¡Hola! ¿Qué tal?

Uff, lamento haber tardado tanto con este capítulo, pero ha sido un año bastante complicado para mí. Seguiré actualizando en la medida de lo posible, así que agradeceré mucho vuestra paciencia y comprensión.

Este capítulo va con todo mi cariño para ustedes, y espero que les guste.

También quiero agradecer a las personitas que me leían en Amor-Yaoi y me siguieron hasta acá. De verdad me alegra y anima saber que cuento con lectores como ustedes =)

No se asusten si al comienzo sienten que se han perdido de algo, sólo respiren profundo y sigan leyendo.

Las dejo invitadas a leer mi One-shot "¡Tenemos un bebé!", si es que no lo han leído.

Muchos besos y cuídense. ¡A leer!


Madness: Capítulo XXV

Ya no sabía cómo, ni cuándo, ni por qué. Es más, apenas era consciente de lo que estaba haciendo y de lo que estaba por hacer. Sus sentidos estaban nublados por la lujuria, por el placer que le proporcionaban aquellas caricias tan íntimas y desvergonzadas, y que esperaba que no terminaran jamás. Por fin lo que había deseado desde hacía tiempo se estaba volviendo realidad, aun cuando pareciera sólo un muy buen sueño.

Entrecerró los ojos al sentir a una traviesa y pequeña mano escabullirse dentro de sus pantalones, mientras era besado con un ímpetu incontrolable. La liberación de tanto deseo reprimido se hacía sentir en cada caricia, en cada gemido susurrante.

—He esperado demasiado por esto —le dijo a su acompañante susurrándole en los labios.

—Yo también…, desde el primer día —respondió sibilante

Sus cuerpos se fundieron en un beso necesitado, demandante, rozando sus lenguas, frotando sus pieles en busca de más contacto y mayor placer. Ya no quedaba ropa que estorbara y sólo quedaban ellos, desnudos, amándose entre las suaves sábanas de la enorme cama, de ésa que siempre solía estar vacía.

—Te amo, Eiri —susurró con temor antes de que el médico intentara abrirse paso en su entrañas.

—Te amo, Shuichi, mucho.

Con ternura, le besó la frente e intentó alejar sus miedos, tranquilizarlo y decirle que todo estaría bien. Acarició su cabeza de forma paternal y besó sus labios una vez más. Sabía que para su joven amante quizás no sería la primera vez, que después de tantos años sin contacto físico íntimo le dolería hasta el alma, pero ya no podía esperar más. Su autocontrol había llegado al límite y, aunque no quisiera lastimarlo, hacerlo era inevitable.

Lentamente, se fue enterrando en ese cálido y estrecho pasaje, aguantando el dolor que le provocaban las uñas de su amante incrustándose en sus brazos. Parecía masoquista, pero ese era su modo de expiar sus culpas por causarle dolor. Y es que no sólo se merecía eso, sino también las penas del infierno por profanar ese juvenil cuerpo que se estremecía de dolor y placer.

Entre suaves gemidos, Shuichi susurró su nombre. Su cuerpo entero se estremeció en un placentero escalofrío al escuchar su suave voz, al ver su rostro sonrojado, sus labios entre abiertos y sus ojos fuertemente cerrados. Aquella imagen, casi celestial, aumentó su fuego interno y le obligó a dar embestidas más rápidas, más profundas, dejándole al borde del éxtasis. Cerró los ojos y se dejó llevar por sus instintos, por el vaivén mismo de sus cuerpos rozándose. El mundo a su alrededor había desaparecido, y ahora sólo eran ellos dos. Después de todo, Shuichi era su mundo, lo único en su fría y angustiosa vida.

— ¿Estás bien? —le preguntó algo preocupado, una vez que pudo recuperar el aliento.

—Eso creo —respondió sonriendo sutilmente, con la voz agitada—. Siento el cuerpo pesado, cansado. —Trató de explicarse.

—Es normal.

Sus ojos dorados miraron a Shuichi, quedándose absorto entre sus mejillas sonrojadas y sus largas pestañas. Le pareció tan bello, tan angelical que incluso se sintió algo culpable, pero, en ningún caso, arrepentido. Claro que no. Cada minuto a su lado había valido la pena.

Desvió la mirada y recorrió el cuerpo de Shuichi con ella, sin perder detalle de cada centímetro de su húmeda piel, sin ser aún del todo conciente de que ese fino cuerpo ahora era suyo, sólo suyo.

