Capítulo 24
EL aire frío forzó a Candy a despertar. Gimió somnolienta y tiró de las mantas hasta cubrirse los oídos. Maldito Albert y sus tempranas mañanas. ¿Acaso no sabía que el primer y más importante deber de un marido era mantener a su esposa abrigada y en calor? Esa, era seguramente la única razón por la que los hombres generaban calor como si fueran cuatro hogares combinados.
De pronto, y casi uno sobre otro, dos hechos acudieron a su mente: estaba acostada en el piso, y estaba sola. Se sentó, jadeando para llevar aire a sus ardientes pulmones. Su pecho se sentía como si un poderoso gigante lo apretara entre su puño e hiciera cada vez más fuerza. La tira de cuero todavía estaba alrededor de su muñeca, pero no había nada atado a ella. Colocó sus manos sobre su falda y tiró la cabeza hacia atrás para gritar penosamente en la tranquilidad de la mañana.
—¡Albert!
Si hubiera habido por algún milagro alguna respuesta, no la hubiera escuchado por la sangre que golpeaba en sus oídos. ¡No era justo! ¿Cómo podía haber dormido toda la noche sin haber notado que se lo habían quitado? Todo por lo que vivía se lo habían arrancado despiadadamente. Estaba sola, abandonada, perdida, maldita…
—¡Candy! —exclamó Albert, tomándola entre sus brazos— ¡Mujer, estas gritando lo suficientemente fuerte como para que acudan a nosotros todos los clanes de Escocia!
Ella abrió los ojos lo suficiente como para ver que era el propio y amado rostro de Albert el que estaba al lado suyo, luego le echó los brazos al cuello.
—¡Oh, Albert, pensé que te había perdido! Me desperté y no estabas.
—Calma, amor —dijo él tranquilizador, meciéndola con suavidad—. Estaba un poco más allá de los árboles juntando leña para el fuego. Te dije que no te dejaría. Estaremos juntos muchos largos y felices años. Déjame avivar este fuego, y luego estaremos juntos un tiempito hasta que entres en calor. Tus manos están heladas.
Candy se acostó relajada con él después de que Albert hubo terminado su tarea. Estaban acostados bajo la manta, sin hablar. La mente de Candy estaba funcionando de manera muy furiosa como para hablar. Ahora que sabía que Albert estaba seguro, otras cosas habían captado su atención. Todavía estaban en el bosque. ¿Qué significaba eso? No estaba segura de qué había esperado, pero con seguridad no había sido levantarse en el mismo lugar donde se había acostado.
—Candy—murmuró Albert.
—Sí, Albert.
—A lo mejor no hemos abandonado mi tiempo. —dijo él— El bosque no me parece diferente.
No lo parecía. Candy miró a su alrededor y vio aquello. Los árboles eran árboles y Candy no les había prestado mucha atención la noche anterior, así que tuvo que estar de acuerdo con él.
—Creo que tienes razón.
Albert suspiró y se sentó.
—Entonces todo lo que podemos hacer es seguir viajando y esperar que nos crucemos con algo que nos permita saber en qué siglo nos encontramos. Me atrevo a decir que no debería haber venido sin hombres para hacernos guardia. Aunque nos pudiese defender de muchos, tengo que admitir que me costaría defendernos del clan Fergusson entero.
Candy se puso de pie y comenzó a doblar las mantas, tratando de no pensar en la verdad de las palabras de Albert. ¿Qué si se encontraban con una banda de highlanders enemigos? Peor aún, ¿qué si se encontraban todavía en el siglo XIV? ¿A dónde irían? No podían regresar a su castillo. Era el derecho y privilegio de Jesse dirigir el clan, y ella sabía que Albert no se lo arrebataría.
La mano de Albert debajo de su barbilla la sorprendió. Ella levantó la mirada para encontrarse con la de él.
—Cuidaré bien de ti, Candy —dijo tranquilamente.
Ella le colocó los brazos alrededor y lo abrazó.
—Lo sé, Albert. Sólo estoy nerviosa.
El le palmeó la espalda de la manera más suave que pudo.
