Cocoon
Paraíso Unipersonal
-Capítulo 25-
Disclaimer: Los personajes son propiedad de sus respectivos autores. No busco una ganancia comercial al usarlos, si no satisfacer un fin meramente ocioso.
Aquella noche lluviosa Death Mask se mecía con diversión sobre el borde de la cama de Afrodita, sintiendo los gruñidos de su amigo por detrás de su espalda. Molestarlo era algo que lo divertía en demasía, pero sabía que en esos últimos días se encontraba por demás sensible, así que debía tener algo de mesura… si es que sabía realmente lo que eso significaba.
—Ya deja de moverte así, me alteras.
—Bueno. — respondió el cangrejo como si nada, levantando sus piernas y apoyándolas sobre el acolchado con los zapatos puestos. — ¿Así está mejor? — inquirió con una sonrisa malvada.
Afrodita se mordió el labio inferior debido a la rabia: se lo estaba haciendo a propósito el muy desgraciado.
—Entonces, ¿cuánto tiempo más planeas dejarla allí afuera? — volvió a arremeter Death Mask, restregando con más ímpetu la suela de su sucio calzado sobre la cama.
—¿Me harías el favor de quitar tus mugrosos zapatos de ahí arriba?
Ante el pedido de su amigo Máscara se giró de costado en el lugar, dejando recaer el peso de su cabeza sobre la palma de su mano. Aquel joven de cabellos celestes estaba parado frente a él y lo miró con fiereza, casi como si pudiese leer en su interior, observando el evidente desagrado que enmarcaba las felinas facciones de Afrodita… El esbelto cuerpo del pisciano encontraba apoyo en el costado de su amplio ropero y se encorvaba ligeramente hacia abajo, los hombros algo retraídos hacia adentro. A su lado reposaba una pequeña mesita, adornada por un discreto florero repleto de enormes rosas rojas, tan vibrantes como el desprecio que denotaba aquel hombre por Corinne.
—¿Por qué evitas mi pregunta? — insistió Cáncer, sonriéndole con alevosía. — Creo que ya sabes que igualmente terminaré arrancándote la verdad de los labios… A mí no puedes esconderme nada pececito.
Rápidamente Afrodita manoteó una de las flores y se la lanzó a Death Mask, con la obvia intención de hacerle algo de daño... Por todos los Dioses, ¡cómo deseaba que se calle! Aun así, a pesar de la rabia que portaba su puntería se mantuvo intacta, aquel tallo filoso enterrándose dentro del hombro izquierdo del cangrejo, quien dejó salir un quejido grosero.
—¡OYE! ¿Qué crees que haces? Menos mal que soy tu amigo…
Ante el ardor de aquella herida, Máscara inspiró lo más hondo que pudo y se arrancó la rosa de un tirón, aplastándola sin piedad entre sus gruesos dedos. Volvió a sostener el tallo, mientras que los pétalos estrujados cayeron con delicadeza sobre la cama, los ojos de Afrodita reflejándose en ellos, apagados.
—¿No te parece que se te está yendo un poco la mano? Tú sabes que ella no tiene la culpa de lo que haya hecho Saori.
—Ah lo último que me faltaba, ¿la estás defendiendo? — retrucó Piscis indignado.
¿Ahora qué se le pasaba por la cabeza a Máscara? No era típico de él, en lo absoluto.
—No la estoy defendiendo, pero estás siendo estúpidamente cabezotas.
—¿Y a ti qué te importa lo que haga? — respondió Piscis con frialdad, arrinconándose más contra el mueble. — Déjame en paz.
—Cómo te gusta jugar a ser la víctima… Deja de ser tan terco, ya sabes que Saori está demente.
Automáticamente Afrodita lo miró con desprecio: ¿Qué estaba diciendo…? "¿Jugar a ser la víctima…?" Ojalá sólo fuese eso.
—Ya lo sé. — admitió, molesto. —Sé que no es culpa de esta… de esta chirusa, pero igual me cae mal.
Sin embargo, aquello que al pisciano le había costado horrores pronunciar pareció caerle tremendamente en gracia a Cáncer, quien comenzó a reírse solo, sin darle muchas explicaciones a un confundido y enojado Afrodita.
—¿De qué diablos te ríes, Death Mask?
—Por todo el Olimpo, mira que eres orgulloso… Para llegar al punto en el que preferiste que te caguen todo el jardín… — le respondió Máscara enseguida, aún divertido.
Oh no. Ese era terreno prohibido y por más amigos que fuesen, el pisciano no le permitiría que hable mucho más del asunto… Aún estaba demasiado dolido al respecto.
—Pues la verdad es que la grandota me parece bastante diplomática… Si hubiera sido yo, ten por seguro que hubiera prendido fuego tu jardín al segundo día.
—Bueno, tampoco esperaba otra cosa de ti, eres un salvaje.
—Lo sé. — contestó Cáncer orgulloso. —Entonces, si lo ves así, un poco de mierda no está tan mal ¿no?
Molesto por esa charla innecesaria, Piscis se reincorporó con lentitud y se acercó hacia la cama, para luego dejarse caer con pesadez sobre el colchón. Sus ojos se entrecerraron, desviándose hacia el blanco techo… Allí estaba, quizás en un estado de consciencia algo alterado, pero la presencia de Máscara a su lado era lo único que lo reconfortaba. Afrodita mismo reconocía ser una persona un tanto compleja, sin embargo, finalmente habiendo encontrado una estabilidad en su vida, no deseaba que nada la interrumpa ni la eche a perder.
Death Mask no había sido el único amigo que Afrodita había tenido en el Santuario. Tiempo atrás, si se remontaba a su infancia, la figura de un niño de fuerte acento español se asomaba entre sus recuerdos, ya de color ocre. El tinte se había ido perdiendo a través de los años y de las decepciones, de los enfrentamientos… la vida misma se encargó de provocar una separación, y él no era precisamente una persona a la que le interesase volver la página hacia atrás.
