Cuatro días después, Charioce había empeorado. Dias ya no sabía qué hacer. La herida parecía sencilla. Charioce había pasado por cosas peores y se había recuperado rápidamente. Parecía que esta herida minaba lentamente sus fuerzas. Al segundo día comenzó la fiebre, y se agravó hasta culminar en el delirio. A veces llamaba a su esposa, y otras la maldecía. Ni siquiera reconocía a Dias.

Esa víbora de Odo había huido de la residencia. Ansiaba desaparecer, antes de que le culparan por el empeoramiento del estado de Charioce.

Dias no sabía qué hacer. No, eso no era cierto. Podía hacer una cosa, y finalmente la hizo: ordenó a un criado que llamase a la esposa de Charioce. Cuando ella entró al dormitorio, acompañada por su criada Amira, Dias tuvo la elegancia de parecer avergonzado. Se le encogió el cuerpo cuando Nina dejó escapar un torrente de maldiciones.

—¿Por qué no me has llamado antes? —preguntó a Dias—. La suciedad de la herida está matándole.

—No le he cambiado las vendas —replicó Dias, en actitud defensiva—. Y no le he visto la herida.

—¡Has debido cambiarlas! Te advertí que Odo haría más mal que bien.

—¿Puedes ayudarle? —preguntó Dias con expresión humilde.

Nina miró la herida colmada de pus y dijo:

—No lo sé. ¿Cuándo ha comenzado la fiebre alta?

—Hace tres días.

—¡Dios mío!

Dias palideció. La desesperanza que percibió en la actitud de Nina le reveló todo lo que necesitaba saber. Rezando en silencio, se acercó a la cama y observó los movimientos de Nina. Primero, ella obligó a beber a Charioce, y consiguió que tragase algo. Dias sintió que comenzaba a respetar a la joven. Después, Nina comenzó a aplastar hojas, que luego aplicó a la herida, junto con una sustancia maloliente. Pusieron a hervir agua, y Nina mezcló el contenido de varios frasco.

Cuando ella sacó un cuchillo de su canasto, Dias le aferró la muñeca.

Ella miró al hombre corpulento.

—Hay que abrir la herida para buscar lo que está provocando la fiebre. ¿Deseas hacerlo tú mismo? —preguntó con acento intencionado. Dias movió la cabeza y liberó la muñeca de Nina.

La mujer limpió el cuchillo, y después, con mucho cuidado, retiró las hojas que había aplicado sobre la herida. Con el cuchillo comenzó a explorar la herida, al mismo tiempo que la limpiaba. Durante un rato reinó un silencio absoluto, y de pronto, ella dejó escapar un grito de horror.

—La muerte es demasiado benigna para ese médico. —Nina miró a Dias como si éste hubiera sido el verdadero culpable del estado en que se hallaba Charioce—. Retiró la flecha, pero dejó un resto de la cota de mallas de Charioce incrustada por la flecha.

Extrajo el fragmento con movimientos lentos y cuidadosos, y después continuó limpiando la herida. Cuando al fin comenzó a manar sangre limpia, suspiró agradecida. La herida ya estaba limpia; volvió a cubrirla con las hojas maceradas.

Finalmente se recostó en el respaldo de la silla; su expresión no sugería ansiedad.

—Es necesario que la herida sangre hasta que se calme la fiebre; así sabremos que la enfermedad ha cedido. Por ahora no coseré la herida. Así se debilitará más, pero no me atrevo a coser la herida hasta tener la seguridad de que esté limpia. Tengo tónicos que le ayudarán a combatir la fiebre y a recuperar las fuerzas. —Dias asintió, y ella continuó diciendo—: También le daré algo para calmar el dolor. —Como Dias se mantenía en silencio, ella preguntó—: ¿Me permitirás estar aquí para vigilar sus progresos y hacer lo que sea necesario?

—¿Está fuera de peligro? —preguntó Dias en voz baja.

—Creo que sí.

—En tal caso, puedes permanecer aquí, mi señora.

—Si despierta lo suficiente para comprender que estoy con él, quizás no le guste mi presencia.

—Pues que no le guste —dijo obstinadamente el caballero, demasiado agradecido para preocuparse por lo que Charioce pudiera pensar.

—Muy bien —suspiró Nina—. Pero te pediré que no le digas lo que he hecho.

—¿Por qué no?

