Capítulo beteado por Sarai GN (Betas FFAD)

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Disclaimer: Los personajes pertenecen a la señora Meyer, la trama es de mi autoría y está registrada en Safe Creative bajo el código 1308175603002. Di no al plagio.


CAPÍTULO FINAL! Gracias a Sarai, mi hermosa y aguantadora beta y a Yanina, mi luz en la oscuridad, las quiero mucho.

Disfruten el capítulo final.


¿Bella? —Era Alice. Yo lo sabía. Sin pensarlo, abrí la puerta y de la impresión me dio un mareo.

Eran verdad los rumores —habló en tono amargo la madre de Edward. Como acto de defensa, me hice hacia atrás y abracé mi vientre. Miré a Alice y ella lloraba. Su cara era de disculpa—. Me alegra saber que seré inmensamente rica... ese niño será el heredero de toda la fortuna Cullen—Vulturi. —La miré confundida. No sabía de qué hablaba—. Veo que Edward no te lo dijo, así que te lo diré yo.

No le creas, Bella —intervino Alice.

Tú cállate, metiche. —Aún no entraban a la casa—. Edward nunca te lo dijo, pero si tuvo ese bebé contigo, es porque es tan ambicioso como yo. Sabía que si él tenía un hijo con una Swan, la herencia de todos los socios seria de él, y lo logró. Jugó contigo, querida. —Dicho esto, no lo soporté más y me acerqué a mi querida suegra para plantarle una fuerte bofetada. Quizá más tarde hablaría con Edward.


—¡Pero qué te has creído, maldita mocosa! —La madre de Edward sostenía su mejilla con sus manos.

Yo estaba roja del coraje, cómo se atrevía esa mujer a comparar a Edward con ella, mi gordo no era como su madre y lo defendería a capa y espada. Yo sabía que ésta mujer mentía, no permitiría que me hiciera dudar de él, eso lo arreglaríamos como la pareja que éramos, solo nosotros dos.

—Le voy a suplicar —comencé con voz lenta, no asustaría a cosita, suspiré y miré a Alice. Lloraba. Su madre con ojos de un odio profundo no se movía de su lugar. Quizá estaba en shock, no pensó que esa sería mi reacción. Más no sabía que Isabella Swan era una nueva mujer—, que se largue de mi casa. No permitiré que Edward se lleve una terrible decepción al ver la clase de madre que tiene...

—No voy a permitir que me hables así —gritó la mujer—. Tú no eres nadie para echarme de la casa de mi hijo —enfatizó la última palabra.

—Tal vez tenga razón, pero seré la madre de mi bebé y no permitiré que se le acerque. —Mi voz seguía baja.

—Eso ya lo veremos, Edward va a permitir que me acerque a mi nieto. De eso me encargaré yo —finalizó segura.

—No lo creo, madre. —Desviamos la vista hacia donde esa voz conocida provenía—. Yo soy el primero en no dejar que te acerques a mi hijo. —Nadie dijo nada.

Trató de dar un paso adelante, hacia donde Edward estaba parado viendo la escena de gritos que se desarrollaba delante de sus ojos. Pero para sorpresa de la mujer, su hijo retrocedió, obligándola a no moverse de su lugar.

—Edward —dijo Alice en un murmullo.

Mi chico nos miraba a todos con ojos tristes, sin brillo. Ahogué un gemido de dolor, él se había dado cuenta de todo. Era obvio que había estado escuchando.

—Edward, hijo... yo —trató de hablar su madre.

—No trates de cambiar las cosas, madre, he oído lo suficiente —habló sin emoción alguna.

Todos nos encontrábamos en la entrada de la casa, yo con ganas de abrazar a Edward y decirle que todo estaba bien, pero era imposible. Tarde o temprano ésta dolorosa verdad se sabría y ese día llegó.

—Perdóname, hermano. —La pequeña Alice no controlaba el llanto—. Yo lo sabía y nunca te lo dije, dejé que ustedes corrieran peligro solo por el bienestar de la familia y tener una mejor calidad de vida. Nunca lo valoramos, Edward, nunca me di cuenta el verdadero peligro que corrían, me dejé cegar por mi madre. ¡Perdóname, por favor! —Al ver el estado de Alice, comencé a llorar. Edward se alejó de su madre y abrazó a su hermana.

—Tranquila, cariño. —Besó su frente—. Todo estará bien, tú también sufriste por su... culpa. —Volteó a mirar a su madre—. Aguantaste muchas cosas, todos tenemos un poco de culpa en esto, cariño. —La abrazó. Me sostuve de la puerta ya que mis piernas se sentían de gelatina.

—¡Basta! —gritó la señora Cullen—. Yo soy culpable de todo. Yo hice muchas cosas y me arrepiento. —Levantó las manos al aire—. Todo por ustedes, por nuestro bien. No soportaba vivir en una vida de porquería, en una vida de pobretones donde no valíamos nada, donde nadie nos miraba, éramos fantasmas para todos. Tú te volverías un subordinado, tu padre un trabajador mediocre de supermercado, tu hermana una madre soltera viviendo en celibato con un muerto de hambre, Emmett en un maldito borracho y vagabundo. —Miró a Edward—. Y por si fuera poco yo, una mujer de clase, viviendo en una pocilga solo por la maldita pobreza. ¡Eso jamás! —Limpió con fuerza unas lágrimas que escurrían por sus mejillas.

Me encontraba anonadada, unas horribles ganas de vomitar llegaron a mí. Cerré los ojos y apreté con fuerza la madera de la puerta. Agradecí infinitamente que no tuve una madre como ella, una persona doble cara que en realidad no se amaba ni a ella misma. Me di cuenta que amaba a mi madre, a ella sí se le podía decir así, no como a Esmerald Cullen, la mujer más despreciable del planeta.

—Y por si nunca se dieron cuenta... siempre, toda la vida supe a qué se dedicaban y nunca les dije la verdad. —Miré a Edward y a su hermana. No sabía qué hacer, era la primera vez que veía llorar a Edward Cullen, el hombre fuerte y frío de negocios negros. No era nada agradable verlo así. Ambos lloraban por decepción y yo por coraje hacia esa mujer. Era mala y de piedra. Había roto el corazón de sus hijos y no se le podía llamar madre—. Ni su padre ni ustedes supieron nada y fue mejor para llevar a cabo mis planes. —Sonrió y pasó sus manos por su cabello—. Y ahora con éste heredero seremos mucho más ricos. —Sonrió con amargura.

