Capítulo 25.- Piezas faltantes: El Archipiélago Shinboku

No sorprendía en lo más mínimo toda la conmoción que se producía en aquel comedor, especialmente por el número de personas que ahora se encontraban dentro del barco; sin embargo, todo ello no era problema, sino todo lo contrario. Contar con buenos compañeros a la hora del desayuno siempre caía de maravilla.

—Esto está realmente delicioso Sanji…Shishishishi.

—Más vale que no te comas todo eh, aún tienen que desayunar nuestras hermosas chicas –decía todo embobado al contemplar a aquellas cuatro chicas que desayunaban calmadamente, luciendo para Sanji como diosas recién descendidas del Olimpo-.

—Muchas gracias por dejarme quedar aquí –comentaba con pena Zelenyy- En cualquier isla que me dejen estará bien.

—No tienes qué agradecer –decía calmadamente Nami- Hay una isla que está a poco de aquí –visualizaba su log pose- No es peligrosa, por lo que podrás estar segura.

—Muchas gracias –dijo modestamente a todos-.

—Descuida Zelenyy-swan, hacemos esto encantados –el cocinero bailaba a su lado, ofreciéndole una gran variedad de postres-.

—Tu comida es deliciosa Sanji-kun –dijo la morena-.

—Me complace que te guste Zelenyy-swan.

—Quién fuera a pensar que Luffy estaba metido dentro del árbol central, ¿cómo es que terminaste allí? –cuestionaba Lynn a su capitán-.

—Empezó a oler muy bien –decía con un poco de baba escurriéndole de la comisura de sus labios- Y simplemente seguí el olor…Después de llegar allí no recuerdo mucho.

—Pues qué raro –comentaba Nami-.

—Pensar que árboles como esos nos aguardan en la Isla Nede, ¿no les deja pensando qué otro tipo de cosas podemos hallar allí? –interrogaba Robin entusiasmada-.

—Sin duda nos aguardarán peligros indescifrables –pasaba pesadamente saliva el pequeño médico-.

—No se preocupen, nosotros venceremos cualquier adversidad –animaba el capitán-.

—Chicos.

—¿Qué sucede Zelenyy-san? –preguntó cantarín el esqueleto-.

—No sé si esto les sirva de algo, pero fue lo único que pude encontrar….-en un parpadeo abandonó la cocina, regresando en pocos minutos-.

—¿Tu abanico? –preguntó Usopp automáticamente; no comprendía muy bien las intenciones de la chica-.

—Este es un abanico que se encontraba bajo las baldosas del centro ceremonial, en donde depositamos la ofrenda. Lo descubrí por error cuando era niña y siempre me pareció curioso….-decía tras exponer aquel objeto sobre la mesa, extendiéndolo por completo, dejando apreciar la figura que allí se depositaba-.

—¿Una…isla? –dijo Robin, quien se había aproximado hasta aquel abanico sólo para apreciarlo mucho mejor-.

—Hay algo escrito…-indicaba Nami tratando de distinguir las letras que además de lucir borrosas no formaban parte del vocabulario cotidiano que manejaba-.

—…."Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantén los deseos en los límites de la honestidad…" –expresó Robin con una mirada seria, tratando de descifrar el significado de tales palabras-.

—¿Qué significa todo eso…? –cuestionaba Franky-.

—Suena a un consejo –espetaba Zelenyy-.

—Una isla…Un consejo…¿Pero qué es lo que tratan de decirnos con todos esto? –decía Nami observando más detenidamente el objeto- ¿Qué se esconde detrás de todo esto?

—Oigan, hay algo detrás también –indicaba Usopp, quien señalando con su dedo índice una pequeña esquina de aquel abanico-.

—Es cierto –decía Robin empezando a descubrir con sumo cuidado la sección-.

Con un poco de tiempo y paciencia se iba percibiendo lo que se escondía cuidadosamente bajo aquella capa de papel. ¿Quién podría imaginarse que existiría algo como eso?

Se trataba de un mapa, incompleto pero lo suficientemente tangible como para que un navegante experto pudiera descifrarlo. Uno en donde sólo existía un destino, una isla con una forma inconfundible y que era imposible no recordar.

