VIENTOS DE ETERNIDAD

CAPÍTULO XXII

CLAROSCUROS

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En el Salón Azul del piso 21 de La Fortaleza, el corazón mismo de la UNS/UNSAF, la plana mayor de colaboradores de confianza de la almirante Hayes se encontraban reunidos desde muy temprano. Había muchos asuntos muy importantes que tratar en esos momentos y Lisa había decidido no aplazar más aquella reunión. Por la mañana, apenas había traspasado las puertas del vestíbulo del piso 21, le había pedido a la teniente Hickson que convocara a aquella reunión inmediata y prioritaria.

Ahí, alrededor de la almirante Hayes, se encontraban las personas en las que ella tenía puesta toda su fe y su confianza. A su derecha, el general Hunter, jefe de la UNSAF. A su izquierda el comodoro Azueta, ambos sus hombres de confianza. Al lado del comodoro Azueta estaba su Jefa de Ayudantía, la teniente Hickson. Junto a ella la capitana Parino Sterling. Y del otro lado, junto a Rick Hunter, los chicos de la Fuerza Aérea: el mayor Sterling y el coronel Sidar. Aquel grupo era coloquialmente llamado "Los Azules":

- Me preocupa lo que nos comenta, almirante. – Azueta estaba hablando justo en ese momento. – El hecho de que Lynn Kyle esté promoviendo este tipo de grupos musicales pacifistas dentro de las ecoaldeas es algo que no debemos tomar a la ligera. Es obvio que ellos están siendo patrocinados por el FAP.

- ¿Tan determinante es tu comentario, Azueta? – El coronel Sidar quiso saber.

- ¡Absolutamente! Estamos hablando de jóvenes impresionables y zentraedis resentidos que sirven como carne de cañón para esa gente sin escrúpulos. En las ecoaldeas están promoviendo, por medio de la música que ya probó ser un medio efectivo de propaganda para los zentraedis, esos principios de la no violencia activa, la desobediencia civil, el boicot, la objeción de conciencia… estamos hablando de que están promoviendo una resistencia que yo creo que llegado el momento, de pacífica no tendría nada.

- Yo estoy de acuerdo con Azueta. – Rick comentó. – Entre esos zentraedis que se han segregado de la sociedad y esos jóvenes pacifistas es común lo que ellos llaman la autodefensa, que no es otra cosa que violencia contra el orden establecido.

- Con fines emancipatorios. – Azueta completó. – Ellos ideológicamente se oponen a todas las formas de fuerzas armada y de ejercicio de violencia por parte del Estado… y consideran al Ejército como un instrumento de opresión.

- Las Fuerzas Armadas son el brazo opresor del gobierno. – Lisa puntualizó.

- ¿Puedo opinar? – Miriya pidió la palabra con una seriedad apabullante. – Tienen razón con lo que comentan, sobre la música y los efectos que pueda provocar entre mis congéneres. Yo no tomaría eso a la ligera… y créanme que, piensen lo que piensen de mí, no es algo que haya sacado de "Noches para Llorar". Yo, ante todo, soy una guerrera entrenada en el sistema zentraedi y conozco a los míos.

- ¿Y cuál es su opinión al respecto, capitana Parino Sterling? – Azueta preguntó con genuino interés.

- Que efectivamente, esta situación no es algo que debamos tomar a la ligera. Miren, yo no sé mucho de los sistemas democráticos porque jamás los he vivido. Y la elección que está por venir me interesa y me interesa mucho, por lo mismo. He estudiado, he seguido las noticias y sé que mucho está en juego.

- ¡Y ha seguido las noticias con gran interés y religiosa fidelidad! – Max informó.

- El caso es que para nosotros, los zentraedis, todo esto es nuevo… todo es diferente, es interesante… pero piensen, los dirigentes del FAP, por medio de esta organización de ecoaldeas y grupos pacifistas, le están ofreciendo a mi gente la posibilidad de vivir sin ningún tipo de imposición ni de jerarquía militar, que era todo lo que conocíamos. Ellos están promoviendo la vida en las ecoaldeas bajo la premisa de que las personas no han nacido para obedecer, sino para decidir por sí mismos. Les están ofreciendo la posibilidad de vivir en una sociedad en donde su iniciativa personal es voluntaria, donde hay igualdad, donde hay participación directa, decisiones tomadas en acuerdo. Les están ofreciendo autonomía, libertad, cooperación voluntaria… un pacto libre, un rechazo a la autoridad pública… les han presentado la opción de rechazar las normas impuestas y odiar a ese brazo opresor del que hablaba Lisa… rechazar a las Fuerzas Armadas y con esto acabar con la dominación ejercida por sus propios congéneres.

- ¡Wow…! – Rick se inclinó hacia Lisa. - ¿Es realmente Miriya?

- ¡Shhh…! – Ella lo silenció con una leve sonrisa. - ¿Y cuál es su conclusión al respecto, capitana?

- Que el hecho de que muchos de mis congéneres se hayan retirado de la sociedad para vivir en esos refugios pacifistas es una situación peligrosa. Una bomba de tiempo… esos zentraedis inadaptados no se sienten parte del orden legal, se sienten apartados, incomprendidos, discriminados, culturalmente privados de oportunidades…

- ¿Qué desayunaste, Miriya? – Rick quiso saber.

- ¡Me interesa lo que está sucediendo! – Ella respondió con gran seriedad. – Es interesante y además, como ya les dije, encuentro la política fascinante.

- Realmente lo hace. – Max asintió.

- Yo creo que la capitana Parino Sterling tiene razón. – Azueta opinó, por su parte. – El FAP está jugando con el aspecto psicológico tanto de los zentraedis inadaptados como de los jóvenes desubicados que se han alejado de la sociedad para vivir en esas aldeas. Yo estoy de acuerdo en que estas comunidades son bombas de tiempo y no debemos quitarles la vista de encima. Aunque sea algo que no nos corresponda.

- Hay que elaborar un reporte urgente para el Ejército y la Fuerza Aérea. – Lisa habló. – Haciendo de su conocimiento esta situación. Son ellos quienes deben de vigilar estas ecoaldeas. Ya nos han acusado antes de usurpar funciones en estos aspectos operativos. Más sin embargo, y mientras nuestros colegas se organizan, quiero que nosotros mantengamos un ojo vigilante sobre los territorios que consideramos de peligro.

- Así lo hemos hecho. – Rick le informó. – El coronel Sidar ha estado enviando misiones de vigilancia, de patrullaje y de reconocimiento a esos sitios. Con o sin la venia del gobierno.

- No importa. – Lisa respondió. – Yo no voy a dejar que la burocracia cause un desastre. Kelly…

- ¿Sí, almirante?

- Con las minutas de esta reunión, quiero que elabores el documento que enviaremos al Ejército y Fuerza Aérea. ¿Cuándo crees que lo puedas tener listo?

- Hoy mismo, almirante. – Respondió resueltamente la chiquilla.

- Bien, entonces—

Lisa no continuó, pues la puerta de la sala de reuniones se abrió de pronto y todas las miradas de los ahí reunidos se clavaron el la recién llegada licenciada Fiorenzi, quien había aparecido ahí de improviso y sin siquiera anunciarse.

- ¡Los Azules en pleno! – Hannah les sonrió. – Ya nadie puede decir que esto es solo un mito, ¿no?

- Licenciada Fiorenzi. – Lisa se puso de pie. - ¿En qué le podemos ayudar? Esta es una reunión privada y—

- Se supone que no hay nada privado para mí dentro de la organización de la UNS/UNSAF. ¿Ya lo olvidó, almirante? – Hannah fue a sentarse a la cabecera de la mesa, justo frente a Lisa. – Puede ser que ya hayamos terminado el trabajo aquí, pero mi licencia como observadora expira hasta el día último del mes… todavía tengo mis atribuciones legales, al menos durante un par de días más.

Todos tenían la mirada clavada en Fiorenzi…

¡Y si las miradas pudieran matar…!

La licenciada, pretendiendo que no había notado nada de eso, sonrió socarronamente y colocó una carpeta sobre la mesa. Los ojos de todos se clavaron en ese objeto y el comodoro Azueta hizo un gesto de fastidio al reconocerlo. Era la misma carpeta que apenas unos días antes había ido a poner sobre su propio escritorio.

- Estoy aquí por sugerencia del comodoro Azueta. – Hannah informó. – Hace unos días pasé por su oficina para presentarle un reporte anexo al documento que contiene nuestras observaciones y sugerencia. ¿Y qué fue lo que me dijo usted, comodoro? ¡Ah, sí! Que el protocolo estipula que una copia de ese documento debía ser entregado a la almirante Hayes. Así que aquí lo tienen.

Hannah Fiorenzi alargó aquella carpeta hasta el centro de la mesa. Todos miraron aquel objeto con curiosidad e interés. Era una carpeta bastante voluminosa y el título que estaba escrito en la portada era bastante perturbador: "Informe sobre la salud mental de las Fuerzas Armadas: el caso de la UNS/UNSAF".

- Pero… ¿qué es esto? – Lisa quiso saber.

- Un estudio que se hizo paralelamente a nuestras observaciones… quinientas páginas en las que se detallan las conclusiones obtenidas después de analizar y estudiar las evaluaciones que, de manera confidencial, llevamos a cabo estudiando a varios efectivos en su hábitat natural.

- ¿Usted llevó a cabo un estudio psicológico a nuestro personal sin notificarnos al respecto? – Rick se alteró visiblemente. - ¡Eso no es legal!

- ¡Oh, pero lo es, general Hunter! Era una prerrogativa que teníamos, como parte de nuestro trabajo de observadores. Debíamos observarlo todo… absolutamente todo. Y encontramos cosas bastante… interesantes en el proceso.

- ¿De qué está hablando, licenciada?

- Almirante, ya usted podrá leer el estudio y conocer su contenido a detalle. Solo les adelantaré que en él se informa que un alto porcentaje de los efectivos militares que prestan sus servicios en Ciudad Macross sufren algún grado de estrés pos-traumático, depresión, incluso lesiones cerebrales. ¡Vaya! Incluso usted llegó a presentar una sintomática que correspondía a ese cuadro clínico en alguna etapa de su vida, almirante… justo antes de asumir precisamente como la jefa suprema de las Fuerzas Espaciales… ¿o me equivoco?

Lisa hizo un imperceptible gesto de disgusto, pero no comentó nada al respecto. Por su parte aquello no le agradó en lo absoluto a Rick, quien estaba a punto de lanzarse en contra de la licenciada, y no de palabra, precisamente. Pero su esposa lo detuvo con una mirada preventiva y un movimiento de mano.

- ¡En fin! Lo único que proponemos en este reporte es que los veteranos necesitan urgentemente ayuda psicológica. De lo contrario habrá consecuencias para ellos y para el gobierno y los habitantes de la tierra… sus veteranos, almirante, son criminales en potencia… personas perturbadas psicológicamente por una guerra de proporciones apocalípticas… son personas ansiosas de venganza y con ganas de liberar su ira y agresividad. Y si no se trata el problema de inmediato, esto significaría un peligro latente para todos.

- Se ha hecho un seguimiento meticuloso de la salud tanto física como psicológica de nuestros efectivos, licenciada… creo que su apreciación de la situación es errónea, porque—

- ¡Lea el reporte, almirante! Yo ya no tengo nada más que decir. – Fiorenzi se puso de pie. – Yo solo quiero ayudar.

- Ayudaría mucho más si se quedara aquí y nos hiciera saber sus opiniones al respecto, licenciada Fiorenzi. – El comodoro Azueta habló resueltamente.

Hannah se detuvo en seco y le lanzó una mirada asesina. Luego los encaró, pero no tomó asiento. Simplemente comenzó a caminar alrededor de la mesa en donde estaban reunidos.

- No me pagan por opinar, solo por observar. – Hannah habló. – Sin embargo, y ya que insisten, les pondré las cosas en claro. Me preocupa que personas con claro desequilibrio mental, tengan a su disposición las armas más poderosas y sofisticadas con las que contamos en el planeta. Me preocupa que, mientras todo el mundo habla de la amenaza de los zentraedis que se alienaron de la sociedad y se agruparon en ecoaldeas, nadie se preocupe por los militares que, con mucho más resentimiento que ellos y con mucho más recursos bélicos, tienen más posibilidades de provocar algún conflicto o estallido social. Y sobre todo me preocupa el hecho de que sus superiores tomen esta situación tan a la ligera.

- ¡Ninguna situación se toma a la ligera cuando se trata de nuestros militares, licenciada Fiorenzi! – Lisa se puso de pie, bastante disgustada por todo aquello. – Y lo que usted está haciendo no es más que especular sobre una situación que se ha tratado con profesionalismo y seriedad desde un inicio.

- A mi no me lo pareció así, almirante Hayes. Lo que yo veo en Ciudad Macross es a un grupo de personas, sobrevivientes de una guerra, que no han tenido su tiempo ni su espacio de vengarse de lo que sucedió. Solamente hagamos un ejercicio simple aquí, en este momento, ¿cuál es el porcentaje de personal zentraedi que presta sus servicios en la UNS/UNSAF?

- El más alto dentro de las Fuerzas de Defensa. – El general Hunter respondió sin dudar. – De todos los zentraedis que se unieron a las fuerzas armadas de la tierra, un 80 por ciento prestan sus servicios en las Fuerzas Espaciales.

- ¿Y cuántos en particular en Ciudad Macross?

- Creo que yo puedo responder a eso porque me corresponde. – Miriya habló resueltamente. – Yo soy una de esos zentraedis de los que usted habla, Fiorenzi. Y yo me siento agradecida y comprometida con un planeta y con unas personas que me dieron lo que yo jamás había tenido: una vida, un hogar, una familia. Yo le puedo asegurar que la gran mayoría de mi gente se siente así.

Fiorenzi iba a opinar algo al respecto, pero Miriya no se lo permitió y siguió hablando:

- Esos zentraedis de las ecoaldeas están perturbados… nosotros fuimos una raza creada para la guerra, es lo que hacemos… aquí hemos encontrado una nueva vida y nuevas posibilidades. Le aseguro que quienes prestamos nuestros servicios en las fuerzas armadas no vamos a desperdiciar lo que aquí tenemos. Solo nosotros sabemos lo que significa todo esto para nosotros… cosas que ustedes dan por hecho porque siempre las han tenido. Nosotros las valoramos más de lo que ustedes se imaginan. Creo que todos los zentraedis que servimos en las fuerzas armadas tenemos bien definidos nuestros criterios y hemos desarrollado un amor y una fidelidad bien enraizada en esta cultura y en esta gente… porque son nuestra familia.

- ¡Que discurso tan conmovedor, capitana Parino Sterling! – Hannah aplaudió burlonamente. - ¿Ha pensado en dedicarse a la política? Sus palabras realmente me han llegado hondo… pero no me respondió. ¿Dónde están los zentraedis en Ciudad Macross? ¿Cuántos de ustedes viven, trabajan y socializan aquí? ¡Son minoría! A la gran mayoría de su gente la han enviado a servir a puestos alejados, a bases en el fin del mundo… o los han dejado en órbita en naves espaciales, en estaciones, en bases lunares. ¿Esa es la forma de integrarlos a la sociedad?

- ¡Ha sido elección de cada quien donde quiere servir! – Miriya se puso de pie, desafiante. – Nosotros estamos acostumbrados a vivir en naves espaciales. Para muchos de los míos fue más cómodo permanecer en ese ambiente familiar y conocido. Pero jamás se nos negó la posibilidad de micronizarnos y venir a vivir a la sociedad humana. ¡No hable de cosas que no conoce, Fiorenzi!

- ¿Ahora ven lo que les digo? – Hannah señaló a Miriya. – Una extraterrestre con problemas de agresividad. ¿Este es el tipo de efectivos militares que usted tiene en sus fuerzas espaciales, almirante Hayes?

- Licenciada Fiorenzi, - Lisa estaba ya bastante exaltada. – Usted está manipulándolo todo—

- ¡Ah…! – Fiorenzi la interrumpió. - ¿Ahora me está insultado y difamando, almirante? Pretenderé que esas palabras jamás las pronunció… pero esto está considerado como una agresión verbal hacia mi persona.

Lisa cerró sus manos en puños y tuvo que morderse los labios para no responder a aquello. Dos días… en dos días aquella mujer se iría de Ciudad Macross. No valía la pena crear conflictos inútiles en la recta final.

- Voy a estudiar el reporte. – Lisa habló, tratando de permanecer calmada.

- Debe hacerlo… ahora, si no hay nada más que decir… - Hannah miró a los ahí reunidos. – Me voy, porque todavía tengo mucho trabajo pendiente. ¡Buen día!

La licenciada Fiorenzi salió del Salón Azul, dejando tras de sí a un grupo de personas que se sentían consternadas, agredidas y abrumadas ante todo aquello. Lisa se sentó en su asiento y suspiró profundamente. El general Hunter se acercó de inmediato.

- Lisa, ¿estás bien?

- Sí, no te preocupes.

Rick le acercó un vaso de agua que ella bebió ávidamente. Después miró a sus compañeros y sacudió la cabeza.

- Se vienen tiempos difíciles, señores. Ahora más que nunca hay que crear un frente unido… porque la verdadera amenaza no viene ni de los zentraedis, ni de las fuerzas armadas, sino de los políticos.

- Los políticos siempre han sido la verdadera amenaza, almirante. – Azueta opinó.

- Necesito un reporte detallado de la situación de los efectivos zentraedis dentro de las Fuerzas Espaciales… y un reporte igualmente detallado del seguimiento que se le ha dado a la salud mental de los veteranos de la guerra, así como los estudios psicológicos de los nuevos reclutas.

- Los tendrá sobre su escritorio en un par de horas. – Azueta tomó nota de aquello.

La reunión prosiguió durante un buen rato más. La visita de Hannah Fiorenzi había sido inesperada y los había dejado llenos de dudas y de inquietudes. Ninguno de ellos desconfiaba de la situación de las Fuerzas Armadas… pero todos desconfiaban de aquella mujer y de en base a sus opiniones, presentadas ante el gobierno, se decidiría el futuro de las Fuerzas Espaciales. Aquello, definitivamente, era algo que podría quitarle el sueño a cualquiera de los ahí reunidos.

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El día se había hecho largo… demasiado largo. No había habido siquiera tiempo para hacer una pausa para el café, mucho menos para ir a comer propiamente. Se había trabajado a destajo. Hacía unos minutos que la almirante Hayes y el general Hunter se habían retirado a su casa. Kelly acababa de anunciar que ella también se iba. Pero el comodoro Azueta todavía se quedó unos minutos más en su oficina, revisando algunos documentos. Estaba preocupado por la situación que se había presentado aquel día. Y sabía que no era el momento para dejar nada al azar.

Acabó de acomodar algunas cosas sobre su escritorio y miró su reloj. Una leve sonrisa apareció en sus labios y de inmediato sacó su celular del bolsillo de su casaca militar y marcó un número.

- ¿Galland? – Su voz se notaba alegre, a pesar del día tan nefasto que había pasado.

- ¡Hola Carlos! – La voz de la arquitecta no sonó tan feliz como la suya. - ¿Cómo estás?

- Yo estoy bien… - Él respondió con algo de preocupación, notando de inmediato el tono de voz de su amiga. - ¿Cómo estás tú?

- Bien, bien… todo en orden.

- Es que… - Azueta dudó. – Ayer quedamos en ir a comer juntos… y yo—siento mucho no haberte llamado antes, pero…

- No, yo lo entiendo. – Jesse intentó sonar despreocupada. – Seguramente tuviste un día muy pesado.

- Jess… ¿pasa algo?

- No…

- ¿Quieres… quieres hablar de eso?

- Yo… no, es que…

- Me gustaría cenar contigo, si no te molesta. – Él se aventuró a sugerir. – Sé que la cita era para comer, pero… ¿quieres ir a algún sitio en particular?

- No, yo… estoy bien…

- Galland… - La voz de Azueta sonó seria. – Sé que no estás bien, algo sucedió. Y voy a ir a buscarte de cualquier modo. Puedo ir con comida o sin comida. Eso ya te toca a ti decidirlo.

La arquitecta Galland se rió casi imperceptiblemente y aquello fue suficiente para hacer que una sonrisa más tranquila apareciera en el rostro serio del comodoro.

- ¿Quieres que lleve comida a tu casa entonces?

- No te molestes, Carlos… puedo preparar algo acá.

- ¡De ningún modo! Mira, voy a pasar por el restaurante italiano que está en Blvd. Austral con Blvd. Del Lago. En una hora a más tardar estoy en tu casa. ¿Te parece bien?

- Muy bien… aquí te espero.

El comodoro Azueta se despidió de su amiga y de inmediato se puso su gorra de guarnición y salió de la oficina. Algo no andaba bien con ella, él podía sentirlo… y eso encendió todas sus alarmas. Y por primera vez en mucho tiempo, sintió que algo lo preocupaba más que sus obligaciones militares.

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Mientras conducía su camioneta Freelander rumbo a su casa en el barrio militar, el general Hunter no podía dejar de mirar de soslayo a su esposa, quien no había dicho una sola palabra desde que habían salido de la base.

Lisa miraba insistentemente por la ventana, sus ojos clavados en el paisaje que pasaba frente a ella, pero su mente estaba muy lejos… y la expresión de preocupación que nublaba su rostro causaba malestar en Rick, quien lo último que quería era que Lisa estuviera estresada. Sabía que era inevitable que ella, como almirante, tuviera toda clase de preocupaciones. Pero al esposo le preocupaba que aquello pudiera afectar la salud de una mujer que tenía 5 meses de gestación.

- Sé que lo que voy a decir está totalmente fuera de lugar y sé que pido demasiado con ello, Lisa… pero me gustaría que trataras de olvidarte de todo por esta noche. No tiene caso preocuparse.

- Lo sé. – Ella suspiró. – Pero aún así… no puedo sacar todo esto de mi mente. La situación con los observadores, este nuevo reporte médico… y ahora lo que ha sucedido en el museo.

- ¿Qué te dijeron?

- Bueno… que van a cesar a Jesse Galland de sus funciones. Que recibieron una recomendación al respecto de parte del gobierno… de la oficina de vinculación, específicamente.

- Pero no lo entiendo… la arquitecta Galland siempre ha sido una persona seria, responsable… ¿qué pueden tener contra ella?

- No es contra ella, amor. Es contra nosotros. La recomendación vino directamente de la oficina para la que trabaja Hannah Fiorenzi.

- ¿Y bajo que argumentos piensan deshacerse de Jesse?

- Es que, realmente no tienen argumentos contra ella. Más bien están argumentando que el hecho de que Woodland sea una propiedad nuestra, es inmoral que estemos usando recursos de fondos de gobierno para su restauración.

- ¡Pero todo se ha hecho de manera legal!

- Legal sí… pero ellos apelan a la falta de ética profesional.

- ¡Por Dios! Los apoyos que se han recibido para la restauración de Woodland han sido mínimos. Todo ha salido de nuestra propia bolsa. ¿Y que hay del Museo Donald Hayes? Ese museo es de utilidad y beneficio público y ha sido obra tuya, Lisa… el gobierno no ha metido mano en ese proyecto ¿Eso no cuenta?

- Son políticos, Rick. Lo que más me duele es que estén involucrando a alguien inocente como Jesse en todo esto. A ella le están llegando los golpes de rebote y eso no es justo.

