A ti que ya no estás, esta es tu dedicatoria:

Quizá mi voz haya sido silenciada,
quizá mis palabras ignoradas,
pero los buenos momentos nunca se irán.
Pues los ecos de nuestros recuerdos,
perdurarán hasta el fin de los tiempos.


"Se quedó observando a la princesa, sin saber por qué al mirarla se sentía inspirada; tras garabatear unas cuántas estrofas decidió titularla 'La Dulce y Siniestra Canción'."

Tan cerca y a la vez tan lejos, tan fácil y a la vez tan difícil, sólo aquella puerta de madera se interponía, aquella misma puerta que tanto la desafiaba a entrar y que tanto le asustaba abrir.

Había perdido la cuenta de cuántos días habían pasado desde que estuvo allí por última vez, las responsabilidades para con el Reino de Caramelo ocupaban toda su agenda y rara vez gozaba de tiempo libre. Acababa de llegar al lugar, la guarida de la Reina de los Vampiros, aquella lúgubre caverna de ambiente templado en la que se hallaba edificada aquella humilde morada, se acercó a la entrada y antes de que pudiese subir los tres escalones, la puerta de blanca madera se abrió. La estaban esperando.

La vampiresa se apoyó en el marco de la puerta mientras esbozaba una pícara sonrisa, miró de arriba abajo a la sorprendida princesa, quien seguramente no esperaba encontrarla ya despierta dada la hora; eran las doce del mediodía de un soleado día de Mayo, la estación de lluvias casi había llegado a su fin y pronto se abriría paso el verano, los últimos días de primavera siempre eran los más traicioneros, tan pronto hacía frío como calor.

Ese día era uno de los cálidos, bajo el sol podía llegar a ser incluso caluroso, por ello la princesa llevaba su rosado pelo recogido en una coleta alta. Su look era primaveral, vestía unos shorts color burdeos y una camiseta de tirantes negra junto con una sudadera rosa sin mangas con capucha que usaba a modo de chaqueta, calzaba unas ligeras zapatillas negras con cordones rosas que hacían juego con el resto de su ropa.

Marceline volvió a subir la mirada, el tenue brillo de la tiara real le había llamado la atención, incluso en aquel sombrío lugar la corona lograba resplandecer. No podía decir lo mismo del rostro de Bonnibel, parecía apagado, consumido por el cansancio y marcado por unas ojeras que eran levemente disimuladas por sus gafas.

"Perdón por llegar tarde, he tenido un imprevisto de última hora." Dijo mientras forzaba una sonrisa.

"Tú siempre llegas tarde Bonnie." Se hizo a un lado y la invitó a entrar. "Pero viendo el careto que traes…" Cerró la puerta una vez ella estuvo dentro. "¿Qué ha pasado? ¿Has tenido que ayudar a tus guardias a encontrar su inteligencia? Eso agotaría a cualquiera." Bromeó.

No pudo evitar reírse por lo bajo. "Eso no tiene gracia Marceline." Carraspeó intentando disimular.

"Pues te has reído." Esbozó una sonrisa burlona.

"Sí, bueno, es gracioso porque es cierto." Antes de sentarse en el sofá, palpó la superficie de tela roja, todavía recordaba lo incómodo que era sentarse en él, pero extrañamente los cojines estaban mullidos y hasta parecían confortables. "La verdad es que han pasado muchas cosas desde la última vez que nos vimos."

"Ya me han contado unas cuantas." Se dirigió hacia la cocina. "Una pena que me perdiese el combate del año." Rio entre dientes. Se refería a la pelea con la Princesa del Espacio Bultos.

"Para tu información, empezó ella." Se mostró algo indignada. "Además, también intentó cargarse la boda de Trompy."

"¿Ah sí? Creí que te la habías cargado tú metiendo a todos en la cárcel." Se asomó por la ventana interior de la cocina y al ver la cara de mala leche que tenía la princesita empezó a reírse a carcajadas. "Es broma mujer, ya sé que fue para intentar cazar al idiota ese, me sorprende que haya vuelto, hay que ser estúpido para meterse otra vez en la boca del lobo, aunque éste sea de caramelo."

"Tú lo has dicho…" Suspiró. "De todas formas, le tengo vigilado, aunque no tanto como me gustaría, tengo demasiadas cosas que atender últimamente, sin ir más lejos ayer unos zombis corrosivos venidos de las Tierras Baldías atacaron la ciudad, por suerte pudimos repelerlos a todos." Descolgó la pequeña mochila azul que llevaba a su espalda y la colocó a su lado. "Al menos he podido solucionar ya de una vez por todas lo del Condado del Limón… aunque fuese cambiando de sexo durante unos días." Se recostó en el sofá. "Disculpa, no sé por qué te cuento todo esto."

"¿Hola? ¿Te convertiste en un tío? ¡¿Por qué nadie me contó eso?!" Estaba indignada, había perdido una de las mejores oportunidades para reírse de la princesa.

"Porque nadie lo sabe." Puso los ojos en blanco y suspiró. "Además, sólo me hice pasar por tío para cuidar de Limoncín y hacerle entrar en razón."

"Y voy yo y me lo pierdo…" Salió de la cocina portando una gran taza humeante. "Toma, creo que te vendrá bien."

La princesa tomó la cálida taza entre sus manos. "¿Café? ¿Lleva veneno?" Dijo con recelo.

"Si quisiese matarte lo haría de otra forma más divertida Bonnie…" Sonrió con malicia. "Sólo trato de ser amable, tú dale un sorbo aunque sea, ya verás cómo te gusta."

"¿Quién eres tú y qué has hecho con Marcy?" Preguntó con incredulidad. Le resultaba demasiado extraño su comportamiento, todavía recordaba la discusión que tuvieron la última vez que se vieron, al igual que recordaba la manera en la que Marceline se marchó.

"Oh vaya, me has descubierto, soy una impostora y tengo a la verdadera Marcy encerrada en un armario." Soltó una exagerada risa malvada. "Y ahora que sabes mi secreto, te obligaré… ¡a beberte el café!" Hizo un amago de abalanzarse sobre ella mientras se reía. "Venga, que me traes un careto de no haber dormido que flipas."

"¿Tan mala cara tengo?" Bajó la mirada y observó con detenimiento como las virutas chocolate que coronaban la bebida iban fundiéndose lentamente sobre la espuma blanca. "La verdad es que llevo semanas sin dormir bien." El dulce aroma del café acarició su nariz, olía realmente bien. Al final se decidió y le dio un sorbo, un cálido y delicioso sabor inundó su paladar. "Vaya… está muy bueno, me gusta el toque de vainilla y chocolate."

"Ves, te dije que te molaría." Sonrió. "Me ha dado por aprender a cocinar, pensé que quizá la comida normal me ayudaría a mantenerme fuerte ya que sólo el color rojo… bueno, ya sabes."

"Ahora que lo mencionas… te he traído algo, tal y como te dije en el mensaje." Abrió la mochila y sacó un frasco de color rojo traslúcido, la tapa era blanca y estaba etiquetado con las iniciales de la vampiresa. "Es una solución temporal." Le entregó el frasco. "Las pruebas que he realizado en el laboratorio han sido positivas y deberían funcionar correctamente."

Marceline desenroscó la tapa y agitó el frasco hasta que parte del contenido cayó sobre la palma de su mano. "¿Es algún tipo de medicina?" Examinó con curiosidad las pequeñas cápsulas de brillante color carmesí.

"Sí y no." Dio otro sorbo al café. "Cada píldora contiene una gota de sangre, diversas vitaminas y otros componentes, al liberar su contenido dentro de tu organismo podrás mantenerte fuerte y saciada. O al menos, esa es la teoría."

