Capítulo 24.- Asalto al Ministerio de 2017 (II)
Madrid, un sábado de junio de 2017
La Medianoche.
"We're sending somebody in to negotiate!"
The Fifth Element (1997)
- ¿Qué es lo que dice el mangas verdes y vuestra hija?
- Que los oceánicos se han hecho fuertes en la entrada de la sala que llaman "ingeniería" -leyó Alonso en lo que los demás llamaban "chat"-. Montaron parapeto, portan vestimenta que detiene balas y realizan descargas de fusilería en supresión. Y no es mi hija, general. Lo será. O no. Es complicado.
Alonso observó cómo Spínola asentía, pensativo quizás.
- Complicado es aqueste lugar, amigo mío -rezongó el otro-. Ruego al Señor cada vez que el Ministerio me llama, no acabar loco de atar o con perdida la mente.
Alonso sonrió, pues aquel había sido su ruego en más de una.
Ambos avanzaban por el nivel veintitrés, Alonso guiando a don Ambrosio a través de lo que recordaba del camino a las mazmorras de ingeniería. Retorcido lugar y muy oculto, al final de corredores que los atacantes deliberadamente habían dejado a oscuras.
Al girar la enésima esquina, no pudo por más que recordar, sin embargo, a aquel a quien Irene llamaba de despectiva manera "el friki" y a Amelia, ambos bajo el cuidado de galenos en pelea por su vida. Por verla herida Spínola quizás se culpaba y por culparse trataba, parecía, de desfacer el ataque él solo. El Ministerio, después de todo, algo sí le había logrado perder la mente.
Mas Spínola era parte de la Historia y con ella y a ella debía volver sano y salvo.
- Ruego a Vuestra Merced -pidió Alonso-, guarde calma y deje el peligro para los que nadie eche de menos.
Alonso vio a Spínola volver la cabeza; su enfuriada respuesta fue detenida al empezar a oír de lejos los disparos.
Avanzaron sin más palabras.
Al llegar a donde Julián, Victoria y Pacino, Alonso repartió chalecos antibalas y vio cómo, tras asomar un instante la cabeza al corredor final, Spínola chascaba la lengua con fastidio.
- No se puede dejar solas a Vuestras Mercedes.
- Con el debido respeto, don Ambrosio -protestó Julián entre tiros-, nuestra especialidad no es el asalto.
Los disparos se detuvieron, dejando las últimas palabras de Julián en un grito innecesario.
- We want to negotiate! -berreó uno de los oceánicos tras el parapeto.
- ¿Qué fue lo que el hideputa dijo?
- Creo que quieren negociar, general -tradujo Victoria.
Alonso le pasó entonces a su hija-no-hija el otro fusil HK y varios cargadores. Ella agradeció el arma y la cebó y preparó antes de que tuviera que explicarle cómo.
- ¡Vamos a negociar con tu puta madre! -gritó Pacino mientras se ajustaba las cinchas del chaleco.
- ¡No sea tan rudo, amigo italiano! -censuró Spínola-. Díganle Vuestras Mercedes que enviamos a alguien para negociar.
Alonso iba a protestar pues ya tenía las granadas en la mano, mas Spínola ordenó silencio con la mirada.
- ¡Eh, cabrones! -gritó Julián-. ¡Enviamos a alguien para negociar!
Spínola basculó el cuerpo y con la Barret asentada en la cadera salió al pasillo y disparó sobre el parapeto, volando por los aires los sesos del primer soldado; el estallido del proyectil fue hiriente y duro, metálico, ensordecedor, al punto de que los disparos de respuesta del que quedaban sonaron como lejanos petardeos.
Alonso salió en supresión con el fusil, para atraer fuego, mientras Spínola activaba el cerrojo y preparaba un nuevo disparo.
Mas antes del siguiente, se llevó en el chaleco al menos cuatro impactos.
Se mantuvo en pie y tiró de nuevo.
A aquella distancia el proyectil entró por los sacos y le llegó al otro oceánico al pecho, entrando y saliendo de su armadura, estallido de arena y sangre.
Muerto de necesidad.
- Andiamo! -murmuró Spínola.
Pacino vio cómo Victoria y Alonso asomaban la vista dentro del cuarto de ingeniería, el parapeto y los cadáveres de los cuatro mercenarios despachados ya detrás.
Fueron avanzando despacito, con el fusil listo.
Julián, tras revisar a Spínola más para que se quedara detrás que porque temiera heridas bajo el kevlar, buscó un cuadro de automáticos y logró encender los fluorescentes que quedaban.
