Hola, queridos lectores. Aquí estamos presentando el penúltimo capítulo de «Más que solo deseo». En el capítulo anterior, Vegeta recibe la petición de anulación matrimonial que él sabe lo alejará de Bulma para siempre. Ella le permitirá ser parte de la vida de su hijo, pero le ha dejado claro de que no puede perdonarlo y que no desea seguir casada con él. Con su vida desmoronándose a su alrededor, Vegeta tiene dos caminos: aceptar la decisión de su esposa o luchar por ella.
¿Cuándo nuestro Príncipe ha huido de una batalla? ¿Qué podrá hacer para que Bulma comprenda que sus sentimientos por ella son y siempre fueron reales?
POV Bulma
Bulma entró en casa con un suspiro de cansancio. Echó un vistazo al reloj sin mirarse el desnudo dedo anular ni pensar en lo que eso significaba. Era casi la una de la madrugada. Vegeta ya debía de haber recibido los documentos.
¿Estaría él de acuerdo con poner un punto y final legal a su matrimonio como si nunca hubiera tenido lugar? Esperaba que sí. Bueno, eso era lo que tenía que querer. Vegeta la había engañado; ella jamás le había importado como él le importaba a ella. Vale, a pesar de no amarla, la había hecho sentirse especial, pero no tenía manera de saber si toda aquella ternura había sido puro cuento o no. No quería confiar de nuevo en él. Despertarse de pronto un día y darse cuenta, demasiado tarde, de que había puesto toda su fe en alguien que estaba destrozando su mundo y rompiéndole el corazón.
Alguien como Zarbon.
Hablarle a Vegeta de su pasado resultó ser una especie de catarsis. A pesar de lo difícil que fue, Bulma creyó que ese hecho les había unido más. Sin embargo, puesto que se había equivocado, estaba determinada a ponerle fin a todo. Si no lo hacía, acabaría por esperar algo imposible y eso sí que sería un error de dimensiones catastróficas.
Por mucho que le doliera, era mejor así. O lo sería algún día. Ahora se trataba de seguir respirando, de poner un pie delante del otro y caminar aunque resultara una agonía. Bulma no comía bien, y lo poco que se obligaba a ingerir era por el bien del bebé. Y dormir… simplemente no podía hacerlo sin tener a su lado el cuerpo cálido y protector de Vegeta. Bulma sabía que era como una vela consumiéndose por los dos extremos: por un lado trataba de sacar adelante el restaurante y, por otro, negociaba con el seguro y los contratistas para reconstruir «Las sayas sexys». Y además, intentaba olvidar a Vegeta. Pero la vida que crecía en su interior era un constante recordatorio de su marido. E incluso, si no existiera el bebé, dudaba que pudiera llegar a olvidarle algún día.
Después de cerrar la puerta principal, Bulma encendió la lámpara más cercana y comenzó a subir la escalera lentamente. Los tacones repicaron sobre el suelo de madera del oscuro pasillo camino del dormitorio.
En ese momento, recordó que no había sonado la alarma cuando entró en casa. ¿Se habría olvidado de activarla por la mañana? Y la puerta del dormitorio estaba cerrada. Bulma frunció el ceño. No dormir ni comer bien debía de estarle afectando. Le habían comentado que, durante el embarazo, algunas mujeres se vuelven muy olvidadizas.
Aun así, ella jamás cerraba esa puerta. Siempre quería ver qué le esperaba dentro de la habitación antes de entrar. Una consecuencia de lo que le ocurrió con Zarbon.
¿Sería posible que Vegeta le estuviera esperando al otro lado de la puerta? ¿Querría sorprenderla para derribar sus defensas?
La posibilidad la llenó de ansiedad. Se suponía que ella quería poner fin al matrimonio, pero mentiría si dijera que no le había añorado cada vez que respiraba. No imaginaba cómo podría haber entrado en la casa. Después de todo, había cambiado las cerraduras. No obstante, era amigo de Gohan y Ten Shin Han, y esos dos podrían entrar en Fort Knox o en la Casa Blanca si les diera la gana.
Bulma suspiró y, con un nudo en el estómago, empujó la puerta, esperando ver que Vegeta había decorado la habitación como la suite para la luna de miel.
Pero no. Sólo vio unas cuerdas en los cuatro postes de la cama con esposas para las muñecas y los tobillos. Contuvo el aliento presa de las náuseas.
