Por lo general, los villanos akumatizados solían sembrar el terror entre los ciudadanos de París hasta que Ladybug y Cat Noir aparecían dispuestos a luchar contra ellos.

Pero Fangirl tenía otros planes. Su objetivo no era el superdúo, al menos no por el momento. No; primero debía encontrar a la chica de rojo. Y debía hacerlo con discreción, porque si llamaba la atención de Ladybug y Cat Noir antes de tiempo no lograría atraparla.

De modo que buscó en internet información sobre el colegio Françoise Dupont. No tardó en encontrar el blog oficial, y sonrió para sí misma al ver que la administradora ya había colgado algunas fotos y vídeos de la fiesta que se había celebrado el día anterior. Y enseguida la localizó a ella en una de las grabaciones.

«¡Hacéis una pareja espectacular! ¿Unas palabras para el blog del colegio?»

«Eh... yo... »

«Estamos encantados de estar aquí esta noche. Esperamos pasarlo muy bien. Y ahora, si nos disculpáis..., esta es una de mis canciones favoritas. ¿Bailas conmigo, Marinette?»

«Eh...»

«¡Vamos, Marinette, anímate!».

Fangirl entornó los ojos.

–Marinette –murmuró.

Siguió navegando por la página, revisando entradas anteriores, y no tardó en encontrar lo que buscaba: una noticia de varios meses atrás titulada: «¡Marinette Dupain-Cheng será nuestra nueva delegada de clase!». Y una foto de ella; sin su vestido de fiesta parecía todavía más vulgar y anodina, y Fangirl apretó los dientes, furiosa. ¿Cómo era posible que una chica como aquella hubiese logrado seducir al mismísimo Cat Noir? Amplió la fotografía y la examinó con el ceño fruncido. Tenía unos ojos bonitos, al parecer, pero poca cosa más. Tal vez fueran aquellas coletas, pensó. La propia Ladybug llevaba un peinado similar. Fangirl siempre lo había encontrado algo infantil, pero quizá a Cat Noir le gustara por alguna razón.

Sonrió satisfecha. Ya tenía una imagen más nítida de ella, un nombre y la confirmación de que, en efecto, era alumna del colegio Françoise Dupont. Sabía que el lunes podría sorprenderla cuando acudiera a clase; pero Fangirl no quería esperar tanto, de modo que siguió buscando información en internet.

Descubrió que la chica en cuestión era una diseñadora amateur bastante notable. Había ganado un concurso organizado por el mismísimo Gabriel Agreste y había realizado la cubierta del último álbum de la estrella del rock Jagged Stone.

Fangirl se detuvo a meditar sobre este último dato. Como presidenta del club de fans de Cat Noir sabía muy bien que Jagged era el cantante favorito del superhéroe. ¿Sería aquella la conexión entre los dos?

Sacudió la cabeza. Era interesante, pero no le servía. De modo que siguió buscando.

Por fin, relacionado con el apellido de Marinette, encontró una entrevista a dos reputados pasteleros en un periódico digital: Tom Dupain y Sabine Cheng. Leyó el texto, observó la foto con interés y comprendió que debían de ser los padres de Marinette.

Sonrió mientras anotaba la dirección de la pastelería. No tenía más que vigilar aquel lugar con discreción; seguro que ella no tardaría en aparecer por allí.


Marinette se despertó tarde al día siguiente. Cuando abrió los ojos descubrió que Cat Noir ya no estaba a su lado, pero no se sorprendió. Sabía que él madrugaba incluso los fines de semana, y siempre se las arreglaba para salir de su casa antes del amanecer. Así era menos probable que lo vieran desde la calle.

A Marinette todavía le sorprendía que fuera capaz de despertarse tan temprano incluso cuando trasnochaba. Hacía tiempo que había descubierto que su gatito era mucho más formal de lo que ella había imaginado, pero aun así la conmovía el hecho de que estuviera dispuesto a seguir haciendo aquellos sacrificios con tal de verla. Probablemente dormiría mucho más cómodo en su propia cama y en pijama y, sin embargo, no había dejado de visitarla ni una sola noche desde la primera vez que se había quedado dormido a su lado.

Suspiró, echando de menos la presencia del chico junto a ella. Lamentó no tener ningún modo de darle los buenos días. Ni siquiera disponía de su número de teléfono para poder enviarle mensajes. En su momento habían decidido no compartir sus respectivos números por seguridad pero, ahora que lo pensaba, no había nada de malo en ello, ¿verdad? Recordó que en esta ocasión había sido Cat Noir quien se había negado en redondo cuando se lo había planteado, y se preguntó por qué. Después de todo, ella no tenía manera de averiguar su identidad a través de un simple número de teléfono. ¿O sí?

