Sin tiempo para pensar
Aferrándose a Sarah por su brazo izquierdo, resuelta como adalid pero tosca en su desacierto, Gennah derrumbóse con ella al suelo, en un atolondrado intento por evitarle un cruce con el fatal miramiento de Wallas; y detrás de ellas, el niño, el mago, Dash y Hoggle, que sugestionados por la terrible nombradía del invasor, creyeron favorecer el obstáculo si se le ceñían por sobre su cabeza.
- ¡Quítense, soy inmune a su poder! – chilló Sarah, avasallada.
- ¡Lo mismo dijiste de mi! – ladró Jareth.
- ¡Esto es diferente!
- ¡No, no lo es!
Un gañido y un resoplo manaron del hocico abierto del dragón rojo, que encabezaba el batallón con Wallas sobre el lomo, escudriñando a rabillo de ojo a sus congéneres; y por un breve momento, aquél encuentro especulado, de ambos líderes en pugna, se estaba llevando a cabo de una vez por todas. Era un muy mal trago, pero necesario al fin; todo pareció detenerse desde su perspectiva, y Jareth y Wallas se observaron. En medio de la sorpresiva confrontación, los soberanos de ambos bandos no cedieron terreno; y se plantaron cara, y se antepusieron a sus vasallos. Aunque inmóviles, cotejaron potencias, entretejiendo miradas, como filosas espadas que se encuentran, colisionan, que se enfrentan y se chocan midiendo fuerza bruta. Volvían a verse luego de aquél tiempo, donde las condiciones eran desiguales, mas a pesar de no haber cambiado naturalezas, hoy el cruce era diferente; un vigor extraño palpitaba en el interior del vencido, y se volvía amenazadoramente a reclamar lo suyo. Como fieras que se miden antes de una batalla, que se circundan para exhibir bravezas y calcular los potenciales ajenos, se examinaron hinchiendo sus tallas, irguiendo la cerviz; el invasor con su porte coloso, y el legítimo, firme desde las plantas de sus pies, con su cabellera ondeante y un relámpago desafiante de cada color en sus ojos. Wallas percibió la equidad de disposiciones, Jareth había recuperado su espíritu; y aunque las circunstancias le fuesen adversas allí estaba, de pie, ante sus narices, tan osado y engreído como él mismo; orgulloso y altivo, como si saberse en inferioridad le importase un bledo. No iba a dejar caer su mirada, no iba siquiera a erizarse la piel; aunque pudiesen desleírlo con un maleficio certero, opondría una peligrosa resistencia y hasta la muerte se mantendría así.
El Hechicero padeció un leve hormigueo, ¿tendría su esbirro, el cuervo, dos dedos más de frente? ¿Su preocupación insistente tendría firmes fundamentos? Empuñó misteriosamente un báculo, dubitativo, tal vez debiese acatar su consejo y eliminarlos a todos. En un relampagueo mental, Jareth auguró los resultados, y lanzando los esquivos dados de su suerte, desplegó su capa como se cubre un vampiro, y todos se desvanecieron, transportados a un sitio incierto, a salvo. Aquello era inesperado; Wallas trabó contienda consigo mismo, su engreimiento de hechicero magnánimo se encarnizó contra la realidad manifiesta: Jareth se le había escapado; aunque de inferior rango, aunque pendiese sobre su cabeza un sortilegio perjuro, se le había escurrido ante sus narices y ante las de todo el mundo.
- ¡Te lo dije! – Graznó el cuervo haciendo sonar su pico a las puertas de su oído - ¡Ahora presta atención a mi consejo: ve por él y elimínalo!
Aquella maniobra les había dispensado al menos unos segundos, y el pequeño ejército de intrépidos huía precipitado a través de las cámaras del laberinto de cavernas, donde hacía tan poco habían logrado escapar con vida. Allí los había llevado el mago, allí los había escondido; tomando partido de los accesos sellados por Wallas, se habían enclaustrado, agazapándose en las profundidades, para especular durante un minúsculo período, cómo saldrían del aprieto. Adelantársele al enemigo no era una opción viable, allá afuera, en el valle, eran tan notorios y palpables como bajo el lente de una lupa, así que parapetarse dentro de las piedras, como estratagema inmediata, era una decisión por demás acertada.
