Disclaimer: El fandom de Inuyasha, su historia y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi, yo los tomo prestados sin fines de lucro.
…
Butterfly Wings
Por: Hoshi no Negai
25. Ilusiones y desilusiones
―¡No puedo creer que funcionara! ―vitoreó alegremente Kiyo, alzando los puños al cielo durante el desayuno. El modesto comedor estaba repleto de charlas amenas y algunos pocos llantos gracias al examen de la noche anterior― ¡Y subí del rango dieciséis al quince en una sola noche! ―bajó una de sus manos, contemplando con admiración el pequeño pergamino que decía su ubicación en la tabla de puestos, como si no pudiese existir algo más bonito en el mundo.
―Este año ha sido fenomenal, ¡vino mucha gente!
―Sí, es bueno cuando los demás se ponen de acuerdo para transformarse en mujeres y atraerlos hasta aquí ―asintió Kisho―. Los viejos son tan fáciles de engañar…
―¿Y qué me dices del grupo de monjes que vino a exterminarnos? Creo que todo el crédito se lo debemos a ellos.
―¡Tienes razón! ―concordó enseguida Syouji, levantando su tacita de té a modo de brindis― ¡Por los diez monjes que dieron su orgullo para hacernos subir de rango!
―¡Kampai! ―gritaron los demás siguiéndole la corriente.
Rin, que le servía más arroz a Mikiko, reía encantada con todo el ánimo de aquel día. Los muchachos se habían lucido como nunca, y aquel examen sí que había sido digno de ver. Hasta su presencia en la casa se podría decir que fue de ayuda, ya que los monjes se acercaron específicamente a hablar con ella, convencidos de que era la reclusa de todos los demonios de la supuesta posada maldita. Se sentía un poco mal por el susto que los pobres hombres se habían llevado, pero había sido tan gracioso verles correr que le costaba reprender a los pequeños.
―¡No hay que olvidarnos del maestro Shippo! ―recordó Juro, señalando a su derecha, donde el mencionado sonreía con todo gusto―. Llegó al cuarto rango gracias a su infalible técnica. ¡Nunca había visto que un kitsune se le enfrentara así a otros youkais!
―Algo admirable, por su puesto.
―¡Oh, es que Shippo es tan fuerte! ―dijo soñadoramente Mikiko mientras sus ojos brillaban de emoción―. ¡Llegará al primer puesto en muy poco tiempo! Y entonces nos casaremos y nuestros hijos serán como él.
La mueca orgullosa del zorrito se transformó en una de terror, y se apresuró a continuar comiendo para evitar prestarle atención a las risillas cómplices de sus compañeros. La humana no tardó en unírseles, divertida por la cara azul del aludido mientras se esforzaba por tragar sus alimentos.
―No puedo esperar a que llegue la próxima primavera ―dijo Hiroaki, apretando su última evaluación en su pequeño puño―, ayer no me dio tiempo suficiente para poner en práctica todo lo que quería hacer.
―A nadie le dio tiempo, ¡pero mira lo bien que salimos todos! Hasta Mikiko llegó al rango veintiséis, y eso que casi no quiso meterse con nadie en primer lugar.
―¡Claro, los monjes la asustaron y se fue volando cuando nos amenazaron con sus rosarios! ―saltó Kiyo, riéndose a más no poder.
―Creo que fue la mejor parte de la noche, tuvieron que darle puntuación a los monjes en lugar de a ella.
―¡Mira que asustar a un kitsune el día del examen…!
El comedor estalló en risas a excepción de la aludida y de Rin, quien no podía burlarse de la más pequeña por tener miedo. La kitsune les frunció el ceño a todos e infló las mejillas como gesto de indignación, poniéndose tan roja como el paraguas en el que se transformaba. Sin decir nada más, salió a grandes zancadas del comedor aún con el desayuno a medio terminar. Los demás la ignoraron completamente y cambiaron el tema, enumerando la cantidad de trucos que cada uno había utilizado durante el tiempo de la prueba.
Rin no tardó en seguir a la niña, dejando atrás las risas animadas. Luego de buscar un poco, la encontró sentada en las escaleras de la entrada de la casa, con la cara apoyada en ambas manos y su mueca de enfado bien pronunciada. La chica se sentó a su lado, acariciando la cabecita infantil conciliadoramente. Mikiko la observó largamente, con gruesas lágrimas es sus ojitos que se negaban a terminar de salir.
