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¡Feliz año!


Capítulo 24

Helen

Todos la miraron. Algunos le dieron sonrisas discretas como saludo, otros inclinaron la cabeza un poco y, casi todos los demás que aún se encontraban lejos, dieron media vuelta y huyeron antes de que se pudieran topar de frente con ella. Era el primer día en la empresa y ya tenía toda una reputación consolidada. Elsa se acomodó el manos libres en la oreja y dejó que Gerard siguiera parloteando acerca de ir a la ópera en una semana, caminó hasta el elevador y todos los que entraron formaron un círculo a su alrededor, tratando de no empujarla. Le contestó al chico entre monosílabos, escuchando también el silencio sepulcral que se había formado en el pequeño espacio. Las personas fueron saliendo, hasta que sólo quedaba con ella una chica castaña con gafas; cuando Elsa la miró, la joven abrió los ojos como platos y casi se quiso fundir con las paredes.

―Voy al piso 22 ―indicó Elsa, cuando la puerta se cerró―. No, no te lo digo a ti, Gerard.

La joven asintió cuatro veces, probablemente diciendo que también iba al mismo. Elsa le sonrió para destensar el ambiente, ¿qué carajos le habían contado a todos sobre ella?

―Soy Elsa, por cierto ―Levantó una mano y la castaña observó el movimiento como si no supiera que era a ella a quien iba dirigido.

―Por supuesto, sí ―se encargó de decir entre tropiezos―. Sé quién es usted, lo lamento. Soy Helen Stein, señorita Storm ―levantó la mano y se la estrechó aún con los ojos asustados―. Y creo que soy su asistente ―ahogó enseguida.

Elsa sonrió el doble de grande.

―Gerard, te hablo luego ―dijo―. La chica que contrataste está aquí y creo que debemos hablar luego sobre lo que le has dicho de mí ―colgó y soltó suavemente la mano de su nueva asistente―. Entonces, Helen, ¿Gerard te habló de este asunto de confidencialidad, no?

Helen volvió a asentir, parpadeando un par de veces.

―Él lo hizo. Se lo entregué firmado hace una semana.

―Perfecto, por el momento… ―las puertas del elevador se abrieron―. Sólo sígueme. Ya veremos qué va saliendo con los días. Aunque quizá debas saber algunas cosas sobre mi padre.

―Oh… creo que sé demasiado sobre su padre, señorita Storm ―Helen se tapó la boca―. No quise decir eso.

Elsa negó y siguió por los pasillos blancos que la llevaban a su oficina. Saludaron a un par de personas en el camino.

―Sólo llámame Elsa, por favor. Al menos cuando estemos a solas. Y no tienes que fingir, se muy bien cuál es tu trabajo. O cuál era con anterioridad.

La señorita Stein se puso rígida y enseguida dejó caer los hombros. Su paso errático se convirtió en uno un poco más seguro cuando la alcanzó y se posicionó a su lado.

―Quería dar una buena imagen.

Elsa pareció divertida y, cuando la castaña le sonrió de vuelta y suspiró, sabía que todo saldría perfecto.

―Casi te creí. ¿Asistente torpe, eh?

―A veces funciona, logra desviar las miradas indiscretas ―aceptó la chica, encogiéndose de hombros―. He mostrado ya un poco ese perfil, pero si quieres puedo adaptarme a cualquier otro, si tienes planeado algo más.

―No realmente ―Elsa abrió su oficina y observó a su alrededor. Era espacioso y agradable―. Está bien como estás. Creo que me gusta, servirá para despistar a Hans Islas. ¿Lo conoces? ―Le ofreció sentarse, mientras ella tomaba su propio sillón.

―No en persona. No sé tampoco qué es de él desde que trabaja con Jack Storm.

―No hace mucho, hace lo que mi padre le dice. A veces me vigila, no lo sé a ciencia cierta, pero sé que mi padre no es estúpido y no ha bajado la guardia desde… ―suspiró―. No importa. ¿Qué es lo que sabes de él, de Jack?

―Quizá más de lo que te gustaría saber, Elsa ―Helen tomó asiento y colocó su bolso de mano encima de sus piernas―. Es muy conocido por el mundo en el que estaba. O bueno… podría decir que su fantasma es conocido. Nunca deja huellas.

