Capítulo 25:

Varias horas habían pasado. El Santuario estaba en calma, pareciera difícil de creer que horas atrás había acontecido una fugaz batalla, con resultado de una muerte.

La única luz que iluminaba el recinto sagrado, además de la luna, procedía del reloj de fuego; la luz de Tauro acababa de apagarse, lo que significaba que eran aproximadamente las dos de la madrugada. La gente podía descansar tranquila, pues ya había pasado el peligro.

Rigel de Orión y Hevelius de Lagarto se recuperaban de sus heridas en un pequeño templo situado en el límite de El Santuario, casi más cerca de la villa de Rodorio que de las Doce Casas, dedicado precisamente al reposo, quedando al cuidado de las doncellas de El Santuario.

Pafo de Dorado había encontrado el apoyo en sus compañeros de entrenamiento. De la mano de su maestro Forcis, los chicos de Piscis habían aprendido a valorar mucho la amistad, y a estar con los suyos, por ello es que no podían hacer menos por él. Y más si, al entrenar juntos desde hacía tanto tiempo, eran como hermanos.

Ixión de Pez Volador sería enterrado al día siguiente, con todos los honores. Se rumoreaba que Belus de Capricornio, su maestro, regresaría momentáneamente de su misión para darle un último adiós a su alumno. Mas quienes le conocían sabían perfectamente que no lo haría, no dejaría a un lado la misión que le había sido encomendada.

Pese a la quietud que reinaba no todo el mundo era capaz de dormir, especialmente los Santos de Oro. Unos porque creían que aún serían atacados, otros porque estaban demasiado sumidos en sus pensamientos. Otros porque, simplemente, venía en su propia naturaleza de Santo la alerta permanente. Mas otros, como era el caso de Shaula, tenían la mente ocupada en otros asuntos. Tras un día muy ajetreado para la escorpina, la Santa decidió descargar el estrés dejándose llevar por el pecado del que su diosa renegaba. Su fortuito amante, a quien apenas podía distinguirse debido a la escasa luz que reinaba el cuarto del Templo del Escorpión Celeste, tenía que ser forzosamente otro Santo, no sólo por la dificultad para un humano normal y corriente de llegar hasta el octavo templo (obviando que no podría ni pasar del Templo del Carnero Blanco), sino por el hecho que ningún otro hombre que no fuera un guerrero de la diosa de la sabiduría habría aceptado hacer el amor con una mujer que cubriera su rostro con una máscara dorada.

Otra persona permanecía tumbada sobre su cama, incapaz de dormir. Con los ojos bien abiertos y las manos tras la cabeza, Zagreo de Cuervo repasaba los detalles de la ya terminada jornada. Se encontraba en un cuarto dentro del Templo del Gran Cangrejo, su maestro no le había permitido marcharse después de la batalla, aunque no estuviera herido (o, por lo menos, no tanto como sus compañeros plateados Rigel y Hevelius).

Aquel día había hecho algo inesperado: había ido por sí mismo a la Colina del Hades, cuando siempre le enviaba su maestro; además que había derrotado a un enemigo allí. Y luego su maestro mencionó que lamentaba que no fuera Cáncer. ¡Para ser su heredero! Zagreo se sentía tan orgulloso que no cabía en sí de gozo.

Realmente, no era solamente por aquella frase de Timur la que provocaba la falta de sueño por parte del Santo del Cuervo. Más bien se debía a lo que sucedió después, de regreso al Templo del Gran Cangrejo. Timur de Cáncer ofreció a su mejor alumno una nueva empresa que Zagreo casi no era capaz de creer.

Ahora se daba cuenta de lo mucho que tenía por ofrecer todavía a los demás, y de la ilusión que sentía con aquella posibilidad. Cerró los ojos y se dejó llevar por este último recuerdo.

Nunca podría haber imaginado que abandonar la Colina del Hades le proporcionaría tal sensación de alivio. Cierto era que constantemente Timur de Cáncer le hacía entrenarse allí, pero nunca había estado tan cerca del enorme agujero negro, como al pelear contra Agní de Bontes.

