Capítulo 24: El ataque

Los soldados dejaron a Kaileena en su celda, encadenada a la pared, no sin antes propinarle varios golpes. Pero ya no se quejaba. Estaba ausente, como si su alma hubiera abandonado su cuerpo. No se movía. Los soldados llegaron a pensar que estaba muerta, pero respiraba.

Todo había acabado. Tantos años encerrada en aquella Isla, y ahora que por fin había cambiado, alguien la había traicionado para convertirla en su esclava y limpiar su nombre.

Alzó la mirada y se observó a sí misma y al lugar donde pasaría el resto de sus días. Podría suicidarse y acabar con todo aquello, arrebatándole a Cyrus la oportunidad de hacerla sufrir. Pero él se las apañaría para impedirlo y tenerla allí hasta el fin de los tiempos.

- Ormazd, te lo ruego … - Dijo con lágrimas en los ojos. – Sácame de aquí. Haré lo que sea ...

Cerró los ojos, suplicando una y otra vez que aquello acabase. Desde su celda podía escuchar la música de la fiesta. Se suponía que ella iba a estar allí como invitada, cogida del brazo de su Príncipe, integrándose en una nueva sociedad. Pero las cosas no sucedieron así.

Mientras tanto, el Príncipe recuperaba el tiempo perdido con Farah. La llevó a dar un paseo por los Jardines Colgantes. Él intentaba buscar una conversación íntima, pero Farah parecía tan inmersa en el mundo de las Arenas que no quería salir de ese tema.

- Parecéis saber mucho de Las Arenas del Tiempo …
- Mi Madre solía contarme historias sobre la Emperatriz del Tiempo y sus orígenes. Siempre quise viajar a la Isla del Tiempo y descubrir lo que oculta tras sus muros.
- Allí no hay nada que ver. Es un lugar triste y lúgubre. La prisión de un monstruo. – Respondió él.
- ¿Os referís a la Emperatriz? – Cyrus asintió y ella suspiró decepcionada. – Estáis jugando con fuego.
- Farah, no insistáis.
- La Emperatriz es una criatura sagrada para los Dioses. Y vos la habéis humillado y mancillado.
- Los Dioses no se molestarán por esto.
- Eso vos no lo sabéis.
- Farah, la abandonaron a su suerte. La encerraron en el cuerpo de una humana para hacerla sufrir por lo que había hecho. Lleva siglos así, ¿realmente pensáis que ahora se van a preocupar por ella? – Le preguntó, mirándola directamente a los ojos.
- Vos mismo lo habéis dicho, ahora. Ahora está encerrada en la prisión de un humano que la ha sacado de su Isla engañada. Eso de donde yo vengo lo llamamos inocencia. Y si muestra inocencia es porque no es la misma Emperatriz que entró en esa Isla.
- ¡Ya os dije que planeaba traicionarme!
- ¿Acaso la habéis interrogado? – Cyrus guardó silencio. Sabía que había ignorado ese paso a conciencia. – Los Persas sois así. Os encanta destruir y hacer sufrir a la gente sin motivo alguno. Cualquiera que no esté de acuerdo con vosotros es brutalmente torturado hasta la muerte.
- Farah, por favor, dejad ya de pensar en eso. Lo hecho, hecho está. Ya no hay marcha atrás. Ahora debemos centrarnos en nosotros. Si vamos a contraer matrimonio …
- Hasta que vuestro Padre comunique lo contrario, sigo estando prometida con Malik. – Interrumpió ella fríamente. No le estaba gustando Cyrus. No era quien parecía ser en sus cartas.
- Farah … - Cyrus no sabía qué responder. La estaba perdiendo.
- Por vuestras cartas pensé que eráis otro tipo de persona. Pero no sois quien parecíais ser. – Comenzó a caminar para regresar al Salón.
- ¡No me habéis dado una oportunidad! – Insistió él, cortándole el paso. – He cambiado en estos siete años, sí, pero lo que siento por vos sigue ahí presente. Dadme una oportunidad de demostrároslo.
- ¿Y cómo vais a demostrarme semejante cosa?
- Ya se me ocurrirá algo. – Suspiró y sujetó las delicadas manos de Farah entre las suyas. – Pero no me deis la espalda, no de nuevo …

Ambos se quedaron mirándose fijamente, tratando de adentrarse en la mente del otro. Para Farah era frustrante no poder recordar lo ocurrido. Cyrus pensó que quizás podría usar a Kaileena para hacerla recordar. El problema era que sus poderes se estaban agotando, y Kaileena se negaría en rotundo a mostrarles su pasado juntos después de lo ocurrido.

