El sábado Draco observó cautelosamente desde el pequeño espacio que dejaba una puerta entreabierta cómo Hermione Granger aparecía en la chimenea y dejaba a su hijo en la mansión Malfoy.

Su madre la recibió con una sonrisa fingida y la invitó a quedarse sabiendo que diría que no, y ella se fue sabiendo que preferían que no se quedara. Draco pensaba aparecer una vez que ella se hubiera ido, era mejor que se vieran lo menos posible, sobretodo en frente de sus padres, pero la conversación del niño con su aparente abuela lo obligó a quedarse justo donde estaba.

"¿Tu sabes por qué las personas cambian, abuela?"

"¿Qué quieres decir con eso?" Preguntó Narcissa con prudencia.

"Mamá me dijo que el cambio era parte de la vida, pero no lo entiendo. No quiero que crea que no entiendo todo lo que me dice."—Le dijo él en modo confidente.

"Oh, quizás ella misma no pueda darte todas las explicaciones, tesoro." Comentó ella, con la intención de cambiar el tema hacia otra dirección. —"No tiene todas las respuestas."

"¿Tu si me dirás por qué las personas cambian, abuela?"

Si Narcissa se sintió incómoda por la pregunta, no lo demostró. En toda su experiencia en distintos ámbitos y sabiendo que el niño no dudaría de lo que ella le dijera, se mostró segura y confiada—como de costumbre—al hablar.

"Por supuesto; es muy sencillo en realidad—aunque a tu madre le cueste explicarlo. Una persona cambia por el simple hecho de crecer y madurar, así como también porque se produzca algo muy significativo en su vida."

Sebastian consideró las palabras de su abuela por un momento, y luego, algo dubitativo, preguntó: "¿Cuánto tiempo tardan las personas en madurar?"

"Es un proceso que dura toda la vida, pequeño."

El niño asintió con la cabeza, pero aún se veía que tenía algo más profundo en mente para preguntar.

"¿Crees que papá haya cambiado porque encontró a mamá? ¿Eso fue lo significativo que lo hizo dejar de odiarme?"

Otra vez el niño se refería a él como si fuera el malo de la película, y aquello hacía hervir la sangre de Draco. No era justo desde ningún punto de vista, él jamás había odiado al niño; y además se lo había dicho, ¿por qué no podía creerle y seguir con su vida? ¿Por qué tenía que complicar las cosas haciendo tantas preguntas? ¿Y por qué tenía que meter a Granger en el asunto? En definitiva, para Draco, Sebastian se parecía demasiado a su madre en su apetito por el conocimiento; en la parte molesta.

"No, por supuesto que no."—Le aseguró Narcissa, queriendo reír ante la ridiculez de la idea, pero encontrándolo imposible. —"Tu padre cambió por voluntad propia, por querer mejorar. Y recuerda que nunca te ha odiado."

"Pero si antes era bueno con mamá y después cuando desapareció dejó de serlo y ahora que la encontró otra vez quiere volver a ser bueno conmigo…"

"No es más que una casualidad del destino, tesoro. No te debes hacer tanto problema por ello. Lo que importa ahora es que él quiere llevarse bien contigo."

Draco notó que aquella debía ser una explicación típica para aquel niño, porque a su edad también lo había sido para él. La diferencia entre uno y otro se notaba en que su aparente hijo no se mostraba conforme con la respuesta que se le daba, mientras que Draco simplemente aceptaba el consejo de su madre y se iba a jugar sin pensar demasiado mucho más en el problema a cuestión.

Pero Sebastian, más allá de que su abuela no hubiera respondido como él hubiese querido a sus cuestionamientos, entendió que era momento de dejar el tema y pasar a otra cosa.

"¿Crees que me de una espada de verdad?"

"¿Una espada?"—Preguntó Narcissa sorprendida, y Draco se estremeció ante lo que aquella criatura podía revelar con toda la naturalidad que su inocente mente podía poseer. —"¿Por qué crees que te dará una espada?"

"Porque ayer cuando nos vimos en el museo me dijo que me conseguiría una de esas espadas vikingas que vimos."