"Intentar saciarme con sólo una gota de sangre es igual de efectivo que si una Carpa Mágica usa el ataque Salpicadura." Protestó.

"Si te alimentases de forma natural, a la larga el toxi-virus se adaptaría, y cada vez necesitarías más y más sangre, acabarías matando a alguien. Con estas cápsulas es como si engañases al señor virus y a la vez te mantienes fuerte. ¿Entiendes?" Percibió la frustración de Marceline en su mirada. "Necesito que confíes en mí, si esta solución temporal funciona podremos ir a por el antídoto, si tenemos que adentrarnos en territorio inhóspito quiero que estés fuerte."

Una mueca de resignación se dibujó en el rostro de Marceline. "Está bien… ya que te has tomado tantas molestias para drogarme no voy a hacerte el feo."

"Lo mismo podría decir yo con lo del café." Rio entre dientes. "Si mis cálculos son correctos, una sola pastilla puede mantenerte fuerte durante tres días."

"Entonces mejor me las tomo todas de golpe y ya está." Miró a Bonnibel en busca de aprobación.

"El efecto no se acumula boba. Empieza por tomarte una ahora, también como ya dije, una dieta adecuada en rojo y comida normal debería alargar su efecto." El disgusto seguía presente en la cara de la morena. "Vamos, no me mires así, que a nadie le amarga un dulce."

La vampiresa apretó los labios hasta formar una fina línea, no le gustaba nada todo aquello, la Reina de los Vampiros tomando vitaminas para mantenerse fuerte, qué dirían sus enemigos si lo descubriesen. Tomó una de las cápsulas y se la introdujo en la boca, esperaba un sabor desagradable, pero al masticar la píldora por accidente, notó un sabor familiar. "Dices que hay una gota de sangre por pastilla, ¿de quién es?"

"Qué más da, es sangre fresca y sana, si eso es lo que te preocupa." Dio un largo trago de café.

"Ajá…" Empezó a sospechar. "Si me dices de quién es, te diré el ingrediente secreto de aquel sándwich que te hice…"

Bonnibel alzó una ceja. "¿Un trato? Pero si tú no los respetas…"

"Esta vez sí, va hagamos el trato, tú me dices de quién es la sangre y yo te digo el ingrediente secreto." Hacer tratos con la princesa podía ser algo peligroso a veces, pues podía llegar a ser más enrevesada que su propio padre, el Señor de la Nochesfera.

"Muy bien, hay trato. Tú primero." No estaba dispuesta a quedarse sin nada como la última vez que pactó algo con ella.

"Vino especiado." Afirmó. "Ese es el sabor que no lograste descubrir."

"Tiene sentido… el vino especiado ya de por si tiene varios matices, pero, ese tipo de bebida es realmente antigua, en el pasado sólo se tomaba en los lugares muy fríos, y estoy completamente segura de que en el Reino de Hielo no la elaboran. ¿De dónde lo has sacado?" Inquirió.

"De la botella, de dónde lo voy a sacar si no." Bromeó. "He cumplido, dime de quién es."

"La sangre es de alguien." Sonrió falsamente, quería saber de dónde había sacado el vino, y hasta que no lo supiese no revelaría la identidad del donante.

"Eh, eso no vale, yo te he dicho lo que querías saber." La acusó con la mirada.

"Te he dado información del mismo valor que la que tú me has dado, aunque no sé, siempre podrías hacerme cambiar de opinión diciéndome dónde has conseguido ese exclusivo vino y si hay más de una botella." Aunque parecía una tontería, aquel vino era todo un hallazgo, su valor podía llegar a ser incalculable.

Marceline bufó. "Lo encontré por casualidad en unas ruinas del antiguo continente, ya sabes que hay todo tipo de sitios intactos, supongo que habrá más botellas en más sitios. ¿Contenta?"

"Interesante, si te digo la verdad, aunque antaño ese vino fuese muy común en las zonas frías, la receta se perdió en el tiempo, eso lo hace valioso." Explicó. "El vino mejora con los años, y esas botellas tienen siglos… con razón estaba tan bueno tu sándwich."

"Pues tengo más botellas de otros tipos, muchas más. Si te portas bien quizá te las enseñe algún día." Sabía que eso intrigaría más a la princesa. "Pero en fin, que me digas de quién es de una vez."

"No vas a dejar de insistir hasta que lo diga, ¿verdad?" La vampiresa sonrió, no iba a disuadirla por mucho que lo intentase. "Vale…" Suspiró. "Es mía, pensé que ya que era culpa mía que estuvieses así… me siento responsable, por eso hago este pequeño sacrificio." Bajó la mirada, una triste sonrisa se dibujó en su rostro.

"¿Incluso después de todo este tiempo sin hablarnos por aquella pelea?" Inquirió con recelo, también recordaba como si fuese ayer la discusión tan acalorada que tuvieron la última vez que se vieron.

"Aunque no te hablase, ni tú a mí, te prometí que siempre iba a estar para ti. Y aquí estoy..." Dijo sin levantar la mirada.

Marceline se quedó en silencio durante un instante, no recordaba esa promesa, sin embargo alargó la mano y tomó el rostro de Bonnibel por la barbilla para poder mirarla a los ojos, seguidamente rozó sus labios con la yema del dedo pulgar mientras esbozaba una sonrisa de complicidad, al acabar de recorrerlos se llevó el dedo a la boca. "Hacía rato que tenías un bigotillo de espuma, y me sabía mal dejártelo después de lo que has dicho." Soltó una risita.

"Eres…" Lanzó su mirada de desaprobación. "Incorregible." Se bebió lo que quedaba del café, asegurándose de limpiarse los morros después y se levantó del sofá.

"Va no te enfades, sólo bromeaba." Se levantó también del sofá. "Espera, no te vayas aún, tengo que darte algo."

"¿Otro hachazo?" Se cruzó de brazos, incómoda ante la situación.

"No…" Suspiró, se sentía algo culpable. "Tú espera aquí, ¿vale?" Se apresuró en subir por las escaleras que llevaban al dormitorio.

Chicle tenía ganas de largarse de allí, pero no lo hizo, le costaba horrores dejar de lado su orgullo y sincerarse, aunque fuese de forma torpe, y Marceline siempre parecía mofarse de ella cuando lo hacía, cosa que le sentaba terriblemente mal.

Tras un par de minutos esperando, la vampiresa finalmente volvió al salón, se dirigió junto a la princesa, tomó su mano derecha y la miró a los ojos. "Un trato es un trato." Dijo mientras depositaba un pequeño objeto metálico sobre su palma.

La princesa miró el objeto con detenimiento. "¿Es lo que yo creo que es?" Marceline asintió. Lo que le había entregado no era otra cosa que la llave de la cabaña que había en el Santuario.

"Hice trampas al transformarme durante la pelea... tú fuiste quien ganó la apuesta." Bajó la mirada y se frotó el brazo, estaba algo nerviosa. "Por culpa de eso tú acabaste malherida y sé que una llave no lo compensa, pero es un comienzo, uh… creo."

Bonnibel sonrió, ese pequeño detalle por parte de Marceline había logrado hacerla feliz. "Tiene mis iniciales grabadas por lo que veo."

"Ehm… sí, es por si la pierdes… espero que no, sólo existen estas dos, sin ellas ni siquiera puedes ver el Santuario y encima son difíciles de replicar. Además, si alguien ha de tener la otra quiero que ese alguien… seas tú." Un leve rubor se apoderó de sus mejillas.