- ¿Qué hacemos, qué hacemos…? – Dash exhalaba paranoico; el comité de bienvenida había sabido a pánico en sus mentes, esperaban que todo se desenvolviese en forma diferente.
- ¡Ni siquiera hemos llegado al castillo, ni siquiera a la ciudad! – Chilló Hoggle – ¡No es justo!
- ¡Jamás imaginé que vendría a buscarnos el desquiciado en persona! – Se horrorizó Gennah - ¡Esto es malo, malo, muy malo!
- ¡Yo quería tomar por asalto el castillo! – indignóse Toby.
- ¿Se quieren callar…? – Rugióles Jareth - ¡Necesito escuchar!
Un estampido tronó por dentro, haciendo vibrar la montaña hasta sus cimientos; habían dado con el escondite, demolerlo o emparedarlos dentro sería una deliciosa decisión que Wallas resolvería en breve.
- ¿Qué quieres escuchar? ¿Eso? – Espetó Hoggle, temblando de terror - ¿Qué más te da? ¡Todos seremos historia!
Un segundo estrépito arrasó el entorno, e innumerables guijarros, como una lluvia de pedruscos, se desprendieron desde la bóveda revestidos de un halo de polvillo. Todos detuvieron su marcha, casi por instinto, y las muchachas se apiñaron, tiritando de incertidumbre; es que el encuentro había sido tan repentino, que nadie daba crédito a que se hallasen ante el máximo enemigo aquí, a mitad de camino; aún no lograban digerirlo; y si no adquirían escapar de su estupor, toda la montaña les sepultaría vivos. Las bocas calizas se abrieron de nuevo, casi como por un bostezo, y el cuerpo completo del gigante dormido vibró al compás del poderoso encantamiento; el cerro se meneaba, contorsionándose al antojo de su señor, y para la ofensiva turba no hubiese sido más fácil: acorralados los rebeldes dentro, era cuestión de avanzar tomando prisioneros. El ruidoso anuncio gritóle en la mente al mago que tras los primeros destellos de luz irrumpirían también los soldados, y con el fuego ardiente de saberse responsable de su pequeña horda temeraria, adelantóse a ésta con audaces zancadas, y plantándole cara al peligro impuso las manos en pos de la entrada:
- Pues morderá más de lo que puede masticar.
Desde fuera, a las puertas, faroleándose sobre su animal, el comandante en jefe de la cuadrilla ordenó a sus espantajos perpetrar el secuestro; y así fue como uno a uno, blandiendo espada, lanza y jabalina, los obtusos soldados acometieron dentro, llevando consigo a los dragones, siempre como armamento; y así fue como también, en un meandro violento e instantáneo, todos fueron expelidos fuera con la potencia de una detonación. En un frenesí descontrolado, prorrumpiendo voces y rugidos, llovieron dragones y llovió mesnada, a uno y otro flanco del anonadado monarca; granizaron combatientes, desperdigando sus armas, perdiendo cascos, perdiendo corazas; estrellando al cuervo en su nefasto vuelo, y del pobre, casi no quedó nada. Tornó a duras penas sobre su amo, oscilando, casi despenachado, y acercando el pico sobre su oído musitó:
- ¡Te dije!
Wallas estalló en cólera, aquello era un desafío: su oponente se regodeaba en hacer gala de sus poderes, intentando quizá hacerle quedar en ridículo. Se inyectaron en sangre sus ojos, al considerar aquello una burla, y al advertirle entrado en iras, el pajarraco se apresuró a provocar aún más su pavura:
- ¡Desaparécelo, hazlo trizas! No te vienen bien los nervios, estropea tu presencia. ¡Si quieres mantener incólume tu porte, y que no se burlen de tu traza, hazle saber ahora quien manda! Ya sabemos cómo te pones cuando te sobrecargas.