Y así, la simple explicación evasiva que le había dado a su madre sobre por qué se le ocurrió conseguirle un par de espadas al niño se hizo pedazos.

"¿Ayer? ¿En el museo'" Si antes Narcissa había estado simplemente sorprendida, ahora estaba incrédula. —"¿Tu padre fue a verte ayer?"

"Si, y me dijo que me daría una espada. A mí también me pareció raro, ¿pero por qué a ti también?"

Draco pensó en decirle al niño que no dijera nada de eso; pero no lo hizo por dos sencillas razones: una porque no podía confiar en él, parecía rendirle mucho más respeto y confianza a sus padres que a cualquier otra persona en la tierra; y otra porque el hecho de tener que mantener en secreto algo tan simple como una visita imprevista podía hacer crecer sus sospechas y subsecuentes preguntas molestas.

Otra opción para salirse del problema en el que se había metido solo habría sido decirle a su madre lo que haría, pero no creía que pudiera salir nada bueno de que su madre pudiera tener la mínima sospecha de que su hijo estaba dispuesto a ver a Hermione Granger por voluntad propia… y aunque Draco tuviera una buena coartada, su madre era una mujer, y lo conocía mejor que nadie, así que de seguro tendría la sospecha en mente.

"No me parece raro que haya ido a verte."—Explicó ella, recomponiendo su habitual serenidad y confianza en sí misma. —"Lo que me parece raro que no me haya comentado nada al respecto."—Terminó diciendo en un tono muy particular, un tono por el cual Draco—que sólo podía verle la espalda—pudo deducir fácilmente y con toda seguridad que estaba en problemas.

"Pero si él siempre dice que es un adulto y no tiene que responderle a nadie sobre nada." Comentó Sebastian con toda su inocencia.

Al escuchar eso, Draco se pudo imaginar cómo su madre debía estar mordiéndose la lengua, intentando contener la creciente furia que de seguro sentía en su interior. Lo que Sebastian estaba diciendo era algo que aún no se había dado en el presente: Draco nunca desafiaba a sus padres, y por sobretodo jamás hacia gesto alguno que pudiera molestar a su madre, tal como oponerse a algo que quisiera, contrariarla… ni siquiera se le había cruzado la idea por la cabeza. Y aunque el niño se estuviera refiriendo a una versión de él al menos 8 años mayor, actualmente Draco tenía 24 años, y en realidad estaba en su derecho de hacer lo que quisiera. Su madre, sin embargo, jamás se vería contenta con esa idea. Sobretodo si ello implicaba la puesta en peligro de su matrimonio con Astoria Greengrass.

"¿Y a ti eso te parece bien?" Le preguntó Narcissa a Sebastian en forma de reproche.

"No, abuela." Contestó él rápidamente, y enseguida decidió que sería mejor pasar a otra cosa. —"¿Vamos a ver al abuelo?"

Otro punto que le molestaba a Draco era que el niño sintiera tanta predisposición por su Lucius Malfoy. Eso sí que tenía poco sentido; Draco quería a su padre, pero lo conocía y sabía que toda sonrisa amistosa que le mostrara a aquel niño no era más que un gesto fingido por una pura conveniencia. ¿Cómo sería posible que en un futuro su padre pudiera cambiar tan drásticamente como para forjar una buena relación con un nieto de ese tipo? ¿Por qué no podía preferirlo a él?

Al pensarlo detenidamente Draco se dio cuenta de algo nuevo que lo estremeció: de repente sintió que debía proteger a aquel niño, era un sentimiento absolutamente extraño, pero sintió como si fuera su deber llevarlo lejos y dejarlo en mejores manos. En manos que no querrían usarlo como una herramienta, tal y como estaban haciendo sus padres con toda aquella actuación de abuelos cariñosos. Por qué sentía eso, estaba más allá de su comprensión; no tenía mucho sentido, en verdad no le hacía ningún daño al niño que lo usaran sin que se enterara, incluso parecía hacerle bien… pero aún así Draco no podía evitar sentir que algo estaba mal. Y no era sólo la mirada penetrante de su madre cuando abrió por completo la puerta y lo vio a la cara con ojos acusadores.

