NOTA: ¡ATENCIÓN! Este capítulo sí contiene spoilers del capítulo El coleccionista (temporada 2). Me temo que soy demasiado canónica como para saber un detalle concreto de la historia e ignorarlo deliberadamente. Disculpad las molestias :(


Adrián y Marinette volvieron a apagar las luces y dejaron solamente encendida la del escritorio para no quedarse completamente a oscuras. Después, bañados por el suave resplandor de la lamparita, se acomodaron en el sofá, el uno en brazos del otro, para susurrarse al oído palabras de cariño y consuelo. Parecían solo una pareja de adolescentes enamorados, resignados ante el hecho de que habían perdido la última batalla de una guerra que les venía demasiado grande.

Pero estaban fingiendo en realidad. A aquellas alturas, Adrián no podía estar seguro de que su padre no los estuviese espiando de alguna manera. Por ello, mientras estrechaba a Marinette entre sus brazos, cubriendo su rostro de suaves besos, hablaba en voz tan baja que solo ella podía escucharlo.

–No se trata solo de la puerta –susurró–. Estoy casi seguro de que el Gorila se ha quedado al otro lado, vigilando.

–¿Tu guardaespaldas? –respondió Marinette, tratando de no dejarse distraer por la presencia de los labios de él tan cerca de su oreja–. Entonces habrá que intentarlo por las ventanas.

–Están selladas. –La besó suavemente en la sien mientras le acariciaba la mejilla con la palma de la mano–. El sistema de seguridad convierte la casa en un búnker, Marinette.

–¿Y las ventanas del cuarto de baño?

–También. Todas las salidas exteriores han sido bloqueadas.

Marinette movió un poco la cabeza para posar sus labios sobre los de él.

–Pues tendrá que ser la puerta, minino –susurró antes de besarlo.

Adrián suspiró y la estrechó entre sus brazos.

–¿Sabes forzar cerraduras, bichito? –le preguntó entre beso y beso–. Estás llena de talentos ocultos.

–Oh, tengo muchos, pero ese no es uno de ellos, me temo –sonrió ella, acariciando su pelo de tal modo que Adrián llegó a pensar que se las arreglaría para hacerlo ronronear.

–¿Entonces? ¿Atravesamos la puerta como si fuésemos fantasmas? ¿Nos materializamos al otro lado?

Ella reprimió una sonrisa.

–No, bobo. Conseguiremos que la abran para nosotros.

Adrián se apartó un poco de ella y la miró, alzando una ceja.

–¿Esperas que los mismos que nos han encerrado nos dejen salir?

Marinette se mordió el labio inferior, pensativa. Había una idea que llevaba dando vueltas por su cabeza desde que Lepidóptero la había llamado «muchachita». Se inclinó de nuevo hacia Adrián para echarle los brazos al cuello y le susurró al oído:

–Nos infravaloran. Tu padre cree que solo somos niños con superpoderes. Que, sin los prodigios, no tenemos nada que hacer contra él. Te sobreprotegía a pesar de que sabía que eras Cat Noir. Pensaba que vencíamos en todas las batallas porque Ladybug siempre tiene la suerte de su parte. Ladybug, no Marinette.

–Sabes que eso no es verdad –musitó él, besando su frente con ternura–. Tu ingenio, tu valentía y tu buen corazón son solo tuyos, no te los regaló tu kwami.

Marinette enrojeció ante el cumplido.

– Pe-pero él no lo sabe –se las arregló para responder–. Y tu guardaespaldas tampoco, ¿verdad?

–¿Qué quieres decir?

–Le encomendaron la misión de protegerte. Lo ha estado haciendo durante mucho tiempo. Apuesto a que todavía se preocupa por ti, aunque solo sea por deformación profesional.

Adrián suspiró. Abrazó a Marinette y, cuando ella apoyó la cabeza sobre su pecho, le acarició el cabello, pensativo.

–Me gustaría creerlo, pero ya no doy nada por sentado –respondió–. Esta noche he descubierto que la casa que creía mi hogar... es en realidad la guarida de un supervillano y sus secuaces.

Marinette inspiró hondo.

–¿Nathalie también...?

–Sí, ella también.

–Lo siento, Adrián –murmuró ella, estrechándolo de nuevo con fuerza entre sus brazos.

«Te sacaré de aquí», se prometió a sí misma. «No consentiré que nadie vuelva a romperte el corazón».

–Aun así pienso que tu padre aún intenta protegerte, a su manera –dijo sin embargo–. De lo contrario, no tendrías un guardaespaldas.