"Qué mona, no tenía ni idea de que pudieses llegar a ser así de dulce." Le dio un pequeño empujón en el hombro para tranquilizarla. "Sabes… tengo todo el día libre, podríamos ir por ahí a pasar el rato." Sugirió.

"Oh… ehm… ¡claro!" El entusiasmo se abrió paso entre la vergüenza. "¿Qué quieres hacer?"

"¿Te molaría ir a hacer carreras de coches?" Propuso algo del gusto de la vampiresa.

"¡Sería brutal!" Abrió los ojos como platos, le encantaba la idea. "Pero… ¿de dónde sacaríamos los coches?"

"Hace tiempo que tengo un par almacenados en el gran taller de palacio, me hubiese gustado arreglarlos algún día, pero nunca tenía tiempo y cuando dejé de fabricar las unidades Robochicle, cerré el taller." Se refería a un modelo de unidades robóticas anterior al cuerpo de Guardias Banana, tuvo que destruirlos porque suponían un peligro para la ciudad. "El otro día, mientras buscaba las últimas piezas para arreglar a TR4s-T0, volví a abrir el taller y allí seguían los coches, les faltan unos cuantos retoques pero podrían funcionar igual."

"La verdad es que suena realmente divertido…" Se sentó en el reposabrazos del sofá, parecía fatigada. "Uf..."

Bonnibel se acercó a ella y posó su mano sobre la frente de Marceline. "Hmmm… confiaba en que esto no pasase, ¿estás muy mareada?" Inquirió con preocupación. "Ven, será mejor que te tumbes un rato…"

"Parece que la que al final has sido tú quien me has envenenado." Bromeó.

"Bueno, en parte es culpa mía." Se sentó junto a ella. "Desarrollé las cápsulas con las muestras que te tomé hace un mes, pero en ese tiempo tus genes vampíricos se han debilitado más." Ahuecó uno de los cojines para que su amiga estuviese cómoda. "Por ponerte un ejemplo, es como si obligases a alguien a luchar en la nieve estando completamente desnudo…"

"Menudos ejemplos pones, pervertida." Rio entre dientes.

"Jolín, lo que quería decir es que tu cuerpo se está resintiendo por haber tardado demasiado en tomar la medicina." Suspiró con algo de pesar. "Disculpa, tenía tantos asuntos que atender que no pude crearla antes… pero no te preocupes, es cuestión de horas que tu cuerpo se adapte, te lo garantizo." Acarició su pelo con cariño.

"Pues ya que eres mi médico, deberías quedarte conmigo esas horas, ya sabes, por si acaso." No quería renunciar al plan de pasar el día con ella.

"Claro, dalo por hecho." La cogió de la mano. "Igualmente, en el estado que están los coches, no correrían mucho, es más, creo que acabarían explotando." Soltó una risita. "Los repararé para poder ir a toda mecha, aunque el tuyo tendrás que tunearlo tú a tu gusto."

"Woah… eso va a molar." Estaba algo sorprendida por la actitud de la princesa. "No tenía ni idea de que pudieses llegar a ser… divertida."

"Hey, soy divertida, pero no con todo el mundo." Frunció el ceño. "Además, hoy te he notado distinta, más… no sé, madura. Y eso tiene su recompensa."

"Soy una persona madura, pero no con todo el mundo." Su voz era tan calmada que logró desconcertar a la princesa. "Pero ya basta de rollos, que no quiero sentirme más pocha aún, hagamos algo, va."

"Vaya, por un momento habías logrado convencerme de que de verdad habías madurado." Intentó chincharla para animarla. Marceline se incorporó, sentándose junto a ella, sonrió y apoyó la cabeza en su hombro. "Podríamos ver alguna peli o serie, y puedo cocinar algo para comer."

"Hah… cocinar dice." Empezó a reírse, normalmente tenía la nevera casi vacía, y ese día no era una excepción.

La princesa se dirigió a la cocina y al abrir el refrigerador, tan sólo encontró un puñado de cosas rojas tanto saladas como dulces, leche, huevos, varios tipos de siropes y chocolate de todos los colores. "Mejor pidamos unas pizzas…" Se asomó a la ventana interior de la cocina. "¿Las pides tú? Lo digo porque es tu casa y tal…" Después de lo ocurrido con PEB y Jake, no quería que la gente cotillease sobre ellas otra vez.

"¿Y? ¿Te da cosa que te vean conmigo?" Se mostró algo molesta.

"No." Respondió rotundamente. "Creía que ya sabías que Jake estuvo cotilleando sobre nosotras."

"Pf… mira que le dije que dejase el tema, maldito chucho, ¿te fue a ti con el cuento?" Todavía recordaba lo pesado que se puso en su día.

"Peor, a PEB." La morena se quedó a cuadros, la Princesa del Espacio Bultos era la encargada de escampar rumores por doquier, lo sabía muy bien, pues fue algo que tuvo que sufrir durante la última gira de las Reinas del Grito.

"Eso me da mal rollo, ¿ha publicado algo?" Lo que menos deseaba era volver a salir en las portadas de prensa.

Bonnibel se quedó en silencio durante unos instantes, su rostro se ensombreció. "Ya me encargué de que eso no sucediese." Dijo con voz fría y calmada.

La mirada de la princesa era gélida, tan gélida que a la vampiresa se le pusieron los pelos como escarpias. "A veces puedes llegar a ser realmente siniestra." Intentó usar su don y ver más allá de sus ojos violetas, pero sólo vio oscuridad. "Qué has hecho… dímelo."

"Hice lo que ella me pidió, nada más." Intentó justificarse.

"Dilo." Insistió.

Bonnibel resopló, tenía la sensación de estar en un interrogatorio. "Le borré la memoria mandándola a un punto anterior en el tiempo." Salió de la cocina y se quedó de pie frente a su amiga.

"Pero qué…" No llegaba a entender como la monarca del Reino de Caramelo, la mismísima encarnación de la dulzura, podía llegar a ser tan retorcida. "Creo que eso es un castigo excesivo, incluso para alguien como PEB."

"No es lo que piensas, horas antes de que eso pasase me robó la máquina del tiempo y exilió a su propio novio en otra dimensión, sólo por celos." Se puso a la defensiva. "Eso es como si hubiese matado a alguien inocente. Cuando la encontré me suplicó que la enviase atrás en el tiempo." Intentó mantener la compostura. "Me lo suplicó..." Reiteró. "Dijo que no quería recordar lo que había hecho…" Bajó la mirada. "La ignorancia da la felicidad, supongo." Sonrió con amargura. "Puede que parezca, cruel, siniestra, y todo lo que tú quieras, pero hice lo que debía, porque si la información hubiese salido a la luz, ten por seguro que lo hubiesen utilizado en nuestra contra."

Sin mediar palabra alguna la vampiresa se levantó del sofá y la abrazó. Podía sentir las agitadas pulsaciones, el frenético ritmo de la sangre corriendo por sus venas, acercó su rostro al delicado cuello de la princesa hasta que rozó la suave y cálida piel. Poco a poco los latidos fueron calmándose, y cuando en calma estuvieron el abrazo fue correspondido.

Marceline se separó unos centímetros de ella y la miró a los ojos sin dejar de agarrarla por la cintura. "Siempre se te ha dado mejor que a mí eso de solucionar problemas chungos, supongo que es lo que tiene ser una cerebrito." Soltó una traviesa risita.

Bonnibel esbozó una sonrisa de complicidad, deslizó sus manos hacia el rostro de la diablesa y lo sostuvo con ternura. "Marcy…" El anhelo se apoderó de los brillantes ojos turquesas cuando la princesa posó su mirada en ellos. "¿Significa eso que vas a pedir tú las pizzas?" Se liberó con amabilidad del delicado abrazo y fue coger algo de la mochila azul.