En su cara todavía estaba pintada la sonrisa de su última intervención antes de regresar, mas poco a poco ésta se fue transformando debido a la nueva sensación que estaba experimentando, hasta que finalmente Zagreo suspiró.

- Jamás Nadir te entrenaría aunque seas Acuario, eres muy débil para él- rió Timur al ver la cara que estaba poniendo su alumno-. He oído que encierra a la gente en ataúdes de hielo para que sean más fuertes- comentó como si tal cosa, arrancando de nuevo la sonrisa en el santo plateado.

- No creo que llegue a tanto- comentó Zagreo-. Aunque no sé que es peor, si eso o la Colina del Hades- murmuró después, con fingido aire inocente.

- También es verdad- admitió el otro, con la sonrisa bailándole en los labios.

Habrían seguido así, bromeando y riendo, como si fuesen dos viejos amigos en lugar de maestro y discípulo, mas se vieron interrumpidos cuando el dios Hefesto hizo su entrada, escoltado por Auva de Cruz del Sur. El dios del fuego aún no sabía la verdad, por lo que se mostraba altivo y arrogante con Timur y Zagreo. Éste último miró a su maestro, pero él estaba más ocupado observando con detenimiento a los recién llegados.

Nadie habló y, por consiguiente, el Dios y su escolta continuaron su andadura. Tras su marcha el ambiente se volvió tenso.

- Atenea se enfadará mucho cuando sepa que la desobedecí.

Zagreo hizo una mueca de preocupación (estaba claro: las órdenes no podían ser otras que "no moverse de las doce casas", y su maestro se había ido para acudir a la Colina del Hades) pero no dijo nada, pues no sabía qué decir.

Aquellos segundos en silencio fueron eternos para Zagreo de Cuervo, y no pudo evitar sobresaltarse cuando Cáncer volvió a tomar la palabra.

- Pero se le pasará cuando le explique que lo hice por ti- su discípulo abrió la boca para protestar, pero Timur se lo impidió-. Y más cuando le diga que creo que estás listo para seguir tu propio camino.

Por un instante Zagreo creyó no haber oído bien.

- ¿Mi propio camino?- preguntó, confundido.

Con una amplia sonrisa de oreja a oreja, Timur asintió con energía.

- Así es. Mi querido Zagreo, no creo que tenga que enseñarte mucho más ya. Lo que te queda es algo que debes aprender por ti mismo.

- Pero...- protestó el otro, incapaz de asimilar lo que aquellas palabras significaban.

Timur cerró los ojos y, con gesto socarrón, añadió:

- Claro que puede que realmente no sirvas para ésto- Zagreo se irguió-. A lo mejor resulta que fue fruto del azar, al fin y al cabo... ¿no lo fueron las Ondas del Hades?

Zagreo arrugó el entrecejo, maldiciendo para sí, mientras su maestro se reía descaradamente de él. Mas de hecho, así había sido. Entonces, ¿cómo iba a estar preparado?

- Pero bien es cierto- siguió el Maestro, sin dejar de sonreír- que a menudo nuestras victorias son fruto del azar... o de la suerte, como quieras llamarlo. Ese Brontes... o Bontes, como fuera, tuvo la desdicha de tropezar justo en el peor momento, y tú tuviste la suerte de lograr llegar hasta allí.

Zagreo miró a otro lado y murmuró algo con un tono de voz tan débil que ni él mismo se escuchó.

- ¿Perdón?- inquirió Cáncer. Zagreo volvió a murmurar algo, esta vez a Timur le pareció oír "Niké"-. ¿Niké dices?- Cuervo asintió levemente-. Los Dioses "nos ofrecen" algo, nosotros luego lo desarrollamos- Zagreo arqueó una ceja-. Bien, veamos... un ejemplo para que lo entiendas- murmuró, cruzándose de brazos.