—Estaremos bien, muchacha. Sigamos nuestro viaje y veamos qué ha hecho el bosque de nosotros.
Albert ensilló a los caballos y apagó el fuego. Candy miraba frecuentemente hacia el cielo mientras viajaban, esperando ver el primer avión que pasaba. A lo mejor estaban muy al norte para verlos. O a lo mejor estaban muy atrás en el tiempo. Parecía como si hubieran pasado horas antes de que el bosque terminara y Albert detuviera a su caballo. Miró a Candy y su expresión no era muy agradable.
—¿Qué piensas? ¿Nos atrevemos a seguir?
—¿Tenemos alguna otra opción?
Él colocó su mano sobre su espada.
—Sólo espero que no nos encontremos con una banda de rufianes que tengan tantas ganas de matarnos como para no tener la paciencia de ser tan amables y hablar un poco.
Ella sonrió al escuchar su tono seco y lo siguió por el bosque.
La noche cayó pronto. Rápidamente oscureció, y ella luchó por ver qué tenían al frente. Pudo jurar que veía pequeños fogones a la distancia. ¿Era demasiado desear que aquellos fogones fueran, de hecho, luces?
Luego lanzó una exclamación. En frente de ellos, a no más de dieciocho metros, había una carretera. No una sucia, ni empedrada, sino una pavimentada con líneas separando los carriles. Escuchó el sonido de un auto antes de que pasara zumbando ante ellos. El caballo de Albert se inquietó por el sonido, y Albert no pudo hacer nada para calmar a la bestia. Lentamente giró la cabeza hacia Candy.
—Creo, mi amor, que ya no estamos en la Escocia del siglo XIV.
Candy dejó escapar la respiración lentamente.
—Tampoco lo creo yo.
Sintió tal remolino de emociones que le fue difícil identificarlas. Primero y principal, sintió aprensión. Eso era algo que no se iría hasta que no supiera exactamente en qué año habian recobrado el conocimiento. Y por qué todavía estaban en Escocia. Si hubiera llegado al bosque desde nueva York, ¿por qué Albert y ella no habían sido enviados de regreso a Nueva York desde el bosque?
—Quizás deberíamos buscar una posada. —dijo Albert, observando el campo, en busca de señales de vida— Y pronto.
El sol se está poniendo. Ella asintió y lo siguió mientras él acercaba su caballo hacia la carretera.
—Mira en ambas direcciones cuando cruces la calle. —dijo Candy, por experiencia propia.
—¿Por qué?
—Un auto puede estar acercándose. Te mataría antes de que siquiera te des cuenta de que te ha golpeado.
Albert se acomodó un poco en su silla.
—Ya veo —dijo sabiamente. Primero miró a su izquierda y luego a su derecha. Luego a su esposa— ¿Qué es exactamente lo que estoy buscando?
—Uno de esos vagones que se mueven por sí solos. Y muy rápido.
Él asintió y miró otra vez. No viendo nada, apuró a su caballo. Candy escuchó un auto venir y tomó las riendas de Albert echándolo hacia atrás, justo antes de que el vehículo pasara casi rozándolo, tocando la bocina. Albert estaba visiblemente temblando.
—Guau —dijo, mirándola con los ojos bien abiertos.
—Yo vigilaré las rutas hasta que te acostumbres. —dijo ella, tratando de hacerlo volver en sí.
Cruzaron la carretera, y a Candy le costó horrores mantener a su esposo sobre la montura. Lo que quería hacer era bajarse del caballo en la mitad de la ruta y ver como se sentía el pavimento. Ella le prometió que le daría una oportunidad luego, y él aceptó, receloso. Continuaron camino abajo a través de los campos dirigiéndose hacia las luces que brillaban a la distancia. Eran luces. Candy ignoró la posibilidad de que podían, de hecho, estar en un tiempo en el que incluso ella no hubiese nacido. Sólo pensar en las ramificaciones de aquello le hacia doler la cabeza.
—Candy, —comenzó Albert con un gruñido— hay algo de lo que debo hablarte.
Ella levantó una ceja en respuesta a su tono de laird.