—Una isla….con la apariencia de un desagradable insecto –dijo con la cara azul del miedo y náuseas, Nami-.

—Una mosca para ser exactos…Una que es vista de perfil y cuyo cuerpo es más como una caracola –explicaba Robin, quien parecía estar más que emocionada e interesada por el descubrimiento-.

—No tienen nombre los mares alrededor –estipuló Brook-.

—¿De qué isla se tratará? –preguntó Zoro-.

—De la Isla Myga….-contestó rápidamente Robin- Pero a juzgar por el mapa, faltan más secciones, lo que implica que este mapa es mucho más grande y que posee un número variado de islas. Razón por la que los mares a su alrededor no están nombrados.

—Así que hablamos de un archipiélago –decía pensativo Jinbe-.

—No recuerdo que existan muchos archipiélagos en el Nuevo Mundo…Y tampoco me suena esa isla –ilustraba Rayleigh-.

—Creía que serviría de algo todo esto, aunque está causando mucho más dudas que otras cosas –habló con pesar Zelenyy-.

—No es tu culpa –consolaba Lynn- De igual modo es un objeto bastante interesante. No creo que haya estado allí por mera coincidencia, así que debe significar algo.

—En eso tienes mucha razón Lynn-swan.

—…Shinboku…

Aquella simple palabra retumbó en los oídos de aquellos chicos. Hacía tiempo que no la escuchaban y al mismo tiempo sabían lo que implicaba. ¿A qué venía ahora?¿Qué es lo que había pensado aquel cirujano que recién atravesaba el portal?

—¿Law? –expresaba Lynn-.

—Podrá sonar a locura, pero…¿no fue aquel hombre el que te dijo que Nede era una de las tantas islas que se encontraban en el Archipiélago Shinboku? –inquiría Law al capitán- Y como él mismo mencionó, es necesario un mapa adicional para poder movernos sin perdernos dentro de ese archipiélago.

—¿Insinúas que este pedazo de mapa…es un fragmento del gran mapa que describe la posición de cada una de las islas que se hallan en el archipiélago? –preguntaba Jinbe-.

—Es una mera posibilidad –explicaba Law- Una muy alta, ya que el nombre de esa isla no es conocido por ninguno de los dos expertos en islas del Nuevo Mundo que tenemos con nosotros –decía mirando fijamente a Rayleigh y Lynn- Por lo que podría formar parte del Shinboku.

—No es una idea muy descabellada –disertaba Robin- Considerando todos esos puntos, tiene bastante lógica.

—De ser así, ya tenemos una parte del mapa que requerimos –dio entusiasmadamente Chopper-.

—Quién lo iba a decir…Yohohoho.

—El problema será hallar el resto de las partes –expresaba el cirujano-.

—Ummm…En cierto modo…-dijo Lynn, poniéndose de pie y saliendo de allí a toda marcha-.

—¿Qué es lo que sucede con ella ahora? –cuestionaba Zoro-.

—Creo que ha recordado algo –decía sonriente Robin-.

No habrían de pasar ni cinco minutos antes de que aquella chica regresara con algo entre manos, se trataba curiosamente de un libro de colorear. Lo colocó a un lado de aquel abanico, abriéndolo por la parte media, allí se hallaba lo que realmente interesaba.

Una hoja amarillenta, doblada sobre sí misma para formar una elegante grulla fue liberada de su protección y ahora se encontraba siendo meticulosamente desdoblada, extendiéndola con cuidado.

Ahí estaba, una isla más, carente de los nombres de los mares que la rodeaban y poseyendo una forma tan peculiar antes no vista. ¿Qué factores ambientales podrían contribuir para formar una isla cuyo cuerpo se había enroscado de tal manera que parecía ser vista más como una espira perfecta que otra cosa?

—…La Isla Avrora…-decía Robin tras haber interpretado las pequeñas letras ubicadas tras la isla-.

—¿De dónde has sacado eso Lynn? –le preguntaba un Chopper curioso, mismo que estaba trepado sobre la cabeza de la aludida-.