- No lo es.

- Ya mañana iremos al museo y pondremos las cosas en claro.

- Yo voy con ustedes.

Lisa miró a Rick, quien tenía una expresión seria y determinada en el rostro. Ella sonrió enternecida y puso su mano sobre la de él. Una pequeña sonrisa apareció en los labios del piloto.

- Gracias, Rick… por siempre estar ahí conmigo. A veces pienso que tú eres otra víctima inocente de todo esto.

- Sí, soy una víctima inocente… - Él lloriqueó. - Pero, ¿por qué lo piensas, específicamente?

- Oh, tu sabes… demasiados líos… y tú siempre ahí, al pie del cañón.

- Soy tu esposo, Lisa. Estoy donde debo estar. Nada más.

- ¿Te había dicho cuánto te amo?

Rick sonrió arrogantemente y se detuvo en una luz roja, justo antes de la intersección con la calle que conducía al barrio militar. El piloto miró a su esposa y se acercó a ella para besarla suavemente en los labios.

- El sentimiento es mutuo, bonita.

Lisa sonrió y atrajo a Rick hacia ella, jalándolo de la solapa de su uniforme para besarlo apasionadamente. Él se dejó besar y aunque los dos hubieran deseado que aquel beso se extendiera por más tiempo, la luz del semáforo decidió que aquello ya era suficiente. Cuando el automóvil que estaba detrás de ellos dejó escuchar el sonido insistente del claxon, Rick y Lisa se separaron y él puso el auto en marcha de inmediato.

- ¡Eso te pasa por distraído! – Lisa fingió reprenderlo. – Por eso la gente te insulta por las calles, Rick.

- Así es. – El aceptó. – A mi me insultan por lo que mi esposa hace. ¿No es una injusticia?

- ¡Ahora cúlpame a mí de tus desacatos!

- Tú eres mi esposa, Lisa… tú eres responsable de todo lo que yo diga, haga, piense…

- ¡Que conveniente!

Rick se rió y bajó la velocidad de la camioneta para pasar por el puesto de vigilancia en la entrada del barrio militar. Los dos soldados que estaban de guardia los saludaron al verlos pasar y ya una vez dentro de los terrenos de viviendas militares, Rick retomó la conversación:

- De cualquier forma, tratemos de relajarnos y de no pensar en nada esta noche, Lisa. Ya mañana nos ocuparemos de lo que sea necesario.

- Tengo programada una reunión con el jefe del departamento de psiquiatría del hospital militar… esa es temprano en la mañana. Tengo que leer un poco más de ese reporte que Fiorenzi nos entregó hoy.

- ¡Y con eso se arruina toda la diversión de esta noche!

- Lo siento mucho, amor.

- No, no… está bien. Comprendo que en estos momentos hay prioridades. Pero no por eso deja de darme rabia… la salud mental de las Fuerzas Espaciales. ¿Qué tontería es esa?

- Si el gobierno, la oficina de vinculación y Hannah Fiorenzi estuvieran realmente preocupados por la salud de nuestros muchachos, yo sería la primera en reconocerlo y en aplaudirlo. Pero sabemos que no es así.

- ¡Política… detesto la política!

- ¡Amén a eso!

- Yo creo que la única oportunidad que la política tiene, el momento crucial en que la política cambiará radicalmente y tendrá un giro total, será aquel momento en el que Miriya Parino Sterling asuma algún puesto de elección popular.

Aquel comentario tan inesperado hizo que Lisa soltara una carcajada. Sobre todo por la actitud tan seria de su esposo al decir aquello. Ella pensó que iba a salir con algún argumento filosófico… no con aquello.

- ¡Eres terrible, Rick!

- Bueno, ella así lo quiere ¿no? ¿Puedes imaginarte su campaña política? ¡Miriya Parino Sterling para Alcaldesa de Ciudad Macross! Y su lema: "O votan por mi o me macronizo y los piso".

Aquello ya fue demasiado para Lisa, quien clara y vívidamente podía imaginar todo lo que su esposo estaba diciendo. Comenzó a reír alegremente y eso fue suficiente para hacer que Rick se sintiera satisfecho. Quería relajar un poco a Lisa, hacerla olvidar todos los asuntos que la preocupaban.

- Más vale que Miriya jamás sepa lo que andas diciendo, piloto.

- ¿Por qué? – Rick detuvo su camioneta en el sendero de acceso a su casa. - ¡Te aseguro que ella estaría encantada con ese lema!

- ¿Sabes qué es lo más triste de todo? Que creo que así sería…

Rick fue a ayudar a su esposa a bajar de la camioneta. Y después la tomó entre sus brazos, abrazándola protectiva y cariñosamente, mientras la besaba en la mejilla. Ella se abrazó a él y se dejó consentir.

- ¿Sabes algo, piloto?

- ¿Qué cosa?

- Tengo mucho trabajo que hacer esta noche… pero antes me gustaría relajarme un poco. Ya sabes…

- ¿Tienes alguna idea de cómo hacer eso?

- Tengo muchas ideas. Solo quería saber si cuento con tu colaboración.

- ¡Oh…! – Los ojos de Rick resplandecieron traviesamente. - ¡Mi colaboración absoluta e incondicional, almirante! Todo sea por ofrecer mis servicios a la causa.

- Sí, sabía que así sería. – Lisa se rió y le extendió su mano a Rick. - ¿Entonces vienes conmigo?

- ¡A donde quieras llevarme, Lisa!

El piloto tomó la mano de su esposa y se dejó conducir por ella a su casa. Las cosas estaban bastante difíciles y complicadas en Ciudad Macross en esos días, pero al menos ellos siempre podían volver a casa por las noches, a su refugio, y pretender, aunque fuera por unas horas, que nada existía en el mundo… nada más que ellos y el amor que se profesaban.

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La Mariner color azul cobalto del comodoro Azueta se detuvo afuera del pequeño edificio de apartamentos en la calle Orleans. Ya eran casi las 2200 horas y él pensó que quizás era algo tarde para llegar a visitar a la arquitecta Galland. Aunque, por otro lado, ninguno de los dos había cenado y en honor a la verdad él tenía mucha hambre.

Bajó de su vehículo y sacó un par de bolsas de papel que contenían lo que en ese momento era su tesoro más preciado: la cena. Miró hacia la ventana en el segundo piso del edificio estilo francés en donde vivía la arquitecta y sonrió al encontrarla iluminada. Se acercó a la puerta y oprimió el botón del intercomunicador.

- ¿Sí…?

- Galland, soy yo.

- ¡Ah…! Adelante, Carlos.

La puerta del edificio se abrió y el comodoro entró al mismo. Mientras subía por las escaleras, tenía en su pecho esos sentimientos encontrados que habían estado batallando en él desde que había hablado con Jesse esa noche: por un lado la preocupación de saber que algo malo estaba sucediendo con ella y por otro, los recuerdos tan vívidos de la noche anterior en el Stardust. Una noche que, sin ser nada extraordinaria, había resultado mágica para el comodoro.

Cuando llegó al piso de Jesse, ella estaba en la puerta de su departamento, esperando por él con una sonrisa en los labios.

- Buenas noches, Galland. – Él la saludó con aquella formalidad que le era tan característica.

- ¡Carlos! – Ella fue más espontánea y se acercó a saludarlo con un beso de cortesía en la mejilla. – Déjame ayudarte con eso… pasa por favor.

- Sé que es algo tarde. – El comodoro la siguió hasta su departamento. – Pero de cualquier forma tenemos que cenar. Lamento haber parecido tan controlador cuando hablamos por teléfono, pero te escuché algo preocupada y pensé que…

El comodoro no terminó su frase, porque simplemente no supo como hacerlo. Ella le sonrió, al tiempo que comenzaba a sacar el contenido de las bolsas y a colocarlo sobre la barra de su cocina.

- Gracias Carlos, de verdad. – Su voz sincera hizo que él confirmara el hecho de que ella se notaba preocupada.

- ¿Qué sucedió, Jesse?

- No, no es nada… asuntos de trabajo, ya sabes.

- No, no sé… y quisiera saberlo. – Él respondió con toda honestidad, mientras comenzaba a sacar algunos platos y vasos de los estantes.

Jesse lo miró y sonrió, conmovida por todo aquello. No solo por el hecho de que él se preocupara por ella de esa manera… sino por esa actitud que él asumía en su cocina, moviéndose con tanta familiaridad y seguridad, sin siquiera notarlo.

- Sucedió algo, pero… no sé… no estoy muy segura de qué es lo que realmente está pasando. Hace un rato hablé con Lisa Hayes al respecto.

- ¿Problemas en el museo o tiene que ver con Woodland?

- Tiene que ver con todo. – Jesse respondió, mientras llevaba las cosas a la mesa. – Es que… me mandaron llamar de Woodland y regresé antes de lo previsto, tú lo sabes.

- ¿Sí?

- Es que… parece ser que… que ya no requerirán de mis servicios en el museo, Carlos.

- ¿QUÉ? – El comodoro se detuvo en seco y dejó los platos sobre la mesa. – Pero… ¿por qué? ¡Si tú eres su mejor elemento! Si hay alguien que conoce ese museo, su funcionamiento, sus acervos, esa eres tú, Galland.

- Bueno, no lo sé…

Carlos Azueta se acercó a ella, quien le había dado la espalda tratando de ocultar el hecho de que estaba a punto de romper a llorar. La indignación, la rabia y la impotencia que de pronto habían surgido dentro del pecho del comodoro solamente eran superadas por aquella ternura indescriptible que Jesse Galland le provocaba en ese momento… y el deseo que tenía de acercarse a ella, abrazarla y protegerla.

Pero sus fuerzas no dieron para tanto y su voluntad tampoco. Lo mejor que él pudo hacer fue colocar sus manos en los hombros de Jesse y sentir como ella temblaba ligeramente. De pronto ninguno de los dos sentía hambre. Azueta condujo a Jesse hasta la sala y la ayudó a sentarse en el sofá, para enseguida él sentarse a su lado.

- A ver… ¿qué fue lo que sucedió?

- Si lo supiera… - Jesse sorbió sus lágrimas, se limpió el rostro con el puño de su camisa y trató de sonreír. – Simplemente llegué hoy a la reunión a la que me había citado el director… y me dijo que por disposiciones superiores tendrían que relevarme de mi cargo dentro del museo… y de todos los proyectos en los que estuviera trabajando.

- Pero debió darte alguna explicación al respecto. No pueden despedirte solo así porque sí. ¡Tú eres su mejor elemento!

- Carlos… - Ella lo miró a los ojos. – Necesito que me prometas que vas a tomar las cosas con calma cuando te diga lo que te tengo que decir.

- ¿Qué sucedió? – Él estaba ya visiblemente alarmado.

- ¿Lo harás? – Jesse colocó su mano sobre la del comodoro.

- Sí… lo haré. – Él prometió. – Pero… ¿de qué se trata todo esto?

- Aparentemente alguien hizo un par de llamadas telefónicas… hablaron con la gente del Programa de Apoyo a Proyectos de Restauración… con el doctor Nadil, que es el director de la Dirección General de Restauración del gobierno y con la arquitecta Buckley que es la subdirectora ejecutiva y encargada de proyectos.

- Los conozco, son gente muy decente y respetable.

- Lo son… pero ellos recibieron una orden de más arriba… de la Oficina de Vinculación y Desarrollo Político.

- ¡Hannah Fiorenzi! – El comodoro escupió aquellas palabras. - ¿Qué hizo esa maldita desgraciada esta vez y por qué?

- Es que… no sé que interés pueda tener ella en estas cosas… o en mí particularmente, dado que jamás hemos siquiera cruzado caminos… pero aparentemente, dentro del reporte que va a presentar al gobierno, en un apartado hizo observaciones sobre el hecho de que el recibir apoyo del gobierno y de programas públicos para la restauración de una residencia privada y la creación de un museo es ilegal por parte de la almirante Hayes.

- ¿Por qué? ¡Eso no es ilegal de ningún modo! Para recibir esos apoyos se han seguido todas las instancias legales y procedimientos que han sido necesarios. ¡Todo está en orden!

- Yo lo sé y tú lo sabes, Carlos… pero esa oficina de Vinculación pesa mucho dentro de la estructura de gobierno. La gente de la Universidad de Macross, que son los ejecutores de todo este proyecto, decidió detener todos los proyectos por ahora, hasta recibir una resolución de parte del gobierno. Y tú sabes que yo trabajo para la universidad.

- Lo sé… y entiendo que quieran hacer una revisión, esos son procedimientos rutinarios. Lo que no entiendo es por qué quieren quitarte tu trabajo a ti.

- He sido la curadora principal del acervo del museo por dos años… y ahora estoy al frente de la restauración de Woodland… aparentemente estoy en contubernio con la almirante Hayes en este asunto, para sacar provecho personal, dijeron.

- ¡Desgraciados, hijos de…! – Carlos se contuvo. – Para todo hay procedimientos, Jesse. Y no pueden hacer esto de esta manera. ¡Es ilegal!

- Lo sé… por eso hablé con Lisa. Ella aparentemente había recibido una llamada en la tarde y también quería hablar conmigo. Mañana tenemos que presentarnos con el director del museo. No sé qué vaya a salir de todo esto.

- ¡Pobre almirante Hayes! Como si la reunión de hoy no hubiera sido suficiente… - Azueta meditó en voz alta. – Pero en todo esto yo veo la siniestra mano de Fiorenzi… ¡Ellos no pueden involucrarte en esto, Jesse!

- Hay… hay algo más…

La arquitecta bajó la mirada, como si se sintiera avergonzada de que Carlos estuviera ahí, con ella… y pudiera enterarse de lo demás.

- ¿Qué cosa?

- Aparentemente el hecho de—de que yo he estado a cargo de esos proyectos en el museo me puso en la mesa de observación también a mí… y hay algunas cosas de mi pasado que salieron a colación… no sé.

Azueta notó que Jesse estaba temblando ligeramente. Una vez más tuvo el impulso de acercarse a ella y abrazarla, pero una vez más su voluntad flaqueó. Aquella chica lo enternecía, despertaba en él todos sus instintos de protección… pero a la vez lo aterraba.

- ¿Qué sucedió, Jesse?

- Carlos… ¿Recuerdas… recuerdas que una de las últimas veces que hablamos cuando yo estaba en Woodland tú… me preguntaste por mi pasado… mi historia antes de llegar aquí a Macross?

- Sí… - Respondió cautelosamente el comodoro.

- Fue… algo doloroso para mí. Pero jamás creí que tuviera importancia… dentro de mi vida profesional, quiero decir. Pero… yo en ese momento, hace tres años, justo antes de venir a Macross, terminé un contrato antes de tiempo… seis meses antes de que este concluyera… en Nueva Detroit. Y esa es una de las acusaciones que tengo ahora… que si no fui profesional ni responsable en aquella ocasión, entonces…

- Pero… tus razones tendrías. Además, si diste por terminado el contrato legalmente, entonces…

- Sí, lo sé… pero con todo me acusan de irresponsabilidad y de ser poco confiable para estar a cargo de proyectos de la naturaleza de los que tenemos acá en Macross. Sé que es absurdo… pero aparentemente están sacado cualquier pecado de cualquier oscuro rincón de mi pasado. No sé por qué…

- Si Hannah está involucrada en esto, yo sé exactamente por qué. – Azueta comentó, tratando de controlar esa rabia ciega que sentía en esos momentos.

- La situación es que el gobierno, a través de la Oficina de Vinculación, amenaza con quitar todo el apoyo económico tanto al museo como a Woodland, si yo sigo al frente de esos proyectos. No pueden arriesgarse a que una persona tan poco profesional como yo esté al frente de algo que está recibiendo apoyos tan importantes.

- ¡Eso es absurdo!

- Es lo que es, Carlos… y yo—yo no…

Jesse había intentado, con todas sus fuerzas, de mantenerse fuerte y controlada. Pero en ese momento ya su voluntad no dio para más y sin que pudiera evitarlo, lágrimas rebeldes comenzaron a brotar de sus ojos. La arquitecta Galland, siempre tan optimista, tan positiva, tan alegre y tan dueña de la situación, comenzó a llorar.

Aquello tomó a Azueta por sorpresa. Su primera reacción fue el quedarse callado y no hacer ningún movimiento ni ningún comentario. Pero había algo, algo que era más fuerte que él, algo que ya no podía ignorar ni contener… algo que lo hizo acercarse a Jesse, pasarle un brazo por los hombros y abrazarla contra su pecho, para dejar que se desahogara ahí.

Jesse se aferró a él, como si de eso dependiera su vida. Pero esa cercanía física con Azueta, el sentir su calor envolviéndola, sus brazos fuertes conteniéndola, su aroma, la textura de la tela de su uniforme contra su rostro, el sonido fuerte y rítmico de su corazón… todo aquello hacía que Jesse se sintiera súbitamente protegida, resguardada y… querida.

Por su parte, Azueta en esos momentos sentía que muchas cosas estaban sucediendo dentro de su pecho al mismo tiempo. La emoción que sentía al tener a Jesse en sus brazos de esa manera no se equiparaba con nada que él pudiera haber sentido antes… aquello era correcto. Y de pronto él supo que quería más… aquel abrazo parecía no ser suficiente.

- Hace algunos años… poco antes de la Lluvia de la Muerte, yo acababa de obtener mi grado de arquitecta restauradora y acababa de terminar mis cursos de curaduría en el museo. Mis padres… ellos siempre fueron muy estrictos conmigo. Fui su hija única y siempre mantuvieron un control muy fuerte sobre mí.

Jesse guardó silencio y Azueta la abrazó más estrechamente, motivándola con esto a continuar con su relato. Ella se limpió las lágrimas y siguió hablando.

- Ellos hubieran querido que yo fuera médica o abogada… contadora, ingeniera, cualquier otra cosa. Eran muy estrictos, muy controladores… mi padre siempre estaba ausente… y mi madre… ella tenía un carácter fuerte y dominante. Era duro convivir con ellos. Era una presión psicológica realmente fuerte para mí… yo me había avocado tanto a mis estudios, a mis prácticas y a mi trabajo, que jamás me había dado tiempo de cultivar ninguna clase de relación… no tenía amigos, mucho menos intereses románticos. Tú sabes, la poca gente que se acercaba a mí era repelida de inmediato por mis padres que estaban en todo.

- Debió ser difícil.

- Lo fue… yo buscaba mi independencia, tenía mi departamento, mi trabajo y todo… pero ellos eran siempre una sombra sobre de mí. Usaban el chantaje… mi padre se inventaba todo tipo de enfermedades, mi madre argumentaba soledad y tenía algunos problemas psicológicos. Por eso, cuando me ofrecieron una especialidad en Detroit, no dudé en aceptar la propuesta. Mis padres no estaban contentos con aquella decisión, pero yo necesitaba alejarme de ellos.

- ¿Y qué sucedió?

- La Lluvia de la Muerte… eso fue lo que sucedió. – Jesse tembló en brazos de Azueta. – Nosotros sobrevivimos en Detroit gracias a una serie de bóvedas subterráneas que había en el museo… tú sabes como fue aquella situación. Pero… bueno, meses después de ese día tan tremendo, la gente de Detroit decidió reconstruir su ciudad.

- Fue una de las primeras en ser reconstruidas después de la guerra. – Azueta asintió. – Una de las primeras en ser consideradas autosuficientes y de levantar todas las alertas tras la guerra. ¡Un ejemplo para todos!

- Y un trabajo intenso… todos teníamos que colaborar como si fuéramos una gran familia. Y en cuanto todo estuvo organizado, se formó un equipo multidisciplinario que estaría a cargo de los trabajos de reconstrucción de la ciudad.

- Y por supuesto, tú formaste parte de ese equipo.

- Así fue… firmamos un contrato con el gobierno de la ciudad y nos lanzamos a esa tarea titánica que fue la reconstrucción de una ciudad. Más que un trabajo era una misión… una vocación. Y ahí fue donde lo conocí a él… Anthony Brawley, se llamaba. Un muchacho recién egresado de la universidad… de la carrera de Estudios Urbanos de la Escuela de Artes Liberales de la Universidad de Texas… especializado en geografía y medio ambiente. Justo la persona que necesitábamos para completar el equipo. Un chico joven, con mucho entusiasmo y mucho empuje… con muchos conocimientos pero ninguna experiencia laboral. Fue asignado como mi asistente. Él tenía 23 años… yo ya tenía casi 30.

- ¿Y qué sucedió? – Preguntó Azueta, sintiendo que algo dentro de él le causaba una sensación extraña… algo que se sentía mucho como si fueran celos.

- Bueno, la historia es larga… pero en resumidas cuentas, nos hicimos amigos, más que un asistente él se convirtió en mi confidente y mi hombre de confianza. Yo jamás había tenido una relación de ese tipo con nadie… y me deslumbré, admito que lo hice. Además él comenzó a portarse conmigo muy romántico, muy cariñoso… y bueno, llegó el momento en el que más que compañeros de trabajo…

- ¿Se hicieron novios?

- No lo sé… - ella suspiró profundamente. – No sé qué era exactamente lo que había entre nosotros. Yo jamás había estado en una relación romántica, era muy inexperta y él… él obviamente sabía todo sobre eso. En la universidad había tenido muchas chicas… me lo decía… la primera vez que se acercó a mí para besarme, me tomó por sorpresa… pero yo estaba ansiosa de vivir una aventura romántica… estaba sedienta de amor… y acepté el hecho de que, para guardar las apariencias, tuviéramos una relación secreta… no podía andar por la vida con un novio que, además de ser mi asistente, era mucho menor que yo. No que yo tuviera prejuicios al respecto, pero…

- ¡Pero sí él realmente te quería debió hacer las cosas bien! Luchar por la mujer a la que amaba… no andar a hurtadillas por los rincones.

- La palabra clave es "si realmente me quería". Carlos… yo no podía verlo en ese entonces, porque estaba cegada por el amor o por esa pasión que sentía por él… pero él me estaba usando para sus intereses personales… profesionalmente estaba ascendiendo, usándome a mi como escalera…

- ¡Miserable…!

- Él… bueno… yo estaba emocionada con todo aquello… fueron 2 o 3 meses de gran pasión… de lo que yo pensaba era amor. Pero él comenzó a obligarme a hacer cosas que yo no… que yo no quería. Pero las hacía, porque lo quería y yo—pensaba que… bueno, era obvio que si él estaba conmigo… lo que quiero decir es que… él era un chico popular y muy asediado por las mujeres… y yo pensaba que si estaba conmigo—debía cuidarlo, consentirlo…

- Jesse… - Azueta habló determinadamente. – Él no te estaba haciendo ningún favor al estar contigo… tú eres una mujer fuerte, determinada, independiente, inteligente, madura… hermosa. – La voz del comodoro tembló levemente. - ¡Ese imbécil no sabía lo que tenía con él! ¡Él era quien debía tratarte como una reina, porque tú no mereces menos que eso!

- Carlos… - La voz de Jesse se enterneció. – Gracias… de verdad… pero… mírame… yo no soy exactamente el tipo de mujer del que los hombres se enamoran.

- ¿Y por qué no dejas que sea un hombre, un verdadero hombre el que decida sobre ese punto en particular, Galland?