Ésta mujer estaba trastornada y todo por el dinero. No dejaría que se acercara a mi hijo, cosita ni era una mina de oro ni nada que se le pareciera, y no dejaría que tuviese que ver con los asuntos de su padre. Mucho menos recibir dinero sucio.

—No sigas, madre —pidió Alice en su susurro.

—¡Usted jamás se acercara a mi hijo! —hablé después de varios minutos. Las miradas fueron hacia mí—. La quiero fuera de mi vida y de la de Edward. —Seguía sostenida de la puerta ya con la respiración agitada. —Es mala... —Cerré los ojos. La debilidad se apoderó de mi cuerpo. Sentí cómo me tomaban por la cintura y tuve la necesidad de recostar mi cabeza en el hombro de esa persona. Al notar el olor, supe que era mi gordo.

—Tranquila, pequeña, respira amor. —Asentí y lo hice. Su voz se notaba decaída y triste. Mi chico sufría y no podía hacer nada por su dolor.

—¿Que está pasando aquí? —No recordaba que Santiago estuviera aquí.

—Llévate a Bella de aquí, luego te explico. —Negué, no quería dejarlo solo—. Vamos, nena, Alice irá contigo. Por el bien de cosita. —Abrí los ojos y traté de sonreír. Alice se acercó a mí y me abrazó, hice lo mismo.

—Tú no vas a ningún lado —gritó su madre. Volteó y sonrió sin ánimo.

—De hoy en adelante, madre, haré lo que en años nunca hice, me alejaré de ti por mucho tiempo. Te recuerdo que por tu culpa —señaló y se acercó a ella—, perdí a mi hijo. Una muerte traes sobre ti. —La mujer negó—. Perdónate madre y arrepiéntete, de lo contrario perderás a tu familia completa y ahí sí, te seguro que serás un completo fantasma. —La mujer sollozó fuerte y se dejó caer al suelo. Ahora sí sufría. Estaba viendo su verdadera realidad, notaba que el dinero no lo era todo en la vida.

Volteé antes de entrar a la casa y cerrar la puerta, Edward trataba de levantar a su madre. De corazón deseaba que sus problemas se arreglen y que esa mujer recapacitara por su bien y el de su familia.

Una vez adentro, Santiago enseguida me subió a la habitación, estaba muy nerviosa. Alice se recostó a mi lado en la cama y tocó mi vientre. Ambas llorábamos, sentimientos encontrados nos embargaban.

—Iré por un té. —Mi amigo salió del cuarto. Un profundo silencio se apoderó del lugar.

—Lo siento mucho, Alice, yo no pensé que esto pasaría tan rápido. Tanto Edward como tú sufren y no puedo hacer nada por eso. —Cerré los ojos. Alice sollozaba fuerte.

—Me alegra que Edward lo sepa todo. —Su mano hacía caricias tiernas en mi estómago—. Él no merecía seguir en la mentira, mi madre no es la persona que aparenta ser. Todos sufrimos por ella, hasta mi padre. Me siento triste por ella, nos decepcionó a todos, pero el que se llevará la peor parte será mi padre. —Cerré los ojos y pensé en el señor Cullen, la última vez que nos vimos no fue la mejor. Pero él también se dejó llevar por las palabras de mi querida hermana, más no por esa razón deseaba que pasara por ésta situación—. Pero estoy segura que de ahora en adelante todo va a mejorar, Isabella, algo me dice que podremos vivir en paz. —Le sonreí. Me senté en la cama. Ella no se movió.

—Te extrañé, Alice. —Me miró con reprobación—. Sí, ya sé lo que me dirás, que no debí haberme ido de esa manera, pero era lo mejor. Tenía que ser libre y tomar bien mis decisiones y creo que lo estoy logrando.

—Te entiendo, además de admirarte, yo tendría que haber actuado como lo estás haciendo tú, pero no luché, Bella, me dejé vencer rápido y no tomé mis propias decisiones. Me arrepiento tanto, ahora mi bebé estaría grande y sería tan feliz con Jasper. Pero preferí la fama a mi felicidad y eso jamás me lo voy a perdonar.

—Alice, tienes que dejar atrás el pasado y mirar hacia delante, sino no podrás ser feliz. —Trató de sonreírme—. Sé que será difícil, pero no imposible.

—Gracias, Bella, tus palabras me ayudan mucho. —Volví a acostarme y cerré los ojos. El sueño me consumía.

—Y a mí el verte. Gracias por el camisón. Es hermoso.

—Así pronto espero verme yo —murmuró. Lo último que sentí fue su mano acariciando a cosita.

Una fuerte patada me despertó, abrí los ojos y noté que estaba muy de lado aplastando un poco a mi bebé.

—Lo siento —dije palmeando mi barriga y acomodándome hacia el otro lado de la cama.

El cuarto estaba oscuro y el sonido de la lluvia me hizo darme cuenta que ya era de noche. Miré alrededor de la habitación esperando encontrar a Edward, pero no estaba ahí. Alguien me había cobijado y quitado los zapatos. Me acerqué al reloj del buró, eran las doce de la noche.

Preocupada, me levanté con sumo cuidado a buscar a mi gordo, no sabía en qué términos había quedado con su madre. La cocina estaba a oscuras, al igual que la sala. Solo había un lugar en el cual no pensaba entrar: el cuarto de mi bebé. Me acerqué y por debajo de la puerta noté el resplandor, Edward estaba ahí. Toqué dos veces hasta que escuché pasos acercarse, me di la vuelta y regresé a la habitación. Supuse que pronto Edward llegaría. Me dirigí al baño a lavarme los dientes y la cara, me quité el camisón, no quería seducir al gordo ni nada por el estilo, pero juro que tenía demasiado calor y prefería solo andar en bragas.

Cuando salí, Edward ya estaba acostado en la cama y con la mirada perdida en el techo, sus ojos reflejaban cansancio. Me le quedé mirando parada en la puerta del baño.

—Ven aquí, pequeña seductora. —Me miró y palmeó la cama. Caminé y me acosté a su lado siendo cobijada enseguida por sus brazos.

—¿Pensabas dormir en el cuarto de cosita? —pregunté, mirándolo y besando su brazo.

—No podía dormir ni dejar de pensar, así que terminé en ese cuarto. —Acariciaba mi espalda de arriba a abajo—. Me da paz y alegría, pronto lo tendremos con nosotros. —Bajó su mano a mi vientre.