Elsa levantó los hombros y dejó los labios en una línea recta. Cuando decidió contratar a alguien que la ayudara a investigar a su padre, que se pudiera infiltrar en la empresa y no levantar sospechas, no estaba segura de lo que quería realmente encontrar. De alguna forma también quería asegurar su bienestar. Ahí, la chica menuda de gafas, no más alta que ella, era una experta en mil cosas, desde informática hasta el manejo de armas de fuego. Además de que dominaba al menos cuatro idiomas y sabía disfrazarse muy bien. Había estado trabajando en el extranjero como investigadora privada y Gerard la había cazado gracias a sus amigos extraños.

―Sólo… quiero saber si ha hecho… ¿Él ha desaparecido gente? ―le costaba decirlo. Una cosa era considerar a su padre cruel, pero había niveles, y no sabía qué niveles había traspasado Jack.

Helen se tomó su tiempo para responder. Se inclinó hacia adelante y acomodó uno de los adornos minimalistas que había encima del escritorio de Elsa. La rubia vio todo el procedimiento y se comió las ansias, observando los rasgos faciales de la chica. Vio unas líneas de expresión en sus ojos y un ténue color gris bajo ellos, producto de continuas desveladas que no se podían disimular incluso con el maquillaje.

―Él nunca ha asesinado. No con sus propias manos al menos ―respondió al fin.

Elsa sonrió tristemente.

―Entonces él sólo… paga y el asunto se resuelve.

―Me parece que ese es su juego. Él nunca se mancha las manos.

―¿Cómo sabes esto?

Helen se acomodó las gafas en el puente de la nariz y, luego, revisó cuidadosamente en su bolso. Sólo entonces Elsa se preguntó si realmente era su nombre verdadero, si el aspecto que tenía había cambiado decenas de veces antes de llegar de ese modo ese día a la oficina.

―Pensé que te gustaría saber un poco ―la chica le extendió un pendrive a Elsa y ésta lo tomó enseguida―. Te sugiero que lo revises en casa, cuando estés sola.

―¿Qué hay aquí?

―Casos cerrados, no comprobados. En todos fue acusado tu padre, o hicieron un intento de… No pudieron comprobar nada. El más cercano es de hace seis años aproximadamente, después de la muerte de su abuelo. Se detuvo después de eso, no tengo idea del por qué.

Apretó el pendrive entre sus manos y dejó descansar su cuerpo en el respaldo de la silla. Se relamió los labios, pensando en lo que pudo haber detenido a su padre. Casi coincidía con su llegada a Arendelle. ¿Qué había hecho en todo ese tiempo Jack entonces?

―Su familia… ―susurró, con su cerebro trabajando rápido―. Su familia ―repitió―. Tienes que investigar sobre ellos. Jack es el mayor de cuatro hijos. Él heredó parte de la empresa y mis dos tíos una minoría. Yo… no sé mucho realmente de la menor. Murió muy joven. ¿Qué hay de mi bisabuelo? Quiero saber todo, lo que sea, cualquier cosa que puedas encontrar de importancia.

Helen la miró serena.

―Es de armas tomar, señorita Storm. Eso fue lo que me dijo Gerard. Lo demás de mi actuación se debió a que me llené de los cotilleos de oficina ―sonrió mostrando los dientes―. ¿Sabe que le llaman Reina de hielo?

Elsa negó, de pronto sintiéndose entre insultada y divertida.

―Pero nunca les hablo, ¿qué pasa con las personas hoy en día?

―Sí, bueno. Al parecer su estadía en la empresa de su padre sirvió para crear frutos.

―¿Hay algo que no sepas? ―Elsa se inclinó y dejó descansar la barbilla en su mano derecha―. No sé, la tabla periódica tal vez.

―Puedo recitarla al revés si lo deseas.

Helen resultó más divertida de lo que esperaba. Por el momento… Sólo podía esperar.

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Anna admiró el teatro vacío con una sonrisa. Era más grande de lo que pudo imaginar. Casi ni escuchó lo que Oliver, su nuevo asistente, le intentaba decir desde hace varios minutos atrás. ¡Todo era un sueño! Olía un poco a humedad porque no había sido abierto todo el año, pero estaba bastante cuidado y la iluminación estaba en perfectas condiciones. Además de que resultó estar en una calle medianamente conocida, cerca de una avenida transitada. Tenían unos meses para preparar la obra y no podía encontrarse con más energía y entusiasmo para empezar con los ensayos. Esa semana harían un casting con los alumnos de la universidad a la que asistía y luego todo se pondría en marcha. Todo estaba saliendo a la perfección.