La arquitecta se separó de su amigo y lo miró a los ojos. En ellos brillaba una luz profunda… aquellos ojos azules la hipnotizaban y la hacían perder el juicio y la razón. Sentía que todo su cuerpo estaba temblando… sentía que su corazón palpitaba de tal manera que le provocaba mareos. Sacudió la cabeza para salir de aquel trance y siguió hablando:

- Yo… bueno, la situación con Brawley… después de 3 meses cambió por completo… él ya estaba familiarizado con los procesos que se seguían en el trabajo… ya había hecho conexiones… ya—ya no me necesitaba.

- ¡Maldito bastardo!

- Él me dijo… me dijo que ya no quería tener nada conmigo… que se sentía abrumado… que yo no era la mujer que él quería, que ahora lo sabía… sin embargo, las cosas no eran tan fáciles… había mucho trabajo por hacer y—

- Y el infeliz te botó y se largó con la primera mocosa que se cruzó en su camino.

- Fue más complicado que eso… - Jesse se limpió las lágrimas otra vez. – Él comenzó a buscarme solo por… conveniencia… y yo lo recibía cada vez… yo todavía tenía sentimientos por él… a pesar del daño que me hacía, yo lo aceptaba… porque creía amarlo.

- Eso no es amor.

- Ahora lo sé y me arrepiento de cada segundo que pasé con él… pero cuando uno está obsesionado por alguien, no piensa, Carlos… no medita las cosas.

- Eso es verdad.

- Luego supe que… que desde hacía tiempo su novia de toda la vida había llegado a vivir a la ciudad… Diana, se llamaba… descendiente de nativos americanos. Yo misma le había escrito unas cartas de recomendación para que entrara a trabajar en unos proyectos de antropología en la universidad… yo no sabía quien era ella.

- ¡Pero no puede ser posible tanta desvergüenza! – Azueta la miró. – Y presiento que hay más…

- Sí, lo hay… Brawley comenzó a tener una relación sentimental con una compañera de trabajo, Angie… era una señora, una maestra de la universidad. Tenía casi 50 años y había quedado viuda durante la guerra… trabajaba por placer más que por necesidad, pues su esposo le dejó una buena condición económica. No tenía hijos ni responsabilidades… y trabajaba también para el departamento de antropología de la universidad.

- ¿Y su novia qué decía de sus amoríos?

- Mientras fueran en provecho de ellos y de su ascenso profesional y social, ella no parecía tener ningún problema.

- ¿Cómo pudiste enamorarte de una escoria como esa?

- No era amor, Carlos… era un capricho… el amor es otra cosa.

- Lo sé, pero…

- La situación es que… la presión psicológica llegó a tanto, que yo rescindí mi contrato seis meses antes de cumplirlo… y vine a Macross, en donde ya tenía un ofrecimiento de trabajo por parte de la universidad.

- ¡Pero todo fue legal!

- Lo fue… pero por lo que me dijeron hoy en el museo, aparentemente la oficina de Vinculación tiene una declaración firmada por el doctor Brawley, en donde él testifica que yo soy una persona poco confiable… y su palabra pesa porque el señor ahora es director del Colegio de Artes Liberales de la Universidad de Nuevo Dallas.

- ¿Doctor Brawley? Pero… ¿Cómo… cómo llegó hasta ahí… si todavía no tiene ni 30 años?

- Vivimos tiempos extraños… y una recomendación de una mujer cuyo esposo fue decano y doctor honoris causa de esa universidad realmente pesa mucho al momento de elegir a un director.

- ¡Ese maldito perro, desgraciado y…!

- No vale la pena, Carlos.

- Pero… ¿Cómo es que, después de cinco años, siga desgraciándote la vida, Galland?

- Si le pones un poco de dinero sobre su escritorio, ese tipo hará lo que tú quieras.

- ¡Fiorenzi!

- Creo que es lo que más me duele, ¿sabes? Es decir, un trabajo lo puedo conseguir en cualquier otro lado… pero el que hayan venido a remover un pasado que yo ya creía sepultado y superado… eso es lo que más duele.

- No Jesse… tú no irás a ninguna parte… tú conservarás tu trabajo aquí en Macross.

- Mañana iré con Lisa a esa reunión… y veremos que sale de esto.

- Es que no lo puedo creer… - Azueta suspiró. – Hay hombres tan despreciables en la vida…

- Cuando uno piensa estar enamorada… cuando la razón se deja dominar por los sentimientos, Carlos…

- Lo sé… - Él bajó la cabeza. – Yo… hace unos días… antes de que tú llegaras… encontré algo, ¿sabes?

- ¿Sí…? – Ella lo motivó a hablar.

- Yo… estaba en mi estudio, en casa… arreglando algunas cosas… unos viejos libros en mi librero… uno en particular que era de Laura… mi esposa… una novela que era de sus favoritas.

Jesse miró la mano desnuda de Azueta y confirmó una vez más lo que ya le había llamado la atención desde el día anterior: el comodoro no traía su anillo de matrimonio.

- Dentro de ese libro… cuidadosamente doblados… estaban unos documentos.

- ¿Qué documentos?

El comodoro suspiró profundamente y miró hacia la ventana. Sus ojos brillaban, como si estuvieran llenos de lágrimas. Tomó aire y sin mirar a su compañera, habló con voz apenas audible:

- Una carta… en la que le indicaba a su abogado que… que diera inicio con los trámites de divorcio de inmediato.

- ¿Qué cosa? – Jesse abrió mucho los ojos. – Pero… pero… ¿cómo…? Es que… ¿tú lo sabías?

- No… - Él negó con la cabeza. – Jamás lo supe… la carta estaba junto con algunos papeles oficiales, no sé… los trámites habían comenzado. Pero la fecha de expedición era previa a la Lluvia de la Muerte… obviamente la causa no prosperó por esa circunstancia y yo jamás recibí notificación alguna.

- Pero Carlos… Laura… ella…

- Después de la Lluvia de la Muerte fui a buscarla… no inmediatamente después, porque no podía hacerlo. Viajar en ese entonces era imposible, hasta para un militar. Cuando finalmente la encontré, ella estaba… estaba enferma.

- Etapa terminal de cáncer. – Jesse susurró empáticamente.

- Así es… no pasó mucho tiempo antes de que… de que viera morir a mi esposa.

- Lo siento mucho, Carlos.

- Es que… ahora me explico el por qué de su actitud tan fría y distante en esos últimos días… por qué me ocultó de su enfermedad… las pocas veces que hablamos fue solo para discutir sobre lo que había ocurrido con Pablo y con Gabriela, nuestros hijos… no era así como yo quería despedirme de ella… ¡No era así!

El comodoro se inclinó sobre sí mismo y escondió su rostro en sus manos. Jesse le comenzó a pasar la mano por la espalda, en un gesto silencioso de apoyo y simpatía.

- Yo jamás quise ver la verdad… entenderla… pero—es un hecho que ella… ella jamás me amó. Yo pensé que dentro de ella había llegado a existir quizás una leve simpatía, un poco de cariño hacia mí… ahora no lo sé. Ella quería que nos divorciáramos… yo lo entiendo, de verdad lo entiendo… yo pasé demasiado tiempo lejos… jamás le di lo que ella necesitaba…

- ¡Le diste todo lo que tenías, Carlos! Tu amor, tu apoyo, tu tiempo, tu cuidado…

- Si, quizás le di todo lo que tenía… pero no era lo que ella necesitaba. ¿Cómo luchar contra un fantasma? La sombra del capitán Vega siempre estuvo ahí… hasta el último día de su vida. Murió pronunciando su nombre, ¿sabes?

Jesse no pudo evitar que una lágrima rebelde resbalara por su mejilla. Y no lloraba por Laura ni por su trágica muerte, sino por Carlos Azueta… por ese hombre por el que ella sentía algo mucho más fuerte y poderoso de lo que ella misma se atrevía a admitir.

- Pero fuiste tú el que estuvo ahí, con ella… hasta el final.

- Ella fue mi esposa… pero jamás fue mi mujer.

- ¿Fue… fue por eso que te quitaste el anillo de matrimonio?

Jesse se arrepintió enseguida de haber pronunciado aquellas palabras. Pero Carlos simplemente miró su dedo desnudo y asintió con la cabeza.

- ¿Qué caso tiene? – Él susurró. – Me dolió… mucho. El encontrar esos papeles de divorcio, quiero decir… es que… a pesar de que jamás tuvimos una relación apasionada, yo la amaba… pero ella me recriminaba que jamás hubiera estado con ellos… me culpó de la muerte de nuestros hijos… yo sé que quizás tuve culpa, pero…

- ¿Cómo vas a tener culpa de eso, Carlos? – Ella se acercó a él. – Lo que sucedió… lo que vivimos… no fue culpa de nadie… al menos no de ninguno de nosotros.

- Sí, lo sé… pero… ya no puedo seguir con esto, Jesse… siento que ya no puedo.

- Todo va a estar bien, Carlos…

Jesse se acercó a él y le pasó el brazo por los hombros, al tiempo que recargaba su cabeza en su hombro y se acurrucaba contra él. Aquella acción tan inesperada hizo que Azueta se sobresaltara un poco. Ella lo miró, perfectamente consiente de su reacción, y como si le pidiera permiso de quedarse ahí… por un momento solamente.

Azueta sonrió con ternura y abrazó a Jesse. Sin poderse contener… sin quererse contener, la besó con ternura en la frente y aquello envió una corriente eléctrica a través del cuerpo de Jesse, quien suspiró profundamente y rogó al cielo porque ese momento no terminara jamás.

- Mira nada más, - Azueta murmuró. – Se supone que yo debía escucharte… y al final fuiste tú quien terminó por escucharme y reconfortarme a mí.

- No tengo ningún problema con eso… además tú también me escuchaste y me reconfortaste mucho a mí, Carlos.

- ¿Estamos a mano entonces?

Los ojos de Azueta se encontraron con los de Jesse, quien le sonreía beatíficamente. Ella asintió y se acercó a él para recargar su frente en la del comodoro. Jamás habían estado tan cerca, física ni emocionalmente, y aquello los hacía temblar… los hacía sentir una emoción fuerte, profunda y sincera en el corazón.

- ¡Estamos a mano…!

- Me alegro…

Los dos se dejaron perder en los ojos del otro por unos minutos que fueron eternos para ambos. No podían negarlo, no podían ocultarlo… pero no podían admitirlo. Ambos querían más… necesitaban más…

- Jesse… - Finalmente Azueta susurró.

- ¿Qué pasa, Carlos?

- La comida… tendremos que calentarla otra vez.

Aquello hizo reír a Jesse Galland y rompió la tensión de aquel momento. Era algo que, a pesar de todo, ambos necesitaban.

- Si, tienes razón… será mejor que…

Ella intentó ponerse de pie, pero Azueta la detuvo por la muñeca, la miró a los ojos y habló con sinceridad:

- Todo va a salir bien, Jesse… mañana en el museo, con la almirante Hayes, quiero decir. No te preocupes por nada.

- Gracias, Carlos… lo digo de verdad.

Él asintió con la cabeza y se acercó a ella. Jesse sintió que se congelaba en su sitio cuando sintió el aliento cálido de Azueta contra su piel. Cerró los ojos, sintiendo como su corazón se aceleraba como nunca lo había hecho en su vida… y suspiró profundamente cuando sintió que los labios del comodoro rozaban cariñosamente su mejilla, en un beso lleno de cariño y de gratitud.

- Solo quiero pedirte un favor, Galland.

- El que sea, Carlos.

- Sobre lo que hablamos… el divorcio y todo eso… no quisiera que saliera de aquí. Es decir, no quiero que Nicolás lo sepa jamás.

- Esto se queda entre nosotros. – Ella le aseguró. – Y gracias por tu confianza.

- Gracias a ti, por todo… y entonces… - Azueta se puso de pie. - ¿Vamos a cenar?

- ¡Por supuesto!

Los dos se dirigieron a la cocina. Había que calentar la comida, pero ellos no tenían ningún problema con aquello. Esa había sido una noche de revelaciones para ambos… una noche en la que habían dado pasos agigantados en su relación, aunque no fueran del todo conscientes de ello.

El resto de la velada pasó tranquila, con una conversación agradable y tratando de alejarse de los temas espinosos que habían tratado antes. La cena transcurrió en un ambiente tan tranquilo y relajado, que ambos hubieran querido que se alargara por siempre.

Si aquello que sentían el uno por el otro no era amor, al menos era un sentimiento muy parecido… un sentimiento que los llenaba como jamás nada los había llenado en sus vidas… y que los hacía anhelar más… mucho más.

-


-

La oficina del director del Museo Almirante Donald Hayes era grande, espaciosa y muy agradable, con un ambiente algo rústico que hacía obvio que aquel era un sitio habitado por un hombre al que realmente la decoración no le preocupaba. Encima de su escritorio y de algunas mesas cercanas se amontonaban documentos, piezas antiguas, libros y objetos realmente indeterminados.

El doctor Adrián Sanders había asumido la dirección del museo desde que la universidad había decidido apoyar al almirantazgo con ese proyecto. Era un hombre recto y amable que siempre había creído en ese proyecto y había trabajado para sacarlo adelante. Aunque últimamente había estado algo ocupado con algunos proyectos personales y su trabajo en la universidad, lo que le había hecho dedicar menos tiempo a la dirección del museo que, por otro lado, parecía dirigirse solo. Así de bueno era el equipo que había conformado.

El doctor levantó su mirada de los documentos que había estado estudiando y la clavó en las dos mujeres que estaban sentadas frente a su escritorio: la almirante Lisa Hayes y su restauradora estrella, la arquitecta Jesse Galland.

Adrián sacudió la cabeza y suspiró con una actitud de impotencia y desesperación que se hizo notoria en sus palabras:

- Yo sé que el gobierno nunca ha estado particularmente interesado en el rescate el acervo cultural, a pesar de que se ha demostrado una y otra vez que la cultura es importante a un nivel prioritario.

- Fue la cultura la que nos hizo ganar esa guerra imposible contra los zentraedis. – Lisa sentenció. – Pero los políticos no parecen entenderlo.

- Están buscando pretextos para disminuir el gasto, ya de por sí precario y bastante magro, que la cultura supone para el presupuesto gubernamental. – El doctor Sanders respondió. – Sin embargo creo que ustedes comprenden la posición de la universidad dentro de todo este dilema… nos están haciendo elegir: o la arquitecta Galland o los apoyos financieros. Hay mucho en la balanza, almirante.

- Pero, no comprendo. – Jesse intervino. – Yo respondo por mi trabajo, Adrián… y tú mejor que nadie sabes que siempre he sido responsable y profesional.

- Aquí, Jesse… pero ellos están apelando a ese incumplimiento de contrato en Nueva Detroit. No se quieren "arriesgar" – Adrián entrecomilló la palabra con sus dedos – a que una responsable de proyecto como tú deje las cosas a la mitad.

- ¡Eso es injusto! ¡Me están juzgando por cosas que ocurrieron hace mucho tiempo! Y que fueron totalmente legales… yo no incumplí el contrato, Adrián… lo rescindí y hay diferencia. Todo fue legal.

- Nosotros lo sabemos, Jesse… pero haz que ellos lo entiendan. Están buscando pretextos y si no fuera esa situación con el contrato, sería cualquier otra. Tú lo sabes.

- Hay una situación aquí, - Lisa respondió. – El museo, el acervo del museo, la colección del museo, todo pertenece a mi familia… esta casona fue una donación del gobierno de la ciudad… el aporte que el gobierno hace a este proyecto es mínima. Yo me aventuro a decir que es un proyecto eminentemente privado. ¡Y lo mismo sucede con Woodland!

- El peso del gobierno como participante en estos proyectos es fuerte, almirante. Aunque sea simbólicamente… se creo ese fondo mixto con aportaciones tanto del gobierno como de la universidad y de usted… en este caso usted ha aportado el acervo y una importante cantidad de recursos. La universidad el trabajo y el personal… el gobierno ha apoyado económicamente, quizás de una manera muy magra pero… pero es el gobierno.

- ¿Entonces cuales son nuestras opciones? – Lisa quiso saber.

- Tenemos que convocar a una reunión plenaria, en donde participemos las tres instancias involucradas, almirante. Una vez ahí se estudiaría el caso y—y se tomaría una decisión.

- ¿Qué decisión, Adrián? – Jesse respondió. – Tú y yo sabemos que finalmente la universidad tomará el partido del gobierno… no se van a quedar sin ese patrocinio. Yo ya puedo considerarme fuera de todo.

- Jesse, tú sabes que has sido mi mejor elemento aquí… eres tú quien básicamente maneja la parte operativa del museo… pero ¿qué podemos hacer? De cualquier forma, si decidiéramos pasar por alto las recomendaciones del gobierno… en el sentido de dejarte ir… entonces tendríamos que dar por terminado el proyecto por falta de apoyos y tú quedarías sin trabajo de cualquier manera. Quiero que comprendas que la decisión que se tome será quirúrgica… cortar un dedo para salvar una mano. Tenemos mucho en juego, Jesse. Y no es nada personal, tú sabes que yo te aprecio como compañera de trabajo, te respeto como colega y reconozco tus enormes contribuciones a la causa… pero…

- ¿Entonces no hay nada que hacer? – Lisa intervino. – Me parece, doctor, que yo tengo voto de calidad dentro de la junta de gobierno del museo.

- Sí, almirante… pero…

- En cuanto a Woodland, ese es un proyecto privado. El apoyo que se ha obtenido del gobierno ha sido perfectamente legal y no voy a permitir que…

- Almirante, con todo respeto… pero eso no me toca a mi decidirlo. – Adrián la interrumpió, visiblemente acongojado. – Tenemos que convocar a esa reunión de la que le hablo. No hay nada que hacer.

- Yo sinceramente creo que hay mucho por hacer. – Lisa respondió secamente. – Espero que esa reunión sea convocada a la brevedad posible, doctor.

- Así se hará, almirante. – Adrián asintió. – Y Jesse… en serio, no lo tomes personal.

- No lo haré. – Ella intentó sonreír. – Yo comprendo la situación, Adrián… es solo que no dejo de sentir rabia y frustración al pensar que tanto trabajo… que tanto esfuerzo y tanta dedicación han sido inútiles.

- Lo lamento, Jesse.

- Encontraremos la forma de salir de esto de una manera que sea conveniente para todos. – Lisa intentó reconfortarlos. – Jesse, tú no irás a ninguna parte… y doctor, le aseguro que los proyectos se seguirán financiando. El gobierno no puede ingerir en lo que es perfectamente legal y que ha seguido todos los protocolos que corresponden.

- Es usted muy optimista, almirante.

- Organice la reunión, doctor… con la gente del gobierno, la de la universidad y con el consejo. Esperaré su llamada. – Lisa se puso de pie.

El doctor Adrián Sanders y Jesse se pusieron de pie de inmediato, como movidos por un resorte. Él le extendió la mano a la almirante para despedirla con gran atención. Enseguida acompañó a las dos mujeres a la puerta.

- Siento mucho que todo esto esté ocurriendo.

- No es culpa de usted. – Lisa respondió. – Hasta pronto, doctor.

Después de las despedidas de rigor, Lisa y Jesse salieron de la oficina del doctor Adrián y caminaron lentamente por el vestíbulo del museo hasta la puerta del mismo.

- Lamento mucho que todo esto esté ocurriendo, Lisa. – Jesse sonó honestamente atribulada. – Es decir, con todos los líos que tú ya de por sí tienes en tu trabajo y todo…

- ¡Ni lo menciones, Jesse! Además, créeme cuando te digo que esto tiene que ver mucho con los líos que hay en mi trabajo… ¡Si no lo supiera yo! Puedo poner nombre y apellido a este problema.

Jesse sacudió la cabeza y suspiró.

- Yo me he apasionado mucho con todo esto… es decir, con el Acervo Hayes y con Woodland… le tengo cariño a ambos proyectos… pero si tengo que irme, yo lo haré, Lisa… yo no quiero causar problemas.

- Tú confía en mí, Jesse. – Lisa intentó animarla. – Algo se nos ocurrirá. No es posible que injusticias como esta sucedan en el mundo.

- Y sin embargo suceden a cada momento.

- Eso es cierto… - Lisa suspiró. – Pero este no será el caso.

Las dos mujeres salieron del museo y Lisa sacó las llaves de su pequeño convertible. Miró a Jesse y le sonrió.

- ¿Nos vamos?

La arquitecta Galland sonrió con cierta tristeza y negó con la cabeza.

- Te lo agradezco, Lisa… pero mi casa no está lejos y realmente creo que me vendría bien una caminata.

- ¿Estás segura?

- Absolutamente… pero gracias de todos modos.

- No te preocupes, Jesse. – Lisa despidió a su amiga con un apretón de manos. – Confiemos en que todo saldrá bien.

Ella sonrió agradecida y asintió con la cabeza. Miró a Lisa cuando ella subió a su auto y se alejó por la calle del museo. Entonces Jesse tomó el camino largo que la conduciría a su casa. No tenía prisa por llegar y realmente tenía mucho en que pensar.

-


-

No era común ver aparecer en el Stardust – y mucho menos a esas horas – a alguien como el comodoro Azueta. Eran las primeras horas de la tarde y el furor del medio día ya había pasado en aquel refugio de militares. A esas horas no había tantos parroquianos, fuera de un puñado de pilotos que estaban por comenzar su turno y algunos chicos de la Academia Militar que recién habían salido de una sesión intensiva de clases que se había extendido durante toda la mañana y parte de la tarde. Y estaban hambrientos.

Quizás por eso nadie pareció prestar atención a aquel hombre de aspecto elegante y presencia imponente que entró al Stardust y fue a sentarse a la barra… cosa que también era muy extraña.

La propietaria del lugar, Tessie O'Shea, se aproximó a él con una sonrisa en los labios.

- ¿Andas perdido, comodoro? Creo que la base militar está al otro lado de la calle.

Azueta apenas y esbozó una sonrisa leve y miró a su interlocutora.

- Necesitaba un poco de aire fresco… y quizás un buen café bien cargado.

- ¿Un irlandés especial?

- No estaría nada mal.

- Debe ser que el fin del mundo se acerca. – Tessie comentó, mientras comenzaba a preparar el café. – Últimamente has estado apareciendo mucho por acá, corazón. No que a mi me moleste, claro que no. De hecho me encanta tenerte aquí en el Stardust. Pero no es común… ojala se haga un hábito. Es bueno para el negocio, ¿no? "Stardust, negocio certificado por el comodoro Azueta".

El aludido sonrió, pero no comentó nada. Tessie, quien mucho más que una simple mesonera era toda una experta en leer los estados de ánimo de sus militares, siguió hablando:

- Es lindo tenerte aquí… pero es más lindo cuando vienes acompañado de Jesse. ¡Esa chica es un bombón! ¿En dónde la dejaste?

- ¿Eh…? – Azueta miró a Tessie. – Yo… ella… ella está en una reunión en estos momentos. En el museo…

- Algo de vida o muerte, supongo. Basta con verte la cara, comodoro.

Él se encogió de hombros y quizás iba a contestar… quizás, porque la respuesta que pudiera haber tenido jamás salió de sus labios, ya que las voces conocidas del teniente Azueta y de la teniente Hickson llegaron hasta ellos.