Ciertamente, el pisciano no le guardaba rencor a Aioros por haberlos separado, puesto que Shura mismo fue el que decidió abrir su camino… aunque aún al día de hoy se involucrase con el cangrejo, ¿por qué con él no? Afrodita no sabía a ciencia cierta qué llevó al español a cortar contacto con él, y a esa altura ya mucha agua había pasado sobre ese puente. No servía de nada vivir en el pasado, sólo era un clavo que impedía el seguir adelante, el mejorar, el regocijo en una aparente estabilidad… pero en esos rincones oscuros e inaccesibles, en esos espacios profundos en los que ni él mismo quería adentrarse, dolía.
Angustiaba, y mucho.
Afrodita no quería volver a pasar por eso, abrirse a alguien nuevo sólo significaba una alta chance de volver a sufrir. Que Corinne haya irrumpido así en su vida traía una discordia que Piscis no sabía cómo manejar, y por eso era mejor que se mantuviese lo más lejos posible de cualquier cosa que arruinase su calma.
Por otro lado, el pensamiento de Death Mask distaba de acercarse al del joven de cabellos celestes: él no quería aislarse, su naturaleza radicaba en mantenerse dentro de un círculo social y el hecho de que Afrodita no quisiese integrarse era sencillamente molesto, incluso digno de un capricho. Máscara tenía vínculos con otros seres humanos, y aunque la mayoría no fuesen precisamente positivos, eso lo hacía sentirse vivo y aceptado.
Él lo sabía muy bien, porque lo conocía desde su infancia… Cáncer entendía lo celoso que se encontraba su amigo. Afrodita jamás lo admitiría, pero no quería compartir a Death Mask con nadie más.
—¿Cómo te está yendo con tu nueva obra?
—No me cambies de tema pececito… Qué odiosamente escurridizo eres. — acotó el cangrejo, apoyando con pesadez la palma de su mano sobre los cabellos de Afrodita, estrujándolos un poco.
Contrario a lo que cualquiera podría haber pensado, el pisciano no se quejó por aquella acción… Casi como si el tacto de Máscara fuese un sedante natural, Afrodita se mantuvo inmóvil en la misma posición, esbozando un puchero entre sus carnosos labios.
—No me gusta esa chirusa. — Piscis continuó, ante lo directo que estaba siendo su amigo. —Parece un varón, es enorme, es masculina… ¿Qué clase de mujer haría sus necesidades fisiológicas al aire libre?
—Bueno, a mí no me parece tan terrible.
—¡Es como un animal salvaje!
—Pues tú no te quedas muy atrás… — esbozó por lo bajo el hombre de cabellos cortos.
Por supuesto que dicho comentario no pasó por alto para el pisciano, quien enseguida lo miró con incredulidad.
—Ay por favor no puedo creer que TÚ seas el que está diciendo eso… Ya Máscara, ¿por qué tan insistente? — inquirió, arrancándole de entre las manos el espinoso cadáver de la rosa.
Death Mask gruñó por unos segundos, algo avergonzado… Odiaba mostrarse así, pero el pisciano era el único que conocía aquella faceta que tan recelosamente guardaba. Con el lado izquierdo de su cuerpo algo acalambrado, se estiró con cuidado y copió la posición de Afrodita, acomodándose boca arriba y llevándose las manos hacia atrás de la nuca.
—Me molesta verte solo todo el tiempo. — terminó por admitir, rascándose un poco la cabeza.
—Pero así estoy perfecto.
—Si tan perfecto estuvieses no harías tanto problema al respecto.
Sin pensarlo mucho el pisciano intentó volver a clavarle la rosa, pero Cáncer no se lo permitió.
—Yo sé que no estás bien así, te conozco hace años y mucho más profundo de lo que crees; tienes que dejar de ser tan asocial.
—Ah, pero tú tampoco eres el mejor ejemplo, si prácticamente todas tus relaciones humanas han sido disfuncionales… dejando de lado nuestra amistad, claro.
—Digamos que sí, pero ahora no estamos hablando de mí.
—Si lo sabes, ¿entonces por qué insistes en darme cátedra? — dijo Afrodita, mirándolo otra vez.
Sin embargo, sus ojos se llenaron de tristeza.
—Porque soy tu amigo y me preocupas.
Amigo.
¿Amigo…?
El pisciano tragó saliva con fuerza, masticando aquellas palabras: sí, era así, Death Mask era su amigo. Intentando enmascarar su angustia continuó mirándolo, sin decir ni una sola palabra más… Tenía que procesarlo de alguna manera.
La lluvia continuaba cayendo sin tregua, el repiqueteo de las gruesas gotas embarrando sin prisa la tierra del jardín, dotando a los alrededores de algunas salpicaduras empapadas de marrón intenso. Casi como si el agua quisiese llevarse consigo el pecado de aquella vegetación, la intensidad aumentó en cuestión de segundos, un poderoso trueno interrumpiendo el momento de silencio que se había terminado por instalar entre los dos Caballeros.
Death Mask se reincorporó rápidamente y giró la cabeza hacia la ventana, pero no logró ver mucho: la diferencia de temperaturas entre el interior y el exterior había logrado que el vidrio se empañe por completo. Algo frustrado se acercó hacia la ventana, pero cuando estaba por apoyar sus dedos en ella, Afrodita se dirigió hacia él:
—¿Qué haces?
—Oh nada… — contestó el cangrejo, comenzando a garabatear lo que parecía ser un órgano genital masculino en el vidrio. —Me divierto.
Afrodita no pudo evitar sonreírse… Era tan típico de él.
—¿Ya ves que eres un cerd-
Más no terminó aquella afirmación, puesto que en ese mismo instante las luces de la habitación comenzaron a titilar con furia, como hacía años que no sucedía… Y sin previo aviso un enorme trueno resonó justo al lado del Templo de Piscis, la explosión volando en pedazos los vidrios de la ventana de la cocina. El sonido fue tan ensordecedor que el sentido de la audición de los dos quedó anulado por algunos microsegundos… Definitivamente, algo grave había sucedido.
El dueño de casa no medió palabra alguna y salió corriendo como loco hacia afuera ignorando cualquier tipo de riesgo o peligro. No sabía a qué se debía aquel incidente, pero el rostro se le había transformado por completo, dejando ver una endiablada expresión de preocupación.
—¡Oye oye! ¡Con cuidado! — exclamó Máscara, quien lo seguía de cerca.