Gabriel Agreste tendría sus razones para haberlo contratado; quizá solo pretendía mantener vigilado a Adrián, que, después de todo, era al modelo más rentable de su compañía... o tal vez se preocupara de verdad por él en cierto modo. Pero Marinette sabía que el Gorila no estaba solo allí para controlarlo: también para asegurarse de que el preciado hijo de Gabriel Agreste no sufría daños físicos.

–Tengo un plan –susurró al oído de su novio–. Escucha... esto es lo que vamos a hacer.

Momentos después, Adrián subía por la escalera de caracol hasta el segundo nivel de la habitación, con una manta entre las manos y su sable de esgrima prendido a la cintura. Marinette corrió hasta la puerta sin perder tiempo. No sabían si había alguna cámara grabando sus movimientos pero, en cualquier caso, si se daban prisa en poner en práctica el plan, sus enemigos no tendrían tiempo de reaccionar.

Marinette situó estratégicamente el monopatín de Adrián en el suelo y llamó con fuerza a la puerta.

–¡Señor! –gritó, imprimiendo a su voz un tono de profunda angustia–. ¡Señor, por favor, necesito ayuda! ¡Adrián se ha encerrado en el baño y no sale ni me contesta cuando lo llamo! ¡Creo que le pasa algo!

Conteniendo el aliento, dio un paso atrás y esperó. Tras un instante que le pareció una eternidad, la puerta se abrió y el Gorila entró en la habitación. Marinette alzó las manos y retrocedió otro paso.

–Por favor, haga algo –suplicó, aún fingiendo que estaba muerta de preocupación–. Puede que esté inconsciente o algo peor...

El Gorila avanzó un poco y miró a su alrededor, buscando a Adrián. Se fijó en la puerta cerrada del cuarto de baño y se dio la vuelta para volver a cerrar la de la habitación antes de dirigirse hacia allí.

Y justo en ese momento el mismo Adrián saltó sobre él desde el corredor del nivel superior, aterrizando sobre los enormes hombros del guardaespaldas para envolver su cabeza con la manta. Él alzó las manos, tratando de quitárselo de encima. Adrián saltó al suelo mientras Marinette empujaba el monopatín con el pie para ponerlo en el camino del Gorila. Cuando el hombretón cayó de espaldas al suelo, Marinette se apresuró a sortearlo para ganar la puerta y reunirse allí con Adrián. Los dos adolescentes salieron del cuarto antes de que el Gorila se incorporase, y cerraron la puerta tras de sí.

–¡Vamos, corre! –urgió Adrián.

Tomó de la mano a Marinette y la condujo escaleras abajo hasta el piso inferior. Los dos sabían que solo tenían unos minutos antes de que el Gorila fuese tras ellos. Sin dudar, Adrián arrastró a Marinette hasta el despacho de su padre, cerró la puerta tras ellos y marcó un código en la pantalla del sistema de seguridad.

La puerta quedó inmediatamente sellada con una pantalla metálica, igual que las ventanas. Oyeron al guardaespaldas golpearla desde fuera, y Marinette se estremeció.

–No temas, no logrará echarla abajo –le aseguró Adrián, con una sonrisa tranquilizadora.

Marinette miró a su alrededor. El despacho estaba vacío.

–Estamos atrapados –murmuró.

–No tanto –respondió Adrián–. Pero no tenemos mucho tiempo.

Inspiró hondo y se volvió a examinar el enorme cuadro que presidía la estancia. Marinette parpadeó, perpleja, cuando lo vio palpar su superficie en busca de algo que ella no podía ver.

–Adrián, ¿qué estás haciendo?

–Cuando mi padre me arrebató mi prodigio –explicó él sin volverse–, lo vi activar un mecanismo secreto oculto en este cuadro. Si ni él ni Nathalie están aquí en el despacho es porque se han ido... a ese otro lugar.

–¿Otro... lugar? ¿Insinúas que detrás del cuadro hay una puerta secreta, como en los castillos encantados?

Él se volvió para dirigirle una cálida media sonrisa.

–Algo así. ¿No te parece miaulucinante?

–No –replicó ella enseguida; pero no pudo evitar sonreír a su vez.

Avanzó hasta situarse a su lado y colocó una mano sobre su brazo.

–Espera, Adrián –lo detuvo–. Hemos conseguido salir de la habitación, pero ¿qué hacemos ahora? Mi plan no tiene segunda parte.

–No lo sé, la verdad –respondió él–. Pero tenemos que hacer algo, cualquier cosa. Tenemos que recuperar nuestros prodigios antes de que sea demasiado tarde.