—¿Te duele? —preguntó de pronto.

Shuichi hizo una mueca extraña y escondió el rostro. Aquella pregunta le hizo sentir vergüenza, porque recién allí había sido consciente de lo que acababa de suceder. ¡Se había acostado con su médico! Gritó mentalmente, incrédulo de que aquello hubiese sucedido. Era como si estuviese viviendo un sueño, pero no. Sabía que era real, sabía que Eiri estaba allí.

Haciéndose el chico valiente, volvió el rostro hacia el rubio. Asintió y le sonrió, como diciéndole «Me duele, pero estoy bien. No me morí».

—Ya pasará…—le susurró al tiempo que se acomodaba a su lado y lo acurrucaba en su pecho.

Sin siquiera protestar, se dejó abrazar por Eiri, debido a que la reciente actividad había dejado su cuerpo entumecido y cansado. Además, quería dormir, dormir entre los brazos del médico tal y como lo había deseado durante tanto tiempo. Respiró profundo para poder captar el característico aroma de aquel hombre, buscando convencerse de una vez por todas de que todo aquello había sido real. Cerró los ojos y se sumió lentamente en un profundo sueño, mientras Eiri se había quedado pensativo, recordando cómo es que había llegado a ese punto sin retorno.

El penthouse se había sumido en una silenciosa tranquilidad, tal y como estaba en el momento en que su paciente había llegado a su puerta.

Eiri se encontraba en su estudio consultando su manual favorito de psiquiatría, con la esperanza de encontrar respuestas para el complicado caso de uno de sus pacientes. En eso se había entretenido desde que había sido despedido del hospital, a pesar que no había podido dedicarle todo el tiempo necesario debido a Yoshiki y sus inoportunas visitas. Estaba tan concentrado leyendo que cuando el agudo sonido del timbre llegó a sus oídos, pegó un salto del puro susto.

—¡Pero qué rayos! —exclamó enojado, preguntándose quien sería el idiota que osaba interrumpir su lectura.

Claramente, Yoshiki no era, porque ella ya había estado ahí ese día, y desde hacía una semana que andaba trayendo consigo una copia de la llave del penthouse. Entonces, ¿quién era? ¿Tatsuha, tal vez? No. Él había quedado de llamarle cuando necesitara que fuera por él al hospital. Entonces, ¿quién llamaba a su puerta?

Bufando, se levantó de su asiento y fue rumbo a la puerta principal arrastrando los pies y con cara de pocos amigos, mientras pensaba en qué le haría al infortunado visitante para hacerle saber lo desagradable e inoportuna que era su visita. Sin embargo, cuando llegó a la puerta y miró por el agujero, sintió como su alma salía de su cuerpo y volaba lejos, muy lejos. Se quedó sin aliento, helado, de piedra. Tanto así que se sintió morir al tener una fuerte corazonada… Ni siquiera supo cuánto rato estuvo frente a la puerta en estado catatónico, mirando fijamente un punto incierto del cerrojo.

Sólo cuando el alma le volvió al cuerpo, restregó sus ojos, sacudió la cabeza y volvió a mirar por el agujero, incrédulo. ¿Era él? ¿Podía ser posible? Parpadeó varias veces en un vano intento por confirmar lo que veía, para descartar la posibilidad de una ilusión o de una mala broma de su cerebro. Pero no. No era nada de eso. Lo que veía era real, pero una parte de él necesitaba comprobarlo para estar seguro: tocarlo y saber que realmente estaba allí, que no era ninguna ilusión. Ningún fantasma.

Entonces, en un acto impulsivo, abrió la puerta con urgencia y se topó con él cara a cara.

—Shuichi —susurró consternado, con los ojos abiertos desmesuradamente y el corazón latiéndole a mil por ahora.

¿De verdad no era ninguna ilusión? Su cerebro se negó a creer en lo que veía, pero antes de que pudiera intentar comprobarlo, Shuichi había saltado sobre él, abrazándole, aferrándose a su cuerpo fuertemente, apretujándolo para evitar que se le escapara de las manos. Y es que tenía tantas ganas de arrojarse a esos cálidos brazos, de aferrarse a ese torso masculino y bien formado, de oler el característico aroma que se desprendía de su cuerpo, que al tenerlo frente a él—con esa urgencia que jamás había pensado ver— no había podido contenerse.