Bulma parpadeó y, jadeando llena de horror, clavó los ojos en la escena. ¿Qué demonios…? Vegeta sabía mejor que nadie que ella no soportaba que la ataran. ¿Por qué haría eso? ¿Para probar que ella podía confiar en él? Si quería que se reconciliaran, amenazar con atarla a la cama no era la mejor manera de persuadirla para que le diera a su matrimonio otra oportunidad.
Sintió que la furia la embargaba. ¿Dónde se había metido aquel hijo de perra? ¿En el cuarto de baño? ¿En el armario quizá? ¿Se habría escondido porque sabía que ella no estaría dispuesta a eso?
Cuando se giró hacia el cuarto de baño, casi vomitó al ver quién la estaba esperando.
No era Vegeta el que estaba apoyado contra la pared, sin chaqueta, con la corbata suelta y una afectada sonrisa en la cara.
Comenzó a gritar.
POV Vegeta
Vegeta detuvo el coche delante de la casa que había compartido con Bulma. Aparcó. Se quedó mirando el edificio. Había luz en la salita; ella ya estaba en casa. Maldición. Había pensado interceptarla antes de que entrara a su casa. ¿Le abriría la puerta a esas horas de la noche?
Durante el largo viaje desde la Capital del Sur, no había dejado de preguntarse lo mismo una y otra vez, como si sus pensamientos fueran un bucle sin fin que le llevaran siempre a la misma conclusión: tenía que hablar con ella e intentar arreglar las cosas. No renunciaría a Bulma sin luchar. Tenía que encontrar la manera de convencerla de que la amaba y de que jamás volvería a traicionarla.
Armado con todas esas convicciones, apagó el motor y se enfrentó a la tranquila y fría noche de noviembre. Cuando se acercó a la puerta, le sudaban las palmas de las manos.
Un grito lleno de terror rompió el silencio de la noche. El sonido le puso la piel de gallina. No era un programa de televisión. Era real, humano y muy familiar.
«¡Bulma!».
Corrió hacia la puerta, agarró el picaporte y lo movió. Pero estaba cerrada con llave. Empezó a golpear su cuerpo contra la puerta repetidamente, pero la puerta ni se resentía.
—¡Joder! —¿Las ventanas? ¿La otra puerta? Sabía que todo estaría cerrado. Gohan había dotado la casa con unas medidas de seguridad a prueba de bombas. Lo que le hizo preguntarse quién y cómo habría entrado.
Tenía que encontrar la manera de entrar y decidir qué hacer rápidamente.
Llamar al 911 era la elección lógica… Pero Piccolo no hacía bien su trabajo y no contaba con medios para entrar en la vivienda. Lo más sensato sería llamar a Broly.
Sacó el móvil y marcó el número del guardaespaldas, agradeciendo haber copiado el número del móvil de Bulma después de que ella hubiera «desaparecido».
Broly respondió a instante.
—¿Qué pasa?
—Es Bulma. Alguien ha entrado en su casa. La he oído gritar, pero no puedo entrar porque cambió las cerraduras.
—No me vengas con cuentos estúpidos para intentar acercarte a ella.
—No me jodas, idiota. Dime cómo mierda entrar o te juro que te mataré. —Entonces Bulma volvió a gritar, muy fuerte.
—¡Joder! —maldijo el guardaespaldas cambiando de actitud—. Estoy a más de diez minutos. Te indicaré cómo entrar.
—¿Cómo? ¡Apúrate!—Estaban perdiendo el tiempo. Cada segundo que pasaba, Bulma corría más peligro.
—Rodea el garaje hasta el lateral de la casa. Hay un arbusto de acebo. Detrás hay una lata medio enterrada en la tierra.
Vegeta rodeó la casa corriendo. Ahora estaba justo debajo de la ventana de Bulma. La oyó gritar otra vez y el sonido le retorció las entrañas de terror. ¿De qué servía que Bulma viviera en ese búnker si ahora se encontraba adentro y en peligro? No podía perderla, maldita sea, la necesitaba en su vida.
—Está demasiado oscuro para ver nada. ¡Maldición! ¡Maldición! ¡Maldición!
Lleno de frustración regresó corriendo al coche y cogió la linterna de emergencia. Y de paso la pistola semiautomática que llevaba en la guantera, que se metió en la cinturilla del pantalón, en la espalda…
Los segundos que le llevó llegar de nuevo a la puerta lateral se le hicieron eternos, pero localizó la lata con rapidez y metió la llave en la cerradura.