―No les hagas caso, Mikiko. Ya verás que el próximo año lo harás mucho mejor ―le sonrió Rin―. ¡Y no estés así! Alcanzaste los seis puntos que necesitabas para subir tu rango, deberías estar contenta por eso.
―¡Pero todos siempre se meten conmigo porque no soy tan buena como ellos! …Y esos monjes de verdad eran feos.
La humana rió suavemente ante aquel puchero, ablandando así el semblante de la más pequeña.
―No te preocupes por lo que los demás digan sobre ti, sólo bromean. ¡Y es verdad, esos sujetos tenían unos rostros de espanto! ¡Hasta a mí me dieron miedo!
La niña finalmente sonrió más calmada, echándose al regazo de Rin y abrazando su cintura.
―Mami, gracias. Eres muy buena.
Rin se paralizó.
Mikiko siempre se refería a ella como si fuera su madre, y cada vez que la llamaba así le daba una punzada en el pecho. No le molestaba en absoluto cumplir ese papel con la chiquilla, si no todo lo contrario, era algo que le encantaba y llenaba de alegría, pero… cuando la escuchaba decirle mamá, no podía evitar sentirse dolida, porque no creía tener la oportunidad de que alguien de su sangre la llamara de ese modo. Era desgarrador sólo pensar que... los únicos que podrían haberlo hecho ya estaban muertos. Rin cerró los ojos, sintiendo nuevamente esa terrible pesadez en todo su cuerpo, aquella a la que estaba ya tan acostumbrada.
No sigas… Se dijo a sí misma. Siempre se atormentaba con lo mismo, siempre tenía que pensar en él y en todas las cosas que jamás pudieron pasar. Su respiración se hizo un poco más agitada mientras controlaba sus ganas de llorar. La pequeña kitsune levantó la carita, extrañada por el cambio.
―¿Qué tienes?
Como única respuesta, Rin sólo fue capaz de estrechar a la pequeña entre sus brazos, temblando como si todo eso que intentaba dejar atrás volviese a suceder frente a sus ojos. ¡Cómo le gustaría ver a sus niños, aunque fuera una sola vez! Les diría cuánto lo sentía y les haría saber que sin importar nada, ella los seguiría amando hasta el fin de sus días. Quería tener la oportunidad al menos de poder abrazarlos, abrazarlos con mucha fuerza para que supieran que jamás había querido que algo tan terrible les pasara.
―¿Te encuentras bien, mamá?
Finalmente se separó de Mikiko y la enfocó tristemente, imaginándose por un momento que en lugar de ser cafés, sus ojos eran dorados y su cabello era blanco.
―Estoy bien. Sólo… recordé algo que sucedió hace mucho.
―¿Algo triste?
―Sí, algo triste. Pero no tiene importancia ya ―se levantó de las escaleras con la niña en brazos y le dedicó una sonrisa que no lograba esconder su verdadero estado de ánimo―. Ven, vamos adentro. Los demás ya habrán terminado de comer y tengo un montón de trastos que lavar antes de que se haga más tarde.
Pero la kitsune no se dejó engañar por la supuesta soltura en sus palabras y continuó preocupada por Rin. Hacía mucho que no la veía tan alicaída, y eso le rompía el corazón. Sus primeros meses habían sido un tanto deprimentes y aunque tratara de ocultarlo, Mikiko sabía que Rin lloraba cuando nadie la veía. Ahora aquello volvía a suceder, y parecía como si cien años de desgracias le hubiesen caído encima de repente, y algo en su interior estuviera roto. Podría ser una youkai muy pequeña, pero había cosas tan evidentes que hasta los más jóvenes podían notar a simple vista. Y el hecho de que su madre adoptiva estuviese sufriendo era una de ellas.
¿Qué era aquello que le causaba tanto pesar?
…
Era bien de madrugada para cuando se despertó sobresaltada. Se incorporó con dificultad, aún estrujando las sábanas entre sus dedos. Un rastro húmedo recorría sus mejillas, por lo que supo que había llorado mientras dormía. ¡Esa era la cuarta noche seguida! Otra vez había soñado con él y había repetido su nombre. Fue tan real… como si de verdad hubiese estado ahí a su lado, abrazándola y acariciándole el cabello mientras le susurraba cosas al oído. Hasta le había dicho… que la quería.
