Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Stephanie Meyer. Solo la trama me pertenece.

Muchísimas gracias por los reviews, los alertas y favoritos.

Soundtrack: A medio vivir, Ricky Martin, www . youtube watch?v=LQ4D—MajBlE

"Después de tanto tiempo que ha pasado
te parecerá mentira, pero no me acostumbro,
parece como hubiese sido ayer
ese primer día que nos vimos desnudos.
Y siempre pensé: "la vida debe de continuar",
pero sin ti todo se quedó por la mitad,
a medio vivir, a medio sentir,
y se me pasa la vida y no encuentro salida sin ti…
…Después de tanto tiempo que ha pasado
aún te espero como siempre en el mismo sitio…"


Edward llegó a su apartamento agotado y más que un poco amargado. Esa iba a ser su primera navidad con Bella y había pasado semanas fantaseando sobre ello, incluso le había repetido una y otra vez sus planes, hasta casi atormentarla. Irían a comprar un árbol de navidad, o por lo menos la versión pequeña que consiguieran con el poco dinero que podían disponer y comprarían maíz —ya que era lo más barato—, para crear cordeles y colgarlos alrededor de este. Ella había mencionado que el árbol sería una especie de mazorca gigante, pero él la había ignorado, repitiéndole que sería un maravilloso árbol para una maravillosa navidad. Cocinarían cualquier cosa, y harían el amor frente al adorno. Le hubiera gustado llenar el árbol de pequeñas luces de colores, aunque no podían permitírselas al menos ese año. Fantaseaba con ver reflejadas las luces de colores sobre su piel mientras se amaban.

Le había comprado un regalo de navidad, nada del otro mundo, una pequeña cadena de plata, tan fina que era más un cordel, con la letra "B"; aun cuando, ambos habían prometido que no habría ningún tipo de regalos.

Pero todo eso había quedado en solamente planes porque le había tocado hacer guardia desde la noche de la víspera de navidad, cuarenta y ocho horas completas. Odiaba a Emmett por haber ganado la apuesta, porque incluso aunque tendría año nuevo libre, había perdido navidad. Y de todas, esa en especial, era demasiado.

Bella había aceptado doble turno en el restaurante por esos dos días ya que él no estaría y eso le había amargado incluso más, si cabía. Sabía que no podrían pasarlo juntos, pero quizás podría haber pasado por el hospital, tal vez esperar a que pudiera escaparse o un receso… o algo así. Aunque debía aceptar que en verdad no había tenido mucho tiempo libre, al parecer la navidad era el peor momento para trabajar en el campo de la salud; muchos idiotas manejando pirotecnia, muchos infartos y mucho licor causando estragos.

Suspiró y abrió la puerta meditando sobre si requeriría mucho esfuerzo llegar a la cama o si el suelo deteriorado serviría para tumbarse en él. Se había bañado en el hospital, lo cual le hacía dudar del piso, pero no suficientemente, siempre podía volver a ducharse.

Cuando miró hacia el frente quedó estático, abriendo la boca del asombro. Había un árbol, un gran árbol más voluminoso de lo que imaginaría que podrían alguna vez adquirir; estaba lleno de cordeles de cotufas pintadas y luces de colores. Únicamente la luz de la cocina estaba encendida y parpadeó al descubrir sábanas sobre el suelo frente al árbol.

—¿Qué? —murmuró aturdido, cerrando la puerta.

—¡Sorpresa…! —escuchó que le decían y parpadeó al subir la cabeza y encontrar a Bella saliendo de la cocina, con expresión azorada, usando un suéter, y sabía que había varias capas de ropa debajo de eso y tenía medias hasta las rodillas, su cabello suelto se veía enredado cayendo sobre su espalda, lo que era solo para su beneficio, estaba seguro. Hacía mucho frío y la calefacción de ese cuchitril no funcionaba tan bien como debería, tardaba en calentar, pero nada de eso importaba, porque igual le dejó sin aliento.

Era la mujer más hermosa que había visto en su vida. La que alguna vez vería, estaba seguro.

No es navidad… —susurró cuando consiguió parpadear y ella estiró sus labios en una sonrisa.

Bien. Entonces celebraremos la no Navidad —comentó encogiéndose de hombros.

—¿Cómo…?

—Marcus, el del apartamento de la esquina, iba a tirar su árbol cuando llegué de turno y le pedí que en vez lo pasara a nuestro apartamento, además que accedió a prestarnos sus luces. Sé que no está tan fresco como debería —dijo y Edward frunció el ceño ya que por la falta de luz no veía partes marchitas. Allí comenzó a caminar hacia donde se encontraba—, pero funcionará. ¿Te gusta? Traje comida del restaurante y…

Ella dejó de hablar porque él había capturado sus labios entre los suyos y la abrazaba con fuerza, sin creer lo que estaba sucediendo. Sentía que su corazón iba a explotar contra su pecho por lo que había hecho y porque sí tendrían lo que tanto había deseado.

—Te amo… te amo tanto… —le susurraba furtivamente una y otra vez cuando podía separar sus labios de los de ella y comenzaba a besar su cuello, antes de volver a besarla casi con desespero.

Cuando rompió el beso, por fin, la vio negar con la cabeza.

—¿Es lo que querías, verdad? —preguntó tímidamente y él asintió emocionado. Ella sonrió—. Déjame buscar las cosas para comer —le propuso y salió hacia ese sitio, que estaba al lado de la sala.

Sonrió con picardía y corrió hacia el cuarto, tomó un peine, el regalo que había mantenido escondido, se descalzó y regresó a la sala, dejándolo en un sitio donde fuera fácil tomarlo sin que ella lo viera, antes de correr hacia la calefacción para ponerla al máximo, o a media máquina, como realidad sucedía.

Veinte minutos después, estaban ambos sentados sobre la sábana, devorando las sobras que le habían dado en el restaurante. No se quejaba, eran restos de pavo con relleno y puré de patatas con torta de calabazas, y no estaban fríos o secos.