El desconcierto se apoderó de la ingenua reina, quien por un momento creyó que la princesa la recompensaría con un beso. "Siempre tan sentimental, ¿eh?" Dijo irónicamente.

"Y eso que las hachas no son lo mío." Respondió a modo de indirecta.

"Ya veo ya…" Marceline suspiró. "Está bien, ya las pido yo entonces, pero tendrás que traerme el móvil, está arriba sobre la mesita de noche." Volvió a recostarse en el sofá.

Siguiendo las indicaciones de su amiga, subió a la habitación, seguía igual de desordenada que siempre, cosa que no la sorprendía en absoluto, el camino hacia la mesilla parecía una carrera de obstáculos, caminó con cuidado intentando no tropezar con nada de lo que había tirado por el suelo. Cuando tuvo el móvil de Marceline en su poder se lo guardó en el bolsillo de la sudadera, acto seguido sacó el suyo y mandó un mensaje a alguien.

+"Cancela todos mis compromisos de hoy."

-"Todos? Incluso la reunión con el Príncipe Okra? (゚ペ)"

+"Es una reunión a distancia. Dile que tenemos problemas técnicos y ya está."

-"Bueno, como desees… Puedo incendiar el ordenador? Sería un problema técnico! σ(ε) "

+ "No Menta, nada de incendiar cosas! (;¬_¬)"

-"Jo… ¿Y qué hago con el resto de citaciones?"

+"No sé, invéntate algo, lo que sea. Voy a tomarme todo el día libre."

-"Día libre con tu amienemiga? Ten cuidado no te muerda! (ಠ_ಠ)"

Una vez hubo acabado de darle indicaciones a su mayordomo, guardó de nuevo su móvil en el bolsillo. No solía cancelar nunca sus compromisos, pero la ocasión lo merecía, ya se encargaría mañana de resolver cualquier desastre que ocurriese durante su ausencia.

De camino a las escaleras, pasó junto al escritorio, observó la gran cantidad de papeles tirados que había sobre él, parecían borradores inacabados, se acercó para echar un vistazo esperando encontrar entre ellos el de la canción que escuchó a hurtadillas días atrás.

"¡Hey Bonnie! ¡Deja de cotillear mis cosas!" Gritó Marceline desde el piso de abajo al notar que su amiga tardaba demasiado.

¿Cómo lo ha sabido? Caviló mientras clavaba su mirada en el hueco de la escalera, tras unos segundos de desconcierto volvió a ojear los borradores, hasta que encontró el que buscaba, la canción se titulaba 'En Plan Filosófico', la hoja de papel estaba algo arrugada y llena de tachones, pero la letra escrita a lápiz podía leerse casi a la perfección. No pudo evitar sonreír con algo de amargura, esa canción había estado en su cabeza desde el día en que la escuchó, y ahora por fin sabía cómo se titulaba.

Se apresuró en dejar los borradores en el mismo orden desordenado en el que los había encontrado y bajó de nuevo al piso de abajo. "¿Cotillear dices? Tu habitación parece una carrera de obstáculos sacada del programa Humor Amarillo." Le entregó el móvil, el cual se desplegó tomando su forma habitual de lamprea azul.

"Anda ya." Dijo mientras tecleaba el número de la pizzería. "Mi leonera es perfecta tal y como está." Añadió.

La princesa puso los ojos en blanco. "Creo que debes de tener toda la ropa salvo lo puesto tirado por el suelo, me sorprende incluso que estés vestida." Se quedó mirando el grotesco dibujo de la camiseta de Marceline.

Al igual que su amiga, también vestía de corto pero a diferencia de ella llevaba el pelo suelto y algo revuelto. Como no tenía intención de salir de casa iba en calcetines y llevaba puestos unos viejos shorts azules. La susodicha camiseta era negra y de manga corta, con un dibujo de lo que parecía ser una especie de rata zombi amarilla con cola en forma de rayo, que tenía los sesos al descubierto y le faltaba un ojo.

"¿Por?" Alzó una ceja y la miró con curiosidad. "¿Esperabas encontrarme desnuda?"

"Eh…" La pregunta la pilló desprevenida. Antes de que pudiese responder, la pizzería atendió la llamada, se limitó a guardar silencio mientras la morena encargaba la comida. "Lo decía por tu camiseta." Respondió de forma inmediata después de que Marceline colgase.

"Te lo has pensado, ¿eh?" Rio entre dientes. "Ni siquiera has dicho nada cuando he pedido tu pizza con piña."

"¡¿Cómo?! ¡Pero si sabe súper mal!" Puso cara de asco.

La vampiresa soltó una carcajada. "Tranqui, que es broma, aunque sería una buena tortura…" Sonrió. "La camiseta es de un videojuego llamado Monstruos de Bolsillo, es muy famoso, creía que lo habías jugado."

"Ya lo sabía, sólo me resultaba curioso que el bichete fuese un zombi." Decidió pagarle con la misma moneda. "Es más, si te portas bien puede que quizá algún día te enseñe mi colección." Con suerte lograría tentarla para que así le dijese dónde conseguir el vino.

"Hah… me molaría enfrentarme a ti, ¡seguro que te gano!" Le entusiasmaba la idea.

"Por favor, no tienes nada que hacer contra mi Serpiente de Acero." Hizo una mueca de desdén mientras se ajustaba las gafas. "Además, seguro que mi Dragón de Ite debilita a todo tu equipo con sólo un movimiento."

"Eso habrá que verlo, hemos cruzado las miradas, me debes un combate." Entrecerró los ojos y tras un breve silencio ambas empezaron a reírse.

"¿Te encuentras mejor?" Inquirió Chicle.

"Algo, es como si esa maldita pastilla me hubiese quitado toda la fuerza… ¿seguro que no era veneno?" Bromeo.

"Oh sí, envenenar gente es mi pasatiempo favorito." Rio entre dientes. "Discúlpame, no quería que te sentase mal la medicina, si te sientes muy pachucha puedo prepararte algo de sopa de pollo, Madre Chicle sabía preparar una muy buena…"

"No estoy segura, pero creo que la he probado." La princesa parecía totalmente desconcertada ante su afirmación.

"¿Cuándo?" Inquirió. Parecía algo imposible de creer, pues el día en que Marceline conoció a Madre Chicle fue el mismo día de su muerte. "¿La conociste antes de que yo naciese?"

"Creo que sí, fue hace mucho…" Suspiró. "Cuando era niña enfermé y Simon intentó conseguirme algo para hacerme sentir mejor, entonces ella apareció y nos dio un bote de sopa de pollo junto con un abrelatas." Esbozó una amarga sonrisa. "Han pasado ya casi tres meses desde… uhm, ¿qué tal estás?"

"Estoy bien." La trágica pérdida aún era reciente, había ocurrido poco tiempo antes de que encontrase el Diario Sangriento, no acababa de acostumbrarse a su ausencia, había estado siglos junto a ella y era difícil hacerse a la idea de que ya no la volvería a ver.

"¿Lo que recuerdo es real? ¿Estuve allí cuando…?" Debido a los últimos sucesos, no tenía la certeza de que los recuerdos que compartía con su amiga fuesen todos reales.

"Debe serlo, los otros que estuvieron allí también lo recuerdan." El momento en que Madre Chicle pasó a mejor vida fue presenciado no sólo por ellas dos, si no por otras ocho personas más.

Marceline guardó silencio, todavía se sentía culpable al respecto, tanto ella como los otros habían contribuido sin saberlo a la evaporación y posterior muerte de Madre Chicle. "Debería disc…"

"No." La interrumpió. "Tú fuiste la única que me defendió del resto cuando mentí para protegerla, no necesitas disculparte por lo que pasó, además, fue culpa mía, estaba tan ocupada con el reino que la descuidé y…" Se quedó muda.