—¿Dónde está Alice? —Recordé que ella se había recostado a mi lado.

—En el cuarto de visitas. —Besó mi frente—. Al parecer se tomará unas vacaciones antes de la premier de su película. —Asentí y nadie dijo nada. Era evidente su tristeza.

—¿Quieres hablar de ello? —pregunté temerosa.

—Ahora no, pequeña. —Le sonreí y me acerqué a besar sus labios—. Prometo contarte todo, pero no ahora.

—De acuerdo, cariño. —Me acercó más a él.

—Prométeme que no dejarás que la odie, Bella. —Cerró sus ojos y una lágrima bajó por su mejilla, la limpié con delicadeza—. Que estarás a mi lado el día que ella venga y pida disculpas. —Abrió los ojos y más lágrimas bajaron.

—Te lo prometo, Edward. —Besó mis labios y con eso supe que jamás dejaría que mi chico aprendiera a odiar.

—¡Estarás desnuda! —casi gritó Santiago—, atada en una cama y todos te verán. —Miró a Kate y ésta no podía parar de reír—. Deja de reírte de mí, bombón, pero yo no dejaría jamás que tú salieras así. —Miró a Jasper—. ¿Cómo es posible que lo permitas? —Edward reía al igual que todos.

Hacía una semana desde que todos habían descubierto a su madre. Una semana que se había separado de su esposo Carlisle. Una semana en donde Edward andaba triste. No soportaba verlo así, pero lo entendía.

Alice estaba en nuestra casa, Jasper la había alcanzado aquí, ella necesitaba despejarse y estar relajada. No sé cuánto tiempo estarían, pero me encantaba su compañía. Mis amigos se quedaban en casa de mi madre, esperarían el nacimiento de cosita para regresar a Londres, pronto la casa estaría más llena.

Edward aún no me explicaba cómo había quedado con su madre. Lo único que me dijo es que la perdonaría, pero que primero tenía que perdonarse ella, mientras, no la quería cerca de nuestro hijo y menos de nuestra familia. Me sentía mal por ella, pero la decisión ya estaba tomada.

Alice nos contaba que su película se estrenaría en unas pocas semanas, casi el día de San Valentín y Santiago no se lo podía creer.

—No lo permito, pero es una mujer muy terca y no me quedó más que aceptar. —La abrazó.

En la mesa desayunábamos todos juntos. Yo no podía comer ya demasiado, la panza ya no me lo permitía, además de no poder dormir boca arriba, sentía que me ahogaba, era normal ya que en pocos meses cosita estaría en mis brazos.

—¿Cuándo vas a New York al estreno, Alice? —le pregunté, acariciando mi barriga.

—Me voy la otra semana, serán meses los que andaré de gira, pero mi guardaespaldas no me dejará. —Besó juguetonamente a su novio—. Pero te prometo, Bella, que estaré aquí para el nacimiento de cosita.

—Eso espero, enana —dijo su hermano—, pero yo no te prometo ir a tu premier. No veré a mi hermana desnuda en una gran pantalla. ¡Eso jamás! —Y todos nuevamente nos reímos.

Los meses comenzaron a pasar y mi panza a crecer cada vez más y más. Mi relación con Edward se fortalecía, no éramos una pareja perfecta. De vez en cuando peleábamos, nada grave, pero nos molestábamos por horas. Debo decir que el sexo de reconciliación era divertidísimo, cada vez perdía más la vergüenza y era más atrevida. Aunque ya me cansaba más.

Mis estudios los dejé durante bastante tiempo, cuando estuviese lista regresaría a la universidad.

Mi padre ya estaba en casa con mi mamá, todos esperando a cosita. Mis amigos y hasta Tanya, que ya sabía quién era, estaban emocionados por la llegada del bebé.

De Anabella no sabía nada, pero sí de Rosalie. Hace poco tiempo llamó para pedir disculpas. Edward estaba bastante molesto, pero acepté disculparla, más no ser su amiga.

Los chequeos que me hacia la ginecóloga indicaban que todo estaba muy bien. El parto estaba programado para el 24 de marzo, casi tres semanas faltaban para esa fecha. Estaba nerviosa, tenía miedo de que algo saliera mal.

—Todo va a salir bien, cielo. —Mi madre me daba masajes en la espalda. Ésta dolía y ya me daban más fuertes las contracciones—. Tienes que estar relajada para permitir que el bebé se acomode para salir. —Asentí—. Además, Edward estará a tu lado, no te dejará sola.

—Lo sé. —Me acostó y acomodó en sus piernas, comenzó a acariciar mi cabello—. Es increíble cómo es la vida, mamá, después de que nunca tuve nada, ahora lo tengo todo. —¡Mierda! Ya estaba sentimental—. Edward al principio era muy duro, pero ahora es tan cariñoso y comprensivo que incluso pienso que es otro. —Reí y una lágrima cayó—. Y tú con papá son tan buenos, los quiero tanto. —Besó mi frente.

—Yo también te quiero. Y voy a querer tanto a mi nieto. —Las dos estábamos de lloronas.

—La quiero ver —dije mirando a mi madre.

—¿Estás segura? —Asentí—. Hace tiempo que está aquí en Monte Carlo, pero decidí esperar a que tú tomaras la decisión por ti misma. Está cambiada, Bella, y arrepentida por lo que pasó.

—No te diré que será mi hermana favorita, pero prometo tolerarla. —La abracé y seguimos platicando de distintos temas.

—Deja de ver eso. —Irónico, pero la que dijo eso fue Rosalie Hale, mi ex archienemiga. Estaba en casa con Emmett, hacía dos días de su llegada. Tomaban la venida de mi pequeño o pequeña como vacaciones. No éramos grandes amigas, pero sus consejos sobre bebés eran buenos. Su bebé de casi un año dormía en su regazo—. Solo te vas a traumar. —Tomó el control y me cambió el programa que veía.

—Lo sé, pero quiero ver cómo tengo que actuar y cómo no —expliqué. El programa que veía era Un bebe por minuto* en Discovery, también Edward me regañaba.

—Créeme, en el momento que vayas a dar a luz, todo lo que hayas ensayado se olvida. Nada es como lo pintan y más en la tele. —Acarició la cabeza de su pequeño—. Sammuel era enorme y eso no lo esperábamos, después de muchas horas lo tuve en mis brazos, y no es por ser mala, pero no fue nada fácil. —Besó a su bebé—. Pero vale la pena. —Sonreí.