Marinette lo miró, confusa.

–¿Demasiado tarde? ¿Qué quieres decir? ¿Qué planea hacer con ellos?

–No estoy muy seguro pero, por lo que le dijo a Nathalie, al parecer pretende usarlos para un... hechizo especial o algo por el estilo. Si fusiona los poderes de la creación y la destrucción... podría obtener el poder absoluto. Por eso debemos quitarle los prodigios.

–El poder... absoluto –repitió Marinette, atónita–. ¿Qué quiere decir eso?

–No lo sé, y espero no tener que averiguarlo. Oh, aquí está –dijo de pronto cuando sus dedos encontraron los botones ocultos en el cuadro.

–¡Espera! –lo detuvo ella de nuevo–. No tenemos un plan. ¿Cómo vamos a enfrentarnos a él?

Adrián le dirigió una sonrisa tan propia de Cat Noir que Marinette casi pudo ver sus pupilas estrechándose.

–Improvisaremos, milady –respondió simplemente, y oprimió los botones.

De pronto, el suelo se hundió bajo sus pies. Marinette lanzó una exclamación de alarma, pero Adrián la cogió por la cintura y la sostuvo junto a él para que no perdiera el equilibrio.

El suelo se cerró sobre sus cabezas, sumiéndolos en la más profunda oscuridad.

–Adrián... –susurró Marinette.

El chico la abrazó, tratando de transmitirle una calma que no sentía en realidad. Por un momento se preguntó si no estarían cometiendo un grave error. Quizá deberían haber llamado a la policía. Tal vez...

Sacudió la cabeza. La casa estaba completamente sellada y ya había comprobado que su padre había bloqueado el mecanismo de seguridad exterior. La policía no podría entrar.

No; si alguien podía detener a Lepidóptero, eran ellos dos.

El suelo se movía bajo sus pies, desplazándolos bajo tierra en medio de una oscuridad absoluta. Adrián sentía el cuerpo de Marinette pegado al suyo, temblando. La estrechó con fuerza entre sus brazos.

–Todo saldrá bien, milady –susurró–. Somos un equipo imparable, ¿recuerdas?

A pesar de que no podía verla, supo que ella sonreía en la oscuridad.

Entonces sintieron que el suelo se elevaba, como si estuviesen en el interior de un ascensor.

–Prepárate –dijo Marinette; se separó un poco de él, y Adrián se llevó la mano al pomo de su sable de esgrima, con el corazón latiéndole con fuerza.

–Voy a tratar de hablar con él –dijo–. No porque espere que atienda a razones, sino para distraerlo y darte tiempo para que pienses en un plan. El procedimiento habitual.

–Entendido –asintió ella.

El techo se abrió sobre sus cabezas, y el elevador los condujo fuera del túnel.

Los dos contuvieron el aliento al encontrarse de pronto en una amplia habitación cubierta por una enorme cúpula e iluminada por el suave resplandor de la luna y las estrellas que se filtraba por un ventanal redondo. Marinette reprimió una exclamación de sorpresa al descubrir que el suelo estaba alfombrado de mariposas blancas vivas. Al pie del ventanal había un mesita sobre la que reposaba un atril, flanqueado por sendas velas encendidas que proyectaban un juego de luces y sombras fantasmales en las paredes de la estancia y las alas de los insectos.

Frente al atril, murmurando en voz baja las palabras que leía en un antiguo libro de hechizos, se encontraba Gabriel Agreste. Un par de pasos por detrás, Nathalie aguardaba en silencio.

Ambos se volvieron de pronto al oír llegar a los dos jóvenes. Cuando Agreste clavó su mirada en ellos, Marinette tuvo que contener una exclamación de angustia al localizar a Tikki flotando junto a su hombro. El kwami parecía encontrarse bien, aunque le dirigió a la muchacha una mirada de profunda tristeza e impotencia. Ella reparó en que Agreste llevaba puestos sus pendientes, y apretó los dientes con rabia.

–¿Cómo habéis llegado hasta aquí? –preguntó él, irritado–. ¿Y cómo osáis interrumpir mi ritual?

Cerca de Tikki, Marinette vio una pequeña criatura de color negro que debía de ser Plagg, el kwami de Adrián. Sintió que el muchacho le oprimía la mano con suavidad, y al volverse para mirarlo descubrió que él también observaba a los kwamis con preocupación.

–Padre, por favor, tienes que escucharme –empezó Adrián.

Avanzó un par de pasos hacia él, colocándose ante Marinette como si tratara de protegerla. Pero ella sabía que en realidad estaba ocultándola de la mirada de su padre para que tuviera más libertad de acción.