Madre Chicle era un ser antiguo que se extendía por gran parte del continente, surgió del subsuelo del planeta a causa de la Guerra del Gran Champiñón. Al construirse el Reino de Caramelo fue confinada en lo profundo de la ciudad para ser protegida dada su extrema sensibilidad e inocencia, no obstante con los siglos las instalaciones se deterioraron provocando filtraciones de masa en todo el subsuelo de la ciudad, incluidas las peligrosas mazmorras.

Cuando la princesa quiso darse cuenta ya era demasiado tarde para salvar a su debilitada madre, pues aquellos que combatieron a los presos liberados inconscientemente por Madre Chicle, aquellos a los que la misma princesa pagó para erradicar la amenaza criminal, aquellos nueve, fueron quienes la tomaron por un monstruo que debía ser eliminado.

Quizá por eso pone tanto empeño en descubrir el misterio del diario de mamá, quizá sólo trate de agradecerme que la defendiese de los demás aquel día… Pensó.

Ahora que sabía que esos recuerdos eran reales no podía quitarse de la cabeza el recuerdo de Bonnibel llorando desconsoladamente mientras Madre Chicle se evaporaba entre sus brazos, fue la primera y última vez que la vio llorar. "No es culpa tuya, sólo fueron una serie de… desgracias."

"Sí." Afirmó seriamente zanjando así el tema. "¿Has recordado más cosas aparte de eso?" Cogió la mochila azul y se la colgó al hombro. "Mi teoría, es que los recuerdos que sólo tú y yo compartimos han sido manipulados, mientras que en los que hay más gente involucrada son reales." Se dirigió hacia la entrada. "Deberíamos ir contándonos lo que vamos recordando, para ir descartando, estoy un poco harta de tanta incertidumbre."

"Y yo, oye, ¿dónde vas?" Preguntó al ver como la princesa se disponía a salir.

"He tenido una idea." Sonrió. "Volveré en un momento, seguro que llego antes que las pizzas." Salió cerrando la puerta tras de sí.

La vampiresa se quedó mirando la puerta, no entendía a qué había venido eso, pero tratándose de Bonnibel cualquier cosa era posible. Se quedó tumbada en el sofá con la mirada clavada en el techo, todavía se sentía débil por los efectos de la tan odiada medicina. Cerró los ojos y suspiró, quizá si descansaba un poco se sentiría mejor y disfrutaría de la compañía de la princesa, si es que volvía, no es que la visita hubiese empezado con buen pie y temía haberla espantado.

Media hora después, el sonido del timbre la despertó, se había quedado dormida sin querer a causa de la fatiga, se levantó de mala gana a abrir la puerta y recibió al pizzero con un bostezo. "Hey…" Dijo con desgana.

"H-Hola…" El pizzero tragó saliva, estaba hecho un manojo de nervios, no todos los días podía uno entregarle una pizza a una estrella del rock. "A-Aquí tienes… t-tal y como has pedido."

Cogió las tres cajas, después de prácticamente tener que arrancarlas de las manos del repartidor. "¿Cuánto te debo?" Alzó una ceja, le resultaba gracioso el comportamiento del chaval.

"Nada, ya están pagadas." Dijo con gesto de preocupación.

"Esto es raro, ¿quién ha sido?" Abrió la primera caja para comprobar que no se habían equivocado.

"La Princesa Chicle." Se quitó la gorra y empezó a retorcerla para intentar tranquilizarse. "Vino p-personalmente al local y dijo que como manager de tu grupo debía asegurarse de que no poníamos piña en ninguna de tus pizzas…"

"Ah… vaya, está en todo, tendré que subirle la paga." Bromeó. "Bueno, gracias." Esperó a que el repartidor se fuese pero este se quedó mirándola con ojitos de cordero degollado. "¿Pasa algo?"

"Esto… puedes… ¿firmarme un autógrafo?" Sacó un bolígrafo del bolsillo superior su anorak rojo, con tan mala suerte que se le resbaló de las manos, cuando lo recogió se le cayó la gorra, y cuando recogió esta se le cayeron el resto de cosas que tenía en el bolsillo. "Vaya… mierda… ui, perdón, no quería decir…"

Marceline soltó una risita. "Tranqui." Dejó las cajas sobre el sillón que había junto a la entrada, el cartón estaba demasiado caliente para seguir sujetándolas. Tomó la arrugada gorra junto con el bolígrafo y plasmó su autógrafo en la visera.

"G-Gracias…" Cogió de nuevo la gorra y admiró la firma. "Puedo preguntar… ¿Cuándo será vuestro próximo concierto?"

"Ohm…" No tenía ni idea. "Pronto." Era lo único que se le había ocurrido, por suerte esa respuesta pareció contentar de sobras al joven pizzero.

"¡Genial!" Exclamó entusiasmado. "Bueno… tengo que… irme, si no mi jefe me echará la bronca." Rio nervioso.

"Chao, ten cuidado no tropieces al salir." Se quedó apoyada en el marco de la puerta, observando cómo el chaval se alejaba hacia la salida, justo antes de cruzar el umbral de la cueva, tropezó. Nada más perderlo de vista, escuchó el graznido de un halcón y segundos después vio al repartidor pasar corriendo por delante de la cueva, volvió a tropezar en el mismo sitio que antes y cayó de bruces. Cuando Mañana, el gran halcón de la Princesa Chicle, se acercó al aterrorizado repartidor, éste se levantó como buenamente pudo y empezó a gritar mientras huía despavorido.

La perpleja princesa entró en la cueva y se dirigió hacia la casa. "¿Pero qué le pasaba a ese crío? Mañana sólo trataba de ser amistoso." Dijo cuando estaba frente a la entrada.

Marceline no podía parar de reírse a carcajadas. "Oh Bonnie, eso ha sido muy bueno, hacía tiempo que no me reía tanto, ahora sí que creo que eres divertida." Dejó que pasase dentro y cerró la puerta. "Oye, podrías traer a tu halcón al próximo concierto, molaría pegarles un buen susto a los fans."

"¿Estás de coña?" La miró fijamente. "Vale, lo dices en serio."

"¡Claro que sí! Imagínate…" La agarró por el hombro y alzó la mano, como si estuviese proyectando su idea sobre una pantalla imaginaria. "Tocar un solo brutal y en el momento en el que se hace ese breve silencio… ¡BLAM! Aparece tu pájaro sobrevolando a toda mecha a los fans."

"Er…" No parecía convencida.

"Vamos, sería la caña. A demás, tú eres la manager." Esbozó una pícara sonrisa.

"Dejé de ser…" Entrecerró los ojos, la había descubierto. "Tsk, debería haberlo asustado más por chivarse, maldito niñato."

"¡Hah! Te he pillado." Sonrió satisfecha. "Vamos arriba que tengo gusa, coge tú las pizzas anda." Se aferró a la escalera con las pocas fuerzas que le quedaban y subió al piso de arriba. "Joder, parezco una abuela…" Dijo al dejarse caer sobre el sofá rojo de su habitación.

"Bueno, ya tienes edad para serlo." Dijo por lo bajinis desde el piso de abajo.

"¡Te he oído! Exclamó Marceline.

"Eso es que tu sonotone funciona bien…" Susurró mientras subía por las escaleras con las tres pizzas.