—Adelante.
—Puede llevarme unas cuantas horas acostumbrarme a las posibles maneras del futuro, pero no significaba que sea débil o estúpido.
¿Horas? Ella sonrió.
—Lo sé, Albert.
—Ni tampoco significa que he dejado de ser tu señor. Me obedecerás en todas las cosas, como siempre.
—Por supuesto, Albert. —dijo ella sumisa— Y en caso de que demandes algún tipo de conocimiento acerca de esto o aquello, yo te lo daré porque tú me lo pediste, no por que yo piense que tú no lo sabías.
—Por supuesto —dijo Albert arrogantemente— No habría otra razón por la cual hacerte preguntas.
Candy suprimió su sonrisa y se sintió agradecida por estar cabalgando detrás de él para que no viese el brillo en sus ojos. Cielos, qué ego tenía su marido.
Una hora después llegaron a una casa en los límites de una pequeña aldea. Para el inmenso alivio de Candy, era una posada, y parecía no estar ocupada. Mejor todavía. A cuántas menos personas Albert tratara de darle órdenes en sus primeros días en el futuro, mejores días serían para ambos.
Se detuvieron en el frente de la casa. Albert desmontó y ató las riendas en un poste. Estiró los brazos para ayudar a Candy y la hizo bajar. Antes de que ella supiera lo que él tenía en mente, Albert había capturado su boca en un apasionado beso. Él levantó la cabeza y le sonrió.
—Para la buena suerte —le explicó.
Ella le sonrió de forma perezosa.
—Encuéntranos un cuarto tranquilo, mi señor, y te daré más que un beso para la buena fortuna.
Albert sonrió brevemente, luego la soltó y se echó la alforja sobre el hombro. Luego, con un profundo suspiro, tomó la mano de ella y la guió hasta la puerta. Se abrió para dar paso a una alegre habitación, llena de percheros para abrigos y un espejo en la pared. En cuanto Albert vio su reflejo, se sorprendió y fue directamente hacia él.
—Albert —dijo Candy despacio—. Después.
Fue con gran recelo que se alejó y le dedico una mirada de confusión.
—Tanto más claro que los nuestros —suspiró —Va a haber mucho tiempo para que te mires al espejo una vez que tengamos habitación. Y necesitamos una con teléfono, en lo posible.
—¿Teléfono? —repitió él
—Sólo pide por uno.
Albert echó los hombros hacia atrás y comenzó a caminar hacia el mostrador de información en la otra punta de la sala. Un hombre bajo y pelirrojo se pusó de pie en el instante que él se acercó. Le echó una mirada a Albert, luego una larga mirada a Candy, luego regresó sus ojos hacia Albert. Se quedó boquiabierto y sus ojos parecían como si estuvieran a punto de salírsele de la cabeza.
—¿Su nombre? —ordenó Albert
—Roland Andrew —chilló el pobre hombre
—Tenemos necesidad de una habitación, pariente, y un establo para nuestros caballos. ¿Puede ocuparse de eso?
—Aye —Roland graznó otra vez, luego se aclaró la garganta nerviosamente-. Enseguida, señor.
—Un teléfono —susurró Candy, dándole un codazo a Albert en las costillas.
—¿Qué? Ah, aye. Necesitaremos un teléfono también. Desearíamos que nos enviaran un baño arriba en algún momento. Y la cena. Tráigame bastante cerveza. Necesito algo para calmar mis nervios.
—Por supuesto, señor —dijo Roland rápidamente, sus ojos todavía enormes en su rostro— ¿Necesitará algo más?
—Le haré saber —dijo Albert imperiosamente Roland se retorció
—¿Pagará en efectivo? —preguntó dubitativo
—¿Efectivo?
Candy hizo una mueca. No había pensado en el dinero. Tiró de la manga de Albert.
—Quiere oro por la habitación.
Albert colocó la alforja sobre el mostrador y rebuscó en su interior por unos momentos. Encontró una fina tarjeta y se la entregó a Roland.
—¿Esto servirá?
—¡Albert! —exclamó Candy— ¿de dónde sacaste mi tarjeta American Express?