Eso había sido lo peor, tal parecía que su mente quería recordarle cruelmente que esas palabras jamás podrían salir de la boca del demonio. Era como tener una espina en el corazón, una vieja estaca que recientemente se había comenzado a mover con el único propósito de hacerle daño.
Dirigió la mano a su pecho, apretando la tela de su yukata con rabia. Desistió de intentar contener los sollozos, dejándolos salir por primera vez en varios meses, permitiendo que cientos de recuerdos se arremolinaran en su cabeza, haciéndola revivir un montón de cosas que prefería olvidar, tanto lo bueno como lo malo.
―Soy una debilucha, eso es lo que soy ―se dijo con frustración―. ¿Por qué tengo que pensar en esto justamente ahora?
Se levantó del pequeño futón y salió al pórtico. Quería un poco de aire fresco, y ver a las estrellas siempre lograba tranquilizarla. Tomó asiento en el suelo, abrazando sus piernas mientras colocaba la barbilla en las rodillas y miró hacia el cielo. Mala suerte, se dijo, era una noche nublada y ni siquiera se apreciaba bien el brillo de la luna menguante.
De todas formas se quedó ahí, inmóvil, siempre viendo hacia arriba. Dejó que su mente divagara por los asuntos que quisiera, sin ánimo alguno de bloquear absolutamente nada.
Se quedó observando un punto distante en el cielo nocturno, donde algo llamó su atención.
―Podría jurar…
¡Ahí estaba de nuevo! Era una sombra, algo gigantesco que volaba y se confundía con las nubes.
Se puso en pie de un salto, apresurándose a llegar al borde del pórtico, abrazando una de las columnas de madera y se quedó muy quieta, sin atreverse a bajar la cara. Tuvo que restregar furiosamente sus ojos empañados para asegurarse de tener la vista perfecta y alerta, y no caer en trucos visuales causados por las lágrimas.
Recorrió la inmensidad de las espesas nubes buscando algún detalle en particular que le revelara lo que había vislumbrado. ¿Habría sido una ilusión? Estaba segura de que había visto algo enorme ahí arriba, como si fuese un animal de proporciones colosales. ¿Sería un demonio? ¿Un pájaro monstruoso? ¿Algún espíritu u ogro?
Su corazón comenzó a latir rápidamente, pensando en que algo pudiese atacar la Mansión en cualquier momento.
Pero… ¿Y si no era ningún enemigo?
¿Y si sólo se trataba de un… perro?
…
―Shippo… Shippo, ¿estás por aquí? ―llamó Syouji en voz baja. Se encontraba en el tejado, siguiendo el rastro de su amigo. Era común encontrarlo hasta altas horas de la noche en ese lugar, así que seguramente estaría por ahí, contemplando el cielo como muchas veces lo hacía él también.
―Sí, estoy aquí ―respondió sigilosamente el aludido, asomándose por la pendiente contraria por la que el otro kitsune caminaba. Syouji se apresuró a reunirse con él, cuidando que sus patitas peludas no resbalasen con las tejas.
―¿Has visto eso?
―¿Te refieres a la sombra que pasó por las nubes hace un momento?
Syouji asintió frunciendo el entrecejo. Podría ser muy bromista y tomarse las cosas a la ligera, pero siempre sabía cuándo era el momento de actuar con seriedad.
―¿No te olió de manera extraña? ―preguntó el mayor, arrugando la nariz―. Creo que olía a perro. No me gustan los perros, siempre nos cazan como si fuera un juego ―se quejó―. ¿Crees que debamos prepararnos para pelear? Podrá ser fuerte, pero nosotros tenemos la ventaja de que somos más numerosos.
Shippo guardó silencio, aún buscando aquella sombra entre las nubes. Estaba casi seguro de saber quién podría ser, pero tenía miedo de confirmarlo. Y lo más importante, ¿qué estaría haciendo por ahí a esas horas de la noche? ¿Todavía la seguiría buscando? ¿Y si… sabía que estaba ahí?