—Te extrañé tanto —dijo con la voz quebrada, con las lágrimas agolpándose en sus ojos.

Eiri no le contestó: no supo qué decirle, porque aún estaba pasmado intentando entender qué era todo eso. ¿Acaso no era un sueño? No, no lo parecía. Esas manitas aferrándose a su ropa eran tan reales como los latidos acelerados de su corazón. Se sentía abrumado e incapaz de hacer algo.

—¿Qué haces aquí…? —susurró. Fue lo único que pudo salir de su boca.

Shuichi soltó el agarre y elevó la mirada. Ahí estaba Eiri, su médico, aquel hombre al que tanto había deseado ver, con el rostro incrédulo y un tanto expectante. ¿Acaso su visita era inesperada, inoportuna?

«Ni se te ocurra abrir la boca, enano: lo arruinarás», dijo esa voz que él creía que ya no existía.

—Yo… quería verte.

Su voz temblorosa le hizo pensar a Eiri que el menor estaba a punto de romper en llanto —sin contar sus ojos brillosos—, quizá por la emoción que sentía de verlo de nuevo y de escuchar su voz. Eiri lo sabía bien, porque él también sentía lo mismo y de la misma forma que Shuichi, o quizás en menor o mayor intensidad.

—¿Puedo pasar? —preguntó luego de haber restregado sus ojos para que las traviesas lágrimas que habían aparecido en ellos no cayeran.

Eiri sólo asintió, pasmado. Se hizo a un lado y Shuichi pudo entrar.

Suspiró. ¿Era posible que en verdad estuviera ahí? De reojo, miró que el menor ingresaba a su departamento, observando todo su alrededor con los ojitos brillantes, impresionado por la inmensidad del penthouse y su ostentosidad. Parecía un niño pequeño viendo el juguete que siempre había soñado.

—¿Cómo llegaste hasta aquí? —preguntó tras salir de su estupor, cerrando la puerta tras de sí.

—En auto —respondió automáticamente. Estaba demasiado concentrado en el paisaje que ofrecía el ventanal. Eiri rodó los ojos.

—No te estoy preguntando en qué llegaste, sino cómo, con quién.

—Ah, pues…

Sus intenciones de terminar la frase desaparecieron en el aire. ¿Estaría bien decirlo? Quizá sí. Total, la persona que lo había llevado hasta allí no había dicho nada al respecto.

—Yoshiki me trajo —soltó de sopetón, como si estuviera en una suerte de concurso de preguntas.

—¿Qué? —Frunció el entrecejo. ¿Había escuchado bien?

—Es una historia muy larga —respondió luego de una pausa, en la que pensó cuidadosamente si debía contar o no su periplo.

Lentamente, se volteó hacia a Eiri, quien hasta entonces había permanecido de pie al medio de la sala de estar, observando la delgada figura de su otrora paciente, imaginando cosas que no debía, y pensando que aquella persona frente a él no era el Shuichi que había conocido en el hospital. Claro que no. Ese frente a él parecía ser el verdadero Shuichi, el que tanto deseó conocer en algún momento: un joven normal, sin patologías, sin traumas, sin voces que le hablaban al oído. ¿Se había perdido de algo importante? ¿Por qué SU Shuichi había estado con Yoshiki? ¿Por qué mierda ese maldito transexual no le había dicho nada?

—Sé que tienes muchas preguntas, pero… ¿puedo darte otro abrazo? —preguntó Shuichi, caminando hacia Eiri con pasos tambaleantes.

El médico solo asintió y con eso fue suficiente para que Shuichi se arrojara a sus brazos y le estrujara con toda la fuerza que sus delgados bracitos le permitían. Eiri correspondió el abrazo enseguida, y enterró su rostro en el rosado cabello: ése que olía a frutos rojos. Sonrió. Shuichi también lo hizo. Agradecido, feliz.

¿Cuánto había deseado estar así con Eiri una vez más? ¿Cuánto había anhelado estar en sus brazos y aspirar su aroma? Tembló de emoción y se aferró al torso del rubio aún más. No quería dejarlo escapar, no quería que se desvaneciera como sus ilusiones.

Respiró profundamente y el aroma a tabaco y a ese caro perfume que el rubio solía usar, llegó a su cerebro, quien por fin se convenció de que ese Eiri al que estaba abrazando fuerte, era él de verdad, y no una ilusión más. No era ese Eiri que imaginaba en su mundo de ensueño…

—¿Quieres beber algo? —preguntó de pronto, alejándose un poco de Shuichi, sin romper el abrazo.