"Eso también lo he oído, eres una mala persona Bonnie." Puso un tono de voz dramático. "Vas por ahí formateando cerebros, envenenando a la gente, aterrorizando a la críos con tu pájaro gigante y ahora te ríes de una pobre y desvalida enferma…" Se llevó el dorso de la mano a la frente. "Oh, pobre de mí…"

"Y lo dice la misma tía que se dedica a asustar a sus fans y a robar botellas de alcohol como pasatiempo." Colocó las cajas sobre la mesita que había junto al sofá.

"Eh oye, no es robar si están en un sitio abandonado." Se cruzó de brazos fingiendo indignación.

"¿Te fijaste si el nombre de las botellas te salía en rojo?" Preguntó fingiendo seriedad.

"¿Qué?" Alucinó. "Oh por favor, pero que chiste tan malo… eso es… realmente friki, incluso para ti." Soltó una sonora carcajada.

Bonnibel sonrió, no solía hacer comentarios de ese tipo, pero cualquier cosa valía con tal de mantener animada a Marceline. "Voy a por las bebidas." Bajó de nuevo al piso de abajo y se dirigió hacia la cocina, sacó un par de bebidas de su mochila azul y dejó el resto dentro de la nevera, procuró colocar las botellas de una forma en la que no dejasen ver lo que había escondido tras ellas.

Mientras esperaba a que la princesa subiese, empezó a ojear las películas y series que tenía por ver. "¿Qué prefieres pelis o alguna serie?" Preguntó nada más vio asomar la cabeza de la princesa por el hueco de la escalera.

"Depende, ¿qué series tienes?" Dejó los refrescos tamaño extra grande junto a las pizzas.

"Bueno… tengo, Historias de Horror Americanas, Terrible y Sangriento Centavo, Doctor Quién, Los Caminantes Muertos, Tronos que Juegan, El Naranja es el Nuevo Negro, Teoría del Big Bang, Steven Universal…" Dejó de rebuscar. "Esas son las de aquí, aunque en el ordenador tengo más."

"Vaya… la verdad es que he visto casi todas, aunque la del Doctor Quién tiene tantos episodios que nunca puedo estar al día con los nuevos." Refunfuño. "Mejor vemos una peli."

"Valep, tengo todas las del Peluche Diabólico, ¿las has visto?" Preguntó entusiasmada.

"Er… sólo la primera, y me pareció algo… no sé. ¿Quién se cree que un asesino en serie se meta en un peluche?" Se encogió de hombros. "Es decir… si yo fuese una asesina en serie no me metería en el cuerpo de un muñeco de trapo, si no que me metería en el de un súper robot, o un coche…" Se quedó pensativa imaginando la cantidad de posibilidades que había antes que la de elegir un peluche.

"¡Qué dices! ¡Al ser un muñeco pillarías a todos desprevenidos!" Protestó. "Y encima nadie sospecharía de ti." Añadió para intentar convencerla.

"Bueno el factor sorpresa es importante, pero un muñeco puede ser destruido fácilmente, creo que lo más lógico sería convertirse en un programa de software, podrías meterte en cualquier objeto electrónico cuándo y dónde quisieras." Concluyo.

"Tía, eso se llama Red del Cielo, y sale en las películas del Terminador Robot." Le tiró un cojín.

"Sigue siendo la mejor opción." Le devolvió el cojín. "¿Qué otras pelis tienes?"

"Bueno, un montón, si lo que quieres es un maratón, tengo sagas que molan, como las de La Sierra Asesina que Ve, El Anillo Único, La Guerra de los Espacios…" Enumeró.

"¿La Guerra de los Espacios? ¿No ha salido hace poco la séptima? Dicen que está bastante bien." La verdad es que no tenía mucha idea de películas.

"Bueno… el robot pelota es gracioso, pero el malo es un llorica." Explicó. "Las otras son mejores, en mi opinión vaya, puedes creerme a mí o verla y juzgar por ti misma."

"Te creo, oh gran Maestra Procastinadora." Soltó una risita.

"Procast… ¿qué?" Le lanzó otro cojín, pero la princesa lo esquivó. "En fin, viste la primera de Huella de Calor en casa de Finn, en una de las noches de películas, tengo las tres siguientes, ¿las has visto?"

"La primera me moló bastante la verdad, no sabía que había otras tres más." Abrió la primera de las cajas de pizza, y el suculento aroma a carne asada mezclada con queso, tomate y especias la hizo salivar.

"Al fin, algo que te gusta." Abrió el portátil y pasó las cuatro películas al pendrive. "Qué rapidez, a este paso no vas a dejarme ningún trozo."

"Sólo comprobaba que no tenían piña." Farfulló con la boca ya llena de pizza.

La vampiresa empezó a reírse. "Tus modales son exquisitos nena." Puso el pendrive en la entrada del televisor de aspecto retro y lo encendió.

"Soy una princesa, debo tenerlos." Se limpió la boca con delicadeza utilizando una servilleta de papel. "Creo que esta es la tuya." Le entregó la pizza que llevaba rodajas de tomate, extra de salsa barbacoa y kétchup. "¿No te daban pesadillas los tomates?"

"No sabía que recordases eso." Alzó una ceja estaba algo asombrada, no era un detalle que supiese mucha gente.

"Tengo buena memoria, ya lo sabes." Abrió la tercera caja, dentro de ella había un calzone vegetal junto con varias cajas de aperitivos, patatas fritas, palitos de pan de pipas, nuggets de pollo y galletas de queso. "Hmmm…" Se decantó por las patatas fritas, sin embargo al meterse una en la boca Marceline se la quedó mirando fijamente. "Vale, vale, no me mates con la mirada." Le entregó la caja de patatas a regañadientes y se acomodó en el rincón del sofá, la vampiresa seguía mirándola fijamente. "¿Y ahora qué pasa?" Frunció el ceño confusa.

"Estás en mi sitio." El sofá era rinconero, y el lugar en el que la princesa se había sentado era el único que permitía tumbarse cómodamente, ver bien la televisión y estaba en un punto intermedio entre el frío de la escalera y el calor de las lámparas.

"Discúlpame, pero me he sentado primero y no voy a moverme, aunque… podemos compartirlo." Había sitio de sobras para las dos.

Marceline ladeó la cabeza ante la proposición de la princesa, sin embargo decidió quedarse donde estaba. "Nah, prefiero la pizza." Atenuó las luces y puso la película.

Durante la primera de las cuatro películas se quedó en la otra punta del sofá, tenía un hambre voraz y acabó con su pizza antes de que terminase la película.

"¿Has visto las otras tres?" Preguntó Chicle cuando finalizó la película.

"La cuatro no, salió hace poco." Se percató de que todavía quedaba la mitad de su pizza. "¿Te vas a comer lo que te queda?"

"Uhm… no, aunque no lleva mucha salsa barbacoa ni tomate." Le entregó la caja con la media pizza. "Si que tienes hambre… pareces hasta mortal." Dijo al ver cómo absorbía rápidamente el poco rojo que contenía la pizza. "Sólo has dejado estos palitos de pan de pipas…" Probó uno. "Y son para mí." Aquel aperitivo tan simple le había encantado. "Hay más refresco abajo, ¿quieres que vaya a por otra botella? Así me hago un café de esos."

"No creo que te quede igual de bueno que a mí, pero vale, tráeme otra botella de dos litros." Dijo tras decolorar otra porción, cuando se hubo zampado todos los trozos de pizza se tumbó en el sofá, tenía el estómago bien lleno, tan lleno que hasta le daba pereza apoderarse del rincón del sofá ahora que estaba libre.

Minutos después la princesa subió la escalera usando sólo la mano derecha, pues llevaba bajo el brazo izquierdo la botella de dos litros de refresco y el café en la mano, era la única forma de no hacer dos viajes. Le dio la botella a Marceline y volvió a sentarse en el rincón del sofá. "Me resulta curioso que tengas tantas cosas para hacer café o postres, sobre todo siropes."

