—CEDER O CAER—
Por Zury Himura
Corrección por Menelwen
Gracias a Edi y a todos por sus comentarios. Muchas gracias de antemano por leer.
Disclaimer: la historia es mía, los personajes no.
ALBA
FROZEN FEATHERS
Capítulo 25
Era uno de esos días en los que quería quedarse tirado en su cama contemplando el cielo, dejándose llevar por las olas del viento cálido que soplaban sobre su cara removiendo delicadamente los mechones de su cabello. Mientras los rayos dorados apuntaban directamente hacia su cuerpo tendido, sin movimiento y adormecido por estar largas horas en la misma posición. No quería ver, ni escuchar a nadie y deseaba olvidarse de su título, corona y trono por lo que le restaba del día o hasta que se consumiera en sus pecados para arrojarse al olvido de una maldita vez.
Hasta que el astro del cielo celeste se ocultó, privándole a su cuerpo de la única calidez que lo había acompañado durante el día, para luego dejarlo abandonado a cargo de la noche, sus ojos se enfocaron en el resplandor del sol naciente, meditando en los colores y lo mucho que deseaba estar afuera. Aunque en realidad, solo fingiría, tampoco estaba de ánimos para pararse, ser halagado y venerado cuando no lo sentía; durante esos días un humor negro y amargo, junto a la visión del espíritu de las espadas lo había acompañado en silencio, motivándolo a despreciar todo y llevándolo a ver esas ilusiones que solo su mente creaba. A consecuencia del poder que ni siquiera él había podido controlar por su inestabilidad.
Para no admirar más el cielo, rodó quedándose recostado y con el rostro ladeado. El tiempo pasaba tan rápido que poco a poco el alba se iba despidiendo, o eso creía, y un sutil y fresco amanecer iba cobrando vida con las voces de los aldeanos y los sirvientes a las afueras de su ventana abierta.
Ese maldito día había llegado, cuando precisamente se sentía tan enfermo que ni siquiera deseaba ponerse de pie. Después de algunas jornadas de indiferencia, teniendo juntas por aquí y por allá con otros gobernantes en presencia de Kaoru, había quedado hostigado y agotado. Aún más cuando tenía que fingir que nada fuera de lo normal estaba pasando.
Cuando fue incapaz de conciliar el sueño por estar en vela y tantos planes que se agitaban en su cabeza, rotó hasta quedar sentado mientras resoplaba. Tocó sus manos como si en su piel buscara una respuesta o conmemorara algo importante en ellas. Evocando el rastro de las lágrimas que algún día sus dedos conocieron y de la tez que nunca olvidaría.
Como en su rutina de siempre, tomó su baño y se vistió, esta vez arrastrando los pies por todo su cuarto, a pesar de que se le hubiera avisado que tenía un invitado esperando y que Yahiko había regresado por asuntos urgentes. Murmuró un par de veces, tal vez maldiciones, tallándose la cara al darse cuenta que seguía de pie frente al espejo contemplando las pequeñas marcas en su cuerpo y lo pálido de su rostro. Y entonces resumió su marcha.
Ese fantasma en el espejo eran las sobras de lo que era y de lo que nadie notaba, y el mismo individuo que aniquilaría con el tiempo. Y de eso se aseguraría después de que ella ya no estuviera. Bostezó y prosiguió, sus piernas se sentían pesadas a pesar de tan solo vestir una yukata con sandalias. Se asemejaba al peso de esa armadura dorada o plateada que se guardaban en el castillo y que en su niñez se probó.
Rio con cinismo, esos síntomas eran más que de su debilidad. El peso de todo lo que le agobiaba innecesariamente y lo que le abrumaba más que nada. Esa insensata, inmadura, imprudente, loca y frenética que insistía en ver el mundo desde un vidrio claro de su bondad. Una mujer que se volvió prohibida desde el momento en que la reconoció como importante, alguien cuya presencia extrañaría.
Era tan patético el sentimiento pero tan lleno de verdad y realismo que la consideraba como lo único que tenía en su vida, pese a que se despojara de ello. Aunque no lo deseara para enaltecer su independencia.
Ella era «la única que conocía», capaz de odiarle de una forma divertida y contradictoria en su lucidez. Su orgullo era tan inquebrantable pero adversario a su inocente e ingenuo pensamiento que no admitía su ignorancia acerca de sentimientos negativos. Ella era la única que conoció, poseedora de audacia para gritarle en la cara lo que pensaba o quería de él, sin miedo a morir. Sin doblegar su voluntad o miedos, dejando expuestos los motivos de sus argumentos sin tener que renunciar a los sentimientos que la hacían ella.
Por otra parte, Kaoru era la que había consumido gran parte de su tiempo en esos últimos meses, a pesar de que el suyo se le estuviera acabando. Había disfrutado cada una de sus sonrisas, rabietas y golpes al aire al no poder defenderse. Sus silencios a costa de sus celos reprimidos y ese brillo en sus ojos mientras pensaba y encontraba alguna respuesta en su mente.
Desgraciadamente para él, su nombre era la gracia, la honra y la herida que tendría que tal vez soportar por lo que le quedaba de vida. Porque dentro, si tenía que sincerarse, presentía que su temor giraba en una sola frase que se había repetido antes de dormir.
—Si se va, volveré a ser el mismo…
¡No! Sacudió esas ideas absurdas de su mente. No comenzaría a odiarse por no tener otra opción más que dejarla ir.
Era evidente que interesarse en alguien le había creado problemas y un millón de inconvenientes, pero si ella no estaba… No tendría por qué odiar ni tomar su palabra. No podría dañar lo que no tenía. Ese alguien que sin provocarlo, le había mostrado otro tipo de sensación. Pues aquel dolor de pérdida que toda su vida cargó, la amargura y peso de sus recuerdos, fueron sustituidos por otra clase de sufrimiento. Uno, que a pesar de que en un principio fue capaz de disfrutar, gradualmente se volvió en su contra.
Quizá esa joven jamás lo entendería, abandonaría el palacio sin saber que era ella la que en realidad lo estaba dejando ir, pues él lo había hecho desde hace tiempo. Así, de la misma forma en la que ignoró el valor y simbolismo de su libertad. Pues aunque ella pensara que estaba arrinconada en una celda que le había construido para atarla a su lado y de la que ahora salía, la verdad era que sus alas siempre estuvieron listas para que volara y la puerta siempre estuvo abierta.
En cambio, él no tenía la misma preeminencia. Aunque predicara la libertad con la que actuaba y se movía, siempre estaría atado a la jaula de su vida. Donde la realidad retumbaba haciendo eco sobre las limitaciones de su existencia, obligándolo a aceptar los errores de otros sobre su naturaleza. Una blasfemia, por conocerla y no poseerla.
Bostezando y recuperando su actitud petulante y llena de soberbia, entró al salón de espera donde habían pasado por al lado del visitante que le esperaba.
—Bienvenido, mi señor… —El sirviente que aguardaba en la puerta le recibió un tanto extrañado de que fuera el mismo rey el que fuera al encuentro de un forastero cualquiera en lugar de llamarlo en custodia de soldados—. La cena casi está lista y los soldados se encuentran preparados para acatar su orden.
Se quedó de pie alzando una ceja con el saludo con el que se le había recibido, ignorando al puño de hombres que cuidaban la habitación que visitaba—. ¿Cena? —preguntó sintiendo un desequilibrio en su tranquilidad al cuestionarse por qué se refería de esa forma a su desayuno.
El anciano asintió realizando una reverencia con nerviosismo. Poco sabía sobre lo que le ocurría al rey, aunque imaginaba el estado aletargado de su majestad después de llamar a Megumi a su habitación la noche anterior.
