Vale, que éste capítulo ésta corto, pero en el siguiente me desquito.


Por suerte, las acusaciones contra Neal y Archie no estaban lo suficientemente claras como para retenerlos en prisión. No fue necesaria más que la presencia y el deseo de la duquesa Mills para que fueran liberados.

Lo de Jacko era otro cantar. Administraba uno de los prostíbulos más concurridos de la Villa, y entre sus paredes se habían tejido más de un hilo de conspiración y traición. Era muy fácil sacar información a los soldados franceses cuando llevaban un par de copas de más o cuando tenían los pantalones bajados. Muchas estrategias se habían venido abajo por este motivo. Aprovechando las conjeturas, el capitán Lemoine le había puesto una emboscada, y Jacko y sus chicas habían caído en la trampa sin sospechar siquiera. Tal y como la duquesa se temía, el Capitán Lemoine no había atendido a razones, y se había negado en rotundo a liberarlo. Regina había usado todo su poder y diplomacia. Incluso había probado por la vía coactiva, igualmente sin resultado alguno.

La noticia no fue bien acogida por Yarah Monsalve, quien tras mirarla fijamente durante lo que a Regina le pareció una eternidad, giró sobre sus talones y se marchó rápidamente. Algo en la tensión de su cuerpo y en sus andares resueltos le indicaron que la portuguesa no iba a quedarse de brazos cruzados. Y algo en la frialdad de su mirada le dijo que las represalias que tomaría contra el Capitán Lemoine iban a ser fatales.


Cuando llegaron a Los White's fueron recibidos entre llantos de alegría y expresiones de censura.

Regina sonrió al ver a su esposa amonestando a Neal, quien, aunque bufaba de desagrado, aguantaba estoicamente la incesante reprimenda de Emma.

Exasperada y aburrida con la escena, Regina abandonó el comedor y se fue a la biblioteca. Sonrió cuando se sentó en el sillón y miró el reloj. Las seis de la tarde.

Era uno de los mejores momentos del día. A veces se recriminaba por ser tan estricta en sus costumbres, pero… qué se le iba a hacer. Le gustaba llevar ese tipo de rutina diaria, una serie de pequeñas acciones que no podía ni quería dejar de hacer cada día, como montar a caballo a primera hora de la mañana, tomarse una taza de chocolate a las seis en punto… Hacer el amor con Emma antes de dormir... Despertarse con ella entre sus brazos y volver a hacer el amor…

Una gran sonrisa de satisfacción y agradecimiento se pintó en su rostro cuando Belle entró con la esperada taza de chocolate. El ama de llaves, tan eficiente como siempre, contribuyó a su amable gesto con una sonrisa de su propia cosecha.

—¡Ah, Belle…! Me pregunto qué será de Los White's sin ti —dijo significativamente.

—Si Su Excelencia así lo dispone, no veo motivo para preocuparse por eso.

Regina la miró fijamente. Una idea pasó por su mente, pero la desechó de inmediato. Aun así…

—Belle, ¿podrías sentarte? Hay algo de lo que me gustaría hablar.

Belle se sentó lentamente y la miró con recelo. Hasta el momento la duquesa no había dado muestras de querer prescindir de sus servicios, pero la actitud de su patrona, que se movía incómoda en el asiento y rehuía su mirada, hizo que se pusiera tensa.

—¿Hay algún problema? —preguntó en un hilo de voz.

—Bueno, no, pero… —Regina carraspeó y soltó—: ¿Por qué has declinado la propuesta de matrimonio de Graham?

A Belle se le aflojó la mandíbula y miró a la duquesa de hito en hito.

—¿Graham le ha contado? —pudo preguntar finalmente.

—Sé que Graham te ama, Belle.

Non, non, Excelencia. Estáis equivocada. Tal vez crea estar enamorado, pero no es más que un encaprichamiento pasajero… Y yo… yo… Soy demasiado mayor para él y…

—No creo, ni por asomo, que lo que siente Graham por ti sea un capricho, Belle. Aunque su aspecto sea rudo y, por qué no decirlo, aterrador, es una de las personas más buenas y consideradas que he tenido el placer de conocer. Su lealtad y su entrega no conocen límites. Créeme cuando te digo que Graham nunca antes había sentido lo que siente por ti. En cuanto a lo de ser mayor, ¿cuántos años puedes tener? ¿Treinta y dos? ¿Treinta y tres a lo sumo?.

—Excelencia… —suspiró Belle. De pronto se sintió sumamente cansada y se apretó el puente de la nariz—. No pongo en duda vuestras palabras. Precisamente porque Graham es la persona que es debo rechazar su proposición. Yo… no me merezco a alguien como él. Creo sinceramente que él se debe casar con alguien mejor que yo.

—En tu opinión —contradijo Regina—. Yo opino que estáis hechos el uno para el otro.

—No, Excelencia. Si él supiera lo que he tenido que hacer en el pasado, hasta dónde me he tenido que rebajar… —Belle se sonrojó al percatarse que había hablado demás, pero después alzó la barbilla y dijo—: Graham se merece algo mejor que una mendiga, una prostituta y una querida consentida. Y yo he sido todo eso y más. Y ahora que vuestra Excelencia sabe la clase de persona que dirige su casa es posible que no quiera seguir contando con mis servicios…

—Belle, por Dios. No te precipites, yo nunca te juzgaría por…

—No, Regina. Ni tú, ni nadie se atreverá a juzgarla.

