, sin volverme a ellos ni disminuir el paso, con las manos dentro de los bolsillos de mi chaqueta. Con un inmenso alivio, doblé la esquina, perdiéndolos de vista. Aún escuchaba sus risas ahogadas detrás de mí.

Me encontré caminando por una calle sombría donde parecía haber únicamente almacenes, con las puertas metálicas donde los camiones descargaban cerradas con candados.

De repente, el cielo terminó su labor y anocheció por completo. Sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo gracias a la brisa helada que soplaba para entonces. Miré por encima de mi hombro, percatándome con horror de que dos hombres me seguían sigilosamente a unos seis metros.

Formaban parte del mismo grupo de hombres que había dejado atrás. El pánico se disolvió en mis venas en forma de adrenalina. De inmediato, miré hacia adelante y aceleré el paso un poco más. Sabía perfectamente dónde estaba el aerosol de autodefensa que me había proporcionado Rick: guardado en el cajón de la cómoda de mi habitación.

¡Fantástico! Ahí era el lugar más útil donde podía estar.

Tristemente, esa clase de comentarios sarcásticos era todo lo que me corría por la mente en una situación como ésta.

No llevaba mucho dinero conmigo, en realidad. Veinte dólares, cuando mucho. ¿Sería posible negociar con ellos sin que llegaran a lastimarme?
Pero, por otro lado, una vocecilla aterrada en mi cabeza me decía que podían no ser solo ladrones o asaltantes.

Escuché con atención los silenciosos pasos a mis espaldas, que me parecían ahora más distantes. Me obligué a voltear para comprobar si seguían tras de mí, y me di cuenta de que ahora se hallaban a unos doce metros. "Respira, Thad – me recordé – No sabes si realmente te están siguiendo. No seas paranoico".

Para cuando llegué al final del callejón, me sentí aliviado. Ya podía ver las farolas y oír el bullicio de los autos aproximarse, provocándome un suspiro. Pero, entonces, me percaté de que aún faltaba un buen tramo para llegar al punto que tenía pensado. Y los otros dos hombres estaban a mitad de la calle, recargados contra la pared de un edificio, mirándome con sonrisas de excitación que me dejaron petrificado en la acera.

Entonces, comprendí súbitamente, como si me hubieran echado un balde de agua encima.
No me habían estado siguiendo; me habían arreado como a una oveja perdida.

Me detuve un segundo que me pareció eterno, sin saber qué hacer ahora. Ya no tenía ninguna salida, las pisadas detrás de mí se hacían más fuertes. Reanudé la marcha, con lentitud y cautela, midiendo la situación y las distancias. Estaba cortando la distancia respecto a los otros dos tipos con demasiada rapidez. Tal vez, si caminaba un poco más, con precaución, podía pasarles de largo y salir corriendo tan rápido como mis piernas me permitieran.

- ¿Perdido, niño bonito?

Un espasmo de terror me cayó en el estómago como una piedra, congelándome. Consideré la posibilidad de gritar por auxilio, pero sentía la garganta seca y anudada, y me sentía inseguro sobre la potencia con la que mi voz saldría.

El mayor de ellos se había despegado de la pared, y avanzó un paso hacia mí.

- No te acerques. – advertí, con una voz que pretendía ser firme y amenazante, pero apenas si salió como un murmullo temeroso.

- No seas así, guapo. – dijo, una risa ronca estalló a mis espaldas. – ¿Por qué no platicamos un rato y nos conocemos mejor?

Tragué saliva, plantándome firme en el suelo – o haciendo lo que podía –, intentando recordar, pese al miedo, mis básicos conocimientos de autodefensa. Aunque, siendo honesto conmigo mismo, dudaba poder enfrentarme a uno solo de ellos, y eran cuatro.

¿Qué posibilidades tenía de sobrevivir a eso? Si lo hacía, seguramente terminaría internado en una clínica psiquiátrica, y si no… ¿dónde botarían mi cadáver? ¿Lo ocultarían entre las tarimas de los almacenes, me echarían a un cubo de basura o simplemente me abandonarían ahí en el frío y húmedo callejón?

Solo me preguntaba si el hecho de ser diferente los decepcionaría de algún modo o les avivaría su perversión.

Si tan solo hubiera podido despedirme y decirles a Maura y Rick cuánto los quería… En los últimos días había hecho a la idea de que probablemente moriría en manos de mi amado vampiro, pero, ¡claro! Debí imaginar que no llegaría ni a acercarme a él antes de terminar muerto de aquella terrible manera, y todo producto de mi descuido.