La puerta de Piscis se abrió enseguida, Afrodita siendo recibido por la estructura de un paraguas roído, el cual volaba directo hacia él. El Caballero lo esquivó con naturalidad pero Death Mask no llegó a verlo y se estampó de lleno contra su rostro.
—¿¡Pero qué es esta mierda!?
Tras revolearlo con rabia hacia un costado, el cangrejo empujó a Afrodita un poco más hacia afuera puesto que aún no se movía. Quería ver qué diablos había pasado, pero por alguna razón toda la prisa de su amigo se había esfumado por completo en segundos…
Sobre el rellano de aquella casa y peligrosamente cerca de la bajada hacia Acuario, Corinne se encontraba sentada en el piso con varias ramas y pedazos de tronco a su alrededor. La lluvia la mojaba sin piedad y no parecía tener ningún tipo de reacción, sus ropajes violentamente desgarrados y la piel expuesta algo magullada. Pero había algo raro… a pesar del agua y del frío viento la joven no reaccionaba en lo absoluto: sus ojos se encontraban desencajados, la mirada aterrada, clavada en dirección hacia el jardín, más en particular hacia donde segundos antes descansaban los remanentes de su humilde morada.
Sus labios agrietados se entreabrieron con dificultad, intentando pronunciar algunas palabras, pero fueron acallados por otro profundo trueno, el cual provocó que su cuerpo se sacuda: sabía que era fútil, pero lo único que logró hacer por instinto fue abrazarse la cabeza, cubriéndose con sus brazos lo mejor que pudo. Obviamente lo más sensato en esa situación hubiese sido correr a buscar refugio, pero el impacto la había dejado tan fuera de sí que aquella posibilidad estaba fuera de sus límites, al menos hasta que recuperase un poco de sentido común.
Pero antes de que Máscara siquiera osase mencionarla, las piernas de Afrodita volvieron a reactivarse y salió corriendo hacia su jardín, en la dirección en la que se generó el impacto minutos antes.
—P-pero qué… — balbuceó como pudo, el labio inferior comenzando a temblarle de la angustia ante lo que se abría paso a sus ojos. — N-no…
Un furioso rayo había impactado con brutalidad sobre el enorme árbol que coronaba aquel jardín tan preciado, provocando que explote por completo gracias al imprevisto hervor de la savia del mismo. En ese mismo instante un chispazo iluminó la noche y se extendió hacia parte de los rosales, pero gracias a la fuerte lluvia aquel brote de incendio fue apagado casi al instante… más eso no pudo evitar que se produjese algo de daño en las pobres plantas de los alrededores; y como si no fuera suficiente, las astillas y ramas del árbol terminaron por salir despedidas gracias al impacto, reventándose contra el vidrio de la cocina, el cual se hizo añicos al instante.
La propiedad de Afrodita no fue lo único que se dañó en aquel momento: las cosas de Corinne también quedaron chamuscadas y prácticamente irreconocibles, su cámara milagrosamente a salvo gracias a que el pisciano se la había robado días antes. Si la joven hubiese llegado al rellano del templo un minuto antes, aquello hubiera sido un verdadero desastre… Más aún tampoco escapó ilesa, puesto que la onda expansiva la alcanzó apenas había logrado dar dos pasos hacia el jardín; siendo salvada en gran parte por el paraguas barato de plástico que Camus le había prestado más temprano, que quedó reducido a su estructura y terminó volando hacía Death Mask producto de la ventisca.
Aún atemorizada por lo sucedido la joven logró ponerse de pie lentamente. No le gustaba mostrar debilidad, pero en ese momento le importaba tres rábanos: no era la primera vez que Corinne enfrentaba situaciones extremas, pero esta vez todo había sido tan repentino que no pudo evitar asustarse con creces ante la real posibilidad de morir.
Tenía que salir de ahí.
Debía buscar refugio urgente.
De la manera más entera que pudo comenzó a correr, abalanzándose con desesperación bajo el inmenso techo de aquel Templo al que sabía que no podía entrar. Y mientras el diluvio arrasaba con todo a su paso, el sonido de los truenos continuaba enmarcando los latidos acompasados de su impresionado corazón. Sus pupilas se movieron de un lado a otro, sobre estimulando por demás a su pobre cerebro, el cual intentaba recuperar algo de tranquilidad.
Corinne se obligó a apoyarse de espaldas a la pared, haciendo fuerza hacia atrás tal como si quisiese alejarse aún más de la zona de peligro, aunque en el fondo supiese que ya estaba a salvo. Por primera vez su cuerpo le pesaba, no solamente por la ropa empapada si no por el temor; ardiendo por los cortes, la cercanía a lo inevitable amplificaba sus sentidos hasta un punto impreciso, indecoroso. Lentamente se dejó caer, reposando su trasero contra el piso y recogiendo las piernas para sí misma.
Sin embargo Afrodita no pudo enfrentar lo que había sucedido: completamente impactado por el triste desenlace de parte de su jardín, terminó desvaneciéndose sin remedio en cuestión de segundos. A Death Mask le hubiera gustado aprovechar dicha situación para burlarse de su amigo, pero en este caso no podía negar que todo fue tan repentino y brutal que hasta un hombre como él se había sentido intimidado; por lo que, sin dudarlo, tomó a Afrodita entre sus brazos y lo alzó, dirigiéndose con él hacia la casa.
Pero antes de entrar se frenó frente a Corinne, quien aún seguía sentada allí, apoyada en la pared.
—¿Qué diablos haces ahí tan relajada? Ya entra de una vez.
La joven alzó su cabeza y lo miró con agradecimiento, aunque no podía evitar sentirse algo extraña, considerando que la persona que estaba dándole permiso no era Afrodita... Eso era casi como traicionar sus principios, pero qué más da, la había pasado horrible y necesitaba al menos unas horas de calma, aunque sea hasta que todo se calme afuera. Mientras ella cerraba la puerta Máscara llevó al pisciano a su habitación, acomodándolo y arropándolo en la cama.
—Por Zeus, necesito un cigarrillo urgente… — vociferó Cáncer, acercándose hacia la recepción con las manos en los bolsillos. — ¿Otra vez sin moverte? Te dije que entres.