Algo alertó a Cyrus.

- ¿Qué ocurre? – Le preguntó Farah.
- ¿No lo oís? – Cyrus miraba de un lado a otro.
- ¿Oír el qué?

Cyrus salió corriendo hacia una torre de vigilancia. Farah le siguió de cerca. Al asomarse, no pudo creer lo que veía.

- Un ejército … - Dijo Farah preocupada.
- Pero no un ejército cualquiera. – Añadió Cyrus.

Aquel ejército no era otro que el de la Isla del Tiempo. Decenas de barcos se adentraban en la bahía y algunos soldados ya se habían abierto paso hacia el Palacio. Habrían matado a los Guardias que vigilaban la puerta de la ciudad.

De pronto, una daga apareció clavada cerca de la cabeza de Farah. Aquello era obra de las Sombras.

- No … ¡Ya están dentro! – Cyrus corrió hacia la campana de la torre y comenzó a gritar mientras la golpeaba. - ¡Dad la alarma!

Farah se asomó de nuevo. Efectivamente, los soldados ya estaban en la puerta de Palacio, y algunos ya habían escalado la muralla. Una asesina apareció de la nada junto a la Princesa, pero Cyrus agarró la Daga de la Sombra con rapidez y acabó con ella.

- ¡Rápido! Tenemos que buscar a mi Padre. – Le dijo cogiéndola de la mano y corriendo hacia las escaleras.

El caos se apoderó del Palacio con la misma rapidez con la que un fuego se expande por un campo seco. Los enemigos ya habían entrado y estaban arrasando. Los Golems destruían todo a su paso, sepultando a la gente bajo los escombros.

Fuera del Palacio, el Cuervo observaba como ardía mientras contemplaba su destrucción. Su plan se estaba llevando a cabo. Un Guerrero se acercó a él corriendo.

- ¿Y bien? – Le preguntó.
- No hay rastro de la Emperatriz. No está con el Príncipe. – Anunció el Guerrero.
- Seguid buscando. Tiene que estar aquí. Puedo sentirlo …

A lo lejos pudo ver al Príncipe dirigiendo a su Familia a un lugar seguro. Se fijó en un detalle: la joven que le acompañaba. No era Kaileena. Eso no le encajaba con lo que había visto desde la ventana de su camarote en el barco hacía varias noches, cuando les espió oculto en su forma animal. Algo más había pasado, y no le cabía la menor duda de que Kaileena no había salido beneficiada.

Mientras el Rey organizaba a su ejército como podía, Cyrus trataba de llevar al resto de su Familia a un lugar seguro. Rostam se había llevado a su otra hermana y con sus correspondientes familiares a un sitio alejado. Ahora tenían que refugiar a la familia de Malik.

Todo comenzó a agrietarse, la tierra temblaba bajo sus pies. Miraron al cielo y vieron una enorme torre que poco a poco se derrumbaba. Malik trató de alertar a su esposa e hijos, pero poco pudo hacer. No llegó a tiempo y la torre cayó sobre ellos.

- ¡Nooo! – Gritó desesperado.

Esperó impaciente a que el polvo se disipase, con la esperanza de que no hubieran sido sepultados. Les llamó, pero no obtenía respuesta. Al borde de un ataque, comenzó a apartar escombros, tratando de encontrarles. Farah corrió a ayudarle. Cyrus, en cambio, se había quedado de piedra.

Finalmente, Malik dio con el brazo de uno de sus hijos. Continuó apartando ladrillos. No quería creerlo, pero al final tuvo que aceptar que todos estaban muertos. Estaba desolado. Había perdido a su esposa e hijos.

- Esto no puede estar ocurriendo … - Se decía a sí mismo.
- Lo siento, Malik …

Farah abrazó a Malik en un intento de consolarle. Miró de reojo a Cyrus, quien sabía que todo aquello estaba ocurriendo por su culpa. A Farah le sorprendía ver a Malik llorando con tal amargura. Trataba de decirle palabras de consuelo, pero de nada servían.

De pronto, Malik cesó su llanto y se giró muy serio hacia su hermano.