Kiyo apareció de repente, materializándose entre un montón de humo. Era su habilidad especial, aparecer y desaparecer a su antojo en cualquier lugar lo bastante cercano como para estar a su alcance.
―Yo también lo vi y definitivamente era un perro. ¡Espero que no tenga la intención de traer a toda su jauría para cazarnos! Les dije que por aquí había un perro que iba y venía, ¿no es así? Claro que sí, estoy desde la primavera pasada con eso, pero nunca me hicieron caso ―la niña se cruzó de brazos y le frunció el ceño a las nubes, como si ellas tuvieran la culpa―. ¡Cómo odio a los perros! Esos seres despreciables, les encanta atacar a los zorros, y siempre juegan con la comida antes de comérsela. Creo que deberíamos prepararnos para… ¿Shippo, qué te pasa?
―No todos los perros son malos. Resulta que mi mejor amigo es uno y jamás intentó comerme ―dijo él, mirándola enojado. El otro niño intercedió rápidamente para evitar la discusión que seguramente se formaría. Kiyo era muy problemática, y Shippo no dudaba nunca en responderle para hacerle frente.
―Ah, sí, tu amigo el medio demonio. Fue al que engañaste la primera vez que hiciste el examen, ¿no?
―Se llama Inuyasha, y es incapaz de lastimar a un kitsune ―contestó Shippo, alzando la barbilla con orgullo. Claro que era capaz de lastimarlos, pero dejar chichones en la cabeza no contaba como nada serio.
―Bueno, si es tu amigo, entonces…
―Claro, debe ser su sangre humana que lo detiene ―se apresuró a contrarrestar la niña. Syouji la fulminó con la mirada.
―Kiyo, no empieces…
―Yo no hago nada. ¿Qué tiene que ver su amigo hanyou con esa otra bestia que ronda por aquí, de todas formas? Porque Kisho y Rinji también lo han visto en un par de ocasiones, pero ha sido tan rápido que no pudieron asegurarse de lo que era ―cuestionó ella, haciéndose la seria.
―¿Acaso lo conoces, Shippo? ―el rostro de Syouji se torció a un lado con intriga, mientras trataba de adivinar la respuesta que su amigo le daría. El niño de ojos verdes dejó de mirar ceñudamente a la youkai, girándose sobre sus patas para darles la espalda.
Sabía que Sesshomaru estaba rondando por ahí, cosa que lo tenía muy nervioso. ¿Cuánto tiempo llevaría en realidad por ahí? ¿Y cómo había encontrado a Rin? Eran preguntas que se repetía constantemente, pero lo que más le asustaba era lo que el demonio de blanco pretendía hacer. ¿Se la llevaría? ¿Los atacaría? El Daiyoukai era impredecible, por lo que tenía que estar siempre alerta a los cambios de olor del ambiente, o la cantidad de su youki recorriendo el lugar. Ésa era la principal razón por la que no quería abandonar la casa, y por la que se quedaba hasta altas horas de la noche en el techo, vigilando.
―Sé quién es, pero dudo que quiera atacarnos… Bueno, espero que no lo haga.
―¿Sabías quién es esta cosa y no nos dijiste nada? ―saltó Kiyo indignada, pero Syouji se puso delante de ella y le preguntó a Shippo:
―¿Entonces qué crees que haga por los alrededores?
―Está buscando a Rin ―sentenció muy serio, apretando los puños y mirando hacia abajo con gesto frustrado. Los otros dos kitsunes se miraron entre ellos completamente extrañados y dijeron al mismo tiempo:
―¿A Rin? ¿Por qué?
Shippo volvió a girarse para encararlos, inseguro de si debía contarles aquello o no. Perdió el hilo de sus propios pensamientos cuando vio una sombrilla roja con ojos saltones flotar hasta donde ellos estaban y transformarse nuevamente en su forma original, una niña muy pequeña y pelirroja, que en lugar de tener el semblante inocente y contento que siempre exponía, se veía desanimada.
―Mikiko, ¿qué estás haciendo aquí? Es muy tarde, deberías estar durmiendo ―la reprendió duramente Kiyo, inclinándose hacia ella.