―Sobre el presupuesto… ―el chico dijo, Anna por fin lo escuchó. Los presupuestos nunca auguraban nada bueno―. No hay problemas con él, de hecho… Lo cual es sumamente raro ―dijo, igual de sorprendido que ella―. Me hace pensar que el tío que nos patrocina está lo suficientemente loco o tiene demasiado dinero para gastar.

―Quizá ambas cosas ―Anna se alejó de él―. ¿Sabes quién es?

―No ―respondió Oliver―. Ha querido mantenerse en anonimato hasta el estreno. Ha separado dos asientos en primera fila y… ―leyó unas tarjetas―. Aquí dice que te admira mucho y que nos desea suerte ―levantó una ceja.

Anna volvió la cabeza e hizo lo mismo.

―¿Dónde dice eso? ―le arrebató la tarjeta.

―Llegó con el ramo de rosas ―apuntó el chico a una de las butacas donde se encontraba el obsequio―. Ya sabes, el que has ignorado desde que llegaste. Parece que tienes un admirador secreto.

Anna bufó.

―Estupideces. No conozco a nadie lo suficientemente idiota y millonario como para querer gastar tanto en esta obra ―algo le picó en el pecho.

―Quizá te conoció en alguna audición.

―Oliver, he hecho dos audiciones en mi vida, y una era para un jarabe de tos. Dejemos esto en que es un idiota con dinero. Quizá las rosas son para ti.

―Pero eres la directora ―anunció el chico, un poco herido―. Y son bonitas.

―Quédatelas.

―¿Ni siquiera las quieres como un gesto de agradecimiento?

―Lo haré cuando conozca al anónimo, quizá tenga para regalarme una docena más. Ah, y un automóvil, que ningún mal me haría en estos momentos con el maldito invierno en la puerta ―subió las escaleras hacia el escenario, se encontraba molesta sin ningún motivo―. Ahora mueve el culo y ven aquí, hay que trabajar en esta obra.

―Como ordene… su majestad ―Oliver hizo un mohín.

―Te oí.

―Lo dije para que lo hicieras.

Revisaron el material que tenían y lo que debían comprar; esa tarde se la pasaron entre listas inmensas y cotizaciones. A pesar de que el tipo que los patrocinaba les había dado libertad en cuanto al presupuesto, Anna no quería sobrepasar tanto los límites. No le estaba gustando no conocerlo, la hacía sentirse un poco perdida. Ni siquiera sabía a quién agradecerle después.

Oliver le entregó algunas anotaciones que había hecho en el guión y estuvieron platicando un poco sobre las características de los personajes hasta ya muy entrada la tarde. También le dio una lista con los nombres de los chicos que harían casting durante la semana, además de unas hojas con un poco de información acerca de su trayectoria académica y una foto de ellos. Anna imaginó quién podría llegar a interpretar a sus protagonistas, hasta que se encontró observando detenidamente a una chica rubia que cursaba el segundo año de teatro. Su nombre era Alexandra. Oliver pareció notar su atención sobre ella y apresuró a decir lo que sabía.

―Ella actúa muy bien, es una de las pequeñas prodigios de la academia, la conocí hace un semestre en un curso de improvisación. Y es bonita.

Anna frunció el entrecejo.

―Siempre terminas con un "y es bonito". Debes saber que eso no me hará cambiar de opinión acerca de lo que sea.

―Pues pienso que ya la has elegido. ¿Será Winter?

Anna lo miró un segundo y luego volvió la vista a la imagen de la chica. Sus ojos azules hicieron que dejara a un lado todas las hojas y negara casi enseguida. Le dio la espalda y fue a recoger sus cosas para retirarse.

―Ya lo veremos, Oliver.

―Terca.

―También te escuché.

―Sólo para que sepas, a partir de ahora, todo lo que digo es para que lo escuches y lo tengas presente.