¿Cómo eran tus navidades después que te fuiste de Forks? —le preguntó entre bocados. La vio mirar a la tela y su semblante desmejoró un poco, imaginaba que porque su comentario le había recordado a su mamá; después de todo, no había pasado mucho tiempo desde que se había ido y esa había sido su primera navidad sin ella—. Yo te extrañé en cada una de ellas… —informó para cambiar el tema.

Claro que no lo hiciste… —se quejó ella frunciendo el ceño. Él sonrió mientras asentía.

¿Qué crees? Siempre la pasábamos juntos —indicó. Ninguno de los dos tenía familia numerosa, pero sus respectivos padres lo pasaban consigo mismos, sin vecinos, amigos, nada.

Él siempre había terminado escapándose a la entrada del bosque, donde ella lo había esperado y jugaban cualquier cosa. Incluso en los momentos que no la soportaba, es decir, en los que no sabía para qué servían las niñas, siempre olvidada su disgustos esos días, y podían jugar tranquilamente, sin siquiera hacerla llorar.

La vio sonreír, aunque de alguna manera era un gesto más decaído que antes.

Eso siempre era lo mejor de cada navidad. Tú… —le comentó y él sonrió, ya que era claro que estaban pensando exactamente lo mismo. Se acercó y la besó en los labios, suavemente.

Míranos, ahora de nuevo estamos juntos. Y siempre lo estaremos, Bella, y tendremos maravillosas navidades, incluso no navidades —le susurró riendo y la sintió asentir contra su mejilla.

Feliz Navidad —le susurró dándole la cajita, después de haber terminado de comer y apartado los platos.

¡Edward! —Le gritó ella sonriendo y negando con la cabeza—. Habíamos quedado en que no habría regalos… —se quejó.

Él se encogió de hombros mientras se acomodaba para encajarla entre sus caderas, de espaldas y poder cumplir con su placer culposo, ella también le estaba haciendo un regalo sin siquiera sospecharlo. Comenzó a acariciar su cabello y sintió que se relajaba y tiraba ligeramente su cabeza hacia atrás incluso mientras abría la cajita.

Es hermoso —susurró ella al tomar la cadena en sus manos y verla reflejar por la luz de la cocina y las luces del árbol.

No, tú lo eres… —le respondió dando un beso en su hombro—. Algún día te daré diamantes… —le prometió con firmeza.

Edward, sabes que… —la detuvo moviendo su barbilla y besándola con suavidad. Cuando se separó, ella suspiró—. No tengo nada para ti… —susurró con pena.

Él negó con la cabeza haciéndole un gesto para que ni siquiera intentara quejarse sobre ello, antes de comenzar a desenredar su cabello. Suave y lentamente, no quería hacerle daño y también disfrutaba demasiado de los mechones que parecían seda y del olor afrutado de su nuevo shampoo. Debería comprarle una esencia de vainilla, deseaba saber cómo estaría así, y se prometió que lo haría pronto.

Cuando terminó, mucho tiempo después, este caía hasta su espalda en pequeñas ondas que incluso parecían brillar sobre las luces y allí un estremecimiento le recorrió.

Saltó del asiento y apagó la luz de la cocina, para que solamente la luz que entraba de la pequeña ventana y del árbol iluminara. Sonrió cuando llegó a su lado y se quitó su franela, antes de bajar y comenzar a desnudarla.

¿Edward? —preguntó ella confundida, ya que no le había besado o tocado y él parecía más metódico que de costumbre. Además que sabía que era friolenta y allí había corrientes de aire.

Me dijiste que querías darme un regalo —susurró y la vio sonreír ligeramente, antes de asentir y permitirle desvestirle e incluso ayudarle, lo cual necesitaba, había mucha ropa de por medio.

Amaba hacerle el amor, a pesar que aún no lo había hecho lo suficientemente bien para ella, por lo menos al penetrarla. La había llevado al orgasmo con su boca un par de veces, pero nunca al estar dentro de ella. Incluso había investigado, sin mucho resultado, debía agregar. Y ese mismo fin de semana le había tocado guardia con un internista que estaba especializándose a su vez en sexología. Y era la primera vez que lo veía sin Emmett presente, así que había podido preguntar sobre la mejor forma de… culminar.

Tragó grueso a la vez que su mente se nublaba al observarla, totalmente desnuda, excepto las medias de lana, acostada frente a él, con las luces rojas, verdes y amarillas golpeando contra su piel blanca. Temblaba ligeramente, todo su cuerpo, incluso sus manos, pero ninguna palabra salió de sus labios. Él movió sus manos y acomodó su cabello, por lo que sintió por horas hasta que sus capas estaban alrededor de ella, como si formaran un círculo y la vio, casi sin respiración.

La fantasía ni siquiera se había acercado a un punto de la realidad. La combinación de las luces y su piel, parecía que brillaba, sonrió cuando sus pechos se iluminaron con colores rojos y verdes, y suspiró, estaba tan excitado, tan emocionado que casi no podía respirar.

Allí está… —susurró casi sin voz.

¿Qué? —preguntó ella de la misma forma, a la vez que respiraba aceleradamente.

Mi regalo, justo aquí, en forma de una diosa desnuda. Y mía, solo mía… —susurró levantando una mano para besarla con lo que le parecía casi adoración y cuando la vio sonreír, estuvo perdido.

Entonces, feliz no navidad… —le dijo ella y él sonrió mientras bajaba a besarla.

.

Edward parpadeó antes de suspirar. La navidad, a excepción de la del año anterior, siempre había sido un momento muy especial para ambos. Incluso cuando le tocaba la "No Navidad", que había sucedido un par de veces más.

Siempre le había parecido que esa fecha era como una especie de punto de encuentro, una conexión que tenían desde que habían sido niños. Fuera jugando, o una simple llamada en los años que no estuvieron juntos y para finalizar, en lo que se había convertido cuando por fin estuvieron juntos.

Muy distinta, sin duda alguna, a lo que había sido la de ese año.