―Rin estaba llorando y me despertó ―se excusó simplemente la niña, retorciendo los dedos de sus manos al mirar tristemente sus patas peludas―. No quería incomodarla, por lo que me quedé afuera de su cuarto para asegurarme que estuviera bien. Creo que estaba dormida, porque luego comenzó a murmurar cosas extrañas y cuando se despertó continuó llorando.
―Bueno… ―se aventuró a decir Syouji con cierta incomodidad― la hemos escuchado algunas veces, es algo… normal. Pero nos da pena preguntarle por qué llora. No creo que debamos meternos con algo privado.
―¿Qué era lo que murmuraba, Mikiko? ―le demandó Kiyo a la pequeña, ignorando a su amigo.
―Un nombre, creo. «Señor Sesshomaru». Y también decía algo más, aunque no estoy muy segura de lo que era, no podía escuchar bien. Mi mamá la está pasando mal otra vez, cuando llegó aquí también estaba muy triste ¿Se acuerdan?… pero no me quiere decir por qué, ya lo intenté. Shippo, ¿tú sabes qué le pasa? ―la niñita alzó sus desesperanzados ojos hacia él, pidiéndole que respondiera.
―Bueno… un poco, sí. No creo que deba decir, es algo suyo, y no nos…
―Por favor, Shippo ―suplicó la pequeña youkai, dando un paso hacia él y uniendo sus manos en una plegaria―, quiero ayudarla, quiero que sonría otra vez.
―No le lastimará que nos digas al menos algo general ―intercedió el mayor, mirando al aludido de reojo. Él también sentía mucha curiosidad por conocer las razones de la misteriosa llegada de Rin a la Mansión. Nunca le habían dicho nada a nadie sobre el por qué de la humana en ese lugar, y todo lo que Shippo había pedido era que no le preguntaran lo que le había sucedido. Pero ya era hora de saberlo, ¿verdad? El kitsune de ojos verdes parecía comprenderlo también.
―La verdad… ―avanzó Shippo, inseguro― es que ese sujeto, Sesshomaru, es quien la lastimó tanto que tuvo que escaparse de donde estaba antes. Por eso ahora está aquí, no quiere que la encuentre.
―¿Qué fue lo que le hizo? ―preguntó inocentemente la menor de todos.
―No lo sé exactamente ―mintió él―, pero sé que fue algo malo. A mí tampoco me lo quiere contar, dijo que era mejor que no lo supiera porque eran cosas de adultos.
―¿Una historia de amor que terminó mal, entonces? ―cuestionó con ligereza Kiyo.
―No, no era ninguna historia de amor ―se enojó Shippo―. Él es un demonio, uno muy malo que disfruta lastimando a los demás y que no es capaz de mostrar compasión por nadie.
―Y no me digas que… ―Syouji alzó la cabeza para observar el cielo nublado, poniendo las manos en las caderas― ése es el perro que ronda por aquí, ¿verdad?
Shippo observó fijamente a su amigo, clavando sus ojos verdes en los negros del otro zorro. ¡Cómo quería estar equivocado! Asintió una sola vez, aún sin quitar su serio semblante.
―¿Qué haremos al respecto?
―No creo que podamos hacer nada contra él, es demasiado fuerte ―contestó Shippo con amargura―. Pero no le diremos a Rin nada de ningún perro y actuaremos lo más normalmente posible para no asustarla, ¿de acuerdo? Y asegúrense de que los demás tampoco le comenten nada sobre la sombra que a veces aparece por la noche. Díganles que… Rin les tiene miedo a los perros y es mejor que no sepa que hay algunos por aquí, ¿les quedó claro? ―los demás asintieron, aunque la más decidida parecía ser Mikiko―. Será mejor que nos vayamos a dormir, es de madrugada.
―¿Para qué acostarnos temprano si el examen ya pasó? ―le murmuró Kiyo a Syouji antes de desaparecer con su característica nube de humo. Syouji no tardó en seguirle el paso, saltando hábilmente por el tejado hasta llegar al suelo. Sólo quedaron entonces Mikiko y Shippo, y justo cuando la menor se disponía a desaparecer flotando con su forma de paraguas, el kitsune logró detenerla justo a tiempo para hacerle una pregunta.
―Oye, Mikiko… ¿Tu le regalas flores a Rin, verdad?
―¡Claro que sí! ―contestó el paraguas―. Se las regalo muy a menudo cuando veo que está triste, hoy le di un ramo muy bonito.