Al mirarla a la cara sintió como un par de gotas de sudor le caían por la espalda; de verdad que estaba en problemas. Y su rostro aterrado como el de un niño sólo se compuso cuando ella le preguntó con una voz peligrosamente dulce si no iba a saludar a su hijo.

"Si, buenos días, Sebastian." Se precipitó Draco en decir, con una peculiar dificultad para recomponerse y mostrarse serio y despreocupado como de costumbre.

"Buenas tardes."—Respondió él con algo de incertidumbre al hablar y, con mucho cuidado, agregó: "Ya es de tarde."

"Por supuesto."—Replicó Draco al darse cuenta de su leve error, y queriendo a su vez aprovechar la escusa para dejar de ver a su madre a la cara. —"Sólo estaba probando si sabías la hora."

Sebastian se quedó mirándolo con preocupación, leves señales de temor en sus ojos; despacio buscó la mano de su abuela y trató de ocultarse detrás de sus piernas.

Draco arqueó una ceja ante la actitud del niño. Narcissa suspiró y negó con la cabeza.

"¿Qué haces allí?"—Le preguntó ella con fingida consternación en su voz. —"¿Qué sucede?"

Sólo cuando Narcissa se inclinó para que Sebastian pudiera decirle algo al oído, el niño habló.

"No, no, para nada. Tu padre no ha estado bebiendo, lo he estado vigilando todo el día."—Le dijo al niño serenamente; luego se incorporó para dirigirse a Draco y le habló en un susurro en forma de reproche: —"Y tu quita esa cara, ¿acaso te extraña que el niño se asuste viéndote así?"

Draco hizo su mejor esfuerzo por dejar de lado su enfado—enfado debido a la reacción del niño y subsecuente conclusión de que había bebido como si fuera un ebrio consuetudinario—y mostrarse lo más afable posible.

"¿Cómo piensas ver tu nueva espada si te quedas allí?"—Preguntó Draco con una amable voz, en un intento por demostrarle al niño que todo estaba bien.

Sebastian lo miró a los ojos con una mezcla de escepticismo y esperanza. Habló con un hilito de voz: "¿Me compraste mi espada?"

Draco notó algo en aquel momento, en aquellas palabras y aquella mirada, algo que demostraba que el niño sin duda algún era un Malfoy: tenía la misma actitud posesiva que él, o que él había tenido al menos cuando era un niño y quería que sus padres le compraran juguetes.

"Si, ven a verla."

Los tres se dirigieron a la siguiente sala dónde Draco había dejado la espada en cuestión. Era una réplica idéntica de la que habían visto en el museo el día anterior, con la funda puesta. Sebastian se ilusionó tanto al verla que se desprendió de la mano de su abuela y corrió hacia donde estaba el objeto en cuestión. La observó detenidamente, y no dudó en tomar el mango.

Al hacerlo, sin embargo, su actitud cambió de incredulidad a enfado. "No se mueve."—Se quejó y miró a ambos adultos con un rostro demacrado por aquel sentimiento.

Draco entonces se acercó intentando disimular la sonrisa de satisfacción por cómo iba su propio plan. Sebastian se alejó unos pocos pasos para permitirle a él tomar la espada, lo cual hizo sin expresa dificultad.

"Por supuesto que no; es para adultos. Tendrás que esperar a ser mayor para poder siquiera sostenerla."

"Pero…"—Empezó a quejarse Sebastian, sin saber si concordar con lo que decía su padre o enfadarse por su despiste, ya que no había considerado no tener la fuerza para levantar su propia espada. —"No es justo."

"¿No lo es?"—Intervino Narcissa. —"Las espadas de ese tipo no las pueden usar los niños; pero ya que tu padre ha tenido el buen gesto de regalártela, podrás verla aquí siempre que quieras."

"¡Pero yo quería una espada para jugar!"—Volvió a quejarse él.

Draco había anticipado algo así, razón por la cual le había comprado un par de espadas de madera mágicas para niños con las que no podía hacerse daño alguno. Lo que no había previsto era tener que lidiar con un berrinche. Unos 16 años atrás él mismo habría sido participe de aquella misma escena de haberse encontrado en tal situación, pero no por eso sabía como lidiar con un niño—por más que se pareciera en tantos sentidos a él—ahora.