- Tú … - Le señaló. Se levantó y comenzó a caminar hacia él. - ¡Esto es culpa tuya!

Farah no pudo reaccionar para contener a Malik. Se lanzó sobre Cyrus y comenzaron a forcejear el uno con el otro. En este aspecto, Malik era bastante superior a Cyrus, pues su constitución le hacía ser más efectivo en un combate a puñetazos. Cyrus sólo podía tratar de esquivarle, pero estando tirado en el suelo con él encima, era algo difícil.

- ¡Parad! – Les gritaba Farah. - ¡Ya basta!

Era inútil, la ignoraban por completo. Una idea vino a su mente. Era una estupidez, pero podría funcionar, al menos, con Cyrus. Haciendo honor a los tópicos de Princesa delicada que circulaban sobre ella, se dejó caer al suelo, fingiendo desmayarse.

No pasó ni un segundo para que Cyrus y Malik se dieran cuenta de lo ocurrido. De una patada, se quitó a Malik de encima y ambos corrieron hacia ella.

- Farah, ¿estáis bien? – Dijeron los dos al unísono.

Antes de poder decir nada más, ambos recibieron un fuerte golpe en la cara que les hizo un corte en la mejilla. Del propio impacto se cayeron de espaldas. Farah se levantó, y usando su arco como bastón para señalarles, les riñó como si fuera su Madre.

- ¡Ya estoy harta! – Les gritó. Malik y Cyrus se miraron brevemente, sorprendidos de aquel cambio de humor tan brusco. Daba miedo. – ¿Nos están atacando y os ponéis a pelear entre vosotros? ¡¿Es que estáis mal de la cabeza? – Malik fue a decir algo, pero ella no se lo permitió. – Malik, ya sé que estáis destrozado y que es todo culpa de Cyrus, pero contened vuestra ira hasta que esto acabe, y entonces podréis darle cuantas palizas deseéis. ¡¿Os ha quedado claro?

Los dos Príncipes asintieron repetidas veces con los ojos muy abiertos. Aún impresionados, se levantaron con cuidado y recuperaron la compostura.

- Bien, Cyrus, puesto que vos sois el causante de todo esto, ¿qué sugerís que hagamos? – Preguntó ella, muy seria.
- Son criaturas de Arena … Su único punto débil es el agua.
- Bueno, tú has combatido solo contra muchos de ellos. ¿Qué tal si te enfrentas a ellos solo y aprendes de una vez? – Sugirió Malik con sarcasmo.
- ¿Vas a estar así todo el tiempo? ¡Porque si es así me largo ahora mismo! – Se encaró él.
- ¡Adelante, vete! – Le invitó él.
- ¡Si! Me voy. A ver cómo os enfrentáis a esas criaturas sin mí. – Y con estas palabras, Cyrus se marchó.

Malik se giró hacia Farah, pero ella no estaba ahí. La vio a lo lejos corriendo en dirección a la Prisión. Tenía que seguirla.

Cyrus caminaba entre los edificios derruidos, buscando a sus enemigos. Escuchó a lo lejos algo que parecía una conversación. Escondido tras unas cajas de madera vio al Cuervo hablando con los capitanes de cada categoría de soldados.

- ¿Habéis encontrado algo? – Les preguntó.
- Nada aún. – Contestó un Guardián.
- Tiene que estar aquí, puedo sentirlo. – Decía el Cuervo.
- ¿Qué están buscando? – Se preguntaba Cyrus.
- Quizás se ha marchado. – Sugirió una Asesina.
- No estando el Príncipe aquí. – Negó el Cuervo. – Seguid buscando, la Emperatriz tiene que estar en la ciudad. Acabad con los habitantes uno a uno si es necesario. ¡Torturadlos! Pero averiguad dónde está.
- ¿Quieren a Kaileena? Eso tiene fácil solución …

En la Prisión, Kaileena permanecía en silencio con los ojos cerrados, tratando de evadirse del mundo. Unos pasos la desconcentraron. Pudo reconocer la voz de las dos personas que se acercaban.

- Farah, ¿qué pretendes? – Le preguntó Malik tras alcanzarla.
- Si nos enfrentamos a criaturas de Arena, quizás tener a la Emperatriz en nuestro bando nos sea una ventaja para vencerles.
- ¡¿Estáis loca? Farah, es muy arriesgado.
- Es cuestión de saber hablar con ella.
- ¿De qué habláis?
- Malik … - Le dijo en voz baja. – Negociemos con ella. Ofrecedle la libertad a cambio de que colabore con nosotros. Está débil, no podrá hacernos gran daño en su estado.
- Cierto … Está bien, intentémoslo.