―¿Y son flores blancas las que le das?
―No. Le doy unas rosadas y amarillas que son bastante grandes. Las que están plantadas cerca de la entrada. Son más alegres que las pequeñas de color blanco. ¿Por qué?
―Ah… no, por nada. Buenas noches.
―¡Buenas noches, Shippo! ―se rió soñadoramente la niña antes de descender del techo mientras daba vueltas. Un nuevo escalofrío recorrió el cuerpecito del kitsune, logrando erizarle los pelos de la cola. Esa niñita le causaba pavor y tenía miedo de que algún día llegase a cumplir su promesa de casarse con él.
Pero por el momento era mejor dedicarse a cosas más importantes. Ya con el examen pasado, fijaría su atención por el momento en su amiga humana. Si después de dos años enteros aún seguía tan afectada, entonces él tenía que hacer algo para ayudarla a superar su tristeza.
Tal vez sólo necesitara un empujón, y aunque él fuera un niño pequeño, se creía en la capacidad de poder ayudar a los demás. ¡Y claro que lo haría! Era el deber de un caballero rescatar siempre a las damas, ¿no?
…
―Sigues haciendo lo mismo, ¿eh? ―murmuró la hermosa mujer mientras contemplaba a su hijo volando entre las nubes tan espesas de la noche. Irasue sonrió con un dejo de burla, reviviendo en su mente el encuentro que había tenido con Sesshomaru un par de años atrás, y lo alterado que se veía al decirle ella un par de cosas. Aquello había sido algo muy curioso, sin duda, y aunque hubiera sucedido hacía un tiempo, todavía le gustaba ver qué hacía el demonio por medio de su preciado collar.
No había tardado mucho en encontrar a la humana, y eso la había sorprendido en cierta medida. Pero lo que le desconcertaba era que su hijo, siendo como es, no se la hubiera llevado con él a la fuerza, como creía que haría. ¡En cambio sólo la veía sin que ella lo supiera! La observaba por un corto periodo de tiempo y luego se marchaba a otro lado, rara vez a su propio hogar. ¿De verdad habría cambiado tanto en tan poco tiempo? ¡Qué difícil era de creer! Quizás por eso era que aún continuaba observándolo, para ver cómo se desenvolvía todo.
La Piedra Meido le mostró la figura de su único hijo aterrizando en una montaña rocosa y desolada, para poco después perderse en la oscuridad. Podría seguir viéndolo, pero había decidido que era suficiente por ese día, ya continuaría su actividad del momento en otra ocasión.
Pensó en la humana a la que su hijo estaba atado, y se preguntó si ella tenía alguna idea de lo que estaba sucediendo a su alrededor. Seguramente podía sentirlo, era una habilidad que venía al unirse con un Inuyoukai ―aunque todavía no está completo, apuntó Irasue―, tal vez podía experimentar el pesar de su hijo ―¿O era Sesshomaru el que sentía el pesar de ella?― y por eso estaba deprimida de nuevo. Oh, bueno, seguramente no tenía nada que ver con lo que creía, después de todo, los humanos eran criaturas muy extrañas.
Esa mujer no le desagradaba, y hasta podía decirse que le simpatizaba vagamente por haberle presentado pelea a Sesshomaru y por mantenerlo en ese estado tan confuso. Era divertido ver a su estoico hijo de esa manera, no podía negarlo. Pero también, aquella muchacha le recordaba a Izayoi, la princesa humana por la que su marido se había sacrificado.
Guardó el collar entre las capas de su kimono, se puso en pie y comenzó a adentrarse en su palacio a paso calmado, dejando que su mirada se perdiera en el suelo, cosa que nunca hacía debido a su posición. Pero Irasue era mucho más que un título.
Tú tampoco puedes dejarla ir, ¿verdad Sesshomaru? Pensó la youkai, recordando ciertas cosas de su pasado que, aunque quisiera hacerlas parecer indiferentes, sabía que muy en el fondo le causaban inquietud. Eres igual a tu padre, hijo. Espero que no termines como él.