—Después de que vi el mapa en este abanico, recordé algo…Había visto un papel de la misma tonalidad y textura, pero no recordaba bien. Entonces…conmemoré….-dijo tras cerrar aquel libro- Una hoja como ésta se encontraba en la habitación de mi madre y había hecho de ella…una figura que me dio a guardar. Pero no le tomé importancia en ese momento…

—Parece ser que tu madre sabía muchas más cosas de las que podemos imaginarnos –expuso Rayleigh- ¿No te dije qué papel desempeñaba dentro de la embarcación de Roger?

—No.

—Ella ayudaba a nuestro navegante –sonreía Rayleigh- Pese a que muchas de las actividades que se desempeñaban en el barco no se le daban, la navegación era algo que se le daba de maravilla. Decía que aprendió navegación lo mejor que pudo ya que sin ello, se perdería después de que lograra escapar de casa.

—Entonces esto…-decía Lynn sujetando aquel mapa entre sus manos-.

—Es muy posiblemente un mapa hecho por ella.

—Está bastante bien hecho –felicitaba Nami- Tu madre era muy buena dibujando mapas.

—Son tan buenos como los tuyos Nami –hablaba con entusiasmo Chopper-.

—Ella jamás…mencionó nada de haber ido a una isla como Nede o cualquiera de las que tenemos aquí, ¿entonces…cómo hizo un mapa como éste?

—Podría tratarse de un mapa imaginario….pero también de uno real. Pudo habértelo ocultado para que no decidieras visitar aquel sitio –agregó Rayleigh-.

—Bueno, es lo que tenemos por ahora, así que hay que esperar un poco –expresaba calmadamente el capitán- Tanta charla me ha dado mucha hambre.

¿Dónde se encontraba el barco que les había llevado hasta aquella isla?¿Quiénes eran y qué era lo que buscaban en la tranquila isla? Aquellos tres no tenían deseos de contestar y los pobladores se hallaban demasiado temerosos para siquiera decir palabra alguna.

Ante sus propios ojos los extraños se adentraron hacia la ciudad, sin mencionar palabra alguna, pero claro, ¿quién podría hacerlo después de la bienvenida que los extranjeros habían tenido con todos ellos?

No era un sonido amable, era un retumbo punzante, perforador y que causaba inmediatamente el miedo, la huida y el pensamiento estúpido de las masas. Y el temor se transformaba en gritos y alaridos, en lloriqueos que tornaban malhumorado a quien había empezado aquella tragedia meramente por diversión y que ahora sentía a necesidad de extinguir esas penosas voces que no eran más que el reflejo de la debilidad.

Pero la muerte muchas veces es silenciosa y ataca sin siquiera saberlo. En algún descuido se puede topar con ella y sorprenderse por el inesperado resultado. Ése era el modo de actuar de aquella mujer, de aquella que ni siquiera tenía que tocar para desvanecer el cuerpo de sus víctimas y hacerlos sucumbir ante su voluntad. No es que disfrutase de los banales ruegos de sus presas, es sólo que para ella las efímeras torturas no formaban parte de su forma de trabajo.

—¿Por qué ha llamado su atención esta isla, capitán? –cuestionaba aquel francotirador que simplemente guardaba sus dos armas y miraba de soslayo al pelirrojo que estaba en medio de él y la peli rosa-.

—Aprecio esta isla por una sola cosa…Su tecnología –explicó Sable- La Isla Fearas se distingue por ello.

—Pero es una isla de lo más deprimente, Sable-milyy –dijo inflando sus mejillas-.

—Guiarse por las apariencias es una mala idea Tasha –expresó con una sonrisa- Fearas es un sitio espectacular donde se puede crear prácticamente cualquier cosa.

—En eso tiene mucha razón capitán –Mirko sonreía al colocar su mirar en lo que estaba frente a ellos-.

La isla de la tecnología, el paraíso de los inventores, la cúspide donde cualquier artefacto podría ser construido; era una ciudad enormemente apreciada y por lo tanto custodiada, no por personas físicas, no por seres que sangraban, sino por criaturas robóticas que además de poseer un tamaño colosal estaban lo suficientemente bien equipadas para hacer desistir a uno que otro pirata. Pero éste no era el caso, aquello era más un mero entretenimiento que cualquier otra cosa.

