**** La Historia No Es Más Que Una Adaptación al final, el nombre del autor y el nombre original, de la Historia ****
**** Los personajes del hijo propiedad de Stephanie Meyer ****
** Muy sexual con temas de violación y maltrato **


CAPÍTULO 25

EDWARD miró y, horrorizado, vio a Jacob sacando a Isabella de la sala, y cuando gritó «¡Para!», sintió el filo del cuchillo de Sam bajando por su pecho, hiriéndolo.

El lacerante dolor lo traspasó, recorriendo como un arco de llamas todo su maltrecho cuerpo; se tambaleó, y unos puntos negros mezclados con luces brillantes lo cegaron. Le costaba cada vez más mantenerse de pie y erguido, pero tenía que volver a la refriega con su jadeante hermano, que estaba resuelto a rebanarlo en trocitos hasta matarlo.

Pero Isabella… Se la llevaba Jacob. Tenía que seguirlos.

Esforzándose en no perder el conocimiento, hizo acopio de lo último que le quedaba de sus fuerzas, se giró y se abalanzó sobre su contrincante, sin hacer caso del cuchillo; si no inmovilizaba a Sam en ese mismo momento, perdería a Isabella. Otra vez.

El cuchillo le arañó un hombro cuando lo embistió, pero con la arremetida consiguió que lo soltara. El arma cayó al suelo y Sam se tambaleó hacia atrás.

Emitiendo un rugido de victoria, arrojó a su hermano sobre uno de los horripilantes muebles que usaba para torturar. Él se debatió, pataleando, pero consiguió cogerle una pierna y ponerle el pie junto a la esposa correspondiente, mientras recibía una andanada de golpes en la espalda. Sam le pasó un brazo por el cuello, apretándoselo con tanta fuerza que de nuevo vio esos puntos negros que lo cegaron.

Concentración, concentración. Esforzándose en respirar, le afirmó bien el pie y consiguió, por fin, cerrar la esposa dejándole aprisionado el tobillo. Sam chilló de rabia y reanudó la lucha por liberarse, apretándole más el cuello y tironeándole el pelo.

Logró arrancarse del cuello el brazo que le apretaba, se lo sujetó un momento para poder tragar saliva y recuperar el aliento, y luego se lo soltó, para cogerle la otra pierna. Dejarle esta inmovilizada con la esposa en el tobillo le resultó más fácil, porque Sam ya tenía esposada la otra.

Una vez que le dejó sujeto el tobillo, salió del ángulo que formaban las piernas de su hermano en la cama en forma de i griega, y descansó un momento, jadeante, sudoroso y sangrante. Pero Sam ya se había incorporado y estaba tratando de liberarse los pies; no podía darle más tiempo.

Le enterró el puño en la cara, dejándolo lo bastante aturdido para poder cogerle los brazos, estirárselos por detrás de la cabeza, y alineárselos con la parte recta de la i griega, cerrando la esposa en una de sus muñecas.

Justo cuando le estaba inmovilizando la otra muñeca, se abrió la puerta.

Levantó la cabeza al tiempo que Sam soltaba una maldición, intentando soltarse, pero ya estaba bien sujeto, así que no tenía ninguna manera de escapar.

Entraron Victoria y Esme. A las pobres les había llevado todo ese tiempo subir los tramos de escalera y encontrar la ruta hasta esos aposentos. Entonces lo miraron y luego miraron a Sam.

—¿Dónde está Isabella? —preguntó Esme.

—¿Han visto a Isabella? —preguntó Edward al mismo tiempo. —Se la ha llevado Jacob.

Las dos mujeres negaron con la cabeza. Victoria caminó hacia Sam con una expresión resuelta en la cara.

—Así que todavía no lo ha matado —dijo, con esa estropeada voz, mirando a Edward.

Él estaba intentando recuperar el aliento. Ojalá tuviera al menos un momento, un minuto, para reposar y combatir las oleadas de dolor que amenazaban con dejarlo tendido en el suelo. Pero no podía rendirse. Todavía no.

Tenía que encontrar a Jacob y recuperar a Isabella. Pero, qué débil estaba.

—No —resolló. —Lo reservé para ustedes.

Victoria sonrió de oreja a oreja y miró la colección de látigos, los penes de marfil, el cuchillo y luego al impotente Sam.

—Será un placer —dijo.

Isabella iba sentada frente a Jacob en un pequeño coche que traqueteaba por un camino lodoso y salpicado por manchas de nieve. Ya estaba totalmente tapada, con un vestido y la ropa interior apropiada.

Jacob había hecho de doncella ayudándola a vestirse dentro del coche mientras este recorría el camino de entrada a la propiedad, inclinando ella el cuerpo a uno y otro lado con los movimientos del coche. Había guardado la pistola tan pronto como la tuvo segura dentro del coche.

No sabía cuánto tiempo llevaban viajando. El sol estaba bajo en el cielo cuando salieron del castillo, ella envuelta en la manta que él le pasó para que cubriera su desnudez. Ya hacía rato que el sol se había hundido tras el horizonte, y no se veía nada aparte de alguna que otra lámpara encendida en las casas de un lado del camino.