—Así es, mi señor, ya casi anochece y usted acaba de despertar —evidenció recorriendo una de las cortinas para que pudiera ver los últimos rayos de sol a lo lejos y la entrada de la oscuridad pintando el cielo.
—Mierda… —masculló el rey empujando la puerta a un lado para acelerar los asuntos que pensó le robarían tiempo para no tener que ver a Kaoru.
Ahí estaba su dichosa alba.
Con sus planes atrasados ya ni siquiera podría despedirse de Kaoru... Aunque tal vez era mejor—. Que no me molesten, Kel.
Adentro, una figura de una mujer se postraba en el suelo para recibirlo, guardando silencio hasta que Battousai tomó su sitial en medio de la habitación. Una vez ahí, abandonó su postura irguiéndose para después regalarle otra muestra de respeto. Lo cual divirtió al rey. Ese encuentro se había tornado intrigante.
—Vaya, una máscara barata. Veamos de qué festival pueblerino saliste.
Así era como había descrito la máscara en blanco que la mujer portaba. Solo un pañuelo cubría sus ojos, los orificios de la boca y la nariz.
—Aquí —se presentó esa persona, estirando un rollo de papel para que el otro le viera y aceptara—. Este es mi regalo para mostrar mis más grandes respetos y gratitudes, mi señor.
No había nada de extraordinario en un papelucho insignificante y menos en un par de garabatos baratos que se suponían pintaban su rostro. No era fanático de las artes y menos si lo convertía en la musa que no había abandonado la cabeza de alguien mientras se pintaba. Bueno, aunque no tenía problema en ocupar los pensamientos de cierta mujer.
—Échalo a un lado, descúbrete el rostro —su voz fue fulminante, despreciando el regalo que su invitado le había ofrecido. Reconocía al artista y se preguntó quién sabía sobre él como para saber con qué obsequio comprarlo para tener su atención—y dime qué fue lo que te trajo aquí para rogar por una audiencia a pesar de tu evidente cobardía para no mostrarme quién eres. Me imagino que no fue para darme este tipo de basura.
—Parece que no ha cambiado, mi rey —pronunció la invitada sin dejar su anonimato a pesar de que se le había pedido que lo hiciera—. Sigue siendo muy rudo.
El rostro del que estaba sentado en el trono no cambió para nada. Ni rio, ni se molestó con los adjetivos que se le calificaban, ya que todos eran verdad. Pero lo que le sorprendió era el hecho mismo. No se había molestado por su imprudencia siendo que en el pasado muchos habían sido echados o hasta castigados por aventurarse a faltarle el respeto. Aunque no era rencoroso, su apatía fue algo que le decía que muy en el fondo conocía a esa intrusa.
Posiblemente su olor…
O su voz.
Sin embargo, había algo en ella que se le hacía familiar. Podía reconocer pizcas de su voz y su aroma aunque por el momento no podía vincularla con nadie ya fuera por el cansancio o por lo de la noche anterior. No apreciaba desconocerlo, no le parecía divertido. Le fastidiaba tener que resolver misterios cuando tenía otras cosas importantes que hacer. Pero bueno, imaginó que si no encontraba una respuesta, simplemente desenfundaría su katana y la atravesaría al no tenerle confianza.
—No tengo tiempo para estupideces inservibles como lo que pretendes. Así que muestra tu rostro o lárgate —Se puso de pie dispuesto a llamar a Yahiko y hablar de cosas que seguramente sí eran relevantes. Y también presentía que para ese entonces Misao ya estaría de vuelta.
—En realidad —La de la máscara levantó una mano dejando ver sus numerosas pero pequeñas heridas, permitiéndole entrever que no se trataba de una fina dama—. Vengo como un informante, con una alerta, de algo que usted desea.
Comenzaba a impacientarse. De por sí ese día ya era corto y tenía el presentimiento de que se había perdido de algo importante. Tal vez Kaoru ya ni siquiera estaba ahí.
—Ingenua… —repitió con cinismo burlándose de la presunción de esa chica sin gracia—. No me importa lo que tengas, no necesito nada que una cobarde sin rostro tenga que ofrecerme.
—La reina Celeste —pronunció con fuerza y rapidez para detener al hombre que se acercaba a la salida—. El protector la desea porque ella es su protectora.
Está bien. Había capturado su atención con la primera oración pero no imaginó que algo de mayor importancia le seguiría. La razón por la que estaba tan molesto y la persona que más le importaba había sido introducida al tema. Sin embargo, le haría la tarea más difícil mientras escuchaba todo lo que sabía, antes de decirle que ya tenía su atención.
—Perdonaré tu vida si te largas de una vez y olvidas lo que piensas que sabes. —Empuñó su espada sin desenfundar.
—No entiendes… ¡la matarán! Esa espada de diamantes tallada en plata que el protector le dio es la prueba que necesitas, solo desenfunda su segunda vaina —lo retó—. Luego, puedes matarme, porque nada cambiará.
Huh, esa mujer sabía lo que estaba diciendo, incluso cuando le entregaba la vida si desenvainaba la espada de Kaoru. Eso significaba que tuvo solo una forma de enterarse de ello: ella conocía al protector. Su sonrisa se alargó de medio lado y su rostro se ladeó lo suficiente para ver de perfil de esa ingenua insistiéndole—. Y… ¿quién dijo que me importaba si ella moría?
Ante su provocación ésta dio un paso atrás. La había tomado por sorpresa.
—La amas, ¿no es así? Ella es o será tu reina, la luz de la profecía, ¿no?
Error…y, ahí se desvelaban sus motivos.
Animado con sus suposiciones y teorías, desenfundó la espada y la giró en su mano jugueteando con ella—. Vaya, vaya… que pajarito tan estupidito tenemos aquí. ¿Acaso no has visto todas las mujeres en este castillo? ¿Acaso crees que aspiro a una reina caída y vencida? —Chasqueó la lengua mientras avanzaba—. Soy el rey Oscuro y no me importa si muere, por ende jamás será mi reina o nada de lo que te refieras.
—Tú… ¡sabes su verdadera identidad! —La mujer continuó caminando hasta acercársele y levantar su mano para acariciarle, pero la punta de la katana plateada del rey fue la que la alejo—. Ella es un fallo que la hace la excepción y la desviación de la profecía, eso lo sé. Eres consciente de que todos desearán poseerla porque es tu comodín, por el simple hecho de que su vida y destino ahora te pertenecen. Sufrirá porque tú, con tus propias manos, le has dado más valor de lo que poseía. La has convertido en una mera ficha de ajedrez que todos ambicionan. Si no la alejas o la matas… ella será lo que no es.
Sus ojos se entrecerraron pensando de principio a fin de ese encuentro. Sabía demasiado, más de parte del protector que del elegido, convirtiéndola en alguien que le intrigaba. Desde su máscara, hasta la osadía que había tenido al querer tocarlo como si tuviera derecho, como si tuvieran un pasado. Tendría que matarla en ese momento o esperar hasta que le vaciara la información que sabía, antes de que más gente supiera lo que la reina significaba.
—Eres graciosa y te has creado un mundo de fantasía en tu desquiciada cabeza. Pero, como no tengo nada más que hacer te tendré encerrada para divertirme después —se burló sacudiendo se mano a un lado. Además tocó la puerta, llamando a algunos de sus soldados de confianza.
La chica bajó el collar de su prenda negra y deslizó un poco sus ropas entre sus senos para sacar una insignia pequeña para mostrársela, cambiando su argumento con rapidez—. Entonces, si me equivoco, déjanos saber a todos los que hemos esperado por la profecía. Muéstranos a todos que ella no es la luz, ni tu reina. Y entonces, mátame por mis blasfemia, si te atreves después de… —Quiso deslizarse su máscara pero él no la dejó; pues la detuvo a punta de espada.