Él le hizo una mueca.
—Pensé que en algún momento nos serviría.
Roland lo miraba como disculpándose.
—Perdóneme, pero no aceptamos tarjetas de crédito.
—Bien —gruñó Albert—.¿Entonces le vendrá bien algo de oro?—lanzó la American Express dentro de la bolsa y sacó de su interior una moneda.
Roland la aceptó con una reverencia.
—Aye —dijo rápidamente— Con esto incluso sobra para cubrir la habitación y sus bestias. Me encargaré de las cosas inmediatamente. Si tan sólo firma aquí —dijo, indicando el registro.
Albert se echó la alforja al hombro otra vez y garabateó su firma en el lugar apropiado.
—Necesito saber la fecha —le susurró Candy a Albert. Ella cruzó los dedos detrás de su espalda.
Albert asintió.
—Dénos la fecha, hombre, si es capaz.
Roland parecía como si quisiese llorar o desmayarse.
—Es el primero de diciembre, mi señor.
Albert esperó.
—De 1998 —agregó Roland, en nada más que un susurro.
Los brazos de Albert alrededor de sus hombros fueron lo único que evitó que Candy se cayese. Se aferró a él. 1998. Y estaban en Escocia. Candy sintió que le brotaba una burbuja de risa histérica.
—Oh, Albert, 1998 —se rió—. ¡No lo puedo creer! —Luego comenzó a temblar — ¡Albert, han pasado casi tres meses! ¡Mis padres estarán frenéticos!
Él la mantuvo cerca y agachó la cabeza para susurrarle al oído
—Silencio, Candy, y no tengas miedo. Los encontraremos lo antes posible. Piensa en la alegría que sentirán al verte otra vez. Su dolor ya está por acabar. —Le besó el cabello— Coraje, milady. Tenemos que ocuparnos de ciertas cosas esta noche. No tienes tiempo para las lágrimas todavía.
Candy asintió y dejó que Albert la sentara en una silla cerca de donde estaba Roland. Esperó un momento mientras él y Roland llevaban los caballos al establo. Sentía tantas emociones corriendo en su interior, que apenas podía identificarlas. Pero primero en la lista estaba el alivio. Estaba en casa. Ella y Albert estaban ambos en su tiempo. No tendría que preocuparse por perderlo por una infección menor. No tendría que preocuparse porque se muriera de hambre si los granos no habían sobrevivido el invierno. Incluso quedar embarazada se había convertido en un pensamiento atractivo. ¡Oh, bendita anestesia!
Levantó la mirada hacia Albert mientras él aparecía por la puerta, cargando sus cosas. Pobre Roland, parecía completamente abrumado por Albert, mientras seguía a su esposo por el salón de entrada. A Candy no se le había escapado la forma en la que había comenzado a llamar a Albert "mi señor" y la forma en la que saltaba cada vez que Albert hablaba. Albert parecía no encontrar en aquello nada excepto un comportamiento adecuado, cosa que tampoco la sorprendía.
Roland los guió desde el pasillo hacia un grande y cómodo dormitorio. Ella Inmediatamente advirtió que había un cuarto de baño y se sintió agradecida; el suyo seguramente sería el único dormitorio en la posada con su propio baño privado. Había un teléfono en el tocador, y lo contempló por un momento; asombrada. Que extraño era ver algo que pensó que nunca vería otra vez.
Pero obviamente Albert no encontró sus alrededores tan maravillosos como ella. Estaba de pie en un rincón de la habitación, con una mirada afligida. Candy se apresuró a llevar a Roland hacia la puerta antes de que Albert estuviera totalmente perdido.
—Estaré de regreso inmediatamente con su cena, Sra. Andrew—dijo Roddy con una nerviosa y pequeña reverencia—No tardará más de un minuto.
—Apreciamos sus cuidados —dijo ella con un movimiento de cabeza, luego cerró la puerta. Se giró y miró a Albert que estaba de pie en el mismo lugar, aferrado a sus alforjas como si fueran lo único que lo mantenía a salvo de sumirse en la nada.
—¿Albert?