Y se hizo la luz.
En tonos verdosos y amarillos.
Ingeniería era como un cuarto de calderas, pero en chungazo.
Todo estaba silencioso que te rilas, excepto por el traqueteo de una estación de bombeo en algún lugar y el titilar constante de fluorescentes defectuosos. De vez en cuando, una tubería vibraba; de vez en cuando, algo metálico martilleaba piedra.
A la entrada, lo que parecían un par de puestos de mesas con ordenadores, estaban tirados, el suelo revuelto; más allá de la zona "normal", todo eran roñosas tuberías de diferentes diámetros y tamaños, entrando y saliendo de paredes, techos y suelo de piedra, anárquicamente y en desorden vertical, horizontal y diagonal; estanterías al fondo con cachivaches imposibles, varias pizarras atiborradas de ecuaciones y un corcho lleno de recortes de periódicos guiados por hilos rojos, con la foto de la presentadora Ana Blanco en el centro de una temible conspiración.
El poco espacio que quedaba, era un camino retorcido entre el bosque fontaneril.
- No ha cambiado nada -murmuró Julián.
Victoria, por delante, la cabeza asomada a través del laberinto de viejísimas tuberías, levantó el dedo índice a los de detrás.
Había otro yanki.
Luego con la otra mano en un gesto que no entendió, marcó "dos".
-¡Joder! -comprendió Irene al sacar el ladrillo falso-. ¡Pero qué hijos de puta!
- Deberías poder extraer el detonador sin peligro, Irene Larra -instruyó Chispitas-. Sólo tienes que sacar el tubo metálico. Despacio.
Irene respiró hondo ante las atentas y preocupadas miradas de Ortigosa y de Berta. Como los muy cabrones de Darrow habrían tenido dos semanas para hacer y deshacer a su antojo, se habían currado bloques de C4 disimulados entre los ladrillos de las paredes del pozo.
Nada como detener el tiempo para poder cumplir plazos.
Chispitas había descubierto la treta al quitarse un filtro de infrarrojos y buscar anomalías térmicas; por eso y porque sabía de al menos cuatro niveles, en el ataque a su línea temporal, en los que habían aparecido explosivos.
Irene metió el dedo en la plastilina y agarró con firmeza el detonador. Tenía el tacto y el tamaño de una estilográfica. Lo sacó lentamente y observó un pequeño circuito en la punta.
- ¿Es un receptor de radio?
- Creo que es un temporizador -opinó Chispitas.
- ¿Cómo va a ser un temporizador? -discutió Ortigosa con el casco-. ¿Y los numeritos de cuenta atrás?
- ¡Esto no es una peli, Ortigosa! -gruñó Irene con ganas de gritar-. ¿Por qué se van a molestar en poner numeritos de cuenta atrás?
- Las características del circuito hacen pensar en miniaturización y bajo coste -apuntó Chispitas.
- ¿Qué quieres decir Casco de Moto? -se preocupó Berta.
Irene tragó saliva.
- Que les da igual numeritos o que un par de cargas fallen o no -comprendió Irene-. Mientras revienten las suficientes. El Pozo debe estar lleno.
- En este nivel -observó Chispitas-, capto al menos ciento treinta anomalías térmicas diferentes.
Pacino imaginó a Julián detrás agarrando a Spínola como quien trata de sujetar un pitbull.
No obstante, con rehenes de por medio, la situación requería un poco más de tactillo.
Tal y como Victoria había avisado, al fondo del cuarto de calderas había un yanki; pero con él, dos rehenes. En sus brazos y como escudo humano un chaval jovencito y flaco sudaba a mares amordazado y con las manos embridadas a la espalda.
En una silla de anea, también amordazado y atado, un señor mayor con barba de supertacañón miraba a su alrededor con bastante más preocupación que al yanki que encañonaba al chavalín.
Pacino aguantó la Detective frente al malo, sin encontrar línea de tiro.
Sólo debía distraerle, recordó.
- Vale, tranquilo hermoso. Relax beautiful. Si dejas el arma -trató de tranquilizar las cosas Pacino-, no tiene por qué palmarla nadie. Nobody palms. Ok?
- … the fuck did you just...? Stay there! You hear me! (*1)
Pacino se detuvo y puso las dos manos, palmas abiertas, a la altura del pecho tras guardar el revólver. El yanki tenía barba menos hipster que los anteriores y parecía inquieto, los ojos yendo de un lado para otro; habría escuchado los tiros. Se imaginaría que los de la puerta estaban acabados. Observó Pacino cómo trataba de alcanzar con la otra mano la muñeca de la que aguantaba el arma, pero era protegerse con el becario o activar la pulsera de Darrow, no las dos cosas a la vez.