Su madre había estado en casa, lo cual era malditamente incómodo, sin importar cuánto la volviera a desear en su vida. Comenzando desde las conversaciones que habían tenido, donde había deseado esquivar con todas sus fuerzas el tema del padre de Bella, lo cual, por supuesto, no había conseguido hacer. Para terminar sobre los asuntos pendientes, sin resolver, que habían surgido en todos los años que no habían estado cerca.

Además de eso, no había podido ver a Elena ese día. Más bien, solamente había podido verla una vez esa semana, cuando su madre había ido a conocerla. Pero, veinte minutos después de llegar, había perdido los estribos. Aprovechando el momento en que Renata se había llevado a su madre a conocer a Elena, que estaba durmiendo, la enfermera le había comentado que la mujer no pasaba tiempo con la niña y que se negaba a hacerse cargo de ella e inclusive a amamantarla.

Desde el punto de vista racional lo enfurecía que usara a la pequeña para manipularlo, el mensaje era claro, "si quieres que la cuide, ya sabes lo que tienes que hacer", y lo ponía en una situación difícil, porque sabía que de alguna manera al rechazarla estaba dañando a Elena. Le parecía increíble la actitud de Renata, ¡joder!, ella sabía perfectamente la importancia de amamantar a un bebé no solo desde el punto de vista de su salud física sino también para su salud emocional, pero no le importaba usar a la pequeña como instrumento para conseguir doblegarlo.

Había sido consciente que necesitaba estar tranquilo para manejar la situación y hacerla entrar en razón, pero cuando la maldita mujer había tratado de arrastrar a su madre al fango e involucrarla para que le diera su apoyo respecto a que la familia debía pertenecer unida y había comenzado a hablar sobre responsabilidad y amor, simplemente, había estallado.

Al llegar a su casa había llamado a Jasper para plantearle la situación y, muy a su pesar, había seguido su consejo de esperar al comienzo de año para tener una reunión de conciliación y meterse mientras tanto la lengua por donde no llegaba el sol para que no empeoraran las cosas.

A pesar de todo, la situación con Elena, los campos minados, y temas inconclusos, había resultado positivo volver a abrazar a su madre, volver a hablarle… Había extrañado eso, tanto… No había sabido lo solo que se sentía hasta que la había envuelto entre sus brazos. Y no era una soledad superficial, era como si le faltaran varias partes en su alma, y había recuperado una cuando la sujetó contra su pecho.

Elizabeth le había explicado muchas cosas y se habían acercado muchísimo en esos días, a pesar de todo. La había visto partir esa misma mañana con un dejo de tristeza, pero ella le había prometido regresar y ayudarlo en todo lo que pudiera.

Ella no tenía idea de cuánto se lo agradecía.

Parpadeó de nuevo al ver en la pantalla que se estaba iluminando el número del vuelo de James y se levantó para buscarlo. Él había decidido pasar esos días en Estados Unidos, y le había llamado para decirle que estaría con Bella en Navidad y que viajaría a Seattle después de esta para reunirse.

Vio la pantalla y parpadeó.

San Francisco.

Elevó las cejas ante esa pequeña nota de información. "Tan cerca y tan lejos a la vez", meditó y suspiró mientras miraba hacia la puerta donde su amigo saldría. Emmett había viajado también a la ciudad, había pasado navidad con su familia, como hacía generalmente. No sabía si en esa oportunidad había viajado con Bree, ya que no habían hablado demasiado. Ya se enteraría esa noche cuando se encontraran con James en el bar de siempre.

Sonrió cuando lo vio pasar el área de seguridad y caminó hasta saludarlo con un abrazo. Aunque se tensó cuando vio a Jacob salir a su lado.

—Jacob —dijo en forma de saludo y vio un asentimiento tosco, antes que este desviara la mirada a James por un instante y caminara hacia la salida del aeropuerto. Edward frunció el ceño, lo vio con odio y se tensó con la necesidad de preguntarle cómo estaba Bella. Negó con la cabeza para borrar esa idea y después giró hacia James.

—Feliz navidad, ¿cómo estás?

—Bien, aún odio los aviones, pero este viaje fue más tolerable que el que me trajo de Suecia. ¿Dónde está Emmett?

—Debe estar ya en el bar —comentó caminando hacia el estacionamiento—. Entonces… ¿Cómo pasaste las fiestas?

James soltó una risilla.

—Te digo que cocina de lujo—admitió con expresión soñadora y Edward se tensó, tragando grueso, eso ya lo sabía.

—¿Cómo está…? —preguntó cuándo se montaron en el carro.

—Sobreviviendo, o por lo menos presumo que por ahora, intentando vivir —murmuró causando que frunciera el ceño, de nuevo—. Por cierto, te tengo un regalo, solo que no creo que sea apropiado que lo veas manejando… Mejor lo dejamos para cuando estés solito —masculló para sí mismo. Edward puso los ojos en blanco.

—¿Y sigue con Jacob…? —continuó interrogando. James le miró con diversión manifiesta—. ¿Qué?

—Nada… esto es demasiado divertido para arruinarlo… —dijo estirándose en el asiento. Se quedaron callados por unos minutos.

—Solamente quiero que sea feliz… —insistió aunque sabía que lo que realmente quería era estar con ella de nuevo.

James se quitó los lentes y cerró los ojos por un instante, suspirando y haciendo que la diversión se alejara de su rostro.