"Para eso están las espadas para niños."—Le replicó Narcissa con una típica mirada desafiante. Sebastian no dudó ni un momento en quedarse callado una vez que la vio. Y Draco supuso que era su momento de intervenir, dándose cuenta a su vez de que en verdad no estaba preparado para ser padre. Sobretodo si el niño se parecía a él.

"Mira… creo que aquí tienes justo lo que necesitas."—Draco entonces le reveló un largo paquete envuelto en papel azul oscuro que estaba a pocos centímetros de la gran réplica de espada que le había conseguido.

Sebastian entonces dirigió la mirada adonde su padre le indicaba y observó el paquete con curiosidad y algo de escepticismo. Un momento más tarde giro su cabeza para cuestionar con la mirada a su abuela, y al ver que ella asentía con su cabeza se acercó para abrir el nuevo paquete.

El niño abría con mucho cuidado el paquete, quitando delicadamente el papel con tal de no romperlo. Draco supuso que eso debía haberlo sacado o de su madre o de su abuela, porque él no era así. Al darse cuenta de que pensó en su propia madre como la abuela del niño, un escalofrío le recorrió el cuerpo; eso no estaba bien, sin duda no estaba bien.

"Espadas de madera."—Dijo de una forma casi aburrida cuando vio lo que contenía el paquete el niño. —"Ya tengo de estas, pero el abuelo siempre está muy ocupado para jugar conmigo."—Comentó desinteresadamente, y luego miró a Narcissa para preguntar: "¿Querrá jugar ahora?"

Nuevamente Draco sintió un resquicio de cólera recorriéndole el cuerpo; otra vez era lo mismo. El niño aún no se figuraba que podía jugar con él, aún prefería a su supuesto abuelo. Debía ser normal dadas las circunstancias en las que por lo visto se crío, pero a Draco no le gustaba nada. En realidad habría sido más normal que se hubiese sentido aliviado de que el niño prefiriera no tener contacto alguno con él, sería una responsabilidad menos; pero no podía creer que su padre pudiera ser preferible a él mismo. No es que su padre fuera malo… sino que no era correcto, no estaba bien que aquella criatura tuviera tan buen concepto de su abuelo cuando aquel abuelo no era precisamente quien creía él.

"No, tu abuelo está muy ocupado ahora, pero podrías jugar con tu padre."

A Sebastian no pareció gustarle la idea y apenas miró a Draco de reojo con cautela, luego otra vez a Narcissa como si no entendiera de qué estaba hablando. "¿A la pelea?"—Preguntó con prudencia.

Parecía que el niño trataba de disimularlo, pero para Draco ya era demasiado obvio: tenía miedo; no podía confiar en él ni con espadas de juguete. Se sintió decepcionado, algo que pocas veces en su vida había sentido. ¿Cómo no había podido prever aquello? Su idea había sido que ambos jugaran algo típico de niños varones: una pelea con espadas, algo que le resultaría divertido, algo que lo ayudaría—junto con los regalos—a ganarse su confianza.

"Pensé que te interesaría más que jugar al ajedrez."—Le comentó Draco antes de que su madre pudiera decir algo. Sus ojos estaban vacíos de expresión, su voz carente de entusiasmo; era lo mejor que podía hacer en el momento. —"Son espadas mágicas, no tienen filo, pero brillan cuando se tocan y hacen ruido como si fueran espadas de metal al chocar la una con la otra."

Sebastian aún no se veía convencido. Draco suspiró y se inclinó a su lado para quedar a su altura. Lo miró a los ojos con toda la seguridad que podía juntar, y éste le devolvió una mirada prudente.

"No tengo intención alguna de hacerte daño." Le dijo, y esperó que aquel niño, por más que fuera un niño, se percatara de la verdad en sus palabras, en sus ojos, en su voz, en su rostro. Al fin y al cabo, no estaba diciendo ni más ni menos que la verdad.