—Un jugo —pidió sonriente.

Eiri sonrió complacido al ver esa amplia curvatura, con el pensamiento de que quizás ese Shuichi no era tan distinto al que conocía.

Cuando volvió con el jugo, se encontró con el menor sentado en el amplio sillón del penthouse, con actitud de niño bueno. Acto seguido, le entregó el vaso y se sentó a su lado, a la espera de que se decidiera a hablar. Como siempre, no haría preguntas, no lo presionaría, sólo esperaría a que él, por iniciativa propia, se decidiera a explicarle lo que no entendía; y, por supuesto, haría preguntas si era necesario.

—Estoy muy feliz de verte. —Su semblante parecía más cómodo y tranquilo—. Tu casa es muy linda, por cierto. Es muy «tú» —añadió, haciendo referencia a que el estilo de la decoración se parecía a Eiri.

—Gracias —respondió por mera cortesía, aún a la espera de que Shuichi se decidiera a contarle cómo es que había dado con él. Sin embargo, un incómodo silencio les embargó.

Había tantas cosas qué explicar que Shuichi no sabía bien por dónde debía empezar, sin tener que saltarse acontecimientos. Y es que en menos de dos días, su vida se había vuelto un torbellino, quizás por la poca costumbre a la ajetreada vida fuera de las blancas paredes del hospital. Es más, hasta cierto punto, extrañaba su soledad y sus pacíficos días de loco.

Ahora bien, ¿qué debía decir? ¿Haría bien diciendo absolutamente todo? Su mente recordó, de forma vaga, las palabras que Yoshiki le había dicho la noche anterior cuando decidió confesarse y contar algunas de sus travesuras, sólo porque ella le parecía ser una persona comprensiva y confiable. Además, no tenía sentimientos especiales hacia ella, y sus familiares desconocían su existencia, de manera tal, que no tenía que preocuparse por su bienestar. Pero con Eiri era diferente. Con él no podía arriesgarse. No podía ponerlo en peligro. El amor que sentía por él le hacía temer por su seguridad.

Miró a Eiri de reojo y se encontró con sus ojos dorados escudriñándole intensamente, como si tratara de averiguar sus pensamientos. Rehuyó de su mirada: menos mal que su médico no era un psíquico ni telépata.

—¿Puedo saber…por qué estás aquí? —preguntó, intuyendo que Shuichi tenía problemas para entablar una conversación con él.

—Quería verte.

—Eso ya lo dijiste, y no es lo que quiero escuchar.

—¿Estás enojado?

—No. ¿Debería?

Shuichi se encogió de hombros.

—No he hecho nada malo, aunque… el hecho de venir a verte podría considerarse como «malo».

Eiri alzó una ceja al tiempo que se preguntaba qué había querido decir. Quiso preguntar para salir de la duda, pero había cosas más importantes y urgentes que necesitaba averiguar.

—¿Cómo saliste del hospital?

—No me escapé, si eso es lo que crees. Mi papá me sacó por unos días —explicó despreocupadamente. Luego, agregó—: no me preguntes cómo lo hizo.

—¿Tohma? —preguntó de improviso: era el momento perfecto para despejar completamente sus dudas.

Shuichi le miró desconcertado, con los ojos bien abiertos, preguntándose si acaso había escuchado bien. ¿Por qué Eiri sabía el nombre de su papá?

—No te hagas el desentendido, Shuichi. Tohma, mi cuñado, es tu padre —afirmó casi categóricamente, con voz calmada pero firme quedándose atento a cualquier reacción de Shuichi.

El rostro de Shuichi se desfiguró en una mueca de horror, para luego ensombrecerse. Bajó la cabeza por breves instantes y en ellos se preparó para su próximo espectáculo.

—No, eso no es cierto —susurró.

—No me sigas mintiendo, Shuichi. ¿Qué consigues con eso?

—No digas su nombre, Yuki. Nadie debe saberlo… —continuó susurrando, encorvándose un poco más con cada frase, ovillándose lentamente en el sillón.

—¿Por qué, Shuichi? Ayúdame a entender… ¿Qué hay de malo en que tu padre sea Tohma?