Sacudió la cabeza, confusa. Tal vez podría volver a planteárselo a Cat cuando lo viera por la noche. Suspiró de nuevo al recordar los momentos que habían pasado juntos en la fiesta. Había soñado con aquel baile en la azotea, con Cat sosteniéndola entre sus brazos y las notas de aquella canción resonando en su recuerdo.

Frunció el ceño. En su sueño, el rostro de Cat Noir se confundía con el de Adrián. Eso era algo que la hacía sentir culpable, aunque no tuviera control sobre su propio inconsciente.

Se incorporó, dispuesta a comenzar el día por fin. Encendió el teléfono y, cuando lo hizo, descubrió que tenía un montón de llamadas perdidas de Alya. Lo primero que pensó fue que su amiga quería comentar la fiesta de la noche anterior; pero el número de llamadas era excesivo incluso para ella.

Había también un único mensaje que terminó por convencerla de que se trataba de otra cosa.

Alya: Tengo que hablar contigo cuanto antes. Es urgente y muy importante. Llámame en cuanto te despiertes.

Marinette lo hizo.

–Buenos días, Alya, ¿qué pasa?

–Tenemos que hablar ya –cortó ella–. Te veo en el parque en cinco minutos.

–¿Qué? –soltó Marinette–. Pero Alya, me acabo de levantar y estoy en pijama...

–Diez minutos entonces. Pero no tardes más, Marinette, esto es muy serio.

Ella iba a objetar que probablemente sus padres esperarían que pasase el resto de la mañana ayudando en la panadería, pero Alya no se lo permitió: le colgó el teléfono sin añadir nada más.

A estas alturas, Marinette estaba ya profundamente preocupada. Se vistió y se aseó deprisa. Cuando salió del baño se encontró con Tikki, que la esperaba, inquieta.

–¿Qué pasa, Marinette? ¿A dónde vas tan deprisa?

–No lo sé, Tikki. Alya quiere hablar conmigo de algo urgente. Espera, quizá se trate de algún akuma.

Cogió de nuevo el teléfono y examinó las noticias y el Ladyblog, pero no descubrió nada fuera de lo corriente.

–¿Qué puede ser tan importante? –se preguntó, mientras abría su bolso para que Tikki entrara dentro.

Unos minutos después se encontraba junto a Alya en un banco del parque, con una bolsa de croissants en la mano porque ni siquiera se había detenido a desayunar. Le ofreció a su compañera, pero ella negó con la cabeza.

–Más vale que sea importante –dijo Marinette–, porque ahora mismo debería estar ayudando en la tienda y a mi madre no le ha hecho gracia que saliera con tantas prisas.

–Es importante, créeme. Echa un vistazo a esto.

Alya le tendió su propio teléfono. Marinette miró la pantalla con curiosidad y, cuando comprendió lo que estaba viendo, por poco se atragantó con el croissant.

–¿Algo que declarar?

–Es... un montaje –pudo decir Marinette entre toses–. Quiero decir... esto es absurdo, ¿no? –Logró recomponerse, tragó saliva y prosiguió, deprisa–. ¿Por qué iba a estar yo bailando con Cat Noir en la azotea del colegio? Como si no tuviera nada mejor que hacer, jaja. No quiero decir que él no sea mono y todo eso, pero vamos a ver, es Cat Noir, el gato ligón de los chistes malos... No hay ninguna posibilidad de que yo me sintiera remotamente atraída por él, así que...

–Deja de farfullar –cortó Alya–. Eres tú, y él es Cat Noir. No hay ninguna duda, las otras fotos lo confirman.

–¿Otras fotos? –repitió Marinette aterrorizada–. ¿Qué otras fotos? ¿Quién las ha sacado? ¿Quién más las ha visto?

Alya iba a replicar, pero fue consciente por fin del pánico de su compañera y se apiadó de ella. Le pasó un brazo por los hombros para tranquilizarla.

–Está todo controlado, tranquila. Solo las hemos visto tres personas y no vamos a decir nada a nadie. Estas fotos no van a salir en ninguna parte. De hecho, ya están eliminadas, ¿lo ves? –añadió, borrando la última fotografía de la memoria de su teléfono.

Marinette se quedó mirándola sin saber qué decir. Por fin suspiró y enterró el rostro entre las manos, con los ojos llenos de lágrimas.

–Lo siento –murmuró entonces Alya–. No era mi intención hacerte sentir mal, Marinette. Es solo que no comprendo cómo has llegado a esta situación. Porque él es tu novio misterioso, ¿verdad? Aquel del que no podías hablar.