—Ya estoy en el garaje.
El aire olía a polvo y a hierba. Vegeta quiso encender la luz para no alertar al intruso, pero no conocía muy bien el lugar. Rodeó el cortacésped y el pequeño descapotable de Bulma y se dirigió sigilosamente a la puerta que daba acceso a la vivienda.
—Estoy ante la puerta de entrada a la casa.
—No vas a poder acceder por ahí. Está cerrada y no sé dónde puede esconder Bulma la llave. Si la abres y la alarma está conectada, se pondrá a sonar y alertará al malnacido que la tiene. Tienes que entrar por el desván.
—Ahora voy. —Vegeta saltó encima del coche de Bulma y tiró de la cuerda que bajaba la escalerilla de mano. Subió, iluminando el recorrido con la linterna.
Una vez dentro del desván, se encontró rodeado de cajas con adornos de Navidad y libros contables pulcramente ordenados; no había nada más salvo espacio vacío. El miedo y la impaciencia hicieron mella en él.
—Veo dos puertas muy pequeñas. ¿Dan al alero de la vivienda?
—Sí. Nunca pensé que ayudarla a poner los cables serviría de algo —intentó bromear Broly, aunque el comentario rezumaba tensión.
—La primera parece llevar al tejadillo que hay sobre la salita.
—Exacto. Vete por la otra. Una vez en el alero, síguelo hasta el final. Por ahí podrás acceder al pasillo que lleva a su dormitorio.
—Creo que ya sé adónde va a dar. —Vegeta ya se había fijado en esa puerta.
Atravesó la puerta y rodeó la casa a gatas por el alero.
—Está resbaladizo y es muy estrecho, pero por lo menos tendrás de tu parte el factor sorpresa —le avisó Broly.
Aunque cada segundo que tardaba hacía que Vegeta se angustiara más, estaba de acuerdo en que ése era el mejor plan para entrar. Le llevaría unos minutos pero llegaría directamente a Bulma.
—¿Tienes idea de quién coño ha entrado? —preguntó Broly.
—No.
—Lapis ha sido extraditado a la Capital del Oeste. Al parecer tenía allí pendiente una acusación por asalto. Freezer ha salido bajo fianza.
—¿Crees que podría ser ese idiota?
—Desde luego tenaz sí que es. Y no está bien de la azotea.
Vegeta no podía estar más de acuerdo.
Broly suspiró.
—Hay algo que no debería decirte, pero puede que aclare algo las cosas. Supongo que habrás sospechado más de una vez que no soy guardaespaldas profesional.
—Sí, lo imaginaba. ¿Qué intentas decirme? Habla de una maldita vez —Vegeta se sintió alarmado.
—Soy de Capital del Este, de donde procede Bulma.
«¡Maldición!». A Vegeta no le gustaba el cariz que estaba tomando todo eso.
—¿Qué intentas decir?
—Trabajé de agente en la brigada anti-vicio de la ciudad, aunque ahora soy investigador privado. A finales de junio me contrató un tipo rico para que encontrara a Bulma. Me dio una foto de ella con quince años y la información de que estaba en alguna parte de la Capital del Norte. El tipo me dijo que era su hermana perdida.
Vegeta se quedó helado.
—Zarbon.
—El mismo.
—¿Por qué no has dicho nada antes? ¿Por qué no se lo has dicho a ella?
—¿Para que me echara de su vida? No, gracias. Pensé que era mejor tenerlo todo bajo control.
—¿Crees que puede ser Zarbon quien está dentro?
—No lo sé. —Broly suspiró—. En cuanto localicé a Bulma, lo avisé y me dijo que regresara enseguida. Volví en el vuelo siguiente para facilitarle la información y las pruebas fotográficas. El muy hijo de perra me hizo un montón de preguntas raras, del tipo que si tenía marido o amante… Quién se la tiraba… Si mantenía alguna relación… Parecía obsesionado con Bulma.
A Vegeta se le encogió el estómago.
—Maldición, todos pensábamos que Freezer era la mayor amenaza.
—El concejal está como una puta cabra y no creo que haya recuperado la cordura ahora que está en libertad bajo fianza. ¿No has llegado ya al final del alero?
—Estoy muy cerca.
—Yo también estoy llegando.