—Ya estoy adentro. — contestó ella enseguida con una mueca de incomodidad. — Pero estoy completamente empapada… no quiero mojar la casa de Afrodita.
—¿Y cuál es el problema con eso? Es agua, se seca sola.
La joven alzó una ceja, evidentemente ese hombre no estaba entendiendo a qué se refería.
—Afrodita no quiere que esté aquí, no es mi intención faltarle el respeto así que supongo que me quedaré aquí de pie hasta que me seque.
—Mujer, pero no seas ridícula... — Death Mask habló entre risas. — ¿Es en serio?
—¿Pues a ti qué te parece?
El tono serio con el que ella habló causó que el cangrejo dejase de reírse, llevándose la palma de la mano a la frente. Dejó salir un largo suspiro.
—Por favor, pero qué estupidez… No puedo creer estas cosas… — balbuceó entre dientes, pegando la media vuelta hacia la pieza de Afrodita.
Pocos minutos después volvió a salir y le revoleó a Corinne un toallón, además de un par de pantuflas de leopardo gris y una salida de baño peluda en color rosa. La joven la reconoció al instante: ¡era la misma que el pisciano había usado el primer día que despertó allí!
—Gracias… ¿Tendrás un canasto o algo donde pueda dejar la ropa mojada?
—Ah no grandota, no me pidas tanto. — respondió enseguida Máscara, moviendo la mano de un lado a otro. —Yo ya hice mi parte.
Ante la negativa de aquel hombre, Corinne se encogió de hombros y bajó el cierre del buzo, dejándolo a un costado. Death Mask se mantuvo mirándola sin disimulo, algo impresionado ante la falta de pudor de la joven que se desvestía frente a él: su figura estaba completamente torneada y bien formada, casi como si se hubiese sometido al entrenamiento de las amazonas del Santuario… Pero a diferencia de aquellas guerreras, la silueta de Corinne no contaba con demasiadas curvas, portando una estructura física algo rectangular. Podía poseer un rostro bello, pero aquel cuerpo no le resultaba atractivo debido a su altura y complexión grande, la cual no le remitía ni un poquito de chances de dominación.
Vistiendo solamente un top deportivo en la parte superior, la joven procedió a deslizar el pantalón con rapidez por debajo de sus piernas, los ojos de Máscara abriéndose de par en par al ver que Corinne tenía puesto nada más ni nada menos que un bóxer de hombre: Camus también se lo había prestado más temprano.
—Por todo el Olimpo, Afrodita tenía razón…
—¿Qué? — inquirió ella, mientras se quitaba el único trozo de tela que cubría sus pechos.
—No eres en lo absoluto femenina.
Corinne tomó el toallón y comenzó a secarse el torso sin ningún tipo de problema o incomodidad, para luego colocarse la bata rosa. Las mangas le quedaban cortas y se sentía bastante ridícula usándola… pero era lo único que había.
—Dime algo que no sepa. — terminó de responderle, ahora sí despojándose de los tan controversiales bóxers y juntándolos con sus otras prendas.
—Veo que no te molesta desvestirte frente a los hombres… ¿Será acaso porque eres uno más?
Por supuesto que la joven sabía que estaba haciendo alusión a su busto escaso.
—Mira… — Corinne tomó aire. — Acabo de salvarme de que me parta un rayo, literalmente… Que un desconocido me vea desnuda en este momento es la última de mis preocupaciones.
—Qué tranquila que estás, ¿no se te pasó por la cabeza que podría hacerte algo?
La joven sopleteó sin disimulo y se acercó hacia la sala de estar del pisciano: ya estaba completamente seca así que no sentía miedo de adentrarse más. Se sentó con prisa en el piso y llevó ambos pies hacia adentro, cruzándolos "a lo indio".
—Perro que ladra no muerde. — le respondió ella como si nada, para luego suspirar. — Pensar que me salvé por una puerta…
Lógicamente las palabras de Corinne tomaron por sorpresa a Death Mask, quien no esperaba una respuesta como esa ni en un millón de siglos. Tras la charla que horas antes había tenido con Milo y Camus, los acompañó hacia el depósito en búsqueda de una nueva puerta para colocar junto al escorpión, causando que su vuelta hacia Piscis se retrase.
Aquella cosa tan mundana había terminado siendo su salvación.
—No quiero ni imaginar la escenita que Afro se va a montar cuando se entere que estás aquí…
—Deja, ni te preocupes por eso, apenas salga el sol me voy… No pretendo que las cosas sean tan fáciles.
Death Mask volvió a mirarla de arriba hacia abajo: si se sentaba frente a ella, por su posición, estaba seguro de que podría espiar por debajo de la salida de cama.
—Tengo que admitir que tienes mucha paciencia… Yo ya lo hubiese molido a palos. — el cangrejo acotó. — Aunque lo de la mierda me pareció muy original, te felicito.
—No tenía muchas otras opciones. — dijo ella, mostrando una sonrisa.
Pero tras algunos segundos la expresión del rostro de Cáncer se ensombreció.
—Ni se te ocurra irte a otro lado esta noche, ¿me escuchaste? — el tono del joven dejo entre ver aquella faceta tan dominante de la que se jactaba, con toda la intención de ejercer algo de presión sobre ella. —No sé qué relación tengas con Saori pero supuestamente tienes que quedarte aquí en Piscis, Afrodita deberá acostumbrarse aunque no quiera.
—Oye, no me hables así… Supongo que tienes razón, pero no puedo evitar sentir que realmente le estoy haciendo mal… —Corinne tomó algo de aire, mirándolo sin miedo. — Asumo que eres cercano a él, así que me gustaría hacerte una pregunta.
Máscara se acercó un poco hacia ella, agachándose a pocos centímetros de su rostro, mirándola a los ojos.
—Mira grandota, no te confundas… Normalmente no te prestaría nada de atención, no eres mi tipo en lo absoluto así que no podría sacar ningún provecho sexual de tanta charla inútil… Pero supongo que al ser la carga que le toca aprender a tolerar a Afrodita, tengo que ser algo más decente contigo... — el cangrejo comentó, frunciendo el ceño: ella no se movía ni reaccionaba, y eso estaba molestándolo. — Ahora, ¿para qué quieres saber si somos cercanos? Ni siquiera sé quién eres, una cosa es hacer lo que diga la Jefa, o ser de plano un imbécil confiado como el virginal de Mu o el pollerudo de Saga.
