CAPITULO XXV

Hermione se esforzaba por relajarse. Quería dejarse llevar pero se interponía ese recelo de toda mujer hacia el varón, inculcado desde siglos, que hacía de la virtud un trofeo. Harry arremetía con sus besos y entonces se le olvidaban sus demonios personales y temblaba como una hoja. Su sangre emprendió una loca carrera por las venas. Era imposible mostrarse desapasionada cuando la besaba así, como si una mariposa batiera alas en sus labios. Era la suya una boca caliente que sabía a pecado. Suspiré al amparo de sus labios en su cuello, allí donde una vena latía errática. Cerró los ojos y se abandonó a sus brazos.

— ¡Eres tan hermosa, Hermione!

No, no lo era, se dijo a sí misma. No pasaba de ser bonita. Pero, viniendo de él, sonaba a música. ¿Qué mujer no se ablandaría ante la alabanza?

Potter tanteó con los dientes la base de su cuello, se recreó en la clavícula, llegó al escote. Mientras, sus manos lisonjeaban su espalda, subían hasta los hombros, se deslizaban costados abajo. El suave masaje era una marca cálida que invadía a Mione prestándose al juego erótico que hasta entonces le había sido denegado. Estaba ardiendo y respiraba entrecortadamente.

— Para, no sigas —suplicó.

Harry obedeció a duras penas. Tenía la fruta madura, a su alcance, pero la abandonaría aunque la ansiaba como un loco. Apoyó su frente en la de ella y cerró los ojos con fuerza constriñendo su ardor, expeliéndose el aliento uno a otro, oscilando en un tobogán sensorial inexplorado para anos por diferentes razones. Hermione tenía porque desconocía y él, ahora se daba cuenta, porque en su afán erótico se estaba convirtiendo en un títere al que no reconocía.

Clavó la mirada en ella y Mione se ahogó en las profundidades de sus ojos color Verde. Tenía que decir algo. Lo que fuera. Era eso o pedirle que la tomase ya, y no se veía preparada aún.

—Se supone que ya hemos finalizado nuestro acuerdo. ¿No?

— ¿Importa realmente, mi bella duquesa?

¿Le importaba'? En realidad creía que había tenido suerte casándose con él. ¿Cuántas de sus conocidas debían soportar a un marido de edad avanzada, o nada atractivo, o peor aún, agresivo? Harry por el contrario, era joven, misterioso y considerado y, a tenor de lo comprobado, un gran seductor.

— ¿Otra copa? — ofreció.

Mione no pudo reprimir una risita.

—Creo que sí queréis emborracharme, señor mío.

— «Señor mío»— repitió él, guasón, y tan cerca de sus labios que estuvo a punto de auparse y besarle—. Si de veras fuese tu señor no me rechazarías.

—No te rechazo. Llegarnos a un acuerdo que...

—Lo sé — cortó él, agriando un poco el gesto—. No voy a obligarte. Tómate todo el tiempo que necesites, pero te aseguro que voy a cobrarme la deuda al completo.

— ¿No podrías... dejarlo para mañana? —sugirió ella.

—No.

—Por favor.

— No, mi preciosa escocesa. — Y su semblante adusto le dijo a Mione que estaba irremisiblemente pérdida—. Esta noche. Creo que ya es hora de saldar el débito. Todas y cada una de las caricias.

— Es que... he perdido la cuenta.

— Yo, no.

La elevó en el aire tomándola de la cintura y con muchadelicadeza la sentó en el borde de la cama. Se situó frente a ella en cuclillas y empezó a levantarle otra vez la falda. Dobló la tela sobre sus rodillas hasta el punto donde se ajustaban las ligas. ¿Desde cuándo no veía una liga virginal? Había desvestido abalorios como éstos en rojo, negro, morado... pero nunca rosas y con florecillas blancas... Carraspeó y empezó a sacarle un zapato. La miró fijamente a los ojos y, con un guiño travieso, lo lanzó por encima del hombro. Ella rió, nerviosa, dejándole hacer. Repitió con el otro zapato que rebotó en el suelo con un ruido seco.

—Vamos a retomar nuestro juego— dijo él, asiendo una de las ligas y liberando la media que se fue deslizando pierna abajo.

A ella le ardía la piel pero nada decía, sólo respiraba aceleradamente.

—Excelencia, creo que estás haciendo trampa.

Él apoyó la cabeza en sus rodillas al tiempo que decía:

No sé si aguantaré esto, Hermione. Creo que nos hemos embarcado en un navío que naufraga por momentos.

— Pero la travesía es un mar de emociones, Milord.