Los disparos eran rápidos y precisos, impactando uno tras otro sobre áreas precisas, sobre las secciones de unión de las extremidades de cada uno de aquellos robots, logrando detenerlos después de invertir algún número de balas.

¿Para qué rodear a aquellos robots estáticos cuando se podía pasar a través de ellos? Algo muy literal y que había sido llevado a cabo sin demasiado esfuerzo por el capitán de aquel pequeño grupo de piratas. Sus solas manos habían bastado para abrir el cuerpo metálico de aquel robot por la mitad, como si abriera un endeble fruto. Lo siguiente consistiría únicamente en continuar avanzando.

Las calles estaban pavimentadas, las casas lucían modernas, recubiertas de reluciente metal y gozando apuradamente de pequeñas macetas que era el único indicio de naturaleza que existía en aquella isla. Había extraños túneles hechos posiblemente de algún tipo de plástico resistente, sobre la ciudad, como si se tratase de una autopista especial para disminuir el tráfico que allí existía, sostenidos por gruesos pilares de metal repartidos estratégicamente por toda la ciudad.

Y en un santiamén más de aquellos peculiares guardianas aparecieron, dispuestos a defender a los ciudadanos y sugiriendo inútilmente a los invasores retirarse.

Las manos de aquel chico habían extraviado su humanidad y ahora recordaban a las pesadas y peligrosas patas de los grandes felinos. Sus grisáceas garras contrastaban con el tono pardo del pelaje. Y lo destructivo que podían llegar a ser se reflejaba en la facilidad que había tenido al arrancar de un solo tajo las dos cabezas de aquellos robots.

—¿Realmente dejan su protección a objetos tan inútiles como éstos? –cuestionaba Mirko con una sonrisa burlona- Son muy fáciles de derrotar.

—No es que sean fáciles, Mirko-milyy, es que tú eres un monstruo subnormal –decía burlonamente Tasha mientras le sacaba la lengua-.

—Parece ser que quieres que te haga lo mismo que a esos robots inservibles.

—No es momento para que jueguen, niños –decía Sable empezando a adelantarse- La tecnología que yo busco dista mucho de la que están presenciando.

—¿Quiere que nos encarguemos de toda esa gente, Sable-milyy?

—Por favor…No me sirve la gente ordinaria de esta ciudad, lo único que quiero es a las mentes brillantes que se encuentran aquí –sonrió amenazadoramente-.

—Será pan comido entonces –sonreía felizmente-.

—Ni creas que dejaré que te diviertas tú sola.

—Entonces esto será una competencia.

Se requería de enorme valor para avasallarse sobre el enemigo sabiendo de antemano que no se tenía ni la más mínima oportunidad de ganar. Quizás pensó en obtener tiempo para que los demás pudieran escapar y esconderse para salvar sus existencias. Pero los pensamientos por sí solos son incapaces de mover las fuertes montañas que se postran en medio de nuestro camino.

Aquel martillo quedó reducido a fragmentos inservibles después de un primer impacto sobre el pecho del capitán. ¿Cómo era eso posible?¿Qué tan duro tenía que ser un cuerpo para poder resistir un castigo como ése?¿Y qué se supone que podría hacer ahora que había tenido tan tremendo atrevimiento? No creo que el implorar por su vida pudiera servir de algo ahora.

Era inevitable no gritar, era imposible no llevarse las manos a la boca y sofocar todas aquellas palabras que describían un acto cruel e injusto. Lo que estaban percibiendo no era más que el inevitable destino, el ajuste de cuentas que no habían deseado y que nunca esperaron recibir.

El cuerpo inerte descendió con pesadez al suelo, corrompido por el tono bermellón de su sangre y mostrando en sus facciones un profundo terror e impotencia. Su rostro deformado ya no conmemoraba ningún recuerdo del pasado, sólo llevaba al miedo y al recordatorio claro de que eso era lo que les aguardaría tarde o temprano si nadie hacía algo para rescatarles.