—No es el momento, ¿entiendes? —le dijo y negó con la cabeza—. No voy a repetirlo de nuevo, Edward, porque parece que cae en saco roto, pero intenta superarla. Si no lo haces y estas completamente seguro que no lo harás en el resto de tu puta vida, en ese caso y solo en ese caso, yo te diré cuándo podría ser el momento, pero ahora simplemente no lo es. Además, piensa en mí, no puedo tenerte afectándola para que todo lo que he hecho hasta ahora se vaya al retrete. Háblame de tu condenada niña y de su jodida primera navidad, si quieres, pero deja de preguntarme idioteces de tu ex, porque justo en este momento, no diré nada más que "bien" —concluyó haciendo las señas con sus manos—. Y joder, hasta yo sé que eso es lo que debe hacerse…

—¡Vale, bien! —se quejó golpeando el volante. Después, empezó a hablarle de Elena, sobre su batalla con Renata y que no la había visto en su primera navidad. Además de indicarle que había un mail de fotografías de ella esperándolo, había aprovechado en sacarle muchas cuando la vio con su madre. Estaba mucho más grande, como si creciera a cada minuto.

—Fotografías… Claro… —masculló este golpeando sus manos, con ansiedad.

Llegaron al bar casi una hora después y al entrar vieron a Emmett sentado en una de las esquinas, ya con una botella de cerveza en la mano y varias vacías acompañándolos. James y él se vieron un instante antes de caminar hacia donde estaba.

—¡Edward, James! —Gritó mientras se ponía de pie—. ¡Felicitaciones, carajo! —le dijo y Edward se carcajeó abrazándolo, notándolo bastante alabastrado—. No importa que tenga genes psicópatas, la vamos a adorar al igual que queremos a este descastado que se exilia en un país al otro lado del mundo y no es capaz de hacer una puta llamada por meses… —Anunció y ambos se rieron viendo como James levantaba su dedo corazón aunque se notaba divertido—. ¿La tienes en tu casa? —le inquirió y Edward negó con la cabeza—. De alguna manera siempre creí que ibas a terminar casándote con la madre o metiéndola en tu casa con la excusa de que tenías que ayudarla.

—Estoy ayudándola, le estoy pagando dos enfermeras veinticuatro por siete.

—Tienes que agradecerme a mí por ese pequeño milagro —se jugó James y Edward puso los ojos en blanco.

—Mi madre también ha empezado a ayudarme a decorar su habitación y enseñándome…

—¿Tu madre? —le interrumpió Emmett con tono totalmente desconcertado—. Pensé que estaba muerta, tienes años sin hablar de ella ni que la haya visto por ninguna parte.

Él se encogió de hombros.

—Tuvimos una discusión y corte toda la relación. Ahora estamos viendo cómo hacer funcionar algo de nuevo.

Emmett asintió sin pedir más información, lo cual agradeció, y ordenó una ronda para todos. Cuando llegó extendieron sus tragos para brindar.

—¿Feliz navidad? —se jugó Emmett y todos gruñeron aunque bebieron, mientras cada uno se ponía en cuenta con lo que había hecho, pasando del tema familiar, de Elena, al médico.

Lo cual, obviamente, los emocionó a todos durante mucho tiempo.

.

Horas después, James estaba mirando su teléfono y se levantó del asiento.

—Bueno, me despido por la noche —anunció poniéndose de pie.

—¿Tienes una cita? —le preguntó Emmett divertido mientras bebía otro sorbo de su botella.

—Pues sí, con compañía mucho más complaciente y satisfactoria que ustedes —anunció y Edward arrugó su cara.

—Disfrútalo por mí —anunció Emmett dando otro sorbo a su botella.

—No estoy en mi mejor momento con Renata, pero quiero que conozcan a mi hija. ¿Irás? —preguntó a James y él asintió.

—Sí, conoceré a tu nena, pero no esperes que la adule, o la arrulle o hable como un jodido imberbe. Los bebés solo son personas pequeñas que se cagan a sí mismas y únicamente lloran, ah y se babean. El único motivo por el que sean "bonitos, adorables o hermosos" —hizo las señas con las manos—, es porque si no lo fueran nos hubiéramos extinguidos desde milenios atrás. Nadie en su sano juicio limpiaría mierda de otra persona si no estuviera mentalmente codificado para considerarlo adorable, o le pagaran, muy mal por cierto, o porque le mata la culpa de que años atrás también le limpiaron el culo y no lo dejaron morir babeado…

Emmett y Edward se quedaron estáticos ante esa declaración.

—Nos vemos —se despidió agitando la mano y caminando hacia la puerta.

—Él está lleno de amor —ironizó Edward.

—Estoy seguro que en verdad es Santa Claus —anunció y ambos se miraron horrorizados.

—Joder, ya entiendo por qué nunca me llegó lo que pedía —se burló Edward y ambos se carcajearon por unos minutos.

Cuando se calmaron, Edward tenía su mano en su estómago y Emmett miraba a la botella con una expresión decaída. Lo extraño era que no había sido la primera vez que lo observaba así ese día.

—¿Emmett? —preguntó confundido. Su amigo se tensó y después hundió sus hombros.

—Bree y yo somos historia —informó y él quedó impactado y descolocado, antes de toser para enfocarse.

—Pensé que estabas todo lo involucrado que ibas a estar. Que la amabas… Ella me dijo que tú…

—¿Te lo dijo, eh? Por lo menos lo aceptó en voz alta por una vez… —masculló.

—Mierda… ¿Qué sucedió? —preguntó aturdido.

—Las mujeres están locas. ¡Locas! —Gruñó pasándose una mano por la cara y negando con la cabeza—. ¿Sabes qué es lo que quieren? —le preguntó y Edward negó con la cabeza, porque no tenía ni idea—. Yo tampoco, y ¿sabes qué es lo peor? Qué ellas tampoco lo saben. Hablan que jode, hacen libros de autoayuda, marean a uno con su lloriqueo constante sobre que somos unos malditos ciegos emocionales, bloques, duros, que no vemos más allá de nuestros penes; pero no nos dan respuestas claras porque no las tienen tampoco.

Trajeron una nueva ronda de bebidas y Edward dio un sorbo de la cerveza suspirando.

—Yo se lo quise dar todo, todo. Le fui fiel, ¡yo, Edward! Incluso sigo fiel después de separarnos y en la expectativa, deseoso… ni siquiera sé de qué. —Pasó una mano por su cara, negando con la cabeza—. ¿Qué fue lo que no hice? Fui comprensivo, le tuve paciencia, estatuas deberían forjarse a mi nombre por lo malditamente santo que fui… pero no. No… no… no —repitió en tono sardónico—. No fui lo que quería, porque, ¡ella no tiene idea de qué quiere!