—No lo hagas. Deja lo mejor para el final… —La derribó con un golpe detrás de sus rodillas y antes de caer la sostuvo de su brazo, acercándose a su oído donde sonrió con malicia raspando la superficie blanca de porcelana con la hoja de su arma.
—Pero…
—No sé quién te crees que eres para pensar que puedes entrar y decirme que hacer, a mí, a tu rey… —susurró, cogiéndola de la barbilla mientras deslizaba su dedo en la abertura de su camisa en medio de sus senos, para terminar lo que esa mujer había comenzado—pero, dejarás de respirar si es a mí al que así le place —El rey arrebató el objeto que colgaba en su pecho y lo estudió—. ¿Y esto? —preguntó girando su collar en el aire mientras los guardias entraban para llevarse a la nueva cautiva a otra habitación.
La mujer tocó su pecho, jadeante, para tranquilizarse—Te dará respuesta para que puedas confiar en mí, y si aun después de verlo no me crees entonces puedes matarme. Yo, soy la única que te puede ayudar a salvarla.
—Díganle a Yahiko que la vigile y la mate si intenta escapar…
Esa gargantilla con el símbolo de su reino parecía tan simple pero tan complejo a la vez. Algo que se suponía le diría lo que quería saber. Confundido, lo apretó en su palma y lo arrojó hacia el piso donde reposaba la pintura con la que ingenua pensó que lo compraría, y, hecha por el artista que había retratado a sus padres en el pasado.
Determinado, caminó hacia sus guardias para proseguir con los planes por los que había querido evitar ver a Kaoru todo ese día. No necesitaba de los recordatorios de alguien para hacer lo que siempre había planeado. Todo lo que esa persona le había dicho ya lo sabía y de ahí radicaba la necesidad de deshacerse de la reina Celeste. Aunque tuviera que matar ese amor que ella tanto había venerado.
II
Esa noche partiría y se había dado cuenta, aunque tarde, que la amaba con toda el alma, era lo mejor que le había pasado en la vida y no podía dejarla ir. Por lo que correría a detenerla, la abrazaría y la miraría a los ojos antes de pronunciar su nombre dulcemente mientras le declaraba el amor que nunca le había dicho en palabras.
Le haría mil promesas, revelándole que quería un mundo con ella y que nunca la dejaría; después irían a su cuarto y en la oscuridad harían el amor hasta crear un futuro. Sí… bueno, todo eso que quería que Battousai tuviera en mente tal y como ella fantaseaba que pasaría.
Pero a quién engañaba, todo lo que esperaba que pasara jamás ocurriría. Él era un sádico que le gustaba ser grosero cada vez que podía y sin dudarlo seguramente le daría una patada en la retaguarda como despedida de su castillo. Eso sí que podía imaginarlo y existían más posibilidades de que se concretara.
Una de las pruebas que tenía era esa dichosa cena a la que habían sido invitados tanto ella, Hiko y sus visitantes. Mientras, ella seguía confundida de lo que ocurriría, él parecía más distante pero calmado en medio de Tomoe y Megumi en esa mesa. Aunque esporádicamente la ojeaba de reojo y era notable el interés que tenía en ella esa noche, no había sido capaz de acercarse y empezar una conversación como las ultimas que habían tenido.
Lo cual la orillaba a pensar que ahora que se iba se sentía libre de toda carga que fuera que ella representaba.
—…Y un brindis por la partida de la reina Celeste… —Hiko se había levantado con copa en mano, mientras que los ojos del rey y de una de sus acompañantes lo estudiaban reprobatoriamente por el mal tino. Quería provocarlo echándoselo en cara.
Para corresponder el buen gesto y la buena voluntad, ella alzó su copa fingiendo felicidad de su pronta partida. No podía saber lo que pensaba o si su desinterés era genuino, no obstante, no se desbarataría ante sus pies mostrando lo débil que era al saber que le dolía y lloraba por dentro.
—Muchas gracias por todo, su excelencia, rey Himura —Kaoru tragó disimuladamente cuando todas las miradas se postraron en ella, causando mayor conmoción que la de hacia algunos instantes. Pero fue valiente y el gesto de Gentatsu a su costado al tomarle la mano la refugió en el coraje que sabía poseía—. Por devolverme el poder sobre mi vida y la libertad que añoré todos estos meses…
¿Qué?
¿Qué estaba diciendo...?
Megumi alzó el rostro negando disimuladamente como si algo de lo que había dicho estuviera mal. Y, aunque ese gesto había tenido el efecto para hacerla reconsiderar lo que estaba diciendo, prosiguió. Ya que era muy probable que con las cláusulas del rey esa fuera la última vez que lo vería. Por eso le daba igual lo que en ese maldito reino pensara ya. De todas formas ya se iba, ¿no?
Apretó la mandíbula y tomó un sorbo de su copa cuando los demás se quedaron boquiabiertos y como en símbolo de apoyo su acompañante, el hijo adoptivo de Hiko, a quien recientemente se lo habían presentado de manera formal, también bebió.
¿Qué estaba haciendo? ¿Qué pasaba con ella? Presentía que algo en su interior no lo creía o plenamente estaba cambiando. Por qué… no podía llorar. Hablaba y actuaba como si esa despedida no fuera real. Como si tuviera la certeza de que no estaría alejada de él y que todo estaría bien. Como un lazo, una cadena que se había formado y que la ataba eternamente a él.
Diablos, pensó. A eso se le llamaba estar en negación. Probablemente lo que en el fondo creía que pasaría sería que terminaría siendo encontrada como cada vez que huía y entonces todo se pondría en marcha como de costumbre. Sí, esa no era una despedida, era otro de sus juegos…
Pero entonces, ¿por qué, contradictoriamente, sentía ese dolor en el pecho que no le dejaba respirar con tranquilidad?
—Ven acá…
Lentamente como si se tratara de un sueño, observó su cuerpo ser arrastrado de su silla de manera abrupta. Como si se tratara de la muñeca de trapo que tuvo en su niñez y la cual levantaba sin ningún esfuerzo con tan solo tirar de su brazo. Así se visualizó, temerosa ante la sorpresiva reacción de los invitados que pronto fue dejando atrás. Sobre todo la intromisión de Yahiko y Misao al detener a Gentatsu y a Hiko ante los malos modales del rey.
La presión en su brazo se hacía más fuerte, parecía que lo rompería para retenerla por siempre. Y, aunque quiso gritar y zafarse de ese abuso de poder, no lo hizo. Simplemente cerró los ojos dejándose arrastrar hasta donde fuera que el hombre la llevara...
¿Por qué…?
—Con que rey Himura, ¿huh? —Gruñó sumamente molesto por la actitud de la chica—. Y estuviste cada instante tratando de descifrarme mientras deseabas tu libertad. Ha, que maldita sorpresa… que absurda falsa te estás montando.
—Seta me dijo que esto es por la profecía. Si es verdad, si no hay otros motivos y si es que sientes algo por mí... —Si era la maldita profecía, se desharía de ella para dejarlo elegir. Se apartó de él cogiendo la espada de sus caderas arrojándola al arroyo que cruzaba por ese jardín al que habían llegado—. Entonces… deja todo y haz conmigo lo que quisiste hacer una vez.
Battousai resopló volteando desde el arroyo hasta verla nuevamente —Vaya, esa es la espada de mi padre… —sonrió bajando la mirada. Su audacia, su decisión y franqueza, nunca dejaba de sorprenderle. Agradecido estaba que no se hubiera perdido de esta cena en su despedida.
Lo que faltaba, se repitió mentalmente maldiciéndose—. Si no eres capaz… si nunca sentiste nada, deja de hacer esto. Deja de buscarme cuando he aceptado las cosas —mintió—, cuando no quiero ser encontrada.