Transitó sobre aquel cuerpo sin vida, el respeto para la muerte era el mismo que poseía hacia la vida. Y la gente se dispersó con horror, corriendo en todas direcciones y algunos más escondiéndose tras llave detrás de las pertas de sus casas.

—Les encargó el resto –dijo Sable quien parecía importarle poco lucir su mano completamente carmesí-.

—Lo veremos en una hora máximo capitán –expresó Mirko-.

—Para cuando lleguen ya tendré la negociación hecha –decía sonriente-.

Oponer resistencia había resultado en ataques anteriores, pero no rendía los mismos desenlaces ahora. Había que cambiar el modo de hacerlo, pero no había tiempo para ello y sólo podían atenerse a lo que tenían.

Aquel edificio era realmente alto, sus numerosos pisos provocaban que se elevara la mirada. Pero era hasta lo más alto donde se encontraba el porqué de su largo viaje. No escatimaría en nada y mucho menos tras haber perpetrado la entrada principal. Lo siguiente era un juego de niños que causaba la sonrisa mordaz del capitán, a quien le agradaba tener diversión antes de hablar de tediosos y aburridos negocios.

El carmesí jamás fue tan escandaloso como en esos momentos, no cuando el piso inferior se había coloreada de un tono tan llamativo y escalofriante que hacía de la estadía en aquel lugar un verdadero manicomio.

Sonreía como el niño travieso tras contemplar el resultado final de su osada travesía…Disfrutaba de aquella actividad como si fuera algo cotidiano donde la moral humana salía sobrando. Era como el soldado que ingresaba gustoso al campo de batalla para pelear e enorgullecer a su patria.

Pronto el ruido que dominaba a todo el edificio cesó y ante ello se había remodelado cada piso sin importar lo pequeño e insignificante que éste fuera. Y en el momento menos esperado la última puerta se abrió ante sus ojos mostrándole lo que tanto ansiaba hallar.

Una gran sonrisa le recibió, carente de temor y que sin duda sobresaltaba en aquel tono celeste del que estaba impregnada la piel de aquel hombre, que estaba lejos de lo normal.

Sus cabellos eran rosáceos, totalmente en puntas, como si una fuerte corriente eléctrica le hubiera recorrido el cuerpo mientras que unas gafas negras cubrían sus ojos y el resto de su ropa consistían en una bata blanca de laboratorio, pantalones negros y unos zapatos que poco combinaban con el conjunto.

—…Barón Rojo…-emitió aquel científico que sin duda mostraba cierto grado de ofuscación, especialmente al contemplar que no sólo las manos de aquel hombre se encontraban teñidas de carmesí, sino también gran parte de sus prendas también habían corrido aquel destino-.

—Verzle, tantos años sin verte –le recibía con una sonrisa- Creo que estás un poco sorprendido al verme.

—Creía que nunca más….volvería a verte.

—Es lo que muchos dicen Verzle, pero no te preocupes, no he venido a asesinarte.

—Eso dependerá si te ayudo o no, ¿cierto?

—Me agrada tu astucia. Contigo negociar es mucho más rápido.

—No tengo por qué obedecerte –dijo firmemente Verzle-.

—No soy de las personas que gusten de chantajear a otras, generalmente lo tomo y listo. Pero tú eres un hombre duro, el cual sin importar lo mucho que torture no cederá, ¿o me equivoco?

—¿Qué quieres ahora Sable?

—Tu intelecto –decía sonrientemente- ¿Es mucho pedir eso? Sinceramente no lo creo…Yo fui muy amable contigo y dejé que te llevaras un lindo suvenir de mi preciada isla, ¿lo recuerdas?

—…Sable…-frunció el ceño y apretó fueremente ambas manos; sabía que intentar golpearle sería inútil, pero no podía quedarse parado sin siquiera intentarlo-.

—Ni lo pienses siquiera Verzle –dijo Sable anticipándose ante lo que era lo más obvio-.

—Lo menos que quiero es trabajar para un hombre como tú…Uno que no le importa asesinar sin escrúpulo alguno a quien se le entrometa, además…lo que has hecho…¡La manera en que tú jugaste con esas vidas…no tiene perdón alguno!