"¿Por qué es raro?" Se medio incorporó en el sofá.

"Todas son dulces, ¿qué intentabas cocinar?" Inquirió con curiosidad, pero la vampiresa guardó silencio y apartó la mirada.

"Sobre eso que has dicho de ser mortal…" Volvió a mirarla. "¿Crees que podrías curarme el vampirismo?"

"Bueno, podría intentarlo…" Dio un sorbo de café. "Pero, ¿a qué viene esto?"

"He estado pensándolo… yo no elegí serlo, y mucho menos ser la Reina. Quizá lo de haber enfermado es una señal del destino." Dio in largo trago de refresco. "No sé, algún día tengo que madurar, ¿no?" Miró a la princesa en busca de aprobación.

Bonnibel no supo muy bien qué decir, le resultaba tan extraño que Marceline dijese eso, no parecía ella. "Mira… puedo ayudarte con lo de buscar una cura, pero la decisión de usarla es sólo tuya. De todas formas, si lo que quieres es madurar…" Antes de acabar la frase cambió de idea. "Diga lo que diga no va a funcionar, durante la gira tenía que ir siempre detrás de ti para que hicieses las cosas, incluso para que te cambiases de ropa interior."

"Hah… sí, recuerdo eso." Soltó una risita. "En fin, supongo que me lo pensaré mejor antes de decidirme, además, primero tenemos que resolver nuestro misterio, y el del diario."

"Ahora que lo mencionas, ¿tu madre se llamaba realmente Hera?" Dio otro sorbo de café. "He estado pensando en ello, por la forma en la que escondía los textos importantes, los que necesitan tu sangre, he llegado a la conclusión de que era un nombre en clave. Creo que si lo dejó a simple vista fue por algo."

"¿Nombre en clave?" Parecía descolocada ante la idea. "No lo sé, no es que tuviese oportunidad de conocerla a fondo, desapareció cuando yo apenas tenía 7 años, siempre pensé que había muerto, ya lo sabes."

"Disculpa." Sintió que había metido la pata.

"Llevas todo el día disculpándote Bon." Se acercó a ella y recostó la cabeza en su regazo. "Sigamos viendo las pelis anda."

La princesa alargó el brazo y cogió el mando para reproducir la siguiente película, sin embargo no podía apartar la mirada de la hermosa cabellera de color azabache, que aun estando revuelta lucía brillante y sedosa. Empezó a acariciarle el pelo, era realmente suave. "No sé cómo haces para tener el pelo tan bien…"

"Sólo me lo lavo de vez en cuando, no es que haga nada raro." Se tumbó boca arriba y la miró. "Oye, ¿crees que quedaría bien de rubia?"

"Ugh, no creo que sea buena idea." Le apartó los mechones de la cara.

"Pero es que llevo un milenio con el pelo negro, he probado todos los estilos, y creo que por una vez debería cambiar de color, aunque sólo fuese para probar." Giró la cabeza para ver la película.

"Pero si tu color natural es genial Marcy, no te tiñas." Siguió acariciándole el pelo con delicadeza, era incluso más suave que la más fina de las sedas.

Marceline no podía prestar atención a la película, aunque le daba lo mismo, era una de las que ya había visto. Cerró los ojos, prefería disfrutar de las caricias como si de un animalillo se tratase. "Sólo intentaba copiar el sabor de tu sangre." Dijo pasados unos minutos.

Chicle dejó de acariciarle el pelo, no estaba segura de haberla escuchado bien, pues había estado prestando atención a la película. "¿De qué hablas?"

"Es lo que intentaba cocinar." Intentó no ponerse nerviosa, no sabía cómo reaccionaría la princesa ante esta afirmación.

"Oh…" Se percató de que estaba respondiendo a su anterior pregunta sobre los siropes. Por una parte se sintió halagada, pero por otra preocupada. "Cualquiera diría que soy tu plato favorito." Bromeo.

"Quién sabe…" Aunque le repugnaba el olor de su sangre, deseaba beberla cada vez que la veía, pero tenía muy presente que no debía morderla por el bien de su amistad, ya que siempre que lo había hecho había desatado la ira de la princesa, por eso había buscado alternativas culinarias, aunque ninguna había tenido mucho éxito.

Esa insinuación parecía confirmar lo que ya sospechaba, estaba en uno de los primeros puestos de la lista de cosas comestibles, eso explicaba las dos veces que se había abalanzado sobre ella estando hambrienta, le daban escalofríos sólo de recordarlo.

Trató de no pensar en ello en ese momento y disfrutar de la película, empezó a acariciarle el pelo de nuevo, no entendía por qué le resultaba tan adictivo hacerlo, quizá por la suavidad extrema tan agradable al tacto. Al cabo del rato, la princesa se percató de que Marceline se había quedado dormida en su regazo, decidió dejarla dormir, ya había visto las dos películas siguientes, no se iba a perder nada.

Ya a mitad de la tercera película, en el transcurso de una escena de acción con muchas explosiones la Reina despertó. "Pero qu…." Se sentó en el sofá. "¿Cuánto llevo sobando?"

"Shhh… Mister Torgue está apunto de derribar el Helicóptero Infernal que ha estado robándole el calor a la gente del submarino." Dijo la entusiasmada princesa.

"Pfft… parece mentira que no sepas que los helicópteros siempre explotan en las películas." Bostezó.

"Gracias por el spoiler, maldita." Volvió su mirada a la pantalla y efectivamente, el helicóptero acabó explotando, a manos del Lanzamisiles Cabronazo, el arma secreta del protagonista.

"Uh… no ha sido para tanto." Se levantó del sofá, y tras estirarse fue al cuarto de baño para lavarse la cara y despejarse un poco.

"Ya que estás de pie, hazme un café, así me compensas por lo del spoiler." Dijo a modo de sugerencia, aunque más que sugerencia parecía una orden.

La vampiresa asintió, tras lavarse la cara seguía estando espesa, le vendría bien estirar las piernas para acabar de despertarse. Bajó al piso de abajo sin problemas, a juzgar por el momento en el que se encontraba la película había estado casi tres horas durmiendo, esa siesta le había sentado mejor que la anterior, al parecer cuanto más dormía mejor se sentía.

Cogió los ingredientes de la nevera como si de un autómata se tratase, mientras la leche se calentaba miró la hora en su teléfono móvil, eran casi las siete y se había pasado la mitad de la tarde durmiendo.

Cuando hubo preparado la dulce bebida volvió al piso de arriba. "¿Por qué no me has despertado?" Le entregó la humeante taza.

"Ya habías visto las pelis, además suponía que estabas cansada o algo, y también porque estabas muy mona durmiendo." Sonrió.

"Eh… vale." Trató de no ruborizarse. "Si no me hubieses acariciado el pelo no me hubiese quedado sobada, ¿no tienes un gato para esas cosas?" Dijo con algo de indignación, le molestaba haberse quedado dormida.

"Es que tú tienes el pelo mucho más suave que Timmy…" Volvió la mirada al televisor para prestar atención a la película, ya quedaba poco para que terminase.

"¿Desde cuándo tienes un gato?" Frunció el ceño, conocía a todas las mascotas de Chicle y ninguna de ellas era un gato.

"Oh, desde hace un tiempo." Bebió algo de café, estaba sedienta, no se había movido del sofá desde hacía horas para no despertar a su amiga. "Por cierto, gracias por el café, está igual de rico que el de esta mañana."