El rabioso guerrero asió al ave del cuello, de no haber estado tan ocupado, la hubiese asesinado primero; y es que no sólo le atosigaba, también le mortificaba con recuerdos, porque el pajarraco hablaba verdades, y hasta el momento era un escalofriante secreto: Wallas perdía el control por completo cuando cedía al arrebato, y en su atropello de nervios, embrutecidas las palabras por escapar de su boca, por utilizarlas como dardos para acribillar a quien quisiera, concluía siempre sus frases con un ataque de hipo. Una vergüenza, un desatino, una crueldad de la naturaleza, que tan grandioso ser y tan ennoblecido, tenga como remate de sus amenazas un sonido dudoso, algo como un "¡yup!", y aborrecía más que otra cosa que eso se supiera, por lo que mantenía las cosas bajo control por amor a su apariencia.
- ¡Jareth! – Gritó Sarah, estupefacta - ¿Pero qué has hecho?
- ¿Y a ti qué impresión te dio? – Se escandalizó él, sin comprender - ¿Qué esperabas? ¿Qué les diese una mano con lo que venían a hacer?
- ¡Era el dragoncito blanco, y lo boleaste fuera como a una maleta!
- ¿El qué? – chilló Jareth, y por un instante le creyó lunática.
- ¿No lo recuerdas? – Apresuróse a exponer ella - ¡El que estaba herido y tú salvaste, la noche de las Doncellas!
- Yo no salvé a nadie, sólo te cumplí un capricho – rumió él, desdeñoso – Y te dije que no deberíamos haberlo hecho, ahí tienes tú los resultados.
- ¡Pero estaba herido, pobrecito!
- ¡Pues acabo de verlo muy sano!
- ¡No debiste ser tan rudo!
- ¿Hubieses preferido que te atrapen? ¿Preferirías ir con ellos? ¡Adelante, tienes mi permiso!
La montaña se estremeció por encima de sus cabezas, Wallas se hallaba irritado; no iba a permitir que nadie se burlase de sus procedimientos, y menos un mago, un escalafón por debajo.
- ¡Aaghh…! – Gennah y Dash aullaron; Sarah y el mago enmudecieron, dando por concluido el involuntario espectáculo.
- ¡Vamos, corran, por aquí! – Jadeó Hoggle, escurriéndose a través de un túnel lateral - ¡No se queden ahí parados!
- ¡No! – Le detuvo Jareth - ¡Yo ya estuve ahí, no hay salida! El camino se empina hasta una caída.
- ¿Y cómo saldremos? – Se angustió Toby; la caverna gimió con voz de granito, y unas grietas profundas, como heridas lacerantes, se delinearon veloces sobre los muros; todo el peñón se vendría abajo – ¡Nos harán papilla!
- ¡Dios mío! ¡Dios mío! – chilló Gennah; Jareth abalanzóse dando trancazos hasta el pasillo por donde Hoggle se hubiese evaporado de no haberle él interrumpido. Arrojó su vista a la lejanía, pareciendo otear un indicio; luego prorrumpió en voces, exaltado:
- ¡Agua! ¡Claro!
- ¿Qué…? – sus compañeros se apelotonaron en torno a su amuleto viviente, con las palmas supinas en alto para cubrirse de la agresión de las piedras arrancadas de la bóveda con cada convulsión. El mago disparóles una mirada apremiante, como invitándoles a seguirle, mas al saltar hacia el frente, el dintel que abría paso al sendero en cuestión se desplomó ante sus narices sepultando para siempre esa opción. Repelidos salvajemente, retrocedieron en medio de una nube de polvo y escombros; Toby y Dash tosieron pujantemente y Jareth, impelido por un nervio irrefrenable, echó a correr en el sentido opuesto, hacia otra gruta. La banda no le perdió pisada, si se hallaba tan inspirado es porque algo planeaba; y efectivamente, sorteando derrumbes y deslizamientos, el ágil cabecilla inmiscuyóse en el interior de una cámara que descendía abruptamente. Nadie se replanteó nada, ni intentaron siquiera discutirlo; allí donde Jareth se escabullera, habrían de seguirlo. El camino se hallaba en franco declive; jamás habían dado con aquél pasaje con anterioridad; pero había algo en su líder, unos instintos innegables, que despertaban en su séquito una confianza galopante; y si aquél coladero les conducía al mismo infierno poco importaba, seguro que él sabría qué hacer.