Por una vez, agradecería la presencia de Broly. Si algo le pasaba a él, alguien más podría rescatar a su mujer.
—Cuando te diste cuenta de que Zarbon estaba perturbado, ¿regresaste a esta ciudad para proteger a Bulma?
—Sí. No podía traicionar la confianza de mi cliente contándoselo a ella sin arriesgar mi licencia. Él sabía ahora dónde estaba Bulma y lo que hacía. Entonces las cosas comenzaron a descontrolarse, pero yo no tenía pruebas de quién le estaba dejando las notas. Así que me quedé y llamé a algunos de mis amigos para localizar a ese bastardo y asegurarme de que todavía estaba en el Este, mientras intentaba no perderla de vista. Todo habría sido muchísimo más fácil si Bulma hubiera sido mi mujer. La habría mantenido vigilada las veinticuatro horas del día.
Vegeta sintió una llamarada de celos.
—Ésa no es la única razón por la que deseabas a Bulma.
—Oh, claro que no. Me enamoré de tu mujer el día que la vi. —Suspiró—. Pero ella siempre te ha amado a ti. Jamás he tenido nada que hacer con ella.
—Me has inducido a creer más de una vez que te acostabas con ella.
—Esperaba que así te enfadarías, te largarías y yo tendría una oportunidad. Pero eres demasiado necio, maldita sea.
La verdad al descubierto. Broly jamás se había acostado con su esposa. Bulma no le había mentido. Vegeta apretó los dientes. Había sido una puñetera estupidez dejar que los celos tomaran el control.
—Tampoco voy a rendirme ahora —le prometió—. Estoy delante de la salida del alero. Está en el tejado. ¿Al empujar la trampilla baja ya la escalera de mano interior?
—Debería. Pero tendrás que hacerlo con cuidado. La escalerilla de mano hará ruido al golpear en el suelo de madera si la bajas bruscamente.
Bulma gritó de nuevo, un sonido que fue gemido y súplica a la vez.
—¡No! ¡No me toques!
—¿La has oído? —gruñó Vegeta—. No tengo tiempo que perder.
—Tienes tiempo de sobra. Si es Zarbon quien está en el dormitorio con ella, se va a entretener bastante. Hace más de diez años que busca a Bulma. Si tiene intención de matarla, no lo hará rápido. Respira hondo y usa la cabeza.
Las palabras de Broly le retorcieron las entrañas. La ansiedad le inundó. Se la tragó porque si no, no lograría nada.
—¿Llevas algún arma? —le preguntó Broly.
—Sí, aunque lo que más espero es que ese malnacido me dé la oportunidad de cargármelo a puñetazos.
—Te entiendo. Guárdame algo. Tenemos que colgar; necesitarás las dos manos para bajar por la escalerilla y, en cuanto abras la trampilla, él podría oírte.
—Sí. —Vegeta sostuvo el teléfono e intentó tranquilizarse. Tenía que conseguirlo. Tenía que salvar a Bulma o morir en el intento.
Era hábil en la lucha cuerpo a cuerpo, sabía artes marciales y disparaba bastante bien, pero jamás había tenido que poner en práctica sus conocimientos para rescatar a nadie, en especial a alguien a quien amaba con toda su alma.
—Puedes hacerlo —le aseguró Broly—. Lo primordial es que permanezcas tranquilo y no hagas ruido. Usa el factor sorpresa si puedes. Y si no, métele un tiro en cabeza a ese hijo de perra. Voy a llamar a Piccolo ahora mismo. Y yo estaré ahí en menos de dos minutos. Haz lo necesario para mantenerla con vida.
—Gracias. —Vegeta podía ser un guardaespaldas como Broly, pero daría su vida por salvar a su esposa.
POV Bulma
Bulma parpadeó sin creerse lo que veía. Su peor pesadilla había cobrado vida… y estaba en su dormitorio.
—Hola, Bura. Aunque supongo que ahora debería llamarte «puta».
«¡Corre!».
La sorpresa la tenía paralizada y no conseguía que su cuerpo obedeciera las órdenes de su cerebro. Dio un paso atrás, llenó los pulmones de aire y gritó con todas sus fuerzas.
—Grita todo lo que quieras. Hace mucho tiempo que te busco. De hecho, más de una década. Ahora que he conseguido encontrarte, voy a recordarte a quién perteneces. Y sí, las cuerdas son para ti. Por los viejos tiempos.