- ¡Miren nada más! Véanlo, sin jaulas… sin cadenas… ¡El comodoro Azueta en el Stardust! ¿Están remodelando tu oficina, se inundó o se llenó de bichos, papá?

- Teniente, no me importa de quien sea hijo usted, pero incluso aquí yo soy su superior.

- ¡Sí, señor! – Nick se cuadró ante su padre y luego él y Kelly fueron a sentarse a su lado.

- No esperaba verlo por aquí, señor. – Kelly comentó.

- Necesitaba aire fresco y un café cargado. – Tessie respondió, al tiempo que ponía sobre la barra una taza de irlandés doble. - ¡Servido, corazón!

- Gracias, Tessie.

Mientras el comodoro bebía aquel brebaje tan mágico y reparador, sus tres acompañantes lo observaron con detenimiento. No hacía falta que Azueta dijera nada, se encontraba frente a las tres personas que podían leerlo. Para ellas, él era tan transparente como el cristal.

- Seguro que todo saldrá bien con la arquitecta Galland, señor. – Fue Kelly quien finalmente comentó. – Lisa—es decir, la almirante Hayes está con ella. Estoy segura que las cosas se arreglarán favorablemente.

- Sí. – Azueta gruñó. – Pero eso no implica que las cosas estén bien… porque no es justo lo que está sucediendo.

Tessie miró a los dos chicos y levantó las cejas en un claro gesto de sorpresa. Jamás en su vida había escuchado al comodoro proferir tantas palabras juntas. Él era un hombre bastante parco… excepto, claro, cuando se trataba de Jesse Galland.

- Bien… voy a ponerme militar. – Tessie habló. – Comodoro, ¿tengo permiso para hablar libremente?

El jefe del Estado Mayor miró a la dueña del Stardust y con un movimiento de mano le indicó que podía continuar.

- Carlos… - Ella se lanzó, usando no solo su nombre de pila, sino una actitud resuelta. – Creo que ya no podemos seguir negando lo obvio, ¿no es así? Te he dado tiempo… bastante tiempo… pero ¿cuánto más vas a necesitar?

- ¿De qué estás hablando, O'Shea? – El comodoro espetó.

Tessie miró a los dos tenientes que estaban ahí y sacudió la cabeza, como si no pudiera comprender como era que un hombre tan brillante como Azueta pudiera ser tan… distraído.

- Papá, - Nick se lanzó al ataque, sabiendo que esa era una oportunidad invaluable. – Mira… sabemos qué es lo que sucede y por qué estás tan preocupado. Y queremos que sepas que todos te apoyamos… creo que es momento, papá… debes de dejar tus dudas a un lado y lanzarte…

- ¿Lanzarme a qué… dudas sobre qué…?

- Señor, - Kelly entró al ruedo. – Sobre Jesse Galland. Todos sabemos qué es lo que está sucediendo y por qué usted está así… esas semanas que Jesse pasó en Woodland… señor, usted… usted y Jesse…

- ¿Qué hay sobre mí y Galland? – Azueta súbitamente se puso a la defensiva.

Sus tres interlocutores se miraron, sintiéndose impotentes ante aquello. Ninguno parecía tener el valor de pronunciar aquellas palabras que todos querían expresar. Tessie tomó una toalla y comenzó a limpiar furiosamente algunas copas de cristal, un claro gesto de que estaba perdiendo la paciencia.

- ¿Cómo es que un militar tan brillante como tú puede ser tan… cabeza dura, comodoro?

- ¿Qué…? – Azueta miró a Tessie y arrugó en entrecejo.

- Papá… - Nick suspiró. – Lo que queremos decir es que… es que es tiempo de que superes el pasado… no nos gusta verte así, viejo. Debes dejar a un lado tus dudas y tus temores… y hacer lo que es correcto.

- ¿Temores? – Azueta se defendió. – En primer lugar no sé de qué están hablando… y en segundo lugar, yo no le tengo miedo a nada, Nicolás. ¡Jamás lo he hecho!

- ¡Tienes miedo de enamorarte! – Nick levantó la voz.

Un silencio profundo se hizo en aquel lugar. Carlos Azueta sintió que se paralizaba al escuchar aquellas palabras. Sintió que de pronto el mundo se había detenido… miró a sus tres acompañantes, quienes lo observaban con una mirada dura, inquisitiva, determinada. Era obvio que Nick acababa de abrir la caja de Pandora y ahora ya no podían retroceder.

- ¿De qué estás hablando, Nicolás? – Azueta casi escupió esas palabras.

- De lo que es obvio, papá.

- De lo que todos vemos, menos tú, Carlos Azueta. – Tessie completó.

- De usted… y Jesse Galland, señor. – Kelly remató.

- Yo… no sé de qué están hablando. – Azueta susurró y se ocultó detrás de su taza de café.

- Papá, tu gesto de casarte con mamá y adoptar a Pablo fue algo muy noble. Sé que ella siempre te respetó, te fue fiel, te quiso… pero… - Nick bajó la mirada. – Pero debes de aceptar que tú nunca fuiste el amor de su vida.

- Nicolás… tu madre, ella—

Azueta quiso encontrar algún argumento para refutar aquella declaración de su vástago, pero no encontró ninguno. Su voz murió en su garganta y sin que él pudiera evitarlo, sus ojos azules se humedecieron. Aquello no pasó desapercibido para nadie. Fue Kelly quien se acercó a él y le puso una mano en el hombro, al tiempo que le hablaba con una voz suave y llena de ternura y cariño:

- Señor, usted merece tener a su lado a alguien que lo ame… alguien como Jesse Galland.

- No… - Él sacudió la cabeza. – Ustedes están malinterpretando las cosas… Galland y yo, nosotros solo somos amigos. Además hay un abismo de distancia entre nosotros… ella es una jovencita y yo…

- ¡Tú eres el amor de su vida, Carlos! – Tessie casi le escupió esas palabras en la cara. - ¿No te has dado cuenta? ¿Realmente estás tan ciego, comodoro?

Azueta abrió desorbitadamente sus ojos, pero no pudo responder a eso. Su mirada pasó de Tessie a Kelly, quien confirmó las palabras de la dueña del Stardust con un movimiento de cabeza.

- Yo no— no, realmente no… es que eso no puede ser. – Él sacudió la cabeza y la dejó caer sobre su pecho en una actitud derrotista. – Las cosas no son así… las cosas no pueden ser así. No es lo correcto…

- ¡Dios santo, Carlos! – Tessie ya estaba desesperada. – Si no te has dado cuenta de que Jesse está enamorada de ti, entonces realmente algo no te funciona muy bien en la cabeza… o quizás es el corazón el que no te funciona bien, porque jamás le has dado la oportunidad de hacerlo. ¿No te das cuenta de que ustedes dos están hechos el uno para el otro?

- Papá, Tessie tiene razón… tan solo bastaba verte en esas semanas que Jesse estuvo ausente… la extrañaste, viejo.

- Y ella… - Kelly complementó. – Ella escribía cada día, me preguntaba por usted, señor. Y luego usted venía a preguntarme si ella había escrito… si sabía cómo estaba ella allá en Woodland.

- Sí, pero eso… no significa nada. Ella es una mujer joven, profesional, con la vida por delante… una carrera exitosa, un futuro prometedor… y yo—yo soy un viejo militar al que ya no le queda mucho por vivir.

- ¡Tienes 52 años, papá! – Nick casi le gritó. - ¡Estás en la plenitud de tu vida! ¿Por qué te aferras a la idea de que ya no hay nada más para ti? ¡Tienes la vida entera a tu disposición! Si tan solo quisieras afrontarla…

- ¡Son tonterías! – El comodoro se puso de pie, bastante exaltado. - ¡No te voy a permitir que me hables así, Nicolás!

- Yo sé que lo que viviste con mi madre fue algo… intenso, especial y muy significativo para ti, papá… ¡Pero mereces algo mejor! Mereces ser feliz… mereces tener a tu lado a alguien que te ame como tú lo mereces.

- ¡Ella es una jovencita y yo no—!

- ¡Tu hijo tiene razón, Carlos Azueta! – Tessie lo cortó. - ¡Ni Jesse es una adolescente ni tú eres el viejo que insistes en ser! ¿Qué necesitas para ver lo que tienes frente a tus narices? ¿Hasta cuándo vas a negar lo que sientes?

- ¡Si amas a Jesse tienes que decírselo, papá!

- Si realmente ama a Jesse no puede dejarla ir, comodoro. – Kelly finalizó. – ¡Piénselo, por favor!

- No puedes esperar hasta que ya sea demasiado tarde. – Tessie remató, filosóficamente, mientras miraba hacia la puerta de su restaurante. – Porque el demasiado tarde podría llegar demasiado temprano.

Y sin más explicaciones se dio media vuelta y entró a la cocina. Tanto Azueta como los dos tenientes que lo acompañaban, miraron hacia la entrada del local. El comodoro y Kelly no pudieron ocultar su disgusto al ver quien era quien acababa de llegar… Nick miró a aquella mujer que no conocía… pero nadie tenía que decirle que esa persona era, sin duda, la famosísima licenciada Hannah Fiorenzi de la que tanto había escuchado.

Nick Azueta pensó que quienes le habían hablado de la licenciada Fiorenzi, diciéndole que era una mujerona (porque ese había sido exactamente el término que habían utilizado sus compañeros), no habían estado equivocados. Hannah era una belleza mediterránea, despampanante y deslumbrante, capaz de quitar el aliento al más avispado de los hombres. Y ella sabía que así era y no tenía empacho en hacer uso de sus armas de seducción en contra de cualquiera que se le pusiera enfrente.

Sin embargo, aquellos que le habían dicho que Hannah Fiorenzi era una mujer fría, manipuladora, arrogante, altanera, calculadora, tampoco se habían equivocado, como Nick pudo comprobar bien pronto, apenas la recién llegada abrió la boca.

- Te había estado buscando, Carlos. – Habló, dirigiéndose a comodoro, aunque su vista pronto se clavó en Kelly. – Parece que sacaste a pasear a tu mascota, ¿eh?

La teniente Hickson arrugó el entrecejo y Nick, defensivamente, se puso de pie para quedar interpuesto entre su padre y su novia… y la recién llegada.

- ¡Vaya! – Hannah siguió, sin siquiera darle oportunidad al teniente de articular palabra. - ¿Qué tenemos aquí? ¿Así que este es Azueta Jr. por lo que puedo ver? Hmmm… nada mal, comodoro… de tal palo tal astilla.

Kelly había tomado a Nick por la muñeca y con un jalón discreto, pero firme, lo hizo volver a su lugar. No tenía caso enfrentarse a Fiorenzi… no en esos momentos, no en ese lugar y no cuando ella se iría de Ciudad Macross al día siguiente. Simplemente no tenía razón de ser.

Nick se sentó y miró a Kelly con preocupación. Pero la mirada de ella estaba clavada en el comodoro, quien se entretenía bebiendo su taza de café, como si no se hubiera siquiera percatado de la llegada de Hannah Fiorenzi. Y el teniente Azueta pudo notar que tanto su padre como Kelly tenían la misma mirada. La mirada de alguien que ya está cansado de luchar.

- ¡Cuanta seriedad! Ni siquiera un "buenas tardes" de cortesía. – Hannah se sentó al lado de Azueta. - ¡Hey, mozo! Un agua mineral con hielo por favor. ¿Saben? Siempre pensé que los militares eran más atentos y educados.

- ¿En qué puedo ayudarla, licenciada?

- Realmente en nada. Sin embargo creo que tenemos que hablar.

El comodoro Azueta tomó otro sorbo de café y se dio su tiempo antes de responder:

- ¿Hablar de qué?

- No te hagas el misterioso, Carlos Azueta. Tú sabes que tenemos asuntos pendientes. Mañana me voy de este pueblo anticuado y aburrido y no quisiera irme sin antes aclarar ciertas cosas contigo… elemental cortesía, ¿sabes?

- ¿Esa elemental cortesía de mover tus influencias para quitarle a alguien inocente y honesta su trabajo, por ejemplo? ¿Cuántas llamadas telefónicas tuviste que hacer, Fiorenzi? O aún más, ¿cómo puedes dormir por las noches?

- Yo no tengo ningún problema para dormir por las noches, Carlos. – Hannah sonrió socarronamente mientras le daba un sorbo al agua mineral que acababan de servirle. – Y creo que tú tampoco los tendrías… si durmieras conmigo, ¿sabes?

Nick y Kelly levantaron la vista y la clavaron en aquella mujer, sin dar crédito a lo que estaban escuchando. ¡Era inaudito que una persona que en esos momentos aún fungía como representante de gobierno tuviera el descaro de hablar de esa manera!

El comodoro Azueta sacudió la cabeza y dejó escapar una risita burlona. Era obvio que él ya estaba acostumbrado a aquello… y a esas alturas de la vida ya nada le importaba. Él ya podía esperar cualquier cosa de aquella mujer.

- Y seguro que eso te encantaría, ¿no es así, Fiorenzi?

Ella se rió, como si aquello la divirtiera horrores. Miró a Azueta de soslayo y después habló con una voz que más parecía la de una mujer seductora tratando de atrapar a su presa un sábado por la noche en un bar, que la de una comisionada del gobierno en funciones.

- No lo sé, Carlos… podríamos llegar a un acuerdo. ¿No te parece? Es decir, yo sé lo mucho que te importa lo que suceda con la arquitecta Galland. Yo no tengo nada en contra suya… creo que es una víctima inocente de la insensatez de la almirante Hayes.

- ¿De qué demonios estás hablando? – Azueta lanzaba fuego con la mirada.

- ¡Vaya! Parece que la presencia de tu hijo te envalentona, ¿eh? – Fiorenzi miró a Nick. – Eres un chico muy lindo, ¿sabes? Solo quisiera que fueras más sensato que tu padre.

- Licenciada Fiorenzi, - Kelly ya no pudo contenerse. – Creo que sus comentarios están totalmente fuera de lugar. Yo no creo que—

- ¿Y usted con qué derecho se dirige a mi, teniente? A nadie le interesa su opinión. ¿Sabes cuál es el problema, Carlos? Ustedes no han sabido imponer la autoridad en estos lugares.

Nick volvió a ponerse de pie, pero esa vez Kelly no pudo detenerlo.

- ¡Ya basta! – El indignado muchacho estalló. – Mire, señora, mi novia tiene razón. Usted y sus comentarios están fuera de lugar. Y usted no tiene ningún derecho ni de hablarle a Kelly o a mi padre como lo está haciendo ni de inmiscuir a alguien inocente como la arquitecta Galland en sus líos.

- ¡Vaya! Tú muchacho es un gallito. – Hannah se puso de pie y se acercó a él. - ¡Uy, me gusta eso en un hombre!

- ¿Qué es exactamente lo que quieres, Hannah? – Azueta se interpuso entre ella y su vástago, desafiantemente.

- Tenemos que hablar… creo que hay muchas cosas que hay que dejar en claro antes de que yo me vaya de aquí, Carlos. No quiero terminar mal contigo… quiero llevarme un buen recuerdo de Ciudad Macross… y quien sabe, quizás logres convencerme de que interceda por la arquitecta. Es cierto que ella es una víctima inocente de todo esto… me da pena la pobrecita. Digamos que… si tú accedes a lo que yo te pido, yo puedo interceder por ella.

- ¿Y qué es lo que me está pidiendo, licenciada?

- Una charla… una simple conversación antes de irme de Ciudad Macross… ¿eso es demasiado para ti, comodoro?

- ¿Me está extorsionando?

- Te estoy ofreciendo la pipa de la paz… ya tú decidirás si la tomas o la dejas. Pero ten en cuenta que es la última oportunidad que tenemos.

- Esto suena más como una amenaza que como un ofrecimiento de paz.

- Bueno… no creo que tengas mucho de que quejarte, considerando que el reporte sobre la salud mental de las Fuerzas Espaciales está sobre la mesa todavía… y que Galland está a punto de quedarse sin nada… yo no sería tan remilgoso si fuera tú, Carlos Azueta.

El comodoro suspiró profundamente y se perdió en sus meditaciones. Nick y Kelly lo observaban consternados. La mirada del teniente Azueta se clavó entonces en Fiorenzi, quien sonreía cínicamente.

- Podríamos… negociar. – Ella remató.

- ¡Esto es extorsión! – Nick estaba visiblemente alterado.

- Vas a tener que aprender una lección, amorcito. – Hannah se acercó a él con una sonrisa seductora. – En el ejército, como en la política y en la vida, uno enfrenta momentos en los que debe anteponer a sus intereses personales el bien mayor… no es extorsión, muñeco… se llama negociación. Y tu padre, como un viejo y curtido lobo de mar, sabe a lo que me refiero. ¿No es así, comodoro?

- ¿Qué es exactamente lo que quieres, Fiorenzi? – El comodoro casi bramó aquellas palabras.

- Bueno… ya lo hablaremos… pero no aquí. Me siento incómoda hablando de estas cosas delante de los niños. Creo que todavía son muy jóvenes e impresionables.

Nick y Kelly le lanzaron una mirada asesina a Hannah… situación que, por otro lado, ella encontró terriblemente divertida. Se rió sin ningún empacho y tomó a Azueta por el brazo.

- ¿Me acompañarías a un lugar más… privado?

El intentó resistirse a aquello, pero Hannah insistió:

- Si no lo haces por ti ni por mí, hazlo por las Fuerzas Espaciales… hazlo por tu querida arquitecta Galland… tú puedes marcar la diferencia, Carlos Azueta… nosotros podemos llegar a un acuerdo… tú podrías ser el héroe de esta situación. ¿Qué dices?

- Podría pedir que la arrestaran aquí mismo, licenciada.

- ¿Bajo qué cargos? – Ella se rió. - ¿Usando el testimonio de estos dos mocosos? Mira, tu hijo es un dulce, pero no deja de ser un mocoso… y Hickson… bueno, es Hickson.

- ¿Qué se supone que eso significa? – Nick se exaltó.

- ¡Nick…! – Ella lo detuvo.

- Tenemos que hablar, de eso no hay duda. – Carlos Azueta se puso de pie y miró a Hannah con una mirada fría, asesina, penetrante. – Y lo haremos… pero créame, licenciada, las cosas se harán legalmente y no a su modo.

- Tú sólo sígueme, Azueta… yo me encargaré de lo demás.

Hannah Fiorenzi tomó a Carlos Azueta por la muñeca y comenzó a guiarlo hacia la puerta del Stardust. El comodoro, incómodo como se sentía, se soltó de aquella mano que lo aprisionaba y continuó caminando al lado de Fiorenzi con todo el garbo y altanería que uno esperaría ver en un militar de su rango.

Kelly y Nick los miraron hasta que salieron del Stardust. Ninguno de los dos parecía poder salir de aquel trance en que habían caído. Los dos estaban indignados y francamente preocupados por el comodoro Azueta. Fue la voz de Tessie la que los trajo de vuelta a la realidad:

- ¡Es una arpía… una verdadera hija de—!

- ¡No puedo creer que mi padre la haya seguido! ¡Iba como cordero al matadero!

- Él la ama… - Kelly sonrió beatíficamente a pesar de todo. - ¡Realmente la ama!

- ¿Qué? – Nick se escandalizó.

- ¡Oh, no! Quiero decir, a Jesse… - Ella miró a su novio. - ¿No ves que esto lo está haciendo por ella? ¡Tú padre está preocupado por Jesse! El comodoro haría cualquier cosa por ella.

- ¡Y eso es lo que me preocupa! – Tessie continuó limpiando sus copas. – Que el comodoro llegue a hacer cualquier cosa… con la signorina.

- ¡No! – Nick sacudió la cabeza. – Papá no es tonto… él jamás— ¿o lo haría?

- Uno comete muchas tonterías por amor. – Tessie sentenció filosóficamente.

- Pero… Tessie…

- Hannah no se irá de Macross con el orgullo herido. – La ama y señora del Stardust siguió hablando. – El comodoro está en un momento vulnerable y en una situación difícil… y ella puede pedirle una noche… ya saben, una noche a cambio de un acuerdo… y si ese acuerdo implica la seguridad laboral de Jesse Galland, yo no sé a lo que Carlos pudiera acceder bajo esas circunstancias.

- ¡No! – Kelly estaba aterrada. - ¡El comodoro jamás haría algo así!

- Mi padre ha cometido grandes errores en su vida… buscando el amor. – Nick meditó. – No digo que su relación con mamá fuera un error… es decir, de otra forma yo no estaría aquí… pero—él ha amado mucho, lo ha entregado todo y ha recibido tan poco a cambio que… me da miedo pensar que pueda ofuscarse en estos momentos.

- Pero… ¿con Hannah? – Kelly hizo un gesto de asco.

- Mi padre puede ser un idealista y realmente lo es… pero también es hombre. – Nick se encogió de hombros. – Y Hannah… ella…

Kelly le dio un golpe en el brazo a su novio. Tessie sacudió la cabeza y no pudo evitar el esbozar una sonrisa cómplice.

- Tu padre es un pedazo de carne muy apetitoso, Nick. No puedo culpar a Hannah por utilizar un último recurso… y entiendo que Carlos es un hombre que ha pasado demasiado tiempo solo… sin embargo él merece algo mejor que esto.

- ¡Claro que sí! – Kelly opinó airadamente. - ¡El comodoro no se quitó su anillo de matrimonio solo para irse a revolcar con la signorina! Él merece… él desea algo más… algo verdadero y significativo… algo real.

- ¡Tienes que ser fuerte, viejo! – Nick susurró. – Tú realmente mereces algo más… algo mejor… algo hermoso.

- Y no solo lo merece. – Tessie opinó. – Lo necesita… urgentemente.

- Pero no con Hannah. – Kelly imploró. - ¡No con ella!

- Creo que todo está en manos del comodoro. Él tomará la mejor decisión. – Tessie le puso punto final a aquel drama. - ¿Qué les sirvo de comer, chicos? No hay nada como un especial del Stardust para tranquilizar los corazones y alegrar la panza.

- Bajo estas circunstancias, ¿qué otra cosa nos queda? – Kelly suspiró resignada.

Tessie entró a la cocina y los dos tenientes se quedaron sentados en la barra. Ambos se notaban preocupados. Estuvieron en silencio por un buen rato, hasta que Nick comentó:

- Así que esa es la famosa Hannah Fiorenzi…

- ¡Pervertido! – Kelly le dio un empujón con el hombro.

- ¡¿Por qué?!

- ¡No vas a negar que te gusto esa signorina! ¡A todos los hombres les gusta esa tipa!

- Teniente Hickson, ¿es esa la forma de hablar de una funcionaria de gobierno? – Él pretendió estar escandalizado.

- ¡Ugh…! – Kelly dejó caer su cabeza sobre la barra en una actitud teatral. - ¡Ya quiero que se vaya! ¡Ya no la quiero tener aquí!

- ¿Sabes algo? – Nick se acercó y le acarició la espalda. – No niego que, sea como sea, es una mujer hermosa.

- ¿Por qué no me sorprende?

- Pero… verla junto a ti solo me hizo poner en perspectiva las cosas. ¿Y sabes qué? ¡Tú le ganas por mucho, Hickson! Ella es simplemente… una mujer hermosa. Tú, en cambio, eres una belleza completa, por dentro y por fuera… y yo estoy enamorado de ti.

- Lo dices solo para salir del paso. – Ella lloriqueó.