…
Por los días siguientes Mikiko y Shippo parecieron especialmente comprometidos a subirle los ánimos a Rin a toda costa. La entretenían con trucos, la hacían participar de sus juegos y la sacaban a dar paseos, alejándola de su rutina diaria. Toru y Shigueru se les unían muy a menudo, queriendo distraerla del temor que el perro pudiese causarle, aunque nunca le dijeron que ésas eran sus razones para estar tanto tiempo con ella.
Esos pequeños eran increíbles, verlos era como un bálsamo que curaba lentamente todas sus heridas. O al menos lo intentaban con sus buenos deseos, y eso ya era bastante. Rin no estaba segura de las razones de tantos cambios alrededor de ella, era como si los niños quisieran asegurarse de que siempre estuviese contenta.
¿La habrían escuchado llorar? ¿Sería por eso que intentaban animarla?
No quería preguntarles y fuera cual fuese el motivo de los niños, era mejor no saberlo. Debía alegrarle el hecho de que quisieran animarla, con eso era más que suficiente. Y ella también puso de su parte, encontrando sencillo el distraerse con la cantidad de cosas que los zorritos hacían a su alrededor. ¡Había tanto de lo que ocuparse! Tenía una extraña familia que atender, así que decidió que era mucho mejor dejarse de dramas. Su corazón podría seguir roto, pero no debía permitir que eso la privase de seguir viviendo.
Por otro lado, también tendía a pensar en otras cosas que no fueran sus propios demonios internos. Sus amigos del palacio… ¿cómo estarían? ¿Qué les había sucedido luego de su partida? Esperaba fervientemente que todos estuviesen a salvo y no hubiesen sufrido ningún daño por su culpa. Recordarlos todavía le causaba temor, y había perdido ya la cuenta de la cantidad de veces que rezaba por ellos antes de dormir.
Si tan sólo hubiese un método para saber que todos se encontraban bien…
Un estruendo le hizo salir de sus cavilaciones de golpe. Dejó los trastos que estaba lavando y se dirigió a toda la velocidad que sus piernas le permitieron a la fuente de todo el ruido, del cual se distinguían claramente los gritos de varias personas.
Una vez en la entrada, encontró que varios de los kitsunes de la casa estaban reunidos justo bajo el marco de la puerta, observando fijamente al exterior mientras trataban de contener la risa.
―¿Qué está pasando?
―¡Los monjes regresaron! ―se rió divertidamente Kiyo y Rin suspiró con alivio―. Son los mismos que vinieron el día del examen y dicen que quieren exorcizar esta casa de los espíritus malignos.
―¡Qué crueles son al decir que somos malignos! ―se quejó su gemelo―. Sólo porque nos gusta embaucar extraños, hacerles gritar y engañarlos para que nos den alimentos no nos convierte en seres malvados.
―¿Quién es el que está ahí afuera? ―preguntó Rin, abriéndose paso entre las fantasmales figuras que los zorritos habían adoptado.
―Shippo, claro. Les acaba de lanzar unos polvillos que causan comezón y los viejos no pueden ni tomar sus báculos ―se carcajeó el cuervo que era Rinji.
―Esto es muy divertido, quiero ir yo también. ¡Ya verán lo que puedo hacer! No tengo el segundo mejor rango de la casa por nada ―el ogro gordo y calvo, Syouji, salió dispuesto a seguir los juegos de su amigo y atormentar a los pobres hombres con su tremenda cantidad de trucos.
Los diez monjes luchaban fervientemente contra la comezón cuando fueron atacados por una avalancha de setas que causaban cosquillas. Los gritos no se hicieron esperar, ni tampoco las carcajadas de aquellos que habían quedado atrapados por los trucos de los niños. Rin no debía reírse por algo así, pero las muecas que hacían los humanos eran demasiado graciosas como para mantenerse seria.
―Ya no asustan como antes, ¿verdad? ―le preguntó a Mikiko, quien veía todo emocionada a su lado.
―¡Claro que no! ¡Es más, yo también quiero ir! ―la sombrilla salió despedida y se les unió a sus compañeros, persiguiendo al más joven de los monjes mientras le hacía morisquetas. Toda la casa estalló en risas cuando la más pequeña logró alzarle la túnica a su víctima, mostrándoles a los espectadores su ropa interior de color gris.