Su cuerpo encogido comenzó a balancearse suavemente ante la angustiada mirada de un sorprendido Eiri, cuyas ganas de cobijar a Shuichi para alejar sus fantasmas le llevaron a acercarse lentamente a él, tanteando el terreno hasta lograr acercarlo completamente a su pecho. Así, pudo escuchar a su paciente susurrar incoherencias y frases indescifrables, tiernos balbuceos que le hacían parecer un niño indefenso. Deseó protegerlo: cobijarlo ya no era suficiente, quererlo tampoco. ¿Cómo podía ayudarle?

Lentamente, mientras él pensaba en qué hacer, Shuichi se fue relajando y dejando de balbucear hasta hacerle pensar que se había quedado dormido. Pero no. Sólo estaba pensando en sus próximos movimientos.

—Yuki —le llamó con voz suave y serena, sin alejarse de él—, aléjate de papá, por favor. No te metas en sus asuntos, no lo provoques, si no…

—¿Si no qué? ¿Acabaré como Ryuichi?

Shuichi apartó al rubio con urgencia, mirándole aterrado.

—¿Qué le pasó a Ryuichi? —preguntó con temor.

—¿Tu padre no te lo dijo? Ryuichi tuvo un misterioso accidente —explicó—, pero no te preocupes: sobrevivió.

Ahogando un grito, Shuichi se llevó una mano a la boca. Sus ojos miraron incrédulos el rostro serio e inmutable de Eiri, y sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Eso no es cierto… —susurró—. Estás mintiendo.

—Ojalá estuviera mintiendo.

Con ambas manos en el rostro, Shuichi se sumió en un llanto sobrecogedor, murmurando cosas entre las cuales Eiri pudo identificar un «Yo sabía». Claro. Seguramente Shuichi intuía que el cantante corría peligro y ahora se sentía culpable, tanto como él por haber echo caso omiso a esas advertencias que no creyó. Ahora, por culpa de ambos, Ryuichi seguía en esa cama de hospital recuperándose de aquel accidente que casi le costó la vida.

Eiri abrazó a Shuichi, para confortarlo, para que dejara de llorar y decirle que todo estaría bien; y que Tohma no les haría daño. Sabía que quizás no podría cumplir sus palabras, pero al menos lo intentaría. Tenía que intentarlo. Tenía que enfrentar a Tohma tarde o temprano.

Luego de unos eternos minutos, el llanto de Shuichi desapareció y sólo quedaron débiles sollozos a modo de pequeños recuerdos. Así, permaneció aferrado al pecho de Eiri, tan fuerte que éste ni siquiera podía intentar moverse a pesar de ya sentir el cuerpo acalambrado.

—No tienes idea de lo que papá es capaz de hacer… —susurró con un tono lúgubre que a Eiri le provocó un intenso escalofrío.

—Creo que me lo imagino.

—Él sólo quiere protegerme… No quiere que nadie me haga daño.

—¿Y por eso te encerró en un psiquiátrico? —dijo en tono irónico. Shuichi sonrió.

—Esa es otra historia…

Lentamente, se alejó de Yuki para mirarle directo a los ojos.

—Después de esto, volveré al hospital —dijo—, y tú vendrás conmigo.

—Shuichi, me despidieron, no voy a volver.

—Lo sé, pero mi papá tiene sus trucos y yo no voy a dejar que me pongan otro médico que no seas tú.

—Shu… Yo sería tu médico por siempre, pero hay cuestiones éticas que me lo impiden.

—La ética déjasela a los filósofos: tú eres el único que puede ser mi médico y, si no eres tú, no lo será nadie más. No lo voy a permitir —explicó.

Eiri se quedó en silencio, pero luego, agregó:

—Eso suena a algo que diría Tohma. Parece que, después de todo, sí eres su hijo.

Shuichi le miró sorprendido y luego, soltó una risita culpable: Eiri tenía razón al decir que había sonado como su padre. Al menos podía estar seguro de que aquel hombre culpable de sus desventuras sí era su progenitor.

—No le veo lo gracioso —dijo Eiri algo confundido.

—Como sea, volverás al hospital conmigo y seremos felices como en los cuentos de hadas…

Eiri sonrió ante esos furtivos y recientes recuerdos que llegaron a su mente. Miró a su costado y su sutil sonrisa se ensanchó al contemplar el apacible rostro de su otrora paciente. Pensar que, hacía tan sólo unos minutos, lo había tenido entre sus brazos y a su completa merced producía en su corazón una algarabía de luces y colores, una felicidad cuyo calor derretían las paredes de hielo que se habían formado a su alrededor con el paso de los años.