—¿Cómo encendió esos fuegos? —dijo en tono agitado. Bajó la vista hacia las lámparas sobre el respaldo de la cama—¿Cómo lo hizo?
—Hay un pequeño interruptor aquí cerca de la puerta— dijo ella— Observa.
Ella buscó el interruptor de la luz y apagó la luz para prenderla rápidamente. Albert profirió una exclamación, dejó caer las alforjas e hizo algo que nunca pensó que haría.
Se santiguó contra ella.
La salvaje mirada en sus ojos hizo que su corazón se detuviera. Por primera vez desde que había llegado a Escocia, ella le tuvo miedo. Se giró rápidamente y tomó el pomo de la puerta. Luego se retorció cuando los brazos de Albert la rodearon.
—¡Mi dulce Candy, no quise hacerlo! ¡Fue mi mano que hizo el movimiento sin dejarme opción! ¡Lo juro!
—No soy una bruja.
—¡Por todos los santos en el Cielo, lo sé! —la hizo darse vuelta y se aferro a ella—. ¡Dios Misericordioso, lo sé! —enterró su rostro en su cabello y tembló—. Oh, Candy, no lo soporto. Demasiadas cosas que no entiendo.
El corazón de Candy se rompió al escucharlo, y sentir a su corajudo esposo temblar entre sus brazos. Dejó escapar un lento suspiro de alivio. Albert estaba asustado de su tiempo, no de ella. Le acarició la espalda una y otra vez, tratando de clamarlo.
—Albert, todo está bien —dijo reconfortándolo— Estarás bien. Sólo tienes hambre. Roland volverá con la comida en unos minutos, comerás y te sentirás mejor.
Albert no dijo nada, pero continuó aferrándose a ella con fuerza. Candy luchó por tomar el aire suficiente para seguir confortándolo un poco más.
—Hay una explicación lógica para todo —dijo ella palmeándolo en la espalda— Una vez que entiendas las razones de lo que ves, verás que no estás en problemas para nada.
Albert la soltó y dejó escapar un suspiro.
—Por los santos misericordiosos en el Cielo, Candy —dijo él, llevándose la mano a los ojos— me siento como si estuviera soñando y no pudiera despertarme.
Ella se estiró y le quitó el flequillo del rostro.
—Ahora sabes como me sentí cuando llegué a tu castillo por primera vez —se inclinó para besarlo— Tienes suerte de que no tenga una mazmorra en la cual arrojarte, porque lo haría. Sólo para estar a mano.
—Es recién ahora que entiendo el miedo que debiste haber sentido. Perdóname por lo que hice —la miró con sus ojos azules humedecidos.
Si había algo que Candy sabía que no podía ver, era a su orgulloso esposo llorando. Había llorado la noche anterior cuando había pensando que ella estaba dormida, y se le había partido el corazón. Extrañaría tanto a Jesse y al resto del clan. Lo último que necesitaba era sentirse culpable por lo que le había hecho inicialmente a ella. Ella negó con la cabeza.
—Me has compensado de una hermosa manera desde ese momento, y sabes que te he perdonado hace tiempo —ella sonrió— Vamos a sentarnos. Creo que escucho venir tu cena. Tengo el presentimiento de que la comida de Roland puede llegar a superar a la de Hugh esta noche. Tengo tanta hambre como para, incluso, comer haggis.
—Debes estar hambrienta —le murmuró
Candy lo guió hacia la pequeña mesa en la esquina del cuarto. Una vez que se hubo sentado, dejó la alforja sobre la cama y le abrió la puerta al dueño de la posada. Roland llevaba comida y bebida suficiente para media docena de personas. Candy había esperado que la comida distrajera a su marido, pero pronto descubrió que no estaba funcionando. Apenas miró lo que le pusieron frente a sus ojos con una mirada confusa, como si la comida fuese una sustancia extraña que nunca hubiera ingerido antes.
—¿Albert?