—A pesar de que sé que duele demasiado, no veo la hora de tenerlo en mis brazos. —Acaricié mi barriga.

—Es la mayor recompensa —aseguró y la miré—. Me alegra tenerte aquí —hablé con sinceridad. Su mirada fue de sorpresa.

—Me alegra que no me echaras de tu casa —negué a sus afirmaciones—. Lo siento.

—Olvidado —dije—, pero promete que me enseñarás a amamantar —pedí.

—Es instinto, Bella, ya lo verás. —Y después de eso, Rosalie y yo vimos programas para mamás.

—Te he dicho que te amo —susurré. Mi gordo estaba acostado y yo sobre su brazo, de lado. Ambos desnudos después de haber hecho el amor con delicadeza.

—No lo creo, vuelve a decirlo. —Su mano vagaba por mi vientre. El cual ya estaba a punto de reventar.

—Te amo. —Me volteé y besé sus labios—. Te amo —beso— te amo —beso— te amo. —Con cuidado me tomó por la cintura y me sentó a horcajadas sobre él. No despegamos nuestros labios.

—Yo te amo más —dijo besándome. Alineó su sexo con el mío y cuando estaba a punto de entrar… ¡zas!—. ¡Mierda! —casi gritó y yo cerré los ojos al sentir cómo me sentaba en sus piernas y un líquido caliente escurría por mis piernas. Ambos nos miramos con ojos muy abiertos.

—No entremos en pánico, pero Edward... —Un dolor fuerte atravesó mi vientre—. Faltaban casi dos semanas —dije más para mí misma.

—¿Me estás dando a entender que has roto fuentes? —Asentí. En ese momento me dio una fuerte contracción.

—Duele, duele... —Cerré los ojos. Apreté mis manos para no gritar—. ¡Mierda! —grité—, juro que me preparé para esto Edward, pero esas malditas respiraciones no sirven para nada. —Apreté los dientes.

—Tranquila, pequeña. Respira, amor, vamos a darnos un baño parar vestirnos e ir al hospital. —Asentí—. ¿Aún soportas los dolores? —Asentí.

—Pero rápido, tengo miedo que el tiempo se pase y algo malo le suceda a cosita. —Me levantó y nos dimos un baño de cinco minutos. Me puso unas bragas y una bata. Él se vistió con unos bóxer y su pantalón de mezclilla con...ya no supe. Cerré los ojos cuando otra contracción me atacó—. Casi siete minutos, están rápidas, Edward. Llámale a mi mamá, papá, todos, ¡pero vámonos ya! —grité, respirando rápido. Éste dolor valdría la pena, cosita estaría en casa pronto.

—Aún con los dolores piensas en todo. —Me frené y lo miré con ganas de pasarle mis dolores, pero eso no era posible—. De acuerdo, llamaré a todos.

Buscó la pañalera de color amarillo y salimos hacia el carro. Me cargó para llegar más rápido. Las contracciones eran ya más seguidas. Cuando llegamos al hospital todos estaban ahí, hasta James con Anabella. Eso fue raro, pero no era el momento de preguntar.

Rápido nos instalaron en un cuarto, la ginecóloga ya estaba ahí. Todo fue tan deprisa, de pronto ya estaba en sala de partos. La doctora dijo que era normal que se adelantara debido a que era madre primeriza.

Pedí la epidural pero ya no fue necesaria, ya estaba todo más que listo. Edward entró conmigo y todo comenzó.

—Cuando sientas la necesidad de pujar, hazlo, Bella —dijo la doctora—, tienes diez centímetros de dilatación, el bebé está cerca, solo pujarás poco, te lo aseguro. —Di varias respiraciones seguidas y asentí.

—Vamos, amor, tengamos a nuestra pequeña en nuestros brazos. —Lo fulminé con la mirada.

—Eres un... ¡Dios! —grité cuando una contracción vino y pujé fuerte.

—Otra más y sale su cabecita, Bella. —Lágrimas se deslizaron por mis mejillas. Gracias a Edward sabía que sería una nena, una preciosa niña.

—Arruinas las sorpresas, Edward —grité—. Te dije que no quería saber —regañé.

—Lo siento, lo siento. —Le apreté la mano y otra contracción vino. No tuve tiempo de respirar cuando otra más vino y sentí claramente cómo algo salía y un gran alivio me invadió. Segundos después un hermoso llanto inundó la habitación. Mi gordo y yo nos miramos, me besó y ambos nos limpiamos nuestras lágrimas de felicidad.

—Una niña —dije sonriendo.

—Te amo, Bella, tenemos una princesa. —De pronto nos acercaron a nuestro bebé y Edward la cargó. Cuando le iba a dar un beso en su regordeta mejilla, abrió sus hermosos ojitos y una de sus manos se posó en mi mejilla, su llanto se calmó. Fue como si supiera quién era yo—. Es perfecta —dije agotada.

—Sophia —murmuró.

—Alexa —contesté. Reímos.

—Sophia Alexia Cullen Swan —concluyó, y juntos besamos por primera vez a la nueva razón de nuestra vida.

Así que, un doce de marzo a las doce y media de la madrugada nació mi pequeña. Pesó tres kilos y cuatrocientos gramos, su medida fue de cincuenta centímetros, con una calificación de diez.

Jamás pensé ser madre a los veintiún años de edad, pero así era la vida, inesperada.

—Tengo miedo. —Acariciaba tiernamente la mejilla de cosita. Aunque ya tenía un nombre, casi nadie le llamaba así, todos le decían por su apodo. Ella estaba sobre mi estómago, su cabecita entre mis pechos. Edward me miraba desde el sillón, trabaja en su laptop.

Hacía un mes desde que mi pequeña había nacido. Mi familia y amigos regresaron a sus vidas de siempre, más el gordo y yo no decidíamos aún qué hacer. Monte Carlo seguía siendo nuestro hogar.

Mi pequeña era un angelito, lloraba cuando tenía hambre o cuando no nos sentía cerca. Además de sus momentos de berrinches, cuando no lograba sacar leche de mis pechos. Al principio fue difícil, pero Rosalie tenía razón, el instinto te enseña cómo hacer correctas las cosas.

Amaba ver a Edward cambiarle los pañales o bañarla, era tan miedoso. Era difícil ser padres, más no imposible. Mi gordo trabajaba desde casa, pero eso no era suficiente ni para él, ni para mí. No por el miedo o inseguridad estaríamos siempre encerrados, la vida seguía y la enfrentaría a su lado.