—Jugar con la vida tampoco es algo que tenga que ser perdonado Verzle –sonreía astutamente, con aquellas pupilas llenas de emoción ante las palabras que ese hombre enfurecido pronunciaba-.

Esa voz la conocía a la perfección y eso causó un terrible miedo en su corazón, mismo que se extendía hacia todo su cuerpo, privaba a sus extremidades de movilidad, entumecía su coraje y trastornaba su mente. Tenía miedo de girarse hacia detrás de él pese a que escuchaba claramente los escombros caer a pocos metros de donde se encontraba. El pavor lo dominaba y le hacía sudar fría y amargamente. El coraje que hasta hace momentos le acompañaba había huido por la puerta.

No tuvo más que dar media vuelta y encarar la situación. Ahí estaba ella, ahí se encontraba el motivo que le había mantenido viviendo durante muchos años y que al mismo tiempo era el tesoro más preciado que poseía. Estaba frente a sus ojos, táctil pero lejana, presa por las garras de aquel chico.

¿Cómo puede comportarse un padre al contemplar a su hija hecha un mar de lágrimas?¿Cómo ayudarla a minimizar el temblor que envolvía su cuerpo cuando él mismo se encontraba en la misma posición? Jamás antes experimentó el miedo como en esos instantes, donde la expresión de un monosílabo podría salvarla o arrancarle para siempre la única dicha que poseía.

—¡MISERABLE! –gritó enfurecido Verzle, quien contenía sus deseos de golpear a aquel hombre que sólo sonreía ante el espectáculo que se había encargo de montar. Aquel ser era despreciable en todo aspecto y sabía cómo explotar cada una de sus indeseables cualidades-.

—Has crecido mucho, Alice –dirigió sus palabras y su atención completamente en aquella chica-.

Una blusa blanca con rayas negras horizontales bajo un pequeño chaleco negro, abotonado y ajustado a la figura de aquella mujer. Una mini falda de mezclilla haciendo juego con aquellas zapatillas de alto tacón y algunas pulseras de oro rodeando las muñecas de la bella chica mientras una diadema en tono amarillo se posaba sobre su frente, alzando su flequillo y seccionándolo completamente en dos partes.

Los ojos violeta de esa chica ayudaban a resaltar el tono azul pálido de su ondulante cabellera, que si bien no era demasiada larga, no estaba más allá de su espalda media. Mientras el tono rosáceo de su piel simplemente encajaba de maravilla.

—¡¿Quién eres y por qué estás haciéndole esto a nuestra ciudad?! –gritó colérica intentando inútilmente zafarse-.

—Para llamar la atención de tu querido padre, que no quiere seguir mis órdenes.

—¡Estás demente, mi padre jamás hará la voluntad de un sujeto como tú! No eres más que un maldito asesino –expresó con odio profundo Alice, quien apretaba sus dientes ante la imposibilidad de huir del francotirador que le tenía presa-.

—Alice, todos en esta vida poseen un precio…Todos pueden ser corrompidos siempre y cuando se les llegue al precio. Tu padre no es la excepción.

—¡Padre, no lo escuches, no trabajes para alguien como él!

—Alice…

—¡Ni se te ocurra padre!

—¿Qué es lo que quieras que haga? –preguntó Verzle, ignorando los gritos que su hija profijaba con todas sus fuerzas; en ese preciso momento la vida de su hija importaba más que el bienestar no sólo de los ciudadanos de su natal isla, sino de todos aquellos que fueran a ser víctimas de lo que ese desamado hombre fuera a pedirle-.

—Es así como se habla.

—Accederé a trabajar contigo con la única condición de que no toques a Alice.

—Por supuesto –expuso victorioso- Mirko, encárgate de ella.

—Sable –dijo molesto Verzle-.

—No voy a regresarla a aquel sitio. Pero voy a llevarla lo más lejos de aquí, no quiero verla estorbando en nuestros planos.

—¿A dónde piensas llevarla?

—¿Qué lugar más seguro puede existir que su propio lugar de origen? Sólo piénsalo Verzle.

—Tengo que asegurarme de tus palabras Sable.

—Yo mismo te llevaré con nosotros para que no te quede ni la más pequeña duda, Verzle.