La respuesta fue como un bálsamo para él. Terminó de sacarle la media y la emprendió con la otra, demorándose, acariciando su pierna con deliberada lentitud, lo que provocó en ella una gran turbación.
La postura en la que se encontraba, casi arrodillado ante ella, estaba barrenando su voluntad. Sólo tenía que separar un poco sus rodillas y... Se le escapó un suspiro entrecortado. «Despacio chico se dijo—. Despacio. No revientes al caballo antes de llegar a la meta».

— ¿Nos arriesgamos un poco más, señora?

A esas alturas, incluso para Mione, cualquier duda rozaba la incoherencia. No respondió. Él tomó su silencio como una aceptación y abarcando sus tobillos con las manos comenzó a subir. Arriba, arriba... Para cuando su mano derecha alcanzó los rizos ocultos bajo el calzón de seda, a Mione le retumbaba ya el corazón en las sienes y estaba segura de que iba a sufrir un colapso.

— ¡Dios...! — Gimió, echando el cuerpo hacia atrás y apoyándose en los codos—. Por favor… ya es suficiente.

Potter se paró y respiró tan hondo que el aire le hizo daño en los pulmones. Estaba haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad, pero si ella insistía en interrumpirle iba a agotar sus reservas: la tumbaría enel lecho, le levantaría el vestido y la tomaría de una maldita vez, saltara o no por los aires el jodido pacto.

— Estoy demasiado excitado para dejarlo ahora, Hermione — se sinceró. — No me pidas...

— ¡No podré aguantarlo! — sollozó ella, rodando sobre el colchón y alejándose.

Su exclamación fue una cuchillada para Harry Se incorporó con rapidez poniendo distancia entre ambos.

— ¿Tan horrible te resulta que te toque?

Ella le miró como si estuviera loco.

— ¿Horrible? No, claro que no. Es... es... ¡No sé lo que es, maldita sea! Nadie me ha hecho esto antes.

A Harry se le iluminó la cara con una sonrisa que fue un fogonazo de dientes blancos y parejos. Echó la cabeza hacia atrás, con los brazos en jarras, esperando.

— ¡No te atrevas a burlarte de mí!

—No me burlo, mi arisca escocesa. — Se tumbóa su lado, boca abajo, corno un felino en reposo, con un brazo sobre su talle—. Lo que te pasa es normal. Es el agasajo físico que invade a cualquier mujer a la que le están haciendo el amor.

— ¿Todas sienten lo mismo?

—Bueno... — Le dedicó un mohín de tunante. — Todas las que tienen la suerte de tener a un amante experto en su cama.

— ¡Menudo fatuo! se burló ella. —Eres tan presumido como lo sería un buen escocés.

—Seguramente.

—Innegablemente, excelencia. Presumido e irritante.

—Pero he conseguido excitarle.

— Ni siquiera un poquito.

— Eres una mentirosa encantadora.

— ¿Por no darte la razón?

— No puedes negar que he alborotado tus plumas, paloma.

— Además, pedante.

Él pasó sobre su nariz la yema de un dedo.

— Si no lo he entendido mal, no puedes controlar el deleite que sientes cuando te acaricio.

— Puedo hacerlo perfectamente — repuso, aunque sabía que no era más que una excusa torpe.

— ¿No deberíamos, entonces, seguir practicando tu control, Milady?

La garganta de Mione se convulsionó tragando una saliva que se le había agotado. Él era su esposo. Un hombre sumamente atractivo y. hasta entonces, extraordinariamente galante. Era posible que lo que se decía de él fuera cierto, pero cada vez le daba menos crédito a rumores que él se encargaba de desmentir con hechos. Si Harry había seducido a su anterior esposa del mismo modo en que lo estaba haciendo con ella, era imposible imaginar que se hubiera suicidado. Aprovechándose de la necesidad masculina, decidió ser un poco perversa y se tumbó, con los brazos por encima de la cabeza.

— ¿Puedo yo tomar un poco de parte activa en nuestro trato?

Harry no disimuló su asombro. Su miembro, endurecido y rampante, se incrementó de tamaño un poco más. Para enfriar sus pulsaciones alargó la mano y se entretuvo en quitarle las horquillas. El cabello de Hermione se desplegó sobre el edredón captando la luz de las velas y el fuego de la chimenea. Entrelazó sus dedos en aquella masa achocolatada que le fascinaba y contestó:
— Podrías, claro está.

Ella le acarició la mejilla, donde despuntaba ya la barba. El roce la incentivó. Harry tomó su mano y posó sus labios en el dorso de la muñeca. Sus miradas se cruzaron, se quedaron prendidas, se aceleraron sus respiraciones.

Y Hermione Granger supo que estaba irremediablemente perdida.