Así que la salita familiar se convirtió en la nueva vida de Kyoko… No la dejaban hacer nada, y aunque ella protestaba y se rebelaba contra la inactividad y la holgazanería, solo hacía falta que el Taisho le dirigiese una mirada de acero —igual que sus cuchillos— para que ella volviera a sentarse mano sobre mano y un gesto de decepción en el rostro. Odiaba sentirse una inútil…

—Todavía no, Kyoko-chan —le decía entonces la Okami con ternura en la voz y en los ojos.

Por la salita pasaban todos, y parecía que habían ajustado algún tipo de horario, porque las tardes de Kyoko siempre estaban acompañadas y las noches le pertenecían a Ren. Pero en las mañanas ella tenía que luchar contra el tedio. Se levantaba, se aseaba, bajaba despacito las escaleras y desayunaba con su familia del corazón. Luego Okami recogía los pedidos del mercado y el Taisho empezaba a preparar el almuerzo, mientras ella hacía la tabla de ejercicios de rehabilitación que le habían prescrito. Y después, Kyoko se quedaba mirando el techo de la salita, o miraba con nostalgia los libros del instituto (es lo que tiene un coma: pierdes el curso…), o apretaba con desgana el botón del mando a distancia, sin poder evitar el sonrojo, brutal y feroz, cuando sintonizaba algún programa en el que se hablaba de su relación con su novio…

La verdad, a ella todavía esto de tener novio, ella, la Número Uno de Love Me, le daba un poco de reparo… Pero a la vez, sabía, o mejor dicho, sentía, que su corazón era de Ren. Quizás no pudiera recordarlo, es cierto, pero esa certeza estaba ahí, agitándole el corazón, como mariposas enamoradas, con el simple sonido de su voz o la caricia de una mirada.

Lo amaba, por supuesto.