Mi cuerpo estaba regresando a su lugar, el dar pecho me hacía bajar rápido de peso y el resultado era muy bueno. Aún no había nada de sexo, la doctora recomendó esperar cuarenta días y ya casi se cumplían. Edward no hacía nada fácil ésta tarea, constantemente me quería hacer caer en sus redes, había veces que estaba a punto de lograrlo pero el llanto de cosita nos lo impedía.

—¿Me dijiste algo? —preguntó Edward mirando a la pantalla de su laptop. Cosita se removió buscando nuevamente mi pecho, le pegué leve en su espalda. La traía vestida con un mameluco rosa y orejitas de conejo, simplemente hermosa. Su cuarto era digno de una princesa, aunque dormía con nosotros aún, pero pronto lo ocuparía.

—Que tengo miedo —repetí y alcé mi blusa para darle de comer a mi bebé. Abrió sus ojos y pegó su boquita a mi pecho, como era su costumbre buscó mi mano y agarró mi dedo, besé su frente. Miré a Edward quien de plano me ignoraba, iba a reclamarle su atención cuando de pronto su celular sonó.

—Edward Cullen —contestó con frialdad—, eso estoy viendo... —Lo vi sonreír—. ¿Cuándo fue? —Silencio unos segundos. Yo jugaba con la mano de mi hija—. ¿Ningún herido? —Eso no me gustó—. Bien. —Parecía aliviado—. ¿Tengo que estar ahí? —Lo miré. No quería que me dejara sola, si alguien de los Black o Vulturi se enteraba de nuestro escondite, mi hija y yo corríamos peligro—. Bien, me mantienen informado —y colgó. Besé a mi hija, quien nuevamente se estaba quedando dormida. Mi gordo se acercó a nosotras, se acostó a mi lado—. ¿Miedo a qué? —Me miró. Tomé una de sus manos entre la mía, mientras con la otra sostenía la espalda de cosita.

—A que nos encuentren y por venganza le hagan algo a nuestra hija o a ti. —Estaba preocupada—. Mucho tiempo de paz y felicidad no es bueno, Edward. —Él me sonrió y besó los nudillos de mi mano.

—Te puedo asegurar que nada malo nos pasará, pequeña. —Jugaba con mis manos.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —pregunté dudando.

—Lo estoy porque me acaban de avisar que detuvieron a los Black y algunos de los Vulturi en una emboscada. —Abrí mis ojos como platos. No me moví por miedo de despertar a mi pequeña—. Al parecer la lucha de poderes ha terminado —habló confiado.

—¿De verdad? —Asintió—. Tú no estás involucrado, ¿cierto? —negó.

—A veces es bueno tener una relación con la hija del próximo presidente. —Besó mis labios.

Sonreí y estuve a punto de gritar de felicidad, toda esa maldita guerra había terminado y mi familia no corría peligro.

Me moví con cuidado en la cama, me había quedado dormida con mi hija a un lado mío, tanteé y ella no estaba.

—¿Edward? —pregunté antes de entrar en pánico—. ¿Edward? —volví a llamar, no recibí contestación. Me levanté rápido y me acerqué primero al cuarto de nuestra princesa, la puerta estaba abierta y la luz encendida.

—La vi en un bar —murmuraba mi gordo, me paré en la entrada del cuarto sin hacer ruido, era increíble ver la relación padre e hija. Mi chico duro en plan tierno. Si me hubiesen dicho que viviría esto, jamás lo habría creído—. Ella tan seria y espantada, me miraba como si yo fuera un ogro o un matón...—negué y sonreí. Las piernas de Edward estaban encogidas y sobre sus muslos estaba mi chiquita—. Bueno, cielito, tu padre es mal encarado pero no era para que tu mami me viera así. —Besó la punta de su nariz—. No sé qué hice para merecerlas, cariño, pero quiero que sepas, mi princesa, que las voy a hacer inmensamente felices a las dos. —Alexa comenzó a mover sus piecitos y brazos como si estuviera feliz por lo que su padre le estaba diciendo—. Eres tan hermosa como tu madre. —Le hizo cosquillas en su pancita con su pequeña barba, pero era aún muy pequeña y por eso iba a regañar a Edward.

—Y también tienes mucho de tu padre —hablé bajo también. Metí mis manos por su cintura y lo abracé con cuidado—. Te amo, ¿sabes? Pero no puedes tener a la niña así en tus piernas. —Besé su mejilla—. Es muy pequeña aún, cariño y además no debes quitarle su gorrito o se puede resfriar y no me gustaría que se nos enferme. —Tomó a la niña en sus brazos sin yo soltarlo y besó su mejilla.

—Trae su gorro, no queremos que se enferme. —Fui por él y se lo puse.

Me senté en la cama y los miré. Edward le murmuraba algo que no entendía, logrando que ella se durmiera.

—Gracias, Edward. —Me miró desconcertado—. Gracias por confundirme y darme éste regalo. Te amo con todo mí ser, sin ti yo no sería nada. —Caminó hacia mí, me tendió a Sophia y la tomé en mis brazos. Él se sentó detrás de mí y me acomodé entre sus piernas. Besó mi mejilla.

—Solo te puedo decir que jamás te irás de mi lado, siempre las voy a amar, son mi vida, Isabella, mi vida.

Pasaron dos meses más y decidimos regresar a Seattle, ahí estaba nuestro hogar. Cosita era la beba más hermosa del mundo. Estábamos en junio y ella tenía tres meses, sus ojos eran igual que los de Edward y su cabello era castaño claro. Los sonidos que emitía, lograba que acabara toda llena de babas, se veía adorable. Sus sonrisas no las cambiábamos por nada.

Nuestra familia se fue uniendo más y más. Con Anabella las cosas mejoraron, para mi sorpresa salía con mi amigo clandestino, James, y al parecer ya planeaban casarse, iban rápido.

—Hola, hermanita —dijo mi gemela malvada con mi hija en brazos. La miré seria.

—Te tolero, Anabella, pero yo creo que aún no hemos llegado hasta ese grado de confiancita linda —sonrió y se puso de frente a mi hija.

—A tu madre le falta su hombre, bonita. —Pegó su nariz a la de mi nena y jugueteó—. Está tan amargada.

—Pusimos reglas, Anabella, y no las estás respetando —dije de mala gana, secándome las manos y dejando de lavar las verduras para la comida—. Nada de hermanita, nada de venir a mi casa cuando yo estuviera sola...