Con ternura, y tratando de no despertarlo, apartó los mechones de cabello rosado que se pegaban en la frente de Shuichi, rebeldes hebras húmedas de sudor. Se hundió lentamente en el edredón y se acercó lo suficiente para depositar un pequeño beso en su frente: un beso de buenas noches para confortar su sueño.

Se acomodó a su lado. Cerró los ojos por unos instantes y quiso dormir. Pero no pudo. Algo en su interior le generaba inquietud, un sutil tormento que parecía ser el comienzo de algo peor. Algo parecía avisarle que las cosas se pondrían mal, que el pasado podía volver y repetirse de forma lenta y dolorosa. Entonces, tuvo miedo. Se sintió atormentado por un pasado que creía enterrado en lo más profundo de su cerebro y que quizás estaba a punto de repetirse. Tembló. Deseó volver atrás en el tiempo y enmendar sus errores, peor aún, deseó no haber conocido a Shuichi en esas circunstancias. ¿Qué haría ahora? Con el historial que tenía junto a Shuichi podían incluso acusarlo de violación. ¡Violación!, había gritado mentalmente al tiempo que su ser se estremecía con fuerza. Esa idea había calado hondo en su ser, haciendo una llaga profunda y dolorosa, a pesar de tener claro que Shuichi estaba más cuerdo que él.

Cerró los ojos una vez más, respirando profundamente para calmar sus ánimos. Así, su cuerpo se fue relajando y se fue sumiendo, lentamente, en un sueño profundo, plagado de inquietudes, miedos y dolorosos recuerdos en los que era protagonista el rostro de una alegre joven; y una nota que decía: «Te amo, Eiri, y siempre te amaré.»

Al llegar la mañana, unos ojos violetas se toparon de frente con el blanquecino rostro del médico. Este no tenía buen semblante, y eso le hizo pensar que estaba soñando cosas feas. Se sintió preocupado e intentó despertarlo. Mala idea. De haber sabido que el rubio tenía el sueño tan pesado, ni siquiera se habría planteado la posibilidad de intentarlo.

De un salto salió de la cama y corrió al baño a penas miró la hora. Ya era tarde, y su gente estaría no sólo preocupada por él, sino que muy enojada también. Es más, ni siquiera quería imaginarse el lío que se armaría cuando su padre lo viera llegar: sería afortunado si sólo se llevará una pequeña reprimenda.

Se lavó la cara y mojó sus cabellos, miró el espejo y sonrió. A pesar de todo, estaba feliz, feliz de haber pasado la noche con Yuki, emocionado porque quizás ese podría ser el comienzo de una nueva vida. Y esperaba que nada en el mundo pudiera arruinarlo.

Intentó despertar a Eiri otra vez, tras salir del baño. Quería despedirse de él antes de irse, pero, a pesar de sus infructuosos intentos, parecía ser que nada podría sacar al médico de su profundo sueño. Así, derrotado, agachó la cabeza e hizo un tierno pucherito. Mejor le dejaría una pequeña nota, algo que explicara en breves palabras por qué se había ido.

Buscó por toda la habitación un lápiz y un papel, pero no lo halló. Es más, se encontró con algo que no esperaba: en el cajón de la mesita de noche, debajo de un montón de cosas, yacía una fotografía celosamente escondida. Era una foto de Eiri y una mujer joven, de ojos azules, cabello corto y piel nívea.

Shuichi contempló la imagen por varios minutos, pasmado. Se preguntó quién podría ser, pero, más importante aún, ¿por qué estaba con Eiri? Su mente ya se había montado toda una teoría al respecto, es más, ni siquiera notó que había arrugado las orillas de la foto de tanto apretarla. Sólo se sobresaltó al oír a Eiri refunfuñar, y entonces dejó caer la fotografía, observando en cámara lenta su angustioso recorrido hacia el suelo. La imagen cayó de frente y dejó al descubierto un mensaje: «Te amo, Eiri, y siempre te amaré. Rage.».

Se quedó sin aliento. Esas simples palabras, escritas a mano con unas curvas y redondas letras, fueron una puñalada directo en el corazón. Su castillo de ilusiones se derrumbó como una torre de cartas y sintió su alma desgarrarse en todas las direcciones. Tembló: quizás la felicidad no había sido hecha para él. Sus ojos violetas se llenaron de lágrimas y el pecho le dolió, le dolió mucho más que el desprecio de su padre, que la partida de su madre, que esos días de encierro fingiendo ser algo que no era. Quiso gritar, pero a cambio, apretó los dientes con fuerza y cerró los puños. Respiró profundo.