Anna le sonrió y se puso su chaqueta negra que había dejado en un rincón, luego cogió su gorrito verde y se lo colocó con cuidado de no desordenar aún más su cabello. A Oliver lo había conocido semanas antes de su llegada a la ciudad, cuando se enteró que él la ayudaría con la obra; y se habían comunicado por correo y celular hasta que se vieron en persona. Ahora llevaban una desordenada amistad que a ambos les funcionaba.

―Nos vemos mañana, Green. No olvides traer huevos y vegetales varios. Mañana vamos a masacrarlos.

―O ellos lo harán con nosotros.

―Deja de ser pesimista ―Anna empezó a bajar las escaleras.

―Jamás. No olvides tus rosas, ¿eh? Parecen costosas.

―Y bonitas, ya sé. Tú no olvides apagar las luces. Cuídate, tonto ―se despidió con un ademán, dejándolo atrás.

Miró dos segundos las rosas antes de atreverse a tocarlas.

―No comen, ya sabes. Aunque quizá tengan espinas ―Oliver dijo, más fuerte para que lo escuchara. Ella se mordisqueó los labios y cogió el ramo con desinterés. Sólo eran rosas, a nadie le hacía mal, ¿no?

Antes de salir del teatro y despedirse del guardia, Anna revisó la tarjeta que venía con el obsequio y que había guardado en uno de los bolsillos de sus jeans. Firmaba con una simple "A". Ese era el anónimo. Quizá la inicial de su nombre o apellido. Estaba muy segura de no conocer a nadie que tuviera como inicial en su nombre esa letra. Como sea, terminó guardando de nuevo la tarjeta y salió al frío de las calles nevadas. Miró al cielo un momento y agradeció por lo bajo al tipo "X". Con eso en mente, siguió su camino hacia la cafetería.

Las rosas eran bonitas, después de todo.

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Dos semanas después de estar en la empresa, Elsa ya no aguantaba el ambiente. Al parecer todos creían que iba a sacar las garras y los destrozaría uno a uno, a pesar de que trató de ser amable exactamente dos veces. Quizá era demasiado asocial y rígida incluso sin desearlo. Por lo pronto, ya tenía a alguien nuevo que se encargara de reirse de sus intentos fallidos para acercarse con las personas: Helen. Ésta intentó enseñarle una forma muy amena de iniciar una charla que no fuera sobre el clima, pero Elsa había fracasado incluso en eso. Al menos sí era buena en asuntos de negocios y modos meramente formales.

Esa tarde la tenía libre. O algo así. En teoría debía visitar a Olivia ―la madre de Gerard― para empezar a hablar sobre ciertos preparativos, pero no se encontraba con las suficientes ganas de abordar nada de eso, así que había cancelado amablemente diciendo que estaba levemente enferma, un resfriado quizá, mientras Gerard lo escuchaba todo y le decía con la boca, sin hablar, "mentirosa".

―Tienes que empezar a ver eso con mi madre, ya sabes… ―indicó el chico, comiendo un poco de cereal con leche en la mesa de su cocina.

Elsa dejó el teléfono en la encimera y se sobó las sienes.

―Lo sé. Sólo… No hoy, no tengo los ánimos.

―Cualquiera diría que no te quieres casar conmigo ―Gerard fingió sentirse herido.

―No quiero. Y tú tampoco quieres hacerlo. Pero aquí estamos. ¿Qué te parece?

―¿Puedo acompañarte a comprar el vestido? No estoy seguro de tus gustos.

Elsa gimió con frustración en su sitio y buscó algo para arrojarle, al no encontrar nada, tomó el teléfono de nuevo y se acercó a él. Se lo extendió.

―Dile a tu madre que tú irás. Es para elegir el lugar, y puede que colores y esas cosas extrañas que hacen en las fiestas.

―Oh no ―negó el chico―. No vas a librarte tan fácilmente de esto. No me vas a dejar el trabajo a mí. ¿Qué tal si elijo amarillo? El amarillo no te gusta. Además ―le arrebató el teléfono, con la mirada indignada, como si no quisiera tomar cartas en el asunto―, mi madre sólo te quería para elegir a la chica que nos ayudará a preparar todo. Pero puede que si voy yo tengamos a un hombre bastante bien parecido. ¿Qué te parece?

Elsa aguantó una risotada.

―Ve, diviértete. Saldré un rato a tomar un poco de aire fresco.