Bulma tembló sin control. Pero cuando vio que él llevaba un cuchillo de sierra en la mano —idéntico a los que habían encontrado con las notas—, fue su mundo el que se tambaleó.
—Has sido tú y no Freezer, ¿verdad?
Los ojos de Zarbon centellearon con enfermiza ironía.
—Me ha encantado dejarte todas esas notas. Me divertí mucho también destrozando tu dormitorio. Pero no te asustaste tanto como yo quería. Me irrita sobremanera que no seas la misma virgen mansa y apocada, Bura.
No lo era. Pero en ese momento, Bulma se sentía como si tuviera otra vez quince años: incapaz de asimilar que su hermanastro fuera su peor pesadilla, el que le provocaba aquel inmenso dolor mientras la despojaba de su inocencia, forzándola una y otra vez.
—No lo hagas, Zarbon —le imploró, dispuesta a hacer cualquier cosa por el bien de su hijo.
—Ah, entonces recuerdas mi nombre. Qué halagador que no hayas olvidado tu primera vez. Vamos a ver de qué más te acuerdas.
—Vas a matarme. —No era una pregunta. Bulma sentía la respuesta en los huesos.
Él no vaciló.
—Por supuesto. Te mantendría con vida, pero no me gusta la idea de compartirte con ese cocinero de cuarta con el que te has casado.
Los ojos de Zarbon brillaron con una dolorosa promesa mientras se acercaba a ella con una sinuosa sonrisa. Bulma retrocedió.
—Déjame en paz.
—No puedo. Después de que te escaparas fui el hazmerreír de mis amigos. Se burlaron de mí diciendo que te había gustado tan poco el sexo conmigo, que preferiste escaparte de casa que volver a hacerlo.
«¡Es cierto!». Pero sabía que no era aconsejable decirlo en voz alta.
—Comencé a preguntarme si mis amigos tendrían razón. Puede que te resultara un poco doloroso al principio, eras virgen y todo eso, pero estoy seguro de que lo pasamos muy bien.
¿Zarbon pensó que a ella le había gustado lo que le hizo?
—Todo eso forma parte del pasado, Zarbon. Ahora no hay nada entre nosotros.
—Yo soy quien decide eso. Cuando te escapaste, me robaste el control. Y compartiste tu cuerpo con otros hombres. ¡Incluso te has casado! —Zarbon apretó los labios—. Ésa fue una idea muy mala, aunque afortunadamente no durará mucho más.
Con aquella amenaza implícita, Bulma sintió que una hirviente cólera crecía en su interior arrinconando el miedo.
—¡No te atrevas a hacerle nada a Vegeta!
—Él es mi siguiente objetivo. Ahora, ofréceme un buen espectáculo como la stripper que eres. Quítate toda la ropa.
El tiempo de hablar había terminado. Una vez que Zarbon decidía que quería algo, nada le detenía. Podía ser metódico y paciente, jugar al gato y al ratón durante un rato, pero después, se convertía en un bastardo ávido de sangre. Justo estaba en ese punto.
Bulma se negó a seguirle la corriente.
Tenía que encontrar la manera de detenerle y llegar a la puerta. Si se daba la vuelta y echaba a correr, él la atraparía. Bulma llevaba tacones de aguja y él había sido deportista de élite en el instituto. En ese aspecto no tenía nada que hacer. Era necesario encontrar la manera de igualar las tornas.
Retrocedió lentamente hacia la puerta y se arriesgó a mirar por encima del hombro. Lo primero que vio fue el brillante portarretratos plateado; sabía que pesaba mucho.
«Gracias, Vegeta, por tu regalo de bodas».
Le dio la espalda a Zarbon y se abalanzó a por el objeto. Como esperaba, él salió detrás. Pero Bulma estaba preparada. Cuando él se acercó, ella agarró el pesado marco abollado y le golpeó con él en la cara con todas sus fuerzas.
Zarbon retrocedió tambaleándose hacia la pared mientras se tapaba el ojo derecho con la mano.
—¡Perra! Vas a pagar por esto. No sabes cuánto he aprendido en estos catorce años del fino arte del sexo duro, pero estoy dispuesto a enseñártelo.
Bulma no se quedó para oír el resto de aquel repugnante discurso. Se deshizo de los zapatos y salió rápidamente del dormitorio. Se detuvo de golpe cuando Zarbon logró asirle la camisa con el puño. Entonces, su hermanastro comenzó a tirar de ella.
