"Buenas noches."

Harry se sorprendió al sentir que la moneda de calentaba en su mano justo cuando él estaba a punto de enviarle ese mismo mensaje a Draco.

"Que descanses", contestó antes de cerrar el mapa y meterse en la cama.

--

El domingo, la sala común estaba casi vacía porque todo el mundo había salido a jugar en la nieve, así que Hermione, Ron y él se pusieron a trabajar en una de las mesas allí en lugar de volver a la biblioteca. Trabajaron en Defensa un rato y, cuando pasaron a Pociones, Hermione se sorprendió cuando vio que Harry había terminado su redacción sobre el Felix Felicis sin su ayuda.

-Se acercan los ÉXTASIS – repuso él, a modo de excusa –. Ya iba siendo hora de que empezara a esforzarme.

Su amiga sonrió por un momento, pero cinco segundos después estaba llevándose las manos a la cabeza y apoyando los codos en la mesa.

-¡Todavía tengo que repasar Encantamientos, y hacer todos esos ejercicios de Runas Antiguas, y...!

Harry desconectó, girándose para hablar con Ron.

-Ya he estudiado bastante por hoy – dijo –. ¿Te apetece jugar una partida de snap explosivo?

-Qué bien me conoces – contestó su amigo, sonriendo. Se pusieron a jugar mientras Hermione extendía libro tras libro sobre la mesa.

Poco antes de comer, el cuadro de la Dama Gorda se abrió y alguien entró en la sala común. Harry, guiado por aquel temor irracional que le asaltaba siempre y le hacía creer que el castillo estaba lleno de enemigos, levantó la mirada para ver quién era. Su cuerpo se calentó de rabia al ver que se trataba de Tarek Jadir.

-Ahora vengo, me lo he dejado en mi cuarto – gritó por encima del hombro, dirigiéndose a los dos Ravenclaws que le estaban esperando en el pasillo.

Atravesó la sala con aire petulante y desapareció escaleras arriba.

-Ese tío me da muy mala espina – susurró Ron a su lado al ver la mirada que Harry estaba lanzando en dirección al chico –. Por suerte se pasa el día con gente de otras casas y casi nunca se le ve el pelo por aquí.

Harry asintió. Apenas se cruzaba con aquel chico a pesar de que era un Gryffindor, pero desde que lo había visto atacando a Draco sentía una oleada de rabia cada vez que se lo encontraba. Al menos no era el único que se sentía así; las pocas personas que estaban estudiando en la sala común también le habían lanzado miradas de desconfianza. Ron y él no retomaron la partida hasta que el chico volvió a marcharse.

--

Durante la semana siguiente, varios de los profesores les hicieron controles en clase para asegurarse de que estaban estudiando al día y preparándose para sus exámenes finales. Sus amigos y él tuvieron que volver a la biblioteca todas las tardes, antes y después de cada entrenamiento de Quidditch. El miércoles, Harry estaba tan harto de estudiar que decidió que era hora de hacerle una nueva visita a Hagrid.

Esa noche no pudo dormir. No había ningún motivo en particular, salvo que Hagrid había estado hablándoles de la forma en la que el resto de criaturas del bosque había reaccionado ante la presencia de Grawp y se sentía inquieto. Estaba mirando el mapa, observando los nombres de todos sus compañeros, la mayoría ya dormidos, y comiendo ranas de chocolate.

En las mazmorras, el nombre de Draco se movió en su cama. Estaba temblando ligeramente, como si el chico estuviera dando vueltas. Harry sabía lo que significaba; estaba teniendo una pesadilla.

"Despierta, Draco," escribió en su galeón con la esperanza de que el chico lo tuviera cerca y sintiera el calor. La respuesta llegó un par de minutos después.

"¿Qué pasa?"

"Estabas teniend" "o una pesadilla," escribió de forma entrecortada.

El Slytherin tardó un momento en contestar.

"¿Cómo lo sabes?"

"Te movías mucho."

"¿No puedes dorm" "ir?", le preguntó entonces Draco.

"No."

"Quieres hablar?"

"Estaría bien", escribió, sintiéndose algo mejor solo por tener a alguien dispuesto a no criticarle por el hecho de que no pudiera quedarse dormido. "Cuéntame algo", le envió a Draco un momento después. La moneda tardó un poco en calentarse.

"Me gusta la" "nieve", dijo el Slytherin.

Un momento después, su amigo siguió escribiendo:

"Me gustan los" "climas fríos."

"Yo no conozco" "ningún clima" "aparte de este", contestó Harry.

"Algún día lo" "harás."

Harry suspiró, recostándose en su cama y dejando a un lado el mapa.

"Puede."

Se quedó dormido pocos mensajes después, y se despertó por la mañana enredado en las sábanas, con el mapa, la moneda y la varita tirados por la cama.

--

-No pienso pasar ni una sola tarde más en la biblioteca – declaró el viernes por la tarde, cuando, después de cenar, Hermione los arrastró a Ron y a él en aquella dirección.