—Ya, ya, ya... —No podía confiar en ella, ésta vez se había volado la barda. Se suponía que no me visitaría si no venía con mis padres, aún no superaba su adicción, tal vez un día se le metiera algo en la cabeza y nos quisiera hacer algo—. Déjate de dramas, Swan. —Con cuidado le quité a mi hija de sus brazos—. Confía en mí.

—¿Por qué debería de hacerlo? —Le limpié la baba a Lexie—. Te recuerdo que ya trataste de matarme y no fue nada agradable. —Pasó sus manos por su cabello. Ahora sí parecíamos gemelas. Ya no era rubia, aunque se seguía vistiendo glamorosa, algo que yo le estaba aprendiendo pero ella no se daba cuenta.

—Debes confiar en mí porque me han dado la oportunidad de volver a vivir, de poder ser feliz con la gente que quiero. —Una lágrima rodó por su mejilla—. Y si no consigo tu perdón, Isabella, no podré seguir adelante. —Salí de ahí para cambiarle el pañal a Sophia, sus pasos se oían detrás de mí—. Isabella, sé que te hago daño, que me odias porque te alejé de mis padres en cierto modo. —Me estaba manipulando. Llegamos al cuarto y puse en su porta bebé a Lexie mientras buscaba su pañal—. Pero estoy arrepentida, estaba cegada por las malditas drogas. —Trataba de ignorarla—. Mírame, ¡maldita sea!—gritó.

—Cállate, que asustas a mi hija. —Fui a ver a mi ángel al ver que comenzaba a hacer pucheros—. Tranquila, cariño, es ésta loca mujer idéntica a tu madre, que grita como loca.

—Estaré loca, Isabella, y prometo largarme cuando me digas que estoy perdonada. Pero no porque te obligue, sino porque lo sientas.

—Ese es el problema, Anabella, que no lo siento y solo te digo que ésta noche no vas a oírlo. —Tomé a mi nena en brazos y antes de voltear a ver a mi hermana, se oyó cómo azotaron la puerta.

Nuestra relación de hermana a hermana iba lento, pero sí avanzaba.

La madre de los Cullen había regresado con Carlisle, pero éste le puso la prueba más grande llevándola a vivir a una pequeña casa, donde no tenía ninguna comodidad y aprendió la lección. Poco a poco se estaba acercando a sus hijos y a su nieta, yo me mantenía alejada de ella.

Cuando nos dimos cuenta, cosita ya tenía un año y comenzaba a dar sus pequeños primeros pasos.

—Despacio, corazón —dije caminado detrás de mí nena, apenas y comenzaba a caminar y ya quería correr.

—Am... am —dijo, llegando a las piernas de su padre.

—Hola, cielo. —Mi gordo la levantó en sus brazos y besó sus mejillas.

—Am... am —repitió, tornándose de un color rojo debido al coraje. Si algo había sacado claramente, era lo enojón del padre.

—Tiene hambre —dije ignorando a Edward, quien trató de tomarme por la cintura pero fui más rápida—. Dámela, le daré su papilla. —Le tendí las manos a mi pequeña pero su padre no me la quiso dar—. No empecemos, Edward, Lexie tiene hambre y ya sabes los berrinches que hace —advertí, quitándole con cuidado a la niña de los brazos.

—No empecemos otra vez, Isabella —habló molesto el gordo—. No pases los limites, niña. —Caminé hacia la cocina. Me senté en la silla con Lexie en mis piernas, le puse su babero y le comencé a dar su papilla.

—¿Niña?... Anoche cuando me follaste en el baño no decías lo mismo, querido —espeté molesta.

Hacía unas cuantas semanas que veníamos discutiendo sobre éste tema. Yo supuse que al detener a los Black y Vulturi esto de los malos negocios iba a acabar, según yo, Edward se olvidaría de los malos negocios y se dedicaría solo a su bufete de abogados, pero no fue así. Otros grupos lo seguían buscando, tanto a él como a su familia. Y por eso estaba disgustado.

—Cuida esa boca. —Le di otra cucharada de papilla a mi bebé.

—No trates de intimidarme con ese tono de voz, Edward. —Limpié la boquita de Lexie—. Hace tiempo dejo de funcionar. —Se sentó frente a mí y lo miré entrecerrando un poco los ojos—. ¡No, cosita!—casi grité cuando noté que mi niña había metido su mano en el plato, agarrando una buena cantidad de papilla y llevándosela a la boca, provocando que casi todo le cayera en su vestido—. Ven, es hora de un baño señorita. —La tomé en mis brazos y jugué con su nariz, haciéndola reír.

Subí las escaleras hacia su recámara, sentí los pasos del gordo detrás de mí.

—No me ignores, Isabella. —Lo cual hice a propósito—. ¡Bien! —gritó y azotó la puerta provocando que ambas nos sobresaltáramos. Lo fulminé con la mirada.

—Espantas a Sophie. —Comencé a desvestirla haciéndole cosquillas en su barriguita. Lanzaba patadas y balbuceaba por la risa—. Eres hermosa, cielo. —Le quité el pañal y ella tomó su pie mientras la llevaba a la bañera. Agradecía que el agua ya estuviera templada, gracias a la tecnología.

—Lo siento, cariño. —Se paró en la puerta del baño y se notaba preocupado—. Es mejor que hablemos después, Isabella. Regreso en la noche. Tengo una junta importante. —Se acercó y besó mi frente, para después hacer lo mismo con mi bebé.

El resto de la tarde la pasé en clases en línea mientras mi pequeña dormía, me preocupaba Edward al saber que seguía corriendo peligro. Tenía que hablar con él, estaba insegura y temerosa. Lo amaba y si algo le sucedía no podría vivir sin él.

Llegó la noche y acosté a mi bebé en su cuarto, dormía como un angelito. Regresé a mi habitación, y como siempre, dormí en bragas; ya era tarde y Edward no volvía. No pensaba en esas tonteras de que me fuera infiel, Edward no sabía mentir y cuando eso sucediera lo notaría. Por algo era bueno ser hija del próximo presidente, traía bien vigilado a mi novio.

Suspiré y sonreí, la vida sin problemas qué resolver no sería para nada divertida, así que tenía problemas qué resolver con el gordo. Seguía tan guapo como siempre.

—Dime algo. —Hacía unos minutos Edward había llegado a la habitación, ya estaba recostado a mi lado, yo fingía dormir—. Sé que estás despierta —dijo, tomando entre una de sus manos mi seno.