De súbito, el chirrido de unas llantas al doblar la esquina irrumpió la escena; los faros delanteros de un coche plateado iluminaron el callejón, con un brillo cegador. El auto casi atropelló al mayor de los tipos, quien tuvo que retroceder de un salto a la acera.
Yo permanecí, inmóvil, en medio de la carretera, incapaz de reaccionar. El conductor tendría que detenerse o me arrollaría – cosa que, dadas las circunstancias, no me importaría realmente. Pero, sorpresivamente, el auto que ahora reconocía como un Volvo plateado derrapó sobre el asfalto, maniobrando para quedar detenido frente a mí, con la puerta de copiloto abierta, a menos de un metro.

Sebastian Schuester salió del asiento de conductor, con una tétrica expresión en el rostro.

- Entra. – ordenó con firmeza.

No dudé ni un instante, y me subí rápidamente al auto, sintiendo un ciclón de emociones en mi interior, donde el alivio predominaba por mucho. El castaño no dijo nada a mis agresores, simplemente les dirigió la mirada más fiera que jamás hubiera presenciado, lo que los hizo retroceder a todos, intimidados por su ferocidad.

Volvió al interior del Volvo, pisando el acelerador a fondo, obligando a los hombres a arrojarse fuera del camino antes de ser aplastados. Salimos del callejón. Mi corazón palpitaba violentamente, por la adrenalina y la emoción que me provocaba saber que Sebastian había llegado – nuevamente – justo a tiempo para salvarme.

- Ponte el cinturón. – dijo con voz autoritaria.

Obedecí de inmediato, el chasquido del cinturón de seguridad al engancharse resonó suavemente en la penumbra de la cabina. Condujo a toda prisa, saltándose incluso un par de señales de alto.

No me importó, nada importaba ahora. Me sentía increíblemente seguro al lado de Sebastian, y daba igual a dónde nos dirigiéramos.
Lo miré, con profundo alivio y agradecimiento; estudié las perfectas facciones del rostro de Sebastian a la escasa luz del salpicadero, esperando recuperar el aliento perdido, hasta que me percaté de que sus ojos y su mandíbula apretada reflejaban una ira homicida.

- ¿Estás enfadado conmigo? – pregunté, sorprendiéndome de lo ronca que sonaba mi voz.

- No. – respondió, pero su tono era cortante y furioso.

Me quedé en silencio, abrumado, contemplando su hermoso rostro que ahora se encontraba tenso. Sus ojos, envueltos en ardientes brazas de rabia, se mantenían fijos en el camino.

- ¿Thad? – intervino, con voz cautelosa y mesurada, como si se esforzara por que sonara suave y amable. – ¿Te encuentras bien?

- Sí. – contesté, con un breve asentimiento.

Mi voz aún sonaba ronca, por lo que intenté aclarar mi garganta en silencio.

Me sorprendía saber que él estaba siempre ahí, dispuesto a librarme de cualquier peligro. Pero al ver su expresión frustrada, un pequeño y vibrante temor crecía en mi interior: ¿y si se había comenzado a hartar de salvarme todo el tiempo, cual damisela en apuros?

Sabía que, de no ser por él, estaría perdido para ese entonces.


Me encontraba hecho una furia. No, era más que eso. La ira se filtraba y enceguecía todos mis sentidos, desquiciándome, embargándome de una indescriptible sed de sangre; y no exactamente de la clase de sed que me exige la garganta. El volante se estrujaba bajo mis manos ante la poderosa presión que le imponía, por lo que intenté concentrarme en no partirlo en dos.

¡Malditos y asquerosos bastardos malnacidos! Había llegado justo a tiempo para librar a Thad de sus sucias garras y sus despreciables intenciones. No, ni en todos mis años de existencia permitiría que algo malo le pasara a Thad, y mucho menos que fuera a manos de esos repugnantes y malolientes pervertidos violadores.
Tan solo escuchar el murmullo de sus horribles pensamientos sobre lo que planeaban hacer con Thad… ¡Argh! Me hervía la ponzoña, y sentía unas irremediables ganas de volver ahí y destrozarles el cráneo a cada uno de ellos.

Miré a Thad de reojo, sentado en el asiento de copiloto de mi lujoso Volvo, que se mostraba callado y un poco aturdido, aunque me alegraba enormemente saber que se encontraba bien e intacto.

Detuve el auto a un costado de la carretera. Habíamos salido ya de la ciudad, sin percatarme realmente de ello. Me abstuve de seguir conduciendo, no quería matarlo por culpa de mi descontrolado temperamento.

- Por favor, dime algo para distraerme. – le pedí, haciendo completo uso de mi autocontrol.