Zagreo suspiró con resignación. Su Maestro era capaz de pasar de la broma a la frialdad en menos de un segundo, sin un atisbo de sus sensaciones anteriores. Ya estaba más que acostumbrado, llevaba años bajo su tutela, mas no dejaría de impresionarle nunca esos cambios de actitud.

- ¡Ya sé!- exclamó entonces Timur, tras unos segundos pensando-. Supongamos que nace un ser humano con una inteligencia prodigiosa ("aunque no tanto como la mía", bromeó). Obviamente, esta persona, a quien llamaremos "T"- Zagreo bufó-, ha nacido con el don de Atenea. Bien sabes, Nuestra Señora Atenea, La de los Ojos Grises, es el ser más inteligente que pueda existir. Pues bien, a T se le ha concedido dicho don, pero lo que él piense, como él actúe, o como utilice dicha inteligencia son cosas que hará por sí mismo en adelante. Por ponerte un ejemplo, a T se le presenta una dificultad, no importa cuan difícil sea, quizá no es más que un mero problema cotidiano, tal vez no sabe si visitar una colina o descansar en un templo- Zagreo puso los ojos en blanco-. Nuestra diosa ya sabe lo que debe hacer, qué sería mejor, sin necesidad de planteárselo siquiera. Pero T necesita pensarlo primero, según su estado de ánimo, para escoger.

- ¿Y ahora qué prefiere T?- preguntó el otro haciendo una mueca burlona.

- Descansar en su hogar. ¡Pero ése no es el caso!- añadió ipso facto-. ¿Qué es lo que diferencia la actitud, el pensamiento, de T y Atenea? ¿Por qué, si a él se le ofreció el don de la inteligencia de La de los Ojos Grises?

- Porque T estaría desarrollando aquello que una diosa, Atenea, le ofreció primero- concluyó el alumno-. ¿Es eso?

Timur sólo asintió.

- ¿Quiere decir, Maestro, que la diosa Niké ofreció su ayuda en primera instancia hacia mí pero que luego fui yo quien se ganó dicha suerte, sin intervención divina?

- Exacto.

- Es complicado.

- No tanto- sonrió el de Cáncer-. Es algo que nos hace más interesantes que los dioses: ellos ya nacen, nosotros desarrollamos.

Zagreo se sujetó el mentón, en evidente actitud pensativa.

- De ese modo acabamos eligiendo nuestras creencias y, en nuestro caso, nuestro Dios.

- ¡Sí, así es!- le aplaudió Timur- A ver si ahora voy a tener que llamar al chico de mi ejemplo "Z".

Zagreo se rió. Timur le imitó pocos segundos después.

Había vuelto el ambiente relajado, del que se habían desprendido ante la aparición de Hefesto.

- Maestro- intervino el joven Cuervo.

- Dime.

- ¿De verdad cree que estoy preparado para seguir mi propio camino?

El otro sonrió.

- Por tu propio bien, espero que así sea, porque yo ya no me voy a ocupar más de ti. Y más te vale- agregó- que prepares un buen Cáncer, así podré jubilarme tranquilo.

Zagreo estalló en carcajadas.

- "No cambiará"- pensó.

Timur le ofreció pasar una última noche en el Templo del Gran Cangrejo, que el ahora ex-alumno aceptó encantado, no sin ciertas quejas iniciales, al utilizar Cáncer como pretexto las heridas del combate, pese a que Zagreo no estaba en absoluto herido. Al día siguiente, planearon, sería un nuevo encuentro con Atenea. Timur se mostró ciertamente preocupado ante la posibilidad de un castigo, pero estaba muy contento ante la nueva vida que le esperaba a Zagreo.

Mirando al techo, Zagreo suspiró profundamente.

- Seguir mi propio camino...

Cerró los ojos y sonrió. Ya casi podía ver delante las miradas de los niños que le llamarían "Maestro".


La noche, limpia y estrellada, junto a las luces de la aurora boreal, eran un hermoso espectáculo. Bajo tan bello cielo, la pequeña cabaña siberiana del señor de los hielos parecía brillar con luz propia, pese a que estaba completamente a oscuras.

