Después de estar varios días alertas, no hubo ningún movimiento. Los rastreadores del clan Ventrue estuvieron buscando por toda la ciudad algún olor o algo que les pudiera llevar hasta René, pero no daban con nada y eso, ponía más nerviosa a Mac.

Intentaba por todos los medios que dejara de preocuparse por el tema, pero eran intentos nulos. Harriet había insisto en llevarla de compras al centro comercial, pero Sarah se había negado en rotundo, alegando que tenía demasiado trabajo. Se pasaba el día metida en su despacho y en casa, se iba a la cama nada más terminar de cenar. Eso terminó hace dos días, a causa de que el almirante la mandó a casa.

Por más que pretendía hablar con ella, no conseguía nada. Se había encerrado en sí misma, y mantenía el mínimo contacto con los demás. Solo hablaba en la oficina si era sobre algún caso.

Pero estaba dispuesto a cambiar eso. Ahora me escucharía por las buenas o por las malas. Quería a mi mujer, pero el mutismo que llevaba consigo desde su visión importante, me saca de quicio. Cogiendo aire, camino lentamente hasta la habitación y la veo, tumbada en la cama, de espaldas a la puerta.

H: Mac, tenemos que hablar.
M: ¿De qué? –Pregunta, de una forma fría-.
H: De tu actitud. –Digo, serio-. De tu escasa comunicación en la oficina, con nosotros,… conmigo…
M: …
H: ¿No vas a decirme nada? –Continúa con el silencio, y me acerco a la cama-. Sarah, por favor…

Llego hasta ella y la beso en el cuello. Sigue sin decir nada y lo tomo como algo afirmativo. Con una de mis manos le comienzo a acariciar el muslo y la veo contener un gemido. Cuando está lo suficientemente excitada, dejo de 'mimarla' y me doy la vuelta en la cama.

H: Buenas noches, Mac. –Sonrío ante su queja-. Que descanses.
M: ¿Me vas a dejar así? –Me pregunta, con la voz ronca-.
H: Mañana tengo que madrugar. El almirante te ha ordenado a ti quedarte en casa, no ha mí.

Siento como se da la vuelta en la cama y se abraza a mí. Ahora es ella la que quiere que intimemos, y pienso ponérselo difícil. Como no reacciono, pone una de sus manos en mi torso y desciende hasta llegar a mi miembro. Contengo el aire al sentir las caricias que me brinda y hago uso de todo mi autocontrol para no abalanzarme sobre ella y poseerla ahora mismo.

H: Mac… enserio… quiero hablar… contigo… Maaaac…
M: Yo no quiero hablar, Harm. –Sonríe pícaramente-. No ahora, por favor. Eso puede esperar a más tarde…
H: Pero, yo…

Me interrumpe besándome y colocándose encima de mí. Con el toque de nuestros sexos, derrumba todas mis defensas. Sin aguantar más, la agarro por la cintura y nos damos la vuelta, quedando yo encima de ella.

M: Ya era hora, marinero… -Sonríe, antes de que la bese-.

(P.V. de René)

Estoy sentada, delante de la televisión, intentado entretenerme con los programas que emiten, mientras espero a que Gilberto vuelva, con lo que haya averiguado. Siento unos pasos que se acercan aquí. No son de una persona, son de un animal. Le oigo pararse delante de la puerta y arañarla. Sin otro remedio, dejo mi pequeño trono frente a la pantalla y abro.

Un perro negro, de gran tamaño, entra y se sube al sofá. Empieza a salir un humo gris a sus lados y de pronto, aparece mi amigo, el cual me sonríe ampliamente. Eso es una buena señal.

Re: ¿Qué has averiguado?
Gi: Tu coronel no ha ido hoy a trabajar, al igual que los últimos días. Los otros tres vampiros si lo hacen.
Re: Harm, Bud y Harriet.
Gi: Si, esos. He seguido el coche del primero, y me ha llevado hasta su casa. Allí he captado el olor de la neófita. He deducido que no ha salido de ese edificio, por lo menos, en todo el día. ¿Cuándo vamos a atacar?
Re: Esperaba a que vinieras para tomar la decisión. ¿Nuestro ejército de neófitos está listo?
Gi: Si, solo hemos tenido dos bajas. Actualmente somos, sin contarte a ti, catorce vampiros.
Re: Estupendo, somos el doble que ellos. ¿Y los licántropos?
Gi: No creo que sean un problema.
Re: Excelente. –Sonrío-. ¡Al ataque!