Si permitía que la arrastrara de nuevo al dormitorio, era mujer muerta. Puede que acabara muriendo de todas maneras, pero no iba a rendirse sin luchar.
Miró hacia adelante y se impulsó con todas sus fuerzas. Se rasgó la camisa en dos pero se liberó.
Sabiendo que sólo tenía un segundo de ventaja, atravesó el umbral de la puerta con rapidez, salió al oscuro pasillo y… chocó contra alguien.
Bulma contuvo el aliento. Santo Dios, ¿Zarbon tenía un cómplice?
—Shhh.
«¡Vegeta!».
Quiso hacerle un millón de preguntas, pero no era el momento. El sonido de los pasos de Zarbon resonaba en el suelo de madera. Vegeta la puso a su espalda y luego se apretaron contra la pared, apartándose del camino de Zarbon. Bulma rezó para que, en medio de la oscuridad, él no los viera.
Se apretó contra Vegeta, aliviada de que estuviera allí, pero a la vez preocupada. Zarbon quería matarle y Bulma no dudaba que era capaz de hacerlo.
Vegeta la empujó hacia las profundas sombras cuando Zarbon se acercó lentamente. Ella casi pudo sentir cómo su hermanastro rastreaba el pasillo en penumbra con una metódica mirada y contuvo el aliento, rezando para que Vegeta saliera con vida de aquello. Fuera como fuera.
Entonces, Bulma sintió algo duro contra el estómago. Introdujo la mano entre sus cuerpos y tanteó en la cinturilla del pantalón de su marido. ¡Vegeta tenía un arma!
Él se tensó cuando ella tocó la pistola, entonces meneó la cabeza levemente. Bulma frunció el ceño y bajó la mano. Las armas no le gustaban, pero esperaba que Vegeta tuviera un plan. Se preguntó cuál sería mientras él la apretaba contra la pared. A Bulma le latía tan fuerte el corazón, que temió que pudiera oírse en toda la ciudad.
Zarbon pasó sigilosamente junto a ellos y se detuvo en lo alto de la escalera cuando el estruendo de las sirenas rompió el silencio.
«¡La policía!». Gracias a Dios.
Al oír el sonido, Zarbon levantó la cabeza y gruñó.
—¡Jodida puta! ¿Dónde estás? No has bajado las escaleras, te habría oído. Y ahora ya está aquí la maldita policía. Alguien nos ha interrumpido la diversión, joder, pero te mataré antes de que puedan salvarte para que te revuelques con ese maldito cocinero.
Sin avisar, él encendió la luz del pasillo. Sostenía un arma con la que apuntaba directamente al pecho de Vegeta.
Zarbon parecía realmente asombrado. Pero al momento sonrió.
—Bueno, bueno, ésta es la oportunidad de matar dos pájaros de un tiro.
Bulma no podía respirar. Vegeta todavía tenía el arma en la espalda. Ahora no le daría tiempo de sacarla y disparar. Su hermanastro estaba a punto de matarle. Conocía a Zarbon, sabía que lo haría sin pensárselo dos veces. Dios, lo más probable es que se riera a carcajadas mientras lo hacía.
No podía suceder. Si no tenía a Vegeta, se quedaría destrozada, se apagaría… y moriría.
Se puso de puntillas y miró a Zarbon por encima del hombro izquierdo de Vegeta.
—Déjale marchar. Sólo me quieres a mí. Subiré al coche contigo, me podrás llevar donde quieras, podrás hacerme lo que desees si le dejas marchar.
—¡No! —gritó Vegeta—. Por supuesto que no.
Por un segundo, Bulma sintió esperanza. «Quizá…». Entonces recordó. La única preocupación de Vegeta era el bebé.
—Sé que te preocupa el niño. Pero conocerás a otra persona y tendrás otro hijo. Lo sé.
—¿Un bebé? —gritó Zarbon, dando un paso amenazador hacia ella—. ¿Has permitido que este jodido hijo de perra te haga un hijo?
Vegeta miró el arma, pero la ignoró.
—Ahora mismo no estoy pensando en el bebé, estoy preocupado por ti. Si te vas con él, jamás volveré a verte viva otra vez. Y jamás podré amar a otra mujer ni la mitad de lo que te amo a ti.
Aquellas palabras le hicieron sentir una cálida emoción en el pecho, cayeron sobre su piel como chocolate derretido. Durante ese breve momento —posiblemente el último que pasarían juntos— Bulma quiso creer que eran verdad y que ella significaba algo para él.