Luego de un momento que pareció durar horas, Sebastian asintió con la cabeza y dijo: "Esta bien."

Draco consideró entonces que el niño debía ser tan inteligente como su madre, y valiente a su vez. Tomó una espada de la caja y se la ofreció con apenas un leve gesto de duda; Draco la tomó sin cuidado, y luego Sebastian tomó la otra para si.

Fue una sensación extraña para Draco jugar con espadas con aquel niño, lo hizo sentirse como uno; lo hizo sentir que volvía a su niñez cuando jugaba con sus amigos en el parque, amigos que luego dejaron de serlo o que en realidad nunca fueron más que compañeros de juego. Y, para su sorpresa, se sintió feliz. Se dio cuenta de que hacía años que no disfrutaba de una tarde así, hacía años que no se metía en la mente de un niño y actuaba como tal; y hacía años que no dejaba de lado su compostura y se permitía reír con naturalidad.

Así como nunca había instruido al niño en como usar mejor una espada, se encontró aleccionando a Sebastian para que aprendiera mejores técnicas de combate; técnicas que él mismo había usado alguna vez cuando tenía esa misma edad. Pero en algún momento de su vida dejó de jugar, al menos de esa manera. Probablemente más que nada por su ingreso a Hogwarts; pero aquella tarde le hizo considerar que extrañaba ser un niño, sin preocupaciones, sin riesgos, sin compromisos… ser libre de ataduras, ingenuo y ciego ante lo que podía ser realmente el mundo.

Más extraño aún fue darse cuenta de que le gustaba escucharlo reír, verlo divirtiéndose; y no porque eso implicaba que se estaba ganando su confianza, sino porque aquella diversión era algo que aquel niño se merecía después de todo lo que había sufrido a manos de él. Por más que jamás lo haya hecho en realidad. Por alguna razón, Draco sintió entonces la necesidad de recompensarlo.

Y fue en eso en lo que se quedó pensando una vez que Sebastian ya se había ido. Draco no se molestó en ver a Hermione cuando fue a buscarlo, se despidió de él una vez que supo que ella había llegado; no pensaba echarle leña al fuego, por más que quisiera verla.

En vez, prefirió quedarse pensando en qué y cuantas cosas le debía regalar al niño para compensarlo, ya que ese era su sentimiento predominante en el momento: compensarlo, resarcirlo, si es que aquello era posible. Era ridículo, pero se sentía culpable por algo que jamás había hecho.

Cuando su madre fue a encararlo por lo que había averiguado horas más temprano, Draco ya había olvidado todo el temor que había sentido en un principio al prever aquello, ya ni siquiera podía sentirse intimidado por su madre por más que ella lo mirara de una forma acusadora y su habitual tono de voz armonioso fuera un fuerte y agresivo tono de reproche.

"¿Qué estabas pensando Draco? ¡Tienes suerte de que tu padre no se haya enterado de esto! ¿Cómo pudiste ir a nuestras espaldas y hacer eso? ¿Tienes idea del peligro que implica que hagas algo así?"

"¿Peligro?" Preguntó él desinteresadamente, fue en realidad la única palabra de todo el discurso de su madre que le llamó la atención, todo lo anterior ya lo había previsto sin necesidad de escucharlo de su boca.

"¡Si! Sabes muy bien que si hay algo que no debes hacer es tener contacto con aquella mujer. Te lo hemos indicado específicamente, Draco; no podemos tomar riesgos." Su madre estaba hiperventilando al decir aquello, la sola idea le parecía terrible, humillante incluso; y Draco sabía qué era lo que debía hacer: quedarse callado y esperar a que su madre terminara su discurso y se calmara, luego admitir que había sido muy poco cuidadoso de su parte hacer algo así y que no tenía pensando defraudarlos. Pero eso no era lo que quería hacer, y tras haber pasado la tarde que había pasado… no podía pensar en otra cosa.