Todo el monte se embraveció de repente; se quejaron los tabiques y se deslizaron los peñascos; algunas estalactitas se desprendieron, trozando el paisaje como los colmillos satisfechos que se adhieren a su presa, el mundo entero parecióse resquebrajar. La conmoción y el estampido hinchieron todo el espacio vital, devorando cada sitio, arrasando el otrora silencio, haciéndoles vibrar el pecho, aturdiendo sus oídos; mas no cejaban en huir, allí donde los sentidos y las intuiciones le dijeran al mago. Cabalgaron aún un tramo más, y de pronto el tropel se detuvo en seco, habían hallado una gran cámara; húmeda, oscura, inquietante. La atmósfera hallábase cargada de desidia y verdín; las displicentes paredes y el asfixiante techo habíanse revestido de un moho casi tan espeso como la perturbación reinante; era como hallarse inmerso en una copa opaca, sucia y enrarecida. Sin perder siquiera un segundo en cavilaciones, el mago se quitó el talismán del cuello asiéndolo férreamente entre sus dedos, y desplazando el cordel para que oscilase como un péndulo, reclinóse sobre el suelo y observó.
Entre sofocos desesperantes, devenidos de la tétrica escabullida, sus atónitos secuaces le escudriñaron sin más remedio; allí el aire era escaso, y la luz, esquiva; incapaces de soportar el acoso por mucho más tiempo, pero a sabiendas de lo que les convenía, los más pequeños de la tropa azuzaron a Sarah a romper el silencio.
- ¿Jareth? – Resopló ella, exaltada - ¿Qué haces, qué buscas?
- Aquí hay agua – indicó él, severamente enfocado – ¡Hay un río subterráneo que corre aquí debajo, podemos huir por él!
- ¿Qué? – Sarah no alcanzaba a comprender.
- ¿Prefieres quedarte aquí? – Chilló él – Te darán un fuerte abrazo, te lo aseguro.
- ¡Pero, no tenemos tiempo para llegar al cauce! – Sollozó Gennah - ¡Entrarán por nosotros, o nos aplastarán vivos! O lo que es peor, nos atraparán al salir afuera.
- ¿Existe alguna forma de apagarla? – Masculló Jareth, molesto – ¡No verán a nadie porque ya he pensado en eso! Y con respecto a hallar el cauce, podrían acercarse y ayudar un poco.
Un estrépito y luego otro les obligaron a enmudecer; esta vez el ensordecedor bullicio se había desencadenado en las bases mismas, muy cerca del suelo que se hallaban pisando. Un estremecimiento en el vientre de la montaña les hizo rodar por tierra, y un trozo de colina se desmoronó con gran escándalo a sus pies; el peñasco se dio de lleno en brutal caída contra el apisonado de la cámara, abriendo en él una inmensa grieta que parecía más bien un cráter.
- ¡Pronto sabremos lo que es ser masacrados...! – tiritó Dash, abrazándose por todos lados; mas escurriéndose hasta el agujero, sin pudor alguno, justificados por la gravedad del momento, Jareth y Toby hundieron sus narices en el vacío para cotejar lo que había en el subsuelo.
