–25–
Sigyn echó un vistazo por la ventana para volver a controlar el tiempo que hacía. A pesar de que la mañana se había levantado despejada, plúmbeas nubes oscuras se habían ido acumulando durante todo el día y ahora permanecían revolviéndose amenazadoras sobre el cielo, presagiando tormenta.
–Espero que al final no llueva –oyó que Frigga comentaba por detrás de ella–. Sería una pena que, después de todo lo que hemos trabajado, la ceremonia se estropee por algo tan tonto. Tal vez no debimos organizarla al aire libre.
Sigyn se encogió de hombros.
–Nadie podía suponerlo, ha estado haciendo un tiempo espléndido. Pero no se puede controlar todo en la vida. Aun así, es una pena que Thor no sea realmente un dios que pueda controlar las tormentas, ¿verdad? –terminó con una sonrisa que la reina imitó.
–Mi hijo sólo sabe desatar tormentas, no contenerlas –bromeó de buen humor–. De todas formas, has tenido una buena idea disponiendo esa carpa por si acaso.
–Siempre es bueno prevenir –Sigyn se acercó a su suegra y puso una mano en su hombro para tranquilizarla–. Pero no te pongas en lo peor. Ya verás cómo no llueve y tenemos una boda preciosa.
–Bueno, esto ya está –oyeron anunciar a la costurera, y ambas mujeres se volvieron para ver por fin el resultado final de la preparación de Nanna vestida por fin de novia.
–¡Oh, querida! –a Frigga por poco se le saltan las lágrimas– Estás tan bonita.
Sigyn sonrió, su suegra siempre se ponía muy emotiva con ese tipo de cosas. Ella, en cambio, permaneció seria mientras analizaba el conjunto, buscando la perfección.
La verdad era que Nanna resultaba una visión adorable. Sigyn había sugerido que el color para su vestido que mejor combinaría con su tono de tez y cabello sería el rosa claro, y Frigga había hecho bien fiándose de su gusto porque había acertado totalmente. Amatistas, granates y otras piedras preciosas adornaban los puños y el cuello, mezclándose con algunos azabaches que Sigyn había considerado que formarían un contraste bonito con tanta palidez.
Pero lo que más adornaba a Nanna no era su vestido, ni las joyas, ni los suaves tirabuzones dorados que coronaban su peinado. Lo que mejor la hacía verse era su bello rostro arrebolado de ilusión, radiante de poder unirse por fin al hombre al que amaba.
–¿De verdad? –preguntó tímidamente– ¿Estoy bien?
–Estás mejor que bien, mi niña –declaró Frigga, y buscó la confirmación de su nuera– ¿Verdad que sí, hija?
Sigyn seguía observándola con ojo crítico.
–El vestido es soberbio, desde luego, pero hay algo que… Espera un momento –se acercó a Nanna–. Lo que falla es el peinado, demasiado rígido para ti. Te han peinado como si fueras mucho mayor; y eres una jovencita preciosa, tienes que lucir como tal –tomó un peine y, poniéndose de puntillas, sacó unas cuantas horquillas de su sitio y se puso a jugar con los mechones, suavizando el posible efecto demasiado formal del recogido. Tenía experiencia en peluquería desde su juventud, de cuando peinaba a la propia Frigga. Cuando terminó, volvió a echarse hacia atrás para volver a examinarla, y sonrió contenta–. Ahora sí, estás perfecta. Ahora puedo decir sin lugar a dudas que en mi vida he visto una novia ni la mitad de bella que tú.
–¡Vamos, Sigyn! Eres demasiado dura contigo misma –comentó Frigga–. Tú también estabas muy hermosa cuando te casaste, ¿recuerdas?
La sonrisa de Sigyn se desvaneció por un momento, y reapareció de nuevo pero con un matiz falso muy diferente del que había estado mostrando hasta entonces.
–Me parece que fue hace mil años de eso –repuso, y se dirigió hacia la ventana de nuevo para que ni su suegra ni su futura prima política pudieran ver la repentina palidez que había acudido a su rostro.