Tampoco sabía en qué dirección iban. Sólo sabía que cada vuelta de las ruedas del coche la alejaba más y más de Edward.

Si seguía vivo.

Ese último ataque con el cuchillo que vio… Se estremeció. Sam podría haberlo matado.

Y si Sam lo había matado, ¿los seguiría? ¿Le iría detrás a su hermano, a su hermano legítimo, de padre y madre? Sí, estaba segura.

Le costaba creer cómo se escapó por un pelo de la brutal violación que tenía planeada Sam. Un instante después, un solo instante…

¿Y cómo había logrado Edward escapar de la mazmorra? No había tenido la oportunidad de preguntárselo.

Igual no la tendría jamás.

—Jacob, por favor, déjame libre —le rogó otra vez, rompiendo un silencio que ya duraba bastante rato.

—Tu vida está conmigo, Isabella, me perteneces. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? Soy el único que te ama de verdad. Te adoro. Nadie cuidará de ti mejor que yo.

—Pero yo amo a Edward —dijo ella, por enésima vez.

Le había dicho eso una y otra vez, suplicándole que la liberara, que la llevara de vuelta. Y cada vez él le contestaba calmadamente, como si fuera la primera vez que se lo decía.

—No Isabella. Te amo. Debes estar conmigo.

—¡Jacob, por favor!

—No, Isabella. Me estás agotando la paciencia. No vuelvas a pedirme eso.

Ella giró la cara hacia la pared acolchada del coche, conteniendo el llanto. Intentó idear una manera de bajar del coche. Pero si lo hacía, ¿qué? ¿Adónde iría? ¿Cómo llegar? No tenía dinero, no conocía a nadie.

La sacudida del coche al detenerse la sacó de sus pensamientos. Miró por la ventanilla. Estaban en el patio de una pequeña posada.

Una posada.

—¿Nos vamos a detener aquí? —le preguntó.

Él la miró con una expresión extraña y abrió la puerta.

—Por supuesto. Pasaremos aquí la noche y continuaremos viaje por la mañana. Mi barco nos espera. Vamos. Ah —añadió, a punto de bajar—, y no armes una escena. Aquí no hay nadie que pueda ayudarte, y no tienes dónde ir. No seas tonta.

Ella estaba cansada. Le costaba creer lo que había ocurrido ese día. Sólo habían pasado unas cuantas horas desde el mediodía, cuando salió del castillo con la intención de escapar, y ahora, estaba ahí, a saber dónde, con Jacob. Y sin tener idea de dónde se encontraba Edward.

Antes de lo que le hubiera parecido posible, se vio caminando detrás de Jacob subiendo la estrecha y oscura escalera de la posada, temiendo lo que ocurriría cuando estuvieran en una habitación con la puerta cerrada.

Rezó pidiendo no tener que luchar con otro hermano Black.

—Jacob —dijo, una vez que salió el posadero de la habitación y se quedaron solos, consciente de que lo miraba con los ojos agrandados de miedo.

Él se giró a mirarla.

—Métete en la cama.

La expresión de sus ojos la hizo estremecerse por dentro, pero no se atrevió a negarse. Al menos él no le haría daño.

—Necesito ayuda —dijo en voz baja, mostrándole la espalda.

Él le desabotonó el vestido y le desabrochó el corsé. Después deslizó las manos hasta sus hombros, rozando la delgada tela de la camisola, y ella se preparó.

Cuando el vestido y el corsé cayeron al suelo, él la giró, dentro del montón de tela hasta dejarla de cara a él. Levantándole firmemente el mentón, se inclinó a besarla.

Aunque deseó hacerlo, no apartó la cara cuando los labios de él tocaron los suyos. Se dejó besar, dejó que sus labios se movieran sobre los de ella y le introdujera la lengua en la boca. Cerró los ojos y se dejó acariciar. Él deslizó las manos sobre sus hombros, le acarició suavemente el cuello y bajó una mano hasta ahuecarla en un pecho, ya libre bajo la camisola.

Finalmente él se apartó, con la respiración anhelante. Ella retrocedió, recelosa, esperando.

—Métete en la cama —repitió él, y acto seguido se dio media vuelta y salió de la habitación.

Tan pronto como se cerró la puerta, ella se acercó de un salto hasta allí, buscando la cerradura y una llave, pero no había nada para impedirle de nuevo la entrada.

Tiritando de frío y de nervios, subió a la cama y se metió bajo las mantas. Esa noche estaría ocupada, no por los malos tratos y el dolor que había esperado que le infligiera Sam, sino por su propio precio y su propia tortura a manos de un hombre que creía que la amaba.

Como la amaba Edward.

Jacob se aproximaría a ella como Edward, con ternura y amor, y ella continuaría acostada ahí y se lo permitiría. No tenía otra opción.

Creyó que no podría dormirse. Se mantuvo alerta, esperando oír sus pisadas, el clic de la puerta cuando girara el pomo y la abriera.