Ella asintió, aún cubriéndose la cara con las manos.

–¿Y cuánto tiempo hace que estáis... juntos?

–Casi un mes. –La voz de Marinette sonó ahogada entre sus dedos–. Lo siento, Alya, pero de verdad no podía contártelo, ni a ti ni a nadie.

–Casi un mes –repitió ella perpleja–. ¿Cómo es posible? –Sacudió la cabeza–. No sé si me asombra más que hayáis podido mantenerlo en secreto o que hayas empezado a sentir algo por él en primer lugar. Ni siquiera sabía que os conocíais hasta ese punto. Cuando lo ayudaste con Evillustrator me dijiste que era un presumido que había flirteado contigo de una forma bastante lamentable, si no recuerdo mal.

Marinette alzó por fin la cabeza para mirar a su amiga a los ojos.

–Él es mucho más que eso, Alya. Cuando llegas a conocerlo te das cuenta de que en realidad es dulce, cariñoso y sensible. Y un romántico con un corazón de oro. –Sonrió, con un brillo soñador en la mirada–. Sigue contando chistes malos, pero es algo a lo que acabas por acostumbrarte. Quiero decir... que Cat Noir no sería Cat Noir sin sus juegos de palabras gatunos, y por otra parte...

–Pero ¿tú te estás oyendo? –cortó Alya con una sonrisa–. ¡Estás completamente colada por él!

Marinette enrojeció todavía más.

–S-sí, yo... –tartamudeó–, creo que vamos en serio. –Suspiró–. Creo que nunca he querido a nadie tanto como a él, Alya. Ni siquiera a Adrián.

–No me lo puedo creer –soltó Alya, aún alucinando.

–No me malinterpretes, sigo pensando que Adrián es estupendo y prácticamente perfecto. Pero no he hecho otra cosa que admirarlo desde lejos y ni siquiera estoy segura de conocerlo de verdad. En cambio, lo que hay entre Cat Noir y yo es... real. No sé cómo explicarlo.

–Puedes empezar desde el principio, señorita. Te escucho.

De modo que Marinette le contó brevemente cómo Cat Noir la había salvado de ser aplastada por un árbol la tarde de la alerta por viento. Le relató cómo después lo había llevado a su habitación para curar sus heridas, cómo había acabado por hablarle de Adrián cuando él había visto los posters de las paredes y cómo él le había confesado su amor por Ladybug.

–Y no sé qué pasó –concluyó ella–; quizá fue el susto, la experiencia que habíamos vivido o que nos habíamos contado cosas de las que normalmente no hablamos con nadie... A lo mejor fue solo el momento o a lo mejor fue algo más. El caso es que nos besamos... y nos gustó.

«Mucho», admitió para sí misma, ruborizada.

–Bueno, eso lo puedo entender hasta cierto punto –opinó Alya–. Un desliz lo tiene cualquiera. Pero ¿cómo es posible que sigáis así un mes después? ¿No se te ocurrió pensar que a lo mejor se estaba aprovechando de ti?

–¡No! –exclamó ella indignada–. Nos dimos un tiempo para intentar aclararnos antes de tomar ninguna decisión. Seguimos viéndonos y descubrimos que nos gustábamos de verdad. No fue ningún desliz, Alya. Al principio pude haber tenido mis dudas, pero ahora estoy completamente segura de lo que siento por él.

–Bueno, ¿y él? Según lo que cuentas, te besó justo después de decirte que estaba enamorado de Ladybug. –Sacudió la cabeza–. Diablos, si aún está por todas partes esa foto de ellos dos besándose. ¿Estás segura de que...? En fin...

–No me engaña –cortó Marinette con firmeza–. Lo de esa foto fue una metedura de pata monumental, pero fue Ladybug quien lo besó a él. Cat Noir estaba medio inconsciente, se ve perfectamente en el vídeo. –Le lanzó una mirada acusadora–. ¿Tienes la más remota idea de los problemas que nos causó a los dos esa foto? ¿De lo mal que se sintió Cat cuando se hizo pública?

En esta ocasión fue Alya quien se mostró avergonzada.

–Yo... ¿cómo iba a saber que tenías algo con Cat Noir? ¿Precisamente tú? –Marinette no contestó–. Bueno, comprendo que tuvieras que mantenerlo en secreto, pero... –Se detuvo un momento, pensativa–. Y hablando de eso: ¿cómo se le ocurrió a Cat Noir presentarse ayer en el colegio vestido de superhéroe? Es muy peligroso que lo vean así contigo. Porque fue Alexandre quien tomó las fotos y me las enseñó antes de publicarlas, pero si llega a ser cualquier otro...