—Créeme que aunque me estés excitando no se me va a olvidar que estoy enojada contigo. — Al muy sinvergüenza no le importó, y cuando lo noté, ya había caído en sus redes y el maravilloso orgasmo nos embargó a los dos.

—Lo siento. —Estaba encima de su cuerpo después de haber hecho el amor—. Pero esto no es tan fácil, Isabella, no puedo así como así dejar o salirme de esto. Estamos tratando de legalizar todos los negocios y tienes que tenerme paciencia. —Lo miré—. Sabes cómo soy y así me conociste. ¿Me seguirás aceptando aún? —Besó fugazmente mis labios.

—Siempre. Pero tengo miedo por tu vida —confesé, besando su pecho.

—Nada pasará. Estamos bien protegidos y ya no hay lucha de poderes —aseguró—, además el dinero que se obtiene lo utilizamos en el estado y en otra cosa que no te diré —reconoció, dando un toquecito juguetón a mi nariz con su mano.

—¿Una sorpresa? —Asintió—. ¿Cuándo lo sabré? —indagué, poniéndome a horcajadas sobre él.

—Pronto —confirmó, poniendo sus manos en mi espalda baja—. ¿Sabes? —Bajé a sus labios, pegué nuestras frentes.

—Mmm —dije jugando con nuestras narices.

—Me debes los cinco primeros meses de embarazo. —Abrí mucho los ojos de la sorpresa—. Creo que los tienes que pagar.

—Edward... Sophia está chiquita aún, no será fácil tener otro bebé —excusé, acomodándome en mi lado de la cama, hasta las ganas de seducirlo se me habían ido.

—Pero nos salen muy bonitos. —Ahora él se puso encima de mí, haciendo un dulce puchero.

—Prometo pagarlos, pero no por ahora, Edward —le hable en ruego—, deja que termine mi carrera, ¿sí? —Asintió—. Mi chip anticonceptivo aún tiene dos años más de vigencia, esperemos ese tiempo al menos.

—Solo quiero que sepas que los pagarás —amenazó, haciéndome sonreír.

—Gracias —dije, atrayéndole a mis labios.

—No me las des, cariño. Quiero otros tres niños más —avisó, y antes de poder alegarle me calló con sus labios y regresamos a nuestra tarea.

Que no sea lo que pienso, que no sea lo que pienso. Era mi mantra mientras esperaba impaciente el resultado de mis análisis.

—Isabella Swan —gritó la enfermera y brinqué del susto. Me levanté del área de espera y fui al pequeño cubículo donde entregaban los resultados.

—Gracias. —Tomé los resultados y di la media vuelta para salir.

Caminé de prisa hacia el estacionamiento del hospital y cuando iba a subir al auto para abrir los resultados...

—¿No pensabas decírmelo? —No tuve la necesidad de voltear a ver quién era.

—¿Me sigues a todas partes? —espeté molesta—. Nunca se te quitará esa terrible forma de ser, Cullen.

—Prometí protegerte siempre. —Me acorraló entre el carro y su cuerpo—. Y eso nunca se me quitará. Cuando Alexa empiece a ir al colegio, también estará vigilada.

—¿Quién fue el soplón? —inquirí, y giré mi cara cuando trató de besarme.

—Eso no es lo importante ahora. —Me arrebató los resultados de las manos—. Vamos a ver qué nos tiene preparado el destino.

—Ven aquí, corazón. —Después de que vimos que las pruebas de embarazo eran negativas, el soplón de Seth apareció con Lexie en sus brazos—. Vivimos en una familia de locos, pero así les amamos, ¿no es así?

—¡Ti! —contestó—. Lechi ama papish —dijo, abrazándome al cuello y enviándole un beso volador a su papá.

Llegamos a casa y mi nena bajó de mi regazo corriendo.

—Te vas a caer, corazón —gritó Edward y me abrazó por la cintura.

—Eres tan sobreprotector. —Lo besé.

—Pucha. —Bajamos la mirada y ahí con ojos espantados nos miraba nuestra hija—. Bichi mamu, puchi papi —murmuraba, y nos separamos para abrazarle a ella y darle la atención.

—¡Mash ate! —gritó a su padre cuando ya se había acabado uno de mis chocolates favoritos. Estaba toda llena de éste alrededor de la boca. Para tener un año y medio era bastante lista.

—No, cielo, ya es mucho, si te doy más no nos dejarás dormir.

—¡Toto! —gritó esa palabra mexicana que su tía Anabella le había enseñado.

—No hables groserías, Sophia, o no te daré nada —regañó su papá en tono frío. Si eso me lo hubiese dicho a mí, estuviera llorando, pero Lexie era única y nunca sabíamos cómo iba a reaccionar.

—¡Mamu! —Yo les miraba desde la sala. Me asomé hacia la puerta de la cocina y ahí me detuve.

—Dime, preciosa. —Edward le miraba atento.

—Papi cara de guao guao. —En pocas palabras le había dicho "cara de perro" a Edward y no nos quedó más que reír, sin duda amábamos a nuestra nena.

El tiempo pasa sin pedir permiso y cuando nos dimos cuenta yo ya tenía veinticinco años, mi chiquita casi cumplía cuatro y mi gordo casi treinta y dos. Hoy era mi cumpleaños, Edward había dicho que me tenía una sorpresa, era la una de la tarde y yo le esperaba afuera de su oficina, estaba en una junta para una nueva audiencia de un caso de divorcio. ¡Puaj! Qué horror el matrimonio. Menos mal que al gordo no se le había ocurrido firmar el contrato de matricidio. No estaba en contra del matrimonio, pero eso era como una bomba de tiempo, algo que tenía caducidad y yo no quería que eso pasara con mi relación, mejor vivir en unión libre.

Yo ya había acabado la universidad. Todo iba bien, la madre de Edward había cambiado y convivía más con su nieta. Mis padres y hermana eran todo un caso, Anabella había huido con su novio, hace poco nos enteramos que se habían casado por lo civil, aún faltaba por la iglesia. Alice estaba próxima a casarse con Jasper y al parecer ya estaba embarazada.

—Hola, amor. —Ya había salido de su junta, se veía tan guapo con su traje negro.

—Hola, gordo —contesté, dándole un beso en los labios.

—¿Qué hizo Sophie ésta vez? —preguntó divertido mientras bajábamos por el elevador hacia el estacionamiento. Me llevaba agarrada por la cintura. Hoy traía puesto un vestido azul a mitad de la rodilla y unos tacones negros cerrados. Mi cabello suelto y un poco maquillada, obra de mi gemela ya no tan malvada.