Poco rato después la tercera película de la saga Huella de Calor finalizó. Mientras la princesa se despejaba en el cuarto de baño Marceline aprovechó para quitarle el sitio, así también evitaría que volviese a acariciarle el pelo, por mucho que le gustase que lo hiciese, no quería quedarse otra vez dormida.

"No me apetece seguir siendo tu gato, espero que no te importe." Dijo nada más ver a la princesa salir del baño.

"¿Significa eso que es mi turno?" Preguntó con curiosidad mientras se terminaba el café.

"Uh… claro, por qué no." Sin esperarlo, la princesa gateó por la parte del sofá en la que Marceline estaba recostada hasta quedarse justo encima de ella, Bonnibel esbozó una pícara sonrisa y se tumbó a su lado, abrazándola por el costado izquierdo. "No te cortas un pelo, ¿eh?"

"¿Por qué debería?" Se acomodó en su regazo.

"No sé, quizá porque estás usando mis tetas de cojín, por ejemplo." No sabía a ciencia cierta si la princesa lo había hecho a propósito, pero el detalle le resultaba muy gracioso.

"Ah… disculpa." Un leve rubor se apoderó del rostro de Bonnibel, por suerte para ella Marceline no lo había notado. Se deslizó unos centímetros hacia abajo y apoyó su cabeza en la tripa de la morena.

"No pasa nada, ¿eh?" Soltó una risita. "Simplemente, me ha hecho gracia." Cogió el mando a distancia y puso la cuarta película. "Aunque si te pones tan cómoda te vas a quedar sobada tú también."

"Lo dudo, me he tomado tres cafés gigantes." Tenía mucha fatiga acumulada por el estrés y a pesar de haber tomado tanto café seguía estando somnolienta. Notó como la vampiresa le acariciaba el pelo con torpeza. "Como acaricies de la misma manera a los animales van a huir todos de ti."

"Mi habilidad para acariciar está subida al máximo, es culpa de tu sombrero." Refunfuñó.

"Y dale con lo de que es un sombrero… ¿no tienes tú una corona o qué? Al fin y al cabo eres una reina." Siempre se había preguntado si su amiga criticaba su tiara porque ella no tenía una.

"Bueno…" Se quedó pensativa durante unos instantes. "Podría decirse que soy alérgica a las coronas, ¿trauma infantil quizá?" Bromeó. "Igualmente, ¿para qué quiero una? No sé, creo que una verdadera reina o rey no necesita demostrar que lo es, la gente lo sabe nada más verlos sin necesidad de una corona." La despojó de la tiara con sumo cuidado, dejándola en la parte libre del sofá. "Deberías probarlo algún día."

"En mi caso no es tan sencillo Marcy…" Suspiró mientras miraba su querida tiara descansando sobre el mullido sofá, se sentía algo desprotegida sin ella puesta. La vampiresa reanudó las caricias, esta vez ya no le daba torpes tirones de pelo, eran incluso agradables.

La película estaba de lo más interesante, en esta última entrega de Huella de Calor, se resolvía por fin el misterio de la primera película, Marceline había visto la película entera, sin embargo cuando ésta finalizó, se dio cuenta de que a pesar de las tres tazas de café Bonnibel se había quedado dormida.

"¿Bonnie?" Susurró. Dudó entre despertarla o no, estaba realmente adorable, parecía sacada de un cuento de hadas, tan inocente y bella que al verla así nadie imaginaría lo fría y retorcida que podía llegar a ser a veces.

Metió la mano por el hueco del sofá y sacó una libreta con un bolígrafo enganchado dentro de los muelles. Se quedó observando a la princesa, sin saber por qué al mirarla se sentía inspirada; tras garabatear unas cuántas estrofas decidió titularla 'La Dulce y Siniestra Canción'.

Un rato después, cuando estaba medianamente satisfecha con lo escrito, decidió despertarla, escondió la libreta y empezó a pellizcarle los mofletes.

"Agh… ayy… ¿Qué haces?" Se frotó la dolorida mejilla. "¿Me he dormido?" Bostezó. "No lo entiendo, estaba prácticamente nadando en cafeína…"

"Y decías que no te ibas a quedar sobada…" Volvió a pellizcarle los mofletes.

"Ugh… ¡estate quieta!" Cogió el cojín más cercano y se lo estampó en la cara. Llevaba semanas sin poder descansar a causa del estrés, ni siquiera en la más oscura de las noches. "¿Qué hora es?" Preguntó, pero la vampiresa se encogió de hombros, se levantó del sofá y miró la hora en su móvil. "Son casi las once, debería de irme, que ya es tarde..."

"Puedes quedarte a dormir…" Dijo sin apenas pensárselo. "Si quieres vaya, la verdad es que hacía tiempo que no dormía tan bien…" En su rostro se dibujó una tímida sonrisa. "Además, eres mi doctora, ¿no se supone que me tienes en observación o algo de eso?"

"Bueno… yo… sí que debería vigilar tu recuperación, pero…" Se había quedado perpleja ante la proposición. "No tengo pijama."

"Eso se puede arreglar." Se dirigió al armario, rebuscó en él algo de ropa y se la lanzó a la princesa. "Eso te sirve." Le había lanzado una camiseta gris talla XXL con el símbolo de prohibido fumar en rojo.

Bonnibel se quedó mirando la camiseta. "¿Y qué hay de los pantalones?"

"¿Para qué los quieres? Úsala como un camisón, es lo que yo hago." Se dejó caer sobre la cama.

"Ah… bueno, vale." Dio media vuelta y se metió en el servicio, no quería cambiarse de ropa en frente de su amiga. Seguía creyendo que era demasiado precipitado quedarse a dormir en su casa, sobre todo desde que Marceline había insinuado que su sangre era su preferida, no podía evitar desconfiar, no es que le apeteciese despertarse al día siguiente con dos agujeros en el cuello.

La camiseta le quedaba gigantesca, ciertamente parecía un camisón, aunque la idea de no llevar pantalones no le hacía mucha gracia.

"¿Te daba vergüenza cambiarte aquí o qué?" Rio entre dientes. "No tienes nada que yo no tenga."

"Tenía que ir al baño igualmente." Mintió. "Así que daba lo mismo." Dejó su ropa en el sofá y se dirigió junto a la cama. Antes de entrar en la cama, se quitó la goma que le sujetaba el pelo, dejándolo caer sobre sus hombros como si de una rosada cascada se tratase.

Marceline se quedó anonadada al mirar a Bonnibel, incluso con una vieja camiseta estaba hermosa. "¿Ves como no necesitas una tiara? Incluso llevando esa ropa se nota que eres una princesa…" No daba crédito a lo que acababa de decir.

"¿Tienes fiebre? No es muy propio de ti el decir esas cosas." Se quitó las gafas y las dejó sobre la mesita de noche. Se metió en la cama, las sábanas estaban frías y le provocaron un escalofrío cuando entraron en contacto con sus piernas. "Hmmm… no es tan incómoda como esperaba."

"Últimamente he usado más los muebles, será por eso." Apagó las luces y abrazó a la princesa, recostando la cabeza en su pecho.

"¿Quién usa a quién de cojín ahora?" Dijo Chicle entre risas.

"Es mi cama, uso de cojín lo que me apetece." Replicó.

Amparadas por la oscuridad de la habitación, al fin pudieron descansar, pues ambas necesitaban ese descanso, un descanso de sus vidas, de ellas mismas, una desconexión que sólo lograban estando juntas.

Ese breve periodo de paz terminaría al día siguiente cuando el tiempo muerto hubiese finalizado, pero tenían toda la noche por delante hasta entonces. Una noche que ciertamente, ninguna de las dos jamás olvidaría.