—Emmett… —intentó increparlo.

—Pero —lo ignoró—, le das a un pendejo que las joda y las haga sufrir y se encabronan por él. Y escucha esto, porque es lo mejor del asunto —se acercó hasta quedar frente a frente—. Ellas pasan toda su relación con el mal chico rogando por uno bueno. Repitiendo que si tuvieran un chico bueno, todo sería perfecto. ¿Pero qué hacen con el chico bueno?

—¿Y a todas estás, tú eres el chico bueno de esta historia? —intentó bromear, pero se detuvo a ver que lo fulminaba con la mirada. Alzó las manos mostrando rendición—. Me hiciste aceptar que soy un imbécil, meses atrás, yo solamente decía…

—Yo soy un imbécil… —masculló Emmett—, pero no con ella. No últimamente, al menos…

Se dejó caer tomando un sorbo de la botella, o todo el contenido, jalando la de Edward, para tomársela también. Le hizo señas al camarero para que le trajera otras.

—Imagino que todo empezó cuando le dijiste que la amabas —advirtió Edward y lo vio asentir.

—Todo se fue al caño desde ese momento, aunque me hubiese querido engañar a mí mismo. Era… Bree era como dos personas al mismo tiempo, su cuerpo me decía que sí a cada bendito paso, cuando le hacía el amor, cuando me tocaba en público o en privado. Era mío, totalmente mío; pero su mente… la maldita mente de una mujer es un terreno completamente aparte, nadie con el cromosoma Y puede entrar allí, solamente los gays, y creo que ni ellos, ellos solamente tienen un atisbo de lo real. —Suspiró pesadamente—. Así que tenía su cuerpo, pero no a ella, era como si esas dos palabras nos hubieran condenado. Yo quería que las dijera, comencé a presionar en cosas que no debí hacer y ella comenzó a alterarse en respuesta. Después vino Acción de Gracia, le dije que podríamos ir a pasarlo con su familia si lo deseaba porque en mi familia la fecha que le importaba más era navidad por mis sobrinos.

—Pero tienes que entender que no ha pasado ni un año desde…

—No lo menciones… —masculló y Edward frunció el ceño.

—¿Por qué…?

—Tres días antes de venir aquí ese maldito fue a Denver —le informó y Edward se tensó—. Y yo sabía que algo estaba pasando. Ese día la note rara y fui a buscarla para ir a almorzar, no habíamos quedado pero los novios sorprenden a sus novias, y yo quería hacerlo. Quería llevarla a su sitio favorito, incluso intentar convencerla que no regresáramos a la oficina, había hablado con Maureen y sabía que ella no tenía ninguna operación pautada. Cuando llegué a su despacho estaba tensa, brusca y ansiosa. Quise preguntarle, pero me dijo que ese no era un buen momento, que me veía en la noche… Qué… —Negó con la cabeza—. Y allí llegó Mark…

—Ah, demonios —susurró pasándose una mano por el cabello—. Emmett, quizás…

—Obviamente él fue quién la hirió, le pregunté qué quería, le dije que se largara… le di un derechazo en algún momento. —Edward negó con la cabeza más efusivamente—. Bree nos separó, es una jodida enana, pero tiene fuerza, tú lo sabes.

—Sí —respondió escuetamente.

—Pero en vez de girar donde estaba él, darle una de esas reprimendas que secretamente me gustan condenadamente, me miró a mí con… decepción. ¡¿Decepción?! ¡El maldito hombre la jodió de por vida y me mira a mí así! ¡Yo, que soy quién en verdad está enamorado de ella! Después, me pidió que me fuera, que tenía una cita con él. Te lo juro, si lo tuviese frente de mí en este momento lo mataría. Le amarraría, colocaría cloruro de potasio por intravenoso y disfrutaría verlo agonizar hasta que dejara por fin el planeta. Ponme en una habitación con él y una jeringa, es todo lo que necesito… —masculló y Edward enarcó una ceja, esperando algún otro comentario, pero imaginó que estaba muy ocupado creando la fantasía en su mente.

—¿Y qué pasó después? —preguntó unos minutos después, cuando se terminó otra cerveza.

—Me fui. ¿Qué más iba a hacer? Era lo que quería. La esperé sentado frente a su casa hasta que llegó, casi después de la media noche. ¡¿Qué era lo malditamente importante que iba a decirle que le llevó doce jodidas horas?! —gritó y golpeó la mesa, causando que varias personas lo vieran.

—Mierda, Emmett… —susurró—. ¿Crees que ella y él…?

—¡No! —Gritó mirándolo como si estuviera loco—. Bree no lo habría hecho sin decírmelo… O por lo menos eso espero; pero bueno, tuvimos una maldita pelea, que aún hace hervir cada gota de mi sangre, y al final me dijo que me fuera, que no podía estar con nadie en ese momento. —Bufó—. Solamente fue una excusa, Edward, no quería venir aquí y sigue enamorada de él…

—No puedes estar seguro…

—Bueno, no está enamorada de mí, ¿o sí? —le inquirió con voz helada—. Así que sigue enamorada de él y yo, al parecer, sigo actuando como un pendejo… —masculló en el mismo tono.

—Lo siento, Emmett… —le dijo y abrió la boca para intentar confortarlo en alguna forma, pero antes de poder hacerlo, vio que dos manos femeninas se apoyaban sobre la mesa, al alzar la vista para decir que no estaba interesado, frunció el ceño al reconocer el personaje.

—Doctora Hale —saludó aunque era muy distinta a la persona que había encontrado meses atrás al cuidado de Bella. Diablos, esta rubia no parecía tener un palo metido en el culo. Lo que parecía era que estaba buscando a alguien con su vestido azul ceñido y sus labios rojos.