–Lo sé, lo sé. –Marinette se estremeció–. Es que... ya te he dicho que es un romántico. No pudo resistir la tentación de venir al baile a pesar de todo.

–Pero podría haber... –Se interrumpió de pronto, comprendiéndolo–. Espera un momento: tú estás saliendo con Cat Noir, ¿verdad? Con el superhéroe, no con el chico que se esconde detrás de la máscara. Eso significa que...

–Que no sé quién es, ni cómo se llama, ni qué aspecto tiene en realidad.

–¡Marinette!

–¡Confío en él! –se defendió ella–. Sé cómo es por dentro, sé que es bueno y generoso y que podría poner mi vida en sus manos sin dudarlo un momento. De acuerdo, no conocemos su identidad, pero lo conocemos a él. Es Cat Noir. Es un héroe. Tú misma lo has visto pelear contra los villanos y sacrificarse por otros sin pedir ni esperar nada a cambio. Merece que lo quieran, Alya. Merece a alguien capaz de guardar su secreto para protegerlo. Y la mejor manera de guardar un secreto es, precisamente, no conocerlo en absoluto.

Alya la contemplaba, conmovida.

–Oh, Marinette –murmuró, abrazándola–. Pero ¿cómo vais a llevar adelante una relación así? Tú no puedes conocer su identidad y nadie puede saber que estáis juntos. ¿Cómo vais a poder quedar siquiera para veros?

Ella dudó un momento antes de confesar, un poco ruborizada:

–Viene a visitarme todas las noches. Y se queda a dormir conmigo.

–¡Marinette!

–¡Solo duerme a mi lado! No ha pasado nada más, solo besos y abrazos. Es todo un caballero, y de hecho... es hasta un poco tímido a veces, ¿sabes?

–¿Cat Noir, tímido? –se rió Alya–. Eso sí que no me lo esperaba.

–De hecho, yo soy su primera novia. Nunca antes había salido con nadie.

Alya se quedó mirándola, perpleja.

–¿Seguro que estamos hablando del mismo Cat Noir? ¿Del que flirtea descaradamente con Ladybug siempre que puede?

–Ya no lo hace, Alya. ¿No te has dado cuenta?

Ella frunció el ceño, pensativa. Era cierto que tanto ella como muchos usuarios del Ladyblog habían notado un cambio en el comportamiento de Cat Noir cuando aparecía en público con Ladybug. Algunos habían elaborado diversas teorías al respecto, pero todo aquello había quedado olvidado tras la famosa foto del «beso Ladynoir».

–A ver, a ver. Lo que intentas decirme es que lo que Alexandre fotografió ayer en la terraza no fue un flirteo casual. Que vas en serio con ese chico gato. Que lleváis tiempo viéndoos en secreto y que no conoces su identidad real, pero que estáis... enamorados... los dos. ¿Es así?

–Lo has resumido muy bien, sí.

–Pero... pero... ¿cuánto tiempo más vais a poder continuar así sin que nadie os descubra?

–No lo sé –gimió Marinette–. Y no creas que no he pensado que lo más seguro para los dos, sobre todo para él... es que cortemos y que dejemos de vernos. Pero no puedo, Alya, y no es solo por mí. Realmente parece muy feliz cuando estamos juntos. No quiero romperle el corazón, ¿sabes? No se lo merece.

–Bueno, calma, todo irá bien, ya lo verás –repuso Alya abrazándola con afecto–. Pero dile a tu chico gato que se olvide de los bailes románticos a la luz de la luna, porque las azoteas están llenas de gente deseando grabarlos a él y a Ladybug en acción. Y hablando de Ladybug... ¿qué pasa con ella? ¿Sabe que Cat Noir está contigo?

–Sí –murmuró Marinette–, y ellos dos ya han hablado y han dejado las cosas claras. Ladybug lo besó aquel día siguiendo un impulso, estaba preocupada por él porque creía que estaba gravemente herido o algo peor... Y si no hubiese sido por esa foto nadie se habría enterado. Ni siquiera el propio Cat Noir.

–Pero... ¿a ella le gusta Cat Noir, o no? –siguió preguntando Alya muy perdida.

–¿Cómo voy a saberlo? Pregúntaselo la próxima vez que la entrevistes.

–¿Crees que no se lo han preguntado ya docenas de veces? Siempre dice que su relación es estrictamente profesional...

–A lo mejor lo dice porque quiere mantenerla así, ¿no lo habías pensado? A pesar de todo.

–Pero ese beso...