A unos metros de la casa, con sus enormes ojos azules fijos en el cielo, el pequeño niño que Nadir había encontrado, Yuri, suspiraba ante el colorido espectáculo.

- ¿Estás pensando en tu madre?- Yuri pegó un respingo. Al voltearse vio a Nadir, mirándole como un padre lo hacía a su hijo.

El rubio se había quedado mudo, pues creía a todos dormidos. No se dio cuenta de que Nadir llevaba puesto un abrigo hasta que Acuario le lanzó otro encima.

- Hace frío- comentó el protector del undécimo templo. Realmente, para Nadir no hacía demasiado frío (por no decir nada), pero era un chico bastante precavido-. Póntelo- pidió, en referencia al abrigo.

Yuri obedeció. Le iba un poco grande, aunque no demasiado. Aún así, el niño intentó ocultar ese hecho, pero no llegó a pasar desapercibido.

- Ya lo suponía- Nadir ahogó una risita-. Ese abrigo era de Mikhaïl, lo llevaba cuando tenía tu edad- explicó-. Pero, claro, Mikhaïl tenía (y tiene) una mayor complexión física, es normal que te vaya grande.

Yuri deseaba cambiar de tema, ya que se sentía ridículo.

Y que Nadir nombrase a Mikhaïl fue la oportunidad perfecta para hacerlo.

- Hoy vi a Mikhaïl destrozar enormes bloques de hielo- dijo, con los ojos brillantes-. Es muy fuerte.

Nadir asintió.

- Sí, lo es.

Yuri sonrió ampliamente.

- Tú también lo serás algún día- añadió entonces, con expresión seria, el joven Santo.

La sonrisa de Yuri se borró de su rostro.

- ¿Yo? ¿Un...?

- Un Santo, sí.

Yuri tragó saliva. No se creía capaz. Por si fuera poco, hubiera deseado que Nadir se lo hubiera dicho mejor. Quizá sí usando las mismas palabras, pero mejor si las hubiese acompañado por un gesto o por una sonrisa.

No le gustaba el Nadir serio, prefería el hombre agradable que le había tratado como un padre, en apenas veinticuatro horas de conocerse.

El pequeño ruso miró en derredor, el enorme desierto azul de Siberia se extendía más allá de donde llegase la vista, sólo se veía una pequeña aldea, no muy lejos de la casa del de Acuario. Mientras observaba, intentó imaginarse años después vistiendo una armadura, pero no fue capaz. Entonces se acordó de Mikhaïl, que le había visto entrenar aquel día que había resultado tan ajetreado para el resto de guerreros, y se le iluminó la cara.

- ¿Y podré hacer lo que hace Mikhaïl?

Nadir no llegó a responder, pues resultó que al mismo tiempo había formulado otra pregunta, que dejó bastante descolocado a Yuri.

- ¿Cómo murió tu madre?

De la cara del niño desapareció la alegría. El Santo le observó con detenimiento, pacientemente, a la espera de obtener su réplica, aunque se la imaginaba.

Y por desgracia, no se equivocó.

- Yo... yo la maté.

Nadir abrió un poco más los ojos, dando cuenta de su sorpresa. Aunque lo intuía, pero aún así no dejó de sorprenderle

- ¿Cómo?- quiso saber. Dependiendo de la respuesta que recibiera, sabría si Yuri de verdad podría ser un Santo o no.

- No quise hacerlo- gimió el niño-. Ella no tenía que morir, sólo él- Nadir cerró los ojos, se empezaba a hacer una idea clara de la vida de Yuri hasta entonces-. Sólo él y...

Sus últimas palabras se vieron ocultas bajo un fuerte vendaval helado.

Pero el Santo de los Hielos llegó a escucharle. Con la respuesta obtenida, primero tuvo en claro una postura referente a los posibles entrenamientos del chiquillo; pero después cambió completamente de idea.