De verdad que no quería que él presenciara la clase de psicópata que era realmente. No quería que me viera como un monstruo. Y debía controlarme, con todas mis fuerzas.
Era como si mis órganos volvieran a la vida y mi hígado se retorciera por la sobre-producción de ácido y bilis.

- Perdona, ¿qué?

Suspiré, con acritud, con la esperanza de que la entrada del dulce efluvio de Thad a mis pulmones sirviera como droga tranquilizante para mis sentidos. Y así era.

- Solo, charla conmigo. De lo que sea. – insistí, con mayor serenidad, aunque la rabia aún ardía en mi ser. – Ayúdame a no volver ahí a desmembrar a esos idiotas.

Pareció alarmado por mis palabras, ya que me miraba con sorpresa, sus preciosos ojos castaños bien abiertos. Asintió levemente.

- Pues… – pensó un segundo. – Mañana antes de clase voy a atropellar a Adam Crawford.

Sus palabras me hicieron sonreír, aunque fuera una curva suave en mis labios. Thad podía ser tan divertido, e incomprensiblemente ingenuo.

- ¿Por qué? – inquirí, con un atisbo de divertida curiosidad.

- Bueno, ha estado diciendo por ahí que me llevará al baile de primavera… lo cual es completamente falso, ya que yo lo rechacé. – explicó, mirándome de reojo, con un imperceptible dejo de irritación en su voz. – No sé si enloqueció por el golpe o simplemente sigue sintiéndose culpable por casi matarme cuando… bueno, ya sabes… y cree que llevarme a ese estúpido baile sería la solución perfecta para enmendarlo. – suspiró, con un ligero mohín. – Creo que estaríamos en un pacífico empate si pongo en peligro su vida de igual forma. Así dejará de insistir y me libraré de tener a Chandler Kiehl como enemigo el resto de la preparatoria. Aunque también podría destrozarle su nuevo Sentra. Si no tiene auto, no podrá llevar a nadie al baile. – aseguró, casi orgulloso de su plan.

- Estaba enterado. – asentí, más calmado y divertido por su idea tan ridícula pero tentadora.

¿De verdad que no se daba cuenta? ¿No notaba los tan obvios intentos de seducción que Adam le dirigía?

- ¿Ah, sí? – preguntó, incrédulo. La irritación le tensó el rostro, mascullando algo por lo bajo. – Si está paralítico del cuello para abajo, tampoco podrá ir al tonto baile de fin de curso.

Sonreí de lado, sacudiendo la cabeza. Luego, inhalé, sintiendo el peso del coraje caerme de golpe en el estómago. Recargué mi cabeza contra el respaldo del asiento, suspirando pesadamente.

- ¿Estás bien? – oí su dulce voz hablarme con suavidad y timidez. Parecía preocupado.

- No, en realidad, no.

No dijo nada por un segundo, ni yo tampoco. Permanecimos en silencio. Tenía que controlarme, tenía que dejar pasar ese estresante incidente, tenía que olvidarme de todo aquello y concentrarme en llevar a Thad a salvo.

- ¿Qué pasa? – insistió, con un hilo de voz, su interés era palpable.

Lo miré, con una ligera mueca. Me resultaba fácil sincerarme con Thad, él siempre escuchaba sin chistar y hacía lo posible por comprender. Era un chico muy dulce, y odiaba tener que admitir lo malo que era yo para él.

- A veces me cuesta bastante dominar mis impulsos, Thad. Tengo algunos problemas con mi genio.

Desvié la mirada hacia la ventana, avergonzado por mi poco autocontrol. No tenía ninguna intensión de asustar a Thad… al menos no por mi carácter tan voluble. Es cierto que sería mejor para él mantenerse alejado de mí, pero ¿cómo mantenerlo alejado cuando era un imán del peligro?

Suspiré, sin atreverme a decir nada más al respecto. Él parecía debatirse seriamente entre aportar algo o quedarse callado. Lo miré con curiosidad.

- Trent y Mercedes se van a preocupar. – murmuró, tímidamente. – Iba a reunirme con ellos y Charlie.

Asentí, sonriendo levemente. Encendí de nuevo el auto, ahora más relajado. Para asegurarme de que mi mente no divagara de vuelta a esos cretinos callejeros, abrí la guantera del coche y saqué un disco compacto que recientemente había grabado con ayuda de Jeff.

Sí, como un digno acosador, me había dedicado a buscar un poco más sobre la música que le gustaba a Thad, y Jeff me había dado la idea de grabarla en un disco para que la escuchara en el auto, en caso de que saliera con él, o simplemente para familiarizarme y tener algo sobre qué hablar. De hecho, sonaba coherente.