- Bueno… si tú lo dices… pero ¿crees que esto sea también solo para salir del paso?

Nick tomó la barbilla de Kelly en entre sus dedos y la acercó a él, buscando ávidamente sus labios. Ella no se resistió. Realmente en esos momentos lo que más necesitaba era sentirse cercana a Nick, sentirse resguardada y protegida… necesitaba sentirse amada. Ella reciprocó el beso con un cariño y una entrega que rayaban en una pasión devastadora. Pero con todo, ambos sabían que el Stardust no era precisamente el mejor sitio para dar rienda suelta a sus demostraciones de cariño.

Los dos se separaron y por primera vez en toda la tarde, sonrieron emocionados. Ninguno de los dos lo expresó en palabras, pero el mensaje silencioso que ambos se comunicaban con la mirada era que esperaban, de todo corazón, que el comodoro Azueta pudiera encontrar en Jesse Galland lo que ellos habían encontrado el uno en el otro.

-


-

Si bien el comodoro Azueta había sugerido que fueran a su oficina en el Almirantazgo, la licenciada Fiorenzi había insistido en que ella no quería tratar asuntos de esa naturaleza en la cueva de los lobos. Finalmente él la había seguido hasta su hotel, en donde los dos se encontraron el la sala de conferencias que durante meses había sido el cuartel general de la comisión de observadores.

Había varias computadoras portátiles sobre la mesa, un montón de papeles apilados por aquí y por allá y algunos otros objetos regados por el lugar que, a pesar de lo limpio que todo estaba, le daban cierto aspecto de desorden a esa improvisada oficina. Aquello, sin embargo, no pareció molestar a Hannah, quien se sentó en una de las sillas e invitó a Azueta a hacer lo mismo.

- Solos al fin. – Ella sonrió seductoramente, pero con cierto aire burlón, cuando el comodoro se sentó. - ¿Qué te parece?

- Me parece que he venido hasta aquí a arreglar asuntos importantes. No tengo tiempo para esto, licenciada.

- Bien, eres un hombre que va al punto. Me gusta eso. – Ella cruzó la pierna en una actitud bastante seductora que Azueta no pudo ignorar.

El comodoro pasó saliva e inconscientemente retrocedió un poco.

- Vamos a poner las cosas en claro. – Ella continuó. – Y lo que diga aquí es totalmente no oficial y off the record. Esto es entre tú y yo, Carlos. Y si tratas de utilizarlo en mi contra, yo simplemente negaré los hechos. ¿Estamos de acuerdo?

- ¿Qué es lo que quieres, Hannah? – Azueta estaba visiblemente molesto. - ¿Por qué ese empeño en hacernos la vida imposible?

- ¡Oh, no! Yo jamás lo haría, comodoro. Es mi interés el hacerte la vida algo más… placentera. – Ella pasó seductoramente la punta de su pie por la rodilla del comodoro. – Lo que pasa es que tú me haces las cosas difíciles.

- ¿De esto se trata todo? ¿De sexo?

- Lo pones de una manera muy cruda. – Hannah se rió. – Lo que me hace fantasear sobre la clase de amante que serás en la cama.

- Hannah, no voy a acceder a esto. – Azueta se puso de pie.

- Mira, Carlos… - Ella se puso igualmente de pie y se plantó ante él. – Sí, vamos a poner así las cosas… esto es sobre sexo. ¿Algún problema? Pasé tres meses aquí, tratando de ser tu amiga, tratando de tener una buena relación contigo… tratando de divertirme un poco. Jamás en la vida, escúchalo bien, jamás en la vida un hombre se me había negado. Eso me hiere en mi orgullo personal, pero a la vez me reta, me intriga… tengo dos opciones, o pensar que eres un hombre demasiado interesante… o pensar que simplemente no te interesan las mujeres.

- ¡Piensa lo que quieras! – Él escupió las palabras en su cara. – Estoy aquí por otra cosa… ese reporte médico puede dañarnos y mucho. Tu juego fue desleal, Hannah. Y la información que ahí presentas está totalmente fuera de contexto, manipulada… errónea.

- Son solo mis apreciaciones como observadora. – Ella sonrió socarronamente. – Ahora, que si tú estás interesado en que cambie la redacción de ese informe… o añada una buena palabra o dos a favor de las Fuerzas Espaciales en el informe oficial… está en tus manos, Carlos.

Hannah se acercó seductoramente al comodoro y le pasó los brazos alrededor del cuello. Él la miró con la misma actitud con la que miraría a un bicho raro que estuviera trepando por su pierna y trató inútilmente de apartarla de sí.

- ¿Qué hay de la situación con el museo?

- ¿Por qué no lo dices como deberías, Carlos? Quieres saber qué pasará con esa pequeña arpía que se te ha metido entre ceja y ceja, ¿no? Es una víctima inocente de todo esto, pero una presa demasiado fácil. ¿Cómo no aprovechar la situación?

- ¡Eres una maldita—!

- ¡Uh,oh! – Hannah le colocó un dedo sobre los labios al comodoro. – No es bueno usar ese lenguaje frente a una dama, comodoro. ¿Dónde quedó su caballerosidad militar?

- ¿Y dónde está aquí la dama?

- ¡Me gusta tu mente rápida! – Hannah se rió. – Y tienes razón… verás, cuando trato de complacer a mis amantes, no soy precisamente una dama… si es que sabes a lo que me refiero.

Azueta sintió que las manos de Hannah se deslizaban peligrosamente por su espalda y hacia el sur. Sus ojos se clavaron en los de ella y un gesto de asco y repulsión apareció en el rostro del comodoro.

- Eres una mujer hermosa, Fiorenzi. – Murmuró. – Pero a la vez eres asquerosamente despreciable… y no seré yo quien caiga en tus redes.

- Piénsalo, comodoro… - Ella respondió melosamente, mientras rozaba el cuello del militar con sus labios. – Una noche conmigo… te prometo hacer realidad todas sus fantasías… todas tus perversiones… y mañana podemos arreglar las cosas. Yo retiro el reporte sobre la salud mental de las Fuerzas Armadas… arregló algunos detallitos en mi reporte general… la arquitecta Galland conserva su trabajo… y todos somos felices.

- ¿A cambio de qué?

- No pido mucho… - Ella lo besó en la barbilla. – Tu adhesión al FAP… ya lo habíamos hablado… y es una situación en la que tú sales ganando. Tú nos apoyas y te garantizo que bajo el gobierno de Weidenseld, el almirantazgo será tuyo, Carlos Azueta.

- Suponía que las cosas iban por ahí.

- ¿Y hay algo malo con ello? Política es política, Carlos… el juego del poder. Y el poder embriaga.

- ¿Y qué ganas tú con todo esto?

- Hay demasiado en juego… y nuestra carta fuerte en estos momentos es apostar al pacifismo. Necesitamos militares comprometidos a nuestra causa… podemos convertirte en un héroe, Azueta. Tú nos ayudas, nosotros te ayudamos.

- ¿Un militar pacifista? ¿Un almirante militante del FAP?

- Un militar humanista y simpatizante de la causa popular.

El comodoro Azueta suspiró profundamente… quizás un poco por la impotencia que sentía ante todo aquello, el asco que le provocaba aquella propuesta… y un poco por la manera en que Hannah lo estaba acariciando. No podía negar que, con todo, aquello le resultaba placentero.

- Piénsalo, Carlos… de cualquier manera, tú saldrás beneficiado con todo esto. Al menos déjame ayudarte a pensar… a decidir…

Azueta cerró los ojos y trató de controlar su corazón que le latía a todo lo que daba. Pero aquello no era una buena señal, porque no era un latido que lo emocionara o que lo hiciera sentir mariposas en el estómago ni alegría… era un latido que lo llenaba de angustia, incluso de miedo al pensar lo que podía ocurrir y lo que todo aquello implicaba.

Básicamente lo que Hannah Fiorenzi le proponía era dinero y un puesto político, a cambio de traicionar a la almirante Hayes, a sus principios, sus ideales… le proponía salvar el futuro laboral de Jesse Galland a cambio de que él se vendiera como un vulgar rufián. Hannah le ofrecía un futuro mucho más sencillo… a cambio de sexo.

¿De eso se trataba la vida? ¿Era así como las cosas se manejaban en los círculos políticos? De pronto Carlos Azueta se sentía asqueado por todo aquello. Sentía que cada centímetro de su cuerpo que estaba en contacto con Hannah estaba sucio… sentía nauseas, ganas de vomitar… sentía que de pronto, por el simple hecho de estar ahí escuchando a aquella mujer, estaba traicionando todo lo que él era, todo en lo que él creía… todo por lo que él luchaba.

- Lo siento mucho, licenciada Fiorenzi. – Azueta finalmente la apartó de sí, con un empellón muy poco delicado. – Pero no acepto su propuesta.

- ¡Azueta! – Ella bramó. - ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo… te das cuenta de lo que estás rechazando?

- ¡Me doy cuenta de lo que estoy defendiendo y me doy cuenta de lo que realmente tiene un valor real y verdadero en mi vida!

- ¡Si sales de esta habitación estás firmando una sentencia de muerte para ti y para esas personas que supuestamente te importan tanto! – Hannah trató detenerlo cuando lo vio aproximarse a la puerta. - ¡Es tu última oportunidad!

- ¿Sabes qué? – El comodoro sacudió la cabeza. Se notaba cansado, fastidiado… agotado. - ¡Haz lo que quieras! No me importa…

- ¡Entonces espero que tú y tus Fuerzas Espaciales se vayan al demonio! Al igual que esa mujerzuela que hasta ahora estaba sobreviviendo con la caridad del gobierno… ¡Vete al demonio tú también, Azueta!

Él la miró por encima del hombro. Podría responder a aquello de mil maneras distintas… podría reaccionar de una forma muy poco caballerosa… podría incluso cobrarse ahí mismo todo lo que Hannah le debía, de la manera que a él le pareciera. Pero eso era lo que ella quería… y él no le iba a dar más armas en su contra.

- ¡Buenas noches, licenciada Fiorenzi… y buen viaje de regreso a Monumento!

- ¡Sabes que esto no se va a quedar así! Esto apenas comienza, Azueta.

El comodoro sentía que su pecho de pronto se había llenado de una rabia ciega, de un coraje y un resentimiento como jamás lo había sentido en su vida. Y por lo mismo era mejor alejarse de ahí en ese momento, mientras todavía tenía algo de control sobre sus acciones. Porque mientras más pasaban los segundos, más sentía que aquel veneno que Hannah le había suministrado durante tres meses, le corría por la sangre, contaminándolo por completo.

El jefe del Estado Mayor salió de aquel sitio, dando un portazo tras de sí. Hannah, igualmente irritada y encolerizada, arrojó al suelo todo lo que había en una mesa cercana y lanzó una serie de insultos en su lengua materna. Miró hacia la puerta cerrada, dándose cuenta de que ahí mismo acababa de ocurrir algo histórico: su primera derrota como política… y como mujer.

- Te di tu oportunidad, Azueta. Y no creas que las cosas se van a quedar así. Esto ya es mucho más que solo un asunto oficial… esto ya es personal. Ahora es una cruzada personal para acabarte… para humillarte a ti de la misma manera en que tú me has humillado a mí.

La licenciada Fiorenzi se arregló el cabello y trató de calmarse. Sacó su teléfono de su bolsa de mano y marcó un número.

- ¿Sí… Weidenseld? Habla Fiorenzi… mira, necesito verte mañana. Es urgente y es importante… sí, mañana ya estaré de vuelta en Monumento, gracias a Dios… me parece bien, entonces nos vemos para almorzar.

Hannah volvió a poner su celular en su bolso y un gesto de profundo odio y rabia ciega apareció en su rostro. Hasta ahí había llegado su consideración… a partir de ese momento era la guerra.

-


-

Hacía ya un buen rato que un vehículo Mariner color azul estaba estacionado afuera de un pequeño edificio de departamentos en la calle Orleans, una de las más lindas y pintorescas de Ciudad Macross.

El comodoro Azueta, quien se encontraba dentro de la camioneta, jugueteaba nerviosamente con su teléfono celular. Se notaba un tanto irritado y a la vez un poco asustado. Su mirada estaba clavada en la calle solitaria, iluminada por la luz eléctrica. Azueta lucía inusualmente descuidado en sus ropas, cosa realmente extraña en él, quien siempre lucía su uniforme militar con tanto garbo y orgullo. Sin embargo su casaca la llevaba desabotonada, dejando ver su camisa blanca por debajo. Se le veía agotado y pensativo.

La noche era hermosa, tibia, despejada, con un maravilloso cielo estrellado. Una noche que invitaba al disfrute y al goce de la primavera. Pero, ensimismado como el Jefe del Estado Mayor del Almirantazgo, se encontraba en ese momento, poco podía percatarse de la belleza del ambiente nocturno.

Fue hasta que distinguió a una solitaria figura que se aproximaba caminando por la calle, que el comodoro se movió en su asiento. Observó a aquella mujer con cuidado y curiosidad, como si no quisiera equivocarse respecto a su identidad, y cuando confirmó lo que esperaba, de inmediato salió de su vehículo y comenzó a caminar por el sendero, al encuentro de Jesse Galland que, tan metida como venía en sus propios pensamientos, no se había siquiera percatado de la presencia del militar.

- ¡Galland! – Él la llamó y su voz sonó casi como un pedido de ayuda.

- ¡Carlos! – Ella no pudo ocultar su sorpresa. – Pero… ¿qué…? Es decir… ¡Hola!

- Yo… lamento aparecer aquí sin aviso pero… - El comodoro se pasó la mano por el cabello en un gesto nervioso. – Quería saber como había salido todo… en tu reunión, quiero decir… te llamé al celular, pero me enviaba al correo de voz… y en casa no contestabas. Entonces pasé por aquí, pero como no te encontré, yo—yo me preocupé… un poco.

- ¡Ah…! – Ella intentó sonreír. – Traigo el celular apagado… es que, salí a caminar un poco… necesitaba pensar.

- ¿Qué sucedió? – Aquello alarmó al comodoro.

- Nada que no esperara, realmente.

- ¿Quieres hablar de ello?

Jesse miró a Carlos y notó que él estaba genuinamente preocupado e interesado en lo que ella tuviera que decir. Aquello hizo que su corazón se enterneciera hasta lo indecible. Y por otro lado, la apariencia cansada y descuidada de Azueta le provocó cierto temor, respecto a lo que pudiera estar sucediendo en la vida del comodoro. ¿Qué si quería hablar de ello? ¡Ella siempre quería hablar con él!

- ¿Quieres… no sé, pasar a tomar un café o un té… algo?

- Yo… ¿no soy inoportuno?

Jesse sonrió tristemente, como si le doliera que después de tantos meses, Azueta aún tuviera dudas a cerca de su relación amistosa. Sin siquiera responder a aquella pregunta, ella se dirigió a la entrada del edificio de departamentos y él la siguió dócilmente, sintiendo que cuando aquella puerta se cerró detrás de sus espaldas, un peso se le quitaba de encima. Era como si aquel sitio, el departamento de Jesse Galland, fuera su refugio contra el mundo.

Los dos subieron al piso que Jesse ocupaba. Cuando entraron y ella se ocupó en encender las luces, Azueta sonrió al reconocer aquel aroma tan familiar de aquel sitio. Era un aroma como a vainilla… algo reconfortante que lo hacía tranquilizase y sentirse mucho mejor.

- ¿Café… té…? Tengo unos panecitos que pasé a comprar esta tarde a la panadería que está por el parque.

- ¡Oh, un café está bien! – Azueta respondió. – Gracias Jesse… de verdad.

No pasaron más de diez minutos antes de que los dos estuvieran instalados en la acogedora salita del departamento, en donde Jesse había colocado algunas golosinas, panecitos y galletas en una pequeña charola sobre la mesa de café. Aquello se complementaba con una cafetera de cerámica y un par de tazas a juego. Azueta pensó que aquellos detalles eran muy de Jesse Galland… ¡Y aquello lo fascinaba!

- Entonces… supongo que la junta no fue del todo bien. – Él finalmente se aventuró a preguntar.

- Hay… situaciones que realmente no logró comprender. – Jesse suspiró profundamente. – La política es algo que simplemente escapa a mi entendimiento.

- Pero… ¿qué dijo el doctor Sanders? ¿Qué dijo la almirante Hayes?

- Lisa está con toda la buena intención de defenderme y yo se lo agradezco. Pero al parecer el que mi nombre figure en la nómina del museo es excusa suficiente para que la oficina de Vinculación del gobierno suspenda los apoyos del fondo de restauración.

- Pero… - Azueta se detuvo. Iba a preguntar el por qué, pero él mismo se dio cuenta de que él sabía exactamente el por qué y el por quién. – Pero entonces… ¿Qué va a suceder?

- Vamos a tener una reunión con algunas autoridades en los próximos días, pero yo no estoy muy optimista respecto a ella. Creo que solo retrasará lo que yo ya veo inevitable. Mi salida de la universidad.

- ¡Pero no es justo! Tú te has encargado de todo el trabajo de curación en el museo… del trabajo de restauración en Woodland. ¡No hay nadie más capaz ni más preparada que tú en ese equipo!

- No lo sé, Carlos… quizás es como Sanders me dijo, que si me quedaba con ellos, los apoyos desaparecerían y eso implicaría que muchos quedaran sin trabajo… yo incluida. Así que él lo llamó una operación quirúrgica.

- Amputar un dedo para salvar la mano.

- Así es. – Ella aceptó con tristeza. – Así es como las cosas son.

- Pero y tú… ¿qué piensas hacer?

- ¿Qué se puede hacer? No mucho… comenzar a buscar trabajo en alguna otra parte, por supuesto…

- ¿A qué… te refieres? – Había miedo en la voz del comodoro. - ¿Trabajo en alguna otra parte… es decir… en alguna otra ciudad?

- ¡Es que es tan injusto! – Ella se inclinó sobre sí misma. - ¡Me acusan de haber incumplido un contrato con la ciudad de Nueva Detroit! Pero las cosas fueron legales… no es como si yo me hubiera simplemente esfumado de la faz de la tierra… todo se llevó según procedimientos.

- Esos malditos usarían cualquier excusa con tal de perjudicar a la gente noble y buena. – Azueta murmuró.

- Lo que más rabia me da es saber que Brawley sigue perjudicándome… después de tantos años, después de tanto tiempo… recibí un memorandum, de parte de la universidad, ¿sabes? En él detallaban el hecho de que, como te comenté ayer, tienen un testimonio firmado de uno de mis colaboradores en los proyectos Nueva Detroit, yo había incumplido mis obligaciones.

- ¡Ese malnacido, hijo de…!

- No vale la pena.

- Pero… ¿por qué ese hijo de perra se ha inmiscuido en todo esto? – Azueta ya estaba visiblemente molesto.

- Te lo dije, ponle unas monedas sobre el escritorio y el se inmiscuirá en lo que tú le pidas… y al parecer Vinculación puso esas monedas, pues tiene algunos documentos y un testimonio firmado por él para respaldar la causa que me están formando… respecto a mi falta de profesionalismo laboral y ética profesional.

- ¡Pero son mentiras!

- No entiendo por qué ese afán de seguir perjudicándome… ¡Hace años que no nos vemos!

Azueta murmuró algunas maldiciones. Ella lo miró y notó lo enojado que él se notaba. Y a ella no le gustaba estresarlo con sus propios problemas. Él ya tenía suficiente con los suyos.

- Pero bueno… sucederá lo que tenga que suceder. – Ella sonrió con tristeza. – De cualquier forma el estar aquí, en Macross… trabajando en el museo y en todos estos proyectos tan maravillosos era como un sueño para mí—obviamente los sueños no duran para siempre.

- ¡No digas eso, Jesse! – Azueta se acercó a ella y la tomó de las manos, en un gesto espontáneo y cariñoso que los tomó a ambos por sorpresa.

- Es que… de alguna manera, sin importar lo que haga o cuanto me esfuerce, al final siempre lo echo todo a perder, yo—

- ¡No! – Él la silenció. – No puedes culparte por esto, Jess… simplemente no puedes hacerlo y no quiero que lo hagas.

- Es que si jamás me hubiera involucrado con Brawley… - Los ojos de la arquitecta se llenaron de lágrimas. – Es decir, desde el primer momento supe que era un error… pero dejé que las cosas siguieran adelante porque… ¡Qué sé yo! Porque estaba sedienta de cariño… porque… porque se sentía lindo tener a alguien a mi lado… y aunque todo apuntaba hacia el desastre, yo trataba de convencerme a mí misma de que quizás… quizás de alguna manera, no sé, yo podría salvar la situación… ¡Estaba tan cegada! Ahora que lo recuerdo y veo las cosas en la distancia me da rabia conmigo misma, porque—

- ¡Shhh…! – Él volvió a silenciarla. Odiaba que ella se estuviera lastimando a sí misma de esa forma. – Jesse, escucha… debes de dejar de culparte por lo que ocurrió. Tú eres una mujer maravillosa y debes de convencerte de ello, porque es verdad.

La arquitecta Galland levantó la mirada, incrédula ante lo que estaba escuchando. Era simplemente imposible el que Carlos Azueta le estuviera hablando de esa manera, con tanto cariño… con ese tono tan cálido y suave de voz. O que la estuviera mirando de la manera en que lo estaba haciendo. El corazón de Jesse se aceleró a todo lo que daba cuando él le sonrió comprensivo.

Para Azueta aquella situación no era de ninguna manera sencilla. Él no estaba acostumbrado a ese tipo de cosas… no recordaba cuándo había sido la última vez que había reconfortado a alguien de esa manera… que le hubiera hablado a alguien con ese cariño… o que se hubiese sentido tan cercano y tan apegado a alguien. Sin embargo, por más difícil que fuera aquello, él no quería detenerse. Su corazón latía sin control y sentía que sus manos le temblaban, pero sacando fuerzas de flaqueza continuó hablando:

- Si ese tipo—ese patán, no supo apreciarte no es culpa tuya, es él quien salió perdiendo. Pero no vale la pena que vivas triste y siempre en el pasado. Lo que ocurrió ya no puede cambiarse pero tienes el resto de tu vida delante de ti y hay personas a tu alrededor que te quieren y que desean lo mejor para ti.

- Pero… las cosas no son tan fáciles, Carlos… ahora hay que volver a comenzar de cero.

- Cierto, y eso no puede ser tan malo. Debes de marcar un nuevo comienzo, darte una nueva oportunidad… abrirte a la vida… permitirte volver a sentir emoción, volverte a enamorar, volver a amar…

A ambos les sorprendió aquella declaración tan honesta y sentida que Azueta acababa de hacer. Jesse lo miró a los ojos, en silencio, como suplicándole que continuara con aquello… porque sus palabras le hacían bien, la reconfortaban… la animaban.

- No estás muerta, Jesse… no moriste cuando ese hombre se alejó de ti. – Azueta susurró. - Tú vida sigue y puedes hacer de ella lo que tú quieras. Si él no supo apreciar tu amor ese es su problema… pero tú tienes mucho que dar y mucho que recibir. Debes perdonarte a ti misma, darte cuenta de que lo que ocurrió no fue tu culpa, que tú pusiste todo de tu parte para que esa relación funcionara… pero que no te puedes quedar atrapada en ella… tu vida está delante de ti y mientras sigas respirando, mientras sigas en este mundo, tienes la oportunidad de amar, de ser amada… de ser feliz.