Maldición, ¿por qué tenía que darse cuenta de que cabía la posibilidad de que los sentimientos de Vegeta fueran tan fuertes como los suyos justo cuando se quedaban sin tiempo?
No. Zarbon ya se lo había arrebatado todo en una ocasión. No volvería a ser su víctima. Ahora sería él quien saldría perdiendo.
Vegeta tenía un arma y ella sentido común. Había llegado el momento de utilizarlos.
—Me van a hacer vomitar —se burló Zarbon, acercándose más y más, hasta apretar el arma contra la frente de Vegeta—. Ha llegado el momento de poner fin a este romance. Ella debió ser para mí. Ese debió ser mi hijo. Me quitaste todo. Y ahora lo pagarás.
A Bulma se le detuvo el corazón.
Las sirenas sonaban cada vez más cerca. Observó el pánico en la cara de su hermanastro. De un momento a otro, Zarbon haría algo tan impulsivo y temerario como dispararle a Vegeta a quemarropa. No existía ninguna posibilidad de que su marido pudiera coger el arma y disparar con la suficiente rapidez. Sin embargo, ella sí podía utilizar el factor sorpresa.
—Tú. —Zarbon apuntaba a Vegeta con el arma, luego la movió a la izquierda—. Bura es mía. Siempre lo ha sido. Te voy a matar por haberla tocado.
—Maldito, me llamo Bulma —se burló ella—. Te odio y espero que te pudras en el infierno.
Mientras él la miraba lleno de cólera, ella cogió el arma y empujó a Vegeta a un lado. Zarbon se sorprendió lo suficiente para que a Bulma le diera tiempo de empuñar el arma, quitar el seguro, apretar el gatillo y…
«¡Bang!».
Mientras el disparo aún resonaba en el aire, Zarbon se llevó una mano al pecho y se tambaleó. Cuando apartó los dedos de la camisa blanca, estaban llenos de sangre. Una mancha roja comenzó a extenderse por su tórax.
—¡Puta! —masculló Zarbon, oscilando de un lado a otro.
Para completo horror de Bulma, se giró sobre sí mismo y levantó la pistola de nuevo.
Vegeta reaccionó rápidamente y arrancó el arma de las manos de Bulma. Antes de que ella pudiera protestar, él se puso delante para protegerla, apuntó y disparó. El fuerte sonido del disparo reverberó en el pequeño espacio y estalló en sus oídos.
A Zarbon se le fue la cabeza hacia atrás. Cuando se cayó de rodillas, salía un hilo de sangre por el agujero que tenía en medio de la frente.
Abajo se escuchó una conmoción, un fuerte disparo en la puerta principal y el azotar de ésta contra la pared del vestíbulo. Al momento se oyeron pasos en la escalera, justo cuando a Bulma se le vencían las piernas y era tomada por los brazos de Vegeta.
—¿Se encuentra bien, señorita Brief? —preguntó Piccolo, que apareció por la escalera, justo detrás de Zarbon.
—Señora Ouji —le corrigió Vegeta antes de volverse hacia ella—. ¿Bulma? ¿Estás bien? ¿Necesitas un médico?
Ella se levantó y comenzó a sollozar.
—Estoy bien. De verdad... estoy... bien.
Vegeta la abrazó y cerrando los ojos comenzó a acariciar sus brazos y a mecerla como a una niña tras una pesadilla.
—Todo acabo. Tranquila, Bulma... ya todo terminó.
¿Todo acabó? ¿Todo terminó? Noooooo. Todavía falta un capítulo. Este acercamiento entre Bulma y Vegeta sin duda fue real, pero, ¿fue definitivo o motivo de la tensión por la situación con Zarbon? ¿Creerá Bulma las palabras de Vegeta («jamás podré amar a otra mujer ni la mitad de lo que te amo a ti»)?
Se viene el gran final. ¿Cuándo? Este jueves... ¿Dónde? En la pantalla de tu portátil... tu smartphone o tu viejo ordenador con Windows XP que ya no es compatible con ninguna de esas mierdas de programas y sitios con html5.
Se vienen «Inesperada», «Pequeña» y «Salvaje». Muy pronto... Y hay más. No quiero presionarlos, pero yo me pondría como Favorita de mi misma. Allá ustedes. ;)