La cogió del brazo con fuerza, empujándola a un lado sin consideración.
—Ojalá pudiera matarte como todos piensan que tiene que ser —De esa forma su confusión terminaría—. Desearía tomar tu vida no solo porque así tiene que ser, sino para cumplir tu maldita promesa. Es eso lo que quieres. —Recargó su frente sobre su hombro—. Quieres rendirte con tal de no vivir… al no tener lo que te hace débil, lo que te hiere y mata por dentro. Pues bien, no necesitas de mí, así como yo no necesito que me escupas en la cara tu maldita piedad.
—¿Quién te crees que eres?! No puedes venir y tomar de mí todo lo que quieras y abofetearme la cara para después acariciarme —replicó ella irguiéndose correctamente y sobando su brazo. Y es que ya era suficiente. No podía tener más de esa actitud que no quería nada y quería todo a su vez. Sentía que se rompía y que caía cada vez más hondo por ese hombre. Era precisamente lo que juró jamás pasaría.
¡Por los cielos santos que no lo entendía! Y, por eso hervía de rabia, coraje porque ya no podía soportar más ser alejada y tratada de esa manera. Quería quedarse y ayudarle, deseaba estar ahí para él, no por piedad como lo pensaba. Solo quería amarlo como ella quería ser amada. Pero… ya había llorado y rogado suficiente…
—Kaoru… —maldijo a la voz en su interior que quiso escupir la resolución que se había hecho, pero tenía que recordar lo que ella tenía que significar. Lo que representaba.
—¡No! ¿Sabes qué…? —No le importaba si lo interrumpía o no. Si se iba, quería tener sus dudas resueltas y no quería llevárselas como espinas que la molestarían—. Pensé, —rio con ironía—, de verdad pensé que sentías algo por mí, que tomaría tiempo pero que terminarías diciéndomelo algún día. Nunca quise compararme con tu 'mejor amiga' pero…
No… no lo que él había creído que terminaría pasando.
—Ni tienes por qué hacerlo —intervino molesto dispuesto a que parara. ¿Por qué diablos tenía que sentirse inferior? No lo era.
Era ese el valor que ella necesitaba darse y no seguir viviendo solo amando a la mitad de su ser. Debía amarse sin la necesidad de sentirse amada por él. De sentirse libre y ser una mujer independiente y no solo amar su presente mientras odiaba el resto de su vida y lo ocultaba a los demás. Porque si bien concordaba con ella, las heridas internas no eran para mostrarlas a los demás, pero a veces era necesario dejarlas visibles para enorgullecerse de su poder a pesar de éstas.
Su mirada llena de ira se desvió hacia otro lugar del jardín enfocándose en los botones de las rosas que apenas se distinguían en la oscuridad. Estaba abatida y furiosa, pero también se entristecía; aunque este último sentimiento no podía salir a flote con tanta facilidad como el primero.
—Dime, ¿qué sientes por mí…?
—Que siento amor por ti —Él alzó una ceja tomándose de las caderas. No podía creer que le estuviera preguntado eso. ¿Qué esperaba? Solo necesitaba que entendiera y lo dejara ir por igual entendiendo que era lo mejor, por eso la había buscado. Pero, posiblemente era lo peor que podía hacer por ella—. Eso es lo que seguramente quieres escuchar, en lugar de la verdad. Quieres una cadena que te una a mí, porque eres incapaz de irte sin una atadura, un motivo por el cual regresar.
¡¿Qué?! Se preguntó molesta. Sus ojos se abrieron completamente y sus labios temblaron con sorpresa. Eso… no era verdad.
—No puedo repetir solo lo que quieres escuchar para hacerte sentir bien. Solo te puedo decir que eres más importante que cualquier otra persona. Solo eso.
—Entonces… —Ignoró lo demás que se le dijo. Estaba sufriendo y aunque el rey estaba tratando muy poco para no hacerle daño ella quería, necesitaba, ser herida. Solo así sería más fácil renunciar a sus brazos. Dejar de dar todo sin recibir nunca más nada—. ¿Por qué estuviste dispuesto a huir junto con ella, renunciando a tu maldita profecía… y ahora todo es diferente conmigo? —Si es que era más especial que la misma Tokio.
—Exactamente por eso —Estaba furioso—. Porque tú no eres Tokio.
Ese era un golpe bajo, muy bajo, pero ella lo había provocado. Uno tan grave que la estaba destruyendo por dentro. Sin embargo, ya había recibido golpes en el alma con anterioridad. Tan profundos y dolorosos que había costado sanar. Fastidiada por su actitud, suspiró y apretó sus labios para no dejar salir otro ruido que la dejara al descubierto. Le había dado su corazón y estaba siendo desgarrando.
—Escucha, reina Celeste —reanudó lo que pensó era lo mejor para ambos. Su mirada también había perdido su brillo, sin embargo, su sonrisa prevaleció—. Siempre, hay una parte de ti que se aferrara a mí y es algo que debes cambiar para volverte independiente.
Su rostro ya no era el mismo. A pesar de que estaba pintado y oculto por las penumbras quiso que su luz lo alumbrara una última vez. Al menos para despedirse de él.
—Dije que jamás amaría a nadie y después de conocerte me convertí en lo que más odié —La sombra masculina se acercó haciéndola retroceder. Seguramente lo estaba detestando y era precisamente eso lo que los terminaría por separarlos—. No soy, ni puedo ser todo lo que quieres, no me conoces y aun así dices amarme.
Kaoru apretó sus puños y tomó un respiro hondo endureciendo su fortaleza.
—Eres a la única que nunca pude controlar. —prosiguió—. A pesar de que eras importante, te odié y después ese sentimiento cesó cuando compartí nuevamente tiempo contigo. Eres alguien que en otras circunstancias y si fuera otro tipo de persona no dejaría ir más allá de un paso de mí, pero en estos momentos no te necesito.
—Entonces —Kaoru se acercó empujándolo en el pecho, con reproche al saber que jamás escucharía una clara confesión de amor. Nunca tendría nada de él—. No me digas la verdad y miénteme como siempre lo has hecho. Ensucia de nuevo tus manos por mí si este es el final. Ni siquiera quiero saber tus razones o lo que ocultas, solo deja una cadena que me una a ti. Dame algo a lo que me aferre a seguir adelante. Tu palabra… ¡Lo que sea! Si este es el final… —repitió— termina por romperme el alma pero alíviame el corazón. Porque… —titubeó su voz se quebrantaba por la impotencia y el coraje guardado—… te adoré hasta el final.
«A veces necesitas matar lo que más amas...» A esa conclusión había llegado, si es que planeaba proteger algo más que no fuera su propia vida.
Se plantó en su lugar a pesar de ser alejado por las fuerzas de la joven. No podía hacer lo que ella quería, deseaba que creciera y se volviera independiente de todos.
—Partiremos por caminos separados y si algún día nos encontramos y somos libres... Sabes lo que significa, estamos destinados a hacerlo. Por ahora, crecerás y te darás cuenta que siempre fuiste mi igual y no necesitabas adorarme. Pero si no es así… ten una buena vida —finalizó él palpando su hombro—. Solo eso te puedo decir. Puedes llorar, romper y patalear, pero no planeo darte una esperanza, no te daré más pena. No algo con lo que no puedas renunciar a mí.
'Partiremos por caminos separados… y si algún día nos encontramos y somos libres... Sabes lo que significa, estamos destinados y te haré mi reina, mi esposa. Pero si no es así… ten una buen vida'
Eso es lo que en el fondo deseó decir. Pero jamás lo diría. Nunca a esa mujer, nunca con la clase de hombre que era. Porque dentro de todo, las palabrerías sin acciones eran pura basura que el aire arrastraba hasta envolverlas en el olvido. Y, si es que lo que sentía era parecido al amor… entonces no era de esos que se llenaba la boca con cosas bonitas, solo con hechos. Nunca le daría más pena.