«Huye», dijo la voz.

Y así lo hizo…

Continuará…


Sakura-Undomiel: Hola, chica. Lamento la tardanza, pero agradezco tu paciencia y comprensión. Me cuesta horrores escribir cuando tengo tantas preocupaciones y cosas por hacer e.e Sabes, siento que no terminaré nunca de escribir este fic. Si bien tengo claro lo que debe pasar de aquí al final, escribirlo se me hace un suplicio y siento que cada vez me alargo más xD Soy un fracaso. Es extraño que te guste Tohma, es un personaje hecho sólo para ser odiado(?). En el próximo capitulo espero aclarar varias cosas sobre él y su lindo hijo. Y claro, Eiri se enfrentará a Tohma muy pronto. Muchas gracias por los ánimos y las buenas vibras: los necesito mucho =) Cuídate, Sakura-chan. Besitos.

Karina: Aquí está la continuación. Disculpa la tardanza y espero que te guste. Gracias por leer.

Hashika: Hola, chica. Agradezco que me leas y te guste tanto el fic. Lamentablemente, no seguiré actualizando el fic en AY, espero lo comprendas. Trataré de actualizar más seguido, pero las cosas están un poco complicadas para mí, así que hago lo que puedo. Agradeceré tu apoyop, comprensión y paciencia. Saludines n.n

HikaruNightray: Hola! Jejeje, volví en gloria y majestad(?). Nah, sólo soy una vaga con muchas preocupaciones y ocupaciones e.e Cuando tengo tiempo libre lo ocupa para dormir o tomar aire fresco xD Eso es lo malo de no tener cuenta en un página, ya sea aquí o en AY, porque al menos acá uno puede agregar los fics para que la página te avise al correo cuando ese fic es actualizado: te ahorras el estar revisando todos los días jaajaja Espero que la historia se vaya entendiendo un poco más con este capi, aunque creo que con cada capi aparecen más misterios jajaaja Gracias por venir a leerme hasta acá. Cuídate y besitos. Nos leemos =)

Daniela Kawaii: Aquí está el capítulo. Disculpa la tardanza. ¿Adivinaste quién fue quien le habló a Shu?

Katsura-Yushu: Katsura-chan! Qué alegría verte por aquí / Muchas gracias por seguirme hasta acá, chica. Leí tu review en ELA, y creo que lo respondí, no estoy segura jajaaja Ya ves que tengo memoria de pollito, en el futuro terminaré con Alzheimer xD Me alegra mucho saber que la historia te está gustando. Ojalá y ya la hubiera terminado, si fuera así podría retirarme de los fics en paz ajajaja Por mientras iré actualizando en la medida que pueda, a´si que te pido mucha paciencia n.n Agradezco enormemente tu apoyo, chica, de verdad: los escritores de fics no seríamos nada sin ustedes los lectores. Tendré en cuenta tu ofrecimiento de ayuda… ¿Quieres escribir por mi? xD Besos, chica =)

EiriShuichi: Lo siento, cariño, pero no había podido actualizar. He estado demasiado ocupada =( Pero espero que este capítulo sea suficiente por ahora, porque no sé cuándo pueda tener el siguiente. Gracias por seguirme hasta acá n.n (Por favor, no me acoses ). Por cierto, no pensé que cumplirías tu "advertencia" y que te vería por estos lares Jajajaja. Besos, Ei-chan.

Tooru: Hola! Wooow, no sabía que el fic era tan enviciante jajaja Me alegra que te haya gustado hasta donde va =) Jejejeje No eres la única, varias personas me dijeron lo mismo sobre Shuichi. De hecho, una de mis amigas y lectora es psicóloga y no llevaba leído ni la mitad del primer capi y me dijo "Shu no está loco", y me empezó a dar mil y un razones de por qué no lo estaba. Fue gracioso, tuve que contarle todo lo que tenía planeado u.u Ya en el próximo capi nos enteraremos de más cosas, este capítulo fue una suerte de transición (ya no sé cuantos capítulos de transición he hecho xD) Muchas gracias, chica. Espero poder actualizar más seguido, pero lo dudo. Gracias por leer, cuídate n.n