La más mínima alusión a cualquier cosa que tuviera que ver con Loki ahora le producía ansiedad. La trastornaba y la enfurecía hablar de él, pensar en él, recordarle, ¡todo! El único motivo por el que la ceremonia de esponsales de Nanna y Balder no la alegraba todo lo que debía era porque allí no tendría más remedio que verle, aunque hubiera dado cualquier cosa por no tener que hacerlo. Pero él le había ordenado que estuviera allí y ella ya no se atrevía a desobedecer. A saber qué podría hacer él si ella volvía a desafiarle.
Habían pasado dos semanas desde aquella fatídica noche en la que ella había caído de nuevo en sus brazos para ser después abandonada y herida de la manera más cruel, tanto que ella no había podido soportarlo más y se había desmoronado, llegando a llorar delante de él y a suplicarle; algo que se había jurado que no haría jamás. El recuerdo la avergonzaba tantísimo que cada vez que acudía a su memoria sentía como si la quemaran con un hierro al rojo vivo, pese a los esfuerzos que había hecho por borrarlo de su mente.
Aquella noche había pasado los momentos más dulces de los últimos años. Aunque su mente aún se resistía, su cuerpo y su corazón se habían rendido a la evidencia de que aún lo amaba con todas sus fuerzas, y deseaban creer en sus palabras cuando repetía: "Esta vez no. Esta vez será diferente". Se había entregado a él en cuerpo y alma, y luego él la había abrazado con ternura –¡qué ser más perverso!– y mirado como si realmente la amara, lo cual hizo renacer en ella todas sus esperanzas. Sólo para que apenas un momento después él le revelara que todo había sido otro más de sus juegos: "No es nada personal. Ya sabías que no debías tomártelo en serio". El mensaje implícito era claro: "Eres una estúpida por haber vuelto a caer".
Aquel mazazo la sumió en una desesperación tal que ya no pudo más, pero sus llantos no conmovieron ni un ápice a aquel monstruo, que encima se había burlado de ella y después se había marchado con un portazo, no sin antes volver a amenazarla para que siguiera cumpliendo sus órdenes. Aquello era más de lo que ni ella, que ya estaba acostumbrada a aguantar bastante, podía soportar.
De nuevo regresaron arrolladores esos deseos de morir que no sentía desde hacía años; y sin pensar, desnuda y desgreñada como estaba, se abalanzó sobre su tocador, abrió uno de los cajones y extrajo la daga que se había llevado del estudio de su marido y que había guardado allí, sin saber muy bien qué hacer con ella. Si Loki se hubiera quedado un minuto más, sin duda ella habría intentado utilizarla contra él, cualesquiera que fueran las consecuencias. Pero ahora que se había ido, sólo sentía deseos de volverla contra ella misma y hacer que aquella agonía acabara.
Otra vez fue el pensar en sus hijos lo que la hizo soltar el arma. ¿Cómo iba a dejarlos solos? Sus niños, que dependían de ella para quererlos, cuidarlos y animarlos y evitar que se convirtieran en lo que su padre era. Dejó caer la daga, y en un acceso de rabia agarró lo primero que pilló de su tocador, uno de sus frasquitos de perfume, y lo estrelló contra la pared, haciéndose éste mil pedazos. Un aroma dulzón se esparció por el dormitorio mientras ella se arrojaba sobre la cama sin dejar de sollozar, y así fue como se durmió y como se despertó al día siguiente: llorando de pena y de odio.
Aquella suprema humillación había sido la estocada final para su orgullo. En realidad, pensaba ahora severamente y con la calma que daba la perspectiva de las dos semanas transcurridas, le estaba bien empleado. Aquello no había sido culpa de Loki sino de ella, por haber confiado, por haber tenido la menor esperanza con él. Ojalá que eso le sirviera de lección y aprendía de una vez por todas, aunque fuera a base de ese tipo de golpes, que de su marido lo único que podía esperar era dolor y mentiras. Y a ver si dejaba ya esos pensamientos inmaduros y estúpidos sobre querer morir cada vez que él se lo demostraba. Mientras sus hijos siguieran allí, era por ellos por los que tenía que preocuparse, y no por su propio y débil corazón y mucho menos por aquel cerdo embaucador, embustero, falso, y una larga ristra de calificativos más que se le ocurrían ahora y que no terminaría nunca.