Kaoru alzó su brazo deteniendo el tacto con el rey. Podía quedarse pidiéndole explicaciones y una razón para quedarse. Pero la verdad era que no estaba pensando con la cabeza fría, solo con el corazón y el orgullo herido. Fue así como decidió amarrarse al dolor y llevarse lo que más le había herido de esa relación.
Después de todo lo que había pasado a su lado. Había cosas que valoraba, momentos que le gritaban quedarse y buscar una solución. Pero, su orgullo, su apenas creciente pero significativo amor por sí misma y dignidad, le aconsejaban que era momento de partir. Pues si se quedaba solo se perdería, sufriría y lloraría sangre. Tendría que conformarse con lo que fuera que le daría.
Ya que él jamás cambiaria, nunca podría demostrar el amor que siempre esperó. Jamás podría escuchar una palabra de amor de sus labios ni podría sentir su cariño abiertamente como lo deseaba. Pues, entre sus prioridades siempre estarían los tratados, las conquistas de otros reinos y una profecía. Una a la que jamás podría ganarle… a la cual se rendía y ese día terminaba por ceder y caer—. Hoy… dejo de ser tu sombra —Ya no esperaba nada más de él y así como había dicho, esperaba que todo le fuera muy bien—. Solo espero que el hielo en tu alma no te consuma completamente.
Se alejó completamente de él corrigiendo su postura por una más tranquila.
—Y… acepto las condiciones del tratado que redactó Hiko. No me acercaré a ti en lo que me resta de vida, ni pondré pie en este castillo. Y, si fallo, enemigos seremos y desatarás una guerra tomando mi vida si mi promesa no prevalece —Con esto le arrojó al piso el tratado firmado por ella, y que había ocultado en su bolso.
Era su forma de renunciar a él.
—Tampoco me inmiscuiré en este asunto de las espadas. Ahí. —Señaló al bolsillo amarrado al pergamino que contenía la kunai dorada—. Ni esta guerra, ni nada que tenga que ver contigo. Eso era lo que querías… eso es lo que tendrás.
Era una reina, lo amaba… pero seguía siendo mujer que terminaba eligiendo su dignidad.
La observó caminar con elegancia hacia la entrada del palacio donde requirió la ayuda de algunos sirvientes para acomodar las cosas en los carruajes donde viajaría con los demás. Ya era tiempo y esta vez no habría vuelta atrás.
Lo segundo que llamó su atención fue ese pergamino por la base de sus pies. El jamás había aceptado dichas condiciones ni las había sugerido cuando su maestro había hablado de un trato. En cambio, le parecía una buena idea. No solo para la renuncia mutua que se debía hacer, sino porque serviría como obstáculo cuando él quisiera tenerla en su vida.
—Me adelanté, pensé que lo planearías en algún punto del futuro —El hombre que ayudó con las clausulas llegó a su lado saliendo de las sombras—. Tienes tanta razón… amenazarla para que renuncie a ti, forzarla a odiarte es mejor que decirle que la amas.
El rey solo guardó silencio observando el papel del que le había hablado la muchacha.
Incluso así, Hiko prosiguió. Sabía que le escuchaba—. Se aferraría a ti, y eso solo la herirá más. En cambio, con el odio puede vivir y seguir adelante; será una motivación para olvidar la desdicha de conocerte. Y bueno, —rio— vaya, parece que nunca terminaste de decirle la verdad. Ni siquiera dejaste que Aoshi hablara con ella a pesar de que viste a Misao aquí. Lo que hiciste, rey, es demasiado interesante. Aunque es necesario para salvarla del destino que le esperaba a tu lado —Hiko agachó su cabeza y se cruzó de brazos.
—¿Por qué no me sorprende que estés de entrometido en esto?
—Pero está bien lo que hiciste por ella. Aunque nada te garantiza el futuro. Ella se enterará de toda la verdad, entonces te odiará, se casará, tendrá hijos y se olvidará de ti. La perdiste y la habrás perdido de nuevo, aquello que amaste de ella y que nunca supiste. Lo único que tuvo valor en tu vida.
Battousai dio la vuelta rompiendo el tratado y arrojándoselo a Hiko en la cara con una sonrisa burlona, y en señal de que lo que decía no era de su agrado, cuando por respuesta lo que recibió fue a su antiguo maestro escupiendo a sus pies como símbolo de igualdad. Pues esas amenazas que pudieron tener efecto en otros, no las tenía con su maestro y estaba consciente. Aunque si lo hacía su enemigo en un futuro… era algo que le daba igual.
—No necesito explicarte nada, ni escuchar las lecciones de vida de tu parte —Nadie entendía lo que para él significaba esa maldita despedida, lo que era esa profecía en su espalda y tener que implicarla. Sus sacrificios y destino. Por eso, nadie, absolutamente nadie que no vivía su vida tenía derecho a opinar—. Así que púdrete, Hiko. Solamente eres uno de mis sirvientes.
No le afectaba. Podía llamarlo como quisiera, mientras se desquitaba por no ser libre y correr hacia ella—. ¿Por qué no huiste a su lado? ¿Por qué elegiste a Tokio en vez de ella? —El antiguo maestro del rey se rascó la barbilla. Era divertido descifrarlo, más entretenido que pelear con él—. Digo, estuviste dispuesto a renunciar a la profecía cuando conociste a Tokio y me consta su poco impacto en tu vida. Entonces, ¿por qué no Kaoru, cuando es lo único que te vuelve humano y lo único de valor que en verdad te interesa?
El de yukata se detuvo. Aunque no debía rendirle explicaciones a nadie, tal vez era hora de sincerarse con tan solo esa persona que le conocía desde niño y el que se llevaba aquello que le importaba más que sí mismo.
—Si encontraras algo que valga la pena defender con tu vida... —Su majestad apretó las cintas de su segunda yukata para abrigarse del frío—, y tuvieras la oportunidad de luchar por ello ¿Irías a la guerra con la posibilidad de cambiar las cosas y darle un futuro o te quedarías con esa persona pensando que podrían ser sus últimos minutos para disfrutarlos a su lado? —inquirió con expresión sombría pero cuando no obtuvo una respuesta prosiguió—. Bien, pues esta es mi respuesta: quiero su vida.
Su ex maestro sonrió. Por fin había encontrado algo digno de proteger. Esa persona a la que le rendía su propia vida y lo expresaba con acciones. Aquel estudiante egoísta ambicioso y ruin quedaba a un lado siempre y cuando se tratara de un miembro de su familia, en su caso de la mujer a la que ni siquiera sabía que amaba. Y eso era lo que lo convertía en un espléndido rey y un hombre al que podía respetar.
Siempre creyó que se había tratado de escoger entre Kaoru y Tokio… y en ese momento se daba cuenta que estaba totalmente equivocado.
—Bien podías elegir —Quiso orillar al soberano de ese reino a darle una respuesta más—, entre el inmenso poder que tienes o una simple mujer cuya verdad conoces. Pero elegiste —pausó dando también la media vuelta—, y elegiste bien. Escogiste el poder porque sin él no podrás protegerla jamás. En cambio, si hubieras huido a su lado jamás podrías hacer lo que puedes como el todo poderoso rey Oscuro y nunca te perdonarías. Así que te apoyo, elige siempre el poder y el sacrificio para cuidarla. De otra manera jamás lo permitiré.
Siempre había sido la vida de Kaoru. Y ahí radicaba la diferencia entre ella y Tokio…y los motivos del rey para elegir con quien huía.