Atravesaron en silencio el largo pasillo hasta llegar a la celda de Kaileena. Ella los miraba con desconfianza. Farah esperó mientras Malik buscaba las llaves. Pero no estaban.

- ¡¿No hay llaves?
- El guardia las llevará consigo.
- ¿Y dónde está ese guardia?
- ¿Luchando, tal vez? – Farah le miró con mala cara. Detestaba que le hablasen con sarcasmo. – Apartaos, la abriré con mi espada.

Malik apuntó y de un espadazo arrancó el cerrojo. La puerta se abrió sola. Se acercaron a Kaileena y se arrodillaron a su lado. Ella se encogió como un animal asustado, no sabía qué pretendían.

- Emperatriz, hemos venido a hablar con vos. – Comenzó Farah.
- Si nos ayudáis, os sacaremos de aquí y seréis libre. – Aseguró Malik. Pero ella no respondía.
- ¿Emperatriz? – Farah le quitó el pelo de la cara para comprobar que estaba consciente, pero se encontró con algo muy desagradable.
- Por todos los Dioses … - Dijo Malik al mirarle a la cara.
- Malik, esto no lo tenía antes de la fiesta.
- Los soldados han debido aprovechar cuando la trajeron de nuevo aquí.

Kaileena tenía un ojo morado, el labio inferior reventado y sangraba por la nariz. Estaba claro que los soldados se excedían en su mandato, algo que Malik odiaba.

Un fuerte temblor sacudió la sala. Los Golems debían estar destruyendo los edificios sobre la Prisión. Tenían que salir de ahí.

- Malik, hay que sacar a los demás prisioneros.
- ¡¿Qué? Farah, son reclusos.
- ¡Por todos los Dioses! ¡Hay ancianos y niños! ¡¿Qué han hecho para estar aquí? – Aquella pregunta convenció a Malik.
- Está bien …

Malik empezó a abrir todas las celdas, ordenando a los reclusos que salieran corriendo. Farah no lograba desencadenar a Kaileena. Había podido dejarle libre una mano, pero la otra le era imposible, y el techo comenzaba a venirse abajo.

- ¡Malik! ¡Ayudadme! – Llamó ella mientras seguía forzando la cerradura.
- Farah, apartaos. – Le dijo. Luego se dirigió a Kaileena. – Emperatriz, tirad con todas vuestras fuerzas de esa cadena.

Farah ayudó a Kaileena, quien cuando vio a Malik alzar su espada cerró los ojos, temiendo que Malik fallase en su intento. Al romperse la cadena, tanto ella como Farah cayeron al suelo.

Malik la cogió en brazos y salieron de allí. Al salir los tres se lanzaron al suelo. Kaileena y Farah cayeron sobre el suave césped. Malik, al ver que ambas estaban bien, se acercó a la entrada de la Prisión, ya derrumbada, para examinar qué había pasado.

Kaileena respiraba con dificultad. Miró a Farah, que estaba tumbada boca arriba, tratando de recuperar el aliento. Descendió su mirada hasta su tobillo, donde vio una pequeña daga. Comprobó que Malik estaba distraído. Entonces, con una rapidez asombrosa, se la arrebató, se colocó sobre ella y la amenazó con la daga, rozándole el cuello con su filo.

- Ni se os ocurra gritar, Princesa. – Advirtió amenazante. – Podría mataros aquí mismo.
- ¿Qué queréis? – Le preguntó ella, sin mostrar debilidad.
- Venganza.
- ¡¿Venganza?
- Sí, venganza por haberme arrebatado lo que era mío. – Respondió Kaileena, asqueada.
- No sé de qué me habláis.
- ¡Oh, yo creo que sí! ¿Qué me decís de este Medallón?
- Cogedlo si lo queréis de vuelta.
- No es el Medallón en sí. ¿Sabéis acaso el significado que tiene?
- Fue un regalo de Cyrus, una muestra de aprecio. – Respondió ella. – En sus cartas me dijo que ese Medallón lo llevé en Azad.
- Sabéis entonces lo que significa para Cyrus. ¿No es así?
- ¡Quitaos de encima! – Le ordenó, pero Kaileena no hacía ningún caso.