—Llámame Rosalie, no estamos en el hospital o soy la médico de su esposa… —comentó con una sonrisa y tomó asiento en la silla vacía, viendo a su acompañante e iluminándosele sus ojos—. Doctor McCarty, qué sorpresa verlo por acá, pensé que vivía en Michigan…

—Llámame Emmett —respondió él con una sonrisa ladeada, aunque sus ojos seguían igual de fríos y furiosos que segundos atrás—, no estamos en el hospital y no estoy tratando de reclutarte para que formes parte de mi equipo. Aquí somos únicamente un hombre atractivo frente a una mujer atractiva…

—Vaya, tienes el autoestima baja —comentó divertida y si Edward no se equivocaba… coqueta.

"Mierda…".

—Actualmente, sí, pero estoy seguro que sabrás cómo subírmela… —contestó y Edward frunció el ceño.

—¿Y qué te trae por acá, Rosalie? —le preguntó intentando desviar lo que sea que estuviese ocurriendo allí.

—Quería preguntarte por Bella, ¿está bien? —indagó y un segundo después un camarero había llegado con exactamente el mismo trago que estaba tomando. Ambos se giraron y Emmett se encogió de hombros, empezando su nueva cerveza.

—Está bien. Ya salió del tratamiento y está únicamente en control.

—Oh, vaya —comentó sonriendo—, quisiera verla. ¿No sabes si…?

—Ella no está viviendo en Seattle —respondió y vio que asintió mirándolo interrogante.

—Entonces, Rosalie… —interrumpió Emmett tirando su cuerpo hacia adelante, sonriendo coquetamente. Ella le respondió de la misma manera.

Edward suspiró antes de pasarse la mano por el cabello, y comenzar a ocuparse de su mismo trago.

Unos minutos después, Rosalie se levantó y miró a Emmett, por un segundo, antes de despedirse y alejarse de la mesa.

—Bien… creo que se acabó todo —comentó poniéndose de pie.

—Emmett… —advirtió Edward—, no lo hagas.

—¿En serio? —preguntó con tono divertido, y un poco amargado—. ¿Tú, entre todas las personas, vas a decirme eso?

—Sí, yo, entre todas las demás. Jodí mi vida por algo así, ¿recuerdas?

—No es lo mismo y lo sabes… —masculló intentando soltarse del agarre que lo había sujetado.

—¿No lo es? —Indicó negando con la cabeza—. No te engañes, me cogí a Renata únicamente porque pensaba que la mujer que amaba no lo hacía más, y te aseguro que no gane nada con ello. Bueno, solo Elena, pero sabes cuánto perdí en cambio. Esto no va a mejorar ni una mierda eso, te lo aseguro.

—Lo que sea… —masculló su amigo soltando por fin el agarre y saliendo rumbo a donde imaginaba se había ido Rosalie.

Edward salió del local, frustrado pero sabiendo que no podía detenerlo. Cuán idiota había sido, al creer que iba a ganar algo distinto con ello. Y Emmett también lo era, así no lo comprendiera aún.

Llegó a su nuevo apartamento quince minutos después, estaba cerca del Swedish, lo cual era relativamente cómodo. Tiró las llaves en la mesa, caminó hacia su cuarto y vació el contenido de su jean para quitárselo, frunciendo el ceño cuando vio el pendrive que James le había entregado al llegar al bar. Suspiró y tomando la tableta se sentó en la cama mientras conectaba el aparato, preguntándose qué demonios se traía el rubio entre manos. Presumía que se trataba de un análisis de una bacteria coronaria ya que generalmente se pasaban…

Su mente se detuvo completamente cuando comenzó a rodar un vídeo, y la primera toma era Bella tapando su cara mientras negaba con la cabeza, aunque reía.

—Tienes el cabello más corto —susurró y sin siquiera pensarlo, tocó la pantalla, como si pudiera traspasarla.

Se encontró sonriendo como un idiota al ver la toma. Caminaba alrededor de un apartamento pequeño vestida con unos leggins y un sweater largo de color azul; en la siguiente toma estaba cocinando y… se veía tan brillante. Su corazón retumbó en su pecho.

"—¿Qué estás preparando? ¿Vas a envenenarme? —preguntaba James frunciendo el ceño."

"—¡No seas malcriado que te va a encantar! —Respondió Bella haciendo gestos en la mano—. ¡Y deja de acosarme! —se quejó soltando una carcajada y golpeando el teléfono haciendo que la pantalla se moviera."

Edward parpadeó mientras la toma cambiaba. Estaba sentada en un gran sofá blanco, con Jacob. Tenía las piernas sobre las de él y sonreía con una copa de vino en la mano, hablando de cosas que no comprendía y tan rápido que casi no le entendía, James evidentemente no era el mejor camarógrafo de la tierra.

"—¿Podrías dejar esa maldita cosa? —se quejó Jacob en algún momento."

"— Eso, cariño, tiene un precio… —advirtió James."

"¿Con voz melosa?", se preguntó Edward y antes que pudiera comprender qué pasaba, la cámara se movía y el rubio le plantaba un beso al moreno, aunque eso lo vio un poco desenfocado, antes de lanzarse contra Bella quien se estaba carcajeando y gritando que repitieran que se veían adorables.

El alivio lo envolvió y allí comprendió exactamente el comentario de James en el vehículo. ¡Era de él de quién se había burlado! El maldito hombre debía ser gay y estaba era por el rubio no por su mujer.

Sonrió ampliamente, sobre todo al seguir viendo la escena y poder ser algún tipo de testigo de su felicidad. Eso duró hasta que la escena volvió a cambiar, en un primer plano la cara de James diciendo de frente a la cámara: "Con lo que viene a continuación te la aguantas". El video fundió a negro. A continuación pudo ver en algo así como un supermercado y al hombre con el que Bella había coqueteando en el parque.