La joven llevó una mano hacia arriba y la colocó entre ambos rostros, apoyando sus dedos contra la grasosa frente del cangrejo y corriéndolo hacia atrás: ¿por qué cuernos era tan prepotente?
—Pues hombre tú tampoco eres precisamente mi tipo eh, que tu rostro es digno de una película de terror clase B… Piensa un poco, ¿quieres? Si tuviese malas intenciones no me comportaría de esta manera. — dijo ella. — Es una lástima que parezcas ser el único a quien puedo preguntarle estas cosas, así que no me queda más remedio que confiar en ti por más feo que se vea el panorama, puesto que quiero llevarme bien con Afrodita…
—Bueno ya, basta, ¿qué quieres saber?
—No me interrumpas así.
—Si quieres información de mí no tendrás más opción que someterte a mis tiempos. — aclaró nuevamente el cangrejo. — Así que o hablas ahora, o me voy… Quiero salir a fumar y estás retrasándome.
Corinne frunció los labios y apoyó las palmas de sus manos sobre la alfombra, dejándose caer levemente hacia un costado. Ese hombre la estaba frustrando bastante, pero era quien la había dejado pasar, así que por esta única vez cooperaría:
—¿Sabes por qué me odia tanto? Es la primera vez que nos vemos, no puedo entender todo esto.
—Es porque más que mujer pareces un macho, y porque se siente insultado por tu llegada… Afrodita es muy orgulloso, aunque no lo parezca. — explicó Cáncer sin titubear, señalándola con desdén. — Aunque ya estés adentro, ten por seguro que no te lo hará fácil… Y tampoco contarás conmigo así que más te vale que esto no se te haga costumbre.
Si bien era cierto que Corinne le había caído bastante en gracia al cangrejo, la realidad era que Máscara distaba diametralmente de querer convertirse en el nuevo Shura: la cabeza le daba vueltas de sólo pensar en que podría terminar de consejero tal como lo habían tomado antes al capricorniano, así que debía marcar algo de orden y distancia, aunque supiese que la presencia de la joven terminaría siendo positiva para Afrodita… Death Mask era el único que lo entendía por completo, era el único que podía palpar aquella bien guardada fragilidad y bien valía la pena para Cáncer asumir el desafío de encarrilarlo nuevamente.
—Ya, ya, un poco más de amabilidad y se te cae la lengua, ¿no? — bufó ella, corriendo los labios hacia la derecha. — ¿Entonces dices que si duermo aquí no habrá problemas?
—Más bien diría que eres muy estúpida si no aprovechas esta oportunidad.
Cáncer se puso de pie y se estiró levemente, tomando una caja de cigarros de adentro del bolsillo de su pantalón: ya no se aguantaba más, tenía que salir a fumar.
—Si las cosas se ponen difíciles, sólo ofrécete para ayudarlo a reconstruir su jardín. — acotó él, mientras que recogía su paraguas y avanzaba hacia la puerta. — Nos vemos.
Ignorando a Corinne, Death Mask apagó la luz de la sala de estar y salió de la casa, sin importarle demasiado el hecho de que la tormenta aún seguía golpeando el Santuario con intensidad. Aún algo shockeada por aquella experiencia tan cercana a la muerte, la joven se recostó sobre la alfombra y a falta de almohada colocó uno de sus brazos bajo la nuca… Estaba incómoda, pero al menos eso era mejor que estar debajo del diluvio, a la deriva, expuesta ante cualquier otro horrible rayo que desease caer sobre ella.
No quería quejarse, sabía que no debía, la frustración era enorme… Desde que pisó Rodorio por primera vez nada salió como lo esperaba pero era un desafío que había decidido asumir, que le emocionaba tomar y al cual había estado viendo bajo una luz positiva. ¿Por qué todo tuvo que terminar tan fácilmente…?
El estrés de aquella semana ya comenzaba a pasarle factura, de a poco sintiéndolo agolparse sobre sus pesados párpados, los cuales sólo deseaban cerrarse por varias horas de corrido, sin ningún tipo de interrupción extraña.
No podía ser tan malo…
No podía ser tan malo…
Definitivamente, tendría que cerrarlos. Mañana sería otro día, en otras condiciones… seguramente otro desafío se abriría paso frente a ella.
Todo iba a estar bien.
Horas atras, la lluvia continuaba cayendo sin tregua, transformándose de a poco en una fuerte tormenta. Aldebarán se sentía enormemente suertudo por haber decidido salir de su casa algunos minutos antes, y aunque no lo separaban demasiados metros de la casa de Aries, sabía que ese corto trayecto hubiese sido más que suficiente para empaparlo de arriba abajo.
Mu lo recibió con alegría: el carnero lo estaba esperando con ansias para poder terminar de preparar la cena, ya que le faltaban los últimos toques a aquel delicioso platillo que estaba cocinándose a fuego lento dentro del horno… Un paso en falso y el gratinado del queso pasaría a ser una mera filmina chamuscada.
—¡Justo a tiempo! — exclamó Mu, haciéndolo pasar. — Dame tu abrigo así lo cuelgo cerca de la estufa.
—Sí, menos mal que fui precavido…
Tal como el dueño de casa había solicitado, Tauro le entregó aquella chaqueta de cuero negra y la colgó del respaldo del asiento, a poco menos de un metro del calentador que había enchufado en la cocina.
—¿Y Nanako? — inquirió Aldebarán, acercándose hacia la encimera para lavarse las manos.
—Está en su habitación… Apenas esté todo la llamo.
—Me parece bien. — sonrió el taurino.
Ninguno tenía prisa esa noche. Ambos Caballeros habían decidido juntarse para pasar una divertida velada, pero el motivo principal de la cena era intentar animar a Nanako, quien estaba comenzando a preocuparlos en demasía… Mu no quería sacar el tema frente a ella por miedo a que eso causase algún tipo de reticencia, pero sabía que estaba comiendo poco. Desde el primer momento notó que la joven no era precisamente de buen comer, y a pesar de que antes se alimentaba de manera algo escueta para los estándares normales, definitivamente tenía mejores hábitos que en la actualidad.