- ¡Está ahí! ¡Lo sabía! – rugió el mago, triunfante; ahora todo era cuestión de allegarse a él. Un tercer temblor desestabilizó al clan completo; Wallas les violentaría a salir o los prensaría dentro. Una hendidura laceró la contención de la estructura, abriéndose paso por el suelo como una serpiente viva; y un repentino abismo ensanchó sus puertas para recibirles. Arañando la roca, entre aullidos escalofriantes, el equipo desplomóse con todo y greda hacia el cauce del río, que corría rabioso, enseñoreándose de sus dominios. Pero el desprendimiento no había sido limpio, y truncando la vorágine de su caída, los intrépidos aventureros hallaron cabida entre salientes y relieves donde asirse para no sucumbir bajo el torrente de agua; y allí permanecieron, unos breves instantes, engullendo todo el aire que reclamaban sus cuerpos para eludir el enajenamiento. Unos espetando sorpresa, otros maldiciones, echaron una afanosa ojeada que diese con el modo de descender y escaparse; mas al colaborar desde su pequeño recodo, Toby perdió su precario equilibrio y se precipitó instantáneamente. Jareth se hallaba unos metros por debajo, y al caer irreprimible, el niño, rápido de reflejos, le asió con ferocidad del manto. El mago contuvo el repentino arrastre con un bravío apuntalamiento a las rocas, no se esperaba que lo halasen por la espalda, más de un instante a otro oyó el quejido de sus ropas, y la capa se desprendió.
Volátil, incapaz de detenerlo, Toby contempló de pronto cómo se alejaba de todos ellos, esfumándose en el aire, vencido por las portentosas garras de la gravedad; y en medio de gritos que espetaban su nombre, observó al mago volver el rostro y extender su mano con los dedos en hoz. No era para asirle, no había modo de hacerlo, mas una ligera electricidad le recorrió el cuerpo, y la capa que se apelmazara en torno a su complexión, por el impulso de la caída, tornóse barca pequeña que le cobijó dentro. Ante la atónita mirada de sus congéneres, y resoplando con avidez por el sobresalto, el niño hallóse improvistamente en el interior de una pequeña barcaza suspendida en el aire; Jareth se dejó caer en el interior, haciéndole compañía, y uno a uno el resto de sus acólitos le imitaron con peculiar prisa. Dash calculó mal las distancias, sobrepasando en ímpetu el impulso necesario, y debió ser asido por el rabo ante sus continuas quejas por hallarse chamuscado.
- ¡Vamos Hoggle, no querrás perdértelo! – vociferó Toby al duende, que se negaba tozudamente a despegarse del muro; había observado la pifia de Dash y temía correr la misma suerte, aunque con menor ventaja pues no contaba con rabo por donde sujetarle.
- ¡Me he perdido de muchas cosas en la vida! – Gruñó, cobardemente – ¡Puedo prescindir de otra!
- ¡Pues no nos vengas luego con tus lloros! – Enfurecióse el mago - ¡Nosotros nos vamos, ahí te quedas!
Jareth giró sobre sí mismo para olvidarse del asunto, mas tropezó con una súplica anhelosa, suspendida en la mirada de Sarah, y comprendiendo de inmediato la naturaleza de su deseo, bufó disgustado al sentirse impelido a concedérselo. Sin mediar palabras entre ellos, el mago regresó en pos del enano, y al alcanzar el límite de la barcaza, descargó un taconeo irreverente sobre la muralla que debilitó las salientes y éstas abandonaron a Hoggle en brazos de una ostentosa caída, hacia el interior de la embarcación.
- Así es más rápido – ironizó Jareth ante su enamorada; y al hallarse ella presta a regañarlo, la balsa zarandeóse por completo lanzándose a las aguas.
El torrente era violento y aceleraba fragoso, desdibujándose, como en corcovos, en sus irracionales torbellinos e impetuosas tempestades. Y sumidos en el caos del chapoteo, respingando sobre la superficie como sobre el lomo de un caballo, la pequeña embarcación huyó expedita y fulminante con sus tripulantes aferrados con garras y con dientes. Y a cada vuelta, y a cada rodeo, exaltábanse los ánimos, procurando compensar el peso para no dar un giro de campana; y meneábanse, y se aseguraban, y tornaban luego a sus sitios, entre quejas, exclamaciones y algún que otro resquicio demencial. Alterados hasta lo sumo, sobregirados por la instigación del momento, hubo quien estalló en risas y quien le reprendió a los gritos; y encaramado a la proa, examinando el frenesí de la carrera, Toby se echó de panza afianzado a la madera, exhalando su excitación en hurras.