—Sí. —Lo conocía demasiado bien, tanto que juró había estado en la misma condición para descifrarlo tal cual—… y se lo haré saber en tu partida.
Sin más que decir, el rey lo dejó en el jardín con una sonrisa en su rostro, pálido como si confirmara lo vulnerable que se había vuelto. Y era ese sentimiento de impotencia y ansiedad el que odiaba pero el que lo hacía sentirse en calma. Nadie lo entendía y por eso alejaba a todos de su vida, porque prefería su odio y temor al amor y compasión que pudieran ofrecerle.
En cuanto a la reina y a él, no se trataba de una leyenda de princesas al que pudiera darle un final feliz. Las cosas no eran tan simples, ni color de rosa como en esos estúpidos cuentos de hadas. Sino un sentimiento maldito que solo los haría caer a ambos si no se sacrificaba nada.
Y así tenía que hacerse,
Así lo haría.
III
Apresurada, Megumi abrió la puerta de su habitación alzando las puntas de su vestido para no caer. Del otro lado se encontraba el rey, con manos ocultas en las mangas de su yukata.
—¿Le puedo ayudar en algo, mi señor? —Realizó una reverencia para recibirlo. Después de la cena todos se habían ido a sus habitaciones, porque dentro de su ingenuidad pensó que si el rey se había retirado era para pasar su última noche con la reina Celeste. Era lo más lógico y lo que más se esperaba de una pareja que estaba destinada a estar juntos en algún momento. No a un hombre que a altas horas de la noche esperaba por otra que no era la destinada a ser su reina.
Sin agradecer el gesto, el rey fue hacia dentro, dejándola con la labor de asegurarse de que los pasillos estuvieran vacíos y que la puerta estuviera bien asegurada. Con familiaridad, comenzó a arrastrar algunos baúles y los arrojó hacia la cama.
Por su parte, la mujer lo escrutó confundida, acercándosele solo para ver qué estaba echando a las maletas.
—Te irás con Hiko y…
La mujer cerró los ojos con pesar y dejó que un pesado suspiro dejara sus pulmones. Lo que temía, seria alejada del único lugar al que llamo su hogar, del único hombre al que llamó su amigo y a la única familia que conocía. Ese asunto ya no se trataba de querer ayudar a una niña insensata en contra de lo que se le venía. ¡Se trataba de su vida!
—Mi rey, —Corrió agitada hasta llegar del otro lado de la cama para mirarlo cara a cara—, yo no le caí muy bien a la joven, puede que…
El gruñido masculino proveniente de su garganta se hizo audible y sus blancas manos no pudieron hacer otra cosa más que azotar la tapa del baúl.
—Primero: nombra las cosas y personas como son. Es la reina Celeste, Megumi, que las hierbas con las que trabajas no afecten tus modales. —La impaciencia era uno de sus defectos, o al menos era el más prominente que estaba descubriendo en cuestión de esas horas—. Y segundo: aquí se cumple lo que yo digo. Me debes mucho como para decepcionarme ahora.
¿Qué? ¿Battousai le estaba echando algo en cara? Bueno, en realidad eso si le sorprendía al conocer su tenebrosa personalidad. Lo que la descolocaba era lo que aquello implicaba. Pareciera como si estuviera cobrándole el favor y forzándola a pagarle con otro favor.
—Entiendo, mi señor.
—Bien. Llévate todo lo que gustes incluso esto —Le arrojó un saco en la cama que contenía varias monedas de oro y algunas piedras preciosas—. Tómalo como un adelanto.
¿Adelanto de qué? ¿Tenía que matar a alguien? Sus ojos fueron incapaces de parpadear al ver el interior del bolso. Su respiración se agitó y una presión extraña se apoderó de su pecho. Pues con esa cantidad de dinero estaba segura que le pediría su vida a cambio.
—No hace falta… —Agachó su cabeza empujando las monedas a un lado de manera desinteresada.
Estaba siendo sincera. Puesto que él había hecho tanto por ella desde que la encontró mendigando por esa ciudad envuelta en llamas. Cuando el reino Oscuro llegó a ese monasterio incendiado donde perdió lo que tenía. Sin saberlo, sin ella pedírselo lo había visto como su salvador a pesar de ser casi un adolescente. Un héroe que vengó la vida de sus padres y hermana sin que se lo hubiese solicitado, al matar a los hombres que habían provocado aquellas acciones.
—Claro que sí —añadió antes de salir de la habitación mirándola entre sus flequillos—. Tú no serás sirviente de nadie, seguirás siendo parte de este reino y tu libertad no será comprada en ninguna otra tierra. Así que no temas…
Una suave sonrisa se pintó en sus labios carmines y sus mejillas imitaron el color de su maquillaje. Agradeció la intención y el valor dado por alguien tan grande y poderoso como lo era su rey. Aunque nada fue recibido a cambio más que una mirada apática y un silencio mortal, sabía que lo que significaba su falta de gestos.
—Gracias, mi rey —Realizó una última reverencia al verlo asentir para disponerse a salir de su habitación—. Le serviré con mi vida.
—Así lo espero, Megumi Takani.
IV
La frialdad y la falta de luz en ese lugar hacia que los pasillos y hasta cada una de sus esquinas le pusiera la piel de gallina a cualquiera. Incluso con las innumerables antorchas, que estaban colocadas a cada cinco pies de distancia, era imposible no temerle a las soledad llena de ecos que parecían abrazarse a ti una vez que te sumergías entre las celdas. No solo el escenario era tétrico, sino las voces que actuaban en forma de lamento como la melodía que te faltaba para tener pesadillas parecían destinadas a estar unidas.
Nunca había estado en esa sección de los calabozos. E intuía que incluso ahí dejaban morir a costa de su sufrimiento a mucho de los reclusos, ya fuera de enfermedades o de hambre. Tragó con fuerza y acomodó el pañuelo en su boca para cubrirse del olor. Era aterrador tener que presenciar la crueldad del rey Oscuro pero también era reconfortante saber que todas las personas que se encontraban ahí eran los causantes de los peores crímenes. Desde violaciones hasta terribles masacres por maldad.
Aunque, este dato también difería con los dos enjaulados cuyas presencias parecían ser bastas para el rey como para dejarlos ahí, junto lo peor del reino.
Yahiko terminó de darles de beber a los que estaban detenidos bajo su cuidado. Reposó un poco sus pies y se dedicó a estudiar a la nueva adquisición de su rey en el calabozo. Era una mujer de al menos veinte años, delgada y de piel bronceada que mostraba ya fuera su exposición solar durante viajes, trabajado o bien tenía un bendito color de piel.
Aunque podía quedarse ahí otro rato sentado sin hacer nada, había algo que le extrañaba e intrigaba desde su llegada. Y era la insistencia de ocultar su rostro con el largo de su cabello castaño después de que su máscara fue removida. Simplemente no se daba cuenta que al hacerlo llamaba más la atención.
Queriendo desechar el tema, ya que el rey les había impedido a todos verla o hablar con ella hasta que él fuera, comenzó a tallar una piedra roja con una lima. No estaba posponiendo a lo que había regresado, en realidad ya había mandado más de quince recados a Kenahin sobre lo urgente que era hablar con él. Pero, en su lugar, había sido usado como un soldado guardaespaldas en su huida con Kaoru y ahora le era ordenado cuidar a una reclusa. ¿Qué le faltaba? ¿Ir a limpiar el excremento a los caballos y hacerle el peinado a Tomoe?
Rio y siguió con su labor más concentrado que antes. La forma que quería darle al rubí era la indicada, entonces le serviría como anillo de compromiso para dársela a Tsubame. Ya que en su reino había una tradición única que la reina Nori había comenzado como símbolo de su profecía, y esta era otorgarles a las mujeres las piedras en bruto para un compromiso, pulidas o postradas en anillos de oro para una boda segura.