No había que ser muy inteligente para darse cuenta del momento en el que todo empezó a desbordarse para ella, y la culpa tenía un nombre muy claro: Aioros de Sagitario. El hecho de que él se involucrase en la vida de Nanako comenzó a causar un desajuste en ella, en especial desde esa noche en la que ambos se quedaron a solas… ¿Qué habría pasado entre ellos? El ariano se encontró a sí mismo pensando en dicho evento muchas más veces de las que hubiera deseado admitir. Él sabía que su accionar fue correcto, estaba seguro de aquello pero…
—¿Mu? ¿Todo en orden?
—Sí Alde, no pasa nada. — habló el ariano con tranquilidad, retomando sus quehaceres. — Trae la sal por favor.
—Ya te la llevo.
…Cuando la veía tan afectada, no podía evitar pensar en qué hubiese sucedido de haberle hecho caso esa noche.
Sin embargo la intervención de Aioros sólo era la punta del iceberg, puesto que la repentina desaparición de Kaname parecía haber causado que Nanako se abandonase por completo al hambre.
Mu sabía que aún había un rayo de esperanza: la joven aún continuaba maquillándose y arreglándose, y aunque fuese con menor frecuencia que antes, no eran datos para despreciar. Era necesario que Nanako lograse atravesar ese duelo y él deseaba hacerla sentir acompañada en todo momento… Odiaba verla consumirse de a poco, pero no iba a permitir que pase a mayores: era su amiga y tenía que ayudarla a salir de ese pozo a como dé lugar.
—¡Nanako! ¡Ya está la comida! — exclamó Aries desde la cocina, quitando el fuentón del horno.
La joven levantó la cabeza con pesadez, notablemente despeinada, y procedió a reclinarse sobre la cómoda, fijando sus ojos en el reflejo de aquel espejo. Todo a su alrededor daba vueltas estrepitosamente, pero encontrarse de frente con sus propias pupilas logró que vuelva a encaminarse, navegando entre las corrientes de su mareo.
Por supuesto que podía oler el aroma de la cena: entraba por los orificios de su nariz a la fuerza, pero por más potente que fuese, las paredes de su estómago se encontraban engrampadas entre sí, bloqueadas por completo. En primera instancia, y al margen de su apartado psicológico, la situación no era tan complicada como podría dejarse ver… Simplemente, Nanako no sentía hambre. Por más que se obligase a comer, tal como lo había intentado en esos últimos días al notar que todo se estaba saliendo de control, una acidez galopante la inhabilitaba en pocos minutos.
Ella era consciente de que nunca había tenido la mejor relación con el apartado dietario, pero ya esos extremos estaban fuera de lo común. De aquel vestido que tanto la torturaba ya no quedaba nada, pero no porque lo hubiese superado, sino porque los retazos que colgaban de él ahora directamente se le resbalaban por sobre los huesos. La clavícula, las costillas, las rodillas sobresalían con dolor, y de sus carnosos muslos no quedaba rastro: sólo algo de piel sin forma, piel que ya no soportaba el frío.
Quien quiera que pensase que delgadez era sinónimo de belleza, definitivamente no estaba en sus zapatos.
—Ya salgo.
Se veía fatal, incluso peor que lo usual… ¿Cómo taparía ese desastre? Últimamente ni el maquillaje le servía, pero no quería dejar a sus amigos esperando. Con pocas ganas manoteó su neceser y comenzó a colocarse algo de corrector y rubor, para regalarle a su rostro un poco más de vida.
Tras finalizar de la mejor manera en que su situación se lo permitió, la joven caminó despacio hacia la sala de estar, apoyando una mano sobre la mesa.
—Perdona la demora Alde… — habló Nanako con una sonrisa. — Es lindo verte.
Sin percatarse en mayor detalle, la enorme presencia de Tauro le generó una sensación de protección indescriptible, lo que provocó que su expresión se volviese mucho más cálida.
—¿Por qué no comemos? — Aldebarán comentó, tomando una de las sillas y corriéndola para que ella se siente.
Tenía que hacerlo, no había otra solución.
—Sí, vamos…
Aquella noche Mu se encontraba más pensativo que de costumbre, quizás porque inconscientemente había decidido asumir el rol de observador: mientras Nanako se sentaba con algo de desgano en el lugar que Tauro había insinuado, Aries se acercó hacia el sillón y sin decir ni una sola palabra tomó un almohadón, el cual deslizó con cariño entre la huesuda espalda de la joven y el respaldo. Sabía que estaba más delgada, era muy probable que la dura superficie le estuviese molestando más de la cuenta.
Nanako recibió el gesto con agradecimiento y no pudo evitar conmoverse, el pecho inflándosele de melancolía, de felicidad, de dolor… Más una respuesta no era necesaria, y es que aquello era lo que Mu lograba darle: una paz irremediable, un día a día tranquilo y sin reproches, una amistad más allá de cualquier tipo de límite. El ariano era su remanso de paz y de aquello no había duda alguna.
Con la misma calma, el joven carnero procedió a apoyar la fuente sobre la mesa, el rostro de Aldebarán iluminándose con emoción.
—Woooow se ve muy apetitoso… Vamos Mu, siéntate así empezamos. — insistió Tauro con prisa, la boca derritiéndosele en agua.
Mu se sonrió con ganas, mordiéndose un poco el labio inferior.
—Tranquilo, que no se irá a ningún lado.
Tras el ariano acomodarse en la mesa, Aldebarán procedió a tomar el plato de Nanako, sirviéndole una enorme porción de comida. La expresión de la joven no fue la más agradable, dato que no pasó desapercibido para Mu, quien rápidamente se apropió de aquel cuenco.
—Yo primero. — dijo como si nada, intentando sonar casual: no quería que el tamaño de aquella porción la incomodase. — Sírvete Alde, ahora me encargo del plato de Nanako.
A Tauro tampoco se le había pasado por alto la sutil interacción de ambos pero decidió guardarse para sí cualquier tipo de comentario que se le ocurriese, y tras servirse en su cuenco le pasó el cucharón a su amigo.
—Tómatelo con calma. — susurró Mu por lo bajo, entregándole a la joven una ración de dimensiones más normales.