Él levantó la mirada hacia ella. Todavía parecía impresionado. Por primera vez, Candy realmente se arrepintió de abandonar la Edad Media. Si Albert no aprendía a adaptarse, nunca sobreviviría. ¿Qué pasaría la primera vez que viera un televisor? ¿O anduviera en un auto? ¿O volara en un avión? Santo Dios, ¿de qué otra manera llegarían a América? ¿En barco? Cerró los ojos
brevemente, rezando por un milagro.
—¿Señora Andrew? ¿Necesita algo más?
Candy levantó la mirada hacia el dueño de la posada y vio un milagro delante de sus ojos. Si Albert podía ver que los hombres todavía eran hombres, aunque sus alrededores hubieran cambiado, a lo mejor se tranquilizaría. Y Roland era perfecto para el trabajo. Miraba a Albert como si fuera un rey. Seguramente un poco de deferencia apaciguaría a su esposo.
—¿Por qué no se queda? —ofreció Candy— Hay mucho aquí para que comamos nosotros solos
—No me atrevería…
—Quédese —ordenó Candy, luego suavizó su orden con una sonrisa— Quédese y cuéntenos un poco de la aldea. Hemos…eh… estado afuera por un tiempo. Albert querrá escuchar las noticias.
Roland se sentó y comenzó a moverse inquieto.
—Roland, cuéntenos de su familia —sugirió Candy, sentada al lado de Albert y sirviéndole enormes cantidades de comida—¿Está casado? ¿Tiene hijos?
—Aye, mi señora, estoy casado. Y mis hijos son grandes. Casados y en diferentes lugares. Una pena que los niños no se queden cerca de casa. Siempre andan buscando aventuras.
Albert gruñó.
—Entiendo eso, pariente. Mi hijo estaba siempre queriendo escaparse y hacer cualquier travesura.
—Aye, los niños necesitan mano dura. —asintió Roland sabiamente— Son muy tercos. Especialmente las niñas. Mi hija pequeña me causó el doble de aflicción que mis hijos. ¡Y luego su boda! ¡Pensé que su costo me dejaría fuera del negocio! Mantener una posada no es la mejor manera de poner comida sobre la mesa, saben. Especialmente tan al norte. Durante los meses de invierno, comemos lo que hemos almacenado y nada más.
—Exactamente —dijo Albert, levantando una ceja-. Puedo entender muy bien su dilema -tomó un pedazo de pan—. Dígame, ¿qué tan rentable es su residencia? Nunca fui capaz de entender como un dueño de posada podía alimentar a sus niños, pero a lo mejor los tiempos han cambiado. Y a lo mejor no.
Candy se echó hacia atrás en la silla, temerosa que cualquier movimiento rompiera el hechizo. Albert estaba comiendo. Al menos, era una señal de que no moriría de hambre.
—Delicioso —dijo él, con la boca llena— Ahora, pariente, cuéntame más. Me atrevo a decir que tengo una o dos sugerencias para ti, para que tu negocio sea más eficiente. He tenido mucha práctica en alimentar a muchos con muy poco.
Candy dejó escapar el aliento en silencio. Gracias a Dios por Roland Andrew y su posada. Ella comió un poco, luego se echó hacia atrás y escuchó. Cualquier pasmo que Albert hubiese sentido estaba comenzando a menguar, porque había asumido su mejor tono de laird y estaba haciéndole preguntas a Roland como si fuese uno de sus soldados. Antes de darse cuenta, Roland le divulgó a Albert su entera historia familiar, su situación financiera, y sus esperanzas y sueños para el futuro. También le dio a Albert más chismes jugosos sobre la aldea, así como un completo informe del estado de los asuntos en Escocia. Albert escuchó todo con gran interés. Luego frunció el ceño.
—¿No hay rey? ¿Qué cuento es este? Escocia siempre ha tenido un rey.
Roland se aclaró la garganta incómodo.
—Me apena decirlo, mi señor, pero Escocia está bajo poderío inglés ahora.
—¡Poderío inglés! —gritó Albert, golpeando la mesa con su puño—¡Imposible!
Roland hizo una mueca.
—Y es una reina quien se sienta en el trono, mi señor.