Antes había pensado que le odiaba, pero ni siquiera había empezado a saber lo que era el odio. Ahora sí que le odiaba de verdad. Deseó tener, sólo por un instante, la autoridad de Odín para poder abrir el Puente Arco Iris y mandarlo de una patada a Jotunheim. Si Angerboda quería casarse con él, podía quedárselo todo para ella: Sigyn se lo regalaba con todas sus bendiciones. Sonrió maliciosamente ante la peregrina idea. Heimdall estaría encantado de colaborar; ella no sabía por qué, pero siempre había detestado a Loki. Bueno, sí sabía por qué: porque su marido era un bastardo traicionero que disfrutaba haciéndose odiar, seguro que algo le habría hecho al guardián.
La reina se aproximó a ella:
–¿Estás bien, querida? Te veo algo pálida.
–¿Qué? Oh, sí, claro. No te preocupes.
Años atrás, ellas dos habían estado allí, en esa misma situación, sólo que era Sigyn la que iba a desposarse. Recordándolo, sintió un repentino e inesperado arranque de ira contra su suegra. ¿Por qué le había dicho que Loki la quería, si el tiempo había demostrado que era todo lo contrario? ¿Por qué había hecho elevarse sus ilusiones y esperanzas, para que fueran aplastadas después de la forma más cruel? Pero probablemente no era culpa de Frigga. Seguramente Loki le había mentido también a ella, aunque la razón se le escapaba.
–Tengo que salir un momento, ¿te quedas con Nanna?
–Desde luego, Frigga.
Mientras las sirvientas daban los últimos toques al atavío de Nanna, Sigyn se miró al espejo para evaluar su propio aspecto. La reina tenía razón: estaba pálida, y la expresión de su semblante era totalmente opuesta a la felicidad que se reflejaba en el de la novia. Tendría que tranquilizarse para que la gente no se diera cuenta de lo que le ocurría. De una manera u otra, Loki siempre le acababa estropeando la fiesta, aunque sólo fuera en pensamiento.
Había conservado la esperanza de que al final no hubiera regresado de su viaje y la dejara en paz, una esperanza que había demostrado ser vana, como siempre que se trataba de su marido: dos días antes Brinda le había anunciado que los sirvientes le habían visto de nuevo en su laboratorio, muy concentrado en a saber qué. Sigyn agradecía no haberlo visto desde entonces, pero ya en la ceremonia de Balder y Nanna no podría librarse de su ominosa presencia. Ojalá hubiera podido.
Esforzándose por mantener una expresión impávida, se retocó el ligero maquillaje. Nada de lágrimas, se ordenó a sí misma, o se lo estropearían. Su vestido dorado era bonito, pero el casco que hacía de tocado no le acababa de gustar: demasiado rígido y demasiado similar al de su marido. Ahora que se daba cuenta, era definitivamente feo, aunque tiempo atrás no se lo había parecido. Se encogió de hombros y decidió que le daba igual. Ese día era la novia quien tenía que lucirse, no ella.
Nanna avanzó hacia ella, ilusionada como una niña pequeña:
–¡Estoy tan nerviosa! Aunque… –su expresión de dicha se desvaneció en parte– aún estoy preocupada por lo que le dijo a Balder esa estúpida Vidente. Y encima él va y accede a ese tonto juego en el que se deja arrojar cosas…
Sigyn la tomó de las manos, intentando calmarla. A ella también le preocupaba un poco e incluso Frigga le había comentado el día anterior –a espaldas de Nanna, por supuesto– que no se acababa de quedar del todo tranquila al respecto, pero ambas lo habían hablado bastante y viéndolo desde una perspectiva racional, Sigyn sabía que la posibilidad de que algo amenazara a su primo político era prácticamente nula. Al contrario que ella, Balder, o mejor dicho Frigga y Odín, habían tomado precauciones para neutralizar la predicción. Nada podría ocurrirle. Esta vez la Vidente se equivocaba.