¿Sería Yuri mucho más importante que lo que jamás hubiera imaginado Nadir de Acuario? Zafándose de esos pensamientos, caminó de nuevo hacia la casa, instando a Yuri para que le siguiera.

- Ven o enfermarás.

Yuri asintió y corrió hasta estar a su lado, sujetándose con fuerza el abrigo, pues ahora sí hacía frío, con el vendaval.

- ¿Cómo está su amigo, Señor Nadir?

El de cabellos grises sonrió levemente. Quien sabe si por haber sido nombrado como "Señor Nadir", tal y como era respetado por los Santos de inferior rango, o bien por la pregunta sobre Forcis.

- Durmiendo. Le irá bien, así le bajará la fiebre.

Yuri se adelantó. Si un Santo podía enfermar, ¿qué le podía pasar a él?

Pero en cuanto Yuri entró en la casa, Nadir cerró la puerta, para quedarse un momento a solas.

- Dime todo lo que sepas- murmuró-. Sé que estás ahí.


Teniendo en cuenta que la noche anterior no había dormido apenas y que ahora estaba tranquila, aún y pese el enfado final del que se despidió de Anteo de Géminis, La de los Ojos Grises durmió como nunca. Y es que aunque fuera una diosa, tenía un cuerpo mortal. Un cuerpo mortal que necesitaba sus mínimas horas de descanso. Y teniendo en cuenta que el día siguiente sería muy ajetreado, quizá más que el que acababa de terminar, necesitaba estar despierta.

Hubiera deseado salir aquella noche, tenía que hacerlo, pese a la necesidad de sueño. Mas la posible presencia del de cabellos verdes vigilándola le impidió hacerlo. Dándose cuenta que no sólo Anteo debía haberla descubierto, sino también era posible que lo supieran los demás, decidió aparcar las salidas. Al menos durante un tiempo.

Y así fue como, vaciando su mente de pensamientos que la hicieran dar vueltas en la cama, el sueño pronto se adueñó de Atenea.

Soñó que estaba en una elevada montaña, los ojos bien abiertos ante unas altísimas rejas doradas. Al fondo, se podía distinguir un enorme templo del blanco más puro. Llevaba una gran armadura que la cubría de pies a cabeza y, bien sujeto, el báculo sagrado de Niké.

Suspiró. Había llegado la hora.

Miró a su alrededor, sus acompañantes seguían a su lado. A su derecha, Alexandros Solo, con cara de pocos amigos, como si le disgustase estar allí; a su izquierda, un hombre y una mujer. El primero era un muchacho alto y rubio, de glacial mirada azul, indiferente ante el espectáculo. Su armadura negra evidenciaba de quién se trataba. La mujer, castaña, era más alta que Atenea, y también llevaba una gran armadura, aunque en su caso llevaba un carcaj y varias flechas doradas. Sólo podía ser Artemisa.

Poseidón y Hades también vestían como las otras dos diosas, uno con el tridente, el otro con la espada. Nadie más les acompañaba.

Atenea apoyó con suavidad la izquierda, su mano libre, sobre la reja y, de inmediato, ésta se abrió, brillando intensamente. La de los Ojos Grises cruzó miradas con los otros tres, Artemisa asintió.

Pero apenas avanzaron unos pasos todo se volvió oscuro.

El sueño cambió de repente.

- Aquello que viste es la entrada del Olimpo- dijo una voz-. Hades, Poseidón y Artemisa te acompañaban... pero quién sabe si será así.

- ¿Qué hacía ahí Artemisa?- preguntó Atenea, con calma.

- Hoy no viniste- le dijo éste, ignorándola.

Atenea suspiró.

- No pude- murmuró-. No tenías porque venir a por mí. Y menos hacerme ésto.

- ¿Hacerte el qué?

- Hacerme soñar algo que no va a suceder, Hypnos- protestó la morena.

El dios del sueño rió y de inmediato volvió a iluminarse todo. Se encontraban en El Santuario, junto a la gran Estatua de Atenea.