Candy sabía reconocer los problemas cuando los veía. Podía imaginarse a Albert juntando a los aldeanos para marchar a Londres y destronar al reemplazante. O a la reemplazante, dada las cosas.
—Hablemos de otra cosa —sugirió ella.
Albert le lanzó una mirada de odio.
—Nunca me dijiste que Inglaterra había tomado mi país. ¡Por los santos Candy, eso es un desastre!
—Bueno, no hay nada que puedas hacer al respecto. Aprende a convivir con ello.
—A lo mejor nos iremos a vivir a esa América tuya —Albert murmuró— ¡No me gobernará ninguna mujer inglesa!
Candy sólo notó a Roland porque su rostro estaba demasiado blanco. Parecía como si hubiera visto a un fantasma. Candy estaba por sugerirle que se acostara, pero Albert se le adelantó.
—Pariente, puedo ver claramente que hay otra cosa que te molesta. —dijo, todavía frunciendo el ceño—. Lo escucharé, siempre y cuando no se relacione con reinas ni reyes.
Roland se humedeció los labios y se aflojó el cuello de su suéter.
—No es más que una fantasía sin sentido, pero se los contaré si así lo desean.
—Sí —dijo Albert imperiosamente— A lo mejor pueda ayudarte.
Roland asió con tanta fuerza su taza, que sus nudillos se volvieron blancos.
—Hay una leyenda por esta zona, entre los más románticos de nosotros, por supuesto, pero es una leyenda —miró a Albert y luego volvió la vista hacia la taza— Es un cuento acerca del joven laird Albert y su bella esposa, Candice, que vivían en los tiempos del Bruce.
—Ciertamente —dijo Albert, dirigiéndole a Candy una mirada de asombro— Continúa.
Roland se retorció.
—Se dice que Albert amaba a tanto a su dulce esposa que encontró una manera para que ambos escaparan de la muerte. De vez en cuando alguien los verá y será receptor de una de las buenas acciones de la pareja. De hecho, se dice que también, incluso, Robin de Locksley, el Cabeza de Lobo, les permitió unirse a su banda de hombres para luchar contra el sheriff de Nottingham.
—Ya veo —dijo Albert.
Candy encontró su mirada y vio un atisbo de diversión en sus ojos. Bueno, al menos había abandonado la idea de una anarquía.
—¿Sabes quién comenzó esta leyenda? —preguntó Albert
—Tengo entendido que la originó la esposa del hijo de Albert, Jesse. Creo que su nombre era Megan.
Albert levantó la mirada hacia Candy.
—De alguna manera no me sorprende en lo más mínimo.
—Es romántico, ¿o no?
—Como dije, no me sorprende. Fueron todos esos cuentos que le contaste a la noche que le confundieron la mente.
—Creo que es tierno.
Albert se inclinó para besarla.
—Tú tienes un dulce corazón, mi Candy. Y a Megan ciertamente no le hizo daño aprender de ti.
El fuerte sonido de vajilla derrumbándose llamó su atención. La taza de Roland finalmente había sucumbido ante la presión de sus manos y había abandonado su forma. Él estaba sentado allí; pedazos y polvillo de bizcocho cubrían sus manos y su falda. Estaba de un color pálido mortal.
—¿Son ustedes…, —se arriesgó, mirando a Albert luego a Candy, luego otra vez a Candy—. Quiero decir, ¿han venido a…
Inmediatamente una docena de indeseables escenarios acudieron a la mente de Candy. Si alguien se enteraba de esto, tratarían a Albert como un alienígena. Era algo que nunca había considerado al pensar en traerlo a su tiempo.
Ni hablar de una persecución.
—Roland, —dijo rápidamente— ¿puedes rastrear a tus ancestros masculinos hasta este Jesse del que hablas?
—Aye, mi señora. —Roland asintió lentamente— Puedo. Directamente.
Eligió sus palabras con cuidado. Roland parecía de buena calaña, y ciertamente estaba encantado con Albert. A lo mejor si comprendía los peligros, entendería por qué debería mantener la boca cerrada.