-¿Y a dónde quieres ir? – preguntó su amigo, poniendo cara de pena. Él no podía escabullirse tan fácilmente de su novia.

-No sé – se encogió de hombros –. Voy a dar una vuelta.

Ya había quedado con Draco para verse en la Sala de los Menesteres en cuanto pasase el toque de queda. Sus amigos no le encontrarían en la sala común de Gryffindor al volver de estudiar, pero darían por hecho que estaba pululando por el colegio con su capa de invisibilidad puesta, así que no corría ningún peligro.

Atravesó la puerta y se encontró al Slytherin sentado, leyendo sus apuntes de clase.

-Hola – saludó, sentándose frente a él. Draco asintió con la cabeza a modo de respuesta.

Harry había estado descansando desde la hora de la cena, pero seguía sin tener ganas de trabajar. Resignado, decidió ponerse a practicar los hechizos de Defensa, que era lo que menos esfuerzo conllevaba.

-¿Te importa si pongo la radio? – le dijo a Draco un rato después, mientras sacaba sus apuntes de Pociones para ponerse a trabajar en serio.

-No – contestó el chico, encogiéndose de hombros. Harry sacó el aparato de su mochila y lo puso sobre la mesa, encendiéndolo y dejando la música con el volumen bajo para poder seguir hablando.

Se puso a leer los apuntes. A los cinco minutos, estaba poniendo una mueca de desagrado.

-No sé por qué pensé que sería una buena idea seguir con Pociones – masculló, garabateando con su pluma en una esquina del pergamino.

-¿Por qué lo hiciste? – preguntó Draco, levantando la vista de sus hojas para mirarle.

-Porque quería ser un auror – contestó.

-¿Ya no quieres serlo?

Harry suspiró. Había estado evitando pensar en ello, y no le había contado a nadie lo que estaba a punto decir en voz alta.

-No sé lo que quiero.

La expresión facial de Draco se relajó, y el chico apartó la mirada.

-Yo tampoco.

--

Al día siguiente, apareció en el corcho de la sala común el aviso para la siguiente salida a Hogsmeade, que sería el sábado 30 de enero, dos semanas después. Cuando Ron le preguntó si iría con ellos esa vez, Harry negó con la cabeza.

-Id sin mí. No quiero tener que ver a más periodistas hasta que sea absolutamente inevitable.

Sus dos amigos aceptaron aquella excusa, pero Harry no podría haber estado menos preocupado por los periodistas. En su mente, ya estaba planeando el siguiente paso para ayudar a Draco Malfoy.

-¿Tienes planes para el sábado que viene? – le preguntó a Draco la siguiente vez que quedaron para estudiar juntos.

El Slytherin bufó.

-Claro que no. Mis amigos irán a Hogsmeade y yo me quedaré aquí, como siempre.

-Yo tampoco voy a ir – repuso Harry, encogiéndose de hombros –. Podemos hacer algo juntos.

-¿El qué?

Harry sonrió con malicia, decidiendo que sería mucho más entretenido no decirle nada a Draco hasta el último momento.

-Es una sorpresa. ¿Quieres o no?

El Slytherin volvió a mirar hacia sus apuntes.

-Lo que sea, Potter – masculló.

Harry se sorprendió. Había esperado una reacción diferente; que el chico insistiera, tal vez, o que se negara a ir si no sabía cuál era el plan.

Ese día se había sentado al lado de Draco, y no enfrente. Se inclinó en su dirección para ver qué era lo que mantenía al Slytherin tan concentrado como para que no quisiera seguir hablando del tema. Eran sus apuntes de Pociones.

-Vaya – murmuró Harry al echarles un vistazo –. Tus apuntes están muy bien hechos.

-¿Qué esperabas? – contestó, poniendo los ojos en blanco.

-No sé. Sabía que hacías las redacciones con letra cursiva, pero no sabía que esa era tu caligrafía habitual. Es genial. Están muy claros – dijo, sorprendido.

Draco negó con la cabeza.

-Los tuyos serán un desastre, seguro.

-Dalo por hecho.

El Slytherin siguió trabajando, pero Harry se quedó pensando. Ahora que eran amigos, seguro que el chico estaría dispuesto a dejarle sus apuntes, ¿no?

-Draaacooo – murmuró, inclinándose hacia él y arrastrando la palabra con tono inocente.

-¿Qué?

Harry apoyó su cabeza en el hombro del Slytherin y dijo:

-¿A que me dejas estudiar por tus apuntes?

Sintió que el cuerpo de Draco se tensaba bajo su mejilla. Sabía lo que pasaría ahora: el chico sería borde con él porque esa era su forma de ser, pero al final cedería, ocultando su buen acto tras un "estúpido Potter" mascullado.

Así fue exactamente como ocurrió.