—No deseo que se inquiete mientras se recupera. Dejémosle creer que el médico le curó, como debería haber hecho.

—No mentiré a Charioce.

—No tienes que mentirle. Limítate a callar. Yo intentaré salir antes de que despierte.

Ya tarde, al día siguiente, Nina estaba vendando la herida después de haber unido los bordes; Charioce abrió los ojos y la miró. La fiebre le había debilitado terriblemente, y una espesa barba le cubría la cara. Tenía un aspecto espantoso, y los ojos se le ensombrecieron de cólera cuando vio a Nina.

Nina no dijo palabra; terminó lo que estaba haciendo y salió de la habitación. Dias, que dormía en una silla frente al hogar, despertó cuando oyó el golpe de la puerta al cerrarse. Se aproximó al lecho.

—¿De modo que has regresado a nosotros?

—¿Dónde estuve? —La voz sonaba muy débil.

Dias sonrió a su viejo amigo.

—Al borde de la muerte.

Charioce le miró escéptico.

—¿A causa del pequeño orificio provocado por una flecha?

—Ese pequeño orificio que estaba infectado. Padeciste una fiebre muy grave.

—Bien, no importa. ¿Qué hacía ella aquí? Así proteges mi espalda, permitiendo que la misma responsable…

—Cálmate, Charioce —interrumpió Dias. —No creo que sea culpable de esto. Estoy seguro de que no lo es.

—Te dije que lo vi.

—Sí, y eso permite acusar… pero no es concluyente —observó obstinadamente Dias.

—¿Ahora la defiendes? Antes de esto no confiabas en ella. Yo no quiero creer que ella sea capaz de esto, Dias. Creía que estaba progresando con ella, y ahora este incidente.

Dias movió la cabeza.

—No tuviste tiempo de considerar lo que sucedió a causa del dolor de la herida, que enturbiaba tus pensamientos. Piensa bien antes de culparla, porque otro cualquiera pudo haber disparado la flecha. Pudo haber sido un hombre que escapó de los lugares que conquistamos, o quizá un habitante de este lugar. ¿Acaso Pershwick te atacó con armas? ¿Y lo harían ahora, cuando te has adueñado firmemente de su dama? —Se apartó y examinó atentamente a Charioce—. ¿Sabes por qué estaba antes contra ti? ¿Se lo has preguntado?

—¿Y eso qué importa?

—Charioce, ¿se lo preguntaste?

—No —replicó secamente el herido—, pero imaginemos que tú lo sabes. Si no fuera así, ¿te pavonearias tanto?

Dias sonrió.

—Veo que tu humor está mejorando.

—¿Tienes o no algo que decirme?

Dias movió la cabeza.

—Mira, nos equivocamos con ella. Y ella también se equivocó contigo. Charioce, a ambos os toca aclarar las cosas.

—Adivinanzas, cuando estoy aquí y sufro —suspiró Charioce—. ¿Y dónde está ese condenado médico? Siento la cadera como si bajo ella hubiesen encendido un fuego.

—Sin duda, has estado muy mal. Con respecto a Odo, huyó hace dos noches, temeroso de perder los pulgares.

—¿Más adivinanzas? —preguntó Charioce, exasperado.

—Tu esposa dijo muy claramente lo que le harían a Odo si te perjudicada, y como casi pierdes la vida a causa de la infección de Odo…

—Insistes en que he estado a las puertas de la muerte. Puesto que el médico cuello, ¿debo agradecerte mi salvación? —Dias negó enfáticamente con la cabeza. Charioce le miró, y de pronto comprendió—. ¿Ella usó su saber para curarme? ¿Para ayudarme otra vez? ¿Por qué no me lo dijiste antes? Vaya, Dias, creo que esa dama comienza a interesarse en mi persona.

—Yo no atribuiría mucha importancia a eso —se apresuró a decir Dias—. Es posible que haya salvado tu miserable vida, pero creo que es sencillamente su modo de ayudar a otros, si puede hacerlo. No asignes a eso más valor del que tiene. Pues quizás sólo consigas complicar tu situación.

Pero Charioce no le escuchaba. Se sentía complacido. Puede decirse que estaba feliz. Ella se había acercado para cuidarle. ¿Eso significaba que él pronto lograría que la dama le amase?

Este interrogante ocupó por completo la mente de Charioce, hasta que se hundió en el sueño del agotamiento.