De pronto, Carlos se detuvo abruptamente y miró a Jesse que lo miraba con ojos tristes. Cada palabra que él le había dicho se había clavado en el corazón de ella como una daga. Sabía que él tenía razón.

Pero había algo más. Había algo en la mirada de Jesse Galland… algo que le decía al comodoro, sin palabras, que se diera cuenta de que él no solo estaba hablando de ella… sino que estaba hablando de sí mismo.

Carlos sacudió la cabeza y suspiró profundamente. Soltó las manos de ella y se inclinó sobre sí mismo, ocultando su rostro entre sus manos. Los ojos de Jesse se clavaron en el muro frente a ella y por un momento ninguno de los dos dijo nada. Fue hasta que el comodoro se atrevió a mirar a su amiga que notó que, con su mirada perdida y sus ojos húmedos, Jesse era la perfecta imagen de un dolor profundo.

Tímidamente, venciendo el temor que sentía y el nerviosismo que le provocaba aquella conversación, Carlos movió su mano hasta que, tanteando torpemente, encontró la de ella. Aquel contacto pareció sacar a la arquitecta de su trance. Miró a Carlos y él apretó con fuerza la mano que sostenía.

- Si hay alguien en el mundo que merece que le sucedan cosas buenas, esa eres tú, Jesse. – Carlos murmuró con voz apenas audible. - Tú has sido un gran apoyo para mí durante todos estos meses… me has escuchado, me has comprendido, me has aconsejado… y no sabes cómo te agradezco todo lo que has hecho por mí.

Ella sacudió la cabeza y suspiró profundamente. Por unos segundos mantuvo sus ojos cerrados, como para darse fuerza antes de seguir hablando. Después, haciendo acopio de toda su voluntad, comenzó a hablar en un tono tan bajo de voz, que el comodoro tuvo que acercarse a ella para poder escucharla.

- A pesar de mi actitud de esta noche, yo jamás he sido de las personas que se quejan… siempre me he considerado una mujer optimista pero… pero en realidad…

Jesse se detuvo y tomó aire. Azueta se acercó aún más a ella y le pasó el brazo por los hombros, demostrándole con aquel gesto silencioso que él estaba ahí con ella, que podía hablar… que podía desahogarse con él. Ella así lo entendió y siguió hablando:

- Mi vida… mi vida jamás ha sido fácil, Carlos… a pesar de esta situación actual, la cual es completamente injusta, por lo general las personas ven en mí a una mujer profesionista, entregada a su trabajo, apasionada de lo que hace y completamente comprometida con esto… y es cierto, todo eso es parte de lo que soy. Pero no es todo lo que soy.

Jesse hizo una pausa y suspiró profundamente antes de continuar. Era obvio que le estaba costando trabajo el contener las lágrimas.

- Aquí dentro hay una mujer que siempre ha vivido una vida solitaria… una mujer que vivió una infancia y una adolescencia difícil con unos padres conflictivos… una mujer que, cuando quiso escapar de ese ambiente familiar tan viciado, se enamoró y confió demasiado en ese amor, al punto de que… de que quedó con el corazón destrozado y la vida vacía después de esos días tempestuosos…

- Jesse…

- No ha sido fácil llegar hasta aquí… no ha sido fácil llegar hasta hoy… - La voz de la arquitecta terminó por morir en su garganta.

- Pero jamás te has dado por vencida y eso es lo que importa… yo sé que algún día un milagro llegará a tu vida, Jesse… porque lo mereces.

La arquitecta levantó su mirada y sus ojos tristes se encontraron con los ojos profundamente azules del comodoro Azueta que la miraban con algo que no era solamente simpatía o amistad… algo mucho más profundo que hacía que Galland sintiera escalofríos y mariposas en el estómago tan solo ante esa mirada tan apasionada.

- Carlos… - Jesse susurró y suspiró para darse fuerzas. – ¿Y si… y si ese milagro fueras tú?

Un profundo silencio se hizo entre ellos. El comodoro observaba a Jesse con ojos desorbitados, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar… como si aquello fuera demasiado imposible para ser cierto.

- ¿… yo? – Azueta sacudió pesadamente la cabeza. – No, Jesse. Yo… jamás he sido el milagro de nadie.

- Pero quizás seas el mío.

Jesse había bajado su mirada, como si no pudiera encontrar las fuerzas para sostener la mirada de aquel militar; esos ojos azules que centellaban en la semioscuridad de la salita, solo alumbrada por las lámparas de las mesas de luz.

Azueta intentó responder a aquello… una, dos veces lo intentó, pero aunque sus labios se movieron, ninguna palabra brotó de ellos. Lo que acababa de escuchar era, sin duda, la revelación más grande que había tenido alguna vez en su vida. Una que a la vez lo emocionaba y lo aterraba.

- Eres un hombre noble y bueno, Carlos. – Jesse continuó hablando en un susurro. – Eres un hombre al que yo admiro, respeto y – a quien quiero… a quien quiero como jamás había querido a nadie en mi vida.

- Jesse, yo… - Azueta no sabía como continuar. – Yo no— yo no soy quien tú crees… yo… yo soy un hombre lleno de miserias, de errores, de demonios…

Ahora fue el turno del comodoro de bajar la mirada y tratar de controlar esas lágrimas rebeldes que de pronto habían anegado sus ojos.

- Si tú supieras quien realmente soy, te alejarías de mí… yo – yo no merezco tu admiración, porque estoy lleno de culpas y de miserias tan grandes de las que me afrento… yo no soy un santo.

- Jamás he dicho que lo seas. – Jesse respondió. - Si fueras un santo no tendría ningún mérito el admirarte, porque serías perfecto. Eres un hombre de carne y hueso, con errores, con miserias humanas… pero que has salido adelante y te has sobrepuesto a todo. Eso y tan solo eso te hace merecedor de toda mi admiración y de todo mi cariño… te conozco, Carlos. Sé quien eres… y por eso te admiro… por eso yo…

- ¿Sí…?

Jesse levantó la mirada, para encontrarse una vez más con esos ojos que la aterraban y la fascinaban a la vez. Los ojos intensos, apasionados y a la vez serenos del comodoro Azueta, que la observaban con una mezcla de esperanza, de miedo, de sorpresa… y un innegable cariño que hizo que ella se sacudiera de pies a cabeza.

- Carlos, yo… yo…

- No Galland. – Él sacudió la cabeza, anticipándose a lo que irremediablemente estaba por venir. – Quizás estamos confundidos… quizás nos estamos aferrando a lo que tenemos a la mano, pero… pero… yo creo que estamos cometiendo un error.

- ¿A qué te refieres? – Ella ya no podía controlar sus lágrimas, que ya corrían libremente por su rostro. – Yo… jamás me había sentido tan segura de nada en la vida… nunca.

- Jesse… yo—yo podría ser tú… es decir, son 17 años, Galland… eso es demasiado como para ignorar el hecho de que—

Cuando Azueta, quien había buscado fuerzas mirando hacia la ventana, regresó sus ojos a los de Jesse y se encontró con ellos, simplemente se paralizó. Jamás, nunca en su vida había visto lo que en ese momento vio en esos ojos castaños, hermosos, sinceros, que lo miraban con adoración.

En los ojos de Jesse Galland, Carlos Azueta vio – por primera vez en su vida – al Amor mirándolo de frente, fijamente… honestamente.

No podía seguir hablando… no cuando ella lo estaba mirando de esa manera. No cuando su corazón le estaba palpitando de la manera como lo estaba haciendo… no cuando sentía que por sus venas corría su sangre caliente, cargada de adrenalina… no cuando todas las alarmas de su mente se encendían… no cuando sus manos buscaban las de ella… no cuando veía aquellos ojos, relucientes por las lágrimas que de ellos brotaban, clavados en los suyos… traspasándole el corazón.

- Dame algo en que creer. – Ella susurró. – Déjame creer en ti, Carlos Azueta.

Ya era imposible negarlo… ya era imposible controlarlo. El comodoro sacudió la cabeza, pero no para negar aquello, sino más bien como para sacudirse sus dudas, sus temores, su desasosiego… ¿Cómo podía seguir negando el hecho irrefutable de que él sentía algo por Jesse Galland? ¿Cómo negar esos sentimientos que lo embargaban? Esa necesidad que él tenía de ella, esa desesperanza que sentía cuando ella no estaba cerca, esa alegría que le producía el simple hecho de escuchar su voz… ese éxtasis en el que caía cada vez que la miraba a los ojos…

O esa embriaguez que sentía cuando ella lo miraba así, tal y como lo estaba mirando en ese momento…

Aquello era imposible de ignorar… imposible de negar.

- Galland… - Él susurró, pero su voz se escuchó ronca, arrasada por la emoción y los nervios de ese momento.

- Carlos…

La mirada del comodoro bajó de los ojos de Jesse a sus labios. Lentamente los dos se habían ido acercando al otro y ahora estaban tan cercanos que podían incluso sentir el aliento del otro sobre su piel. La mano fuerte, curtida y cálida de Azueta acarició con torpe ternura la mejilla de Jesse y ella suspiró profundamente, sosteniendo la mano del comodoro contra su mejilla. Aquello se sentía bien… aquello se sentía correcto.

Lenta, torpemente, el comodoro se acercó a ella. Sin perder el contacto visual, Jesse recargó su frente en la de él y escuchó el suspiro hondo, profundo, sentido que él dejó escapar. Era el suspiro de un hombre cansado, de un hombre agotado que finalmente encuentra reposo.

- No necesito que me digas nada, Carlos. – Ella susurró. – Solo quiero que me escuches… quiero que lo sepas… yo—yo te amo.

Aquella declaración provocó reacciones completamente contrarias en ambos. Mientras que Jesse cerró sus ojos, no queriendo enfrentar la reacción del comodoro, los ojos de él se abrieron desmesuradamente y por unos momentos, olvidó incluso el respirar. Sentía que su corazón le latía tan de prisa como jamás en la vida lo había hecho… sentía que todo su cuerpo temblaba… sentía vértigo. El mundo parecía dar vueltas y más vueltas a su alrededor.

¿Cómo responder a eso? ¿Cómo demostrarle a esa mujer, que ya significaba todo para él, que aquel momento era el más importante de su vida? ¿Cómo demostrarle que él estaba harto de estar solo, harto de sufrir, de añorar, de tener miedo? ¿Cómo dejarle saber que él… que él también estaba enamorado de ella?

El comodoro, hombre parco y reservado, no encontró ni las palabras, ni la entereza para pronunciarlas. Él era un hombre de acción y en ese momento él ya no podía controlar más lo que había estado reprimiendo durante tantos meses… desde que Jesse Galland se había atravesado en su camino, desde que se había metido en su vida… desde que se había posesionado de su corazón.

Sin dudarlo demasiado, Azueta posó su mano en el cuello de Jesse y la atrajo hacia él, torpemente al principio, pero con mayor seguridad después. Ella apretó aún más sus ojos cerrados, sintiendo como su respiración se hacía irregular y como su corazón latía tan de prisa que incluso podía escucharlo. Un suspiro escapó de sus labios… suspiro que fue bebido por los labios del comodoro Azueta que, justo en ese momento, habían rozado los de ella.

Jesse entreabrió sus ojos y vio que él la observaba expectante… como queriendo una confirmación de su parte. Una confirmación de que aquello era lo correcto. Él quiso hablar… quiso, pero no pudo.

Y no pudo porque ella ya había echado sus brazos alrededor de su cuello y ahora buscaba ávidamente los labios del comodoro. Él la abrazó estrechamente y correspondió a aquel beso. Los labios de ambos se encontraron y fue como una epifanía. Fue como si de pronto el universo entero hubiera explotado y una luz poderosa, cegadora y arrasadora los cubriera y los hiciera girar en el vacío.

Aquello era amor, no había duda de eso. Aquel era un sentimiento que ni Jesse ni Carlos habían experimentado nunca en carne viva. En aquel momento ambos comprendieron algo que les cambió la vida entera: ellos habían creído estar enamorados en el pasado. Ellos habían creído amar a sus parejas en el pasado. La verdad de las cosas es que nada de lo que ellos hubieran experimentado o sentido antes podía compararse con lo que sentían en ese momento… porque aquello era amor, amor verdadero.

Los labios de Jesse se entreabrieron, invitantes. Y el comodoro no rechazó aquella invitación. Sentía una necesidad infinita de ella… sentía un deseo que lo cegaba, lo dominaba… algo que era más fuerte que él mismo y que no tenía nada que ver con simples instintos lascivos, no. Era algo más fuerte, algo divino… era amor.

Por la manera en que Azueta la besaba, Jesse comprendió, con aquel pequeño rincón de su mente que seguía funcional, que los sentimientos que ambos estaban liberando esa noche eran como una grieta en una presa… aquel beso era la grieta y ahora ya no sería posible controlar lo que ambos sentían… lo que ambos necesitaban.

Besó con más pasión a Azueta, quien no pudo evitar que un gemido de profunda satisfacción escapara de lo más profundo de su pecho. Jamás en la vida había sentido lo que en ese momento estaba sintiendo con Jesse… aquello era real, aquello era correcto. Aquello se sentía bien. Aquello era algo que ambos necesitaban, que ambos merecían… que ambos deseaban.

Aquel beso fue decreciendo lentamente, hasta que culminó con un par de besitos suaves que ambos depositaron en los labios del otro. No sabían cómo habían llegado hasta ahí, pero cuando se separaron, Jesse se encontró parcialmente reclinada sobre su sofá y el comodoro yacía sobre ella, sosteniendo el peso de su cuerpo con un brazo, mientras que su otra mano acariciaba el costado de Jesse.

Los dos se sostuvieron la mirada. Había amor en sus ojos. Un amor innegable, un amor sincero, puro, profundo… un amor verdadero, tan verdadero como nada en sus vidas.

- No me importa lo que pase. – Jesse susurró, sin dejar de acariciar el rostro de Azueta. – En este momento nada me importa… porque este instante es mío… es nuestro… es algo que nadie jamás me podrá quitar… y lo demás no tiene importancia.

- Jesse… - Carlos gruñó con la voz arrasada por la emoción… y el deseo. – Jesse Galland yo… yo jamás había sentido esto antes, yo… ahora lo sé… ahora sé que—que yo… yo también te amo.

Los ojos de ella se llenaron de lágrimas. Él se inclinó para besarla en la frente y luego en la mejilla. Después se acercó a su oído para murmurar:

- Hace mucho que lo sabía, pero no podía comprenderlo… no podía aceptarlo, porque—porque aún hay muchos fantasmas en mi vida… y yo… hace mucho que sabía que tú eres alguien especial para mí, alguien importante. Te admiro, te quiero… me gustas mucho y—y quiero que me prometas algo.

- ¿Qué cosa? – Jesse respondió, llorando y riendo a la vez. - ¡Lo que sea, Carlos!

- Quiero que me prometas que… que cuando te sientas insegura o tengas miedo, trates de verte a ti misma a través de mis ojos… yo—yo no me engaño, yo sé que soy un hombre viejo… o al menos mucho mayor que tú… y yo no sé si algo llegará a funcionar entre nosotros, pero… pero de algo estoy seguro: estoy enamorado de ti, Jesse… enamorado como jamás lo estuve de nadie en mi vida. Y puede que el día de mañana tú quieras irte o te des cuenta de que yo no soy lo que tú querías o lo que tú esperabas, pero yo… yo siento que…

- Carlos… - Ella estaba llorando. – Lo que siento por ti jamás va a cambiar… esperé demasiado por ti… y estoy segura de lo que siento, de lo que quiero… siento que tú serás mi historia de amor, Carlos Azueta… tengo que decirlo ahora…tú eres el amor de mi vida. ¿No te has dado cuenta todavía?

El comodoro se rió suavemente y con ternura y cariño volvió a buscar los labios de Jesse, quien reciprocó aquel beso con la misma ternura y entrega que él le estaba demostrando.

- Tendremos que luchar muchas batallas. – Él susurró.

- Pero lo haremos juntos.

- ¿Entonces… estás segura de esto?

- ¡Tan segura como jamás lo estuve de nada en mi vida! Sé que no será fácil, pero…

- No, no lo será… solo quiero asegurarme de que no estemos cometiendo un error… otro error.

Jesse atrajo al comodoro hacia ella y lo besó suavemente en los labios, un beso que hizo que él literalmente se derritiera sobre ella.

- ¿Esto se siente como si fuera un error? – Preguntó ella con una sonrisa tierna que terminó por desarmar al comodoro.

- No… en absoluto.

- Yo… yo creo que ambos sabemos que no existe la eternidad, pero si no pudiéramos aspirar al clásico "y vivieron felices para siempre", al menos podemos intentar ser felices por este momento. – Jesse susurró. – Por esta noche.

- ¿A qué… te refieres?

- Carlos… - Ella susurró apasionadamente. – No me dejes sola… quédate conmigo…

- Jesse, yo… ¿estás segura de esto?

- Lo estoy. – Respondió resueltamente ella. - ¿Y tú… estás seguro?

Una leve sonrisa comenzó a formarse en los labios del comodoro. Sus ojos reflejaban una ternura infinita, un cariño sincero y un amor desbordado. Asintió con la cabeza y besó a Jesse en la frente.

- Ya han sido demasiadas noches de soledad. Quizás es hora de romper las cadenas que nos atan al pasado… es hora de creer que, contra todo pronóstico, podemos aspirar a un "felices para siempre". Pero tienes que prometerme algo, Galland.

- ¡Lo que sea, Carlos!

- Prométeme que no te irás de Macross… prométemelo porque si no harás más difíciles las cosas; porque de cualquier forma yo no pienso dejarte ir, ¿de acuerdo?

- Lo prometo. – Susurró ella, completamente subyugada por la mirada de Azueta. – Yo no iré a ninguna parte… si tú me prometes que también te quedarás.

- Todo el tiempo que tú lo desees, Galland.

- Eso puede ser demasiado tiempo.

- Entonces quizás podremos romper ese paradigma de que no existe la eternidad.

- Es que… para mí la eternidad eres tú, Carlos.

Azueta sonrió y ya sin ninguna clase de temor ni de inseguridad, pasó sus brazos alrededor del cuerpo de Jesse, para acercarla a él. Ella se sentía tan pequeña, tan frágil y tan delicada en sus brazos, que él sintió la imperiosa necesidad de protegerla, resguardarla y cuidarla… ahora Jesse Galland era su mujer.

Ella se dejó abrazar, al menos por unos momentos. Porque después se retiró lentamente de él y se puso de pie. Azueta la siguió con la mirada y una sonrisa tierna apareció en los labios de ella cuando le extendió la mano, invitándolo a acompañarla a un mundo que prometía ser solo de ellos dos.

Carlos miró la mano que ella le ofrecía. Por un segundo – un brevísimo segundo –, el recuerdo de su esposa vino a perturbarlo. Pero en ese momento decidió que el pasado debía quedarse en el pasado. Que él seguía vivo y que tenía derecho a buscar su felicidad, a vivir, a sentir… a amar y ser amado.

El comodoro tomó la mano que ella le ofrecía y sin decir palabra, dejó que ella lo guiara a donde lo quisiera llevar. Nada más importaba para ellos esa noche, nada más existía… nada más tenía significado. Esa noche era de ellos. Y eso, como Jesse Galland lo había dicho, era algo que nadie jamás podría quitarles.

-


-

El reloj seguía marcando las horas… sin pausa, sin misericordia. En la casa situada en la esquina de Pedregal con Acacias, en el barrio militar, una casa más grande y mucho más colorida que el resto de las casas de esa zona, dos jóvenes tenientes se adormecían en el sofá de la sala. Nick Azueta, con los pies subidos en la mesita de café y Kelly Hickson, acurrucada en su pecho y con los ojos cerrados.

Se escuchó el sonido del minutero del reloj de pie que adornaba una esquina de aquella elegante sala y Nick lo miró, para después corroborar la hora en su reloj de pulso.

- ¿Qué hora es? – Kelly preguntó adormilada.

- Son casi las 0200 horas.

- Ya es muy tarde… ¿no has tenido noticias de él?

- Sigue sin responder a su celular.

- Nick… estoy preocupada por el comodoro.

- Ya es un niño grande… tendría que saber cuidarse solo. – Nick suspiró. – Pero te soy sincero, yo también estoy preocupado.

- ¡No puede estar con la signorina! – Kelly refunfuñó. - ¡Simplemente no puede caer tan bajo! Aunque con esa mujer, yo no sé…

- Quizás solo salió al campo… no sé, a meditar… a conducir un poco por la carretera. Papá siempre dice que lo relaja bastante conducir de noche.

- ¿Pero tanto tiempo?

- Tienes razón… y tampoco está en la base. ¿Dónde podrá haberse metido ese viejo comodoro terco?

- ¿Y si estuviera con Jesse? – Kelly se aventuró.

- Ese seria el mejor de los casos. – Nick esbozó una fugaz sonrisa. – Pero conociendo a mi padre, sinceramente lo dudo.

- Lo sé… no lo entiendo, Nick. Es decir, ¿por qué tu padre insiste en atormentarse de esa forma? Él merece ser feliz… disfrutar un poco de la vida. Y creo que es obvio que Jesse está enamorada de él.

- Tanto como él lo está de ella. Pero no sé si las cosas puedan ser tan sencillas. Es decir, mi padre… él siempre ha tenido ciertas… circunstancias respecto a mamá.

- Él la amaba mucho.

- Sin embargo… - Nick miró a Kelly y se mordió el labio. – Kel, si te digo algo ¿me prometes que guardarás el secreto? ¿Me prometes que jamás se lo dirás al comodoro?

- Te lo prometo, Nick… ¿qué pasa?

- Mi papá nunca lo supo y creo que es mejor así… poco antes de morir, antes de que mi madre estuviera en etapa terminal de cáncer, ella me llamó… quería hablar conmigo.

- ¿Y qué te dijo?

- La Lluvia de la Muerte había matado a dos de sus tres hijos y ella… ella culpaba a mi padre de ello. El que Pablo haya muerto fue demasiado para ella. Es que no te imaginas el amor que mamá le profesaba a mi hermano.

- ¿Y era por eso que tu hermana Laura no se llevaba bien con él?

- Tal vez… lo más seguro. El hecho es que mamá jamás le perdonó a mi padre lo que sucedió.

- ¿Y cómo es que el comodoro fue culpable de que Pablo haya muerto ese día? ¡Millones de personas murieron ese día! ¡Mamá murió ese día! ¿Cómo pudo tu mamá culpar a tu padre?

- No lo sé… quizás pensó que él podría haber ordenado que Pablo estuviera en cualquier otro sitio y no en un buque militar con rumbo a Alaska durante el bombardeo. No lo sé… el hecho es que… mamá me dijo que—

- ¿Qué cosa? – Kelly trató de reconfortar a Nick, abrazándolo alrededor de los hombros.

- Ella quería… iba a divorciarse de papá.

- Pero… ¿qué? – Aquella noticia cayó como un balde de agua helada sobre Kelly.

- Papá nunca lo supo, claro… mamá me dijo que ya había iniciado el proceso legal con su abogado, pero no pasó mucho tiempo antes de que el cáncer la postrara en cama. Me parece que el divorcio jamás procedió. No lo sé… creo que es mejor que papá nunca lo sepa… es como dicen, ignorancia es gloria.