–Los hombres son siempre así de fanfarrones, les encanta lucirse. Pero todos sabemos que realmente Balder no corre peligro alguno, después de las precauciones tomadas es invulnerable. Seguro que es él quien nos sobrevive a todos– arguyó, empleando las mismas razones que había esgrimido el día anterior para tranquilizar a su suegra.
–Eso espero… –murmuró la joven sombríamente– Si le pasara algo, yo… no podría vivir sin él.
–No seas tonta. ¿Por qué te pones a pensar esas cosas tan lúgubres el día de tu boda? El Padre de Todos no permitiría que ningún peligro amenazara a su sobrino y aún más si está en juego después el reino. Prométeme que no te amargarás la fiesta ni se la amargarás a Balder con esos temores.
–Está bien, intentaré no pensar en ello –aseguró Nanna, y suspiró–. Por favor, dime que todo saldrá bien.
–Todo va a salir perfecto –la tranquilizó Sigyn, poniendo las manos sobre sus hombros– Vais a tener una boda preciosa y nada ni nadie lo va a impedir, ni la lluvia ni lo que dijera esa Vidente hace tantos años. Y Balder y tú vais a ser muy felices y tendréis un montón de niños tan guapos como vosotros. Todo saldrá bien, lo prometo.
Dejándose llevar por el entusiasmo, Nanna volvió a abrazarla. No era de extrañar que Balder estuviera tan enamorado, pensó Sigyn: a la belleza de la muchacha se añadía además aquel carácter tan dulce y afectuoso, un poco infantil. Ella misma también había tenido un carácter parecido una vez, aunque casi no lo recordaba. Esa alegría inocente era característica de quienes eran plenamente felices, y la felicidad le parecía a Sigyn un recuerdo lejano, borroso.
–Gracias, amiga.
–¿Otra vez me estás dando las gracias? –la riñó ella de buen humor– ¿No habíamos quedado en que no ibas a volver a hacerlo? Como me des las gracias otra vez, te tiro por la ventana y vas a ser tú la que no llegue a la noche de bodas –amenazó de broma. Nanna rió.
–Sí, la noche de bodas. También eso me pone nerviosa, aunque… –bajó la voz, algo avergonzada– Balder y yo ya hemos compartido el lecho, así que no es como si no supiera a qué atenerme –sonrió emocionada–. Balder es tan tierno, tan apasionado… oh, Sigyn, qué feliz soy.
–Espero que os dure… –murmuró Sigyn sin poder evitar cierta envidia, más para sí misma que para Nanna. La dulzura de un hombre en el lecho no significaba nada. Loki también había sido tierno y apasionado con ella en el pasado, e incluso la noche de dos semanas atrás lo había sido, pero esa ternura sólo escondía falsedad y el deseo de jugar con ella, de herirla. Esperaba que Balder fuera diferente, por el bien de Nanna.
–Sigyn, ¿estás bien? Te has puesto muy seria de repente –Nanna no había oído su comentario, pero parecía preocupada por la expresión de su rostro–. Tal vez te ofenda el hecho de que no haya esperado hasta casarnos.
–¿Cómo? ¡Oh, no, en absoluto! –se apresuró a aclarar ella– Si los dos os queréis, no veo por qué teníais que esperar.
–A lo mejor es una pregunta demasiado personal, pero ¿tú llegaste virgen al matrimonio?
–Sí –respondió algo tensa–. Pero no por ello juzgo peor a quienes no lo hacen. Cada cual tiene libertad para hacer lo que desee, después de todo es su felicidad. Siempre que confíes en él y sepas que no te hará daño.
–Oh, Balder nunca me habría hecho daño. Es todo un caballero, un príncipe como tu propio esposo.
Sigyn desvió la mirada, pensativa y con algo de ironía en su sonrisa.
–No creo que sean tan parecidos.
Inquieta, Nanna buscó la mirada de su prima política, intuyendo por primera vez el oscuro mar de tristeza que se ocultaba bajo su apariencia afable.