La suya quería que fuera, segura así que se esforzaría lo suficiente hasta que esa piedra quedara como un corazón y dejará de parecérsele a un pollo desplumado. Así que siguió limando a pesar de oír su nombre en alguna de las celdas.
—Yahiko… escúchame, necesito hablar contigo. Es urgente.
Era esa mujer extraña con el cabello largo tapándole la cara. No paraba de mencionar su nombre por más de quince minutos, y, como había acabado con su concentración e interés en darle forma a la roca, se puso de pie arrastrando su silla hasta allá. No desobedecía al rey pero si quería averiguar cómo sabía su nombre. Si no recordaba a alguien con las mismas características.
—Ya, dime qué es lo que quieres…
—Ese rubí es para alguien especial ¿no es así?
El joven guardó la piedra en su bolso junto con la lima. Ese era un asunto que a nadie le interesaba, aunque fuera más que evidente lo que estaba haciendo.
—¿Para eso me llamaste? Solo me haces perder el tiempo.
—Vaya… —Se echó a reír la mujer provocando y suave eco en la habitación que le erizó la piel al reconocer ese sonido—. Te le pareces mucho.
Yahiko negó esas locas ideas. No debía ver fantasmas donde no los había, así que lo mejor era cambiar de guardia; tal vez intercambiaría con Misao, quien ahora cuidaba a Shinomori.
Apresurado, tomó sus cosas y estuvo a punto de salir, pero la mujer lo llamó de nuevo.
—Toda mi vida pensé que estaba mejor lejos de todo esto —titubeó poniéndose de pie y aferrándose a los barrotes de su cárcel, donde descubrió un poco de sus ojos para mirarle fijamente—. Pero no fue hasta hace poco rato atrás que me di cuenta que no podía renunciar a lo que verdaderamente amaba.
—Él te matará —evidenció él con temor de aceptar lo que veía.
—Ya lo hizo una vez…
Esa voz.
El asistente del rey se dio la vuelta con rostro pálido y ojos bien abiertos.
Esa esencia suave y dulce…sus palabras.
—No… —tartamudeó caminando lentamente cuando pudo contemplar sus ojos despejados, junto al resto de sus rasgos faciales.
—Sí… he regresado por el rey.
V
Todo el mundo en el castillo había salido para despedirles. Muchos como señal de agradecimiento a Hiko, quien era el que frecuentaba mucho al rey en toda época de su vida. Y bueno, a ella también ya que había entablado una que otra conversación con algunos empleados del lugar.
Sus baúles estaban adentro, más que nada con las pocas pertenencias suyas y algunas cosas que el rey le había obsequiado para el viaje. Y, que seguramente de puro coraje iría abandonando en el transcurso. En fin, todo estaba listo para por fin decir adiós a su primer amor… el que la había rechazado infinidad de veces.
Suspiró y dio un paso en el escalón del carruaje. Sí, todos estaban ahí, todos menos él, ni Misao ni el muchacho Yahiko. Aunque la mujer era la que menos le importaba, había guardado la esperanza de ver a los otros dos una última vez, ya fuera de lejos.
Su pie se detuvo, antes de entrar al vehículo que le había pedido a Gentatsu para ella sola, como un favor para poder meditar bien las cosas y descansar. Ahí, estaba otra mujer mirando por la ventana, ladeando su mano de lado a lado y mandando besos al aire. Era esa mujer la que llamaban la bruja oscura.
—¿Qué haces aquí? Este es un carruaje exclusivo para mí —Y la verdad era que no había querido expresar así su demanda, simplemente le había sorprendido encontrarla, porque significaba que también partía.
—Ay, que niña tan maleducada —se quejó la doctora empujando su vestido a un lado para dejarla pasar—. Tienes que aprender a compartir.
—Baja, esto no es gracioso.
Megumi Takani tapó sus labios para enfatizar la burla—. Disculpe, mi reina. Pero como dije: tendrá que compartir. El rey me ha concedido mi libertad y Hiko me ha permitido viajar con usted. Ya que no se verá correcto que viaje con dos hombres ¿o sí? ¿O es que acaso usted permitirá que mi honra sea puesta en duda?
Ha, como si no supiera que esa ya no tenía ninguna clase de honra de la que tenía que preocuparse.
Se enfureció consigo misma, juzgar a alguien no estaba bien, le irritaba un poco tener que compartir con otra mujer que había sido de Kenshin, pero debía hacerlo si Hiko se lo había permitido. Una vez en su reino no tendría que obedecer a nadie y todo empezaría desde cero.
—Bien, da igual —cedió Kaoru empujando una pequeña maleta en la carroza, mientras ponía un libro y una pluma bajo el brazo.
Megumi entrecerró sus ojos sospechosa. Kaoru no estaba actuando como cualquier mujer que estaba siendo separada de su amor. Parecía querer lucir fuerte… o que tal vez estaba a punto de derrumbarse. O, posiblemente se estaba equivocando.
—¡Reina Celeste!
Una sonrisa dulce y amable se formó al escuchar la voz de su viejo amigo Seta. Contenta abrió sus brazos para recibirlo y lo alzó en el aire besando sus mejillas. Él era una de las personitas a las que iba a extrañar genuinamente. Pues en tan poco tiempo había visto su ser reflejado en él haciéndola desear protegerlo por siempre.
—Pensé que no vendrías a despedirte.
—Claro, solo que estaba estudiando algunos documentos del rey Oscuro y la verdad es que me tomó por sorpresa su partida.
Sí. Tanto como a ella, pensó.
Deseó pedirle que la visitara, que nunca se olvidara de ella y que creciera siguiendo los ejemplos del rey pero sin tener que matar a nadie. Que se convirtiera en un hombre leal a su palabra y a su pueblo, luchando inclusive hasta dañar su imagen con tal de protegerlos. Que por favor, fuera fuerte y nunca se dejara vencer. Y, que le jurara que nunca tendría miedo y se apoyara en él. Pues a pesar de que estuviera aniquilándole el alma, era digno de respetarse y admirarse, un sentimiento indiscutible.
Aunque quiso abrazarlo y pedirle eso y tantas cosas más, las palabras no le salieron de sus labios. Temía que el alma se le terminaría de desmoronar hasta consumírsele y elevarse con el viento soplado por las trompetas reales que anunciaban al rey Oscuro.
Tal vez se arrepentiría…
Volteó hacia arriba.
Probablemente se odiaría por no darle su bendición y hasta un beso.
Encontró las docenas de antorchas largas y banderas reales que se acomodaban a lo largo de esa gran terraza. Tan majestuoso, pensó.
Pero su alma poco a poco se iba apagando.
Tan real que incluso no creyó que se tratara de Battousai y su simpleza. Los soldados y la cantidad de personas que se habían convocado llevaban de su partida a otro nivel. Las exclamaciones la distrajeron y llamaron su atención al balcón a donde se habían levantado un par de estandartes y se habían prendido varias antorchas que iluminaron el cielo. Como un fuego del infierno que trataba de consumir la atmosfera.
Como sus ojos, reflejados en los suyos.
Su figura, vestida con el tono de las guindas, apareció. Con su cabello suelto así como su yukata larga arrastrándose en el suelo. Contrastando su color oscuro con la palidez de su piel y el carmín de su cabello. Tal cual, caminó hasta el barandal, como una figura gloriosa saludando a sus súbditos con un gesto simple de su mano, con la frialdad de su vista y barbilla elevada, como si no importara. Sin nada que lo exaltara o distinguiera más que su solo cuerpo, haciendo estremecer a todos con un simple escudriño, con su simple aparición.