- Lo que no sabes no puede hacerte daño.

- Exactamente… mamá realmente se dejó morir… ella comenzó a morir el día que el capitán Vega murió… pero el día que Pablo murió… ese fue su fin.

- Nick… ¿puedo decirte algo?

- Por supuesto.

- Tu mamá le tenía tanto cariño a Pablo porque él era hijo del capitán Vega, ¿no es cierto? Su primer y único amor.

- Supongo que esa era la razón… era un recuerdo viviente del hombre al que siempre amó. Cuando Pablo murió, la vida ya no tuvo sentido para ella.

- ¿Y no crees que esa haya sido la causa de la rebeldía de tu hermana Laura? Quizás al unirse a los Pacifistas y causarle tantos problemas y dolores a la cabeza, no estaba tratando de fastidiar a tu padre… sino de rebelarse contra tu madre.

Nick miró a Kelly y sus ojos se abrieron bien grandes. Abrió la boca, pero no pronunció palabra… de pronto, con aquella reflexión de Kelly, muchas cosas tomaban sentido para él. Y aquello dolía.

- ¡Y papá siempre ha tomado responsabilidad por la muerte de mi hermana y por todo lo que sucedió antes! ¡Dios… es tan frustrante! – Nick escondió su rostro entre sus manos. – Kelly, si alguien merece un poco de paz, un poco de felicidad, ese es papá… y no lo digo solo porque sea mi padre, pero él…

- Él ya ha pagado su cuota de sufrimiento en la vida, Nick.

- Merece enamorarse de alguien que lo ame, que reciproque sus sentimientos. ¡Debe ser terrible amar unilateralmente! Saber que mientras estás con la persona a quien tú amas, esa persona está pensando en alguien más… y aún así, aceptar las cosas… por amor.

- ¡No es justo, Nick! – Kelly se puso de pie. - ¡Y por eso no podemos permitir que el comodoro cometa otro error!

- ¿A qué te refieres?

- Tenemos que encontrarlo… tenemos que ir al hotel de la signorina.

- ¿Y sí está ahí, qué?

- ¡Oh, no lo sé! – Kelly arrastró a su novio hacia la puerta. – Ya se nos ocurrirá algo. Pero la duda es peor que la verdad.

- Tienes razón. – Nick comenzó a dirigirse con Kelly hacia su motocicleta. – Esto es una locura, pero… ¿qué demonios?

Los dos se subieron a la moto de Nick y se colocaron sus cascos – seguridad ante todo. Un segundo más tarde el poderoso aparato encendió con un ruido estridente y arrancó de inmediato, tomando el rumbo hacia la ciudad.

-


-

El hotel Macross Plaza, el más grande, lujoso e importante de la ciudad, era un lugar que trabajaba 24 horas al día. La actividad era constante a cualquier hora que uno pasara por ahí, incluso de madrugada, como Nick y Kelly pudieron comprobarlo. A esas horas los camiones recolectores de basura hacían su trabajo, a la vez que, por otro lado, una caravana de camioncitos repartidores entregaba víveres y demás artículos de uso de los huéspedes del hotel.

Quizás a causa de esa intensa actividad nocturna, nadie se percató de la motocicleta que se detuvo justo a la entrada del estacionamiento del lujoso hotel. Kelly fue la primera en quitarse el casco y en observar un tanto urgentemente el espacio que se extendía ante ella, en donde docenas de autos de los huéspedes del hotel eran albergados dentro de las instalaciones del mismo.

- ¿Lo ves? – Nick preguntó, quitándose su casco.

- No se ve por aquí. – Kelly seguía escudriñando el lugar. – Coche rojo, camioneta negra, compacto blanco… varios deportivos de lujo… autos con logotipo del hotel…

- ¡Lotería!

- No, - Kelly refunfuñó, lanzándole a su novio una mirada asesina. - No se ve la Mariner del comodoro.

- Eso es bueno, ¿no?

- Supongo que sí. – Kelly miró al muchacho. – Pero… de cualquier forma no sabemos en donde pueda estar tu padre.

- No, pero no está aquí y eso me parece lo mejor. Ahora, que si me preguntas en donde podría estar, creo que hay otro sitio que deberíamos visitar.

- Hmmm… - Una sonrisa apareció en los labios de Kelly. - ¿La calle Orleans?

- ¿Te parece?

- ¡Vamos hacia allá!

Los dos jóvenes se colocaron sus cascos y en menos de lo que se dice, la motocicleta ya se había puesto en marcha y se alejaba, a toda velocidad, del Macross Plaza, con rumbo al centro de la ciudad.

Un cuarto de hora más tarde, la motocicleta del teniente Azueta dio vuelta por la esquina de la calle Orleans, silenciosa, quieta y solitaria. Nick detuvo su moto frente al edificio de departamentos de Jesse Galland y miró a su novia, que detrás de él se abrazaba a su cintura. A pesar de que traían los cascos puestos, los dos supieron, sin lugar a dudas, que el otro estaba sonriendo.

- La Mariner está aquí. – Nick expresó lo obvio. – Creo que ya encontramos a nuestro comodoro fugitivo.

- Son las 0300 horas. – Kelly le dijo. – Y las luces del departamento de Jesse están apagadas.

- ¿Tú crees que…?

- ¡Sería fantástico! – Kelly se rió y aplaudió emocionada. - ¡Dios, por favor! El comodoro merece un poco de alegría.

- Pues si papá está ahí arriba, con Jesse… te aseguro que está recibiendo mucho más que solo un poco de alegría. – Nick se rió.

- Pornográfico como siempre, Azueta. Pero ¿sabes qué? En esta ocasión espero que tengas toda la razón del mundo. Tu padre se merece tener a alguien que lo ame, que lo aprecie, que lo valore y lo respete. Sin afán de ofender, pero merece a alguien como Jesse Galland.

- ¡Amén a eso, hermana! – Nick le sonrió con alegría.

- ¡No soy tu hermana!

- Gracias a Dios, ¿no?

Kelly se aferró a su novio, abrazándolo con cariño por la espalda. Ahora que sabían en donde estaba el comodoro y, más importante, con quién estaba el comodoro, se les había quitado un gran peso de encima. Ahora los dos se sentían más tranquilos y muy emocionados. Nick arrancó su motocicleta y se alejaron de ahí.

Se hacía tarde y los dos tenían que madrugar y presentarse en la base en unas 4 horas. Pero esa era una desvelada que realmente no les importaba… no ahora, que tenían la esperanza de que las cosas con el comodoro Azueta y la arquitecta Galland, estuvieran por fin despegando.

-


-

La luz del alumbrado público se filtraba levemente por entre las cortinas de gasa que se encontraban completamente cerradas y las más pesadas de tela, que estaban apenas entrecerradas. La habitación, apenas iluminada por esa luz exterior, tenía una tonalidad azulosa que le daba una atmósfera relajada y tranquila. En aquel lugar podía respirarse una paz una serenidad que contrastaban fundamentalmente con los días de locura que últimamente habían estado sucediéndose en Ciudad Macross.

El único sonido que se escuchaba en esa habitación, sin perturbar la calma de la misma sino antes bien, armonizando con ella, era el sonido rítmico y acompasado de la respiración de las dos personas que reposaban sobre la cama.

Para Jesse Galland aquel momento parecía contener todas las respuestas a todos los enigmas e incógnitas del universo. Era como si toda su vida no hubiera sido más que una preparación para aquel instante. Como si cada paso, cada momento, cada segundo, cada respiración la hubieran llevado hasta ahí, hasta esa noche, hasta ese lugar, hasta ese instante mágico y maravilloso… ese instante en el que ella reposaba tranquilamente en el pecho del hombre al que amaba, después de haber hecho el amor con él.

La respiración rítmica y el latir del corazón de Carlos Azueta la relajaba y la manera en que él acariciaba su espalda desnuda, dándose su tiempo para subir esas caricias hasta su cuello para luego enredar sus dedos en sus cabellos y volver a bajar su mano por su espalda, estaba llevando a Jesse a un estado perfecto de paz y plenitud.

Era imposible recuperarse del clímax al que él la había llevado hacía unos minutos… imposible volver al mundo real cuando él la acariciaba de esa manera, cuando de vez en cuando le plantaba algún beso suave en su sien, cuando ella se sentía totalmente perdida en la calidez del cuerpo de Azueta, en su aroma, en sus brazos… cuando podía escuchar el sonido de su corazón, cuando sentía como poco a poco él iba recuperando el ritmo de su respiración después de aquella experiencia tan intensa que habían vivido juntos.

Pero si aquello había resultado ser una experiencia tan mágica y poderosa para ella, lo que Carlos Azueta sentía en esos momentos no podía siquiera ser puesto en palabras. Él, a diferencia de ella, no podía siquiera pensar… no podía salir de aquel estado de absoluta paz y felicidad en el que había caído después de esos momentos de puro amor que había vivido al lado de aquella mujer… de esa increíble mujer que poco a poco se había ido metiendo en su vida sin que él pudiera siquiera darse cuenta, mucho menos evitarlo.

Para muchos ella podía parecer una chica ordinaria… una mujer sin más interés que el relativo a su trabajo. Una mujer sin mayores atractivos y sin experiencia en el campo del amor. Una mujer que podía pasar desapercibida. Una de esas chicas a las que todos quieren tener en sus equipos de trabajo, pero con quien nadie quiere salir un sábado por la noche… esa mujer tan ordinariamente extraordinaria y tan verdadera que era Jesse Galland.

Y sin embargo, esa mujer había sido capaz de lograr lo imposible: hacer que el corazón del comodoro Azueta volviera a latir después de tantos años de una muerte en vida.

No había sido fácil llegar hasta ahí, Dios bien lo sabía. Uno era demasiado obstinado, la otra demasiado cautelosa… ambos habían sido heridos de muerte por aquellos a quienes tanto habían amado. Los dos habían tenido miedo, se habían sentido perdidos, se habían mostrado incrédulos. Pero poco a poco los destinos de esas dos personas tan diferentes y tan disímiles entre sí se habían ido entrelazando… hasta llegar a ese momento. Un momento mágico.

- Te amo… - Jesse suspiró más que habló, contra el cuello de Azueta. - ¡Dios, te amo tanto!

El curtido militar sintió como una lágrima rebelde resbaló por su rostro, al tiempo que una sonrisa aparecía en sus labios. Agradeció al cielo que ella no pudiera verlo a la cara… no quería que ella se diera cuenta de que él estaba llorando.

- Te amo como jamás creí que podría llegar a amar a nadie, Carlos… yo—yo te amo… te amo demasiado.

- Y yo te amo a ti, Jesse… te amo, pequeña… ¡Te amo!

Aquellas palabras, pronunciadas con tanto sentimiento con ese tono cálido y seguro que tenía la voz de Azueta, hicieron que Jesse sonriera esplendorosamente y que levantara sus ojos para encontrarse con los de él, que la observaban embelesados. Ella se acercó a besar suavemente sus labios y él entrecerró sus ojos y suspiró profundamente.

- Jamás creí que sentiría esto… lo que tú me has hecho sentir, Jesse… de la manera en que tú me lo has hecho sentir…

- ¡Fue hermoso! – Ella suspiró.

- Hacía tanto que no—

El comodoro se detuvo y decidió que no era el momento de abrir las puertas a los demonios ni a los remordimientos del pasado. Hacía mucho tiempo desde la última vez que había estado con su esposa en un plano íntimo. Pero jamás había sentido las emociones ni las sensaciones que Jesse le había hecho sentir esa noche. Por primera vez en su vida sentía que había hecho el amor con alguien y no solo que le había hecho el amor a alguien. Y el comodoro consideró necesario hacérselo saber a Jesse. Era lo justo.

- Jesse, hay algo que quisiera decirte…

- Carlos, yo—

- ¡No, no! Escúchame… - Él le acarició el rostro. – Esta noche ha sido la primera vez que—bueno, que… tú sabes que yo solo estuve antes con mi esposa…

- Lo sé…

- Yo la amaba… te lo he dicho, la amaba entrañablemente… la amaba como jamás había amado en mi vida… Jesse, hoy… al estar aquí contigo… fue la primera vez en mi vida que…

- Carlos, no tienes que decírmelo si es demasiado privado o personal, yo…

- ¡Pero yo quiero que lo sepas! – Azueta trató de encontrar las palabras correctas para expresar lo que sentía, pero cualquier cosa que dijera se quedaría muy lejos de lo que él estaba tratando de expresarle. – Esta ha sido la primera vez en mi vida que… que me han dicho "te amo" mientras hacemos el amor.

Los ojos de Jesse se abrieron grandes y ella sintió cómo él la besaba suavemente en la frente, mientras seguía acariciándole el cabello. Ella levantó su mirada para encontrarse con que los ojos de él, que se notaban claros incluso en la penumbra, estaban llenos de lágrimas.

- Pero… ella, Laura… tu esposa…

- Ella siempre me quiso, siempre me fue fiel y siempre estuvo a mi lado… pero yo sabía que ella no me amaba, que jamás lo hizo. Ella siempre vivió enamorada del capitán Vega, su único amor. Yo lo sabía, lo supe desde siempre y así acepté las cosas, porque yo la amaba a ella.

- Eres un hombre noble y decente, Carlos Azueta.

El negó con la cabeza y suspiró.

- No lo sé… no me arrepiento de haber estado con ella todos esos años. Siempre estaré en deuda con ella por darle estabilidad a mi vida y por esos hijos maravillosos que me dio. Yo la amé mucho… pero…

- ¿Qué cosa?

Azueta miró a Jesse y una sonrisa incipiente comenzó a formarse en sus labios.

- Pero no quiero seguir viviendo con estos demonios… con estas culpas… quiero comenzar de nuevo y comenzar de cero. Galland, lo que tú me has mostrado—y demostrado en estos días… por primera vez en mi vida siento amor… un amor recíproco. Un amor que da y que recibe… Jesse, quiero hacerte una promesa esta noche… hoy, aquí.

- ¿Qué promesa? – Ella balbuceó, hipnotizada por esos ojos claros que la observaban con amor.

- Jamás volveré a mencionar nada relacionado con Laura…

- Pero ella es—fue tu esposa, Carlos. De una u otra manera su nombre saldrá a colación en cualquier momento y no quiero que te sientas presionado por mantenerlo siempre fuera de las conversaciones. Además ella es la madre de Nick y yo no creo que él…

Carlos la silenció con un beso.

- Al menos no aquí… - Le sonrió con una sonrisa traviesa que la deslumbró. – No en la cama… no en estos momentos…

- ¿Entonces habrá más de estos momentos? – Jesse preguntó, recostándose sobre el pecho del comodoro y sonriendo emocionada.

- Si tú lo deseas…

- ¿Y crees que no? – Ella lo besó en el cuello y comenzó a acariciarle el pecho. – Carlos, no sabes cuánto he esperado por este momento… no sabes durante cuánto tiempo he soñado contigo, con nosotros… estoy enamorada de ti, Carlos Azueta. ¡Te amo! Y quiero pasar el resto de mi vida demostrándotelo.

- Jesse… - Azueta se detuvo y suspiró profundamente. – Amor… yo también te amo.

Escucharlo llamarla "amor" fue ya mucho más de lo que ella hubiera podido soportar aquella noche. Un sollozo involuntario y sorpresivo escapó de su pecho y él la abrazó estrechamente, mientras le cubría el rostro con besos.

- ¿Qué pasa, pequeña? Todo está bien…

- Carlos, te amo tanto que… que…

- ¿Qué cosa?

Ella no le respondió con palabras. Antes bien se lanzó sobre él para besarlo inesperadamente en los labios. Azueta cerró los ojos y aprovechando el momentum que Jesse había creado al lanzarse sobre él, la abrazó estrechamente e invirtió posiciones en la cama, aprisionándola entre el colchón y su cuerpo. Ella sonrió, sintiéndose segura y protegida en los brazos de aquel hombre que ya era su vida entera.

- ¿No se te antoja otro de esos momentos? – Ella preguntó con traviesa picardía.

- Ya mismo te respondo, Galland.

Los dos buscaron golosa, casi desesperadamente los labios del otro y comenzaron a besarse con ternura pero con creciente pasión. Las manos de Jesse se deslizaron por la espalda de él, provocándole un choque de electricidad en todo el cuerpo que lo hizo gemir suavemente contra los labios de ella y abrazarla aún más estrechamente contra sí.

Aquello, el comodoro Azueta pensó, aquello era amor… aquello realmente era amor. El amor entre un hombre y una mujer tal y como Dios lo había concebido. Aquella noche todos los demonios de Carlos Azueta fueron definitivamente vencidos… vencidos por el amor que esa mujer de apariencia inofensiva le profesaba… esa mujer que, a pesar de todo y contra todo, había logrado entrar al corazón del curtido marino, había luchado contra esos demonios que lo mantenían prisionero desde hacía ya tanto tiempo, los había vencido… y ahora estaba ahí, con él, probando las dulces mieles de esa victoria: el amor exclusivo y apasionado de un hombre que durante tanto tiempo había sido prisionero de su propio dolor y que ahora, finalmente, sentía la libertad.

-


-

Era muy temprano. La mañana había amanecido fresca, sobre todo para ser una mañana de primavera. El sol aún no salía, aunque por entre las cortinas de la habitación de aquel departamento de la calle Orleans, ya primera claridad grisácea del día se filtraba, dándole a aquella habitación un ambiente casi fantasmal… pero pacífico.

En la cama, Jesse contemplaba con ojos entreabiertos y una pequeña sonrisa de puro amor en sus labios, al comodoro de aún dormía profundamente. Ella jamás se había imaginado lo tranquilo y apacible que él se veía al dormir. Su pecho subía y bajaba rítmicamente y una leve sonrisa curvaba casi imperceptiblemente la comisura de sus labios. Era la perfecta imagen de un hombre relajado y feliz.

Jesse no pudo evitar el pasar su mano por el cabello encanecido y suave del comodoro. ¡Era tan apuesto! A ella le encantaba… lo amaba tanto. ¡Lo adoraba!

Ella no podía dejar de pensar en todo lo que habían vivido juntos la noche anterior. Hasta hacía unas horas, el amor de Carlos Azueta había sido un sueño, una quimera, un imposible, algo con lo que ella solo podía soñar. Pero ahora… ahora lo tenía ahí, con ella, en su cama, después de haber pasado la noche juntos.

Ella, al igual que Azueta, no tenía mucha experiencia en el amor. Antes de esa noche, ella solo había estado con Brawley, su antiguo novio. Y aquello, visto a distancia y ya sin los apasionamientos cegadores de un amor enfermizo, le provocaba nauseas. ¡Las cosas eran tan diferentes ahora! Carlos era un caballero, un hombre noble que la quería y se preocupaba por ella. Se lo había demostrado de mil maneras diferentes aquella noche.

En cambio Brawley siempre había sido un verdadero patán… y en su vida íntima siempre había sido egoísta, manipulador, siempre buscando su propia satisfacción y sin preocuparse de lo que Jesse pudiera sentir, ni en el plano físico ni mucho menos en sus sentimientos.

- ¡Contigo las cosas fueron tan hermosas, Carlos! – Ella suspiró y se acercó a él para besarlo justo en medio de los ojos.

Aquello hizo que Azueta se moviera un poco y Jesse contempló, extasiada, el justo momento en el que él abandonó el mundo de los sueños para incorporarse al de los vivos. Él refunfuñó un poco, se movió hasta yacer de costado y sus ojos se entreabrieron un par de veces antes de que finalmente pudiera abrirlos por completo. Esos ojos claros que, en la penumbra de aquella mañana, se notaban particularmente expresivos.

- ¡Hola…! – El murmuró con voz ronca y una sonrisita tímida apareció en sus labios.

- Buenos días, mi amor. – Jesse lo saludó y complementó aquello con un besito suave en los labios que hizo sonreír al comodoro.

- ¿Qué hora es? – Él de pronto se sobresaltó, pues su disciplina militar era algo de lo cual no podía despojarse, ni aún en ese momento.

- Faltan 20 minutos para las seis de la mañana.

- Las 0540 horas. – Azueta suspiró aliviado. – Vamos bien.

- Tienes que estar en la base a las siete. – Jesse se apresuró a responder. - ¿Quieres que te prepare algo de desayunar? ¿Qué…?

- ¡No! – Él la silenció, acercándose a ella y abrazándola con cariño. – Desayuno algo en la base… tengo que ir a casa a cambiarme de uniforme antes de ir a la oficina… pero creo que todavía puedo aprovechar unos 15 o 20 minutos aquí… contigo.

- Eso… sería algo muy lindo.

Jesse se acurrucó contra el pecho del Azueta y sus piernas se entrelazaron con las de él. Sonrió al escucharlo suspirar profundamente. El sonido rítmico del corazón del comodoro la hacía sentir tranquila, amada y completamente en paz consigo misma y con el mundo. Aquel momento, entre los brazos del hombre al que amaba, era perfecto. Él la besó en la frente y habló en una voz apenas audible:

- ¿Cómo te sientes, Jesse?

- ¿Tienes que preguntarlo? – Ella sonrió y le besó el pecho. - ¡Ha sido la mejor noche de mi vida!

- Fue hermosa… especial. – Él sonrió contra el rostro de su mujer. - ¡Tú eres hermosa y especial, Galland!

- ¿Y me amas? – Ella le preguntó traviesamente.

- Y te amo. – Él aceptó con una sonrisa soñadora.

- Y yo… yo te amo a ti, Carlos…

Sus ojos se encontraron como preámbulo al inevitable encuentro de sus labios que se unieron en un beso suave y lleno de cariño, de ternura y de amor. Un beso que por momentos se hizo profundo y apasionado, para después volver a ser tierno y dulce.

- Jesse… - Azueta la miró a los ojos con una mirada solemne. – Quiero… quiero preguntarte algo.

- Lo que sea.

- Tú… no… ¿no estás arrepentida de lo que ocurrió? Es decir, tú…

- ¡Shhh…! – Ella le puso el dedo sobre los labios. - ¡De nada! Jamás podría arrepentirme de estar contigo… de amarte o de sentirme amada por ti. Estoy enamorada de ti, Carlos Azueta. Y después de la noche que hemos pasado juntos, espero que haya quedado claro.

- Bastante claro. – Él sonrió y no pudo evitar el sonrojarse levemente. - ¡Te amo, Galland! Y yo… jamás había estado tan seguro de algo en mi vida. Si tú me aceptas… si tú así lo quieres… me gustaría que siguiéramos juntos…

Ella sonrió, conmovida y enternecida por aquel hombre tan formal y tan altivo en su rol de militar modelo… y tan tierno y tímido en su vida sentimental. Jesse lo abrazó y lo besó con ternura.

- Yo no voy a ir a ningún lado, Carlos… no sin ti.

- Yo… por desgracia tengo que ir a la base. – Él se rió. - ¡Y no tienes idea lo mucho que odio esa idea en estos momentos!

- El deber es el deber, amor. – Ella se sentó en la cama. - ¿De verdad no quieres que te prepare algo para que desayunes?

- No. – Carlos se acercó a ella por la espalda y le plantó un besito suave en su hombro desnudo. - ¡Dios, eres tan hermosa!