Belle y Regina miraron al mismo tiempo hacia la puerta, donde un encolerizado Graham apretaba los puños y miraba con dureza a Belle. El ama de llaves se llevó las manos a la garganta y soltó un lastimero sollozo.

—Graham… No sabía que estuvieras escuchando.

—Gracias a Dios que lo estaba haciendo, porque de lo contrario nunca hubiera conocido los absurdos motivos que tenías para rechazarme. ¿Mendicidad? ¿Prostitución? ¡Ja! ¿Y dices que yo soy un buen hombre? ¿Qué dirías si te dijera que he robado, que he matado a sangre fría y sin piedad?

¿Me dejarías de amar si te dijera que hubo una época en la que no era ni siquiera persona por culpa del opio? Y si hablamos de prostitución… ¡Jesús! ¿Quieres que te enumere la cantidad de veces que me he tenido que meter entre las piernas de una posadera gorda y mugrienta para pagar mi plato de comida? Si no hubiera sido por la duquesa, no sé dónde estaría ahora mismo.

— No podemos dejar pasar la oportunidad de redimirnos, quizá la única que se nos presente en la vida para ser felices. ¿Juzgarte? Nunca, Belle. Lo que siento por ti es lo suficientemente fuerte y sincero como para que pueda importarme que te hayan sobado unos pocos desaprensivos. ¿Querida del marqués? Bueno, no es que me haga saltar de alegría, pero conociéndote como te conozco sé que los motivos que te llevaron a hacerlo nada tienen que ver con el placer, la codicia… y mucho menos, con el amor.

—Graham, yo…

—Belle, cariño, ambos somos la misma clase de persona. Somos dos supervivientes, que obligados por las circunstancias han tenido que rebajarse hasta lo inconfesable. Toda nuestra vida ha sido un infierno, así que, ¿por qué rechazar este pedazo de cielo que la vida nos ofrece?

Belle miró fijamente al hombre que amaba. Ni en un millón de años hubiera creído posible que su pasado no supusiera un impedimento a su felicidad. Y ahí la tenía, al alcance de la mano. Tan solo tenía que decir que sí a aquello que Graham le ofrecía.

Cuando comenzó a asentir con la cabeza, tímidamente al principio, pero efusivamente después, Graham la levantó en volandas y comenzó a dar vueltas sobre sí mismo, llorando y riendo a la vez. Ninguno pensó en la duquesa cuando comenzaron a besarse apasionadamente.

Ninguno se percató, ni antes ni después, de que la duquesa había abandonado la biblioteca en el mismo momento en que Graham había comenzado a hablar.


Las cosas pintaban realmente mal. Nada estaba saliendo según lo planeado. Tenía que reconocer que había perdido demasiado tiempo entre enaguas y cantinas, a salvo y seguro en la casona que había tomado como cuartel general. Y ahora tenían que marcharse. ¿Dónde? No tenía ni idea. Tan solo contaba con tres días, cuatro a lo sumo, antes de abandonar la plaza. Y luego, ¿qué?

¿Unirse a las tropas en Rusia? ¿Volver a poner su vida en peligro después de una relajada temporada en el cálido y acogedor clima de España? ¡Ni loco!

Tras mucho meditar, Jones se levantó de golpe y llamó a dos de sus hombres, aquellos que no tenían escrúpulos y que no dudarían en lamerle las botas si se lo pedía. Cogió una hoja de papel y comenzó a escribir rápidamente. No necesitaba el sello del mariscal al mando de la plaza, Claude Perrin, pero sí su firma. Y era algo que a él se le daba de maravilla falsificar. Sonrió con orgullo cuando vio el resultado final. Nadie se atrevería a negar la autenticidad del documento.

En el último momento decidió cambiar de estrategia. De nada le servía llevarse a la mujer que codiciaba si dejaba detrás a su esposa lo suficientemente despechada como para seguirle hasta Francia. Killian Jones se rascaba la barbilla, pensando en las posibilidades que tenía. Por supuesto, no iba a volver a Francia con los bolsillos vacíos. Sabía de un par de viudas que gustosas le ofrecerían todo su patrimonio a cambio de que él se metiera entre sus piernas de vez en cuando. La oferta era tentadora de no ser porque dichas viudas habían vivido ya demasiadas primaveras. Claro que él no tenía escrúpulos, y de vez en cuando se tragaba su orgullo y su dignidad a cambio de unas cuantas chucherías…

Hacerlo no le hacía feliz, pero era lo suficientemente cínico como para pararse a pensarlo. Porque la verdad es que temblaba de asco ante el recuerdo de las carnes marchitas y fofas de esas mujeres, del olor a naftalina, del áspero tacto de un cabello que empezaba a ralear. Distinto sería si alguna de esas viudas tuviera la piel tersa y suave como el terciopelo, las mejillas sonrosadas, el cabello sedoso y todavía estuviera en su primera juventud. Y si fuera menuda, de cabello rubio y ojos azules, sería el colmo del éxtasis.

Jones sonrió antes de salir para llamar a sus hombres, porque descubrió que la mejor alternativa que tenía era hacerse con una viuda joven y rica. Y esa sería la mejor estrategia para salir de la ruina y, al mismo tiempo, hacer suya a Emma sin temer a las represalias de la odiosa duquesa Mills.


Jones siempre apareciendo en el mejor momento, será que logre sus objetivos...