Dio un brinco levantándose de la cama sintiendo que lo veía todo rojo, sobre todo cuando intercambiaron los números de teléfonos. Prácticamente corrió y brincó, quería partir el mundo, matar al maldito pelinegro, matar a James por mostrarle eso, perseguir a Bella y encerrarla, donde nadie pudiera conseguirla. Pero no podía hacer nada de eso, ¡porque cómo un reverendo idiota la había cagado y no podía reclamarle nada!

Corrió hacia la mesa y buscó su teléfono celular, y sin siquiera pensar o analizar algo comenzó a marcar los números. Escuchó que repicaba y comenzó a caminar por el apartamento como un animal en acecho.

—¿Hola? —escuchó que le contestaba, y quedó paralizado, todo el ardor, toda la furia que lo invadía le abandonó, completamente. Fijó su visión en la pared y sintió que se desconchaba como una pintura vieja.

"¿Qué estoy haciendo…?".

—¿Edward? —escuchó que le llamaba, pero no pudo contestar.

Ella ya no pertenecía en su vida, no lo hacía y él lo sabía, maldita sea. La había perdido, lo sabía... pero no lo soportaba.

No había querido dejarla ir. No en su mente, no en su corazón. ¿Cómo podría acusarla o atacarla porque ella sí podía hacerlo? No deseaba volver a verla destrozada, jamás querría que estuviera como en los últimos meses. ¿No era eso lo que se había repetido por semanas…?

—¿Sucede algo? ¿Estás allí? —escuchó que le decía y carraspeó cortando sus pensamientos.

—No… —carraspeó de nuevo—. Digo, sí, estoy aquí…

Ella se quedó callada, él se quedó callado, y de nuevo recordó la horrible sensación que le invadía cuando la llamaba, la incomodidad y el ahogo.

—¿Estás bien? —le preguntó y se acercó a la pared para golpearla. No tenían nada que decirse, ¿no era eso completamente terrorífico? Sabía que no era del todo asombroso, pero sí… doloroso.

—Sí, gracias —escuchó que le respondía casi sin voz y asintió, un par de veces—. ¿Tú?

—Sí —respondió con voz ahogada, cerrando sus ojos y pegando su frente en la pared, agradeciendo asombrosamente el frío—. Yo… Feliz navidad…

—Oh… —susurró ella y la escuchó soltar un resoplido, aunque la conocía lo suficiente para saber que era una especie de sonrisa ahogada—. Igualmente… Y… Felicitaciones… James… me dijo… padre… —cada palabra se escuchaba entrecortada, pero de alguna manera, no parecía que fuera un problema de línea.

—Sí. Se llama Elena.

—Es un hermoso nombre —le dijo ella con tono más calmado unos segundos después. Él asintió.

—Gracias —respondió y cerró los ojos—. Tomé el teléfono casi veinte veces ese día y marqué tu número cada bendita vez...

—¿Qué?

—Ese día… —confesó y después golpeó su cabeza contra la pared, porque sabía que era lo último que debería decirle.

—¿Qué día? —preguntó con tono más ahogado. Edward parpadeó un par de veces y tragó el ahogo.

—Cuando nació Elena —terminó de confesar, porque ya todo estaba arruinado, y era un idiota, y no podía controlarse.

—¿De verdad? —preguntó ella con otro tono más ahogado.

—Ay, Bella, eres la mitad de mi alma, ¿cómo crees que no iba a hacerlo? —confesó y cerró sus ojos sintiendo que una lágrima escapaba de sus ojos y la limpiaba con brusquedad—. Es lo primero que pensé, lo único en realidad. Cada mañana… Pero es injusto, también. No podía hacerte eso. Sin importar lo que pienses, jamás he querido hacerte daño…

—Lo sé —escuchó que le decía con un tono medio cortado y él asintió, porque de alguna forma, sabía que ella sabía que lo estaba haciendo—. Eso es lo más difícil, ¿no crees?

—¿Qué? —le preguntó él desplomándose en el suelo, apoyando su espalda y la nuca contra la pared.

—Pensar en uno mismo cuando tienes tanto tiempo pensando en dos… —le confesó y él suspiró, porque sí, era endemoniadamente difícil.

—¿Cómo te está yendo? —le preguntó respirando hondo para calmarse—. ¿Te has ajustado bien a San Francisco?

—Oh, sí —le respondió ella y escuchó un ruido como si se hubiera lanzado contra un sofá. Él la imitó, acomodándose y doblando sus rodillas, para acomodar un codo contra una de estas, sin siquiera meditar en que ella no había reaccionado a que supiera dónde estaba—. Muy bien, en realidad. El apartamento es cómodo, queda cerca del instituto de cocina y a veces, prácticamente dos veces por semana, voy al Fort Point, solo para sentarme y ver el puente Golden Gate.

—¿En serio? —le preguntó divertido, ya que ella nunca había sido de las que les gustara esas cosas.

—Lo sé —dijo con un tono mucho más relajado de lo que le hubiera escuchado mucho tiempo atrás—.Y allí únicamente pienso…

—¿En qué…? —incitó.

—En nada. En todo. Paso mucho tiempo en ello, es un buen o mal hobbie, aún no lo he decidido. —Edward sonrió, incluso cuando su pecho estuviese a punto de explotar en ese momento.

—¿Y cómo te va en eso de la cocina? —le preguntó.

—Me gusta, mucho más de lo que creía al principio. Producir el programa era bueno, y me animaba; pero esto, cocinar, no solo me emociona sino que me calma… —Suspiró—. Me faltan seis meses aquí y me están recomendando un instituto en París, pero no lo sé… —su voz se perdió y volvió a suspirar—. ¿Y tú? ¿Cómo… está todo?

Parpadeó y se acomodó en la superficie plana.

—Llamé a mi madre, pasó la navidad conmigo.

—Vaya… —escuchó que decía—, eso es muy bueno.

—Gracias —le susurró, aunque no consiguió ninguna respuesta—. Mi madre me dijo lo que hiciste. Todos estos años y yo nunca lo supe…

—No fue nada —le susurró en un tono que sabía era intentando cortar esa parte de la conversación.