–Por favor, no vuelvas a mencionar que la superheroína de París besó a mi novio en plena calle, que alguien hizo una foto y que todo el mundo la ha visto, ¿quieres? –gruñó Marinette exasperada–. No quiero hablar más del tema, muchas gracias.

Alya sonrió.

–No te enfades, Marinette. Es solo que... todo esto me ha cogido por sorpresa. Y ya sé que yo no debería saberlo, pero es que las fotos...

Marinette se volvió de pronto hacia ella.

–¿Quién ha visto esas fotos, Alya? ¿Estás segura de que nadie las publicará?

–No, tranquila. Alexandre solo me las envió a mí y a la chica que lleva la página de fans de Cat Noir, pero he hablado con ella y comprende perfectamente que no se pueden publicar. Alex las ha borrado también...

–No debería haberlas tomado en primer lugar.

–Lo sé, lo sé, pero ya está todo controlado. Ninguno de ellos sabe quién eres y yo no les he dicho que te conozco.

Marinette volvió a enterrar la cara entre las manos.

–Si a Cat Noir le pasara algo malo por mi culpa no podría perdonármelo, Alya –murmuró.

–No le va a pasar nada malo –le aseguró ella–. Pero tú no te vas a escapar: quiero saberlo todo sobre tu romance superheroico... –canturreó–. ¿Cómo es Cat Noir en la intimidad? ¿Maúlla como los gatos de verdad? ¿Besa bien?

–¡Alya!


Un rato más tarde, Marinette regresó a casa, todavía inquieta. Había sido agradable poder contarle por fin a su mejor amiga la historia de su romance con Cat Noir, pero se sentía culpable por aquellas fotos que podían haber revelado su secreto al resto del mundo. Le estaba muy agradecida a Alya por haber cortado todo aquello de raíz.

Intentó no pensar más en ello. Pasó por la pastelería para ver si sus padres necesitaban ayuda, pero su madre vio que tenía ojeras y la envió de regreso a casa.

–Ayer volviste muy tarde de la fiesta, cariño. Sube a tu habitación, pareces cansada. Ya echarás una mano por la tarde.

Marinette sonrió.

–Gracias, mamá.

Subió por tanto las escaleras y regresó a casa. Nada más entrar en su cuarto, su teléfono vibró con un mensaje de su madre. Marinette lo abrió con curiosidad y descubrió allí las fotos que Sabine les había tomado el día anterior. Sonrió al verse a sí misma junto a Adrián, los dos con su ropa de fiesta.

–¡Estáis muy guapos! –comentó Tikki, contemplando la pantalla por encima de su hombro–. Es una foto muy bonita.

–Sí que lo es –murmuró ella, y se la reenvió a Adrián con un emoticono sonriente.

Lo había pasado muy bien con él, y Alya le había dicho que hacían muy buena pareja. Incluso le había tomado el pelo acerca de la actitud cariñosa de él. Marinette se había reído. ¿Amable? Sí. ¿Educado? Siempre. ¿Caballeroso? Por supuesto. Pero... ¿cariñoso?

Sacudió la cabeza. Probablemente Adrián le tenía aprecio; después de todo, eran amigos. Pero lo que Alya insinuaba...

«No le voy a dar más vueltas», decidió por fin.

Subió a la terraza mientras Tikki se quedaba en la habitación, dando cuenta de un plato de galletas. Estaba distraída regando las plantas cuando, de repente, sintió una presencia tras ella.

Se volvió sonriendo, pensando que se trataría de Cat Noir.

Pero no lo era.

La chica enmascarada que se alzaba tras ella vestía, en efecto, un traje felino; pero estaba adornado con rayas blancas y negras como las de un tigre albino. Tenía, como Cat Noir, dos orejas en lo alto de la cabeza. Eran blancas y contrastaban con su larga melena color azabache.

Llevaba un largo látigo en la mano, también decorado con rayas blancas y negras.

Marinette retrocedió, alarmada.

–¿Quién eres? –preguntó.

–Soy la nueva pareja de Cat Noir –respondió ella con una larga sonrisa–. Alguien digna de él. Y tú... eres historia.

Hizo restallar el látigo y lo enrolló en torno al cuerpo de Marinette, inmovilizándola.

–¡Tik...! –empezó ella, pero su rival no la dejó terminar. Se situó a su espalda, rápida como un relámpago, y le tapó la boca para que no pudiera pronunciar palabra.

–Silencio, Marinette. Nos vamos de excursión.

Lo siguiente que supo Marinette fue que se elevaban entre los tejados a gran velocidad, y lo único que pudo pensar fue que su bolso se había quedado en su habitación... y Tikki también.