–No puedes usar esos dos prodigios juntos, es peligroso –siguió razonando Adrián–. No se entregan a dos portadores diferentes por capricho.

–Eso es lo que te han hecho creer, hijo –respondió él–. Pero te engañaron.

Alzó la mano para mostrarle el anillo de plata que adornaba uno de sus dedos. No se parecía al prodigio de Cat Noir, de la misma manera que los pendientes de Marinette no eran como los de Ladybug cuando Tikki no estaba fusionada con ellos, pero ella lo reconoció enseguida: hasta esa misma noche había pertenecido a Adrián.

–¿Se te ha ocurrido pensar –prosiguió Agreste–, que si le hubieses prestado tu anillo a Ladybug, o si ella te hubiese permitido utilizar sus pendientes... podríais haberme derrotado hace mucho, mucho tiempo?

Adrián inspiró hondo, pero no respondió.

–¿Por qué razón habría que mantener separados dos prodigios que fueron creados para formar parte de un todo? ¿A quién le interesa dividir tanto poder? ¿Cuánto tiempo estuviste lejos de tu Ladybug porque se te había prohibido conocer su verdadera identidad? ¿Quién dicta las normas que os mantenían separados, Adrián?

Él tragó saliva, pero respondió de todos modos:

–Eso no tiene nada que ver, padre. Los prodigios pertenecen a portadores diferentes porque juntos otorgarían demasiado poder a una sola persona.

–Exacto –sonrió Agreste.

–Pero ya tenías el prodigio de la mariposa, conseguiste los poderes de Lepidóptero. ¿Para qué necesitabas acumular más? ¡No lo comprendo!

Marinette frunció el ceño, pensativa. Miró a su alrededor en busca de un tercer kwami, el que debía de pertenecer a Lepidóptero. Pero allí solo estaban Tikki y Plagg, y Agreste no estaba transformado. Eso quería decir...

Recorrió la estancia con la mirada; pero no había nada en ella, salvo las mariposas y la mesita en la que Agreste había colocado su libro de hechizos. Observó con mayor atención y localizó por fin una pequeña cajita sobre la mesa. Sonrió para sí misma.

–¿No lo comprendes? –estaba diciendo Gabriel Agreste–. Nunca has sido demasiado ambicioso, hijo. ¿Tienes idea de lo que sería capaz de hacer con el poder absoluto?

–Nada que no puedas hacer ya sin él –replicó el chico frunciendo el ceño–. Eres uno de los hombres más influyentes de París.

–Y a pesar de todo no he conseguido traer a tu madre de vuelta.

Adrián retrocedió un paso, sorprendido. Marinette lo miró, inquieta.

–Pero podría conseguirlo... con los prodigios –agregó Agreste con una sonrisa.

Adrián tardó un poco en responder. Cuando habló, sin embargo, la voz le temblaba de ira.

–¿Estás intentando decirme que has aterrorizado a los ciudadanos de París durante meses... para recuperar a mamá? ¿Eres consciente de los daños que has provocado, de las vidas que se habrían perdido si Ladybug no hubiese sido capaz de arreglarlo todo después? ¿Y pretendes hacerme creer que la tuya es una causa justa?

–Nunca dije que lo fuera. Pero es la mía, y también la tuya. Y con eso debería bastarte.

Adrián sacudió la cabeza y desenvainó su sable.

–No me metas en esto. No es lo que mamá habría querido.

Agreste rió.

–¿De verdad vas a enfrentarte a mí... con un sable de esgrima?

Marinette oprimió con urgencia la mano de Adrián y este cruzó una mirada con ella.

Se entendieron sin necesidad de palabras: había llegado el momento.

Adrián soltó la mano de Marinette para dejarle vía libre y adoptó una posición de combate.

En garde, padre –lo retó.

Gabriel Agreste rió a carcajadas.

–Como quieras, hijo –respondió–. Tikki, Plagg... ¡garras y puntos fuera!

Adrián, Marinette y Nathalie contemplaron estupefactos cómo un brillante resplandor multicolor envolvía la figura de Gabriel Agreste. Cuando la luz se desvaneció, Agreste se observó a sí mismo, complacido. Llevaba un traje que parecía una fusión de los de Cat Noir y Ladybug, con orejas y cola de gato y un patrón de fondo rojo y con puntos negros. Marinette pensó, sorprendida, que parecía una versión humana del robot con el que ella y su compañero habían vencido a Gamer tiempo atrás. Nunca se le había ocurrido pensar que los poderes de ambos pudiesen fusionarse de alguna manera y, sin embargo... el propio Lepidóptero les había dado una pista sobre ello al poner aquel robot a su disposición. ¿Cómo era posible que no se hubiesen dado cuenta entonces?