―Pensé que tenías un resfriado ―Gerard marcó en el teléfono―, ¿cómo le digo a mi madre que te lo alivié?

―No quiero saber eso ―arrugó la nariz y se dirigió a su habitación.

Pudo escuchar a lo lejos la plática y, para cuando salió ya vestida con algo más decente, Gerard ya estaba listo para irse también. Cuando el chico deseaba algo lo hacía con bastante rapidez.

―¿Quieres que te lleve a algún sitio o llevarás tu auto? ―preguntó.

―Iré caminando. Quizá vaya por un café ―tomó su cartera y el bolso que había dejado en el perchero al entrar después del trabajo―. Salúdame a tu madre. Dile que quizá siga enferma uno o dos días más.

―Eres un ser maligno. Con lo mucho que te ama.

Elsa se rio con el comentario, quizá era verdad pero no podía evitarlo.

―Nos vemos luego, Gerard. Traeré la cena.

Se despidió de él con una mano y salió a los pasillos para tomar el elevador. Estaba cansada pero no quería quedarse en el departamento. Sentía que pensaba demasiado cuando estaba ahí. Sobre todo de los informes que Helen le había dejado en el pendrive. Había al menos una decena de casos en los que Jack pudo haber estado involucrado, ¿cómo lo dejaba entonces? ¿Quién era realmente su padre y en qué se había convertido? ¿Con qué se estaba enfrentando exactamente? No le gustaba nada de eso, ni lo que podría seguir encontrando. Del mismo modo… Era la única forma de hundirlo. La situación era hallar las pruebas adecuadas.

Entre otras cosas, algo con lo que no quería lidiar era el tema de su boda. Sonaba ridículo y demasiado fantasioso sólo pensarlo. Pero este era el plan que había armado durante años, ahora no podía dar media vuelta y echar todo a la borda. Las piezas se estaban moviendo y tenía que ejecutar el mejor juego de ajedrez de su vida. Ya no sería más un peón en ese tablero que Jack había creado.

Gerard la estaba ayudando lo suficiente como para deberle la vida entera luego. A veces ni siquiera sabía por qué el chico había aceptado a seguirla en ese asunto demasiado arriesgado y loco, pero si no fuera por él… Ahora mismo no sabía qué sería de ella. Quizá era hora de tomarse las cosas en serio, habían esperado lo suficiente y la boda tenía que ser en algún momento. La fiesta de compromiso sería en unas semanas. Sólo se había retrasado porque ella no se encontraba en la ciudad, pero ahora que estaba presente todo se haría público. Y más rápido de lo que pudiera prever sería la esposa de Gerard. Sólo entonces, estaría a un paso de todo.

Antes de que el elevador llegara al piso uno, revisó en su bolso y encontró la cajita negra que Gerard le había dado una noche mientras veían "Runaway Bride", casi se rio por el recuerdo. El chico sólo se lo había entregado y luego le había dicho que no se asustara. También le dijo que si no le gustaba el modelo aún podían cambiarlo. Era un idiota, claro, pero era el idiota que más quería. Destapó la caja aterciopelada y miró con un poco de nostalgia el anillo de compromiso; era simple, como ella había pedido cuando lo acordaron. No dejaba de ser hermoso, y quizá demasiado excesivo en cuanto al costo.

Lo tomó entre sus dedos y lo sacó de su descanso. Guardó la caja y se puso el anillo en el dedo anular, donde se supone que debía estar desde hace meses atrás. Era hora de jugar su papel, ¿verdad? El diamente en el centro brilló con la luz artificial como respuesta. Elsa sonrió con tristeza, aún viendo su mano. La única vez que había pensado en una boda… No había sido de esa forma. Su ingenuidad la llevó a ser demasiado descuidada. La hizo arruinar todo.

Las puertas se abrieron y salió al recibidor, con una nueva máscara en su rostro. Necesitaba sólo café, litros y litros de café. Quizá también dejar de pensar por sólo un instante.