"¿Cuál es el riesgo? ¿Que me enamore de ella?" Al decir aquello su intención fue poner una cara de disgusto, reírse ante lo ridículo que debería ser eso, y asegurarle así a su madre que aquello jamás podría pasar. Pero su tono en vez le salió desinteresado, como si no estuviera allí realmente, como si la situación no le afectara, como si estuviera pensando en otra cosa. Lo peor de todo fue que no miró a su madre a los ojos al hablar, en vez observaba como se ponía el sol desde una ventana a lo lejos.

"Por supuesto que eso no sucederá."—Dijo Narcissa fulminándolo con la mirada. —"Pero si realmente existe una mínima posibilidad de que suceda…"

"Si ayer no me hubiese acercado para conseguir información sobre el niño, jamás habríamos pasado una tarde como la que pasamos hoy, madre. Yo diría que eso fue un gran avance en nuestra relación, justo lo que vosotros queréis."—Explicó Draco cuidadosamente, mostrándose desinteresado, sin mirar a su madre a la cara aún. —"Y sobre que yo me pueda enamorar de una sangre sucia… en verdad, madre, pensé que tendrías un mejor concepto sobre mi. Es tan imposible que a veces me veo forzado a creer que en verdad existen otras dimensiones."

Narcissa no era una mujer que pudiera ser engañada fácilmente, y mucho menos por su propio hijo. Él sabía eso muy bien, pero merecía la pena intentarlo. Su madre, sin embargo, no se quedó callada.

"No trates de jugar conmigo, Draco, porque sabes que perderás."—Le dijo ella de forma amenazante, de una forma que hacía años que no usaba con él, con una voz que no escuchaba desde que era un niño. —"Eres mi único hijo, y no sólo eso, sino que además eres el único heredero Malfoy. No serás, bajo ningún concepto, el último Malfoy de sangre pura. No echaras a perder el matrimonio perfecto, Seguirás el plan según lo que tu padre y yo dictemos, y bajo ningún concepto volverás a encontrarte con aquella mujer, ni a solas ni acompañado. ¿Comprendes?"

"Comprendo, madre."—Le contestó él, ahora mirándola a los ojos sin señal de temor alguno, sino más bien con algo de rencor.

Narcissa pareció sentirse más aliviada al escuchar aquello, y continuó: "No le diré nada de esto a tu padre; considéralo una advertencia. Si vuelves a hacer algo así, tendrás que responderle a él."

Una vez que ella se fue, Draco se sintió particularmente tentado de hacer exactamente lo opuesto a lo que su madre esperaba: ir y ver a Granger. Para qué no estaba seguro, el por qué tampoco, quizás el hecho de desafiar a la autoridad le resultaba más atractivo de lo normal, o quizás quería alguna vez ser él la autoridad, tomar las riendas de su propia vida y decidir por sí mismo. Su mismo hijo lo había dicho, citando a una versión mayor de él mismo: ya era un adulto y no tenía que responderle a nadie por sus actos. Análogamente, podía hacer lo que quisiera. Era su decisión casarse con Astoria Greengrass, no la de sus padres, él la había elegido como novia, él le había propuesto matrimonio—más por tradición e insistencia de sus padres que otra cosa, pero lo había hecho por voluntad propia al fin y al cabo—y él estaba en su legítimo derecho de hacer lo que quisiera con su vida, incluso si eso implicaba dejar a su prometida.

La idea se le había cruzado por la cabeza alguna que otra vez, más que nada en los últimos días; pero no tenía pensado hacerlo. Su madre, por más molesta que pudiera tornarse a veces, tenía razón: él era el último Malfoy y como tal tenía un deber. Un deber que pensaba cumplir… pero podía cumplirlo y ver a Granger al mismo tiempo, e incluso a Sebastian. En realidad podía hacer lo que quisiera, estaba casi seguro de ello. Después de todo no era que amara a Granger; no aún.

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N/A: Esta vez también le puedo atribuir mi tardanza a , ya que la página no me dejó loguearme por dos o tres días (al menos desde que tuve listo este capítulo). ¿Qué os ha parecido? ¿He logrado daros una buena muestra de la mente de Draco? El próximo capitulo aún no lo he escrito, pero es lo siguiente en mi lista (tan sólo debo recordar de qué iba a tratar xD).

Saludos y gracias a toda/os por dejar reviews!