Farah decidió aprovechar la ventaja física que tenía sobre Kaileena. Sabía que había recibido patadas en el costado. Y seguro que aún le dolía. Como si fuera un gato, clavó sus dedos en el costado de Kaileena. Ella dio un grito de dolor que alertó a Malik, y con rapidez, la agarró de un brazo y la lanzó al suelo varios metros lejos de Farah.

Malik recordó que uno de sus hombres le informó de que casi le rompieron un brazo. A juzgar por el aspecto del izquierdo, que estaba muy castigado, debía ser ese. Antes de que Kaileena pudiera levantarse, le pisó el brazo cerca de la mano y dejó caer parte de su peso, el suficiente para que la Emperatriz gritase de dolor.

- A ver si os queda una cosa clara, Emperatriz. – Amenazó él, apuntándola con su espada. Ella se retorcía mientras trataba de liberar su brazo entre gritos. – No estáis en condiciones de amenazar a nadie. Lleváis las de perder. Así que si queréis seguir con vida y tener una mínima posibilidad de arreglar las cosas, mas os vale obedecer. ¡¿Queda claro?

Kaileena no respondía, seguía tratando de librarse de él. Pero una flecha que le rozó la cara y quedó clavada junto a ella hizo que se quedase quieta y mirase hacia Malik. Farah estaba junto a él, y tenía otra flecha preparada para ser disparada.

- De vos depende que esta flecha acabe entre vuestros ojos. – Amenazó Farah, apuntándole.
- ¡Está bien! ¡Os ayudaré! ¡Pero parad ya!

Malik quitó el pie del brazo de Kaileena. Ella se agarró el brazo con la otra mano, dolorida.

- ¿Para qué me queréis? – Les preguntó, aún tirada en la hierba.
- Son vuestros soldados los que están destrozando la ciudad. – Respondió Malik.
- ¿Mis soldados?
- Eso dijo Cyrus. – Dijo Farah. Su forma de ser no le permitía ignorar las heridas de Kaileena y se arrodilló para examinarlas.
- ¿Qué hacéis? – Se alertó Kaileena cuando Farah trató de tocar su brazo.
- Dejadme ver ese brazo. – Le dijo. Kaileena, desconfiando aún, le mostró el brazo y Farah comenzó a examinarlo. Tenía nociones de medicina tras haber pasado largos días curando soldados en las Guerras en las que entraba su Reino.
- Se supone que como soberana suya, deberían obedeceros. ¿No? – Le dijo Malik.
- Sí, pero no sé por qué han venido. Mis órdenes al marcharme fueron claras … ¡Ah! – Se quejó cuando Farah hizo presión en la zona que Malik le había pisado.
- Malik, creo que le habéis hecho bastante daño en el brazo. – Le dijo Farah.
- Ya lo tenía así, casi se lo rompieron antes de la celebración.
- Pues si vos no se lo habéis terminado de romper, os habéis quedado a punto. Deberíamos curarle las heridas. De lo contrario podrían ser más graves, y no nos conviene que ocurra eso.
- No necesito que hagáis nada por mí. – Replicó Kaileena, orgullosa.
- Si, seguro … - Y disimuladamente, Farah volvió a golpearla suavemente en una de las zonas que más le dolían, enfureciendo a Kaileena.
- ¡Os voy a …! – Amenazó, pero Malik tosió para llamarle la atención y Kaileena bajó la cabeza.
- La enfermería no está muy lejos. Allí habrá ungüentos y vendas. – Dijo él. - ¿Podéis caminar?
- Sí … - Respondió ella, levantándose con dificultad. – Sólo necesito un poco de tiempo para recuperarme. – Comenzó a dar varios pasos, pero estaba tan débil que apenas podía moverse.
- Demasiado lenta … - La cogió en brazos y comenzó a caminar. – Ya os recuperaréis por el camino.

Y así, comenzaron a caminar hacia la enfermería. Si querían que Kaileena pudiera serles útil, tendría que estar en buenas condiciones físicas. Se sintió incómoda al principio, pues no esperaba ese trato, pero poco a poco, el cansancio se fue apoderando de ella. Sabía que en manos del Príncipe Malik estaría segura. Era más sensato que Cyrus. Finalmente, acabó por cerrar los ojos y caer en un profundo sueño.