- ¿Y quién te ha dicho que eso no va a suceder?- Atenea arqueó una ceja- Yo no tengo la capacidad de producir premoniciones, pero mi Reino es el sueño y en él puede pasar cualquier cosa. Incluídos los sueños premonitorios- la diosa resopló, él rió-. Lo digo en serio.

- Ya.

Hypnos hizo una mueca.

- Pregúntale a esa Santa tuya... Sarai, o algo así.

- Se llama Sarah- corrigió Atenea-. Sarah de Copa. ¿Y de qué la conoces?

- Hace mucho que la conozco... sólo que ella no me conoce a mí. Pregúntale sobre los sueños premonitorios, verás lo que te contesta- la diosa de la sabiduría iba a protestar, pero él no le dejó-. Me causa una gran impresión que el don de Apolo haya ido a parar a una guerrera tuya... Apolo te odia, ¿sabes? Yo diría que más que mi hermano... y ya es decir.

Una suave brisa meció sus largos cabellos dorados. Antaño, teniendo un cuerpo divino, en su frente tenía una gran estrella. Hoy día, reencarnado, tenía un peinado distinto, aunque largo y dorado igual, la estrella sólo aparecía en momentos cruciales. Hypnos cerró los ojos, sintiendo el aire.

Atenea, ignorando la débil corriente, pues no era real, se preguntó cómo Hypnos podía sentir algo que no existía. ¿Cómo de misterioso era el Reino del Sueño?

- Me gustaría conocerla- dijo de pronto el dios, abriendo los ojos-. Me resulta muy curioso, sí.

Atenea se cruzó de brazos y, entornando los ojos, dijo:

- Por tu propio bien espero que sea sólo curiosidad.

Por toda respuesta, el otro se rió.

- El mujeriego es Thanatos, no yo- comentó entre risas.

Atenea gruñó. No le hacía ni pizca de gracia.

- A ver, ¿para qué has venido?- cambió de tema.

- Hablemos- fue lo único que recibió por respuesta.

Continuará...


¡Hola! Por fin un nuevo capítulo, es cada vez más y más difícil. Ahora tengo un nuevo trabajo que me ocupa buena parte del día, y lo último que apetece al regresar es sentarse a escribir.

Por otra parte, el otro día fue muy especial. El pasado 13 de septiembre "Siglo XXIII" cumplió un año de vida. A otros les parecerá una tontería, pero a mí, como autora, me llena de orgullo y satisfacción poder decirlo. Nunca un fic llegó a los doce meses (en realidad, ni a la mitad), por ello es que me siento más contenta todavía. Quisiera aprovechar para darles las gracias a todos aquellos que, ya sea aquí, ya sea en el resto de páginas de fanfics donde publico, como en el foro donde me encuentro, han dado su apoyo con sus comentarios. ¡Muchas gracias por todo! ¡Espero que sigamos durando otro año más!

Ahora sí, los comentarios del capítulo...

Veamos... Shaula de "santa" sólo tiene el título. Digamos que... media mitad de El Santuario se ha acostado con ella. Es por eso que se dio cuenta capítulos antes de que era idéntica que Afrodita.

Forcis de Piscis está enfermo, sí *gotita de sudor*. ¿Recuerda alguien que durante su estancia en Sinigrado llegó a estornudar como un par de veces? Pues pareció que la cosa quedaba ahí... pues no. En el próximo cap quizá salga algo... o si no lo dejo simplemente así, lo que se me ocurra.

Aclaración: Yuri NO ES Hyoga. Lo digo por aquello de su madre, no vayáis a creer que porque es un niño ruso que acaba de perder a su madre como el cisne original, vaya a estar pensando en ella siempre. En cuanto al personaje al cual Nadir dirigió sus últimas palabras, me temo que no puedo revelarlo. Si lo hiciera, sería demasiado explicativo. Se sabrá... a su debido tiempo.

Voilà! Atenea se reúne con Hypnos. ¡Surprise!

Todo comentario, sugerencia, críticas o tomates serán bienvenidos. ¡Hasta la próxima!