Capítulo veinticuatro – Damon

Katherine se había ido. Era su momento.

Damon cerró los ojos y se dispuso a dormir, pero pese al cansancio no pudo. Las cuerdas con verbena rasgándole la piel, la pesada respiración de su hermano a su lado.

- ¿Intentas contactar con ella? - preguntó Stefan en voz baja.

- Sí, Stefan, y sería mejor si te callaras.

- Nada de esto habría pasado si tú no hubieras venido aquí.

Damon gruñó ante el reproche de Stefan. Él le había obligado a convertirse y Damon había jurado una eternidad de sufrimiento. Se lo merecía, por haberlo hecho lo que era.

- Ahora Elena y yo seríamos felices y...

- ¡Elena jamás ha sido feliz contigo! - Damon quiso levantarse en un arrebato de ira, pero las cuerdas le quemaron la piel. Siseando, volvió a apoyarse en la cama –. Elena jamás lo ha sido. La haces infeliz con tu papelito de mártir y las desgracias que pasan a su alrededor.

- Las "desgracias" suelen ser por tu culpa.

Los hermanos se miraron con rabia y celos. Stefan tenía heridas por toda la garganta, el pecho; al igual que Damon. Estaban tan débiles.

- Pues mira, son culpa mía y aún así cuando está conmigo es feliz. Se libera, es quien quiere ser. Contigo es sólo una amargada pendiente de ti.

Stefan apartó la mirada, sabiendo que el otro tenía razón. Damon se permitió una sonrisa de triunfo y cerró los ojos de nuevo.

Por fin, cuando el tonto de su hermano hubo callado, Damon se durmió.

Oscuridad. Oscuridad a su alrededor.

- ¿Elena?

Una figura corrió hacia él en la oscuridad.

- ¡Damon! Te he estado esperando, ¿estás bien? ¿Te han hecho daño?

Elena se refugió en los brazos de él, y al sentirla tan firme contra su cuerpo Damon suspiró. Estaba bien, estaría bien pronto. Él se aseguraría de mantener a Katherine distraída el tiempo que fuera necesario.

- Tienes que irte de aquí – le murmuró él, oliendo su pelo.

- No. No te dejaré aquí... No os dejaré.

En vez de arder de rabia Damon sintió algo parecido al orgullo. Elena había tenido que pensarlo dos veces antes de acordarse de su hermano.

Elena le quería. Estaba tan aliviada de saber que él estaba bien... Tanto como él.

Sí, vale, era un idiota enamorado. Había jurado no caer en el mismo error otra vez, y probablemente esta la pagaría con una eternidad de esclavitud, pero no le importaba. Ya todo le daba igual.

Damon besó sus labios con pasión y acarició su suave y largo pelo.

- Damon – rompió ella el beso con suavidad -. ¿Dónde estás? Iré a buscarte, te sacaré de allí... Bonnie y Rick me ayudarán.

Sólo de pensar en ver a Katherine atacando a Elena se ponía enfermo. Sólo de pensar en que Elena viera esa retorcida versión de sí misma y supiera del monstruo del que se había enamorado en el pasado...

No estaba dispuesto a dejar a Elena a merced de Katherine pasara lo que pasara.

- No – la miró fijamente él –. Ni se te ocurra, Elena, es peligroso.

Pero él sintió que estaba decidida.

- Damon, no os voy a abandonar con ese monstruo. Además, Bonnie y Rick estarán ahí para protegerme. Somos tres contra uno, Damon.

- No sabes cómo es ella, de lo que es capaz de hacer – negó con la cabeza él, sin querer pensar en que Katherine le pudiera hacer algo.

- Me da igual. No dejaré que me quite todo lo que tengo, ¿me oyes?

Damon la besó con furia. No podía convencerla, no lo haría nunca.

Y... mierda, tenía miedo.

Por supuesto, en los sueños los sentimientos fluían del uno al otro sin control, y ella lo sintió.

- Todo saldrá bien – le susurró Elena, enredando las manos en su pelo con suavidad –. Lo conseguiremos.

Y selló su promesa con un beso.