Volvió a apuntarle Pacino con el revólver, al ver que igual se les teletransportaba.
- Mira tío -suspiró-. Deja al chavalín y hablamos. ¿Qué quieres? ¿Una hamburguesa de queso? ¿Un helicóptero? Qué.
- I want you to stay there, you faggo...! (*2)
El tiro de Alonso salió entonces seco y preciso, por sorpresa y desde el lado, atravesando la sien del americano.
Como resultado, el becario quedo cubierto de sangre y se desmayó al lado del cadáver.
Victoria acudió a desatar al viejo, mientras Pacino se dedicaba a registrar al hombre sin media cabeza y Julián, a su lado, trataba de reanimar al becario.
Spínola quedó mirando alrededor arma a punto, junto a Alonso, desconfiado.
- ¿Dónde está el resto? -preguntó Victoria al viejo-. ¿Qué ha pasado?
Pacino encontró poca cosa en el cuerpo del mercenario, excepto un comunicador de radio y una nueva pulsera de Darrow.
Con la de Coruña y la de Tenerife, hacían tres.
- Se han llevado a Martina al cuarto de atrás -explicó el viejo-. Juan Ramón está con ellos. Son cuatro soldados más y una mujer.
- La oceánica -gruñó Spínola al oírle-. ¡Está aquí!
Un súbito temblor sacudió suelo y paredes, acompañando a las tuberías, que parecieron estremecerse al unísono.
- ¡Qué coño ha sido eso! -murmuró Julián-. ¿Han activado el explosivo?
- Debemos seguirles y acabar con ellos ya -ordenó Spínola-. ¿Dónde está ese "cuarto de atrás"?
- Es la puerta que está a ese extremo -explicó el viejo-. ¡Pero no pueden irse! -protestó-. ¡Deben ayudarnos a evitarlo!
- ¿Evitar el qué?
El viejo se levantó en cuanto Victoria rompió sus bridas y se puso a buscar como loco bajo un montón de archivadores y papeles tras uno de los escritorios volcados. ¿Dónde está?, decía. ¡Dónde coño está!
- ¡Han bloqueado el Pozo cerrando todas las válvulas! -explicó entonces, como si aquello tuviera sentido-. ¡Las conducciones no aguantarán mucho más tiempo!
- ¿Pero qué...? -gruñó Spínola, como todos, sin comprender.
Otra sacudida en el suelo. ¿Un terremoto?
- ¡Es la sobrecarga! -chilló el becario al volver en sí-. ¡Vamos a entrar en sobrecarga!
(*1) ¿...qué cojones acabas de...? ¡Quédate ahí! ¡Me oyes!
(*2) ¡Quiero que te quedes ahí, mariconaz...!
Irene volvió a sentir un nuevo temblor conforme sacaba del enésimo ladrillo de C4 el correspondiente detonador.
No eran explosiones.
No en el Pozo, al menos.
Berta apareció con una carretilla y empezó a amontonar los bloques de plastilina por el suelo para sacarlos por allí.
- ¿Qué ha sido eso? -chilló Ortigosa-. ¿Ahora nos viene un terremoto?
Irene oyó entonces el ruído de hombres por la escalera y al asomarse vio a Ernesto coordinar varios grupos. La caballería había llegado. Serían unos cincuenta entre unidad militar de emergencias y artificieros, todos acompañados por perros rastreadores.
- ¡Diles que busquen ladrillos disimulados de C4! -chilló Irene desde su nivel-. ¡Hay a cientos! ¡Nivel diez, veinte y treinta y cinco! ¡Y luego el resto!
- ¿Qué hay de los temblores? -chilló Ernesto desde arriba-. ¿Ha detonado alguna carga ya?
Irene iba a contestar que ni puta idea, pero Chispitas dejó de escanear más anomalías para interrumpir justo en ese momento.
- Creo que algo está pasando en ingeniería, Irene Larra -advirtió Chispitas-. Pide que envíen hombres allí. ¡Temo que algo tan grave como la destrucción del Pozo esté a punto de suceder!
Edit: Siento la tardanza. Quedé atrapado en la dimensión sobrina (no me arrepiento de ello) y no pude cumplir plazos. A ver si avanzo antes de Navidad...