—Si puedes rastrear tu linaje hasta Jesse, entonces puedes retroceder un escalón hasta el padre de Jesse. —Inclinó su cabeza sólo un poco en la dirección de Albert, luego miró directamente hacia los azulados y perplejos ojos de Roland— Si la gente supiese la verdad que tú sabes, él nunca tendría un día de paz en su vida. Primero acudirían los periódicos, luego los científicos, luego el gobierno. Sería interrogado, burlado, señalado, exhibido como una rareza de la naturaleza. ¿Es ese el destino al que sentenciarías al más feroz de los lairds que las Highlands hayan visto jamás?
Bendito fuera, Roland parecía querer llorar.
—Por supuesto que no, mi señora.
—Entonces, dime, Roland Andrew, ¿cómo es que puedes servirle al hombre a quien le debes tu propia existencia?
Roland tragó.
—Puedo encontrarles ropas. Aye, y puedo decir que son de mi familia, que vinieron de visita. Tengo familia por toda Escocia, así que no sería difícil de creer para los chismosos de la aldea —sonrió, casi orgulloso—. Y no sería exactamente una mentira, ¿verdad?
—No, pariente, no lo sería. —dijo Albert tranquilamente, haciendo que su profunda voz retumbara en la quietud de la habitación—. Y estaremos muy agradecidos por tu ayuda. Si alguna vez recupero mi castillo, sus puertas estarán siempre abiertas para ti. Por supuesto, te pagaremos bien por tus molestias.
—No podría aceptar nada. —dijo Roland, obviamente abrumado por lo que había aprendido aquella noche— Será un honor servirlo, laird Albert. Y mantendré bien su secreto, ya verá—rápidamente se puso de pie—. Ambos deben estar muy cansados por el viaje. El teléfono está ahí, Lady Candy, por si lo quiere. Tenemos agua corriente para su baño. Me ocuparé que el resto de la casa se mantenga callada por la mañana, así no los molestarán. Veré qué ropas puedo encontrar por la mañana.
Con aquello, se escurrió por la puerta, llamó a alguien para que lo ayudara y vació la mesa antes de que Candy pudiera, siquiera, pestañear. Después que la habitación estuvo más que lista, les dedicó a ambos una pequeña reverencia y salió del dormitorio respetuosamente. Una vez que la puerta se hubo cerrado, Candy miró a Albert con las cejas levantadas.
—Me atrevo a decir, mi laird, que tienes a un leal pariente.
—Me temo que me haya confundido con un rey, con todas esas reverencias y demás. Como si todavía tuviésemos rey —gruñó.
—Te admira mucho —dijo ella gentilmente— Y reconoce que gran laird eres. Aunque, como alguien pudiera evitar ver esto, realmente no lo sé.
Albert la sentó sobre su falda.
—Tomaré eso como un cumplido.
—Fue dicho con esa intención.
Él enterró su rostro contra su cuello y suspiró profundamente.
—Gracias, Candy.
Candy no tuvo que preguntar por qué. Rodeó con sus brazos los hombros de él y descansó su mejilla sobre la parte superior de su cabeza.
—Dulce Albert, —susurró— cómo te amo. Estas lidiando con esto tan bien. Te acostumbrarás a las cosas, ya verás.
—Por supuesto. —murmuró contra su cabello— Sigo siendo un laird.
—Por supuesto, mi amor.
Albert la mantuvo por varios minutos en silencio, luego la hizo hacia atrás y la miró.
—¿En qué estabas pensando la noche anterior, en el bosque? —le preguntó
—Que lo que más quería era quedarme contigo —dijo con una sonrisa— Que fue exactamente lo mismo que estaba pensando la primera vez que traté de regresar.
—¿De verdad? —preguntó, sorprendido— Y aquella primera vez yo estaba pensando que no quería dejarte ir. —Se sentó y la miró pensativo—Y ayer por la noche estaba pensando que en lugar de ver tu tierra, quería ver mi Escocia en tu tiempo.
—Extraño —murmuró ella.
Él asintió
—Mucho —la acercó más hacia él y la apretó con cariño—Estamos aquí, juntos. Nada más importa.
Ella no podía estar más de acuerdo.
Continuara...