—Gracias Mu…
La joven le regaló una mirada algo perdida, puesto que la cabeza aún le seguía dando vueltas, pero esperaba que el carnero no lo notase. El mareo seguía haciendo acto de presencia pero ahí estaba ella, sentada a la mesa con algo de incomodidad: no había chances de que no comiese. No sentía hambre en lo absoluto, más tenía que hacerlo por ellos que habían sido tan buenos y comprensivos, tan compañeros, tan pacientes.
Definitivamente, el esfuerzo valía la pena.
Y mientras Nanako tomaba el tenedor con algo de dificultad, ambos Caballeros ya estaban hincándole el diente a la mezcla, Aldebarán muy animado por el asunto:
—¡WOAH! ¡Está increíble!
—De verdad quedó muy bien. — acotó el ariano, sorprendido ante el liviano y profundo sabor de su creación.
Ella era fuerte, podía hacerlo sin ningún tipo de problemas. Nadie la estaba mirando, tenía que animarse…
Uno…
Dos…
Con el tercer empujón la comida danzó por las profundidades de su esófago, acompañada de una extensa cantidad de agua para lubricarlo mejor. Su cuerpo entero esperaba con ansiedad el instante en el que el alimento haga trizas el fondo de su delicado estómago, pero por alguna razón ese momento no llegó.
Perdida en el miedo a su gastritis, Nanako se aferró otra vez al tenedor, sus dedos resbalosos de sudor. No dolía, aún no dolía, no iba a doler… ¿Dolería? ¿Qué pasaría si quemaba? No podía despreciarlos, no quería, no estaba bien. No obstante, sus papilas gustativas le devolvieron una textura blanda, un sabor envolvente e incluso casi dulzón; y su corazón terminó por dar un vuelco, sorprendido.
En ese platillo había algo diferente. Casi como si hubieran hecho magia sobre ella, de alguna manera esa comida abría un panorama escondido dentro del cuerpo de Nanako: el deglutir aquel simple trozo de cena, hizo que la joven se diese cuenta de lo realmente hambrienta que estaba.
El segundo bocado no fue tan difícil de asumir, y para el tercero se sentía mucho más envalentonada al respecto. Aquella delgada mujer comía como hormiga, de a poco, lentamente, pero al menos en esa ocasión su voluntad estaba resultando ser certera. Aries y Tauro no podían sentirse más agradecidos al respecto: la batalla no estaba ganada aún, pero era un muy buen avance.
Tras algunos minutos Aldebarán ya había arrasado con la segunda porción y Mu había terminado la primera. El estómago de Nanako sólo había soportado la mitad de lo que tenía servido, pero era un prometedor comienzo para ella y se aferraría con fuerzas a esas esperanzas. Ella realmente quería mejorar, sabía que lo que le estaba pasando no era normal, pero simplemente hasta ese momento no se había sentido con fuerzas como para enfrentarlo.
La ingesta de alimentos causó que el cuerpo de la joven se vea invadido por un profundo letargo, y frente a los ojos curiosos de aquellos muchachos, Nanako comenzó a cabecear sin remedio.
—Por cierto, traje algo para que nos divirtamos. — habló Aldebarán, con esperanzas de mantenerla entretenida. — ¿Nanako?
—¿Mmmmh…? — ella terminó por balbucear, sin lograr quitar una sola palabra de su boca.
—Ya verás, estoy seguro de que te va a gustar.
—¿Qué trajiste Alde? — preguntó el carnero, curioso: no sabía nada al respecto.
—Terminemos de comer y te enterarás.
Mientras ambos Caballeros se enfrascaron en una charla sobre el clima y el frío, Nanako cayó dormida, abrazada a su abdomen. El mero hecho de que la cena no le haya hecho sentir que el estómago se le derretía de acidez había sido prácticamente un milagro, y aquello la relajó en demasía. Su panza finalmente tenía algo que digerir, gran parte de su torrente sanguíneo concentrándose en dicha zona, su mente disfrutando de algunos minutos de descanso.
Al ratito Aldebarán tomó su celular del bolsillo de sus jeans y lo apoyó sobre la mesa.
—Bueno, creo que ya es hora…. ¿Nanako?
Al escuchar su nombre ella abrió los ojos con lentitud, su visión ya más clara que antes: había descansado poco, pero fue un sueño estrictamente reparador, por lo que fue más que suficiente para renovar un poco sus perdidas energías.
—Pensé que podíamos divertirnos como esa vez en "Azucar". — explicó Tauro, dándole "play" a una lista de reproducción que había creado especialmente para esa noche.
La sonrisa de Nanako se expandió al instante, acompañada por el claro compás de la salsa. La mano de aquel enorme hombre se extendía frente a ella invitándola a ponerse de pie, gesto al que ella accedió al instante, su chispa interna volviendo a encenderse: aunque sea por un ratito quería volver a ser la de siempre. Sabía que no sería fácil reencontrarse, al igual que sobreponerse a la pérdida… Pero la realidad era esa misma y a pesar del vacío, la felicidad que estaba sintiendo en ese momento no se comparaba a nada.
—Mu, ¿no vienes a bailar? — inquirió Nanako, girando la cabeza hacia la derecha para cruzar sus ojos con los del ariano. — ¿O a lo mejor prefieres ponerte de vuelta el pijama de abuelo?
La expresión que Mu le dedicó no fue la más agradable… ¡Él no era aburrido! Pensaba que ella ya lo habría asumido, pero era evidente que no. De todas maneras tampoco se había mostrado muy flexible esa noche, así que no podía esperar otra cosa.
—Era una broma… La verdad es que me encantaría que bailes con nosotros.
—Lo haré, pero primero quiero terminar de acomodar todo. — le contestó Aries. — Mientras tanto puedes ir aprovechando a Alde.
Contento ante el desenlace positivo, Tauro procedió a subir la música hasta el máximo y la sostuvo por un rato, guiándola a través de las notas con cuidado y delicadeza. Más que dejar salir sus habilidades Aldebarán se sintió más cómodo oficiando de instructor, por lo que esta vez el intercambio no tomó el mismo tono tenso de aquel viernes desenfrenado.