—Yo ni siquiera pensé en qué pasaría si se enfermara… Soy un total idiota —masculló.

—No eres un mal hombre, Edward —le contestó inmediatamente—. Solo que ella te hizo daño y quisiste apartarlo para sobrevivir. Créeme, sé lo se siente —Quizás ese fuera el eufemismo del año—. Pero también estaba segura que si algo le hubiera sucedido… Bueno… Tú sabes…

Él sonrió y asintió, ya que imaginaba que lo que quería decirle era que no deseaba que experimentara algo parecido a lo que ella había vivido con Renée.

—Gracias, de nuevo. Lamento nunca haberlo visto, no saber todo lo que hacías por mí —le susurró y de nuevo lo recibió el silencio. Ahora fue su turno de suspirar—. Piensas que… —se detuvo y bajó la mirada, deseando golpearse a sí mismo, de nuevo.

—¿Sí…? —le ofreció.

—¿Alguna vez será más fácil para ti, Bella? —le preguntó—. ¿Alguna vez podré acercarme sin hacerte daño…?

—Edward… —escuchó que susurraba.

—Te extraño, todos los días, todo el tiempo, siempre…

—No me hagas esto. Por favor… por favor… —escuchó que le rogaba casi con desesperación y él asintió.

—Lo sé. Lo siento. Lo siento… —le interrumpió golpeando su frente con una mano—. Lo siento —concluyó. Los invadió el silencio una vez más, tanto que por un instante pensó que había trancado.

—Conocí a alguien —escuchó que le confesaba y fue como si le hubiera clavado un cuchillo en el corazón—. Fuimos a tomar un café hoy. Es solo una persona, no ha pasado nada y no sé si… Pero… Diablos, no sé por qué digo esto. Olvídalo… —Él abrió los labios pero ninguna palabra surgió por unos instantes. —Debo irme… —dijo entonces y él jadeó en negación.

—Creo que de forma egoísta e idiota, siempre me aliviaba el hecho de que hubieses sido solo mía. Incluso en los peores momentos ese fue un consuelo paupérrimo —le confesó tristemente.

—En toda mi vida, nunca me permití o siquiera quise pensar en más nadie que en ti —le susurró ella—. Era casi como respirar, ¿sabes? Respirar y tú. Nada más. No sabes lo que lamento no habértelo mostrado mejor, que sufrieras, nunca quise que eso sucediera…

Edward parpadeó varias veces y tragó grueso, comprendiendo exactamente lo que quería decir.

—¿Me dirías si te trata mal? —rogó—. Solamente eso pido. —La escuchó soltar una especie de risilla triste.

—Jake mataría a cualquiera que lo intentara. —Él asintió, porque lo había imaginado y lo había vivido.

—Te amo —susurró casi sin control. La escuchó jadear bruscamente.

—No digas eso —rogó y allí sintió que se alejaba un poco más. Parpadeó y volvió a asentir.

—Lo siento —dijo aunque sin ningún remordimiento—. Estás hermosa —le confesó y escuchó que tragaba, y se quedaba callada por otros segundos—. Te sienta bien el cabello tan corto, nunca lo hubiera pensado…

—Gracias —contestó escuetamente—. ¿James?

—Sí —respondió suspirando—. Pero no dijo nada de ti, ni sobre nada en realidad, solamente un video…

—Oh… el video —completó.

—Te ves feliz —comentó mirando al suelo—. Te sienta bien… —Ella no contestó nada—. Creo que debería despedirme… —De nuevo no dijo nada y él suspiró—. Adiós, Bella…

—Feliz no Navidad, Edward —le respondió y él sonrió con los ojos húmedos, antes de escuchar el pitido indicándole que había cortado la llamada.

Suspiró y dejó caer el teléfono, sintiendo que el ahogo se iba, y un dolor agudo lo reemplazaba y dos certezas le invadían.

Ella lo estaba intentando tan duramente como él y él tenía que encontrar la forma de dejarla ir también…

Tragó grueso y se quedó en esa misma posición por un rato, sin siquiera parpadear, hasta que escuchó el timbre sonar. Frunció el ceño y se preguntó si sería James, después de todo le había dado su dirección antes de encontrarse con Emmett, y maldijo ya que si hubiera llegado media hora atrás, lo habría paleado a golpes y el vacío que le invadía nunca hubiese llegado.

Abrió la puerta, sin siquiera la fuerza para fruncirle el ceño o gruñirle, pero palideció al ver en verdad quién era.

—No deja de llorar… —le susurró Renata temblando y con sus mejillas manchadas de puras lágrimas—. No deja de llorar y la enfermera estúpida se fue y no se calla… ¡No se calla! —terminó más histéricamente y él tomó a la bebé en brazos que se retorcía alrededor y gritaba despavorida.

Su cara estaba rojita, su cabello húmedo y pegado en su frente, se removía y soltaba alaridos, pero cuando lo sintió dejó de removerse, aún lloraba, solo que no tan desesperadamente.

—Calma, Leny, ya estoy aquí —le susurró besando su frente, manejándose únicamente por instinto, viendo que se calmaba un poco más y entró a la casa, escuchando que Renata trancaba la puerta detrás de ellos—. Papá está aquí…


Muchisimas gracias a mis chicas que estás semanas andan sufriendo de lo mismo. Gine y Gise, las dos andan tan full en trabajo en sus campos y agradezco enormemente que tomen un momento para ayudarme en este capítulo. Gracias :D Y a Pao también, la cual anda perdida no solo en trabajo sino en estudio.

PD: Muchísimas gracias a todos los anónimos por sus comentarios. Si quieren que les responda déjenme el correo, háganlo sin el arroba —que yo lo entiendo— y en espacios, o colóquenlo en el titulo del review así, betzacosta gmail . com. (RECUERDEN LOS ESPACIOS PORQUE FF LOS BORRA)

Gracias por leer. Si les gusto o no dejen reviews :D