Entonces oyó pasos y el corazón comenzó a retumbarle, tan fuerte que sintió sus vibraciones en todo el cuerpo. Retuvo el aliento, con el oído atento al giro del pomo, pero no ocurrió nada. Todo quedó en silencio otra vez; sólo se oían las voces lejanas de personas abajo, en el bodegón de la posada.

Debió quedarse dormida en algún momento, porque de pronto tomó conciencia de un peso que hundió la cama a su lado. Abrió los ojos e hizo una brusca inspiración para gritar, automáticamente, sin siquiera pensar cómo reaccionaría Jacob, pero antes que pudiera hacerlo, una boca cubrió la suya.

La habitación estaba oscura, sólo iluminada tenuemente por un rayito de luna creciente que entraba por la ventana. Sólo había oscuridad, sombras, y un cuerpo largo medio encima de ella, sus manos, su boca buscando la suya.

Intentó girarse, intentó empujar hacia un lado el pesado cuerpo, que le aplastaba las piernas, atenazada por un terror irracional. Él tenía apoyada una mano en uno de sus hombros y con la otra le apartó suavemente el pelo de la cara. Amoldó su boca a la suya con una ternura que no había esperado, y sintió el roce de su cara en la mejilla. La tenía mojada.

Y al sentir su sabor, remitió por fin el terror, y sintió los temblores de su pecho al respirar y mover los labios con los de ella, sus bocas igualmente desesperadas, sus lenguas ansiosas.

Le brotaron las lágrimas, que le bajaron por las sienes cayendo en la almohada, y se le aceleró la respiración. El ya había retirado la mano de su hombro y la estaba deslizando a lo largo de todo su cuerpo, acariciándola y palpándola, más o menos como hicieran antes las ávidas manos de su hermano, pero con reverencia; eran caricias conocidas, agradables, consoladoras. Cuando él le quitó la camisola, se arqueó, acercando a él sus pechos para que se los acariciara.

Se le encogieron las aréolas cuando él se las acarició. Suspirando, cerró los ojos. Él retiró la boca de sus labios y le dejó una estela de besos por el cuello, haciéndole bajar estremecimientos hasta el vientre. Le acarició un pezón, haciendo girar la lengua alrededor, apretándoselo entre los labios y mordisqueándoselos suavemente, haciéndola retorcerse de placer, y aflorar un intenso deseo desde lo más profundo de su ser con largas succiones.

Volvió a suspirar. La respiración se le iba agitando más a medida que aumentaba la deliciosa excitación. Le acarició el abundante pelo introduciendo los dedos, deslizó las manos por sus anchos y fuertes hombros, mientras él la hacía gemir de deseo y necesidad, y hacía disolverse toda la fealdad.

Entonces él cambió de posición. Sus duras y musculosas piernas, cubiertas por suave vello, se deslizaron por las de ella al colocarse encima, con la cabeza levantada para mirarla. En esa oscuridad ella sólo podía ver la sombra donde estaba su cara y la anchura de sus hombros en los que brillaba la luz de la luna. Él le tocó la entrepierna, con dedos seguros, y ella estaba preparada, mojada.

Cuando abrió las piernas, él exhaló un largo suspiro, el suspiro del regreso al hogar, se posicionó entre ellas y por fin…

—Aah —suspiró ella cuando él la penetró, con la cara apoyada en su mejilla y los hombros levantados.

Él comenzó a moverse, lenta, aah, lentamente, como para saborear el momento, para grabarlo en su mente, para extraer hasta la última gota de la belleza de su unión.

Con los ojos cerrados otra vez, ella se movió a su ritmo, con las manos en el pelo de él, sintiendo

su cuerpo todo lo lleno que podía estar. Deslizó las manos por su pecho, palpando el cálido vello, las ondulaciones de sus músculos, los contornos de sus hombros.

—Isabella —musitó él con la voz ronca al eyacular, con todo su enorme cuerpo estremecido, apretado al suyo.

Ella sintió los estremecimientos de su orgasmo, y el éxtasis, la intensidad del placer se propagó desde ese centro a todo su cuerpo, estremeciéndole el pecho y los brazos.

Lo abrazó, apretando a ella su cálido y consolador cuerpo, acogiendo con placer todo su peso. Pasado un buen rato, aunque detestando romper esa paz, hizo la pregunta, con el sentido muy claro

en su tono:

—¿Y Jacob?

—Está encerrado en el coche. Lo encontrarán por la mañana, después que nos hayamos marchado.

—No… no está herido.

—No. Sólo un chichón en la cabeza. Él nunca tuvo la intención de hacerte daño, Isabella. No podía evitar amarte. Como te amo yo. Y te amaré siempre.

Ella sonrió con la boca en la de él, y deslizó las yemas de los dedos por las dos partes de su amada cara.

—Tú eres el hombre al que amo. El único.

—Sólo deseo y necesito estar contigo, Isabella. Ya es casi la hora de que nos marchemos. Ella miró hacia la ventana.

—No tardará en salir el sol.

—Lo sé. Nuestra vida juntos comenzará a la luz del día, Isabella. No volveré a esconderme en la oscuridad. —Mi ángel.