Y finalmente, al terminar de lavar la vajilla, Mu se acercó hacia ellos con algo de vergüenza. Él no era de bailar pero quería probar por ella, sabía lo mucho que a Nanako le divertía hacerlo.
—Bueno… Déjenme intentar, ¡pero no se rían!
—No te preocupes Mu, para eso estoy yo. — El taurino replicó con orgullo, dejando a Nanako libre para que su amigo baile con ella.
Acto seguido el joven comenzó a explicarles cómo colocar sus cuerpos uno frente al otro y la posición de inicio. No sólo era importante saber cómo sostenerse, por lo que continuó con el conteo y los pasos básicos, pasando por las diferencias en el movimiento de ambos; y sin darse cuenta, al cabo de una hora, Mu y Nanako se encontraron con que habían logrado tomar un poco el ritmo de la música. No eran expertos en lo absoluto: se reían demasiado y los nervios muchas veces provocaban que el carnero la pise un poco, empero ella retrucaba la apuesta y devolvía los pisotones, divirtiéndose a raudales sólo con el hecho de pasar tiempo junto a ambos.
Su mareo seguía ahí pero ya había dejado de importarle, al igual que lo mala que era para moverse… Ese momento estaba lleno de felicidad, de una alegría incomparable. Todo era tan natural, tan mundano, que sabía que estaba inmersa en un verdadero momento irrepetible.
Incluso cuando entrada la madrugada Aldebarán ya los había abandonado, la melodía todavía se mantenía dando vueltas por su cabeza. Algo agitada se sentó en el sillón al lado de Mu, quien se encontraba destruido por el esfuerzo que le llevó realizar tanta coordinación; y se apoyó con suavidad sobre su brazo, abriendo levemente sus labios para hablar con una sumisión que pocas veces dejaba salir:
—¿Mu…?
—Dime, Nanako.
—Gracias… por todo. — agregó ella. — Estoy muy feliz de haber venido aquí.
Las sinceras palabras de la joven provocaron que la sutil sonrisa en el rostro del carnero se extienda, girando un poco su rostro hacia el lado contrario a ella, enfrentando la cocina. Sus ojos recorrieron la habitación, como si buscase algún indicio, alguna señal, algo que no apareció frente a él: allí todo seguía igual. Aún después de meses su casa no denotaba signos de que una mujer viviese en ella, pero el saber que Nanako se sentía feliz de estar allí con él provocaba que todos sus pensamientos negativos se disipasen en milisegundos.
Por dentro, todo era diferente.
No había un solo aspecto de su interior que no hubiese cambiado, que no se hubiese transformado positivamente gracias a ella.
—No quiero pensar en que esto llegue a un final…
Con la mirada gacha, Nanako no pudo evitar sincerarse. Aries no dudó ni un segundo en colocar su brazo alrededor de los hombros de aquella mujer de largos cabellos marrones, dejando caer su cabeza junto a la de ella. Suspiró con pesar, sopesando las palabras.
—Tranquila, no pienses en eso. — le respondió él, moviéndose hacia el costado para apoyar su espalda en el reposabrazos.
La distancia de Aries se sintió extraña para ella. Su cuerpo tenía frío y la estufa no era suficiente para saciarla, por lo que volvió a acurrucarse con él, ahora colocándose sobre el cuerpo del joven. Su desinflada mejilla reposaba sobre el amplio pecho de Mu, relajándose por completo, subiendo y bajando al compás de aquella suave respiración. El carnero la aceptó sin titubear y al sentir su temblor la rodeó con sus firmes brazos, intentando apaciguarla contra él.
—Por cierto Mu… No sé qué pasó con la comida, pero no me cayó mal…
Finalmente, después de tanto sufrimiento, aquello se sentía natural.
No había ni un mínimo atisbo de incomodidad, ni de falsa soledad.
—Eso es porque cociné con mucho cariño. — admitió él, mirándola desde arriba.
Muy lentamente Nanako alzó sus ojos, cruzándose con aquel paisaje verde que ostentaban los luceros de Aries.
Él ya no se sentía expuesto, ni inútil, ni usado, y la cercanía de Nanako había comenzado a tornarse acogedora.
Ella no logró entender qué decían aquellas orbes, pero sabía que era bienvenida.
Otra vez, se sintió en casa.
¡Hola! ¿Cómo están todos? ¿Qué tal los trató la semana?
Antes que nada me gustaría dedicarle este capítulo a Natalia (quien ha sido la primera seguidora de esta historia), ya que hace unos días fue su cumpleaños... No puedo hacerte llegar nada material, así que espero que por lo menos este detalle te haga sentir feliz :'D Por cierto, ¡me encantaría saber los cumpleaños de mis lectores! Así puedo darles muchos saluditos, enviarles buenas vibras y por supuesto dedicar capítulos :3
Lamentablemente esta semana tengo una mala noticia para contarles: debido a que la semana que viene estoy con exámenes, el viernes siguiente (6/10) no podré actualizar. Retomaré como siempre a partir del viernes 13/10 :) Este tiempo también me sirve para terminar de armar unas re-estructuraciones muy positivas para el fic, así que seguramente vean acción más pronto de lo que planifiqué originalmente. Soy consciente de que "Cocoon" es una historia larga, por lo que no quiero que se extienda hasta el punto en el que realmente la trama no sea creíble para ustedes (y tampoco para mí)... Por supuesto que cada quién es libre de escribir como mejor le parezca, pero personalmente odio ese tipo de historias en las que se nota que el/la autor/a no sabe cómo llegar al final y sigue agregando sucesos sin sentido al fic. No es mi caso, y odiaría que "Cocoon" se transforme en algo similar, por lo cual algunas modificaciones son necesarias.
Con respecto al punto que expresé en el párrafo anterior, tengan la tranquilidad de que nada de lo que sucedió hasta ahora será modificado ni editado, y de hecho tampoco cambia nada de lo planeado (de lo cual llevo registrado y armado el 90%, incluso el final). Es sólo que no quiero que esto se haga infinito, por las razones que mencioné arriba.
Muchas gracias por leerme, por acompañarme y por dejarme sus comentarios y opiniones, las cuales me hacen muy feliz y me animan a continuar cada vez más, incluso en estas nuevas épocas que son algo complicadas.