Jesse se sonrojó profundamente, pero a la vez una sonrisa radiante apareció en sus labios. Nunca, jamás en su vida nadie le había dicho que era hermosa… mucho menos con esa pasión y esa sinceridad con la que él se lo decía.

- Carlos…

Los dos se miraron y él, sin poder evitarlo, se acercó a besarla. No fue un beso tierno, fue un beso apasionado. Era como si Azueta quisiera asegurarse de que aquello era real y no solo un sueño… era como si quisiera devorarla, beber de sus labios el elixir de la vida… embriagarse de ella. De pronto el comodoro se sentía lleno de fuerza, de alegría, de energía… aquella mañana Carlos Azueta se notaba rejuvenecido y energetizado.

- ¡Quisiera poder quedarme un poco más!

- Bueno… ya que no me aceptas el desayuno, ¿podrías venir a almorzar? Pienso prepararte algo especial.

- Eso sería lindo. – Él aceptó, sin dejar de besar sus hombros ni de recorrer su piel con sus dedos. – Pero no quisiera que tuvieras que trabajar por mí, yo…

- ¡Insisto! – Ella le sonrió. - ¡Ya verás que te encantará! ¿A qué hora te espero?

- Hmmm… ¿a las 1300 horas te parece bien?

- ¡Perfecto! – Ella lo besó. - Y quizás…

- ¿Qué cosa…?

El comodoro la miró con una mirada traviesa que ella jamás había visto en sus ojos y que la cautivó.

- Bueno… quizás puedas quedarte… unos momentos.

- Creo que no tendría que volver a la oficina sino hasta… las 1600 horas o algo así.

- ¡Ahhh…! – Ella sonrió. – Entonces tendremos tiempo… de estar juntos por un rato, quiero decir.

- Muy juntos. – Azueta la besó en los labios. - ¿Qué te parece?

- ¡Voy a estar contando las horas!

El comodoro se puso de pie y Jesse no pudo menos que admirar su cuerpo fuerte y bien formado, producto de una vida entera dedicada a la carrera de las armas. Azueta se puso su pantalón y su camisa y se sentó en la cama para ponerse sus zapatos.

- ¡Te amo, Carlos!

- Entonces a las 1300 horas… ¿es una cita?

- ¡Es una cita!

Azueta tomó el rostro de Jesse en sus manos y la besó con ternura. Cuando se separaron, los dos se sonrieron con amor. Ella se puso su bata de dormir para acompañarlo hasta la puerta, donde volvieron a besarse.

Cuando el comodoro salió a la calle, la brisa suave de aquella mañana primaveral le acarició el rostro. Él aspiró profundamente y se dejó embriagar por su aroma y por aquellas sensaciones maravillosas que le corrían por todo el cuerpo. De pronto el mundo parecía un lugar nuevo, diferente, hermoso… un mundo nuevo.

Con la casaca de su uniforme echada sobre su hombro, Azueta caminó hasta su vehículo. Se dio un tiempo para mirar hacia la ventana del departamento de Jesse y sonrió al encontrarla ahí, observándolo con amor. Ella lo despidió con un movimiento de su mano y él le regresó el saludo. Enseguida subió a su Mariner y se alejó de aquel lugar, dispuesto a comenzar un nuevo día, de la mejor manera posible.

-


-

Faltaban unos minutos para las 0700 horas cuando las puertas del ascensor se abrieron en el piso 21 del edificio del Almirantazgo y el matrimonio Hunter-Hayes apareció por ahí. Los dos se veían felices, relajados y un poco… traviesos. Las miradas que había entre ellos y sus sonrisas divertidas dejaban constancia del hecho de que algo había sucedido en aquel ascensor.

- ¡Buenos días almirante Hayes… general Hunter!

- Buenos días teniente Hickson. – Lisa la saludó. - ¿Cómo estás?

- Bien, muy bien… iniciando el día. – Kelly les sonrió. – Yo no necesito preguntar como están ustedes. Se ve que están más que felices… me preguntó qué sucedió en ese elevador.

- Hay cosas que es mejor ignorar, señorita. – Rick respondió, mientras frotaba juguetonamente su nariz contra la mejilla de Lisa.

- ¿Y tú? – La almirante quiso saber. - ¿Cómo estás? Se te ve algo… cansada.

- Nah… - Kelly lo negó con una sonrisa. – Un poco desvelada tal vez, pero estoy muy bien… hoy será un buen día.

- ¡Ese es el optimismo! – Rick se rió. – Además, sinceramente no quiero saber el por qué de tu desvelo… sería demasiada información para mí.

- ¡Hey! ¿Por qué no puedes pensar que simplemente pasé la noche haciendo algo como… no sé, estudiar, leer… sacar a caminar a Enkei?

- Porque seguro pasaste la noche con el teniente Azueta… y esa es razón suficiente para no querer saber nada de nada.

- ¡Bah…!

- Bueno, - Lisa tomó a Rick de la mano. – Vamos a estar en mi oficina, revisando la agenda del día.

- Sí almirante. – Kelly sonrió cuando los vio entrar a la oficina. – Seguramente así será.

Cuando se vio sola en el vestíbulo, Kelly suspiró alegremente y pensó que siempre era inspirador ver la manera como Lisa y Rick llevaban su relación, aun en medio de sus actividades militares y todas sus responsabilidades. Siempre se veían tan felices, tan contentos y tan enamorados que Kelly deseó, en ese momento, que algún día ella y Nick pudieran tener una relación tan madura, tan bien fundamentada y tan hermosa como la que ellos tenían.

La puerta el ascensor volvió a abrirse y una enorme sonrisa comenzó a formarse en los labios de Kelly Hickson cuando vio aparecer por ahí al Jefe del Estado Mayor, el comodoro Azueta.

Había algo en él esa mañana… algo diferente, algo especial… algo que lo hacía brillar. Llevaba su uniforme militar con la misma dignidad, el mismo garbo y la misma elegancia de siempre. Iba perfectamente pulcro, limpio y bien uniformado. Se le veía formal y disciplinado. Nada había cambiado en él ni en su apariencia… y sin embargo parecía un hombre diferente.

Su rostro, generalmente sombrío y pensativo, parecía resplandecer, aun y cuando no estaba sonriendo. Pero había algo en sus ojos, algo en su mirada… algo diferente, algo especial… algo mágico, Kelly decidió.

- ¡Buenos días, comodoro Azueta! – Ella saludó alegremente, sin poder evitar la enorme sonrisa que iluminaba su rostro. - ¿Cómo está?

- Buenos días, teniente Hickson. – Él comenzó a caminar hacia su oficina. – Estoy muy bien, muchas gracias… ¿Está lista la agenda del día?

- Si, señor. Se la acabo de pasar a Mary. – Kelly no dejaba de observarlo con cierta travesura en la mirada. - ¿Algo más, señor?

- Eso sería todo, teniente. – Azueta no fue inmune a esa mirada. - ¿Qué sucede?

- ¿Qué…? Oh, no… nada.

- Teniente Hickson…

- Yo… solo me preguntaba si… si vio a Nick hoy.

- No. – Azueta respondió sin pensarlo. – Cuando llegué a casa él ya se había ido. Me parece que tenía entrenamiento a las 0600 horas…

El comodoro Azueta se detuvo de golpe, dándose cuenta de lo que acababa de decir. Ese "cuando llegué a casa" era muy comprometedor. Miró a Kelly, quien seguía sonriéndole con una chispa de travesura en sus ojos e innegable cariño.

- Es decir…

- No tiene nada que explicar, señor… es solo que estábamos un poco preocupados por usted, eso es todo. ¿Se encuentra bien?

- Muy bien… - Azueta intentó sonreír. – Gracias…

- Bien, me alegro.

Kelly se dio media vuelta e iba a regresar a su oficina, pero la voz de Azueta la detuvo.

- Teniente Hickson…

- ¿Señor?

- Necesito… - Azueta sonrió levemente. – Necesito que revises mi agenda al medio día… voy a salir de la base por un par de horas, quizás un poco más.

- ¿Sí? – Ella lo anotó en su agenda electrónica. - ¿De qué hora a qué hora, señor?

- De las 1300 a las 1600 horas, aproximadamente.

- No hay problema, yo me encargo.

Kelly se iba a retirar de ahí, pero Azueta siguió hablando:

- Voy a—voy a ir a almorzar con la arquitecta Galland.

La teniente Hickson miró al comodoro Azueta de frente y sintió que su corazón se le alegraba al percatarse de esa pequeña sonrisa que él tenía en sus labios en esos momentos. Kelly pensó que jamás en su vida había visto al comodoro tan feliz como en ese momento y eso era suficiente para que ella se sintiera igualmente feliz.

- ¡Me da mucho gusto, señor! – Fue su breve respuesta, aunque por dentro quería saltar, gritar, aplaudir e ir a abrazar al Jefe del Estado Mayor.

- Tendré que hablar con mi hijo, ¿sabes? – Él continuó hablando. – Respecto a esta situación, quiero decir… no quiero que Nicolás piense que yo… es decir…

- Señor, - Kelly lo miró a los ojos y aquella mirada lo tranquilizó. – Nick entiende… y créame cuando le digo que él es el primero en alegrarse de que usted y Jesse… es decir, la arquitecta Galland hayan… llegado a este momento.

- ¡Gracias Kelly! – Azueta le agradeció honestamente. – Lo digo de verdad.

- Ni lo mencione, señor.

El comodoro asintió levemente con la cabeza. Parecía que quería decir más… casi parecía como si quisiera abrazar a Kelly y demostrarle su alegría. Era cierto lo que ella pensaba, jamás en toda su vida se había sentido tan feliz como aquella mañana. Pero al final solo suspiró profundamente y sin decir nada más, se dirigió a sus dependencias.

Kelly se quedó de pie en el vestíbulo por unos segundos. La sonrisa que traía en los labios hubiera sido suficiente para iluminar una noche oscura. Fue hasta que se vio sola que, súbitamente, comenzó a dar saltitos y a aplaudir emocionada.

- Ojala por lo menos le lleve algunas flores. ¡Dios, ya quiero que sea hora del almuerzo para ir a contarle a Nick! – Kelly se dirigió saltando a su oficina. - ¡El comodoro y Jesse pasaron la noche juntos! Ellos realmente… ¡Estoy feliz!

Pero esa felicidad duró bien poco para la teniente Hickson, ya que justo en ese momento, la puerta del ascensor volvió a abrirse. Pero esta vez quien apareció ahí en el vestíbulo era alguien a quien Kelly deseaba no volver a ver jamás: la licenciada Fiorenzi acompañada de su asistente Gaia Torino.

- ¡Licenciada Fiorenzi! – Kelly salió al vestíbulo. - ¿En qué puedo…?

- ¡No tengo tiempo para esto! – Hannah estaba hecha una furia. - ¿La almirante Hayes está en su oficina?

- Permítame anunciarla…

- ¡Nada de eso!

Con un empujón, Hannah quitó a Kelly del camino. Para la teniente Hickson hubiera sido muy fácil detenerla con un empellón o incluso reaccionar a aquella agresión con otra peor. Quizás la licenciada Fiorenzi fuera mucho más alta que ella, pero Kelly estaba bien entrenada en defensa personal. Sin embargo aquello realmente no valía la pena.

- ¡Licenciada, no puede llegar así y esperar que…!

Pero Kelly ni siquiera terminó su sentencia, ya que Hannah había abierto con un golpe seco la puerta de la oficina privada de la almirante Hayes, donde en esos momentos ella trabajaba con el general Hunter en la revisión de la agenda del día.

- ¿Qué es lo que sucede aquí? – Rick quiso saber.

- Intenté detenerla, pero…

- ¡Ya basta! – Fiorenzi miró a Kelly con una mirada que lanzaba fuego. - ¡Fuera de aquí, mocosa! Tengo asuntos que tratar con la almirante Hayes… le aseguro que no tomará mucho tiempo. Tengo que llegar a mi vuelo, el que finalmente me sacará de esta pocilga, en una hora… no pienso perder mi tiempo.

- ¡Hey! – Rick salió en defensa de su prima. - ¡Usted no puede venir aquí y…!

- ¡Rick, tranquilo! – Lisa lo detuvo.

Kelly miró a Lisa, obviamente esperando sus órdenes. La almirante Hayes movió levemente la cabeza y la teniente Hickson entendió que le estaba autorizando el retirarse. Pero antes de salir Kelly le lanzó una mirada fría y dura a la licenciada Fiorenzi. Aquello no pasó desapercibido para Gaia, quien no dudo en darle un golpe con el hombro a la teniente Hickson cuando ella pasó a su lado.

- Bien… - Fiorenzi habló cuando Kelly se hubo retirado. – Malos manejos, tráfico de influencias, desordenes psicológicos, filtración de información, desperdicio de recursos, usurpación de funciones… todas esas con cosas que encontré aquí, en Ciudad Macross. No estoy contenta, almirante Hayes. ¡Y usted tampoco debería estarlo! Cuando mi reporte sea presentado ante el consejo, creo que usted tendrá que irse despidiendo de esta oficina y de su ostentoso cargo.

- La UNS/UNSAF está preparando una respuesta a su informe, licenciada. – Lisa le respondió con calma. – Legalmente podemos interponer ese recurso y lo haremos. Creemos que usted ha hecho una apreciación errónea de muchas situaciones. Y estaremos refutando cada una de ellas con pruebas.

- Es su derecho. – Fiorenzi sacudió la mano. – Sin embargo, la verdad habrá de prevalecer… y una cosa le anticipo, almirante Hayes. Cuando Weidenseld llegué al poder – porque lo hará –, y sea Primer Ministro, yo misma me encargaré de que una de sus primeras acciones de gobierno sea desaparecer la UNS por completo.

Rick miró a Lisa, un tanto alarmado. Pero ella se mantenía calmada, tranquila y ecuánime como siempre. La almirante Hayes hizo un leve movimiento con la cabeza y miró a Fiorenzi a los ojos.

- Aún falta mucho para eso.

- No tanto. – Hannah clarificó. – Y créame, almirante Hayes, me parece que ustedes le han apostado al caballo equivocado.

- ¿Eso sería todo, licenciada?

- ¿Le parece poco?

- Me parece suficiente.

La licenciada Fiorenzi comenzó a caminar hacia la puerta, seguida de cerca por su inseparable asistente. Había un silencio glacial en aquella oficina. Silencio que, sin embargo, fue roto por la voz de Hannah.

- La próxima vez que nos veamos, supongo que no será bajo las mejores circunstancias. De cualquier modo mi trabajo aquí ya está hecho. La suerte está echada.

- Que tenga buen día, licenciada… y buen viaje.

Hannah Fiorenzi le lanzó una última mirada asesina a la almirante Hayes antes de salir de la oficina, seguida por Gaia, y dar un portazo tras de sí. Rick y Lisa saltaron en sus lugares y cuando se vieron solos, fue el piloto el primero en reaccionar:

- ¡¡¡QUE TIPA!!!

- ¡Olvídalo, amor! No hace falta hacer corajes por situaciones como esta.

- Pero… ¿a qué vino? ¿Qué derecho tiene de hablarte así? ¡Es una hija de…!

- ¡Rick! – Lisa lo silenció. – Ya se acabó… los observadores se van hoy… ya no hay nada de que preocuparse.

- Pero Lisa, es justo ahora cuando yo comenzaría a preocuparme… es decir, ahora que revisen su reporte, que lo expongan ante el consejo… ¿qué va a suceder?

- Yo confío en la imparcialidad de varios de los observadores que conformaban el equipo de Fiorenzi, Rick. Ella está demasiado involucrada en asuntos políticos como para tomar una actitud profesional y reflexiva en estos asuntos. No deberíamos de tomarla tan en serio.

- Pero… ¿qué hay del reporte médico? Ese podría perjudicarnos.

- Yo lo veo por otro lado, Rick… basándonos en ese reporte médico podríamos solicitar más presupuesto para el área de salud de nuestras tropas. Si de cualquier modo nos van a dar ese golpe, al menos hay que revertir el daño y usarlo a nuestro favor.

- ¡Ah…! – Los ojos de Rick resplandecieron. - ¡Por eso eres la almirante aquí, Lisa!

- Sí, supongo que por eso debe de ser. – Ella respondió con una sonrisa suave. – Mira, Fiorenzi es una mujer de trato imposible y de un carácter muy explosivo. Pero sobrevivimos a tres meses con ella… te aseguro que lo que venga no podrá ser tan malo como eso.

- Tal vez tengas razón.

Unos suaves toquiditos en la puerta hicieron que Rick y Lisa terminaran esa conversación. La puerta se entreabrió y la cabeza rubia de Kelly Hickson apareció por ahí tímidamente.

- Almirante…

- ¿Qué sucede, Kelly?

- Solo quería saber si no necesitan nada… quiero decir, después del paso del Huracán Fiorenzi y la Tormenta Tropical Torino.

Sin poder evitarlo, Rick y Lisa se rieron de la espontánea ocurrencia de la teniente Hickson. Ella no pudo menos que sonreír y frotarse el cuello en un gesto que a Lisa le recordó bastante a su esposo.

- Todo en orden, Kelly… no te preocupes.

- La signorina está a punto de irse de Macross. – Rick le informó. – Y con un poco de buena suerte, será para siempre.

- ¡Gracias a Dios! Entonces voy a ir a la capilla.

- No sabía que fueras tan religiosa, prima.

- No, lo que pasa es que escuché que los santos te cumplen tus deseos si los pones de cabeza y ya había puesto a varios de cabeza allá.

Lisa y Rick volvieron a reírse.

- Me parece que te estás juntando demasiado con Miriya, prima. – Rick opinó.

- Además, los santos no cumplen deseos. – Lisa completó. – Esos son los genios.

- ¡Ahhh…! – Kelly se golpeó teatralmente en la frente. - ¡Debe ser por eso que nunca me hacen caso!

- Y por otro lado, - Rick opinó. – Eso de ponerlos de cabeza… bueno, tú puedes poner de cabeza a cualquiera… y no lo digo en el buen sentido.

Kelly le lanzó una mirada asesina a su primo… antes de sacarle la lengua.

- Puede retirarse, teniente lengua larga. – Rick la despidió con una voz monótona y cansada. - ¡Afuera, afuera!

La teniente Hickson se hizo la ofendida, después levantó su cabeza con un falso aire de dignidad y salió de ahí sin decir palabra. Rick y Lisa seguían riéndose de todo aquello. Cuando se vieron solos, ella suspiró profundamente.

- ¡Espero que ahora las cosas vuelvan a la normalidad!

- Lo harán, bonita… - Rick le colocó la mano sobre el abdomen a su esposa. – Además no quiero que te estés preocupando o estresando… no con estos cinco meses de embarazo a cuestas.

- ¡Ya vamos para seis!

- ¡Vaya! – Rick se rió emocionado. - ¡Ya falta tan poco para tener a nuestra bebita en los brazos! ¡Que momento! ¿No te parece?

- Así es… - Una expresión sombría cruzó momentáneamente por el rostro de Lisa. – Aunque quisiera que todo este asunto terminara antes… es decir, seguro que nos estarán llamando a algunas audiencias y esas cosas. Espero que ya para agosto esté todo solucionado.

- ¡No te preocupes, Lisa! En serio, no te preocupes por nada… te ves fea cuando te preocupas.

- ¿Ah, sí?

- ¡Naaah…! - Rick se acercó a besarla en la punta de la nariz. – Pero me encanta cuando te enojas, porque te ves hermosa.

- Hoy nos levantamos un poco bipolares, ¿no, pilotito?

- Más bien felices… porque somos libres otra vez.

Lisa sonrió levemente y miró a su escritorio, en donde ella y Rick habían estado revisando un mapa antes de la intrusión de la licenciada Fiorenzi.

- No podemos darles más armas con que atacarnos, Rick. – Lisa reencausó la conversación. – Ustedes han estado patrullando esta zona, en donde se encuentra un importante número de ecoaldeas zentraedis.

- Hemos mantenido un ojo vigilante en esa zona, es cierto. Pero no pueden acusarnos de estar usurpando funciones. Es decir, aunque técnicamente no sea de nuestra incumbencia el patrullaje, - Rick sonrió. – Aun así nos damos algunas vueltecitas por ahí de vez en cuando… en ejercicios y prácticas, estrictamente.

- ¿Y crees que sea seguro?

- Lisa, la Fuerza Aérea ya tiene suficiente tal y como están las cosas. Les hemos solicitado su apoyo para efectuar esos patrullajes, pero con tan pocos recursos no es mucho lo que se puede hacer. Digamos que es un apoyo que les estamos dando a los compañeros de esa rama de las fuerzas armadas. Por otro lado, de cualquier forma nuestros pilotos tienen que entrenar constantemente. Es estúpido el que, por causas políticas o qué se yo, se descuide la vigilancia de un sector potencialmente peligroso.

- Estoy totalmente de acuerdo contigo… sin embargo debemos ser muy cautelosos.

- ¡No te preocupes, Lisa! – Rick la besó en la frente. – Tú confía en mí, todo está bien. Sabemos lo que hacemos. Y sobre todo, conocemos lo que realmente se necesita. ¿Qué pueden saber esos políticos desde sus oficinas de lo que realmente sucede acá afuera, en el campo… en la vida real?

- Buen razonamiento. Con todo, Rick… te hago la petición expresa de que se mantengan con un perfil bajo, sean cautelosos.

- Y si somos acusados de patrullajes ilegales en áreas de riesgo, lo negaremos. – Rick sonrió. – Son simples ejercicios de rutina, de ningún modo patrullaje.

- ¿Quién está al mando de esos ejercicios?

- Mi hombre de confianza, Lisa. No me arriesgaría a otra cosa.

- Dile a Max que extreme precauciones entonces. Aunque es un alivio realmente saber que él es el comandante de esos vuelos de patr—de prácticas.

- ¡Así es, almirante!

Los dos se miraron a los ojos por un momento y sonrieron. Era fácil trabajar de esa manera. Las cosas eran mucho más sencillas cuando uno confiaba en sus compañeros, en sus superiores, en sus subordinados. Sin duda habían recorrido un largo camino desde aquellos lejanos días del SDF-1, cuando entre ellos todo eran pleitos, desacuerdos y rencillas.

Ahora, los dos lo sabían, trabajar juntos, formar un frente común, cerrar filas, proteger flancos y avanzar hombro con hombro era la única manera de vivir – y sobrevivir – en un mundo que no solo había sido devastado por una guerra cruenta… sino que seguía contaminado no solo por las radiaciones residuales de la guerra, sino por un veneno mucho más mortífero y perenne: la política. ***

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Notas de Autor:

- La última actualización del 2009. Quiero disculparme por no haber actualizado antes, realmente fue un año bastante complicado en el aspecto laboral. Sin embargo no quería dejar pasar esta fecha sin subir aunque fuera un nuevo capítulo. Trataré de subir uno por mes, para tener objetivos realistas y en previsión de los traspiés que el tiempo siempre nos trae. Y no quiero despedirme sin agradecer a mi querido amigo Mal Theisman, por siempre ser motivante en este oficio de la escritura. ¡Gracias colega! Así como también a todos los que me han estado enviando correos electrónicos y todo tipo de mensajes. ¡No tienen idea de cuánto aprecio esas muestras de apoyo! Gracias de verdad. Y solo me resta desearles, de todo corazón, un extraordinario 2010. ¡Un abrazo a todos y muchas felicidades! :)


.: GTO - MX :.