–Sigyn, tú eres feliz con tu marido, ¿verdad?
Ésta sonrió y volvió a apoyar las manos sobre sus hombros.
–Deja de preocuparte por los demás, Nanna. Es tu día y lo que tienes que preocuparte es de ser feliz tú y que lo sea Balder, y por nadie y nada más.
–Pero…
–No quiero oír "peros". La ceremonia nos aguarda. Ya tendremos el resto de nuestra vida para chismorrear y criticar a nuestros maridos –bromeó con un buen humor absolutamente artificial, y la pellizcó suavemente en la mejilla–. Vamos, aún tienen que ponerte el velo.
Nanna obedeció y Sigyn la contempló conmovida, esforzándose porque su alegría por ella se elevara por encima de su abatido ánimo por sí misma. En poco tiempo, había llegado a tomarle mucho cariño a esa chica. Casi más que una amiga o prima política, la veía como una hermana pequeña o tal vez la hija que habría querido tener y sabía que ya nunca tendría. Esperaba que Balder la hiciese feliz y que no acabara como ella misma. No creía que Balder pudiese portarse mal con ella, precisamente era tan querido por su carácter bondadoso y noble, pero por si acaso no le quitaría la vista de encima.
Suspiró hondamente. Sería una noche larga, y para ella también dura, sólo por el hecho de tener que ver a Loki. Habría dado cualquier cosa por no verle allí, y sabía que él mismo no se sentiría especialmente cómodo en ese tipo de ceremonias, pero aun así iría: Balder era su primo y el muy hipócrita asistiría sólo por las apariencias, lo cual era, aparte de su ambición, lo que le había movido siempre.
Afortunadamente, el haber tomado parte en los preparativos de la celebración había sido útil para Sigyn. Había alterado sutilmente el orden de los asientos de los comensales en el banquete para que, salvo Odín y Frigga y los desposados, ningún matrimonio se sentara en orden contiguo, había alegado ella que para favorecer el intercambio social. Sigyn esperaba así no tener que cruzarse con él y tener el menor contacto posible. No quería verle, no quería hablar con él, no quería respirar el mismo aire. La única manera en que podría soportar aquella fiesta era actuando como si no existiera.
Sólo tendría que aguantar el tipo unas horas. Unas horas y todo volvería a ser como antes entre ellos: dos extraños que no se hablan ni se conocen. Tal vez, si lo meditaba un poco, incluso podría hallar alguna excusa para poder dejar de acompañarle a los eventos públicos. Encontraría la solución. Todo saldría bien, como le había dicho a Nanna.
Aun así… llevaba todo el día con la sensación de que había pasado algo por alto, no sabía qué. Algo esencial, que hubiera debido tener en cuenta, y no lo había hecho. Repasó con los dedos cada uno de los detalles que habían sido preparados para la ceremonia. El altar nupcial, adornado con las más bellas flores de temporada. El libro de ceremonias, del cual le había explicado a Nanna hasta el último punto y cuyo ritual habían ensayado juntas varias veces para evitarle el temor que había tenido ella misma de equivocarse en su propia boda. El menú del banquete, cuyo orden se sabía de memoria, y el haberse asegurado de que hubiera cerveza e hidromiel suficiente para todo el mundo –¡y eso era mucho!–. Los bardos, cantantes y bailarines que amenizarían la velada. Todo estaba preparado hasta el menor detalle; en eso había volcado su atención durante las dos últimas semanas, buscando borrar como fuese de su memoria la penosa experiencia que había pasado con Loki.
Todo estaba dispuesto a la perfección… y sin embargo, seguía teniendo la impresión de que había olvidado algo.
Se encogió de hombros, intentando despreocuparse. No debía angustiarse por algo que seguramente no tenía importancia, como ella misma había dicho era imposible controlarlo todo. Y además, era probable que se tratara de alguna tontería. Aunque algo no saliera como esperaban, sería algo poco importante que no conseguiría estropearles la fiesta. Todo iría bien.
Pero nada fue bien.