Mientras leía los apuntes de Draco, la mente de Harry empezó a vagar. Hacerse amigo del chico había sido una muy buena decisión. No porque le dejase los apuntes, claro, sino porque le hacía sentir mejor. Draco nunca le forzaba a estar bien, no le había dicho ni una sola vez que debía sonreír o que tenía que esforzarse en hacer cosas cuando no quería. Y eso hacía que Harry sonriera; precisamente el hecho de que no tenía por qué hacerlo. Y sí, el Slytherin tenía una forma de hablar muy sarcástica y le gustaba ocultar sus sentimientos bajo frases bordes, pero Harry veía más allá de eso. Sabía que Draco no lo hacía para hacer daño, sino para protegerse.

Lo que importaba realmente no eran aquellos comentarios ni las veces en las que Draco se dirigía a él como Potter en vez de Harry, sino los detalles. Detalles como que el Slytherin se interesara por sus gustos y no por sus logros, como el resto del mundo, o como que le preguntase si estaba bien cuando hablaban a través de sus monedas en medio de la noche, demostrando que se preocupaba por él.

Draco Malfoy era, después de todo, un gran amigo.

--

-Muy bien, señor Potter – le felicitó la profesora Strigoi –. Diez puntos para Gryffindor por ser el primer alumno de la clase capaz de enviar un mensaje a través de un Patronus. Seguiremos practicando unos días más, pero después pasaremos al siguiente tema, así que los demás tendréis que continuar practicando por vuestra cuenta.

Harry se sintió orgulloso de sí mismo. Por desgracia, su suerte menguó en cuanto atravesó la puerta del aula de Pociones.

-¡Buenos días, buenos días! – saludó el profesor Slughorn –. Hoy vais a trabajar de forma individual. Sí, sí, sé que siempre lo hacéis por parejas – añadió al oír los sonidos de queja que emitieron todos a la vez –, pero no vais a tener a nadie que os ayude el día del examen final, así que tenéis que aprender a ser autónomos, ¿sí?

Harry se sentó con su caldero al fondo de la clase, a diferencia de lo que solía hacer. No quería que Slughorn estuviera demasiado pendiente de él, porque, sin la ayuda de alguno de sus amigos, estaba seguro de que su poción sería un desastre. Sin embargo, no tenía muchas esperanzas. Slughorn seguía obsesionado con él; de hecho, Harry tenía la teoría de que se había quedado un año más en Hogwarts a pesar de haber podido jubilarse solo porque quería darle clase a él.

Pasados veinte minutos, su Veritaserum estaba volviéndose violeta.

-¡Ah, señor Potter! – dijo el profesor, caminando en su dirección –. Veo que te has sentado al fondo de la clase hoy. Quieres evitar destacar para que tus compañeros no se sientan mal, ¿eh? Qué modesto, sí señor, haciendo lo propio de un héroe. Cinco puntos para...

Se quedó callado en cuanto llegó a su lado y vio el desastre que estaba haciendo. Miró a su alrededor para asegurarse de que el resto de la clase no estaba prestando especial atención y carraspeó.

-Mal día, ¿eh? No pasa nada, no pasa nada. Todos los tenemos. Lo único que tienes que hacer es añadir tres semillas de acónito y remover cinco vueltas en sentido contrario a las agujas del reloj. ¡Nada que no se pueda solucionar!

Y, con eso, volvió a marcharse.

A Harry le daba igual la asignatura. No le importaba lo que la gente pensase de él, ni si su poción salía bien o mal. Pero no le gustaba la forma en la que Slughorn lo idolatraba. Nunca había merecido aquel tratamiento; si había sido tan bueno en Pociones durante sexto, había sido gracias a un libro que había resultado ser extremadamente peligroso. Tanto, que casi había acabado con la vida del chico rubio que estaba trabajando a tan solo unos pasos de distancia.

Cuando terminó la clase, Harry salió lo más rápido que pudo junto con Ron y Hermione. Su mirada se cruzó con la de Draco, que estaba levantando una ceja en su dirección como diciendo "Slughorn está loco si se cree que sabes elaborar una poción decente." Harry asintió, dándole la razón. Ron se giró para mirar en la misma dirección que él.

-¿Por qué te mira ese hurón asqueroso? – masculló, tirando de él para que caminara más rápido.

-Ni idea – contestó Harry, tratando de quitarle importancia con un movimiento vago de mano.

Ron puso mala cara.

-Como se le ocurra hacerte algo, juro que...

Por suerte, Hermione intervino antes de que Harry tuviera que pensar cómo defender al Slytherin sin levantar sospechas sobre su amistad con él.

-Ron, déjalo estar. Malfoy no va a intentar nada contra Harry desde que empezó el curso. Recuerda que, de no ser por Harry, estaría encerrado en Azkaban.

Eso hizo callar al pelirrojo. Harry cambió rápidamente de tema, recordándole que tenían entrenamiento de Quidditch en una hora y tenía que pasar por su habitación para dejar la mochila y coger su Saeta de Fuego antes de ir al campo.