- ¿Te diviertes, camarada? – ladró Jareth al pequeño.
- ¡Por supuesto! ¡Por supuesto! – gritó el niño con desenfreno; mas al atisbar allá a lo lejos, una pendiente que se abría, el mago se parapetó imitándole, hincando los dedos en cualquier hendija.
- ¡Pues aquí viene lo bueno…!
Un destello agudo les cegó instantáneamente, el cielo abierto pareció engullirlos; era la cresta de la marejada, el fin del camino. Era una pendiente algo pronunciada, madre de una cascada, y aunque el salto mereciese un aullido, lograron pues, salir indemnes. Mientras la balsa naufragaba, rebotando aún estridente, el mago no olvidó lo planeado y sopló suavemente sobre la superficie de las ondas; un débil halo conquistó las aguas, un espíritu blanquecino, que se arrojó luego a las riveras y escaló cubriendo cada sitio. Un manto de niebla espesa, astuto escamoteo, había germinado en la mente de Jareth y ahora cobraba vida; y procurándose con ello una huida escondida, animó a sus compañeros a seguirle, a desembarcar e inmiscuirse en el placer del contragolpe.
Hoggle y Dash saltaron a la orilla, hundiéndose entre las matas de junco y totoras; detrás brincaron los demás, procurando recordar dónde les habían visto caer, para no pisarlos. Antes de continuar, Jareth extendió su mano hacia la barca y, recuperándola como la capa originaria, la agitó con fuerza para dejarla seca; empero una puntura le caló el pecho, igual a la que padeciera en un comienzo de la aventura; oh, no, otra vez, no…
Algunos trozos de ladera cedieron ante el peso del zarandeo y de los años, profiriéndoles en su escándalo una excusa más para avanzar rápido.
- Creo que está muy enojado… - musitó Toby, temblando, mas no de miedo, sino de emoción.
- Eso no es enojo, es preocupación – apuntó el mago, delineando una pérfida sonrisa – Desde ahora se los digo: nos espera lo más arduo, pero no teman. Si está aterrado es porque sabe de lo que seremos capaces.
- Si llegamos hasta aquí… - añadió Hoggle, reanimado – No veo qué tan difícil pueda ser.
- ¡Muy bien, vamos! – Sarah palpitó la misma resolución, la manada entera se hallaba fortalecida, y como si una marcha se tocase en sus adentros, se aventuraron con regodeo a perturbar la paz del invasor.
- ¡Derriba esa montaña de una vez, qué esperas! – chilló el cuervo, enajenado; de haberle sido posible hubiese colaborado con el derrumbe a topetazos.
- ¡Si lo hago aplastaré a la chica también, borrico! – le rugió el amo, y el ave erizó las plumas, hastiada.
- ¡Qué importa! – Insistió - ¡Tienes que aplastar al ilusionista ése! ¡Mira, mira! ¿Qué es esto? ¿Niebla? ¿Qué crees que intenta? ¡Hazme caso de una vez y no tendrás más problemas!
- ¿Quieres que le detenga? – Wallas lanzó un suspiro, hallando otra vez sus cabales; se sometió a su propio gobierno infligiéndose templanza, no debía descuidar su imagen - Creo que te preocupas demasiado, botarate, y espero que con esto cierres el pico; es por tu causa que la palabra molestia tiene sentido.
Alzando el báculo regiamente, el usurpador deslizó una sonrisa; sus ojos negros resplandecieron, como implacable ébano, mientras su cabalgadura gañía, anticipándose a la tempestad que sobrevendría.