Caminó por mucho tiempo, sin saber exactamente a dónde ir. Sólo siguió, primero, a la masa de gente que se amontonaba en las calles. Luego a los restaurantes de distintos tipos que iban apareciendo en cada esquina. También había muchos teatros. Caminó finalmente porque sus pies no se podían detener, porque había empezado a nevar y cada copo parecía interesante, siempre hacia adelante. Al final, recordando su idea inicial de querer beber cafeína, se encontró a medio camino entre la parte antigua de la ciudad y la que estaba llena de inmensos edificios. Buscó por varios minutos un Café, pero la mayoría estaban llenos a esas horas, o bien, se encontraban cerrados. Antes de rendirse y dar media vuelta para pasar y comprar algo de cenar, encontró una pequeña cafetería en un edificio antiguo, claramente remodelado. No parecía muy lleno, así que decidió comprar algo rápido y salir enseguida.

Se limpió un poco la nieve que traía en los hombros antes de ingresar y echó un vistazo hacia adentro; nada fuera de lo normal. Entró sin más y, cuando lo hizo, una campanilla sonó arriba de ella. Todos estaban metidos en sus charlas o leyendo un libro de los que se encontraban en unas repisas. Le gustó el estilo. Caminó hacia el mostrador y se formó detrás de dos personas que pedían sus bebidas. Elsa miró un instante el menú que se encontraba escrito con letras claras y oblicuas en una de las paredes. ¿Sería muy estúpido pedir algo frío? Se encogió de hombros y sacó su cartera del bolso para coger su tarjeta de crédito.

Las personas que estaban frente a ella le dieron paso y Elsa avanzó en la línea, aún revisando entre su cartera.

―Buenas tardes, me gustaría un café helado y… ―volvió la cabeza hacia el frente para regalar una sonrisa amable, pero lo que vio hizo que se congelase en su sitio. La otra persona también había dejado de respirar―. ¿…Olaf?

Hubo un silencio sepulcral. El chico, poco a poco, se recompuso.

―Ese soy yo ―dijo, demasiado mecánico. Elsa casi no reconoció su voz.

―Hola… ―saludó ella, sin poder creer quién estaba frente a ella. Una nube de recuerdos empezó a acribillarla.

―Hola también a ti ―devolvió―. Visita en la ciudad, ¿eh? ―preguntó planamente, empezando a teclear algo en el computador que tenía a un lado.

―Algo así ―susurró Elsa, sin saber cómo reaccionar―. Es bueno verte.

Olaf no contestó.

―¿Sólo el café helado?

―Oh, sí, es decir… Sí, lo siento, aún estoy en shock ―Olaf se encogió de hombros.

―A veces sucede, ya sabes, el mundo es pequeño.

Elsa le extendió su tarjeta de crédito casi en mecánico. Tenía que respirar y darse un momento porque había un millón de preguntas en su lengua que querían ser disparadas.

―No aceptamos tarjetas de crédito aún ―anunció Olaf de pronto, apuntando a un letrero que Elsa había ignorado hasta entonces.

―Oh, lo siento… Sí, sólo un momento ―se sintió terriblemente torpe cuando dos personas más se formaron detrás de ella y su cartera no cooperaba. Parecía que no tenía mucho efectivo después de todo. Empezó a desesperarse después de un instante. No estaba teniendo el mejor de los momentos.

Al final, se apartó y dejó pasar a la otra persona.

―Necesito un momento ―le dijo a Olaf, quien abrió los ojos y negó al instante.

―Va por cuenta de la casa. Ya sabes, debes estar ocupada, te daré el café enseguida y puedes seguir con lo tuyo.

―No es necesario que… ―Pero el chico ya había desaparecido hacia donde debía ser una especie de cocina―. Que lo hagas ―terminó.

Olaf salió un momento después y sonrió ampliamente a quien seguía. Elsa casi quiso curvar una ceja y preguntarse qué rayos le sucedía, pero enseguida sintió un peso grave en el estómago y se dio cuenta de algo: Olaf era el mejor amigo de Anna. Obviamente él sabía cómo la había tratado antes, lo que se resumía básicamente a que el antes amable muchacho ahora… Bueno, quizá la odiaba demasiado. El café de cortesía era para sacarla.

―Estamos faltos de personal, siento la demora ―escuchó que se disculpaba―. Le daremos unas galletas extra.

Elsa esperó, esta vez más tranquila y tratando de pensar en una forma para sacarle algunas palabras al chico. Cuando al fin se desocupó, volvió a ir hacia la parte trasera y regresó con su café frío.

―Tu pedido ―dijo.

Elsa lo tomó y se relamió los labios, temiendo la reacción de Olaf.

