Austria se frotó las sienes, planteándose porque seguía soportando a Sacro Imperio Romano.
Ah, claro. Porque vivían en la misma casa.
— ¿Dónde está Italia? —preguntó por enésima vez el niño rubio.
—Ya te lo dije. Fue a hacerme un recado—contestó el austriaco, queriendo volver a su querido piano.
—Me preocupan los tipos de recados que puedes llegar a encargarle a alguien.
—Que niño insolente. Hablaré seriamente con tu hermano mayor respecto a esa clase de modales.
—Haz lo que se te dé la gana (después de todo, siempre terminas haciéndolo); pero primero dime dónde está Italia.
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—Está a punto de llover y ella tal vez ni siquiera se dio cuenta—murmuró Sacro Imperio Romano.
Luego de recorrer el mercado del pueblo, pensando que Austria había enviado a la nación italiana allí, decidió ir al pozo. Efectivamente, vio a Italia cerca de allí con un balde, seguramente para sacar agua.
Sólo que el niño castaño no estaba cumpliendo con su deber, sino que estaba chapoteando en el barro.
— ¡Italia! —Gritó el pequeño rubio— ¡Vas a estropearte el vestido y Austria te castigará!
— ¡Mejor así! ¡Si se pone histérico envejecerá más rápido! —se mofó el nieto de Roma, riendo.
Sacro Imperio Romano suspiró, acercándose a la otra nación. Sujetó a Italia del vestido (con toda la delicadeza posible, que no era poca), intentando quitarlo del charco de lodo.
— ¡Suéltame! —se quejó el pequeño Italia, forcejeando. El germano se puso de los nervios, porque al italiano podría salírsele el vestido. A Italia no le preocupaba eso. Es más, mejor si se deshacía de esos "trapos femeninos" que cierta húngara le hacía vestir.
—No voy a…—sin querer, resbaló con el borde del vestido del castaño, cayendo de bruces al barro.
Italia comenzó a reírse estruendosamente, mientras se limpiaba el barro que le había chapoteado en la cara.
— ¡Al niño bonito se le arruinó el traje elegante! —se carcajeó el italiano, sujetándose la panza.
El rubio se incorporó rápidamente, poniendo cara de asco al verse envuelto en tanta mugre.
—Deja de reírte de mí—exigió el imperio, avanzando hasta Italia, quién se había alejado del charco de barro. Volvió a tropezar, cayendo nuevamente, lo que ocasionó otra oleada de risas italianas.
Resignado, el rubio puso cara de fastidio, mientras esperaba a que las risas del otro cesaran. Tal vez así estaría más tranquilo y podría incorporarse sin ningún tipo de presión.
—Ah, me das lástima—le dijo Italia, secándose una pequeña lágrima—Dame la mano, voy a ayudarte a salir de ahí.
Superando las expectativas que el Sacro Imperio Romano tenía respecto a la bondad de Italia del Norte, éste último le tendió una mano. Era una sorpresa agradable, pero aún así, el germano decidió no confiar en el más bajo.
Al contrario, tomó su mano, pero tironeó de él hacia abajo, lanzando a Italia al barro.
— ¡Desgraciado! —gritó el castaño, enfadado, aunque en el fondo, no tan molesto como Sacro Imperio había estado.
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— ¿Dónde rayos se metieron? —chilló Hungría, histérica, contemplando las manchas de barro que los dos niños iban dejando por la casa de Austria. A éste no le importaba, gozaba del fastidio de la húngara.
Las dos naciones más jóvenes corrían una detrás alrededor de la gran habitación. Era una escena tierna, a pesar de las manchas que dejaban a su paso.
Era hermoso hasta que sin querer mancharon el piano blanco de cola del austríaco.
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—Eso fue aterrador—comentó Italia, escondido bajo su cama.
—Mucho—concordó Sacro Imperio Romano, escondido también junto al italiano.
—Nunca hay que hacer enojar a Austria así.
—Nunca—repitió el rubio.
—Pero valió la pena.
—Yo no diría eso…
—Pasamos un bonito momento juntos, aunque seas un creído.
El imperio no pudo evitar sonrojarse ante eso. El italiano suspiró hastiado frente al fastidio del otro, y se resignó a permanecer junto a él en silencio, escuchando los gritos tanto del austríaco (por las manchas en su piano) como a la húngara (por las manchas alrededor de la casa en general).
Aunque antes de que cualquiera los interrumpiera, entrelazó su mano con la del rubio. Sólo para que el momento fuera todavía mejor, y digno de ser atesorado a lo largo de su futura historia como nación.