- Nos vamos a casa – musitó Wallas, y desatándose la furia de los elementos, arreció sobre el valle una espantosa tormenta, que castigó salvaje las inmediaciones. Se ennegrecieron los cielos; llovieron rayos, como las gotas de un despiadado aguacero, y con monstruoso acerbo soplaron vientos, barriendo con todo lo que se interponía ante ellos. El ensoberbecimiento de Wallas era despreocupado; si con las garras de la ventisca expelía dragones y soldados de su bando, carecía de valor; se divertía martirizando tanto a rivales como a aliados. Así fue como la colosal borrasca esparció por los aires los resabios que aún quedasen de los pinos incendiados, y agitó las aguas del río en un fragor sádico; y los dragones incautos, esparcidos por el valle luego del encuentro con el poder del mago, fueron arrollados aún más por la cólera que se estaba manifestando. El pequeño grupo de insurrectos halló refugio en sus instintos primarios, y lanzándose de panza al suelo, resistieron el embate despiadado. Empero Dash, diminuto y liviano, fue arrancado de su trinchera por una orla imprevista, y al alzarse en pos del rescate, Hoggle fue arrebatado también. Sarah intentó hallarles, alejándose imprudente de su protector, mas unas manos le asieron de repente y su vista se nubló. Desvaneciéndose, como un espejismo ocasional, los obtusos duendes que aún se hallaban cerca de su amo, fueron removidos del paisaje rumbo al alcázar, y en medio de la magnitud de la tromba, la niebla contendiente fue diluida abandonando a los rebeldes a su suerte.
Un silbido distante, como una brisa que aúlla o quizá llora, engulló de repente el atronador fenómeno, llevándose consigo al creador del desconcierto; Wallas se evaporaba, volviéndose a su madriguera, con una seguridad alarmante aferrada al rostro, como quien sabe muy bien lo que hace. Al alzar la vista por sobre la hierba, Jareth le observó marcharse, legando un tendal de caos como monumento, y algo no le supo a remanso ni a confianza; es que el rival se había retirado sin siquiera sitiarle, sin enfrentarle ni buscar un duelo. Y no es que se hallase en desventaja, ambos sabían que en materia de poderío y potestad, Jareth llevaba las de perder; así que su partida sin el más leve desafío, sin siquiera un juramento, le aguijoneó con presentimientos peligrosos, ¿qué se traería entre manos? La desolación descendió sobre la planicie como un relente frío, absoluto; la cesación repentina, luego del azote intempestivo acrecentó aún más el silencio que manó después, tal como el que surge al quedar vacío un cementerio.
Unas manitos álgidas le tomaron por el cuello, alzándose por sobre la espesura; Toby se había aproximado, serpenteando hacia él, debatiéndose con el gélido cansancio, y con un resoplo interminable, fruto de la urgencia y la conciencia del trance, extinguió sus últimas fuerzas en llamarle la atención, zamarreándolo.
- ¡Jareth! ¡Sarah no está! ¡Se la han llevado!
Incorporándose de inmediato, impulsado casi por un salto, un universo de desazones se le derramó encima cuando confirmó las palabras del niño. Incrementóse su palidez conforme dispersaba su mirada alrededor obstinado, escrutando a vuelo de pájaro sus proximidades y la lejanía; mas de su amada no había ya rastros, la habían tomado, la habían raptado, la habían arrancado de su lado, sin que hubiese logrado atisbarlo.
- ¡Maldita sea! – espetó furioso, y mudóse su semblante en una ira aguerrida; se encendieron sus ojos en la desesperación de haberle perdido, y arrojó su mirada a los cielos en un gesto resuelto de sed de contienda. Comprendió rápidamente, al acuchillar el horizonte con la vista, que su amada era llevaba al palacio, donde quién sabe lo que le aguardaba, y se dispuso a remontar el vuelo, a fin de salvar distancias con mayor celeridad.
- ¡Hoggle! – Chilló Gennah, alarmada, estirando cada letra como en un cántico - ¡Hoggle!
- ¡Socorro! ¡Socorro!