Agreste enarboló el bastón de Cat Noir con una sonrisa satisfecha. Marinette localizó un yoyó prendido en su cintura y sintió un arrebato de nostalgia.

–Me ocuparé de vosotros y después continuaré con el ritual –anunció.

Adrián se esforzó por recuperarse de la sorpresa y le dirigió una sonrisa socarrona.

–¿Cómo debo llamarte a partir de ahora, padre? ¿El asombroso Cat Bug?

Marinette reprimió una risita, pero Agreste no lo encontró divertido.

–No te atrevas a desafiarme, Adrián.

–¿Por qué? ¿Tienes un increíble superpoder nuevo? ¿Eres capaz de zumbar y ronronear a la vez?

Marinette habría jurado que Agreste gruñía de rabia detrás de su helada sonrisa.

–Puede que ni siquiera me hagan falta superpoderes –respondió–. Para empezar, siempre he sido mejor esgrimista que tú –añadió, enarbolando el bastón de Cat Noir como si fuese una espada.

Adrián lo contempló un instante con tanta angustia como si estuviese viendo a su novia en brazos de otro. Inspiró hondo y trató de centrarse.

–No lo dudo –respondió–, pero ha pasado mucho tiempo desde tus años de gloria y sin duda estás oxidado.

Había algo en el tono con el que pronunció aquellas palabras, un punto de insolencia y chulería tan propio de Cat Noir que hizo que Marinette se tensara de inmediato, lista para la acción. Habían combatido juntos en demasiadas batallas, y ella era capaz de leer todos los gestos de su compañero como en un libro abierto.

De modo que, cuando Agreste lanzó el primer ataque y Adrián no solo no respondió, sino que se agachó para lanzar su sable por el suelo, Marinette no se dejó sorprender. Sabía que su compañero haría algo inesperado, así que aprovechó para salir corriendo hacia la mesa donde se encontraba el libro de hechizos... y la pequeña cajita blanca.

El sable de Adrián se deslizó por el suelo hacia Gabriel Agreste, provocando una súbita desbandada de mariposas blancas. Agreste se detuvo un momento, sorprendido, y agitó las manos para quitárselas de encima.

Marinette no se detuvo. Sabía que solo tendría unos segundos, de modo que se precipitó sobre la mesita mientras Nathalie la observaba, atónita, y Agreste se volvía hacia ella sin terminar de comprender lo que estaba pasando.

–¿Qué estás haciendo? ¡Detente!

La apuntó con el bastón, que se alargó hacia ella; pero no tenía la misma experiencia que Adrián como Cat Noir, y el movimiento no fue lo bastante rápido. Marinette se apoderó de la cajita y la lanzó hacia Adrián.

Tanto Nathalie como Agreste corrían ya hacia ella, de modo que, cuando Adrián cogió la cajita al vuelo, estaba prácticamente solo. Agreste se volvió hacia él.

–¿Qué es lo que pretendes?

Marinette sabía que tenía que ganar más tiempo, de modo que se arrojó sobre su espalda y casi logró hacer que perdiera el equilibrio. Por fortuna Nathalie, que corría tras ella tratando de detenerla, se precipitó también sobre ellos, incapaz de frenar a tiempo.

Adrián no terminaba de comprender el propósito oculto tras las acciones de Marinette, pero no se detuvo a desentrañarlo. Ella le había lanzado aquella caja por alguna razón, así que se apresuró a abrirla.

Un resplandor violáceo lo cegó momentáneamente, y cuando pudo volver a mirar había un pequeño kwami alado flotando frente a él.

–¡Rápido, el broche! –le urgió la criatura antes de presentarse siquiera.

Adrián reaccionó rápido. Se prendió al pecho el broche que había en la cajita y trató de ignorar el alarido de rabia de su padre que, aún en el suelo, trataba de quitarse de encima a Marinette y a Nathalie para volver a incorporarse.

–¡Alzaos, alas negras! –dijo el kwami con prisa–. ¡Eso es lo que debes decir!

Adrián repitió las palabras:

–¡Alzaos, alas negras!

Y todas las mariposas de la estancia se precipitaron sobre él.


NOTA: ¡Ya queda menos para el final! Confieso que me gusta más esta batalla final que la que escribí para mi anterior fanfic. ¡Y todavía me quedan algunas sorpresas en la manga! Espero que os gusten :).