Seguido de Misao y otro par de soldados que lo respaldaron, como si se trata de una guerra. Quedando solo unos pasos a distancia de él para enmarcar su superioridad, para todo aquel ojo que le viese y pronunciara su nombre. El título de un hombre al que solo bastaba intentar sostenerle la mirada para darse cuenta que la batalla estaba perdida. Todos lo sabían al alzar su rostro y dejarlo caer al instante tras ser vencidos por lo intocable e inalcanzable de su aura.
Al hombre que no se esforzaba por ser quien había logrado ser y que veneraban como un dios sin que incluso él lo supiera.
Era la primera vez que se encontraba rodeada de todo su pueblo, dándose cuenta de lo que en verdad significaba el respeto hacia un rey. Miró hacia él, admirada por los miles de sentimientos que enfundaba su sola presencia a lo lejos. Y se dio cuenta con el temor y escalofrío que le recorría el cuerpo con tan solo verlo salir. Como una catástrofe natural que sabias se avecinaba hacia ti pero aun así tenías curiosidad de atestiguar, por hallarse una vez en la vida. Descripción que imponía su forma enmarcada a distancia: admiración, sumisión y envidia del ser tan grande que era. Y un deseo maldito que sentía por tener a ese bastardo arrogante que se grababa en ella en todo sentido.
«Deseo… un maldito deseo» que ni siquiera la noche pudo ocultar.
Tragó con dificultad, enfocándose en su expresión. Tan sereno y frío, dedicándole una sola sonrisa de medio lado y apenas visible, que solo ella conocía. Y, que tal vez era la única que se daba cuenta que estaba ahí. Misma que fue correspondida. Su frustración y la intensidad de su necesidad por él la exponían cada vez que la miraba de esa forma. Cada vez que la tomaba, perdiéndose en el abismo de una sensación pasional y casi letal cuando le arrancaba el alma al estar en la intimidad.
Sus ojos, solo en ella, una pisca de las llamas en el cielo que intentaban quemarla y consumirle el cuerpo hasta devorarle su ser. Hasta arrebatársele lo que poseía, adueñándose de lo que fue y despojándola de todo lo que pensó en su contra. Descartando lo que ya no necesitaba hasta perder el recuerdo de su luz.
Todos lo alabaron y él se los permitió; se hincaron y postraron hasta el suelo para saludarlo. Aclamando su nombre y deseándole larga vida con devoción, ofreciendo sus vidas y todo lo que poseían a 'uno' solo en carmesí. Todos excepto ella, causando asombro y reproche en algunos que la miraban de reojo aun en el suelo. Pero no él. No el rey.
En su rostro se pintó una sonrisa llena de satisfacción ante su deserción e informalidad mientras la escudriñaba, allá en lo alto. Posiblemente aplaudiendo en secreto el hecho de no rendirse ante nadie, de no humillarse y no darle la honra a otro ser que no fuera ella, de no postrársele. Pues se le veía complacido de no verla subyugarse ni agachar la cabeza, aunque se tratara de él. De no rendirle gloria y honra como todos los demás creían que merecía.
—El rey hablará, así que pónganse de pie. —Misao hizo una señal con su mano, pero el rey la detuvo, impidiendo que la multitud obedeciera.
—Quédense así —la contradijo con autoridad y fuerza, permitiendo por primera vez en su vida que se postraran más tiempo rindiendo sumisión a su nombre. En el balcón todos imitaron el mandato y se arrodillaron en el piso de nuevo dejándolo solo de pie.
A ambos…
Al rey Oscuro y la reina Celeste…
Solamente ellos lo estaban en todo el terreno. Justo como en esa batalla en el reino Celeste cuando la llamó y enfrentaron, ofreciéndole su falsa libertad a cambio de su pueblo. Se encontraban recreando ese mismo escenario a excepción de que la gente a sus pies no eran cadáveres y de que ese no era su hogar. Para ella, era la mera ilusión de tierras vacías y desiertas, un mundo donde solo ellos permanecían, mirándose como lo hacían. Frente a frente a pesar de la distancia mientras se desarmaban de lo que ambos se conocían.
—He devuelto el reino Celeste a su dueña original, porque nuevos tratados se han puesto en la mesa —La profunda voz del rey retumbó en todo el lugar, y aun así nadie se movió ni habló. Era un silencio absoluto—. Sin embargo, hay una cláusula que prevalecerá…
Yahiko corrió lo más rápido de que pudo empujando a guardias para sacarlos de su camino mientras se aferraba a la mano de esa mujer que le seguía a sus espaldas. Al llegar al balcón, tomó aire y se tranquilizó. Posiblemente, era el peor momento, pero no podía esperar.
—Mi rey,… —susurró el joven a pesar de que se le ignoró, dejando que la mujer caminara un poco para posicionarse a un costado del rey, un par de pasos atrás pasando por alto el mandato dado, que era más que claro.
—Si la reina Celeste cruza el borde de este reino o se muestra ante mí, estos actos serán tomados como una declaración de guerra inmediata. Y esta vez... —exclamó el rey, causando sorpresa en la mayoría que había jurado que ella sería la mujer a la que ese reino Oscuro terminaría arrodillándosele como su reina.
Kaoru terminó de bajar del carruaje atraída por la vista de otra mujer que no se arrodillaba ante el rey, desinteresada de lo que se dictaba y lo que se había ordenado. Pero fue el pequeño monje el que la detuvo de la manga de su vestido a pesar de estar arrodillado.
—¿Quién es… —murmuró preguntándole al niño que había quedado pasmado y que se iba levantando lentamente y con incredulidad.
Pero la fuerte fonación del hombre en guinda volvió a llamar su atención.
—Esta vez, reina Celeste, nadie quedará vivo. Te mataré y cumpliré tu promesa —terminó, seguro de lo que acababa de jurar.
El corazón de la reina latió aceleradamente. Esas palabras eran las mismas que salían en el contrato y las mismas que ella alguna vez le había jurado.
—Esta es mi promesa: Estaré contigo dentro de tu luz como afuera en tu oscuridad. En tu sufrimiento, agonías y penas. Quiero atestiguar tus sonrisas y lágrimas en cada día soleado como sombrío. Déjame ser tu paño donde puedas limpiar tu consciencia y gastar tus horas. E, incluso, esperaré por tu alma al inicio de las penumbras, por tu espíritu en el alba y tu corazón en el día. Permíteme ser tu luminosidad, que te guie de regreso a tu origen o ver la cortina negra de la muerte a tu lado. Pero más te juro que estaré a tu lado con manos vacías o llenas, satisfecho de vida o en mis brazos, con sangre en tu espada o en el renuevo de tu arrepentimiento. Seré el lugar al que puedas volver a cualquier hora mientras me respetes, «eso» déjame ser.
—¿Y si fallas en lo que has prometido?
—Entonces, sin dudar, toma mi vida.
—¿Sabes lo que significa? Me estás entregando tu vida…
—Y eso es lo que acabo de hacer….
Pero entonces por qué ese sentimiento de angustia y miedo. ¿Era la intimidación...? ¿De esa figura tras el rey?
—Quién es, maldita sea… —repitió cuando Seta la abrazó de las piernas sin poder creer lo que veía. Pues le había guardado tanto cariño a Kaoru que no quería que sufriera más de lo que estaba haciendo con el rey.
El pequeño dejó caer sus manos vencidas y sin fuerzas a sus costados, cuando Kaoru se lo volvió a preguntar. Lo sentía verdaderamente por ella, ahora que se iba. De verdad lo lamentaba—. Ella es… la señorita Tokio.
Continuará…
Notas de autor: de aquí comienza una fase nueva. Nuevos movimientos, nuevos enemigos. Y una profecía que cada vez está más cerca.