Pero pese a todas las risas, Rin sintió de repente un pequeño peso en el corazón que logró hacerle ignorar todo lo que sucedía. Miró a su alrededor, y fue como si las risas y colores fueran opacados de repente, extrayéndola del lugar. Se sintió un poco mareada al tomar una gran bocanada de aire, pero al ver que no se recuperaba, comenzó a preocuparse. Sin saber por qué, se dirigió a su recámara con prisa, con el corazón latiéndole alocadamente.
Tenía que ir… tenía que cerciorarse de algo.
Encontró la estancia vacía, como era natural y se extrañó bastante luego de haber esperado encontrar algo diferente. ¿Por qué había ido hasta ahí, si era imposible que cambiase algo cuando todos los habitantes de la casa estaban en la entrada? Había sentido como un tirón que la incitaba a ir hasta allá y le aseguraba que realmente tenía que estar en su habitación. Pero no había nada anormal en ese lugar.
El mareo comenzaba a irse, pero aún sentía que algo le obstruía los oídos para impedirle escuchar con claridad el sonido de los niños. Quizás todo sea mi imaginación, pensó, o tal vez esté loca. Aún anonadada por su repentino comportamiento, salió al pórtico, agudizando la vista y volteando en todas las direcciones a ver si encontraba algo fuera de lo común. Se sobresaltó muchísimo al encontrar una cosa extraña. Algo blanco entre los árboles a la distancia, como un haz de luz. Fue menos de un segundo, pero estaba segura de que lo había visto. Alzó la vista al cielo casi despejado y se asombró al creer ver de nuevo una especie de sombra entre las pocas nubes que coronaban el inmenso firmamento.
¿Y ahora qué diantres le sucedía? Muchas veces había tenido la sensación de ver cosas fugaces por el rabillo del ojo y cuando giraba la cabeza ya no había nada. Eso había sido algo parecido, pero lo encontraba más real ¿Eran alucinaciones o de verdad había visto algo?
Un tanto nerviosa después de estar varios minutos vigilando el cielo, se dispuso a regresar al interior de la casa. Fue capaz de prestarle atención nuevamente a las estridentes risas infantiles y decidió que era mejor volver con ellos antes que estar ahí afuera esperando por cosas seguramente imaginarias.
Pero antes de entrar a su habitación, algo en el piso le llamó la atención.
Otra ramita con tres florecillas blancas, abandonada justo a un palmo de la puerta.
REVIEWS... REVIEWS... REVIEWS... REVIEWS...REVIEWS
Ok, veamos si entendimos esto: Tooodo el santo mundo sabe lo que está pasando por ahí menos Rin. Bueno, lo sospecha, pero no lo confirma… todavía. ¿Qué hay que decir sobre éste capítulo? No taaaan jugoso como el pasado, pero me parece que se sabe defender. Nadie esperaba a Irasue, aún viendo a su hijito, ¿verdad? (Qué chismosa, por Arceus) Y nos ha dicho otro par de detalles sobre la extraña condición de Sesshomaru. Qué bien, porque nadie nunca explica nada completo, pero con los pedazos que vamos recogiendo nos hacemos a la idea, ¿no? Espero que sí xD
Creo que amo a Shippo, es un niño bastante maduro para su… apariencia (porque ya tiene unos veinte años xD), pero creo que aunque pueda parecer algo exagerado, está justificado. Después de todo lo que sucedió con Naraku… además de que siempre demostró mucho compromiso con sus amigos, cosa que puede crecer cuando alguien que aprecia está en una situación especial, como Rin. Los demás zorritos son una monada, ¿verdad? Espero que no odien a Kiyo, aunque den ganas de darle una colleja bien dada. Esa niña tendrá su momento bueno, pero no todavía.
¡Bien, a agradecer a todos los que dejaron review! Serena tsukino chiba, Wissh, Kanda, Emiruse, Sara, Disagea, Ginny, Black urora, Annprix1, Yoko-zuki10, Isa-chan, Meylin, Celeste, Helena, Warrior from the blue moon, Ako Nomura, Misa, Mistontli y Rosy. Qué alivio al ver que a todos les gustó ¿Lo ven? Voy mejorando xD Espero con ansias sus comentarios a ver qué tal les pareció el capítulo de hoy. Demonios, que asco, es lunes. Espero que esto les haya alegrado un poco el día.
Sin más que decir, me retiro. ¡Hasta el jueves!