―Así que… ¿Cómo te va?

―Bien ―dijo él, entregándole una servilleta de papel.

No iba a aguantarlo. No podía. Necesitaba saber, ya, en ese momento. Había pasado demasiado tiempo y se iba a poner a llorar ahí mismo si no escupía esa miserable pregunta que le estaba quemando el alma.

―¿Sabes… Sabes cómo está Anna?

Sólo entonces Olaf la miró con rudeza y Elsa casi creyó que le quitaría el café de las manos y luego se lo echaría encima.

―Oh, eso es nuevo. Pero a decir verdad, no tengo idea. Perdí su pista desde su ingreso a la universidad.

No importaba. Elsa sintió, por un segundo, que el alivio volvía a ella. Era la primera vez en casi cuatro años que sabía algo de Anna. Había ingresado a la universidad. Pero… ¿Qué más? Si no era Olaf, ¿quién podía darle información? Su cerebro le pedía a gritos que huyera, que sólo era el primer paso para enloquecer y buscarla. Eso no llevaría a nada bueno.

―Ella entró a la universidad ―sonrió casi con ensoñación―. Obtuvo la beca.

―¿Beca? ―Olaf echó una risotada―. No, ella nunca presentó la obra. Sentía que no le correspondía. Perdió la oportunidad y todos los meses que trabajó en eso. Ella perdió muchas cosas en ese tiempo; pero ganó otras, créeme, no gracias a ti ―Elsa casi sintió la estocada.

Su mente quedó en blanco.

―Ella… ¿se retiró? Pero no pudo, no debía, yo le dije…

―Sí, le dijiste mucho ―Olaf no sonaba como él―. Quizá de más. Pero no te preocupes, por si un día pensaste un poco en el pasado, ella debería estar bien ahora. Fue recomendada a otra universidad. Es Anna, después de todo. Lo va a hacer bien.

Bajó la vista hacia el recipiente que sostenía con las dos manos. Ya la había perdido hace mucho, quizá Olaf tenía razón para tratarla de ese modo. ¿Pero cómo le decía que lo había hecho porque no encontró otra forma de salvarla? ¿Cómo le decía que había pensado en ella todos los días desde la última vez que la vio?

―No pudiste haber dejado de hablarle… ―suspiró―. No eres de ese tipo ―Levantó la vista y lo miró directo a los ojos, luego sonrió de medio lado, derrotada―. No eres como yo, Olaf. No dejas a tus amigos. Sólo… Ni siquiera sé por qué te lo digo pero… Ya sabes, si un día la ves por ahí y… ―negó―. No importa.

Casi pudo jurar que Olaf suavizó los ojos, pero el ruido de la campanita que venía de la cocina y avisaba un pedido que estaba listo lo hizo espabilar.

―Tengo que atender a más clientes, Elsa. Lo siento.

Ella asintió.

―Gracias por el café, la próxima vez traeré efectivo.

Olaf se detuvo.

―¿Próxima vez?

―Estaré en la ciudad por… Unos meses.

―Ah, claro ―dijo el muchacho, de pronto centrándose en el anillo que brillaba en su dedo anular. Elsa casi quiso arrancarse la extremidad cuando se dio cuenta, pero en su lugar sólo abrió los ojos de más y se guardó la mano en uno de los bolsillos.

―No es lo que piensas.

―No tienes que darme explicaciones ―dijo él―. Sólo… ―suspiró―, mira, no quiero sonar como un imbécil, pero en realidad estoy siéndolo en este momento. Y realmente no me interesa. Elsa… Un día me agradaste, mucho, pero me fallaste y caíste tan bajo en mi lista que... Sinceramente ahora mismo me cuesta mirarte a los ojos.

Bueno, la reina de hielo había muerto ahí mismo, porque el gran muñeco de nieve se había convertido en un lobo feroz con colmillos extra afilados. Estaba segura que nadie le había hablado con tanta sinceridad y acidez al mismo tiempo, pero en lugar de sentirse ofendida sintió que cada insulto fue válido. Se encontró asintiendo porque no podía quedarse con las manos cruzadas.

―Igual voy a volver, Olaf.

―¿Por qué? ―preguntó claramente exasperado cuando la campana volvió a sonar.

Ella no pensó mucho su respuesta.

―Porque quizá Anna me importa más de lo que crees.