Lo introduje en el reproductor del estéreo y comenzó a sonar una canción al azar. Cada una de ellas, según me había asegurado yo, tenía una especial relación con lo que pasaba entre nosotros, un significado que embonaba perfectamente con lo que sentía por Thad.

El moreno me miraba, con genuina curiosidad, mientras realizaba toda esta labor. Sus ojos se abrieron de sorpresa al reconocer el ritmo y la tonada de la canción que se reproducía. Si mal no recordaba, era un sencillo de Muse.

- Creí que te gustaba la música clásica. – comentó, sorprendido por mi elección musical.

- Sí, por supuesto. – sonreí. – Pero también me gusta un poco de variedad.

- ¿Muse, eh? – replicó, arqueando ligeramente una ceja, como si de pronto comprendiera.

- Sí. ¿Los conoces? – dije yo, con tono inocente. ¡Ja, si supieras, mi amor!

Él soltó una risita divertida, sacudiendo la cabeza, sin responder nada más. Yo sonreí también, conduciendo rumbo al restaurante italiano al que sabía que se dirigirían.
El vocalista comenzó a entonar el primer estribillo, uniéndome a él en voz apenas audible.

"Ooh, baby don't you know I suffer?
Oh, baby can you hear me moan?
You caught me under false pretenses.
How long before you let me go?

Ooh, you set my soul alight
Ooh, you set my soul alight…"

Thad conocía perfectamente esta canción, lo supe por el brillo que adquirieron sus ojos al instante que comenzaba a sonar. Pero más absorto estaba todavía por el hecho de oírme cantar al unisón de Matt Bellamy. Sonreí. También había aprendido la letra con tan solo dos veces de haberla escuchado completa. Y me parecía bastante acertada.

"Glaciers melting in the dead of night
And the superstars sucked into the supermassive
(Ooh, you set my soul alight)
Glaciers melting in the dead of night
And the superstars sucked into the supermassive
(Ooh, you set my soul)…"

Thad me miraba, con una amplia sonrisa. ¿Habría comprendido que, en realidad, estaba cantándole a él esa canción, o simplemente le divertía verme cantar un tema de rock con aquellas notas tan altas?

Para el segundo estribillo, Thad había unido en un suave murmullo entonado. Amaba la voz de Thad, era tan profunda, tan suave y tan sexy que me enloquecía; y ya había descubierto lo magnífico que era como cantante también (lo había oído cantar en el auto de Charlie, en conjunto con los chicos – sí, lo sé, soy demasiado obsesivo y acosador; pero es irresistible mantenerse cerca todo el tiempo cuando se trata de Thad).

"I thought I was a fool for no one,
But ooh, baby I'm a fool for you
You're the queen of the superficial
And how long before you tell the truth?

Ooh, you set my soul alight!
Ooh, you set my soul alight…"

No podía describir ese momento. Era increíblemente divertido estar en el auto con Thad, cantando juntos una de sus canciones favoritas de dicha banda británica. Era como sentirme revitalizado, irrevocablemente dichoso. Thad parecía disfrutarlo también, ya que a ratos me miraba, siempre sonriendo, como si guardara algún tipo de complicidad entre los dos. Sus ojos me tenían tan fascinado que me costaba trabajo concentrarme en el camino.

"Glaciers melting in the dead of night
And the superstars sucked into the supermassive
(Ooh, you set my soul alight).
Glaciers melting in the dead of night
And the superstars sucked into the supermassive
(Ooh, you set my soul)…"

Desafortunadamente, a mediados del segundo coro, tuve que detener el auto, puesto que ya habíamos llegado a La Bella Italia – lugar donde se habían acordado de ver Thad y sus tres amigos.


¡Hola, lectores! :3

Yo aquí de nuevo xD Bueno, solo realizaba este pequeño apartado para dar créditos por la canción mencionada previamente. Se titula "Supermassive Black Hole", de la banda británica: Muse - como ya se señaló en la historia.

(Sí, supongo que se habrán dado cuenta que Jeff no es el único que comparte gustos musicales con Thad xD
Soy una irrevocable amante del Rock/Alternative. Y Muse es de mis bandas favoritas de este género.)

Y, en segundo lugar, quería agradecerles verdaderamente por sus lecturas y los hermosos Reviews que me escriben :')
Gracias por motivarme a seguir con ésta humilde y Warblerosa adaptación xD

Espero que sea de su agrado.

¡Nos leemos! ;3

Frabullosas salutaciones de parte de su escritora,

~ MarRushionerGleek xx