—Te dije que no era bueno regalarle a Focus. —No pude evitar reírme—. Hoy tanto ella como el perro aparecieron en nuestro cuarto llenos de pintura. Pobre Megan que le tocará quitar esas manchas de la alfombra. —Ambos reímos. Ya estábamos en el carro.

Hacía unos meses Edward le había comprado un perro labrador a Sophie y no fue buena idea, era casi igual a Marlie, el de aquella primera película que vimos juntos.

—¿Cómo va tu cumpleaños? —Apretó mi muslo con su mano libre mientras manejaba.

—Perfecto, recibí un pastel de tierra de regalo de cumpleaños. —Negué con la cabeza—. Pero lo amé.

—Me alegra, ahora falta mi regalo. —Asentí.

El resto del camino platicamos de distintas cosas, ni me di cuenta hacia dónde íbamos. Nos detuvimos y me ayudó a bajar.

—Hace tiempo te dije que te daría una sorpresa. —Miré hacia el gran edificio que teníamos enfrente "Happy Dreams" era su nombre. No tenia ni idea qué es lo que era—. Gran parte del dinero que ganamos en los negocios que estamos metidos lo invertimos en cosas como ésta... —señaló hacia el edificio—, tú te criaste en uno como éste, solo que con menos comodidades. —De pronto até cabos y supe de lo que se trataba. Lo miré con lágrimas en los ojos—. Sí, amor, esto es una casa de adopción para todos los niños abandonados. Feliz cumpleaños. —Lo miré y me lancé a su cuello.

—Te amo, Edward. Gracias, amor. —Lo besé. Por eso amaba a mi chico noble, aunque al principio fue muy duro conmigo, ahora era todo lo contrario.

Ignoramos el lugar, cámaras y muchas personas comenzaron a llegar. Muchos niños ya habían sido aceptados. Convivimos un rato con ellos, había comida y dulces. Visité con Edward todas las instalaciones. Renée y Esme serían las encargadas del lugar.

—Voy al baño —interrumpí la plática de Edward con mi padre. Me levanté y la pulsera que Edward me había regalo en aquel falso cumpleaños se trabó con el mantel de la mesa donde comíamos. Al jalarla cayó al piso, estaba a punto de agacharme a recogerla pero un niño me ganó y la levantó.

Tenía como seis años el pequeño, cabello negro y unos hermosos ojos azules, le sonreí y noté que traía un bastón. Mi pulsera estaba en su mano, la jugaba.

—Mi mejor confusión. Te amo —dijo el niño mirándome a los ojos.

—¿Perdón? —pregunté, poniéndome a su altura.

—Apenas estoy aprendiendo a leer, señorita, pero sí sé lo que dice —expresó orgulloso de sí mismo—. Soy Arnold. —Me tendió la mano y se la apreté con gusto—. Soy ciego. —Abrí los ojos con sorpresa. No se notaba en absoluto, el niño te miraba como si su vista estuviese bien.

—¿Y cómo sabes que dice eso? —Sentí unas manos en mi cintura.

—Porque es idioma braille —la voz de Edward interrumpió la plática con el niño—. Gracias, pequeño. —Mi gordo tomó la pulsera que tenía el niño—. La mandé a hacer especial para ti el dia de tu falso cumpleaños. —Reí con nerviosismo—. Desde ese entonces supe que te amaba —afirmó, y mis ojos se llenaron de lágrimas.

—Yo te amé desde que te vi. —Me atrajo hacia él y me abrochó nuevamente la pulsera.

—Hoy he mandado a hacer algo especial para ti, otra vez —dijo, separándose un poco de mí—. ¡Sophie! —gritó mi gordo y yo miré a todos lados. No era posible que mi bebé estuviera aquí, yo la dejé con Alice. Pero cuando vi a mi alrededor, toda mi familia y conocidos estaban ahí. No podían faltar los paparazzi.

—Hola, mamita —dijo mi chiquitina cuando se encontraba a mi lado. Le sonreí y besé su mejilla. Ella pasó su delicada manita por mi cara y secó una de mis lágrimas—. ¿Llegué a tiempo, papito?

—Así es, cariño. —Su padre la tomó en brazos—. ¿Traes lo que te di? —Ella asintió y le dio a su padre una envoltura de mis chocolates favoritos. Su padre negó—. ¿En qué quedamos? —rio. Todo estaba en silencio, solo ellos hablaban.

Que no sea matrimonio, que no sea matrimonio, que no sea matrimonio. Pedí, no iba a poder decir que no.

—Mamita, papi dijio que te ama como tú amas tus cocholates favoritos. —Sonreí con lágrimas en los ojos—. Y que eres suya para toda la eterdad...

—Eternidad —la interrumpió Edward. Yo solo los miraba a ambos.

—No puedo decir esa palabra, papi. —Todos reímos.

—De acuerdo, sigue. —Ella movió muchas veces su cabecita diciendo que si.

—Entonces me dijio que te diera esto. —Me tendió la envoltura de chocolate y la tomé—. Ábrela, mamita. —Reí más nerviosa que nunca y lágrimas bajaban sin control, a pesar de todo, estaba emocionada.

—Fuiste mi perdición desde aquel momento que te vi en el bar, has sido mi consuelo cuando más te he necesito, me has salvado de caer en la oscuridad, pero sobre todo me has tenido paciencia y soportado todas mis estupideces. Te amo, por ti se lo que es amar, Isabella Swan. —Miró a nuestra hija y ésta le sonrió besando su mejilla—. Ahora, nena. —Asintió. Yo comencé a abrir la envoltura de chocolate y ahí estaba lo que más temía: un anillo.

—¿Te quieres casar con nosotros? —dijeron ambos al unísono. Todo fue silencio, yo miraba a ambos y no sabía qué responder. Tenía miedo, miedo a que nuestro amor tuviese vigencia, a que no funcionara o fracasáramos.

A veces lo que esperas nunca llega... En cambio lo inesperado te cambia la vida. Y esto que estaba pasando no me lo esperaba.


Gracias, gracias, gracias a todas y cada una de las que me siguieron desde el principio, no hay palabras para expresar lo que siento. Tengo ganitas de llorar, primera historia terminada y me duele separarme del gordis. Espero no haberlas defraudado con el final.

Nos leemos en el epílogo. Besos, Lizz.