De un sobresalto a otro, Gennah, Toby y Jareth volvieron sus rostros consternados en pos del desgarrador lamento, y en medio de la fronda, que tornábase cada vez más limpia, un adefesio blanco de enormes proporciones se aproximaba raudamente con algo verdoso adherido.
- ¡Aaaggh! ¡Me va a comer! ¡Quítenmelo! ¡Quítenmelo!
Gennah y Toby se echaron atrás, repelidos por el espanto repentino, y de veloces movimientos, Jareth abrió una depresión en el suelo con el tronar de sus dedos, que detuvo al ingobernable bólido y a sus víctimas accidentales. El niño y el elfo contemplaron entonces, con todo el asombro que ameritaba el esperpento, a sus entrañables amigos escapando de las proximidades de un dragón desorientado por los efectos de la ira de dos encantamientos rivales. Ante la inseguridad propia, nada mejor que exhibirse fiero, así que, por si acaso, alzó el morro y despuntó colmillos, aunque al destinatario menos indicado.
- ¡Tú, engendro del averno…! – rugió Jareth ante la amenaza; Púlsar encrespó la mirada, había reconocido el tono de su voz. Sí, el mismo matiz, el mismo énfasis para prorrumpir advertencias, el mismo dejo de malhumor de quien alguna vez le salvara. Y aunque se le hinchiera el pecho de una extraña gratitud y empatía, su contraparte no se hallaba dispuesta; regresándose a su inquietud primaria, al corroborar que Púlsar no les significaba inminencia, Jareth giró sobre sí rememorando a Sarah. Por un momento olvidóse del resto, que le observaba tieso a la espera de directrices; mas tan sólo era capaz de enfocarse en su amada, y les ignoró por completo. Toby percibió el débil oscilar de sus pupilas, como rastreando un pensamiento; y es que el mago maquinaba a galope tendido, la manera de rescatarla. En cuanto hubo saltado hacia el frente, decidido, el niño supo que su maestro emprendería el viaje sin ellos, y asiéndole por la ropa le retuvo ágilmente.
- ¡Jareth! ¡Espera! ¿Qué haremos nosotros?
El mago les arrojó una mirada impaciente, cada segundo, cada minuto contaba, y ellos se los dilapidaban con cada indicación que aguardaban. Tiempo… tiempo era lo que le faltaba; y su flamantes facultades danzaban en un vaivén esquivo y burlón, como esperando con ello extenuarle. Si tan sólo fuese un rayo para surcar el cielo hasta el castillo… pero como lechuza era frustrante siquiera pensarlo; con un diseño grácil y majestuoso, había trocado misterio por velocidad. Entonces, echando mano a todo cuanto le rodeaba, su mente le sorprendió con una propuesta, y sus ojos resplandecieron de avidez al considerarla realizable.
- Tú… - musitó, artero y admirado por la brillantez de la conjetura; se acercó al pálido animal que le observase desconfiado y retuvo la brida de un zarpazo – Tú nos llevarás a todos…
- ¿Qué? – Sus compañeros le escudriñaron atónitos – ¡No hablas en serio…!
Al dragón tampoco pareció agradarle la proposición, y se lo hizo saber de una sola dentellada; mas enceguecido por la urgencia del peligro que pendía sobre Sarah, Jareth se sulfuró del todo. Empuñó la brida, como quien está dispuesto a trenzarse en disputa, y al advertir el fuego en su sangre, Púlsar se sometió panza arriba. Había abierto sus quijadas, desnudando todos sus colmillos, y una hedionda lengua pastosa se desenrolló sobre un flanco de su hocico, como si de un perro se tratase. Sus amigos se hallaban fascinados; Púlsar, conciliador astuto, había pincelado en el interior de sus pupilas un dejo de devoción con el fin de inspirar un océano de compasión en su nuevo domador, mas a éste se le retorcieron las tripas, y sólo deseó apresurar la cuestión.
- Por alguna condenada razón, yo te caigo bien pero tú a mí, no. Así que no intentes nada raro si quieres vivir para contarlo.
